PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación)
Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880
 
1735
Ordenose al fin de sacerdote nuestro H. Bernardo el 2 de Enero de 1735, con dispensa que le vino de Roma, por falta de edad; y a los pocos días le saludaba en estos términos su querido Agustín: ”Padre mío amantísimo y mi H. Bernardo: Bendito sea eternamente por todas las criaturas nuestro dulcísimo amor Jesús, que según su amorosa providencia y designios de su adorable Corazón, ha querido llegase este dichoso tiempo en que yo le llamase a V. R. con tan regalado título de Padre mío, y le reverenciase por sacerdote del Altísimo con tanto consuelo nuestro en el Corazón de Jesús. Doy humildes gracias a S. Majestad por todo lo que V. R. me dice, y me ofrezco de nuevo por siervo suyo en el Corazón de nuestro amor Jesús.” (1)

(1) (14 de Enero de 1735).

Largo sería de referir los favores, luces y consolaciones que recibió Bernardo en todo este santo tiempo: solo indicaremos algo de lo mucho que comunicó él mismo a su P. Loyola.

El mismo día de la ordenación por la mañana, al salir ya para palacio, "me asaltó”, le dice, “un estremecimiento más que regular, nacido de la claridad con que en la oración se me puso delante, por una parte, la dignidad altísima del sacerdocio, y por otra mi casi infinita indignidad. Aturdido de este vivo sentimiento, sin atreverme a llegar a recibir este orden, acudí al sagrado Corazón para que con sus riquezas vistiese mi alma, para que no apareciese tan corrida: pero no me serené hasta que postrado ante mi P. Rector, oí me mandaba expresamente que fuese a recibir el sacerdocio por obediencia; y aquí facta est tranquillitas magna (1), y todos los afectos de temor se convirtieron en amor...

(1) Matth. VIII, 26: Marc. IV, 39.

“Al pronunciar el Ilmo. aquellas palabras: Accipe Spiritum Sanctum, me llené todo de un sagrado pavor, percibiendo interiormente la Compañía de tan divino huésped, en las nuevas especiales gracias y dones que como por vista de ojos se me comunicaban. También me declaró el Señor en este punto, cómo este sacramento había tenido su origen de la fuente purísima de su Corazón sagrado, del cual se me comunicaban los tesoros de su preciosa sangre: y esto entendí con una dulce visión en que vi cómo influía este divino Corazón en mi alma lo que las palabras del Sr. Obispo significaban, en uno como rayo de luz, aunque no era luz ni rayo sino otra cosa especial, para cuya significación no encuentro término propio.” (1)

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XVI).

En la comunión se abrazaron los dos amantes, y “lo que en este breve tiempo pasó entre mi alma y Dios”, dice Bernardo, “no se puede explicar” (2). Los días que siguieron a este favor, todo fue en el inocente joven arrojarse en manos del Señor, “entregándome del todo”, como él escribe, “a la potestad del amor de su Corazón, para que así acertase mejor a cumplir sus deseos, celebrando la primera misa, o dando principio con ella a celebrar todas las demás, en obsequio del Corazón sagrado como sacerdote propiamente suyo, consagrado y dedicado a su culto con toda la especialidad que V. R. sabe, y que el mismo Jesús me dio a entender estos días con sus celestiales luces: y en este punto no puedo decir más.” (3)

(2) P. Loyola, ibid. (l. III, c. XVI).
(3) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVI).

El día de Reyes (6 de Enero) era el determinado para su primera misa, que dijo Bernardo poco después de renovados los votos según costumbre. "En la renovación”, son sus palabras, “el amabilísimo Jesús acompañado de su dulcísima madre, de San Juan Evangelista, San Francisco de Sales y San Francisco Javier, que habían de ser mis padrinos: y por otro lado estaban N. P. San Ignacio, San Luis Gonzaga, los dos Venerables PP. Padial y la Colombière con las cuatro regaladas esposas del Corazón de Jesús, Santa Gertrudis, Santa Teresa, Santa María Magdalena de Pazzis y la V. Margarita.

"Delante de esta celestial comitiva, a que acompañaban muchos ángeles, en especial los de mi guarda, declaró el buen Jesús el amor con que su Corazón amaba esta ingrata criatura, movido solamente de su bondad, para que ésta hiciese más, junta con mi ingratitud; la elección que había hecho de mí para procurar su culto; y finalmente el designio de su providencia en haberme elevado al sacerdocio antes del tiempo regular; de todo lo cual recibí mil parabienes de todos aquellos bienaventurados: y que antes quería en su presencia renovar mis votos de mi parte, y de la suya el desposorio que había celebrado con mi alma: todo lo cual se hizo con circunstancias de mucho consuelo y confusión mía: y los tres Santos ofrecieron asistir a mi primer sacrificio como padrinos, y N. S. Padre, como a quien tanto tocaba, y las Santas, como quienes tanta gloria recibían de las glorias y obsequios del Corazón de Jesús su esposo, a cuyo culto se habían de dirigir desde éste todos los demás sacrificios que yo celebraba; pero todos habían de asistir in visibles, por los altos fines del Señor. En esto... cesó la visión, y solo quedó la amable vista de muchos ángeles de guarda que me acompañaron hasta llegar al santo altar...

“Llegado al altar, cesó la visión de los ángeles, y me hallé asaltado de un sagrado horror y de un pavor reverente, el cual serenado poco a poco, proseguí... Fuera cosa que llenara muchos pliegos individualizar cuanto aquí sentí, y cuanto pasó en mi interior. Tuve muy presentes a VV. RR., todas sus cosas, todas las del Corazón sagrado, el fin que de mis sacrificios pedía, y todo aquello que pudiera haberme borrado la novedad de tan grandiosa acción.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVI).

El día octavo de la primera misa “en las gracias”, dice también Bernardo, “me pareció que el buen Jesús tomaba mi alma, y la presentaba ante el tribunal de la Sma. Trinidad, diciendo a su Eterno Padre: Esta alma, Padre mío, he escogido para que esté totalmente consagrada a los desagravios de mi Corazón, y para que aplaque vuestra justa indignación ofreciéndoos a mí mismo en sacrificio; para lo cual la he honrado con el sacerdocio. El Eterno Padre con expresión de grande majestad y amor aceptó la oferta y como aprobó la elección, declarándome lo elevado de este designio para que había sido escogido, y prometiéndome su poder para que mi obligación se desempeñase. El Verbo divino, en cuanto Dios, me declaró quería formar en mí una imagen de aquel Corazón que unió consigo mismo hipostáticamente, prometiéndome comunicarme algo de la paciencia de aquel su Corazón pacientísimo. El Espíritu Santo me dio a entender quería por mi medio influir en muchas almas algo de aquel divino amor del Corazón santísimo, esfera de este fuego abrasado. Aquí procedió de mi parte la renovación de mi entrega, en que de nuevo entregué al Corazón sagrado la acción que pudiera tener sobre mis cosas, y en especial en los sacrificios de la misa.. .” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVII).

El día 1 de Abril, día de los Dolores de N. Señora, en la misa “después de la consagración se me mostraron los dos divinos Corazones de Jesús y María como dos espejos clarísimos, que con la mutua reverberación se herían con los más agudos dolores que se pueden concebir. Enseñóseme la práctica de valerme de un Corazón para con el otro...” (2)

(2) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVII).

El mismo día de los Dolores entró en ejercicios, “en los cuales”, prosigue, “me previno el Señor me dejase asegurar de su dirección. Yo empezaba la oración por mis puntos; pero luego me introducía el Señor en aquel abismo de penas de su Corazón sagrado, en el cual por cada día de la Semana Santa se me descubrieron con celestial luz los misterios y afectos que en cada uno de estos días pasaron por él: y en esto lo he dicho todo, para no detenerme a individualizar: Baste, pues, decir que seguí al Corazón sagrado en la entrada de los ramos; en aquel acto de celo, y esto con especialidad, con que echó del templo los que le profanaban; en sus últimos sermones; en la institución del Smo. Sacramento, donde admiré los sentimientos que el buen Jesús tuvo en su Corazón acerca del culto que en estos tiempos se le había de instituir en la Iglesia. En fin, seguí a este divinísimo Corazón desde el huerto hasta el sepulcro..., al mismo Corazón resucitado...

“De todo este seguimiento en que he ido en estos ejercicios en pos del Corazón de Jesús..., he hallado por mí el fruto de un ardentísimo deseo de formar mi corazón a su imagen, no gloriosa sino triste, mortificada, y unas ansias grandes sobre manera de amar este Corazón divino con un amor tan ardiente como paciente, abatido, perseguido, pobre, desnudo, oculto al mundo, olvidado de él, despreciado de todos, y en fin, muerto al amor y voluntad propia...” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVII).

En el día de la solemnidad de San Juan ante portam latinam (6 de Mayo), "este gloriosísimo discípulo del Corazón de Jesús me asistió casi todo el tiempo de la misa, y al comunicárseme aquel singular favor de introducirse mi alma en el Corazón sagrado a contemplar más de cerca sus penas y dolores, me pareció me conducía este mi amable Santo hasta introducirla en aquel palacio augusto de la divinidad, y al mismo tiempo me dio a entender con cuánta razón se le da en la Vida de Santa Gertrudis el título de portero del Corazón de Jesús: por lo cual es casi inseparable el amor al Corazón de Jesús de un tierno afecto a este santo evangelista, cuya devoción deseo inculque V. R. en lo que se añadiese al librito”, dice, hablando con el P. Loyola, "como medio para alcanzarla con el Corazón de Jesús,... y aun, si a V. R. le pareciese, podría apuntar con cuánta propiedad pueden elegir las congregaciones del Corazón su día por uno de los cuatro en que S. Santidad les concede indulgencias: pues espero tendrá así algún efecto esta nuestra idea y deseo del Corazón sagrado.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIII).

"En la misa de la Transfiguración del Señor (6 de Agosto) se me puso delante con una viva luz intelectual este dulce misterio con algunas de sus circunstancias, entendiendo profundos secretos de la divinidad y humanidad santísima, y del Corazón del Salvador. Se me explicaron aquellas palabras: Hic est filius meus dilectus. in quo mihi complacui: ipsum audite (2): fueron más perceptibles las inteligencias del peso grande de aquel deseo infinito con que el Eterno Padre quiere que Jesucristo sea oído, amado, adorado, reconocido de las criaturas, y de los tesoros que en este amable Salvador se nos encierran, y por medio de su abrasado Corazón se nos empiezan a manifestar. Digo que estas inteligencias fueron más perceptibles, porque las tuve sobre la complacencia del Padre en su Unigénito : fueron tan sublimes y remontadas hasta los arcanos del pecho del Padre, que yo quedé anegado en un piélago inmenso, sin hallar fondo los afectos, que eran de anihilación propia, de admiración y de ternísima dilección para con este Hombre Dios y para con su amable Corazón.

(2) II Petr. I, 17.

“Oh Padre mío: ¡qué groseras son estas voces para insinuar algo de estas grandezas! Amemos a este amable corazón del Salvador, para procurar que todo el mundo goce lo que el Padre nos depositó en el Corazón de su Hijo. Hame quedado un amor más sólido y tierno con el Salvador, y entiendo que éste es el que el Eterno Padre quiere encender en el mundo para con el Corazón de su amado Hijo." (1)

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XVII).

Pero no pudiendo el mismo Bernardo referir los cuotidianos favores del Señor en la misa, acaba su narración con estas palabras: “En la misa es donde tengo toda mi alegría, todo mi consuelo y alivio en medio de las mayores aflicciones: en ella se me dan sentimientos altísimos de la majestad de aquel Señor, cuya presencia siento tan palpablemente, que me hallo inmutado regularmente desde la consagración. En el tiempo de consumir son especiales los rayos de luz con que se ilustra mi fe, y los ardores soberanos con que se abrasa el alma, que se entiende allá en el Corazón de su Dios.

“Hasta aquí tenía gran confianza en mis oraciones y peticiones, estribando en la intercesión de Jesús: ahora no dudo conseguir cuanto pido, si es para mayor gloria de Dios. Paréceme que en el altar no me puede negar nada el Eterno Padre; porque me revisto de una santa animosidad magnánima, fiado en lo que ofrezco, y me hallo con semejantes sentimientos a los que el V. P. la Colombière tenía acerca de la grandeza de este grande sacrificio. Aquí quedo yo como triunfando: porque me parece que no sólo pago por mí, por mis Padres, y por todo el mundo, sino que el Eterno Padre me queda deudor.

“A veces en confirmación de lo fundado de esta mi santa presunción, en la misma misa me ha declarado una voz del Eterno Padre la complacencia que tiene en su Hijo y en su Corazón, y como esta complacencia puede darme atrevimiento, aun a vista de mis pecados e ingratitudes, para confiar cuanto puedo pensar: pues todo se refunde en los méritos de Jesús, cuyo ministro soy y cuyas veces hago. Otras veces se me ha mostrado cómo el Corazón de Jesús Sacramentado es la fuente de donde se han de enriquecer los hombres, y donde se enriquecen los Santos". (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVII).

51. Quien tan bien conocía este manantial inagotable, no podía menos de beber de él hasta saciarse, ni menos tampoco de comunicar a los demás sus dulces aguas, ya que como sacerdote del Altísimo debía acudir a los sagrados ministerios propios suyos, donde se procura el bien de las almas, y sobre todo en los de la confesión y predicación. Así lo confiesa él mismo, agradecido a los favores del Señor.

”En administrar el sacramento de la penitencia”, dice, “siento gran consuelo, por distribuir a las almas la sangre del Corazón sagrado; lo cual me enseñó el Señor a hacer con toda perfección, mostrándome una fuente que saliendo del Corazón sagrado, destilaba por siete conductos de oro purísima la sangre del Cordero inmaculado, que particularmente corría por un hermoso caño cuya llave volvían los sacerdotes. La noche antes (de administrar este sacramento) imploro la asistencia divina y la de mi ángel, que envío a convidar a los de los penitentes: lo mismo en la oración de la mañana, y aun en cada confesión, según los afectos que el Señor inspira. Cáusanme un dolor intenso los pecados que oigo; pero me humillan y compadecen en gran manera. A veces siento una avenida de celestiales afectos que inspirar a los penitentes: aun me ha venido escrúpulo de no reprender bastantemente el pecado, por ponderar la grandeza de la misericordia; aunque a veces ésta me eleva a ponderar la gravedad de aquél dulce pero ardientemente. Las miserias contra la pureza levantan mi corazón a la pureza divina con una abstracción y horror especial...

“Solía yo antes”, escribe en otro papel, “en las confesiones en que hallaba algunos pobres envueltos en el cieno de la torpeza, darles por penitencia o por consejo el acudir al Corazón de Jesús al venir los pensamientos, y procurar su protección con algunos obsequios anticipados, y particularmente en las misas, al levantar la hostia y cáliz, decir al Eterno Padre, ofreciéndole el Corazón de su Unigénito, el propio Oh Eterno Padre, por los purísimos pensamientos del Corazón de vuestro Hijo Jesús, libradme de todo pensamiento o pecado impuro, y también rezar a este fin cinco Padre-nuestros y cinco Ave­-Marías, lo cual practica y aconseja el P. N. (Calatayud) en sus misiones, inspirado del Señor.

“Esto, como decía, solía yo dar por remedio contra la impureza, sin saber por qué; pero este primer viernes de Octubre me descubrió una celestial luz, que había sido esto especialísima inspiración del cielo: porque entre mil otros provechos que esta devoción viene a traer a los hombres, uno muy particular es influir este purísimo Corazón, como fuente de toda la pureza, esta virtud en los corazones que necesitan de un tan ardiente y activo influjo, para purificarse de un vicio cuyo remedio totalmente ha de venir de lo alto.

“También me ordenó el Señor comunicase este secreto a mis Padres, y aconsejase a otros confesores según la oportunidad lo mismo, remitiendo a la experiencia la prueba de su eficacia. Yo la puedo contestar con no pocos penitentes que, probados sin especial provecho otros medios, sólo en la devoción al Corazón de Jesús le han hallado total, afirmándome algunos expresamente debían su mejoría al Corazón purísimo del Salvador, cuyas imágenes creo influyen la misma pureza: por lo que a algunos envío a visitar la que está expuesta en la capilla del Salvador en San Ambrosio.

“Como muchos tienen ya noticia, les puedo hablar cómodamente en las confesiones; y a los que no la tienen, en dos palabras se la propongo según su capacidad: pues aunque muchos no la conciban, el acudir sólo al Corazón sagrado, como ex opere operato les sirve de remedio. Yo deseo ardientemente que V. R. promueva este punto, cuanto el Señor le facilitare.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVIII).

En la predicación siguió Bernardo el método que ya antes de ser sacerdote se había propuesto en la cuaresma de 1734, en el que llaman Campo grande en Valladolid, primer teatro de sus apostólicos afanes. Contaremos lo que entonces le sucedió, porque puede servir para muestra de lo que después haría e hizo en efecto con singular fruto de las almas.

“Luego que Bernardo se vio señalado por la santa obediencia para publicar la palabra de Dios, empezó a disponer sus sermones y su espíritu con las disposiciones que le inspiró el Señor. Acudió al instante al sagrado Corazón de Jesús: porque no sé, dice el joven, ni siquiera hacer nada sino en él, por él y para él... Su principal intento (en los sermones) era mover los corazones de los pecadores por el motivo del infinito amor que debemos al sagrado Corazón de Jesús, y por la suma ingratitud del pecador contra el Corazón divino.

“Valiose de los eficacísimos discursos contra el pecado mortal, con que el V. P. Segneri combate este infernal monstruo. Mas, como Bernardo no sabía ni podía formar discurso alguno sin referirle a las glorias del sagrado Corazón de Jesús, acomodó el del P. Segneri en esta forma. Hizo ver a los pecadores la suma ingratitud de su corazón para con el de Jesús, especialmente en el Smo. Sacramento.

“Pero donde se encendió mi espíritu, dice nuestro joven apóstol, fue el último redoble de maldad del corazón torpe que muchas veces en la comunión recibe en pecado el Corazón purísimo de Jesús. Al cotejar la junta extraña del Corazón de Jesús y el corazón deshonesto, y al ponderar con exclamaciones tiernas lo que aquel Corazón sentirá verse dentro de un corazón tan inmundo, sentía abrasárseme las entrañas de dolor y amor: y al repasar el sermón, se me venían frecuentemente las lágrimas a los ojos, y fue menester pedir al Señor las suspendiese al predicarle.” (1).

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XVIII).

Este puede decirse que fue el plan de todos sus sermones: el modo de predicarlos, rogando ya desde la víspera a los santos ángeles, como dijimos de su manera de confesar, que le llamasen y dispusiesen pecadores para el día siguiente, pidiendo luego en la oración él mismo por ellos con gemidos del alma, y considerándose, una vez en el púlpito, como hombre consagrado con juramento a no mirar más que a la gloria de Dios y al triunfo del sagrado Corazón de Jesús. (1)

(1) En la 2ª ed. de las Theses de Cultu SSmi. Cordis Iesu (Barcel., 1877, pág. 54, en nota) se ponen como del P. Bernardo unas palabras, que se dicen tomadas de un sermón suyo, predicado el día de la Transfiguración del Señor: es un descuido. El P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XIII), escribe terminantemente que son de S. Francisco de Sales (no de Hoyos), y las copia allí para mostrar la devoción de este Santo al Corazón de Jesús.

Quejábase sin embargo uno de los días que pensaba hablar con más fuego en defensa del honor divino contra el furor de los que le ofendían, “quejábase amorosamente al Eterno Padre de las muchas injurias con que los pecadores herían al Corazón sagrado de su divino Hijo, y del abuso que hacían de sus gracias: entonces tuvo una maravillosa visión del Corazón de Jesús, herido con las espinas de los pecados, que formaban la corona con que estaba cercado. Entendió que las espinas herían el Corazón divino: mas que al mismo tiempo salían por las heridas los tesoros de la preciosa sangre divinizada, que el Corazón de Jesús vertía amoroso por la salvación de los mismos que le herían, y por la mayor perfección de las almas que le amaban con todo su corazón. Aquí le descubrió el Señor un secreto o misterio, que le consoló en medio de ver tan herido el sacrosanto Corazón de su amado Jesús: conoció que de las mismas injurias de los ingratos pecadores se valía el amorosísimo Corazón de Jesús, para derramar más copiosas gracias sobre sus devotos.

“Declaró Bernardo este sentimiento que le comunicó la divina luz, con las palabras del Apóstol a los Romanos: Los delitos de aquellos (los Judíos) son las riquezas del mundo, y su diminución las riquezas de los Gentiles; su perdición es la reconciliación del mundo. No quiero, Hermanos, que ignoréis este misterio, que la ceguedad de ellos en parte sucedió en Israel hasta que entrase la plenitud de los Gentiles: habéis conseguido ahora misericordia por su incredulidad (1). Estas palabras, que el apóstol explica en favor de los Gentiles en contraposición de los Judíos, explicó la divina luz a Bernardo de los amantes del sagrado Corazón de Jesús en contraposición de los pecadores, que con sus pecados le coronaban de espinas y le ensangrentaban con tan inhumana crueldad” (2).

(1) Ad Rom. XI, 12, 25, 30.
(2) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XVIII).

Verdad es que los pecados de los hombres no bastan a apagar, sino que sirven de encender el amor nobilísimo del buen Jesús; verdad es que tan generoso ejemplo debe ser un aliciente eficaz para estimular más y más el celo de sus devotos: pero no ven los ingratos pecadores, a costa de cuántas congojas, de cuántas agonías, de cuántas muertes de aquel Corazón sagrado le hacen acallar sus justas iras y reventar en llamas de caridad. ¡Oh, si merecieran éstos que se les mostrara como a Bernardo, en aquella triste forma en que le pintan los Evangelistas, orando a su Eterno Padre entre los sudores del huerto de las olivas, y luchando a brazo partido contra la memoria de las iniquidades de los hombres! ¡De cuán diverso modo pensarían y obrarían de como piensan y obran!

“Esta visión introdujo por los ojos del alma (a Bernardo) a lo más íntimo, lo más profundo de una jamás experimentada aflicción: la que se aumentó incomparablemente, prosigue él mismo, con unas amorosas y tristes palabras con que el dulcísimo Jesús, como quien buscaba se condoliesen de su tristísimo Corazón, me dijo llegase más de cerca a ver lo que pasaba en su Corazón, en el cual me pareció se hallaba mi alma introducida y contemplando aquel abismo de dolores.

“Pero ¡oh buen Jesús! prosigue el joven enardecido. ¡Oh Corazón dulcísimo! ¿Quién pudiera explicar las amarguras, congojas, tedios y atrocísimos tormentos que mi alma vio retratados en vos mismo! ¡Oh, si los hombres vieran en vuestro Corazón dolorosísimo, no digo lo que padeció, que esto no puede comprenderlo ninguno de los mortales, pero a lo menos lo que os dignasteis manifestar a mi pobre alma: oh, y cómo todos procurarían con vuestro culto templar vuestro dolor!

“Yo, amado Padre mío, quedé como muerto con esta vista, que fue muy breve: pues no pudiera tolerarla más mi flaqueza. Todo el día anduve como fuera de mí, y cuando estaba sólo no podía detener las lágrimas, ya de la profunda tristeza que en mí experimentaba, ya de la compasión que me causó el Corazón sagrado, en el cual, aun pasada la visión, tenía presente aquella claridad con que Jesús previó sus ofensas y nuestras ingratitudes: la cual luz en mí, pecador miserable, causaba un horror tan asombroso, que más se redujo a términos de insensible en el mismo dolor. Pero ¿qué sería o qué causaría esta luz infinitamente más clara en aquel Dios, tan ajeno de todo pecado, tan amante y tan puro, tan santo, tan celoso de su honra y tan generoso para resentirse de nuestra ingrata correspondencia? No pude ya contenerme...” (1).

(1) P.Loyola, ibid., (l. III, c. XIV).

52. Con tales vistas, sentimientos e inteligencias, nada tiene de extraño que no pensara Bernardo más que en su sagrado Corazón de Jesús, y en hacer conocer a los hombres aquel centro de amor y de gracias. Lo mismo hacían sus PP. y amigos, Calatayud en sus misiones, Loyola en Segovia, Cardaveraz en Pamplona, Prado, Villafañe, Peñalosa y varios otros en diversas partes, como forzados por una mano oculta que todo lo ordenaba, y cuyo instrumento principal era Bernardo.

Escríbele su H. Agustín, y le dice así. -”EI P. Rector conviene que predique del Corazón de Jesús, dando noticia y exhortando, etc. Si el P. Peñalosa no lo hace, como yo le he exhortado, en las 40 horas, hubiera yo predicado; pero conviene que primero lo hagan hombres condecorados: creo que el Padre predicará aquí bien” (1). Y efectivamente, predicó a gusto de los fervorosos jóvenes: pues, como escribe poco después el mismo Agustín, inculcando “que juzgaba conveniente que el P. Rector publicase el adorable Corazón: aquí”, prosigue, “el domingo de 40 horas lo hizo el Padre, y tomó el asunto del amor del Corazón; y segunda parte, de las ingratitudes, etc.: y dijo que este año se haría sin duda aquí la fiesta. No sé qué ecos han llegado a mí de congregación; pero no puedo hablar ni asegurar cosa” (2).

(1) (11 de Febrero de 1735).
(2) (25 de Febrero de 1735).

En cambio le asegura en la misma de un asunto que tendrán interés nuestros lectores en saber en qué paró. -"Al Sr. Arzobispo (de Burgos)”, dice, “ha respondido (el P. Gallifet) y enviado el oficio y misa, y el mismo Arzobispo me escribe también haber recibido y como tiene ya 20 cartas de prelados para Roma: no me dice, pero discurro irán al Sr. Belluga, como conviene y lo aconseja el P. Gallifet” (3). Y en otra de nuevo: “Discurro que la pretensión del oficio se hará por medio del Sr. Belluga” (4). No es decible la esperanza, y bien fundada, que tenían todos ellos en este Emmo. Cardenal.

(3) Ibid., (25 de Febrero de 1735).
(4) (10 de Marzo de 1735).

53. Y así fue que se enviaron las cartas al Sr. Belluga, y que éste las recibió a su tiempo, como se ve por esta sencilla y cariñosa carta del Ilmo. de Burgos a uno de la Compañía, que el P. Loyola no quiere descubrir quién es, pero nos parece que debe ser él mismo.

“Muy Sr. mío y mi amigo: en este correo me avisa el Sr. Cardenal Belluga, haber recibido las cartas que remití de los Sres. prelados de España: y con los que después se han seguido creo que todos los que hoy son vivos, han dado su carta para el sagrado asunto del Corazón de Jesús. Pero me dice que N. Rey no ha escrito a S. Santidad para este fin, y que la carta que se copia en el librito, o no ha llegado o no se ha presentado en Roma, y que esta diligencia es indispensable: y así es necesario rogar al P. Confesor nos saque esta carta del Rey. Y quedo para servir a V. R. con fiel y sincero corazón, con que deseo guarde N. Señor a V. R. muchos años. -Burgos y Abril 22 de 1735.- B. L. M. de V. R. su más afecto servidor y amigo, -Manuel, Arzobispo de Burgos.”

“Por esta excelente carta”, añade el P. Loyola, “nos descubre este Ilmo. que todos los Sres. obispos de España habían escrito a S. Santidad pidiendo el oficio, solemnidad y misa del dulcísimo Corazón de Jesús. Su I. había enviado estas cartas a Roma y empeñado el santo celo del Emmo. Cardenal Belluga a favor de esta causa. No pudo ser más acertada la conducta del Sr. Arzobispo de Burgos en valerse de la fogosa y santa actividad del Eminentísimo: porque, años ha, era S. E. y continúa siendo el más vivo, eficaz y ardiente protector de la causa del sagrado Corazón de Jesús. Como tal dio luz al Ilmo. de Burgos de lo que faltaba por hacer, que era sacar una carta del Rey N. Señor, que acompañase y prosiguiese las de los Ilmos. prelados de España” (1).

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. X).

Sin duda por prudencia; no dice aquí una palabra el autor, de la hermosa carta de Felipe V que hemos copiado en nuestra lntroducción (2), y a cuya carta alude el Ilmo. Arzobispo de Burgos. Hizo bien en no hablar de ella y su paradero: tampoco diremos nosotros sino que a Roma sí llegó, y que a alguno se presentó también, sin meternos en más pormenores. Pero inutilizada ella o lo que fuese, y no cabiendo de gozo nuestro Bernardo al saber el feliz éxito de sus pretensiones con el ilustre prelado, no dejó piedra por mover para que, al abrigo del Confesor de S. Majestad, se le sacara otra real carta, que en efecto se sacó al momento, y se envió al Sr. Belluga por medio del Sr. Arzobispo de Burgos.

(2) Págs. VII, VIII.

54. Oigamos la respuesta que le envía de Roma el Emmo. Cardenal, al instante que llegó a sus manos el deseado documento segundo de Felipe V: pues éste no le hemos podido haber, aunque más hemos trabajado en su busca.

"Viva Jesús. -Rmo. Señor. -Sr. mío: Recibí la de V. S. con la carta (real) para S. Santidad para el oficio y misa del Corazón de Jesús, cuya gracia espero se consiga, no obstante que tres veces ha salido denegada en la S. Congregación de Ritos: la primera, pidiéndola el Rey de Polonia; la segunda, pidiéndola S. Majestad (el Rey de España); y la tercera, pidiéndola la Reina de Francia: mas siempre por uno o dos votos. Yo siempre he estado fortísimo por esta gracia, y habiendo ya muerto dos Emmos. que gallardamente la contradecían, espero que con la nueva carta de S. Majestad se puedan vencer las dificultades que se proponían, las que no eran todas despreciables, mirando todas a la dificultad de cuál era el objeto de esta fiesta. Y por dividir las dependencias del Ministro, he dado la carta al Emmo. Aquaviva para que la presente a S. Santidad con las que yo tengo acá de los Sres. obispos: y a mi cuidado queda la solicitud. Y quedo al servicio de V. S. con el más verdadero afecto, y ruego a N. Señor guarde a V. S. muchos años en su santa gracia. -Roma y Julio 31 de 1735. -Rmo. Sr. De V. S. muy afecto. -L. Cardenal Belluga” (1).

(1) P. Loyola, (ibid., l. III, c. X). -Las decisiones de la S. Congr., de que habla el Sr. Belluga, son: la 1ª, de 12 de Julio de 1726, Non proposita: la 2ª, de 30 de Julio de 1729, Negative: de la 3ª, y aun de la petición que la ocasionó, no hallamos rastro alguno en el mismo P. Nilles, que trató largamente de este asunto. Sin embargo, no hay razón para creer que se equivocara, estando en Roma, el Emmo. Cardenal: y así por esto, como por lo que se verá más adelante, creemos sin género ninguno de duda, que todavía están ocultos e inéditos los documentos de esta 3ª vista, de que no hacen mención los autores. -También escribió sobre esta materia algo antes el piadoso Cardenal al P. Calatayud; pues aludiendo éste a su carta, escribe al P. Agustín con fecha de 15 de Julio de 1735: “La devoción del Corazón de Jesús va creciendo. Se espera en Roma la carta del Rey de España. Hanse tenido tres congregaciones ya en Roma sobre el rezo del Corazón, a petición del Rey de Polonia, (Rey de España) y Reina de Francia; y en la última por un voto se perdió la gracia del rezo. Esto escribe el Sr. Belluga, y espera se conseguirá en recibiendo la carta del Rey.”

55. Conoció Bernardo que tan felices principios y progresos eran debidos en su mayor parte a su dichoso librito: pero conoció también no ser posible que, aunque pequeño, llegara a manos de todos, como deseaba, ni diera por consiguiente a todos noticia pronta del santísimo culto que se inspiraba en él. Discurrió, pues, otro medio más sencillo y mucho más eficaz, por cuanto entraba más por los ojos y servia aun para aquellos que no supieran leer: medio que al fin tuvo el suceso maravilloso que en lo humano no se podía esperar siquiera.

“Hizo traer de Roma gran cantidad de estampas del sagrado Corazón de Jesús, y una hermosa lámina para reimprimirlas en España. Sirvió para esta idea a Bernardo haberse impreso en su alma la revelación que el sagrado Corazón de Jesús hizo a la V. Margarita María Alacoque, a quien dijo Jesús, su celestial esposo, que también quería que la imagen de su Corazón, perfectamente delineada, se expusiese a vista de los fieles, para que con tan amable objeto se ablandase la dureza de sus corazones...

“Avivó estos deseos de nuestro joven otra inteligencia semejante con que el Señor le favoreció. -Este día se me dio a entender, dice, deseaba el sagrado Corazón se expusiese su imagen en España, como la que trae el P. Gallifet: que así se mostró el Corazón sagrado (a la B. Margarita), y casi siempre se me ha descubierto a mí con las mismas insignias. Entendí había de enternecer muchos corazones este amabilísimo objeto: y admiro hoy la providencia, cuando veo. que antes de llegar una carta en que yo indicaba esto (añade al P. Loyola), me avisa V. R. la hace dibujar para abrir lámina-” (1).

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. X).

56. Cumplióse prontamente en el corazón de innumerables personas la promesa del Señor y la esperanza de Bernardo. Para indicio de la devoción con que fueron acogidas y veneradas en todas partes estas estampas, baste el testimonio del Excmo. Sr. Duque de Granada (1). Por mano de S. E. había enviado un Padre de la Compañía (el P. Loyola?), devoto del Corazón de Jesús, algunas docenas de estampas a los Príncipes Don Fernando VI y Doña María Bárbara: fueron recibidas con tanto agrado, que SS. AA. mandaron al Duque lo significase de su parte al buen Padre, quien, según advierte el mismo P. Loyola, “no pudo imaginar tan grande honra” (2).

(1) Don Juan de Idiaquez, Conde de Salazar, Duque de Granada de Ega, Capitán General de los Reales Ejércitos, Sargento Mayor de las Reales Guardias de Corps, Ayo y Sumiller de Corps del Srmo. Príncipe de Asturias.
(2) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III. c. X).

57. La carta original de este devotísimo caballero, insigne ejemplar de la grandeza de España y de su católica corte, dice así:

“Rmo. Padre: He recibido y puesto en manos de los Príncipes NN. Sres. las estampas del santísimo Corazón de Jesús que V. Rma. se ha servido dirigirme para este efecto: y habiéndolas admitido SS. AA. con la mayor veneración y aprecio, me mandan manifestar a V. Rma. su especial estimación y gratitud por tan singular regalo. V. Rma. me tiene a su obediencia con la mejor y más pronta voluntad, y ruego a Dios guarde a V. Rma. los dilatados años que puede. -San Ildefonso, a 16 de Septiembre de 1735. -Rmo. P. -B. L. M. de V. Rma., su amigo y afecto, -Don Juan de Idiaquez” (1).

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. X).

Prosigue el P. Loyola y dice que “con la lámina que llegó de Roma se estamparon tantos millares, que a poco tiempo se inutilizó del todo. Pero la devoción estaba ya tan ardiente, que para contentarla fue preciso abrir nuevas láminas y traer otras semejantes de Roma. Como era fácil distribuir las estampas por el correo, se podía decir seguramente que apenas hubo lugar ni pequeña aldea en toda España, donde no se adorase por este medio el Corazón de Jesús. En la corte se abrieron diversas láminas, se estamparon innumerables, y se remitieron a la Srma. Princesa N. Señora, a Lisboa, muchas estampadas en tafetán lustroso” (1).

(1) P. Loyola, ibid. (l. III, c. X).

Tal vez parezca a algunos cosa de niños el empeño de estos celosos propagadores de la causa del Corazón de Jesús en hacerse con estampas y distribuidas por todos los rincones. A nosotros, al contrario, nos edifican en sumo grado aquellas frases de un hombre tan respetable y reverenciado como el P. Calatayud, cuando contesta a Bernardo que se las pedía: -” Padre mío, las estampas se reparten como pan bendito, y son necesarias: seis fueron para V. R., y otras seis para el P. Cayetano.” (2): y días antes al P. Agustín: “Ya verá V. R. una lámina, digo, una estampa buena del Corazón de Jesús Sacramentado que se ha abierto en Valencia” (3). También respondía Agustín a su P. Bernardo: -”He hecho cuantas diligencias son dables para las estampas, pero no ha quedado una siquiera ni en mi poder ni de venta en casa del mercader. Lo siento..., y lo peor es que no hay entre todos los impresores quien me quiera tirar algunas 300 o más que yo necesitaba, y ha más de un mes que ando en esto: si hallare algunas, las enviaré con consuelo” (4). Verdaderamente que, si esto es cosa de niños, lo es de aquellos que se hacen tales para entrar en el reino de los cielos.

(2) (26 de Julio de 1735).
(3) (15 de Julio de 1735).
(4) (11 de Febrero de 1735).

Es para alabar a Dios lo que estas estampas contribuyeron a preparar los ánimos de los fieles para las congregaciones del sagrado Corazón, y aun a fundarlas donde no podían llegar a detenerse nuestros misioneros. Pues donde estos se detenían a predicar la divina palabra, lo mismo era proponer congregación a los pueblos que abrazarla todos, si estaban sólidamente convertidos: y así el P. Calatayud, repasando no más de los lugares donde había estado de misión, podía escribir el 15 de Julio de 1735: -”Se han fundado congregaciones del Corazón en Lorca, Novelda, Aspe, Agost, Elche, Petrel, Villena, Almansa, Orihuela...”; y algo después el P. Loyola, abrumado con “el número de estas congregaciones en España, baste decir", observa, "que son tantas, que solo los misioneros de nuestra Compañía de Jesús de esta Provincia de Castilla han fundado muchos centenares...” (1).

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XI).

58. No menos fruto que las estampas causó otro medio, también sencillo, que ocurrió a Bernardo. Obligó al P. Loyola, que en esto le obedecía de buena gana, a que le escribiese una novena al sagrado Corazón de Jesús. Viéronla los revisores, como si dijéramos, de cuanto debía proponerse y llevarse adelante en España sobre el negocio, los PP. Calatayud, Agustín y el mismo Bernardo, haciendo cada cual en el manuscrito los cambios que le parecían más conducentes y provechosos, sin olvidarse de los epítetos y saetillas que se clavaran bien dentro en el alma: así salió ella lo devota que era de suponer. Imprimiose con alguna; no mucha ni grave dificultad. Hubo sus remesas a la corte, a los obispos, a los misioneros y demás agentes públicos del Corazón santísimo. Hecho esto, Bernardo se encargó de no dejar parte adonde de una manera o de otra no llegara su novenita.

59. El medio más ordinario y expedito era este: -"Ponía una estampa del Corazón de Jesús y una novena bajo una cubierta, y el sobrescrito en esta forma: A N. de N. guarde Dios muchos años. En la ciudad (o villa) de N. Cuando remitía esta especie de carta a la Superiora de algún Convento de religiosas, incluía un papelito que decía: El que remite a V. esta estampa y novena le ruega se digne introducir en su santa comunidad la devoción al Corazón de Jesús, y suplica a todas las religiosas que comulguen todos los primeros viernes de cada mes. Esta sencilla y piadosa invención tuvo en mil partes los maravillosos efectos de devoción que sabemos”, dice el P. Loyola, "y muchos otros más que ignoramos” (1).

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XI).

Para muestra de los que llegaron a su noticia, pone a continuación el caso de una señora religiosa muy ilustre por su nobleza, y aun más todavía por haber dejado el mundo y abrazádose con la cruz de Cristo desde su más tierna edad. -”Esta señora vive en una comunidad muy observante”, dice, “pero de un instituto que no obliga a sus religiosas a especial austeridad o rigor, y acaso a ninguna penitencia externa. Escribiola un devoto del Corazón de Jesús (probablemente él mismo), exhortándola a esta amabilísima devoción que ahora se había descubierto en España. La respuesta dio singular consuelo a la persona que recomendaba esta devoción a esta religiosa. En sustancia fue la siguiente:

“-(Rmo. Padre): Agradezco a V. Rma. mucho el favor que me hace con recomendarme la devoción al sagrado Corazón de Jesús: pero tengo el especialísimo consuelo de poder dar a V. Rma. una noticia en el asunto, que no podrá dejar de consolarle. Habrá como dos años que, sin saber de dónde ni de quién, nos llegó una carta que contenía solo una bellísima estampa del sagrado Corazón de Jesús y una novena. Apenas yo vi la estampa, cuando dije a todas mis compañeras que sin duda el Corazón de Jesús quería que fuésemos sus devotas. Empezamos a encendernos todas, y propusimos hacer al instante la novena al sagrado Corazón de Jesús, exponiendo en nuestro coro la estampa. Para que fuese más agradable al Corazón de nuestro divino esposo Jesús, determinamos hacer algún obsequio los días de la novena.

“-En particular todas hicimos lo que nos inspiró nuestra devoción: y determinamos hacer en comunidad los obsequios siguientes: 1º, rezar la novena en la forma que enseña el librito: 2º, tener antes o después medía hora de oración: 3º, ayunar todos los días de la novena: 4º, tomar todos los días disciplina: 5º, comulgar tres días por lo menos: 6º, hacer las visitas que prescribe la novena al Smo. Sacramento por los fines allí señalados: 7º, finalmente, hacer como por estatuto todos los meses la novena al Corazón de Jesús, empezando el jueves último del mes, y acabar comulgando siempre el primer viernes del mes siguiente. Pida V. Rma. al mismo sagrado Corazón, que nos conserve y aumente los fervores con que esta santa comunidad ha empezado a adorarle y amarle. -N. Señor me guarde a V. Rma. (N. N).-

“Hasta aquí la carta de esta ilustre y ferviente religiosa. Semejantes efectos produjo la idea de esparcir por toda España las novenas y estampas del Corazón de Jesús en otras comunidades. Pedía una difusa historia lo que se ha publicado en este particular, a gloria del Corazón de Jesús” (1).

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XI).

 

 

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Biografía P. Hoyos          
"Principios del reinado del Corazón de Jesús en España", por el P. Uriarte, 1880