| PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación) | ||
| Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880 | ||
| 1733 (Continuación) | ||
| 33. No se crea por
esto que todo era gustos, todo ternezas en Bernardo. Es,
cierto, horno de amor el Corazón deífico de Jesús,
pero está coronado de espinas: y así como no puede
menos de abrasar con sus llamas a quien se le acerca,
tampoco pueden menos de herir sus espinas y sacar sangre
del alma que estrecha contra sí aquel Corazón paciente.
¡Dulce alternativa de amar y padecer, de derretirse y
morir! ¡lucha terrible en que pone Dios a veces a sus
más escogidos siervos, y que Bernardo era necesario que
sintiese en el fondo de su alma, como fiel remedo y
celador ardiente del Corazón sagrado! Así pinta sus principios el fervoroso Hermano, y descubre las causas que le llevaron a aquel estado, a tiempo que en los ejercicios de este año meditaba sobre el cuerpo muerto y sepultado. "Díjome el Señor, escribe, "que su Corazón me debía de servir de sepulcro en que muriese y se enterrase el hombre viejo y la misma alma muerta al mundo, y que no había de vivir fuera de su corazón: Aquí, me dijo, habitarás, aquí morirás, aquí vivirás eternamente: que todo lo que no fuese su Corazón, o no mirase a él, era nada para mí; y como el muerto no tiene acción vital, así mi corazón, en cuanto muerto a todo lo que no era Dios, no había de tener acción vital de esta vida, sino de la sobrenatural que había de vivir; que como muerto a todo lo criado, no había de usar de ello ni mirarlo, sino en cuanto podía ser alimento de la vida sobrenatural, sólo en cuanto era medio para el fin: que tuviese muy presente la distinción del medio y del fin; que siendo lo temporal sólo medio, sobre todo había de volar y remontarse (mi corazón): que tocase la tierra en cuanto era necesario para pisar sobre ella; que, si asentaba del todo el pie, se mancharía: que su Corazón divino había de ser mi centro y mi elemento; que todo lo que era estar o morar fuera de él, fuese para mí como al pez estar fuera del agua, al fuego fuera de su esfera: que mi amado fuese todo mío, y yo todo de mi amado. "De este modo me explicó, y aun no doy bien a entender, aquel despego, aquel remonte, aquel vuelo sobre todo lo que no es Dios y su Corazón; lo cual veía más claramente que la luz del sol, y penetraba toda la profundidad, toda el alma y última esencia de la perfección que se me pedía; y desde luego empecé a experimentar en mí un destello de este celestial estado, poniéndome el Señor prácticamente en aquella desnudez de afectos que se me pedía, para que no lo entendiese sólo especulativamente. Sobre todo, lo que más se me imprimió fue ser el Corazón de Jesús sepulcro de mi corazón muerto a lo visible, y habitación de mi alma viva a lo que solamente es Dios y su Corazón divino; y espirando y respirando así en el amado, me formaría imagen del Corazón de Jesús; pues en esta muerte se encierra la fuga de todo lo imperfecto y el seguimiento de lo más perfecto y agradable a los divinos ojos. Pero, pareciendo al alma, continúa el valiente Bernardo, que esto sólo era formarse imagen del Corazón amante, pero no del Corazón paciente, se explicó por señas como quejándose amorosa de que el buen Jesús no la amaba; pues no la daba trabajos, penas, aflicciones y dolores, que eran las contraseñas de su amor, y los colores con que se retrata en las almas la imagen de su amor crucificado. Entonces, con una suavidad y amor indecible, vi me representaba y decía el Señor que si en eso consistía, que supiese me esperaban tantas cruces por medio de los hombres, de los demonios, de mí mismo y aun de su amante Corazón, que me darían abundante materia en que delinear en mí una viva imagen de su Corazón afligido y de mi amado crucificado. Explicóse el alma aquí en gozos; pero deseaba se acercase el cumplimiento de esta promesa; y se la respondió que la sabiduría infinita de aquel Espíritu que regía mi interior, lo regulaba según la mayor gloria divina y la mayor conveniencia del estado presente; que tuviese por cruz las pasiones y me crucificase en ellas; que no era de menos dolor esta crucifixión. En estos dos puntos de amar y padecer se cifraba toda la hermosura de la imagen de mi perfección. Pero los documentos que sin hablar se me dieron, los quilates y realces con que se había de llenar el bosquejo, fueron tantos y tales que, si no me hiciera el Señor el favor de conservarlos como esculpidos en el alma, y de dar alientos a mi flaqueza, me confundiría su multitud y desanimaría su delicadeza (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VI). Con todo, hasta este momento no habían sido sino miel y dulzuras los ejercicios, no sino amamantarse a los pechos de su amor: la misma terribilidad de los novísimos, que le hacían temblar al oír los puntos que se proponían a la comunidad, desaparecía tan pronto como entraba en la oración, sin poderse detener sus potencias en aquellas consideraciones, sino volar libres al centro de sus ansias. Sobre el fin del hombre, dice él mismo, y sobre aquellas palabras: Ego sum... principium et finís (1), abundantes todos los años en esparcir luces a mi entendimiento, entendí altísimas cosas del Corazón, principio y centro de todas las bondades: mostróseme el dichoso fin a que me había destinado el Señor, de propagar el culto del Corazón. Sobre los pecados, se me declaró lo mucho que desagradan a Dios las más mínimas imperfecciones, particularmente las que en cierto modo son contra el Corazón de Jesús, como las que son contra su amor en la Eucaristía. La consideración de la muerte, en lugar de darme temor, me alegraba y me hacía exclamar: Veni, veni, oh dulcis mors!. (1) Apoc. I,8: XXII, 13. Pero a lo último, prosigue el ya apenado joven, hablando con el P. Loyola, a lo último revolvió, como sucedió el año pasado en este ejercicio, sobre el pobre corazón toda la eficacia de la terrible memoria de la muerte, excitando unos pavorosos temores que llenaron de luto y tinieblas toda el alma. Levantáronse las dudas, las sospechas y miedos de estar engañado y de ser disparates de mi imaginación todas estas cosas; y mirábame en la hora de la muerte acosado de esta turbación y aprehensión de haber estado en desgracia de mi Dios por fingir revelaciones y vender como palabras divinas las soberbias de mi vanidad; pues toda esta serie de cosas se me representaban como artificio de mi soberbio espíritu. No puedo explicar a V. R. el martirio que estos temores, avivados con las más aparentes reflexiones, causaron en este pobre corazón, despedazándome las entrañas de sentimiento y dolor. Ya otras veces he hablado sobre estos temores, y acaso después volveré a hablar; y así sólo añado que esta tormenta se serenó presto con los influjos del divino Corazón de Jesús (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. VI). Serenóse, sí, por el momento, pero para caer luego más de lleno sobre el alma de Bernardo: En la consideración del juicio universal, continúa él mismo, se removieron los temores de ir todo perdido, de ser todo una ilusión, de fingir de mi cabeza estas cosas, de estar en desgracia de Dios, de haberse de llenar mi rostro de confusión, cuando en el juicio, delante de todo el mundo, descubriese Dios mis enredos, engaños y ficciones. Aquí se encresparon las olas de la tempestad, que ya levantaban el alma hasta el cielo. Cuando quería quietarme con la consideración de los buenos deseos de amar a mi Dios, de los efectos en mi alma y en las de otros, ya la estrellaban y sepultaban en lo más profundo del abismo, escuchando de la boca de mi amor Jesús: Discedite a me qui operamini iniquitatem: nescio vos (1). Toda la tormenta se escondía en lo interior, sin mostrarse en lo exterior, tanto más formidable cuanto más en el corazón. (1) Cfr. Matth. VII, 23 - Luc. XIII, 27. Yo, amado Padre, quisiera poner delante de los ojos a V. R. todo lo que aquí pasó en mi espíritu, todos los pensamientos, todas las razones, todos los discursos y reflexiones con que mi pobre alma se sentía traspasar de parte a parte como con saetas emponzoñadas, que la causaban congojas de muerte. Porque verdaderamente se me representaba tan claro que todo era fingimiento, que casi me hallaba reducido a una desesperación total, mirando imposible el arrepentimiento: porque, si me resolvía a confesarlo o a escribirle todo a V. R., parecíame que, persuadiéndose de que estos eran temores de probación y no estímulos de mi conciencia herida, no podía hallar en V. R. la penitencia; pues quedaba arraigado el principio de mis maldades. "Cuando procuraba consolarme con que yo todo lo había remitido a la obediencia, no ocultando la menor cosa; con que yo de todo corazón deseaba ser bueno; con que esta serie admirable y trabazón de sucesos, este cumplirse muchas cosas que antes había yo asegurado, este comunicar con siervos de Dios como la M. Concepción, el P. N., etc., este sentir ellos de mi espíritu que es de Dios, este anhelar mi corazón por la gloria del de Jesús, esta seguridad cuando acabo de recibir algún favor, que es tan grande que, si me hicieran pedazos, no pudiera dudar, este no atreverme yo a afirmar que no había en mí favores de Dios, estas mudanzas tan repentinas de un desamparo y sequedad horrorosa a un colmo de dulzuras y suavidades, este no poder yo hallar los consuelos cuando los busco, sino cuando me los dan; y en fin, que Dios no había de permitir viviese yo engañado, ni que VV. RR. se engañasen y cegasen tan del todo: cuando con todo esto procuraba consolarme a fuerza de la razón, pues otras fuerzas no alcanzan, por una parte creía que esto era de Dios, y por otra no podía sosegarme por la actividad del temor; con que sacaba por consecuencia, que mi espíritu era una quimera, compuesta de bueno y malo, un monstruo de contradicciones, y remataba en que en mí había una máquina espantosa de malicia, con que quería engañar a mi conciencia y aun al mismo Dios: y así me parecía que ni el bandolero más desalmado, ni el mismo demonio se podía comparar conmigo en la multitud de pecados y en la malignidad de mis procederes e intenciones; y así estaba como asombrado de que no se abriese la tierra y me tragase el infierno, y me admiraba como Dios no me precipitaba en los abismos, mirándome como objeto de su indignación justísima. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. IIl, c. VI). Parece inconcebible lo que el pobre Bernardo padeció en aquel potro de tormentos espirituales, infinitamente más horrorosos que cuantos pudo inventar la rabia de los tiranos. Pero estando, prosigue él mismo, en este mar de desconsuelos, de penas y confusiones, en un momento calmaron los vientos y quedó todo sereno, diciéndome el Señor: ¿Qué tienes que temer? Aunque todo fuera ilusión, ¿qué importa, si no pones tu corazón en estas cosas, y te sirven para amarme más? Aquí el alma, como sobresaltada todavía, dijo: Señor, si yo las finjo, ¿cómo no pondré el corazón en estas cosas? ¿Cómo os amaré cuando os ofendo? ¿Qué importa que por una parte parezca os sirvo, si por otra os irrito? Replicó el Señor, preguntándome: ¿Te atreverías a decir que no pasan por ti esos favores? ¿Te atreverías a decir que quieres fingirlos? Entonces quedé totalmente sereno, viendo que ni uno ni otro pudiera afirmar. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. IlI, c. VI). Pero esta misma seguridad le fue causa luego de otra nueva tormenta. Presentóle el Señor con tal viveza la certidumbre de las mercedes recibidas del cielo, y el disgusto que le causan las más leves imperfecciones, de las que se creía plagado el inocentísimo Bernardo, que convencido de que los favores recibidos eran de Dios, añade, cotejándolos con esta mi ingratitud y mala correspondencia, se formó otra línea de temores, creyendo no había infierno bastante a mi infidelidad, y que la Providencia me había favorecido tanto para ponerme por ejemplo de la mayor ingratitud, dejándome precipitar hasta un abismo de maldad, creyendo de mí el dicho: Elevans allisisti me (2). En tanta confusión acudí por consejo a mi dulcísimo director San Francisco de Sales, que amoroso me respondió que amase esa misma miseria que en mí veía, pues me hacía conocer mi flaqueza; y que hiciese de ella escalón para entrar y subir al Corazón de Jesús, en el cual hallaría la paz. (3) (2) Ps. CI,
11.- Cfr. Iob. XXX, 22. Allí la halló en efecto y duradera, por medio de un favor que se siguió a las angustias y bascas de muerte pasadas. El favor que se siguió fue éste, dice el mismo Bernardo: teniendo a mi divino Jesús Sacramentado en el pecho, se empezaron a recoger los sentidos y potencias, y luego vi a los ángeles y santos mis devotos todos juntos, aunque con más distinción reparé en nuestro santo director y en su hija la V. M. Margarita de Alacoque, cuyo corazón encendido todo en el amor del de Jesús me pareció tenía uno como distintivo, divisa o blasón por su ardentísimo amor al Corazón de Jesús, que le hermoseaba sobre .manera. También asistía nuestra dulcísima madre María Santísima y su santísimo hijo Jesús, con quien renovó mi alma el desposorio y la entrega y oferta de mi corazón. A este tiempo se me mostró el sagrado Corazón de Jesús hecho un incendio de fuego, arrojando llamas y despidiendo por la herida un volcán de amor convertido en rayos clarísimos de luz. Quedó absorta mi alma, y mucho más cuando la convidó el buen Jesús a entrar dentro de su Corazón: pues atemorizada de su bajeza y de aquella infinita grandeza e inmensa copia de llamas, se encogía y sumergía en su nada. Pero, sin saber cómo, se halló dentro de aquel divino Corazón por un modo tan sobrenatural, imperceptible y soberano, que no hay pensar explicarlo con lo grosero de las expresiones de nuestra lengua. Aquí cesó la visión de todos los santos que acompañaban al dulcísimo Jesús, y se quedó el alma sola con su amado y hospedada en su corazón. Yo, amado Padre, bien quisiera dar a entender a V. R. una sombra siquiera de lo que aquí dentro de este cielo animado de la divinidad sentí, vi, oí, palpé, gusté: sed non licet homini loqui (1). Sólo la memoria me confunde y anega en un piélago de dulzura y confusión juntamente. Inmediatamente que entró el alma en aquel sacrosanto Corazón, se sintió penetrada hasta las más íntimas medulas, de aquel seráfico fuego en que ardía el divino Corazón, al modo que, si un hombre entrase en un horno encendido, al punto sería consumido de la voracidad del fuego. Lo ardiente y activo del que prendió en mi alma, con tal fuerza que se consumía y abrasaba lo íntimo de mi espíritu, hizo el efecto que el fuego material: esto es, consumió y deshizo entre sus ardores todas las frialdades, todas las tibiezas, todas las otras mezclas de cosas hasta dejar puramente alma y no más; como el crisol separa y consume toda escoria o metal, dejando oro y no más. Aquí me pareció se desnudaba el alma del hombre viejo, y quedaba como una materia prima para recibir las impresiones del divino Corazón. (1) Cfr. lI ad Cor. XII, 4. Dentro de éste tesoro escondido vi por una alta visión intelectual las riquezas infinitas que el Padre Eterno depositó en este sagrario de la divinidad, y oí mil maravillosos secretos que se me declararon de la inundación con que, para decirlo así, sin poder ya contenerse, quería salir de madre el incendio de este soberano Corazón, para anegar en fuego de amor los helados corazones de los hombres. ¡Oh, Padre mío, cómo explicaría yo a V. R. las excelencias, prerrogativas y grandezas que conocí de este soberano Corazón? ¿Cómo insinuaría yo los sentimientos de este Corazón sagrado, al ver despreciado su amor? Nescio loquí, nescio loqui (1). (1) Cfr. Ierem. I, 6. Después de habérseme manifestado los consejos de la divina providencia en mostrar a la Iglesia esta mina escondida para desagraviar su amor con los hombres, en lo que toca a lo general de esta dignación, se me descubrieron en particular los decretos de Dios, en particular de usar de este indigno, ingrato y fementido corazón mío en la extensión del culto del divino Corazón, para mostrar más su sabiduría y poder cuanto más indigno y desproporcionado y contentible es el instrumento. Y aquí entendí también cómo el Corazón mismo había elegido a VV. RR. como a mis Padres espirituales para suplir mi incapacidad e ineptitud; y no sin imponderable complacencia de mi alma veía en el mismo sagrado Corazón, cómo influía e influirá en adelante en los de VV. RR., incitándolos a la ejecución de ésta su determinada voluntad, y agradeciéndolo con la efusión de sus dones en VV. RR., que miraba esparcirse desde aquel centro del fuego divino a los corazones de mis amados Padres, en forma de rayos de luces y llamas que se comunicaban en amorosos y benignos influjos. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. V). Y, si el divino Corazón mostró a Bernardo que le había escogido para dilatar sus cultos por ser instrumento inhábil, despreciable y contentible: ¿qué debiera yo decir de mí?", exclama a continuación el piadoso y humilde P. Loyola. Estas fueron las penas, estos los consuelos que repartían las horas de oración retirada de nuestro dichoso Bernardo, horas unas atroces, otras dulcísimas, pero que fuera de ella corrían siempre con envidiable felicidad. Fuera de la oración, concluye él mismo, en todos los ejercicios o espirituales o corporales ha andado el alma endiosada o, para explicarme mejor, encorazonada en el Corazón dulcísimo de mi amor Jesús : siempre le hallaba conmigo o me hallaba a mí en él: ni andar, ni hablar, ni comer, ni escribir, ni leer, ni menearme, ni casi respirar puedo sin tener en mi alma aquel dulcísimo Corazón, objeto de mis afectos, centro de mi amor, blanco de mis deseos, término de mis esperanzas, campo de mis delicias, motivo de mis complacencias, incentivo de mis gozos, vida de mi alma, alma de mi vida, alma de mi corazón, y corazón de mi vida y alma. En este Corazón habito, en este Corazón vivo, en este Corazón amabilísimo muero de amor. (2). (2) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VI). Grandes fueron las inteligencias, provechosas las doctrinas que entre tantas penas y consuelos recibió el joven Bernardo en este santo tiempo de los ejercicios. Para que se grabaran hondamente en su pecho, apareciósele al fin de ellos su director San Francisco de Sales, que se las redujo a estos tres preciosos documentos que nos ha conservado el mismo Bernardo. El primero, dice, consistía en proceder confiadamente en medio de mis temores, mientras caminase simplemente: el segundo, en no ser remiso, cuanto pudiese hacer, para promover el culto divino del Corazón de Jesús, no dejando de proponer a VV. RR. cuanto juzgase conducente: el tercero, en mirar mi alma como sepultada en el suavísimo sepulcro del Corazón de Jesús. En éste último documento se me cifra toda la perfección, la muerte del amor propio y pasiones, la vida soberana de mis acciones, la libertad del espíritu, la indiferencia en las manos de la providencia aun en la más mínima cosa, próspera o adversa. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. VI). Admirables fueron en adelante los frutos que sacó de estos documentos nuestro Bernardo, no sólo para su bien propio, sino también para el de cuantos dirigía con sus espirituales avisos. Pongamos para prueba de ello siquiera un ejemplo de los que trae el P. Loyola, el de una señora ilustre de su tiempo y dirigida suya, ansiosa de adelantarse en el camino de la perfección, pero a quien cerraba el Señor algunas veces el paso con espesas tinieblas, desamparos, angustias, dolores y toda especie de trabajos de que acostumbra él componer la cruz de las almas fuertes. No es esta señora de aquellos espíritus de su sexo, dice el P. Loyola, que se rinden fácilmente a las dificultades. Ha sufrido y, gracias a Dios, sufre con varonil espíritu, favorecida de la divina gracia, todas las penas e interiores trabajos en que el Señor la prueba: persevera, y espero en Dios ha de perseverar como desea, en el camino en que el Señor la ha puesto, hasta el último aliento de su vida. Por el Octubre de 1733 se halló tan afligida, que se determinó a escribir una carta al P. Hoyos a quien conocía por noticias, pidiéndole sus santas oraciones para que el Señor la fortaleciese en sus trabajos. Lo que entonces sucedió a esta alma y sucede hoy con la respuesta del P. Hoyos, refiere la señora de esta suerte: -Consolándome en los desamparas interiores me dice muchas cosas: pero entre otras me ofrece una casa de refugio. Y es cierto que, si yo me fuese siempre a ella, hallaría cuanto deseara para bien mío, como lo encuentro cuando no soy descuidada. A más de esto (me decía el Padre), yo mostraré a V. una torre de refugio, un castillo y alcázar fuerte en que acogida la pobrecita alma, resistirá valientemente a todo ese tropel de opresiones y ataques del enemigo: y es el soberano y dulcísimo Corazón de Jesús. Siempre deseo y pido a V. habite en este santuario de la divinidad, metiéndose por la herida del costado hasta cerrarse dentro del Corazón, porque siempre se hallará bien en esta morada, y saldrá rica de virtudes de las que están preparadas en el tesoro escondido del Corazón de Jesús para las almas que le buscan: pero en especial en tiempo de combate, ya de las pasiones, ya de los demonios, ya de los hombres, ya de otro cualquiera contrario, encontrará V. en el Corazón dulcísimo de Jesús muro con que defenderse dejando burlado al enemigo, y armas con que alcanzar victoria. Esta lección, Padre mío, si yo la hubiera practicado como el Padre me lo decía, bien seguro estaría más aprovechada: pues no dudo le manifestó el Señor que por este medio quería su amor socorrerme; y puedo decir con verdad que jamás que he practicado este consejo, he dejado de hallar lo que buscaba; sucediéndome muchas veces en lo más ofuscado de mis tormentos acudir a mi refugio señalado por este ángel, y sentirme luego con fortaleza especial; hallarme enredada con mis pasiones que me arrastran y acudir por remedio, y luego me hallo fuerte para vencerlas, conociendo me viene de aquella fuente la fortaleza.- "Hasta aquí, añade el P. Loyola, las palabras del escrito de esta señora, que he copiado gustoso por enseñarnos el P. Bernardo con la doctrina que le dio, lo que todos debemos practicar para consuelo, alivio y fortaleza de nuestros trabajos. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. IV, cap. XVII). Sospechamos que esta señora es la M. Ana María de la Concepción, algunos de cuyos combates describe a la larga el P. Mucientes, (l. c., págs. 109-112, 119-136). |
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