PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación)
Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880
 
1734 (Continuación)
42. Impreso ya, dedicado y recibido con singular complacencia el librito, sólo le faltaba una formalidad que coronara los piadosos intentos de sus autores. Encargose de ella el H. Bernardo, quien nos la describe de la manera siguiente:

“El día 21 de Octubre”, dice, “al tiempo de recibir el Corazón adorable de Jesús Sacramentado, llevaba en mi pecho un librito impreso, para ofrecerle y pedirle le echase su bendición: y habiendo pasado el tiempo de la misa en aquellos afectos que mejor que yo sabe el buen Jesús, llegué a hacer mi oferta. Empezose a recoger el alma hacia lo profundo de sí misma, y sin palabras ni voces, sino con aquel lenguaje que Dios sólo y ella entienden, presentó al santísimo Corazón el librito con todos nuestros corazones, afectos, deseos, ideas y con todos los trabajos que se han padecido hasta haberlo puesto en estos términos. Sintióse luego toda inundada de un gozo imponderable; y cuando se halló toda abrasada en las llamas ardientes del amor divino, quiso el Señor repitiese la oferta con mayor solemnidad.

"Porque al punto se me manifestó por una maravillosa visión, con su Corazón sacrosanto abierto y convertido todo en un soberano incendio. Acompañábale su santísima madre y los tres Santos validos y amantes discípulos del Corazón santísimo, y no faltó N. P. San Ignacio con el V. P. la Colombière: y por otro lado estaban la V. M. Margarita y Santa Gertrudis, tan interesadas en el sagrado culto, con Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis, a las cuales había hecho una novena encomendándoles el asunto del Corazón sagrado. Aquí, delante de tantos cortesanos del cielo y amigos míos, hizo segunda vez el alma la oferta del librito, al cual miró el dulcísimo Jesús con mucho agrado, y me pareció miraba dentro del corazón dulcísimo uno como traslado del mismo: en que entendí guardaba Jesús en su Corazón el obsequio que en este librito se le rendía.

“Con indecible amor me dijo entonces, qué pedía a su Corazón en recompensa. Yo, todo anegado en confusión y abrasado en amor del mismo Corazón divino, respondí que no pedía más que la extensión de su celestial culto y sus progresos en España y en toda la Iglesia: y sintiendo que deseaba el Señor le pidiese alguna especial gracia para el librito, le supliqué se sirviera confirmar las gracias e indulgencias que sus cristos habían concedido a los que con devoción le leyesen. Respondió que su Corazón las confirmaba, y que los que leyesen este librito con buena intención, serían aprobados en su Corazón, el cual a todos concedía entre otros un don especial: a los pecadores, inspiraciones por medio de su lección para salir de su mal estado; a los justos, mayores gracias y deseos de caminar a la perfección; a los perfectos, un amor purísimo y ardentísimo a su Corazón, en el cual sentirían sus deliciosísimas dulzuras.” (1)

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. IX).

43. Animado con esta bendición y promesa que comunicó al punto a sus confidentes, y resuelto a esparcir ya sin tardanza su librito aprobado del cielo, y con él el fuego del amor divino al Corazón sagrado; donde primero puso los ojos el santamente atrevido Bernardo, fue en el palacio mismo de nuestros católicos reyes.

Con todo, “antes de practicar este elevado empeño, empleó su prudencia en saber de persona inmediata a las personas reales, si este librito podría esperar de Su Majestad y Altezas ser recibido benignamente. Respondiéronle que la piedad y devoción tenían su domicilio en el corazón de los Reyes NN. Sres., de los Sres. Príncipes y Sres. Infantes: que la devoción al sagrado Corazón de Jesús no era del todo desconocida en palacio; pues el Rey N. Señor había escrito al SS. P. Benedicto XIII, pidiendo a Su Santidad el oficio y misa del sagrado Corazón: que los Sres. Príncipes estaban noticiosos y deseosos de que esta devoción se propagase en España: que muchas señoras grandes de palacio tenían noticias y alguna práctica de esta amabilísima devoción, habiéndose educado en monasterios de la Visitación de Santa María. No podía estar mejor dispuesta la corte para recibir un libro que publicase en idioma español la devoción del Corazón de Jesús, tan conocida y venerada en todas las provincias de Francia.

“Causaron estas noticias singular consuelo al ardiente celo de Bernardo, y le abrieron puerta a sus designios. Dispuso que le encuadernaran una porción de sus libritos muy curiosamente para presentados a los Sres. Príncipes. Sabía que llegando a manos de SS. AA., pasarían luego a todas las personas reales, como efectivamente sucedió: porque recibidos benignamente de la devoción sólida y tierna de los Srmos. Príncipes, se partieron por el palacio. Poco después se dirigieron muchos otros a algunas personas. piadosas y señoras grandes dela corte. Con esta santa industria se vio muy luego la devoción del Corazón de Jesús, no sólo extendida en palacio, sino también entronizada en los corazones reales.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. IX).

44. Gozoso Bernardo, mas no satisfecho todavía con el triunfo logrado en el real palacio, volvió los ojos a su decidido protector, el Ilmo. de Burgos: y con pretexto de escribirle que se dignase recibir una remesa de sus libritos que le destinaba, “suplicó humildemente al Sr. Arzobispo, se sirviese tomar a cargo de su ardiente celo enviar un librito a todos los Sres. arzobispos y obispos (de España)...: que al mismo tiempo que remitiese el libro, significase a todos los prelados se dignasen cooperar con su santo celo a esta solidísima devoción: que rogase muy en particular a todos los Sres. obispos de España hiciesen una sagrada confederación para extender los cultos del Corazón de Jesús: y que, para conseguir más eficazmente su designio, inspirado sin duda del mismo divino Corazón, solicitasen de Su Santidad la fiesta, oficio y misa; que la benignidad del Smo. Padre oiría gustoso los ruegos de todas las iglesias de España en un asunto que no podía ser más glorioso para el sumo pastor de todos, Cristo Jesús. Como el corazón del Ilmo. Sr. Arzobispo de Burgos estaba bien dispuesto y enardecido por las glorias del Corazón de Jesús, recibía todas estas ideas, aunque inspiradas por un joven de pocos años. (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. IX).

¡Cosa verdaderamente singular, y donde no se sabe qué admirar más, si la piedad de aquel ilustre Arzobispo, o la santa libertad del nuevo apóstol!

Pero el hecho es que “remitió”, añade el P. Loyola, quien bien podía gloriarse de haber tenido una gran parte en el asunto, “remitió este dignísimo prelado a casi todos los prelados de España el librito del Corazón de Jesús, rogándoles con íntimo afecto escribiesen todos una carta a Su Santidad, en que pidiesen para sus diócesis fiesta, oficio y misa del Corazón santísimo de Jesús: y como el Corazón divino inspiraba a nuestro joven estas ideas, las acaloraba en el piadoso corazón del Sr. Arzobispo.

“Tuvo la insinuación de S. I. el efecto que se podía desear. Todos los arzobispos y obispos de España enviaron sus cartas al Ilmo. agente, para que juntas se remitiesen a Roma.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. IX).

Y en efecto a Roma se remitieron, siendo la nación española la primera que iba a dar a la Santa Sede y a su pontífice, el glorioso espectáculo de todos sus obispos pidiendo a una voz la fiesta del Corazón sagrado: y todo a propuesta de un humilde Hermano estudiante de la Compañía de Jesús, armado con las armas no más que de un libro de pocas hojas.

Quien así conmovía a las personas más augustas, introduciéndose en los palacios de príncipes y prelados, de suponer es lo que haría con sus amigos y gente de no tanta representación. -”Envió libros a todas las provincias de España: no hubo en ella quien se pudiese esconder de la luz y calor del fuego ardiente de su devoción. Madrid, Toledo, Sevi11a, Granada, Murcia, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Tarragona, Burgos, León, Oviedo, Santiago, Salamanca, en fin todas las capitales de las provincias de España fueron el objeto de los ardores del corazón de Bernardo: a todos los encendió por medio de su librito, y consiguió los maravillosos efectos que empezó a gozar y nosotros experimentamos", dice el P. Loyola.

45. “Remitió muchos ejemplares al R. P. misionero Pedro de Calatayud, que corría por este tiempo en sus fructuosas misiones parte de los reinos de Murcia y Valencia. Poco impulso necesitaba el P. Calatayud para proseguir en esparcir la devoción al Corazón de Jesús: porque desde el primer instante que Bernardo le había escrito sobre este asunto, sintió su corazón inflamado con los sagrados incendios que publicó en el librito de este título; después, la experiencia de los frutos sólidos que producía esta devoción en cuantos corazones bien dispuestos la abrazaban, era el más ardiente incentivo. Sirvióle no obstante el librito de Bernardo de nuevo impulso para los esfuerzos de su santo celo en esta devoción. Para referir los maravillosos efectos que se siguieron a la predicación de este misionero, la reformación de costumbres en los pueblos, los ardores sagrados en muchos monasterios de religiosas, y las innumerables congregaciones que se fundaron, era necesaria una historia más copiosa que la de este libro” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. X).

No nos faltarán ocasiones todavía de hablar más de una vez de este incansable y verdaderamente apostólico misionero. Seguía en sus sagradas excursiones con su compañero, el P. Carbajosa, concluida con indecible fruto la fervorosa misión a que dio principio en Murcia el 4 de Marzo de 1734. En ella “promovió la devoción del Corazón de Jesús”, dice un testigo de vista: "y la gente dispuesta ya y enamorada de este deífico Corazón, empezó a encomendarse a él cada mañana: imprimióse un librillo intitulado Incendios de amor sagrado sobre el Corazón de Jesús, y otro de la Corona de doce estrellas de María Santísima: y por haber mucha hambre de estos libritos, se han atrevido personas devotas a hacer de nuevo impresión.” (2)

(2) Noticia de la Mis. de Murcia, (Ms., pág. 8).

Con todo no creemos que por entonces se fundara congregación en Murcia, como tampoco en Cartagena, donde acababan de dar misión los dos inseparables compañeros, desde el 2 hasta el 24 de Enero de 1734. Bien es verdad que Fr. Ignacio de la Concepción, aludiendo al Doctor Don Diego José de la Encina, escribía el 5 de Marzo del propio año, que el P. Calatayud, "deseando sin duda coadyuvar al generoso designio y ardiente celo del R. P. M. Pedro de Peñalosa, ha fundado ya en ella (en Cartagena), o dejado reglas para fundar la hermandad del sagrado Corazón de Jesús” (1). Pero el Comisario Encina sólo dice lo segundo, es decir, que dejó “reglas para fundar asimismo en el Colegio de la Compañía la hermandad del Corazón de Jesús” (2); y en la lista de sus congregaciones que envía el mismo P. Calatayud en cartas de 15 y 26 de Julio de 1735, no aparece la de Cartagena, como tampoco la de Murcia (3).

(1) L. c., pág.8.
(2) Carta al Ilmo. Obispo de Cartagena, de 29 de Enero de 1734, (pág. 6).
(3) No obstante en una nota, sacada del archivo de esta última ciudad, nos escriben que “asimismo solicitó dicho Padre (Calatayud) que el Ayuntamiento se constituyese en el patronato de una congregación que (el 1734) fundó en la iglesia de la Compañía de Jesús (de Murcia), con la advocación del Deífico Corazón de Jesús”. -Nuestros datos y relaciones originales suponen lo contrario.

“Por las noticias que comunicaba a Bernardo el P Calatayud en punto a la nueva devoción del Corazón de Jesús, conoció que ésta era empresa muy propia de misioneros. Procuró que llegase el librito a otros misioneros de nuestra Compañía, a los de otras sagradas religiones y a algunos Sres. Eclesiásticos seculares, empleados en este apostólico ministerio. En todos los hombres verdaderamente apostólicos hizo tal impresión esta devoción del Corazón de Jesús, que la emprendieron y prosiguieron con indecibles ardores. Por este medio se propagó primero en nuestra Provincia de la Compañía de Jesús de Castilla, y después por España toda y por las Indias españolas.” (1)

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (1. III, c. X). -Sin embargo dicen que el P. Juan Antonio Mora dio a luz en Méjico un libro con el título de Culto devoto al sagrado Corazón de Jesús, el 1721 según el P. Nilles (l. c., pág. 840), y el 1732 según el P. Backer, Bibl. des Esciv. de la C. de Jesús, (ed. 2ª, t. II, col. 1366). Es fácil que haya equivocación en ambas fechas.

Toda esta piadosa revolución atribuye en principio el P. Loyola a que Bernardo "había enviado delante como precursor su librito; y los sabios, sólidos y santos directores acababan después lo que el librito había empezado.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c.X).

Ciertamente era singular la sed que había en España de hacerse con el Tesoro escondido. -”Vengan en horabuena los libros del P. Loyola”, escribía Agustín a Bernardo, “y mi Hermano válgase de todo para la mayor gloria del Corazón adorable de nuestro amor Jesús.” (1) Ni era natural olvidarse de Francia y del más ardiente defensor que en ella tenía el Corazón divino; y así: -”Luego”, le escribía en otra, “luego se dirigirá el un librito a Bayona, y de allí en pocos días estará en manos del P. Gallifet: éste ya entiende nuestro romance, y así pueden ir las cartas en nuestro vulgar.” (2)

(1) (31 de Octubre de 1734).
(2) (6 de Diciembre de 1734).

46. Pero, dejando a un lado este verdadero tesoro, no ya escondido, sino público en España y fuera de ella, pasemos a contar algunos de los favores que seguía recibiendo del cielo nuestro Bernardo, mientras duraban y se vencían las dificultades de su librito.

El día de la Sma. Trinidad, 20 de Junio, “volví a entender con nuevas luces”, dice él mismo al P. Loyola, “cuán agradable música dan a la Sma. Trinidad las más mínimas obras nuestras, ofrecidas por medio del Corazón de Jesús, cítara armoniosa que en las tres cuerdas, de que ya escribí a V. R., forma la consonancia más grata a los oídos de Dios. Y desde este favor saludo al Corazón divino con este mote en que se complace: Cor Iesu, cythara bene sonans, in quo sibi complacet beatissima Trinitas, divino amore, quo ardes, inflamma me." (1)

(1) P. Loyola, V. M.. del P. Hoyos, (l. III, c. XII).

Acercábase en esto el viernes inmediato a la octava del Corpus, día señalado por el mismo Jesús su amor para la fiesta de su Corazón deífico. Deseaba celebrarla Bernardo con todas las piadosas prácticas que enseñó el Señor a su regalada esposa, la B. Margarita María, añadiendo otras que, o había leído en el libro de Cultu Cordis Iesu, o inventado su piedad enardecida. Así lo ejecutó: y las gracias del cielo llovieron sobre su alma de una manera extraordinaria, que sólo él pudiera referirla.

“La víspera del Corpus (23 de Junio)”, escribe, “empecé a sentir notables accidentes de amor por medio de Jesús Sacramentado y de su dulcísima presencia, que sirvieron de preparar mi corazón para recibir el Smo. Sacramento este día, en el cual, al comulgar, me pareció estar rodeado de espíritus angélicos que hacían compañía a su Rey Sacramentado; sentí en particular la amable presencia de los dos Santos y amigos que continuamente me asisten: y luego recibí una soberana luz que, declarándome algo de la excelencia de este Smo. Sacramento de amor, me ilustró el entendimiento para conocer algo de aquel infinito incendio que ardía en el Corazón santísimo de nuestro Salvador para con su Eterno Padre y para con los hombres, al tiempo que, levantados los ojos al cielo, como para que respirase aquel volcán divino, pronunció las palabras de la consagración e instituyó este Smo. Sacramento. No sé, amado Padre mío, cómo insinuar lo que concebí había significado aquel et elevatis oculis in caelum. Ardía aquel Corazón divino en vivas llamas de amor: iba éste a respirar en aquella fineza de dejársenos a sí mismo en este augusto Sacramento, cuando vivísimamente se le ponían delante como escuadronadas todas las injurias, ingratitudes y malas correspondencias con que habían de pagar los hombres este exceso de amor.

“ Yo, Padre mío, solo con ver, según la luz que me declaraba estos secretos, aquel colmo inmenso de injurias, quedé como fuera de mí, y me parecía era un retraente a aquel amor que de este modo preveía sus desprecios. Pero vi en aquel nobilísimo Corazón que, convertido todo en fuego, acometiendo por medio de las inmensas aguas de todas las ofensas que habían de cometer los hombres contra este Smo. Sacramento, parece se encendía y enardecía más a vista de su contrario, y que... no sólo se intensaba más a vista de su acerbo dolor, sino que, como cebándose en las mismas ingratitudes de los hombres, las embestía y convertía en nuevos ardores de aquel fuego en que se abrasaba; al modo que un volcán abrasador a la misma agua que parece le había de apagar, convierte en alimento de sus llamas y de sus mismos ardores.

“Veía, amado Padre, en aquel Corazón santísimo una como batalla en que combatían de parte a parte el dolor y vivísimo sentimiento, que como generoso tenía aquel sagrado Corazón, previendo tanta ingratitud, y el amor que venciendo y, si se puede decir así, atropellando por tan justos motivos de indignación, se resolvía a afrentar con su fineza nuestra maldad: y al dirimirse este combate entre el dolor y el amor, fue el levantar los ojos al cielo de Jesús, a que acompañó un dulcísimo suspiro o una respiración ardiente, un divino esfuerzo, en que el amor se mostraba vencedor: al modo que el corazón de cualquiera hombre, combatido de afectos encontrados, busca el desahogo en la acción de levantar los ojos al cielo, y suspirar cuando se acaba el conflicto.

     "En aquel punto determinó Jesús con nuevas finezas reparar las injurias del Sacramento augusto, con abrir su Corazón y manifestar a la Iglesia este tesoro soberano. Y así como instituir la Eucaristía a vista de sus agravios, fue un redoble imponderable del amor de Jesús, que resplandece en este divinísimo misterio, y muestra la grandeza de este beneficio, así la determinación de descubrir su mismo Corazón, para que en él se encuentre el modo de reparar las injurias del mismo Sacramento, fue en aquel paso una fineza de tan altos quilates de amor, que puede formar otro Sacramento de amor: pues es una de las mayores que ha hecho el Señor a su Iglesia, después de la del Sacramento. Y aquí entendí que la fiesta del Corazón después de la del Corpus, sería la más venerable en la Iglesia.” (1)

(1) P. Loyola, ibid.. (l. III, c. XII).

No cabiendo ya dentro de sí con esta última inteligencia, de cuya verdad y cumplimiento podemos dar testimonio los que hoy vivimos, protestó Bernardo a su amante Jesús, en nombre suyo y en el de todos sus confidentes, la resolución firme, constante e invariable “de hacer”, dice al P. Loyola, “todos los oficios posibles a nuestra pequeñez, y de procurar este dulcísimo culto usque ad sanguinis effusionem y hasta el último aliento de nuestra vida” (2).

(2) P. Loyola, ibid.. (l. III, c. XII).

Pero llegó el suspirado día del Corazón sagrado, 2 de Julio, “cuyo día”, prosigue el feliz joven, “amaneció para mí lleno de incomparable gozo luego que, antes de la hora de levantarme, me despertó el ángel (como se lo había pedido). La causa de este gozo fue representárseme luego que desperté, cómo este día era adorado el corazón de mi amable Jesús, y su culto practicado en muchas partes del mundo: y no menos derramó sobre mi pobre corazón una suavidad dulcísima, saber que en nuestra España, en Murcia y Lorca, se habían de predicar públicamente sus soberanas excelencias, celebrándose su fiesta en el modo posible, hasta que la santa Iglesia instituya el rito que al rey de los corazones es debido.

“La consideración de que el año pasado, por lo que toca a España, estaba cercado su culto dentro de los nuestros, y que en tan poco tiempo ha sido beneplácito del Eterno Padre descubrirle de modo, que ya muchas almas le practicaban este día en nuestra nación, hacía derretir mi alma en una complacencia amorosa que perfumaba como suavísimo bálsamo mi espíritu. Todo el día anduve embebido en estos deliciosos sentimientos, y con especialidad en la presencia de Jesús Sacramentado. Aun en las acciones exteriores andaba mi corazón en el de su amado, que le hacía mil visitas por todos los templos de la cristiandad, en que este día estaba presente y celebrado con solemne pompa.

“En particular discurrió mi espíritu consoladísimo por todos los templos de la Visitación, y con un gozo imponderable miraba en la concurrencia de la fiesta del Corazón y de la Visitación, que era este día, reinando a este rey de los corazones en las casas y en los corazones de nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales. El arzobispado de Lyon y de Tolon eran mayores motivos a mis amantes complacencias, contemplando en todas sus iglesias y sus aras descubierto como en su trono al Corazón de Jesús patente en el Smo. Sacramento. De este modo andaba mi espíritu buscando al Corazón de Jesús, adorándole y congratulándole y dándole mil parabienes de verle triunfar en tantas partes del mundo este día.

“Hice las cinco visitas al Santísimo por los motivos que señala el libro de Cultu Cordis, dilatándome según era la voluntad del Señor detenerme en ellas. En la tercera, llorando por la tarde las injurias de los fieles y postrado en tierra, sentí a mis lados a las esposas regaladas del Corazón, Santa Gertrudis y la V. Margarita, a quienes tan de cerca tocan las glorias que este día se rinden al Corazón sagrado; y diciéndome me levantase del suelo, me agradecieron mis deseos de reparar las injurias hechas contra el Corazón divino, y de que se propagase su culto para que otros las reparen” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XII).

Cayó este año la renovación de los votos del día de San Pedro durante la octava del Corpus: y claro es que, si siempre fue fecunda en consolaciones para Bernardo esta hermosa solemnidad con los ejercicios que la preceden, no lo sería menos en el presente año. Pero lo particular de él fue primeramente, que su director San Francisco de Sales “le dio solidísimas doctrinas de perfección en el último día de los ejercicios. -Nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales, dice el mismo protegido, lo ha sido y muy familiar este último día, enseñándome, dirigiéndome, dándome doctrina admirable de gran perfección, mostrándome mis imperfecciones; y finalmente, cifrándome el fruto de estos ejercicios en estas palabras: Ages in silentio. Expresóme altamente con ellas la humildad, paz y tranquilidad con que debo tratar con los hombres, conmigo mismo y con el mismo Dios en los negocios del Corazón de Jesús...

“Esta celestial doctrina de San Francisco de Sales hace admirable consonancia a una locución del Señor, con que había intimado a nuestro joven lo mismo que a la V. Margarita: pues que había renunciado en su sagrado Corazón todas sus obras y méritos, supiese que en adelante sólo debía atender a imitar su divino Corazón, a procurar su mayor gloria y manifestarla a todo el mundo. Las palabras que el Señor había dicho antes a Margarita y ahora a Bernardo, son éstas:... Sufrirás a imitación mía todas las cosas; todo lo harás en silencio con el fin de la gloria divina en establecer el reino de mi sacratísimo Corazón en el corazón de los hombres, a quienes quiero manifestarme por tu medio” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XII).

El mismo día de la renovación, 29 de Junio, “se halló mi corazón en el de Jesús”, prosigue Bernardo, “y allí se regaló con mil amores, hasta que después de la consagración en la misa de renovación tuve esta visión regaladísima por vía intelectual. Vi al dulcísimo Jesús sobre el altar con su santísima madre, a  quienes acompañaban los Santos y Santas mis devotos, que ya sabe V. R.; sólo reparé después en que faltaba nuestro Hermano y condiscípulo San Juan Evangelista. Pero además de estos Santos, vi a los SS. Apóstoles cuya fiesta hoy celebramos: también asistía la regaladísima esposa del Corazón divino, Santa Gertrudis. Parecíame que estando mi alma postrada a los pies de Jesús, sin atreverse a hablar palabra, de confusión y espanto de sí misma, que se conocía bien quien es, la decía el Señor qué fruto había sacado de estos ejercicios, y cómo se había de renovar mi espíritu: y sin saber quién se las dictaba, pronunció como avergonzada de sí misma las palabras que mi santo director le había dicho el día antes.

“Agradóse Jesús, y me pareció daba parte a todos aquellos cortesanos suyos, de la elección que había hecho de mi alma para promover el culto de su Corazón, porque campeasen más sus grandezas en la pequeñez del instrumento. Luego sentí como que me decía el Señor que hablase a su vicario, San Pedro: y sin saber cómo, no supe más que pedirle como a Pontífice Sumo, que estableciese en la Iglesia el culto del sagrado Corazón por alguno de sus sucesores. Respondióme el santo Apóstol amorosamente, que el año pasado tal día como éste me había afirmado que este culto sería solemne en la Iglesia” (1).

(1) P. Loyola. ibid., (l. III, c. XII). Véase la pág. 76, donde se dice que San Pedro “le aseguró (al H. Bernardo), que uno de sus sucesores establecería en toda la Iglesia la fiesta que le pedía del Corazón de Jesús”.

Tan enajenado andaba con su devoción y culto este joven del sagrado Corazón, que ni aun con los cortesanos del cielo podía hablar sino de sus glorias y triunfos. Sus glorias y triunfos pedía en la festividad de San Ignacio, 31 de Julio, cuando “después de comulgar”, dice él mismo, “vi entre resplandores de gloria a nuestro muy amado Hermano y primer condiscípulo del Corazón sagrado, San Juan Evangelista, acompañado de nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales y de nuestro gloriosísimo P. San Ignacio. Estando yo asombrado de la santidad que entendí resplandecía en estos tres Santos, se me declaró como estos eran los tres a cuya cuenta corrían las glorias del Corazón sagrado de Jesús: del santo Evangelista, por haber sido privilegiado en descansar sobre el Corazón sagrado, donde se le descubrieron sus excelencias, y desde entonces tenía este amante apóstol particular devoción con aquel Corazón de mi Maestro, en que bebió las luces y las llamas de su amor: de nuestro santo director en su Orden, y de N. Señor Padre en su Religión, por haber sido estos dos Santos dos amantes divinos que más al vivo copiaron en sus corazones el ardor seráfico del Evangelista; San Francisco de Sales en lo dulce, que fue el distintivo de su amor; San Ignacio en lo fuerte, que fue la divisa de su caridad ardiente.

“Luego me miró N. S. Padre con dulces y benignos ojos, como insinuándome la complacencia que tenía en aquellos sus hijos, entendí con especialidad en mis Padres, que cooperaban a este asunto gloriosísimo de propagar las glorias del Corazón sagrado, que era peculiar a la Compañía de Jesús y a la Orden de la Visitación: como al contrario, pidiéndole por aquellos sus hijos que, o con buen celo o por otros motivos, oponían dificultades a esta santa idea, conocí lo que al Santo le desagradaba esto, en la severidad y como indignación que a este tiempo vi en sus majestuosos ojos”. (1)

(1) P. Loyola, ibid., (1. III, c. XIII).

A esto responde lo que “el día de N. S. Padre (no sabemos si de este mismo año) se me dio a entender”, dice Bernardo, "cómo por su medio dispensaba este día a sus hijos el Corazón de Jesús particulares gracias: y vi en el mismo sagrado Corazón la complacencia que tiene en el Santo y en su Religión, entre otros títulos, por éste de ser escogida para promover este culto, de lo que tuvo noticia N. P. San Ignacio entre los secretos fines a que le declaró el cielo fundaba esta Religión; y nuevamente entendí la complacencia de N. P. San Ignacio en que sus hijos se empleen en asunto tan de la gloria de nuestro Capitán Jesús, y tan propio de su Compañía” (1).

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIII).

Sigue el bendito joven con sus envidiables delicias; y al llegar a una de las más gloriosas y devotas festividades que se celebran en nuestra España, dice así : "El día del Triunfo de la Santa Cruz (16 de Julio), mirándola triunfante sobre el Corazón de mi Salvador, la saludé amorosamente con íntimos deseos de verla enarbolada en el mío en señal de que la cruz tiene el dominio de mi corazón, en el cual deseo habite como en su propia morada, pues la consagró el de Jesús colocándola en sí.

"Paréceme, amado Padre, que el mayor de los favores que puedo esperar es la cruz: la cruz amo, la cruz deseo, por la cruz anhelo: sin la cruz los mayores regalos me son amargos: con la esperanza de estrechar la cruz en mi pecho, me consuelo. Pero, ay! que en llegando la cruz se hace pesada, y esos deseos parecen veleidades: no obstante que tal cual astillita de esta santa cruz, que no suele faltar, aun cuando está presente, me recrea, si bien se siente como cruz; porque si no, dejaría de serlo.

      “En este tiempo se ha formado la cruz de tres materias: de amor, dolor y temor. De amor, en los ímpetus que a veces asaltaban el corazón, poniéndole en una ansia y apretura tan dulce y suave como penosa y dolorosa: particularmente ha sido ésto los días próximos a la Asunción, con la memoria de los deseos ardientes que tendría María Santísima, cercana ya a partir de esta vida.

“De dolor, por la luz casi continua de las ofensas que se han cometido, cometen y cometerán contra el Señor, y en especial de las ingratitudes que en la Eucaristía ha experimentado su amante Corazón. Esta luz ha sido tan activa a veces que, si no fuera sostenido con superiores fuerzas, no pudiera haber vivido entre los dolores y mortales congojas que este sentimiento causaba en mi alma. Esto experimenté con mayor fuerza todos los viernes, pero muy particularmente en el primero de este mes, en cumplimiento de la promesa del Señor: porque este día se me repitió el favor que otros primeros viernes de mes, de llegar el alma a introducirse dentro del Corazón afligido del Salvador, de donde admiraba más de cerca sus sentimientos de amor y dolor; aunque en la misa se serenó este día algo la tempestad por serlo de N. Señora de las Nieves (5 de Agosto), en que reverenciaba la unión de nuestros corazones, los cuales vi unidos en uno y acogidos en el de esta nuestra dulcísima Madre, con no pequeño consuelo, que se trocó luego en mayores dolores por la avenida de otras luces celestiales.

“También el temor de ir por mal camino, teniendo ofendido al Corazón sagrado, ha agravado alguna cosa la cruz. En este punto, afligido una noche y receloso de que mi espíritu no era el de nuestra Compañía, ni propio de nuestro instituto, ni conforme al de N. P. San Ignacio, por lo que el P. Ribadeneyra dice en su Vida y por los ejemplos que pone (l. V, c. X), me declaró el Señor interiormente no tenía que temer, dándome esta doctrina: que el demonio había engañado por este camino a muchos que no anduvieron en simplicidad hasta el fin: que su traza era desacreditar por este medio los verdaderos favores que él hace a los suyos, logrando con sus embustes que los poco espirituales y menos sabios miren con cierto género de horror estas cosas: que mi espíritu no era contrario al de mi P. San Ignacio, que en sí mismo experimentó estos y mayores favores: que su espíritu era medir la santidad, no por los dones de Dios, sino por la correspondencia a estos dones, que por ser suyos debían estimarse con humildad: que el carácter de su espíritu en el gobierno espiritual fue la prudencia, a la cual toca detenerse y examinarlo todo, consultando ya la providencia ordinaria ya la extraordinaria, cuyas leyes eran diversas: que éste era el carácter que dejó el Santo a sus hijos. Con esto quedé consolado: y dando cuenta al P. Rector de esta inteligencia, la aprobó y confirmó con especial sentimiento de su verdad.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIV).

Oigámosle finalmente contar lo que le sucedió el 21 de Diciembre, día de Santo Tomás apóstol: ”Acordándome mucho”, dice, “de la dichosa incredulidad que acarreó a este Santo meter su mano en el costado abierto de Jesús, siendo natural se acercase a aquel Corazón divino, sentí en mi espíritu un fuego de amor hacia este Corazón dulcísimo, que abrasaba todas mis entrañas. Pero poniéndoseme delante este santísimo Corazón con las insignias que otras veces, convirtió aquel incendio en un mar de angustias, cuyas aguas entraron hasta lo más íntimo de mi alma. Porque vi en aquel simulacro de dolores, haber sido causa de ellos mis pecados, imperfecciones e ingratitudes: y aquí cayó sobre mí un pesar y detestación de mis pecados aun los más leves que, junto con la tristeza que me asaltó, me hubieran quitado la vida, si el buen Jesús, acercándome a la llaga de su Corazón, no hubiera influido nuevo esfuerzo en una como llama ardiente que salió de aquella esfera de amor... No solamente traía al alma este favor la gracia y utilidad del padecer mismo, y no era ésta la menor, sino otras muchas utilidades en los efectos que dejaba: como era una gran compasión de lo que el Corazón de Jesús padeció: un deseo de evitar en mí las más mínimas faltas, que ocasionaron tanto dolor: un horror grande al pecado: y sobre todo, un celo ardiente de que todo el mundo conociese al Corazón santísimo, y se alentase a resarcir sus injurias: y en particular, una determinación grande de no perdonar a trabajo por la salvación de las almas, en el nuevo estado de sacerdote en que me quería poner.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIV).

47. En efecto, iba a ponerle bien pronto en este soberano estado, y ya Bernardo se disponía para él bajo la dirección siempre amorosa de su Señor, pero no menos sólida y eficaz. "Por este tiempo se me dio a  entender”, escribe, "más clara y distintamente cómo antes de recibir el sacerdocio quería el buen Jesús favorecerme con darme a gustar la corona de espinas que ciñe su Corazón, la cual me serviría de disposición. Tiempo antes me había prometido esto mismo; pero se me declaró empezaría la primera dominica de adviento (28 de Noviembre), y cumplióse puntualmente: que, aunque siempre he experimentado al Señor puntual en sus promesas, pero en esta materia de padecer es con especialidad. El modo fue éste.

"Después de comulgar se me mostró el Señor, y descubriendo su divino Corazón todo abrasado en llamas vivas de amor y todo lastimado, con la corona de espinas y demás insignias con que ha querido simbolizar sus penas, comunicó a mi alma una luz clarísima con que, según su capacidad, penetraba en aquellas insignias materiales los misterios espirituales que encierran: y mediante esta celestial luz, sentí empezar a formarse en mi corazón una imagen de lo que tenía delante. Al modo que un cristal, cuando le embiste de lleno el sol, parece recibir en sí las luces de éste, así se comunicaba como por reverberación a  mi espíritu el incendio que contemplaba en aquel divino objeto.

“Pero inmediatamente que recibió en sí los ardores, trasformó en sí los dolores, y me pareció que mi corazón, antes luminoso con los influjos ardientes del de Jesús, de repente se cubría de un no sé qué de penas, dolores y tristezas, con que quedaba ofuscado, al modo que un hermoso espejo se empaña con el aliento. Y en un instante experimenté, no tanto con la luz que me ilustraba, cuanto con el dolor que empecé a padecer: experimenté, digo, en mí mismo prácticamente algo de lo que pasó por el Corazón dolorosísimo de Jesús en el huerto. Y ésta fue la corona prometida, a que se añadieron por esmalte las piedras preciosas de los ímpetus, de que muchas veces he hablado a V. R.; aunque en mayor intensión y extensión que otras veces.

“Esta soberana y apreciable corona, de espinas por los dolores y sentimientos de muerte que en mí causaba, y de piedras preciosas por el amor y complacencia incomparable con que mi corazón la abrazaba, se fijó en medio de mi alma tan altamente, que puedo asegurar a V. R. que cuantos trabajos y penas interiores había padecido hasta aquí, se desvanecían en su comparación...

“Explicome el amado Salvador la estimación en que debía tener este Corazón, y agradecerla como una de las mayores prendas y señales de su amor para conmigo; y que con ella aprendería a compadecerme de su afligido Corazón. Y esto que decía, lo obraba en mi alma: porque no son ponderables los afectos de agradecimiento con que mi espíritu besaba la mano que tan dolorosamente me favorecía, siendo cosa suya ver tanto gozo en mi flaqueza entre las penas más terribles. Ni tampoco son decibles las altas exclamaciones con que mi corazón se condolía y compadecía del de Jesús, cotejando la infinidad de sus penas por la grandeza de las mías, infinitamente menores que las suyas.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIV).

Y escribiendo más adelante sobre el mismo asunto: “Aquella soberana luz”, dice, “que me descubrió el primer día de adviento lo que padeció el Corazón sagrado, fue tan continua en mí, como imponderable el dolor que en mi corazón producía. Yo, amado Padre, no sé cómo explicar lo que padecí con este sorbito que Jesús se dignó darme a gustar del cáliz amargo de su Corazón, sino diciendo que mi alma estuvo todo este tiempo anegada en un mar de penas, y sumergida en un abismo de amargura tal, que muchas veces me hubiera quitado la vida, si el Señor no me hubiera fortalecido. Pero, ecce in pace amaritudo mea amarissima (2): porque jamás tuve mayor consuelo que gustando las heces de este cáliz, que para mí eran la mayor dulzura. Al mismo tiempo que se estremecía la naturaleza, oprimida de un colmo inmenso de dolores, angustias, sentimientos y tristezas mortales, al mismo tiempo no quisiera por todo el mundo apartar de los labios este vaso de amargura. Sentía en mí una ansia, una sed insaciable de agotarle, aunque bien conocía que no podía ni aun tanto sin un especial esfuerzo del Todopoderoso: como que la misma luz que, representándome el cáliz del Corazón sagrado, me daba a gustar su licor, me encendía en nuevas ansias, mostrándome la infinita distancia de un padecer a otro.

(2) Isai. XXXVIII, 17.

“Los ímpetus, aunque más fuertes que otras veces, no eran más que initia dolorum: pues el verdadero dolor estaba en aquella como refusión de la amargura del Corazón santísimo en el mío. Y si esto era sola una gotica: ¿qué sería, Padre mío, todo aquel inmenso océano en que se veía sumergido el Corazón de mi amado Jesús? Yo experimenté, más de lo que pensaba, cumplida la promesa de hacerme participante de aquella corona de espinas; y el mayor consuelo era la oferta que Jesús me repitió de hacer mi corazón semejante al suyo paciente, aunque ahora le iba formando a semejanza del suyo amante: pues todo esto no era más que un indicio de lo que vendría en el tiempo que su providencia tiene determinado; y entre tanto me serviría de alivio el refrigerio que recibiría los primeros viernes de cada mes, gustando sólo un trago de este amargo y dulce cáliz.

“Pero, en medio de esta sed de padecer más y más, no estaba insensible; que bien lo sentía, y toda la naturaleza bramaba entre tantas penas, y me parece estaba más sensible a todo, al paso que en todo hallaba nuevos motivos de dolor y sentimiento. Porque aun en aquellas cosas que de suyo son gustosas a  la naturaleza, me ponía el Señor acíbar, de suerte que todas me daban tedio. Pero todo esto era como mal por de fuera, que el interior era la verdadera pena, aunque todas las cosas visibles me servían de tormento. Como el alma estaba altamente herida de las penas que se le originaban por los mismos motivos que afligieron aquel Corazón santísimo, parece que no reparaba en nada: al modo que no repara en las menores llagas el enfermo a quien una ardiente calentura casi priva de capacidad para sentir. Pero yo no sé cómo ello era, uno y otro se sentía, aunque con imponderable exceso” (1).

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. XV).

Esta fue la primera preparación que el sagrado Corazón de Jesús había ofrecido, y cumplía ahora a  Bernardo para el sacerdocio: otra fue la de favorecerle con un maravilloso conjunto de gracias e inteligencias en una casi continua luz con que veía la excelencia de su nuevo estado. Esta vista le causaba un sagrado terror, que solo se disminuía algún tanto con la consideración de lo útil que pudiera ser su sacerdocio para los fines del Corazón santísimo. Conocía que por sí mismo, siendo sólo Hermano estudiante, no podía secundarlos como deseaba, aunque es verdad que aun entonces “sus fervorosas oraciones lo conseguían todo, y sus ruegos con los Jesuitas que trataba, eran muy poderosos”, dice el P. Loyola. “Rogó instantemente y consiguió de todos sus confidentes que en el púlpito, en el confesionario, en las conversaciones particulares y en todas ocasiones exhortasen a la devoción del Corazón de Jesús. Este medio, al parecer oculto y de poca extensión, fue inspirado del Corazón divino, por los grandes frutos que produjo” (1): frutos copiosísimos, que se irán ya recogiendo los años siguientes cada vez en mayor abundancia.

(1) P. Loyola, Ibid., (l. III, c. X).

48. Pero no queremos concluir con éste de 1734, sin citar al menos dos datos que le sirven de complemento. El primero es que en él salió a luz en Pamplona La Devoción al sagrado Corazón de Jesús, escrita en francés por el P. Croiset (1), y traducida al castellano y aumentada por el P. Pedro de Peñalosa, relacionado de mucho atrás con el P. Calatayud, y por su medio con nuestro futuro sacerdote. Basta decir en abono de este libro, que en efecto “está muy bueno y devoto”, como escribía a Bernardo su querido Agustín (2), y que por él, según dice Fr. Ignacio de la Concepción, “el P. M. Peñalosa merece elogios de los Españoles, y le deben dar muchas gracias, porque nos ha mostrado el primero (después de los PP. Calatayud y Loyola) el tesoro del Corazón de Jesús, manantial de todas las misericordias de Dios, y porque con dulzura eficaz estimula nuestros corazones a que impetuosamente corran tras este divino Corazón” (3).

(1) Conocida es la predicción de la B. Alacoque de “que por un libro del P. Croiset, Jesuita, se esparciría por todas partes la devoción al Corazón de Jesucristo", como escribe el Ilmo. Languet en su Historia de la Devoción... (l. VIII, núm. 116: trad. cit. del P. Loyola, pág. 343): predicción hecha, según advierte el mismo autor (ibid., págs. 340, 341), antes de que el buen Padre pensara en semejante cosa. Sin embargo es innegable que este libro es el de La Dèvotion au Sacrè Coeur de N. S. Jèsus-Christ, par un Père de la Compagnie de Jèsus, que por decreto de 11 de Marzo de 1704 se puso en el Indice Romano de libros prohibidos, donde aparece hasta en la edición de 1877 (pág. 88). Mas, ¿cuál fue la causa de tan rigurosa sentencia? "On croit" dice el P. Backer, que “c'est a cause d'un office non autorisé qui se trouve à la fin de quelques éditions, ou peut-être aussi à cause de quelques expressions peu exactes, (l. c., t. I, col. 1468). Pero la primera de estas causas es de todo punto falsa, si se la considera históricamente, pues por el mismo tiempo corrían varios otros oficios no autorizados, del Sagrado Corazón de Jesús, que no hallamos en el Indice en ninguna de sus ediciones: la segunda es una sospecha sin fundamento, tan injuriosa a los numerosos traductores, que no han hallado que corregir en la obra, como a sus revisores, a la Compañía de Jesús que la dejó correr, a la Congregación de Ritos que la ha aprobado casi auténticamente, y a la misma Santa Sede que la ha mirado siempre con buenos ojos. Claro es que sus razones hubo, y muy fuertes, para la censura de Roma: pero “optandum est”, como dice el P. Nilles, “ut haec quaestio de rationibus iudicii a romanis censoribus contra librum P. Croiset lati ab erudito aliquo theologo acutius subtiliusque pertractetur, atque excussis omnibus argumentis clare exponatur” (l. c., t. I, pág. 358, not. I). Nosotros no diremos más.

(2) (7 de Junio de 1734).
(3) En su Aprobación de dicho libro, (ed. c., pág. 14).

Y así, lea efectivamente este libro “con atención el hombre más desreglado del mundo, el más duro y obstinado”, exclama el mismo P. Peñalosa: “que con tal que aún mantenga la fe y conserve algunos principios de racional, yo confío que, si cuando la cólera de un Dios justamente irritado, ni el temor de la muerte, ni los rigores del juicio, ni lo espantoso del infierno, ni los gritos de los predicadores hayan podido ablandar su dureza; yo confío, sí, que lo pueda hacer la vista de su bondad y misericordia, la ternura de su Corazón y el ansia con que solicita ganarle para sí, no obstante su obstinación y dureza, y los desprecios, irreverencias y ultrajes que ha recibido y aún está recibiendo todos los días de él hasta delante de sus propios altares y la adorable Eucaristía. Un corazón de diamante podrán no ablandarle los golpes del hierro y del acero; el fuego mismo del infierno podrá no ser poderoso para hacerle sentir: mas, podrá quizá deshacerse y derretirse con la sangre del Cordero inmaculado” (1).

(1) En la Advertencia del mismo, (ibid., págs. 35, 36).

Nada puede decirse más tierno y elocuente en la materia de esta devoción suavísima; ni nada más recomendable para el mismo P. Peñalosa, sino que no salieron fallidas las esperanzas que se había formado sobre su libro, esperado por todos con santa impaciencia, protegido con el privilegio del Rey y del Real y Supremo Consejo de Navarra, la aprobación de dos ilustres religiosos y las gracias de los más venerables prelados de España, leído con suma avidez por toda clase de personas, y honrado ya con más de ocho diversas y numerosas impresiones (1).

(1) Acerca de esta obra merece leerse el artículo del P. Fita en el Mensaj. (t. XVII, págs. 287-299): pero nos tomaremos la libertad de hacer alguna observación sobre lo que él asienta.­“Los testimonios explícitos", dice, “de dos varones eminentes y lumbreras, el uno de la Religión Orden Trinitaria, y el otro de la Carmelitana (los dos aprobantes de La Devoción..., Fr. Ignacio de la Concepción y Fr. Eugenio Alberto Valencia) nos dan pie para colocar al P. Pedro de Peñalosa en igual, si no mejor línea, que a los PP. Pedro de Calatayud y Juan de Loyola. La célebre revelación del P. Hoyos, por la que vulgarmente se le atribuye la introducción de la devoción al Corazón de Jesús en España, tuvo lugar el 3 de Marzo (Mayo debe decir) de 1733. Dos años antes agenciaba el P. Peñalosa con el de Calatayud esta introducción, y seis años antes Felipe V, escribiendo desde su palacio del Buen Retiro al Papa Benedicto XIII, la promovía con mayor eficacia.” (ibid., pág. 298). -Dejemos a Felipe V, porque hemos hablado bastante de él en la Introducción (págs. VII-XIII). Por lo que toca a los ilustres religiosos, creemos que, a no ser por su natural entusiasmo, no nos dan pié sino para colocar al P. Peñalosa entre los primeros y más ardientes propagadores de esta devoción santísima: pues ciertamente ignoraban los secretos en que estaba el P. Loyola, y quizá no habían visto los Incendios del P. Calatayud, a quien nadie puede negar sus antiguas relaciones con Agustín y Bernardo. -Además, los dos años de que se trata, no deben empezar a contarse desde el 3 de Mayo de 1733, día de la revelación, sino desde el 5 de Marzo de 1734, fecha con que suscribe Fr. Ignacio: en otros términos, el designio de los PP. Calatayud y Peñalosa de introducir y promover la devoción al Corazón de Jesús en España data, según el Trinitario, de a principios del año de 1732 (v. supr., pág. 43). Así parece indicarlo el mismo P. Calatayud hablando de su misión y congregación de Lorca el 1733, "en cuyo año”, dice, "y el precedente se empezó a promover esta devoción”. (Sermones y Misiones, ed. de 1796, t. I, pág. 342). Con todo, el P. Hoyos “fue el impulso y motor”, escribe el santo misionero, “para que yo publicase esta devoción desde el púlpito, para que la insinuase a varias y muchas comunidades de religiosas, y abrazasen muchas almas pías en estos dos reinos de Murcia y de Valencia, para que yo fundase las congregaciones del Corazón de Jesús en Lorca, Orihuela, San Felipe, Elche, Novelda, Aspe, Petrel, Villena, Almansa y Onteniente”. (P. Man. de Prado, Carta..., pág. 41). -¿Qué se saca de esta aparente contradicción? Que, o hay error en alguno de los datos, o el P. Hoyos fue sólo impulso y motor para que publicase más abiertamente el P. Calatayud una devoción que ya conocía, y trataba de extender en secreto. Esto segundo se nos figura tanto más probable, cuanto que el incansable misionero tenía noticia certísima de las visiones de Agustín y de los intentos del Corazón deifico, tal vez desde el año de 1729, como también el P. Loyola: en cuyo caso es muy razonable suponer que de estos sus dos íntimos amigos sacara el P. Peñalosa los fervorosos deseos que mostraba de que se difundiese la devoción al Corazón sagrado de Jesús.- De todas maneras no hallamos nosotros ningún documento auténtico, que nos fuerce a colocar al P. Peñalosa en mejor línea que a los PP. Calatayud y Loyola, ni en nuestros Mss., ni en su dedicatoria, de fecha evidentemente equivocada, como en otra ocasión hemos advertido (supr., págs. V; 89, nota 2). Lo único que hallamos son nuevas confirmaciones para atribuir en principio todo este piadoso movimiento al P. Agustín de Cardaveraz.

49. Para el segundo dato copiaremos las palabras de Agustín a su H. Bernardo. –“Ayer a toda prisa trasladé la misa moderna (del Corazón de Jesús) que trae el P. Gallifet en su tomo francés: y por no andar en rodeos, se la envió con dos letras al Ilmo. (sin duda de Burgos), con quien de antes he tenido correspondencia. Le doy las gracias, y le digo que, si puedo, le enviaré el traslado del oficio, que todo es propio y todo piadosísimo; y sería una fatiga grande y ardua empresa el querer sacar de nuevo cosa tan buena: en fin, esto está admitido en muchas partes, y es lo que en todo su arzobispado extendió el Arzobispo de Lyon, como se lo dijo al Ilmo. de Burgos.” (1)- Y algo después, dandole de nuevo cuenta de su envío de la misa y oficio, “no sé", le escribe, “ni (el P. Gallifet) dice su autor; por tanto será del mismo Padre. Las letanías e himnos están muy del caso, y los salmos; alguna antífona o responsorio ya se pudiera abreviar: pero prout iacet está bueno. Ya enviará el P. (Gallifet) misas y oficios sueltos, discurro, y a lo menos insertos en su tomo, como lo ofrece en carta..., y uno determinate para nuestro P. Loyola.” (2) No podían andar más afanados los celosos apóstoles.

(1) (13de Diciembre de 1734).
(2) (14 de Enero de 1735)

 

 

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Biografía P. Hoyos          
"Principios del reinado del Corazón de Jesús en España", por el P. Uriarte, 1880