| PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación) | ||
| Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880 | ||
| 1733 (Continuación) | ||
| 34. Pero las
tribulaciones de los santos son una como sagrada epidemia
que, disponiéndolo Dios así, acometen con nueva fuerza
a los que más se interesan en aliviarlas, y a veces
hacen en ellos mortales estragos. Asistía en espíritu
el cuidadoso P. Loyola a las angustias de su querido Hijo
Bernardo, quería suavizárselas, curárselas: mas,
¿qué había de suceder? Su Hijo sanó, y en cambio al
solícito Padre se le pegó o, por mejor decir, se le
recrudeció el mal: ¡mal dulce y precioso, que así
purifica las almas inocentes, ofrecidas del todo al
servicio de su Señor! Acudió a desahogarse el buen Padre al otro Hijo suyo Agustín : pero también Agustín estaba ya a las puertas de lo que él llamaba el purgatorio del paraíso, que era el padecer; y escribía con denodado corazón, a su H. Bernardo: Yo no sé a qué atribuirlo, sino a la voluntad adorable de nuestro Dios amantísimo. No deseo el alivio, ni quiero que se lo pida, sino sola la conformidad y el mortificar mi genio... (1). (1) 13 de Noviembre de 1733. Mas, para que se vea la semejanza de su espíritu con el de Bernardo, oigámosle dar, algo más adelante, cuenta al P. Loyola de lo que le pasó por el mismo tiempo, y exponerle sus tentaciones contra todas las virtudes..., casi hasta la última desesperación, las más íntimas y sensibles..., hasta quedar deshecho todo el cuerpo y desmayado, como él mismo escribe, enumerando la variedad de tentaciones que a tropel le acometían. Y la que mucho me ha fatigado, prosigue, al verme metido en un infierno vivo de temores, ha sido muchas veces la desconfianza de mi salvación, que después de las tinieblas y tentaciones me asaltaba: esto me apretaba y afligía tanto, que me hundía en un abismo de amarguras, y estaba así sumido por mucho tiempo. Sin embargo de todo el horror y tedio a lo bueno, y de los temores de mis confesiones de cada día, y de todo lo que hacía y padecía, y parecerme que todo había sido una pura ilusión y artificio mío para engañar a V. R. y a los pocos que yo he comunicado más en general, y parecerme que cuanto escribí, hablé e hice, lo hice por soberbia y por adquirir buen concepto y estimación; y, por otra parte, persuadido de alguno modo que por estos capítulos andaba en desgracia de mi Dios, en pecado mortal, renovando todos los días tantos sacrilegios en mis reconciliaciones, misas y sagrados ministerios: sin embargo, digo, nunca dejé de confesarme por estas tentaciones ni de celebrar el santo sacrificio, sin el cual yo no puedo vivir, ni aun tener alivio algunas veces en los males corporales; ni, lo que es mayor misericordia del Señor, jamás esos temores y horror me han vencido para dejar de oír una sola confesión de tantas como aquí todos los días se ofrecen. Bien contento estaba yo de los males que resultan en el cuerpo, de estas fatigas íntimas del alma: pero lo que yo más temía era hacerme del todo inútil para nuestros santos ministerios en fuerza de esos temores. Mas, en medio de todos los desamparos, mi fidelísimo amor Jesús me ha tenido de su mano en esta parte: y este beneficio que pocos conocen, y yo admiro grandemente con la luz divina de este Señor, estimo yo más que todos los favores, ternuras y regalos. Porque, a vista y con las noticias tan soberanas de su divino amor y el peso inmenso de este amor de su adorable Corazón que le inclina a comunicarse a las almas, y lo mucho que éstas valen y las estima, más suave me fuera el infierno mismo que verme privado, por culpa mía, de hacer lo poco que yo puedo en esta vida, porque algunas almas le conozcan y adoren, y sea glorificado eternamente. Cuando me oprimían estos pensamientos de que mi soberbia me había precipitado en una continua ilusión en un todo, y que había llegado al estado infeliz de la insensibilidad del corazón, y que presto experimentaría el abandono total de Dios, cayendo en públicas torpezas por mi soberbia oculta, que no perseveraría en la Compañía, etc.; como no tenía con quien explicarme, ni en las confesiones, sino en general de las faltas que reconocía, llegaba a un estado como quien se arroja cansado, y andaba corrido y avergonzado de mí mismo, y me acometían tan furiosas olas de rabia y despecho que, si tuviera a mano los papeles y cartas en que apunté a V. R. las cosas de antes, los hubiera cien veces quemado luego; ni tenía valor para escribir a V. R., porque creía que esto era proseguir en nuevos engaños, y casi me pesaba de haber tratado con V. R.; y que, cuanto sabía del angelical P. Bernardo y de mí, eran ilusiones del demonio y artificio de la imaginación... Aunque por mi tibieza, negligencia y descuido, y por las innumerables faltas cometidas en estos desamparos y fuera de ellos, mil veces he merecido que con la sustracción de los auxilios divinos me abandonase para siempre mi dulcísimo amor Jesús; pero sobre todas las misericordias antiguas, sobre todas las luces, noticias e inteligencias de los secretos más ocultos de su divinidad y de este Dios humanado, sobre todas las visiones más misteriosas, sobre todos los favores, regalos y delicias que jamás podrá explicar la pluma ni aun para mi mayor confusión, debo este exceso de caridad, este extremo de sus finezas, este argumento infalible del amor inefable de su adorable Corazón, que penetra y divide el mío y me hace saltar por los ojos en dulces lágrimas de confusión, por haber usado de su infinita misericordia tan fina y constantemente con el más indigno de los pecadores. ¡Ay Padre mío!: quisiera que V. R. viese mi corazón para entender lo que digo, y ruego a este amorosísimo dueño único de mi corazón que, no mirando a mis maldades, sino a sola su bondad, comunique a V. R. la luz que necesita para mi gobierno y para penetrar lo que yo no sé ni acierto a decir con palabras. Porque bien sabe este Señor que, aun vencida la suma repugnancia que tengo de hablar de estas cosas a vista de mi infidelidad y por temor de volver al vómito de mis ingratitudes, bien sabe este dulcísimo amor, y puedo decir a V. R., que es menester muy especial gracia y asistencia del divino espíritu para descifrar algo de estas cosas más íntimas, en especial para hablar de la fuente de todas las gracias, mi amor Jesús Sacramentado (1). (1) Cop. Ms., (págs. 2-5). Aquí entra a contar las locuras santas de su amor, sus secretos coloquios, sus derretimientos y caricias en medio mismo de sus más horribles desamparos: pero le dejaremos ya descansar en brazos de su amado y embriagarse de aquellas misteriosas delicias que sólo gustan las almas muy regaladas. Muy embelesado por cierto en el Corazón amante y paciente de Jesús está Agustín, mas no por eso se olvida de su afligido P. Loyola. No sé, le dice en una, hablándole de sus penas y de lo que él conocía de ellas por luz del cielo; no sé, Padre mío, cómo hacer juicio cierto, porque los juicios adorables de nuestro Dios amantísimo son inescrutables: no tengo luz cierta o revelación expresa de que mis noticias acerca del estado de ese corazón y alma de V. R. sean luces del cielo o revelaciones de los secretos del corazón: digo que no tengo revelación refleja de estas noticias. Yo, Padre mío, concibo que a este mismo modo eran y han sido muchas de las noticias de los profetas y santos, sin reflejo conocimiento de que lo que vaticinaban o descubrían, decían por noticia del cielo o con revelación refleja de que aquello era del Espíritu Santo: no sé si me engaño en esto. Lo cierto es que mucho de lo que pasa a V. R. y a otros me parece veo claramente, y el estado del alma de V. R. y esas tinieblas y oscuridad que padece V. R., con sus alteraciones más o menos intensas y con más o menos aflicciones y congojas. Esto sí, Padre mío, las cosas que por V. R. pasan, y el espíritu de V. R., y el camino por donde nuestro dulcísimo amor Jesús dirige a V. R. es una de las sendas más ocultas y maravillosas de la amorosa providencia de nuestro Dios. Yo tuviera mis temores, si la certeza con que la luz del Señor me lo muestra, no me asegurara de que V. R. es del Señor, va bien y seguro, seguro. V. R. mientras viva, no dejará de tener sus cruces y trabajos aun exteriores que le aflijan, ocasionados de la variedad de genios y espíritus a quienes no parecerá bien su celo de V. R. y modo: y aun por eso ha prevenido a V. R. la sabiduría de nuestro dulcísimo amor Jesús de un corazón en lo natural magnánimo... Confíe V. R. sólo en nuestro dulcísimo amor Jesús y recurra a él con amor y humildad en sus trabajos y dudas: yo continuamente pido por V. R. como por Padre mío a nuestro amor Jesús, y siempre le tengo muy en su Corazón (1). (1) (14 de Septiembre de 1733). En otra le encarga que medite sobre aquellas palabras: Quoniam in me speravit, liberabo eum: protegam eum, quoniam cognovit nomen meum: clamabit ad me, et ego exaudiam eum; cum ipso sum in tribulatione, eripiam eum et glorificabo eum (1). Y la causa, Padre mío, le añade, de señalar a V. R. estas palabras, es porque ha de saber V. R. que, aunque ha muchos días que el Señor se dignó de infundir a mi entendimiento pleno conocimiento e inteligencia de su alma y de su estado, pero habrá poco más o menos un mes que me declaró S. Majestad que estas últimas palabras se habían de cumplir y verificarse en V. R., y esto con tanta certeza, luz y claridad, que no sólo no puedo dudar de ello, antes me ha sucedido, al repetirlas cada día en las completas, una cosa digna de reparo; pues antes de llegar a ellas o al decirlas, siempre, todos los días, me ha precedido la misma luz y claridad, y siento inefable gozo en aquellas: cum ipso sum: eripiam eum et glorificabo eum: pues aquel cum ipso sum es cierto y lo veo cumplido por su misericordia; y esto y el eripiam et glorificabo entre el gozo de la posesión y la esperanza de la divina promesa causan en mi alma efectos y afectos de gran consuelo. V. R., Padre mío, viva consolado y muy confiado en tan amante dueño, tan poderoso y tan sabio para lo que quiere hacer en bien de sus escogidos (2). (1) Ps. XC, 14, 15. Otras veces, y era lo común, le animaba con la idea de que, habiendo sido elegido por el mismo amor y dueño Jesús para la propagación de su devoción santísima, era imposible que no le fuera grato a sus divinos ojos; y congratulábase con él por su elección y su celo en corresponder a ella, y le recordaba con frecuencia y de varias maneras el consuelo que siempre recibía de las noticias que el H. Bernardo le daba de lo que procura V. R., le escribe, el culto y devoción del Corazón divino de nuestro dulcísimo amor Jesús, que, como a él le dijo el mismo Señor, se lo pagará a V. R. con larga mano (1). (1) (20 de Noviembre de 1733). Y, para acabar: Créame V. R., le avisa finalmente, que es para mí uno como prodigio de la gracia esa tranquilidad de ánimo en las circunstancias de sequedad, tinieblas y tribulaciones del espíritu de V. R... Si V. R. experimentara las inefables dulzuras de regalos divinos, no me parecieran semejantes actos admirables ni de especial mérito; pero en V. R. me persuado que son heroicos y carácter bien manifiesto de su predestinación: y así, Padre mío, espero con gran confianza y certidumbre que me da este dulcísimo amor Jesús de mi corazón, que le espera a V. R. un gran premio de su benignísima mano en la gloria. El corazón lleno de confusión y consuelo me hace saltar tiernas lágrimas a los ojos al escribir esto, con una santa envidia que le tengo a V. R. en esto (1). (1) (15 de Enero de 1734). Es encantadora por demás la cordial correspondencia de estos nuevos apóstoles por todo este tiempo de luchas y dificultades, y la efusión cariñosa con que se comunican y mutuamente se dan gracias y albricias por lo que cada uno trabaja para gloria y extendimiento de su común devoción al Corazón sagrado. "Reconozco mi justa obligación, escribe Agustín a Bernardo, en lo que me dice (del H. Jiménez), y entro en la obligación más que de justicia que su caridad me impone; y tanto más gustoso, que es y reputo por interés y bien propio mío el encomendarle a nuestro dulcísimo amor Jesús y tenerle siempre presente en su divinísimo Corazón, deseándole con todo afecto y suplicando enixe al mismo Señor, le abrase en los incendios de su amor y disponga su corazón para el altísimo estado de sacerdote y ministro suyo con aquellos especialísimos dones, gracias y virtudes que su inefable sabiduría, providencia y amor prevee han de ser para mayor gloria y agrado suyo, y mayor bien, no sólo del Hermano, sino de innumerables almas que por su medio ha de llevar Su Majestad a ser compañeros suyos en la gloria: esto le suplico y le suplicaré siempre. (1) (1) (14 de Septiembre de 1733). Y escribiendo al mismo Bernardo: Agradezco a mi Hermano, le dice, las dulces noticias que me participa de lo del Corazón divinísimo de nuestro amor Jesús, de que me escribe también nuestro P. Loyola. El mismo amor Jesús le pague a mi amado Hermano con las dulzuras de su dulcísimo Corazón lo mucho que en todo me favorece, y no tengo tiempo ni aun para darle las gracias de tantos favores particulares. Obligación mía e interés propio mío es introducirle en él frecuentísimamente como en el único centro de nuestro descanso y delicias, para que Su Majestad con liberal mano retribuya a mi Hermano por lo que yo le debo, y según lo que yo mismo deseo y le suplico... A Dios, amado Hermano, a Dios; que nos abrase en su amor y nos tenga siempre en su divinísimo Corazón. (2) (2) (3 de Septiembre de 1733). Ya en otra ocasión agradecía al buen Hermano, y daba humildes gracias a su amor Jesús por las nuevas "de tanto consuelo, dice, "que me participa de su divinísimo Corazón. Espero en Su Majestad, como le decía en la mía última, que este benignísimo dueño de los corazones vencerá todas las dificultades. Yo clamaré incesantemente a Su Majestad por el buen éxito de la causa, y procure mi Hermano con esos Padres y la M. Concepción hacer las posibles. diligencias... Si yo tuviere algunos ratos desocupados añade, le enviaré un traslado de la oración que hago cada día al Corazón divino de nuestro amor Jesús, y renovaré por la de mi Hermano la oferta a Su Majestad, quien le pague con mil bendiciones y gracias las que me hace mi Hermano en tantos favores." (1) (1) (10 de Agosto de 1733). No nos es dado precisar las noticias de tanto consuelo de que habla Agustín y recibía Bernardo de lo que adelantaba en toda España su tierna devoción. Lo único que podemos afirmar es que, a pesar de sus adelantos, les hacían buena falta sus nuevas ofertas y oraciones, a tiempo que ni la pretensión con el Rey parece que daba resultado alguno, ni había modo como se imprimiese el librito que deseaban (1), ni se hallaba segura en España la misma Compañía de Jesús (2), ni faltaban por fin, lo que era muy de temer, tribulaciones al laborioso P. Calatayud, de cuyo fervor y actividad se esperaban grandes progresos y victorias del Corazón sagrado. Ya me escribieron los misioneros", avisa a Bernardo el P. Agustín, el motivo de sus tribulaciones: espero que el Corazón de Jesús deshará con su claridad las tinieblas: roguémosle por ellos. Yo escribí a Nuestro amado P. Loyola lo que sentía en el punto del P. Calatayud..., y le apuntaba que se podía comunicar el caso con nuestro P. Villafañe y con el P. Provincial (Manuel de Prado) por su medio, y con el P. la Reguera, para el alivio y serenidad del pobre P. Calatayud." (3) (1)
Hallo pocas esperanzas en la materia de la
impresión: escribía Agustín a Bernardo en
carta de 27 de Noviembre de 1733, y se lo repite en
varias otras. 35. Contestóle luego como pudo su querido Hijo, y entre otras cosas sólo tengo el desconsuelo", le dice, "de ver a V. R. tan afligido por estas cosas de su misión. Ciertamente, Padre mío, no hay por qué; y así arroje V. R. su corazón en la presencia del Señor, y póngale en sus suavísimas manos con entera y filial confianza; pues Su Majestad está tan empeñado y encargado con tanto amor de las cosas más menudas de V. R.: y así el andar cavilando del buen éxito de sus deseos, dejados en las manos de tan poderoso y amante dueño, es agraviar en cierto modo sus especialísimas finezas, y la singular providencia con que este dulcísimo amor gobierna a V. R.... Acabo de estar con nuestro P. Rector sobre las cosas de V. R., y me dice que hasta ahora no ha tenido especie de que interrumpan a V. R. su santo ejercicio... En fin, no se sabe nada, y el P. Provincial está muy lejos: y así no hay que desconfiar, sino dejarse V. R. en manos de Dios para todo. (1) (1) Sin fecha (a fines del 1733). Acusaron malas lenguas al apostólico varón y a su compañero, el P. Carbajosa, de novedad e imprudencia en sus fructuosísimas misiones; y tenemos razones de sobra para sospechar que su ardor presente en dilatar las glorias, para algunos nuevas e imprudentes, del Corazón deífico, formaban un capítulo aparte de estas injustas pero repetidas denuncias. Sólo que, quien veló por el consuelo de Bernardo, Agustín y Loyola, oyó las quejas amorosas de estas almas inocentes, y veló también por el consuelo de aquel santo e incomparable misionero. Mucho sufrió, es verdad, durante esta batería del infierno (1): (1) Me escribió (el H. Bernardo)", dice el P. Calatayud, animándome a promover la devoción al sagrado Corazón de Jesús y a llevar los trabajos y persecuciones, etc. de mi ministerio,... asegurándome que el glorioso arcángel San Miguel sería conmigo y me asistiría; y especialmente que estuviese cierto promovería el Señor mis deseos, y se adelantaría la devoción al sagrado Corazón de Jesús.... P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (fól.5º). -He aquí las palabras del H. Bernardo al mismo propósito: Oí una voz interior que me mandaba orar instantemente por nuestro P. Calatayud, porque los demonios furiosos por las muchas almas que les quitaba, trataban su ruina. Yo, movido de superior impulso, me volví a las huestes infernales, y en el nombre del Altísimo les mandé cesasen de la batería que querían asestar, y que bajasen precipitados a los calabozos infernales: y obedecieron entre furor y rabia, al pronunciar yo el nombre del Señor, y al imperio de San Miguel que los reprimía... Me mostró el Señor (habla de otra visión que tuvo) una gran multitud de demonios precedidos de Lucifer, entre los cuales se consultaba el medio de perder a nuestro P. Calatayud, o a lo menos de impedir los progresos que temen en la salvación de las almas. Propusiéronse, no sin despecho de aquella canalla diabólica, las glorias y maravillas que Dios obra por S. Reverencia, y receláronse las futuras. Hubo varios pareceres: unos se inclinaban a hacer el tiro por la vanidad: otros por la sensualidad: otros por los hombres: otros por otros caminos, que no se aprobaron por los inconvenientes que de parte de nuestro buen Padre, asistido de la divina gracia, habían de hallar para su intento: y aunque pro nunc no se aprobaban éstos, eran tan aferrados a su parecer los del consejo, que aun parece no se daban por satisfechos hasta ver si se frustraban sus pareceres. Dos fueron los que se aprobaron: el uno bien sutil, y es procurar impedir a nuestro P. Calatayud las determinaciones gloriosas con velo de imprudencias, y empezar a estrecharle en los dictámenes de la prudencia humana, para que paliada de este modo la tentación, no se logren algunas determinaciones de la gloria de Dios, y después, abierta esta brecha, se logrará mejor el intento. Este atentado es más astuto de lo que parece, por ser tan necesaria la prudencia en los que tratan almas, por ser tan fácil declinar de aquel punto indivisible, cuyos extremos son viciosos y casi inevitables a la luz natural. El segundo fue más arriesgado, y es alterar las causas naturales para quitar a S. Reverencia la salud y la vida. Este fue en suma el conciliábulo de los demonios, que me desconsoló algún tanto, hasta que encontré con San Miguel, que me animó y dijo no me admirase: que esto cada día lo hacen los demonios en fuerza de lo que sienten el bien de las almas: que en lo de la salud no lograrían su intento, porque ya corre por la providencia extraordinaria, y que ya hubieran logrado su intento, si no fuera así: que en el otro lazo era más fácil algún desliz; pero que estuviese cierto que jamás permitiría el Señor a los demonios más de lo que fuese para confusión suya; y que el mismo arcángel, por cuya cuenta corre la misión de nuestro P. Calatayud por recomendación del Señor, le asistirá y defenderá en esto y en todo. P. Loyola, ibid., (l. IV, c. XVI). mucho tuvo que ofrecer a Dios: mas al cabo le llegó la apetecida carta de su General, quién, bien informado de todo, le decía así: La de V. R. de 5 de Septiembre me deja muy edificado de su apostólico celo, fatigas y sufrimiento en tantas contradicciones como de todas partes le cercan, cuanto lleno de consolación y gozo en aquel Señor que para gloría suya y bien de tantas almas se sirve de V. R. Quedo muy persuadido a cuanto V. R. me dice, y satisfecho en todos los puntos que le escribí y le comuniqué, no como cargos que me hiciesen sospechosa ni ajena de su profesión y prendas la conducta y método de sus misiones, sino como noticia y especies que pudieran mejor servirle a regularle en tan santo ministerio, sin la menor nota o de émulos o de verdaderamente celosos. "Este mi ánimo le manifesté a V. R., no sólo en el contenido de mi carta, sino aun en las mismas expresiones de confianza y persuasión en que estaba, y a que, sobre las noticias de su prudente celo y prendas, me inclinaba también la misma naturaleza de su empleo que, cuanto a Dios es más glorioso y a las almas de mayor útil, tanto ha de encontrar y tener siempre mayores contrariedades que hacen más meritorio este santo ejercicio, y en el que Nuestro Señor ha ofrecido a V. R. en esta ocasión la de aumentar en la tolerancia de tanto como le da que padecer. V. R. continúe con santa alegría y gozo en servir a aquel Señor a quien vive dedicado y por quien tan gloriosamente se fatiga, sin que a sus trabajos aumente el de la aprehensión y solicitud que suelen causar semejantes contradicciones; y persuadido al mismo tiempo que, así como estoy satisfecho de su conducta en las misiones, así protegeré siempre éstas, y conspiraré con V. R. a que las ejercite sin los disgustos y sinsabores presentes. Doy a V. R. muchas gracias por el trabajo que ha tomado en sincerarme tan menudamente sobre todos los puntos que le escribí: y esté cierto que ni me causaron sentimiento ni he tenido solicitud alguna, las cuales no venciese la expresada persuasión y concepto que de V. R. tengo... V. R. significará a su compañero, el P. Carbajosa, mi agradecimiento por lo que con su santo celo coopera al de V. R.: y porque me dicen se deja trasportar mucho de éste, y porque así del Padre como de V. R. se puede temer grave detrimento en su salud, ruego a V. R. tenga especial cuidado del Padre, y le significará de mi parte haga lo mismo con V. R.; para que así se logre con mayor constancia el fruto de sus trabajos y apostólica vida. Sobre ellos y sobre VV. RR. doy con tanto gozo mi bendición, como confianza tengo en que la ha de confirmar Nuestro Señor y acompañarla de su especial asistencia y continuas gracias, para gloria suya y bien de tantas almas. Así escribía el prudente P. General Francisco Retz, añadiendo de puño propio, como si lo dictado no bastara, esta hermosa conclusión: Confirmo en pocas palabras cuanto arriba queda dicho: y así como quisiera que V. R. quedase enteramente satisfecho de la singular estimación con que aprecio los trabajos, el celo y las virtudes de V. R. y su compañero, como también de la solicitud con que atiendo al sagrado ministerio de entrambos, así quisiera que lo quedara del deseo que le tengo de defender y promover siempre con toda mi autoridad. En el ínterin ruego encarecidamente a V. R. el que en sus apostólicos ministerios y sacrificios nos encomiende a mí y a toda la Compañía a Nuestro Señor, para que éste excite en todos nosotros aquel espíritu a quien V. R. sirve. (1) (1) (23 de Octubre de li34). La traducción del texto latino, que hemos copiado a la letra, parece hecha, con más exactitud que corrección, por el tiempo en que se escribió la carta original, cuya copia hemos tenido presente. 36. No sabemos si las tribulaciones pasadas llegaron a herir tanto el celo del P. Calatayud, como hirieron su humildad tantas y tan merecidas alabanzas. Sirviéronle éstas, sin embargo, en adelante para tapar la boca a sus impugnadores, émulos o verdaderamente celosos, y animarse él mismo a cultivar con nuevo empeño la viña del Señor: trabajo que nunca abandonó y en que no cejó un punto en medio de sus mayores aflicciones. Imitóle su hijo Agustín en sus gloriosas correrías desde fines de Septiembre hasta mediados de Noviembre, por Vizcaya, A. M. D. G. dulcissimique cordis Iesu, como dice en la Relación que escribió de éstas sus misiones (1): y añade al H. Bernardo: "He tenido en nuestras largas tareas indecible júbilo de mi corazón, viendo tan palpable y abundante cosecha de la divina palabra; y aunque llevaba esperanzas en el Señor que lo había de hacer, ciertamente que nunca concebí tantas, y así el fruto y la moción ha sido más con mucho exceso de lo que yo esperaba. (2) (1) Pág. 2 Esto por lo que pasaba en público, y tanto preparó aquellas felices provincias a recibir de lleno más tarde la devoción al Corazón sagrado, tan propia de sus inocentes pechos y purísimas costumbres. En lo secreto seguían los favores celestiales por un lado, y por otro los trabajos, inteligencias y oraciones, sin olvidarse de la más mínima circunstancia. 37. "El día de todos los Santos", escribe en una suya Bernardo al P. Loyola, "me sentía por un modo singular, que no es visión sino a modo de tacto o sentimiento intelectual, junto al Corazón de Jesús, y como recostado a la puerta de la herida. Encendióse mi espíritu en un fuego manso, pero tan ardiente que pereciera entre sus llamas, si el Señor no me fortaleciera: y quedando toda el alma en aquel paso de sepultura interior, se explicaba con el Eterno Padre con un lenguaje de fuego, presentándole el Corazón soberano de su Unigénito, y pidiéndole con las mayores veras concediese ya a su Iglesia este favor, que en ella se solemnizase públicamente el culto de este Corazón divino. A éste tiempo se le mostró (a mi alma) por visión intelectual cómo todos los bienaventurados se admiraban, gozaban y complacían en las excelencias de este cielo animado, el Corazón de Jesús, de suerte que después de la visión beatífica no había en la gloría cosa que más se arrebatase los afectos que este Corazón divino, ni les comunicase mayor gloría accidental que su presencia. Entendí también que toda la celestial corte, postrada ante el trono de la Sma. Trinidad, pedía lo mismo que yo suplicaba, diciendo que ya era tiempo se descubriesen a la esposa las riquezas y finezas de su divino esposo. Aquí por un modo muy alto, conocí que el Padre Eterno expedía el decreto en que condescendía con los deseos de toda aquella soberana corte (1). (1) P. Loyola, El Cor. S. de Jesús, (c. III). Pero volvamos a los trabajos, inteligencias y oraciones que decíamos de nuestros incansables apóstoles. En éste género es verdaderamente singular lo que hallamos en su correspondencia: Hay cargas y obligaciones a que uno se sujeta y rinde gustoso, escribía Agustín a Bernardo: tal es la que su amor y santo celo me impone en el punto recomendado por nuestro amado P. Loyola de la sucesión de nuestra Sra. Princesa, que a todas luces o visos parece ser de la mayor gloria de N. Señor (1), y de los progresos utilísimos del soberano culto del Corazón divinísimo de nuestro dulcísimo amor Jesús, que tanto deseamos también y tanto admiramos se extiende como óleo celestial. (1) Esta Sra. Princesa, después Reina de España, era la esposa de Don Fernando VI, Doña María Bárbara, fundadora del Convento de las Salesas reales de Madrid. Ambos fueron devotos del Corazón sagrado, como en su lugar veremos, y murieron sin sucesión, la Reina el 27 de Agosto de 1758, y al poco tiempo el Rey, de sentimiento, el 10 de Agosto de 1759. Sucedió a Don Fernando su hermano Carlos III, monarca poco aficionado al nuevo culto, y más infeliz que culpable en los males que acarreó a la Iglesia y a España con el volterianismo de su corte. Uno y otro punto lo encomiendo y encomendaré con todo el afecto y con la más tierna confianza que mi tibieza me permite, al mismo divinísimo Corazón, que es dueño absoluto de los corazones, en lo que de ellos depende el aumento de su culto. Y si por este conducto nos concede, como esperamos, también la primera gracia, por una y otra le daremos eternas alabanzas. Animémonos y procuremos conseguir el fin deseado por este divinísimo órgano de su sagrado Corazón; y, sea con el consuelo del aviso anticipado o no, quédese esto en el sagrado de su Corazón... Al P. Jiménez, que ofrezco su corazón una y mil veces al Corazón divinísimo de Jesús para que eternamente le tenga en él, y le llene de sus divinas bendiciones, luces y gracias para mucha gloría suya y bien de innumerables almas: y me tenga presente en el Corazón de nuestro dulcísimo amor Jesús en sus santos sacrificios. Me alegraría celebrase la primera misa el día de su San Javier de mi Hermano, o en el mío de la Concepción de nuestra regaladísima Madre. ¡Oh, qué días para nosotros! (1). (1) (27 de Noviembre de 1733). Y escribiéndole luego el día mismo de la Natividad de N. Señor: El tráfago de estos días, le dice, no ha de bastar para que yo no responda a mi Hermano, y le dé parte de lo mucho que deseo se propague el culto del Corazón divino de nuestro amor Jesús, a quien coloco en su mismo Corazón este negocio y el otro de (la sucesión de) nuestra Princesa, como motivos de tanta gloría suya en lo que nosotros podemos alcanzar. Aquí procuro dar esa misma noticia del Corazón de Jesús y su culto a varias personas para que lo encomienden a S. Majestad, y se extienda en todos los cristianos su culto y devoción, sin decirles más en particular. En el otro asunto yo me dejo en el Corazón de Jesús y en sus manos, para que haga lo que juzgare de mayor gloría del Señor. Las diligencias y el modo de conseguir la licencia para el librete (del Tesoro escondido) me parece muy bien: encomendémoslo a Jesús, y esperemos lo que su Corazón ordenare por medio de los Superiores, de cuya determinación me avisará mi Hermano... ¡Ay, cuán presente le he tenido en los misterios y pasos dulcísimos de esta santa noche! Espero que mi Hermano lo ha hecho mejor por mí, y supongo que con la benignidad de nuestro amor Jesús ha sido gran parte mi Hermano en mis consuelos: el dulcísimo niño amor Jesús se lo pague, y nos abrase en su amor (1). (1) (25 de Diciembre de 1733). Si grandes fueron los consuelos de Agustín en esta felicísima noche y día clarísimo del nacimiento de nuestro cariñoso dueño y amor Jesús, no fueron menores los de Bernardo. Después de la comunión, dice de ella, vi mi corazón, y junto a él al dulcísimo niño Jesús, tan pequeñito, tan delicado, hermoso y agraciado como cuando salió del vientre santísimo de su madre. Como quien temblaba de frío se arrimaba a mi corazón, cogiéndole con las dos manecitas con ademán de quien quería meterse dentro. Luego vi que su Corazoncito, todo hecho un fuego, se pasaba al mío, quedando como cerrado y cubierto con él: oyendo entonces mi alma la amorosa voz que me decía que primero había sido su Corazón custodia del mío, que ahora era el mío abrigo del suyo; entendiendo aquí que mi corazón debía trabajar por el de Jesús para colocarle en el de los hombres, habiéndome él prevenido a este fin con sus favores. Tener Jesús mi corazón, como otras veces, dentro del suyo, significa lo que hace por mí: tener yo su Corazón dentro del mío, indica lo que debo hacer yo por él. Los afectos, dulzuras y suavísimos secretos que pasaron en mi corazón honrado con tal huésped, y hecho sagrario y depósito del Corazón de Jesús, no caben en la esfera de nuestras groseras voces. El primer accidente de amor, al introducirse el sagrado Corazón en el mío, fue ensancharse éste, encenderse y ponerse como una hermosa nube cuando de lleno la embiste el sol: otros hubo que no sé explicar. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. VII). "Oyendo el santo sacrificio de la misa al día siguiente, continúa el P. Loyola, "tuvo semejantes peregrinos accidentes de amor, y sintió una sagrada simpatía de amor de su corazón con el de Jesús Sacramentado. (2) (2) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII). Siguióse a estos favores el día del Discípulo Amado (27 de Diciembre), una regalada visión del Santo, a quien acompañaba San Francisco de Sales. Después de inflamarle en sagrados afectos, le hablaron de sus ideas en orden al sagrado Corazón de Jesús. Dijéronle que los dos Santos miraban con especialidad por esta causa: San Juan, porque desde que se recostó sobre el Corazón de su Maestro, quedó abrasado en su amor y en deseos de que los hombres le conociesen: San Francisco de Sales, porque amó tierna y amorosamente al Corazón de su amado Jesús; y, por haberse aventajado en este amor, se había concedido a su religión la gloría de haber tenido una Hija como la V. Margarita, de quien se valió el Corazón de Jesús para propagar su culto: y que los dos Santos en todo favorecerían sus ideas... (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII) No fue esta la única vez que visitaron a Bernardo los mismos Santos y le confirmaron en su protección. Una entre otras se hallaba nuestro joven extremamente confuso y apenado por las ingratitudes de los hombres al sagrado Corazón de Jesús: deseaba poder compensarlas de algún modo; y ninguno hallaba que le pareciese bastante, cuando le descubrió uno el amante Señor, que describe así el mismo Bernardo. Descubrióseme aquella esfera divina del Corazón sagrado de Jesús convertido en un volcán de fuego, y adorado de San Juan Evangelista y de San Francisco de Sales, nuestros padres y amigos. Entonces se dignó el buen Jesús arrojar de aquel centro del fuego de amor una como centella a mi corazón, diciendo que con aquel don de su Corazón pagase y satisficiese las obligaciones a su Corazón y las injurias contra él cometidas: favor muy semejante al que cuenta de sí la V. Margarita. Ofrecí a Jesús el don y su mismo Corazón, con que entendía quedar satisfecho. Aquí me dijo y confirmó el buen Jesús que aquellos dos Santos harían el oficio de validos en la causa de su culto. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VII) Ya veremos en el discurso de este librito cuán ciertos fueron el dicho y confirmación del Señor: ahora, aunque parezca que salimos de nuestro propósito, no podemos resistir a trasladar dos pasajes del P. Loyola, relativos a los dos Santos, a quienes con tanta familiaridad llama Bernardo padres y amigos suyos. "El Discípulo Amado San Juan Evangelista, dice, se puede llamar el primer autor o descubridor celeste del Corazón divino. Así lo muestra la célebre visión de la regalada esposa de Jesús, Santa Gertrudis, fundamento de la devoción del Corazón de Jesús. Este es el lugar propio de referirla, y confirmará los favores de nuestro joven. Entre las celestiales gracias que San Juan Evangelista hizo a su devota Gertrudis, fue una, ponerla en espíritu a la puerta del Corazón amabilísimo de Jesús. Sintió la Santa en este tiempo inexplicables dulzuras, con los movimientos santos o pulsaciones del Corazón divino. Absorta con tan suaves delicias del cielo, preguntó confiadamente a su amado Evangelista. -¿Por ventura, oh amado de Dios, no sentiste los santísimos gustos de estas suavísimas pulsaciones, cuando te recostaste sobre este santísimo pecho y Corazón, con las cuales me hallo yo ahora tan encendida en amor? -Sí, los sentí, respondió a su amada Gertrudis San Juan Evangelista: y la suavidad de las sagradas pulsaciones de mi divino Maestro penetró toda mi alma, y encendió todo mi espíritu en amorosas llamas.- Pues ¿cómo, oh Santo mío, callaste tanto las finezas de nuestro amado Jesús, que no escribiste la menor cosa de este asunto, para que nosotros le conociésemos, y nos aprovechásemos?- Respondióla el Santo: La razón porque no escribí del sagrado Corazón de mi Maestro, fue porque me mandó el Señor que yo escribiese para enseñanza de la Iglesia todavía tierna, del Verbo Increado del Padre en el cual hay tan altos, divinos e infinitos misterios, que nadie los puede comprender en todos los siglos. El dar noticias de las pulsaciones y movimientos del Corazón de Jesús quedó reservado para los tiempos futuros, en los cuales, oyendo los inflamados afectos del Corazón de Jesús, se encienda el mundo envejecido y resfriado en el amor de Dios.- Hasta aquí parte de la dulcísima conversación que Santa Gertrudis tuvo con el amado Evangelista, estando ambos recostados en el santo pecho de Jesús, y cerca de su Corazón... (1). (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIII). Pues "la obligación de San Francisco de Sales en promover los cultos del Corazón divino insinúa bien Bernardo, en las breves palabras de su revelación, cuando dice que -está encargado el Santo de promover este culto, por ser fundador y patriarca de la sagrada Orden de la Visitación de Santa María.- Es tan propio del sagrado instituto de esta Religión esclarecida, prosigue el P. Loyola, el culto del sagrado Corazón de Jesús, que la fundó el Santo para este fin, según nos instruye su historia. Es digna de saber la revelación que tuvo en este asunto la V. Ana María Clemente, religiosa de la Visitación, hablando de su Santo Padre y fundador: dice así: -Dios me ha dado a entender que San Francisco de Sales, cuando vivía en la tierra, hacía su continua morada en el santísimo Corazón de Cristo, donde vivía de suerte, que jamás le interrumpían su reposo ni las más grandes ocupaciones. Por esta causa le fue inspirado que fundase una Orden en la Santa Iglesia, que tuviese por fin honrar el adorable Corazón de Cristo, y practicase las dos virtudes de humildad y mansedumbre, que son el fundamento de las constituciones de la Visitación.- En todos los escritos del Santo se hallan tantas señales de haberle destinado Jesús para propagar los cultos sagrados de su divino Corazón, que nadie puede dudar de esta verdad... (1). (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. XIII). |
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