| PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación) | ||
| Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880 | ||
| 1734 | ||
| El pasado año puede
decirse que fue el del sagrado Corazón de Jesús en
España, y el presente en cierta manera el del corazón
de Bernardo: en él empezaron a deshacerse las nieblas de
las oposiciones y a brillar las gracias del sol hermoso,
el triunfo definitivo del Corazón santísimo. Bien lo presintió el santo Hermano cuando el día mismo de la Circuncisión, no menos glorioso por su tierna solemnidad que por caer entonces el primer viernes de mes, consagrado especialmente a la memoria del Corazón divino, ofreció de nuevo al bendito niño su alma, vida y corazón, y el corazón de cuantos se esforzaban en lograr su santa empresa. Pedía al dulce y herido infante se dignara echar su bendición a este año, y con una gota de aquella sangre preciosa que derramaba en su Circuncisión, rubricara sus preces, rociara sus afanes y los de sus compañeros, y fecundara cuantos pensamientos y empeños se tuviesen en él para extender el culto de su infinito amor. Entonces sintió que su corazón, en representación también de los de sus amados Padres, estaba, dice, con el Discípulo Amado San Juan arrimado al Corazón de Jesús, como bañado con la sangre dulcísima y preciosísima que manaba por aquella puerta del paraíso, de la fuente que alegra la ciudad de Dios: y el buen Jesús con aquel lenguaje que entiende el alma, sin ruido de palabras, me decía que aceptaba gustoso la oferta; que desde luego rociaba nuestros deseos y afectos con la sangre de su Corazón, para que produjesen frutos agradables a su Eterno Padre y dignos de eterna gloria para nosotros, y para su corazón de honra, aunque por varios caminos." (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII). 39. Siguiéronse los ejercicios para la renovación de los votos con las mercedes acostumbradas en ocasiones semejantes: sólo que al tiempo de renovar sus votos de pobreza, castidad y obediencia, renovó Jesús un favor que le había hecho en este día cuatro años antes. Entonces no entendió el joven todo el misterio que se le descubrió ahora, dice el P. Loyola. "Mostróle Jesús su Corazón divino, del cual pendían tres cordones de oro finísimo, que al mismo tiempo eran cadenas y saetas que aprisionaban y herían el corazón de Bernardo: juntábanse los tres cordones, símbolo de los tres votos a corta distancia después que salían del Corazón de Jesús: volvían a destejerse poco antes de llegar al corazón del referido joven, al cual aprisionaban dulcemente con el de su amado. Al tiempo que pronunciaba la fórmula de sus votos, sentía que se iba estrechando más y más el lazo de los cordones, digo, de los dos corazones. Recibió este favor en presencia de los Santos sus devotos, entre quienes distinguió a la V. Margarita. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII). Y haciendo el Corazón de Jesús la cosa de este modo, exclama Bernardo al referir este paso: ¿qué mucho yo no ame, ni piense, ni desee apartarme de él aun durmiendo? Mas lo peor es que mis ingratitudes son parte de las que tiene el Corazón de Jesús más vivamente, y yo me estoy muy sereno. (2) (2) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII). Sin embargo no lo estaba el buen Hermano: todo era en él mostrar su correspondencia a su fino amante, todo afanarse porque fuera correspondido de los hombres. -Desde que conoció la devoción y excelencia del sagrado Corazón de Jesús, afirma su director, apenas formaba pensamiento, leía libro o practicaba acción alguna que no lo hiciese servir a las glorias del Corazón divino. (3) (3) P. Loyola, ibid., (1. IV, c. XII). Leyó un día la que, por hallarse entre las obras de San Bernardo, se conoce comúnmente con el nombre de rhythmica oratio S. Bernardi ad Cor Iesu: copióla al momento de su mano, y la envió a los propagadores de la nueva devoción, encomendando a todos que se empaparan en sus piadosos afectos: y no puede negarse que, a falta de otros escritos, hizo ella mucho bien a los principios, empezando por el mismo Bernardo. Sirva de ejemplo, y prueba también de lo que se agradaba el Señor en sus piadosas fatigas, lo que él refiere con estas palabras escribiendo al P. Loyola, uno de sus confidentes y favorecidos con la copia de aquella oración o himno devotísimo. -"La víspera de la fiesta del dulcísimo nombre de Jesús escribí a V. R., encendido en amor a este suavísimo nombre y absorto en mirar a mi propio corazón: remití entonces a V. R. el himno que mi santo Bernardo compuso al sagrado Corazón. Pues, el día siguiente al llegar a comulgar, sin saber cómo, en lugar de aquel afecto: Adoro te, Cor Iesu sacratissimum..., que todas las comuniones se me ofrece al recibir al Señor Sacramentado, prorrumpió el alma en aquél: Dilatare, aperire, tamquam rosa fragrans mire del himno que el día antes había trasladado para V. R. "Fue esto con una notable improvisa conmoción de mi espíritu y de mi corazón, que con mi San Bernardo pedía al Corazón de Jesús se abriese para darle entrada: pero al punto, tomándome el Señor la palabra, como dicen, dijo él a mi corazón, cuando ya estaba en mi boca la sagrada forma: Dilatare, aperire, tamquam rosa fragrans mire: y entonces me pareció que se abría mi corazón como una rosa encarnada, y que en todas sus hojas estaba escrito este dulcísimo mote IHS. Entró el amado Jesús, y luego se volvieron a juntar las hojas, quedando mi corazón como una rosa cerrada en su capullo, y sellado con el mismo santísimo nombre. Entre los soberanos consuelos que en este favor recibió mi corazón, fueron admirables las luces que recibió mi entendimiento, y celestial la doctrina que desde mi corazón dio al alma el buen Jesús... "Con el símbolo de la rosa y la visión simbólica de las hojas matizadas con el nombre de Jesús, entendí como el amantísimo Jesús quería fuese mi corazón una rosa, en que su Corazón hallase hermosura, delicias y fragante olor: que todas las hojas de sus deseos, de sus pensamientos y de sus obras fuesen rubricadas con su real sello: que cerrándose en sí mismo, fuese botón cerrado que, con su nombre como escudo, resistiese la entrada a todo lo que no era Jesús, a todo lo que no es Dios o no viene por Dios: que como la rosa tiene una cubierta de hojas verdes que ocultan las floridas, aunque no estorban el buen olor, así la humildad y recato ocultasen las flores, no su olor; siendo lícito solo al Corazón divino abrir esta rosa para entrarse dentro. Este es un rastro de lo que entendí." (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. IV, c. XII). Muchos fueron los favores y regalos de este género que recibió por el mismo tiempo: pero dejó de escribirlos como advierte el P. Loyola, por estar totalmente engolfado en las ideas de promover las glorias y cultos del mismo Corazón. (1) Conservamos sin embargo algo de lo mucho que le sucedió en la Semana Santa, y reproduciremos aquí de sus apuntes, para luego poner de seguida el hilo de sus trabajos. (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII). El Domingo de Ramos por la mañana, dice, se me mostraron aquellos divinos afectos que en la entrada de Jerusalén en tal día pasaban por el Corazón de Jesús dulcísimo, mezclados de gozo y de tristeza: aquél, por ver la gloria que los hombres rendían al Eterno Padre, reconociéndole por Hijo suyo y por el Mesías prometido; y ésta, por las injurias que le esperaban, y por las miserias que esperaba aquella infeliz ciudad por haberle de dar la muerte, como lo explicaron aquellas lágrimas suaves y amargas: aunque más predominó el del gozo hasta la tarde, en que con la luz que se me daba del sentimiento de aquel sagrado Corazón, cuando por la tarde se vio ya sólo y desamparado de los hombres en ofensa de su Eterno Padre y suya, con esta luz empezó en mi corazón la Semana Santa. Después desde entonces se llenó mi espíritu de dolor, amargura, tristeza y aflicción, inundado con nuevas avenidas de ímpetus que, aunque habían sido fuertes en el discurso de la semana, algunas veces en especial, ahora lo eran mucho más. Toda esta semana sagrada, mi oración, presencia de Dios y mis afectos miraban, como líneas a su centro, al Corazón afligido de Jesús, a quien seguía con la memoria y sentimientos en todos los pasos y últimos lances que mostraban las finezas de su amor. Pero desde el Miércoles de tinieblas cargó sobre mi corazón mayor copia de aflicciones y dolores. El Jueves se aminoraron en parte, arrebatándome el amor al Smo. Sacramento y los misterios que ocurrieron en la institución: algunos de los cuales vi al comulgar por visión intelectual en el Corazón sagrado, como en un espejo clarísimo. Mas esta tal cual interrupción se recompensó bien con la inundación de dolores y penas interiores, que se siguieron como se iban siguiendo los pasos de mi amado Jesús: y en particular sentí empezar de lleno a la noche de mi oración, después de haber tenido amorosamente las delicias de nuestro Hermano y condiscípulo, San Juan, recostado en el pecho y Corazón de Jesús... Por momentos tenía desde la media noche presentes los pasos de la. Pasión, siguiendo inseparablemente con una como visión de todos ellos a Jesús, en cuyo Corazón, como en un mar de amarguras, tuvo todo el Viernes mi espíritu aquel bautismo de dolor en que deseaba bañarme. Acompañé a mi Dios al pretorio de Pilatos, a la casa de Herodes y finalmente al calvario, dentro siempre de su afligidísimo Corazón, y sintiendo por compasión, en lo posible a mi flaqueza, alguna partecita de lo que él padeció entonces, y de lo que ahora siente el menosprecio de tantas finezas en la ingratitud de los fieles... Al visitar en las iglesias al Señor, recibía unos movimientos extraordinarios que me daban a sentir claramente la presencia de aquel Corazón divinísimo. En los Oficios también fueron singulares los afectos, en especial al oír lo que nuestro Hermano y condiscípulo, San Juan, decía en su evangelio: Unus militum lancea latus eius aperuit (1) : pues patentemente vi en espíritu ese misterio; como también al consumir la hostia el sacerdote: pues quedó mi corazón, o mi alma, como si al cuerpo le faltara la luz del sol, viendo aquí en mi por experiencia el afecto de David: Et lumen oculorum meorum et ipsum non est mecum (2). En fin, en tiempo de tinieblas fueron los sentimientos inteligibles sobre los salmos, como otras veces, admirables; y todo era añadir nuevas olas al piélago de amarguras en que me hallaba. (1) Ioann. XIX, 34 Enterrado el cuerpo de Jesús, se enterró mi corazón dentro de su mismo Corazón, hasta resucitar con él triunfante y gozoso en su Resurrección. en que el mismo sagrado Corazón que me había servido de sepulcro, me sirvió de cielo en que gozar de sus dulzuras y celestiales delicias, cesando totalmente los ímpetus (1). (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. VII). En esto se llegaba el 3 de Mayo, primer aniversario del gran hallazgo y elección de Bernardo. En él daba humildes gracias al divino Corazón por merced tan inestimable, cuando por luz soberana entendió el devoto Hermano que el Señor se las apreciaba, y le agradecía sus servicios; pero le advertía que debía tener por uno de los mayores favores que había recibido de la bondad divina, que Jesús le hubiese escogido para propagar los cultos de su Corazón" (2). (2) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VIII). Bien lo entendió Bernardo, quien, al referir esta merced al P. Loyola: Oh Padre mío", exclama entusiasmado, qué felices somos! ¡Qué dicha tan grande! ¡Que el Señor nos haya querido, aunque tan inútiles, por instrumento para extender su culto! ¡Oh amado Padre, ofrezcámosle nuestros corazones, nuestras vidas y nuestra sangre, todo consagrado a su Corazón y a la propagación de su culto! ¡Oh, si yo pudiera tener una voz que se oyese en todo el mundo, para clamar y descubrir a los hombres este tesoro escondido! ¡Oh, quiera el mismo Corazón dar eficacia a nuestras ideas, y perfeccionar las que por nuestro medio se ha dignado empezar en España acerca de su culto!" (3) (3) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VIII). Así se expresaba Bernardo con sus directores espirituales; así sobre todo con su H. y P. Agustín, deleitándose en darle menuda cuenta de lo que se trabajaba en la santa empresa y animándole a llevarla adelante. Y así también por su parte: Amado Hermano, le contesta Agustín, como el asunto del culto del Corazón divino de nuestro amor Jesús me toca tan inmediatamente, cualquiera noticia suya es para mi cosa del cielo y de indecible consuelo: y más, después que veo la cordial devoción que le tenía nuestro dulcísimo San Bernardo, que viene a hablar en estos términos, tratando del amor y ternura de Jesús: -Si dudáis de ella, miradle su Corazón; pues él se nos manifiesta por las ventanas de sus llagas. Para este fin se abrieron ellas, porque nos asegurásemos de su amor..... Penetrad la vista por sus aberturas, y veréis que cuantas palpitaciones tiene, cuantos movimientos alienta, todos son por mostrar su amor. A estas me quiero yo retirar del mundo, y poner mi nido o morada en el Corazón de mi Señor, adonde por ellas tengo entrada, lugar de asilo y refugio...- A este modo prosigue el dulcísimo Santo (1), que me ha consolado mucho. (1) Esto parece tomado y parafraseado del Tratado de la Pasión del Señor, o Vitis mystica (c. III, núms. 9-11), atribuido a San Bernardo, aunque no es de él. Para el mismo efecto me ha enviado nuestro P. Loyola la respuesta tan cortés, religiosa y apreciable de nuestro P. Gallifet sobre este punto. Infinitas gracias sean dadas a su mismo divino Corazón de nuestro amor Jesús, quien se digne de imprimir en los corazones de todos los fieles el amor de su Corazón. He leído los puntos que me comunica mi Hermano de sus sentimientos acerca de la materia de la sucesión de S. A. R.: yo, amado Hermano, no he tenido especial inteligencia ni noticia de esta gracia tan deseada; pero juzgo delante del Señor por medio y empeño poderosísimo este del culto del Corazón divino de Jesús, para conseguirla de S. Majestad: y sin duda haría mucho el que S. A. R. se empeñase por este medio, y le empeñase al Señor con obsequios personales y con la propagación de esta devoción y amor al Corazón de Jesús, procurándola en sus dominios de España y los de su padre en Portugal. Como el P. Gallifet ofrece el nuevo libro en francés, no sé lo que será más conveniente acerca de publicar ese librito de la noticia, o suspenderlo hasta su venida. En caso que se determine su impresión, supuesta la licencia que se espera,... puede ser que, como nuestro Rey se muestra protector del nuevo culto, según dice el P. Gallifet, quiera él mismo, o la Princesa, a quien se ha de dedicar, salir con todo o con algún socorro para la impresión. A nosotros nos toca encomendar muy ex corde a S. Majestad el buen éxito en este santo intento de tanta gloria suya y consuelo nuestro... Nuestro dulcísimo amor Jesús nos abrase en su amor y nos conserve en su divino Corazón. (1) (1) (11 de Febrero de 1734). Nada hemos podido encontrar de preciso en la larga correspondencia de estos dos jóvenes ni en los demás papeles, sobre la materia tantas veces allí citada de la sucesión de S. A. R.: sólo sí que conocían lo que había de servir a sus santos fines la abierta protección de los augustos esposos, y entreveían con luz del cielo, mucho antes de que viniera, lo fatal que iba a ser para el sagrado Corazón el reinado de Carlos III. Tampoco sabemos de qué trataba la respuesta del P. Gallifet, aunque algo parece que se saca de una que más adelante escribe Agustín a su H. Bernardo: -Si se advierten, le dice en ella, las diligencias maravillosas y esfuerzos que ha hecho el piadosísimo P. Gallifet, todas han sido muy necesarias para Francia, donde por los herejes y críticos que tanto reinan, aun todo parece no alcanza: pero en la serenidad de los corazones españoles no son tan necesarios estos medios; pues aquí no hay tanto que vencer por la misericordia del Señor y benignidad del mismo adorable Corazón de Jesús nuestro amor. Y así, al fin, amado Hermano, al fin principal de los designios del divino Corazón, que es pagar amor con amor y resarcir las ingratitudes hechas al amor infinito que nos ha tenido...: a esto se ha de enderezar desde luego la mira, a esto exhortar, y predicar de esto, para cumplir con la voluntad expresada de Jesús. (1) (1) (6 de Diciembre de 1734). 40. Pero, el gran negocio de Bernardo era el que se publicara al fin su librito, el Tesoro escondido del P. Loyola, corregido a su gusto y satisfacción, como dijimos, por el mismo fervoroso Hermano. Pedía esta gracia en su novena de Marzo a San Francisco Javier; y este mi especial abogado me visitó" dice Bernardo, confirmándome y complaciéndose en los deseos de que por todo el mundo se extienda el culto del Corazón sagrado, y prometiéndome en el asunto el favor que le pedía en su novena. Las tardanzas del librito eran torcedores que, por una parte apretaban mi corazón deseoso de que salga cuanto antes, esperando de él grandes efectos, y por otra, después de darme que sentir, me dejaban con una tranquilidad admirable de espíritu, dejando todos mis deseos en el Corazón mismo de Jesús, y yendo dulcemente o dejándome llevar de la amorosa providencia de nuestro Dios, en la cual miraba con una inalterable paz todas las dilaciones y demoras, ayudándome a esto los admirables sentimientos y luces y aun palabras del mismo Jesús, que siempre me enseña la doctrina que tiene en su práctica nuestro santo director (San Francisco de Sales), acerca de la total dependencia de nuestra voluntad de la de Dios. "Y así no sé cómo es lo que en este punto de promover el culto del sagrado Corazón experimento y he experimentado: que las tardanzas y todo lo que parece retarda nuestros deseos en su progreso, me da bien que sentir, y al mismo tiempo me deja en una celestial serenidad e indiferencia, y seguro que aun lo que parece desvío, son progresos y esmaltes con que hermosea el Señor la encadenación maravillosa, con que su providencia dirige la causa de su adorable Corazón. Ello parece contradicción: unos deseos tan ardientes con tanta tranquilidad, unos sentimientos tan vivos en las dilaciones con una paz dulcísima; pero ello pasa así: que tan diestro es quien causa este admirable edificio de la perfección que va edificando en mi alma por medios al parecer tan encontrados. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. VII). Instaba sobre lo mismo el 8 de Mayo al glorioso príncipe San Miguel su devoto. Apareciósele el santo arcángel, y le aseguró que el asunto corría por parte de Dios; pero que había de conseguirse por los pasos y medios de la divina Providencia, procediendo en esta causa como si lo fuese de los efectos del divino Corazón, y cooperando los hombres cuanto pudiesen, mas dejando siempre el resultado en manos de quien todo lo puede: y acabó diciéndole que el cielo bendeciría sus deseos, y él al cabo los lograría, si bien por extraños modos. Creo que esto último, añade Bernardo a su director, alude a nuestro librito, del que parece pende un grande progreso en España, y al mismo tiempo se nos dilata sin saber cómo. Pero, amado Padre, tomemos el consejo de este amado arcángel; hagamos lo posible de nuestra parte, pero dejémonos en manos de la divina Providencia; obremos como si en nosotros estuviese todo, y dejémonos en las manos de Dios, como si nuestras diligencias no hubieran de servir, o como quien todo lo espera de arriba. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VIII). Tomó muy a pechos practicar el consejo que le había dado San Miguel y él inspiraba a otros: y así suplicó, rogó, instó y consiguió que el librito saliese a la luz pública. (2) Pero son dignas de saberse las vicisitudes por donde antes pasó este que debía ser como el primer reclamo y la primera obra sobre el Corazón sagrado de Jesús en España, y las describe a la larga su autor en la Vida de su querido discípulo. (2) P. Loyola, ibid:, (l. III, c. VIII). "Por este tiempo, dice de él, escribió muchos papeles al R. P. Villafañe, Rector del Colegio de N. P. San Ignacio, para que consiguiese licencia del P. Provincial para la impresión. Deseábala también el M. R. P. Manuel de Prado (que era el Provincial), amante protector de las ideas de Bernardo, a quien estimaba y amaba tiernamente: pero su cordial afecto no debía dispensar las precisas obligaciones de su autoridad y de su oficio. Era necesario para complacer a su amado joven y condescender a los ruegos de otros, que el librito pasase por la censura de los PP. Revisores. Esta indispensable diligencia con todos nuestros libros, se hacía más precisa, y debía ser más severa en un asunto nuevo y que se ignoraba cómo sería recibido del público. Pasó el libro felizmente por la censura de muchos Revisores, que le aprobaron con más elogio del que su forma y estilo merecía: estas son palabras del mismo Padre. Juzgó Bernardo que aprobado el libro, le tenía ya dado a la estampa, porque el M. R. P. Provincial deseaba complacerle, y los PP. autorizados que le protegían, le aseguraban la licencia para la impresión: retardábase no obstante más de lo que deseaba la fogosidad activa del joven. La aprobación de los PP. Revisores fue remitida a Roma, como se estila en los libros de alguna monta: pues, aunque éste era tan pequeño, la novedad del asunto y los recelos de la acepción que entendía la devoción del Corazón de Jesús a que excitaba, pedían se procediese con prudente lentitud. Añadíase también a la favorable censura de los PP. Revisores de la Provincia gran peso de autoridad con la aprobación de Roma: y así prudentemente se dilataban los deseos del joven, porque lograsen después todos los esfuerzos de su santo celo. "Después de muchos meses de suspensión en este pequeño asunto, que necesitaba la remisión de la censura a Roma y la respuesta, se hallaba vencida la dificultad de la licencia para la impresión. Mas, cuando Bernardo creyó tener ya vencidos todos los embarazos para imprimir el libro, se le opusieron otros en que no había pensado. "Había resuelto el P. Provincial dar su licencia, autorizada con la de N. M. R. P. General, cuando supo que el P. misionero (Calatayud), celoso promotor de la devoción del Corazón de Jesús, había dado a la luz pública un librito del mismo asunto. Era éste el que con título de Incendios Sagrados dio a la estampa en Murcia. Mostró bien cuán encendido estaba su corazón con el fuego en que intentaba encender los corazones de sus oyentes y lectores de sus Incendios Sagrados: pues, sin tener particulares noticias de la devoción que publicaba, le inflamó su amante celo y le alumbró para que escribiese su libro. "La noticia de que se había escrito y publicado ya un libro semejante al que Bernardo deseaba imprimir, hizo al P. Provincial suspender su licencia. Parecíale que era del todo ocioso este segundo librillo, habiéndole prevenido el del P. Calatayud (1). Instaba no obstante Bernardo y los PP. autorizados que le favorecían, porque se diese al público el segundo librito, esperando que no sería inútil para la gloria del sagrado Corazón de Jesús. (1) Conviene tener presentes aquí estos dos datos. -El primero es de una carta escrita por Agustín a Bernardo el 30 de Abril de 1734, donde le dice: Veo las dificultades que se ofrecen de imprimir el librito. Sin duda que el otro que cita N. P. General, es el P. Calatayud, que para ahora ha impreso ya su librito sobre la materia: pues en la de 14 de éste desde Murcia me ofrece que luego me enviará libritos de Corde Iesu. Veremos si aquél es a la medida de sus deseos, y tomaremos las medidas más convenientes.- El otro dato es del mismo P. Calatayud, quien en su Dictamen sobre el espíritu del P. Bernardo escribe así: Habiéndome el mismo P. (Bernardo) instado a que escribiese e imprimiese algo acerca del Corazón de Jesús en mis misiones, formé el libro de los Incendios. P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos. (fól. 5). Acabó de terminar la innata propensión que tenía el P. Provincial a dar la licencia, el mismo libro que la había retardado. Porque llegando algunos ejemplares a Valladolid, se vio que los Incendios Sagrados inflamaban los corazones en la devoción del Corazón del Señor, pero no ilustraban bastante los entendimientos, habiéndose escrito a la luz de una devoción calurosa sin las noticias necesarias para enseñar todo lo que pedía el asunto. Conociendo ya el P. Provincial que sería oportuna la impresión del libro de Bernardo, concedió benignamente su licencia. Superadas todas las dificultades domésticas, siguieron otras que no se habían previsto, porque no eran regulares. Valióse de un Jesuita de nuestro Colegio de San Ambrosio donde vivía, para con una persona muy ilustre de quien dependía también el negocio. Ofrecióle el Padre sus buenos oficios; y cuando iba ya a practicarlos, no le fue posible la ejecución. Bernardo, a quien ningún suceso adverso detenía en su empeño, volvió con su idea al R. P. Villafañe que le había allanado los embarazos domésticos. Rogóle se dignase S. R. tomar a su cuenta vencer el que ahora se le ponía, asegurándole que el sagrado Corazón de Jesús lo quería, y premiaría todo el trabajo y molestia. Eran más que críticas las circunstancias (sentimos el no poderlas descubrir), en que Bernardo pedía al P. Villafañe esta gracia; pero como el divino Corazón quería vencidas todas las dificultades, se determinó el P. Rector de San Ignacio a complacer al joven, venciéndose generosamente, y logrando el feliz suceso que se necesitaba (1). (1) A este propósito escribía el agradecido Agustín a Bernardo: Cuando tenga mi Hermano comodidad, mis humildes gracias a nuestro P. Rector Villafañe: que mucho me acuerdo de S. R. continuamente como debo; y más con la ocasión del Corazón divino de nuestro Jesús, en que doy a S. R. rendidas gracias por lo que ha favorecido a esta causa tan del agrado de nuestro amor Jesús. (7 de Junio de 1734). Mil plácemes del librito, acerca del cual me dice nuestro P. Rector Villafañe que ya se estaba para empezar luego. El corazón adorable de Jesús abrase en su amor los corazones de todos, y los disponga para introducirse en ellos por medio de sus siervos. Aquí he visto que lo procura con celo extremado nuestro P. Peñalosa, quien acaba de salir a misión. Espero que de todo se ha de seguir mucha gloria del Corazón divino de nuestro amor Jesús y bien de las almas. (24 de Septiembre de 1734). No se puede admirar bastantemente la actividad devota de Bernardo en vencer cuanto se oponía a su designio. Pero yo admiro más, dice aquí el P. Loyola, la tranquilidad, sosiego y paz que gozaba en medio de este a los ojos humanos bullicio fogoso. Las dilaciones no descomponían la serenidad de su espíritu, antes la ponían en más imperturbable calma. -Esta dilación, dice Bernardo, aunque la siento en parte, me hace ver que el Señor quiere vayan las cosas de su edificio o deífico Corazón caminando por dificultades; y que sin duda este librito ha de servir no poco para promover este sagrado culto, pues tantos pasos y deseos ha costado. Pero mírolo todo en el Corazón divino y déjolo a su providencia, que acaso dirige a algún fin lo que a nosotros mortifica; y me inclino no poco a esto- (1). (1) P. Loyo]a, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. VIII). 41. Salvadas así las dificultades que hemos indicado, y otras que omitimos, avivadas sin duda por el común enemigo de Dios y de los hombres, que barruntaba los felices resultados de la publicación del Tesoro escondido: luego, "para que su devoción del Corazón santísimo, estampada en el pequeño libro se viese más autorizada, solicitó (Bernardo) que algunos Ilmos. prelados concediesen indulgencias a los que lo leyesen. Pidió esta gracia por medio del R. P. Rector de San Ignacio, al Ilmo. Sr. Arzobispo de Burgos (Don Manuel de Samaniego y Jaca), y la consiguió fácilmente: porque este Ilmo. prelado, favorecedor ilustre y bienhechor tan insigne de nuestra Compañía y de todas las obras de piedad, se inclinó benignamente a nuestros ruegos. Con la propuesta sola de la devoción del sagrado Corazón de Jesús se inflamó tanto el corazón piadoso de S. I., que pudo escribir un confidente suyo: -Veo a S. I. con fuerte resolución de aumentar esta devoción al Corazón de Jesús, y clama que esto toca a la Compañía, porque por su medio la quiere Dios promover.- "Bien mostró este piadoso y celosísimo prelado la resolución amante de contribuir a las glorias del sagrado Corazón: pues declarándose S. I. agente y protector de esta causa, puso eficacísimos medios para promoverla. No ha cesado, continúa el P. Loyola, ni cesará el ardiente celo de este dignísimo arzobispo en procurar las glorias y cultos del Corazón divino, hasta conseguir lo que con tantas ansias desea. Desde luego dio indicios de su digno empeño: costeó liberalmente la primera impresión del libro: admitió benignamente saliese al público protegido con su esclarecido nombre, y consagrado a S. I. con la breve dedicatoria que se estampó a su frente (1). (1) Con gran consuelo de mi corazón en el divinísimo de nuestro amor Jesús recibo las dos suyas por las dulces noticias que me da de la declaración del Ilmo. Arzobispo de Burgos, de cuya ingénita piedad y afecto a Jesús en su Compañía no se podía esperar menos." -Agustín a Bernardo, el 23 de Agosto de 1734. AI ver Bernardo que el Ilmo. Sr. Arzobispo de Burgos había concedido benignamente ochenta días de indulgencias a los que leyesen el librito, recurrió su actividad devota a la benignidad de otro prelado. Deseó que el Emmo. Sr. (Don Torcuato de) Aquaviva (y Aragón, Presbítero Cardenal del título de Santa Cecilia) concediese los cien días de indulgencias que acostumbran conceder los Emmos. Cardenales de la Santa Iglesia. Seguía S. E. por este tiempo la corte de España, y ésta hacía su asiento en el real sitio de San Ildefonso. Como Bernardo me tenía en Segovia, son palabras del P. Loyola, "y me hacía practicar todas sus ideas para gloria del Corazón santísimo, me instó a que solicitase las indulgencias del Eminentísimo. Aunque no tenía yo conocimiento alguno con S. E., valime de persona que me solicitó esta piadosa gracia. Alegróse sumamente Bernardo cuando le remití las indulgencias en un papel firmado y sellado en forma por S. E. Esta favorable diligencia que debía contentar la devoción del activo joven, le inflamó más en lugar de contenerle. Volvió a escribir e instar con repetidas cartas que le consiguiese indulgencias de otros prelados que seguían también la corte. Fue preciso condescender a sus ruegos, y solicitarle las mismas gracias de los Ilmos. Sres., Arzobispo (de Farsalia) y Patriarca de las Indias (don Alvaro de Mendoza), y Arzobispo y Obispo de Segovia (Don Domingo Guerra). Todas estas indulgencias y muchas otras que Bernardo había solicitado y conseguido por otros medios, se estamparon al frente del libro (1). (1) P Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. IX). Sin embargo, fuera de estos dignísimos prelados, en la primera edición del Tesoro escondido no aparece sino el Ilmo, Sr. Don Julián Domínguez de Toledo, Obispo de Valladolid. Es verdad que al poco tiempo los siguieron los Ilmos. Sres. D. Andrés de Orbe y Larreátegui, Arzobispo de Valencia e Inquisidor General; Don Tomás Rato, Obispo de Córdoba; D. Fray Pedro de Ayala, de Avila; Don José de Lupiá, de León; Don Juan García de Avello y Castrillón, de Oviedo; Don Amador de Merino y Malaguilla, de Badajoz; Don Bartolomé Camacho y Madueño, de Tortosa; y Don Baltasar de Bastero y Lledó, de Gerona. Largo sería tejer el catálogo de los que por el mismo tiempo o poco después siguieron sus pisadas, si no con ocasión del Tesoro escondido, con la de otros piadosos libros, concediendo indulgencias a los fieles que ejecutaran alguna devota práctica en honor del Corazón divino, y estampando, dice el P. Loyola, en estas indulgencias todo su corazón amante al sagrado Corazón del príncipe de los pastores, Jesús (1). Pero creeríamos faltar a nuestro deber y agradecimiento en no citar los nombres de los Ilmos. Sres., Don Pedro de Copons y Copons, Arzobispo de Tarragona; Don Luis de Salcedo, de Sevilla; Don Manuel Orozco Manrique de Lara, de Santiago, e Inquisidor General; Don Tomás de Agüero, de Zaragoza; Don Francisco Añoa y Busto, también de Zaragoza; Don Melchor Angel Vallejo, Obispo de Pamplona; Don Pedro de Salazar, de Córdoba; Don Fr. José García, de Sigüenza; Don José Sancho Granado, de Salamanca; Don Narciso Queralt, de Avila: Don Bartolomé San Martín y Urribe, de Palencia; Don Juan Domingo Manzano de Carvajal, de Jaca; Don Francisco del Castillo y Vintimilla, de Barcelona; Don Fr. Gregorio Galindo, de Lérida; Don Jorge Curado y Torreblanca, de Urgel; Don Raimundo de Marimón y de Corbera, de Vich; Don Fr. Francisco Zarcenyo, de Solsona; Don Fr. Benito Pañelles y Escardó, de Mallorca; Don Juan Navarro, de Albarracín; y Don Francisco Pérez, de Teruel (2). (1) El Cor. Sagr. de Jesús, (ed.
de Madrid, 1736, pág. 16). Con esto volvamos al librito de Bernardo, el cual, alcanzadas las debidas licencias e indulgencias, estaba ya en poder del impresor. Gracias a los desvelos y prisas del joven infatigable, "habíase tirado el primer pliego, y le corregía con imponderable gozo, cuando le llegó orden del P. Provincial en que le mandaba pasar en compañía de un Hermano enfermo a los aires puros de una aldea. En esta ocasión mostró bien el motivo que le daba impulso y ministraba fuego en todas estas santas ideas del sagrado Corazón de Jesús: porque sintió su espíritu en este caso, a pesar de la natural repugnancia, toda la resignación que debía tener. "Valen más que muchas revelaciones, prosigue el P. Loyola, los piadosos sentimientos de su corazón en este lance; y así es justo referirlos con sus mismas palabras: -Vea V. R., escribe (a su director), cómo el Corazón amabilísimo me ha querido mortificar en lo más vivo. Yo aseguro a V. R. que... lo que me ha dado alguna materia de sacrificar a Dios mi voluntad y juicio propio, ha sido el levantar la mano de la causa del Corazón, que en este tiempo se podía mover, particularmente en el librito, para cuya impresión parecía ahora más necesaria mi asistencia. Todo esto ha causado en la porción inferior una no pequeña repugnancia. -Digo en la porción inferior, porque aunque ciertamente he tenido alguna mortificación, la superior desde la primera noticia se sobrepuso, y estuvo y está fuerte, resuelta y aun contenta de tener ocasión de obedecer no sólo en lo que quiero yo. El Corazón santísimo está coronado de espinas, y no quiere que los suyos anden siempre entre rosas: quiere que el amor de mi corazón sea puro y sin mezcla; y como aun estos deseos, por buenos y santos que sean, se pueden mezclar con algo de amor propio y menos recto, como buen padre espiritual quiere el buen Jesús llegar usque ad divisionem animae (1). (1) Ad Hebr. IV, 12. -Es cierto que Jesús ha logrado el intento de mortificarme: pero me ha dado tal gracia, que en medio de la repugnancia estaba el alma dulce, tranquila, pacífica y con una serenidad inalterable; y como quejándose amorosa con su Dios, le protestaba que no sólo levantaría la mano por unos días, pero para siempre, si era su voluntad: que por ésta he tomado con tanto ardor la causa de su Corazón, por ésta la he proseguido: ésta quiere la deje ahora, sit Cor eius benedictum. Con tanta paz estoy, como si jamás hubiera puesto mano en la cosa: del todo la dejo, en cuanto a lo exterior; pero mi espíritu ahora más que nunca la tratará con Dios, pues esto no me lo quita. -Cáusame notable consuelo mirar cómo el Corazón santísimo me ha empeñado en su causa, y con destreza de padre espiritual me manda levantar la mano. El ha hecho toda la cosa: y por la menor facilidad de visitarle en su tabernáculo, me ha dado a sentir que su Corazón me servirá de Sacramento, y que habite en este templo, mientras no me es tan fácil asistir cuanto quisiera en el material- (1). (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. IX). Mas, fue corta la ausencia de Bernardo: volvió a Valladolid, y al poco tiempo se encontró con su librito ya impreso. No se hartaba el santo joven de dar gracias al Señor por tan singular beneficio, ni se hartaba de mirar y remirar aquellas armas, al parecer débiles, pero templadas en verdad para obtener el triunfo y reinado del Corazón sagrado en toda España y en sus dominios por ambos mundos, como él decía. Iguales fueron las delicias y esperanzas de Agustín y demás confidentes, mayormente del buen P. Loyola, al ver ya logrados en parte los afanes que le costaba su librito. Ha esperado, decía en la Protesta y advertencia de su primera edición, las dilaciones de casi un año dispuesto para salir a luz. Las personas que le deseaban público, han vencido dificultades no pequeñas; pero esto mismo da confianza que ha de servir de alguna gloria al mismo santísimo Corazón. Sale finalmente para dar a nuestra España en compendio, atendiendo a que muchos no pueden manejar mayor volumen, una breve noticia del sagrado culto del Corazón dulcísimo de Jesús. ¡Ojalá mueva el Señor a algún su siervo que le haga común a Portugal! Pues este celestial tesoro de divinas gracias en que se enriquecen casi todas las provincias del cristianismo, ha sido hasta aquí tesoro escondido a estas dos tan ilustres como piadosas naciones. Pero esperamos sean los primeros en promover este sagrado culto estos dos reinos, que son los últimos en abrazarle (1). (1) Portugal fue anterior a España en abrazarle, por más que parezca indicar lo contrario el P. Loyola. -Escribiendo a principios del año de 1734 Fr. Francisco Brandam de la devoción al sagrado Corazón en Portugal, la llama ha poucos annos introduzida neste Reyno". Dev. do SSmo. Cor. de Jesús, (ed. 2ª 1734, pág. 5). Habla a continuación de dos libros que ya para entonces habían llegado a sus manos, escritos en portugués: el uno, dice, muy diminuto en el volumen y en las noticias...; el otro bastante extenso, compuesto por el M. R. P. Fr. Jerónimo de Belem, religioso del Seráfico P. S. Francisco, donde se trata largamente de esta devoción...". (ibid., págs. 6, 7). La obra de Fr. Jerónimo, a que alude el docto Ermitaño de San Agustín, es la que con título de Cor. de Jesús communicado aos cor. dos fieis... se publicó en Lisboa el 1731 (en 8º), con una aprobación, entre otras, de Fr. Juan de Soto, Ministro General de la Orden Seráfica, dada a 3 de Noviembre de 1730, y escrita en castellano. -Además, antes de nuestro Tesoro escondido existían en Portugal, cuando menos la Aljava de sagradas saetas aos Smos. Cor. de Jesús, María, José... (Lisboa. 1733, en 8º), del Oratoriano Manuel Consciencia; la Novena do SS. Cor. de Jesús.., (Lisboa, 1733, en 8º), de Valerio Oliveira Bernardes; y el Culto e vener. do Sacro-Sancto Cor. de Jesu Christo... (Lisboa, 1731, en 8º). Finalmente, si hemos de dar crédito a los bibliógrafos portugueses; la 1ª ed. del libro de Fr. Francisco Brandam debió hacerse en Coimbra, el año 1724, en 8º. Siendo casi forzoso llegue este librito a manos de personas de diversas condiciones y talentos, se ha procurado formar de suerte que pueda mover las voluntades e ilustrar los entendimientos: que sirva a la común piedad de los fieles y no sea inútil a la devoción discreta de los sabios: que aparezca en él lo tierno y dulce de este culto, y no se eche menos la solidez de sus fundamentos con el grande apoyo que le da la autoridad de los Santos, para que no salga tan expuesto a la censura o a la nota de novedad, por ser nueva esta noticia en nuestra España. ¡Oh, quiera el mismo santísimo Corazón mover a que se lea con la atenta reflexión que merece: pues esperamos no sea inútil o infructuosa su lectura! (1). (1) Págs, 6*, 7*. Salió el librito dedicado, no a la Princesa Doña María Bárbara, como se pensó al principio, sino al Ilmo. Sr. Arzobispo de Burgos, digno ciertamente de los elogios que le tributa el P. Loyola, y de que sepan nuestros lectores el aprecio en que era tenido aquel santo prelado por los nuevos apóstoles. Dice así la devota dedicatoria. Señor: Este breve librito, en que se da noticia compendiosa a nuestra España del sagrado culto del Corazón santísimo de Jesús, se consagra gustoso a la piedad de V. S. I. Sólo el nombre del Corazón sacrosanto de Jesús es un imán divinísimo para los corazones humanos; y siendo el de V. S. I. tan dulcemente sensible a las glorias de Jesús, espero ha de recibir con agrado este corto obsequio, digno de la grandeza y lustre de V. S. I. por contener el culto del Corazón sagrado de Jesús Dios-hombre. El afecto con que le consagro a V. S. I. por mi veneración a su persona, y por la piedad de algunos Jesuitas que desean se conozca este culto santísimo para perfección de innumerables almas, merece los efectos de la notoria benignidad de V. S. I. Acostumbrados a la confianza de prelado tan benigno, esperan que en asunto tan pío favorecerá a sus ideas, gloriosas al culto sacratísimo del Corazón de Jesús. Viendo, Señor, que todo el orbe cristiano, favorecido de algunos soberanos pontífices, de Ilmos. arzobispos y obispos de la Santa Iglesia, goza la dicha de rendir festivos cultos al Corazón sacrosanto de Jesús, desean que la piedad española tenga gloria igual a la que tienen Francia, Italia, Polonia y Alemania, Cuantos han procurado extender este sagrado culto, se han valido de algún prelado Ilmo., que con su piedad, autoridad y celo hiciese eficaces los esfuerzos de su devoción al Corazón sacrosanto. Los que ahora desean encender en los piadosos corazones españoles una pequeña centella de fervientes ansias de adorar, reverenciar y amar al Corazón sagrado de Jesús, se valen del celo amante de V. S. I. al mismo divino Corazón. Saben, Señor, los trabajos, fatigas y desvelos que V. S. I. desde sus primeros años empleó en procurar las glorias de Jesús con sus apostólicas misiones: que estos mismos sagrados desvelos se han continuado después, autorizados con la dignidad ilustrísima de arzobispo de Tarragona y de Burgos. Y esperando ahora que la breve noticia del culto sacratísimo de Jesús, que sale entre las primeras a luz de nuestro idioma en este librito, ha de excitar la piedad de muchas almas a una ferviente devoción, solicitan la protección de V. S. I. No dudan, Señor, que solo el nombre de V. S. I. en la frente de este librito, será dulce atractivo para que muchos se inclinen a leerle y abrazarle con piedad; pues los que tienen la dicha de conocer a V. S. I., saben que las obras que pueden contribuir a la gloria de Dios y bien de las almas, son las que hallan benigno favor en su ilustre y esclarecida sombra. Inténtase también con esta breve noticia dar a conocer la solidísima esencia del culto del sagrado Corazón de Jesús, y que se establezca en la Santa Iglesia culto de rezo y misa, y solemnidad festiva a este amabilísimo Corazón: y como a este fin nadie puede cooperar más eficazmente que la autoridad apostólica de los Ilmos. prelados, justo es que yo solicite la de nuestro Ilmo. Señor Arzobispo de Burgos, para lo que en adelante ha de disponer la providencia divina. En fin, Señor, un librito muy breve no permite dedicatoria más dilatada; y en materia tan piadosa, la devotísima piedad de V. S. I. está por sí misma inclinada a favorecerme, admitiendo benignamente bajo su ilustrísimo amparo este breve compendio. Esto con los votos de muchos pido humildemente a V. S. I., y que el cielo nos guarde su muy ilustre persona los felices y dilatados años que necesita nuestra mínima Compañía y la Santa Iglesia. (1) (1) Págs. 3*-8*. |
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