| PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación) | ||
| Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880 | ||
| 1733 | ||
| Estamos a principios
de Mayo del año del Señor de 1733, cuando pasado por
Agosto de 1730 al Colegio y tercera probación de San
Ignacio, y luego el 16 también de Agosto de 1731 a
Bilbao nuestro P. Agustín, vivía en el Colegio de San
Ambrosio de Valladolid el H. Bernardo Francisco de Hoyos,
de quien hemos hablado varias veces en nuestra relación. Nació este dichoso Hermano en Torrelobatón, de la diócesis de Palencia, el 21 de Agosto de 1711; y entrado en la Compañía de Jesús el 11 de Julio de 1726 en el Noviciado de Villagarcía de Campos, continuaba por este tiempo sus estudios teológicos con singular fama de joven de talento, y mayor adorno de virtudes y favores celestiales. Su amor a Dios era verdaderamente seráfico, haciéndole desfallecer no pocas veces; su obediencia, ciega; su humildad, profunda; su paciencia, invicta; su penitencia, sobre las débiles fuerzas de su inocente cuerpo; su candor y pureza, más de ángel que de hombre; su oración, elevadísima hasta la contemplación más sublime; sus ansias de padecer, ardientes; y grandes sus padecimientos en desamparos, tentaciones y malos tratamientos de los infernales espíritus, con un prolongado martirio en los mismos favores del cielo que recibía, sobre todo en los sagrados y vivísimos ímpetus de amor a su Jesús afligido toda su vida y ahora mal correspondido de los hombres: en una palabra, la vida del H. Bernardo era ya uno de aquellos prodigios que la divina gracia envía de cuando en cuando al mundo, para alumbrarle y encenderle en llamas de su amor purísimo (1). (1) Véase el P. Loyola, El C. S. de Jesús... (c. II), y el libro de El S. C. de Jesús, ya cit. (págs. 44-51). 14. Conocido así algún tanto el buen Hermano, oigamos de su boca lo que le sucedió el 3 de Mayo de 1733 a la tarde, el 4 por la mañana y los días siguientes. El P. N. en carta que recibí el miércoles pasado (29 de Abril), escribe el H. Bernardo a su director, me pedía le trasladase la institución de la fiesta del Corpus, y la revelación y dificultades que para ello hubo, como lo refiere el P. Gallifet en el tomo de Cultu Cordis Dei Iesu: para lo que saqué de la librería este tomo el domingo (3 de Mayo). Yo, que no había oído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús, y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado a ofrecerme a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto. No pude echar de mí este pensamiento hasta que, adorando la mañana siguiente (4 de Mayo) al Señor en la hostia consagrada, me dijo clara y distintamente, que quería por mi medio extender el culto de su Corazón sacrosanto, para comunicar a muchos sus dones por su Corazón adorado y reverenciado: y entendí que había sido disposición suya especial que mi Hermano, el P. N., me hubiese hecho el encargo, para arrojar con esta ocasión en mi corazón estas inteligencias. Yo, envuelto en confusión, renové la oferta del día antes, aunque quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento, y no ver medio para ello. Este efecto fue de la naturaleza; de la gracia fue sola la confusión y resignación. Todo el día anduve con notables afectos al Corazón de Jesús: y ayer (5 de Mayo), estando en oración, me hizo el Señor un favor muy semejante al que hizo a la primera fundadora de este culto, que fue una hija de nuestro santo director, la V. M. Margarita Alacoque, y le trae el mismo autor, (en su Vida, al núm. 32). Mostróme su divino Corazón todo abrasado en amor y condolido de lo poco que se le estima. Repitióme la elección que había hecho de este indigno siervo suyo para adelantar su culto, y sosegó aquel generilIo de turbación que dije, dándome a entender que yo dejase obrar a su providencia, que ella me guiaría: que todo lo tratase con V. R.: que sería de singular agrado suyo que esta Provincia de su Compañía (de Castilla) tuviese el oficio y celebrase la fiesta de su Corazón, como se celebra en tan innumerables partes. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. 1). El P. N., de quien en estos favores habla Bernardo, es su muy amado Hermano, el P. Agustín, ardiente devoto ya del Corazón deífico, regalado con sus frecuentes e indecibles visitas, y ocupado aquellos días en componer un sermón, donde se publicaran por primera vez en España sus excelencias y misericordias. A este fin había pedido a su querido Bernardo el traslado de la revelación y dificultades para la fiesta del Corpus; y no sin luz del cielo, atento a las piadosas intenciones y ulteriores miras del joven predicador, le remitía a la misma obra y el mismo ejemplar del P. GaIlifet, con cuya lectura se había entusiasmado él mismo años atrás en Valladolid, y encendídose en ansias vivas de la devoción y culto del Corazón de su amor Jesús. Por eso, con gloriosa, aunque humilde satisfacción, escribía después al P. Loyola. Tengo que prevenir una cosa a V. R. acerca de la noticia que este P. (entonces H. Hoyos) tuvo de la devoción del Corazón de Jesús: que sin duda no fue casual el encuentro del libro del P. Gallifet, sino muy de estudio, y por encargo mío, con ocasión de querer yo predicar algo, como lo hice por sus noticias, en el sermón que me echó aquel año la noble villa de Bilbao, el sermón único que tiene del Sacramento en su octava. (1) (1) 19 de Agosto de 1737. Alude aquí a lo que había dicho el P. Loyola, hablando de Bernardo, que a 3 de Mayo del año de 1733 divertía la tarde su devoción estudiosa en leer algunos libros piadosos. Abrió y leyó con felicísima casualidad pocos renglones en el libro latino de Cultu Cordis lesu... (El C. S. de Jesús.., c. II). A lo que parece, el P. Loyola había interpretado con demasiado rigor las quejas de su buen hijo Agustín en la cuestión del P. Manuel de Prado. Así lo entendió, como hemos visto, su fervoroso compañero: dióse prisa a enviarle el traslado que deseaba, y de paso quejósele en sentidas frases de que hubiera tardado tanto en descubrirle y darle parte de un hallazgo tan precioso. Grande fue la alegría de nuestro Agustín al ver que empezaban a lograrse sus intentos, y puestos en vía de cumplirse de lleno sus planes hasta entonces casi ocultos, si bien no tanto ni de forma que hubiera de atreverse a ser el primero en descubrir desde el púlpito, sin disponer antes los ánimos, una cosa tan nueva para nuestra patria, siempre hostil a todo viso de novedad religiosa. Pero, respondiendo a las quejas de Bernardo: Descuido o cortedad de mi genio ha sido, le contesta Agustín, el no haberle comunicado antes de ahora este tesoro y mina riquísima del Corazón divinísimo de nuestro amor Jesús: aunque habrá observado en el estilo de las mías, que repetidas veces hablaba de él. Yo desde mi primer año de teología he celebrado según mi tibieza esta dulcísima festividad al otro día de la octava (del Corpus); y desde que me ordené, he procurado todos los viernes hacer especial mención mentalmente en el santo sacrificio de la misa en honor de este misterio soberano. ¡Ojalá hubiera modo de extender este culto! Ya tengo apuntado en mi sermón de la octava, hablando de la institución solemne del Corpus, citando al P. (Gallifet) en ese tomo, cómo escribió sobre el culto y nueva festividad del divino Corazón, que es mañana en muchos reinos, aunque acá en España no la logramos aún, etc. Lo que aquí ha adelantado este año ha sido la devoción del felicísimo San José, padre putativo de nuestro dulcísimo amor Jesús, a quien encomendaré muy de veras promueva el culto de su divino Corazón, y abra algún camino por los medios que mi Hermano apunta. (1) (1) 25 de Mayo de 1733. 15. Estos medios del H. Bernardo parecen ser aquellas ideas para propagar este sagrado culto, superiores a sus años, a su estado y a las circunstancias de su vida de Hermano estudiante tan oculto a los ojos del mundo, de que nos habla el P. Loyola. Dos fueron, continúa el mismo, las primeras ideas que le inspiró su celo, animado y sagradamente agitado de superior espíritu. La primera, que este culto y devoción al sagrado Corazón de Jesús se comunicase a nuestra Provincia de la Compañía de Jesús, de Castilla, y de aquí se derivase a las demás Provincias de España. Desde luego pensó este inflamado e inspirado joven que se solicitase para nuestra Provincia el oficio y misa del sagrado Corazón, pues se rezaba del Corazón divino en tantos reinos de la cristiandad. Efectivamente, se empezó a solicitar esta gracia: pero aún no ha llegado (el 1735) la hora de este favor que el Corazón de Jesús ha de hacer al mundo. La segunda idea de Bernardo era que, cuanto fuese posible, se promoviese este santísimo culto y devoción en algunas personas particulares. Empezó a hacer prueba de esta amabílisima devoción en sí mismo, como después veremos. Yo no salgo del sagrado Corazón, decía este devotísimo joven; allí me encontrará V. R.: quiere este divino dueño que yo sea discípulo del Corazón sagrado de Jesús, y discípulo amado: así me lo ha dicho, como a su sierva la V. Margarita, fuente de esta devoción. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. 1). 16. Luego conoceremos el resultado de estas ideas y medios propuestos por el fervoroso Bernardo: ahora no podemos menos de copiar íntegros dos trozos suyos, llenos de soberana doctrina para el decidido joven, y de grandísimo consuelo para nuestra España. El domingo pasado (10 de Mayo), inmediato a la fiesta (de la Aparición) de nuestro San Miguel, dice en el primero, después de comulgar, sentí a mi lado a este santo arcángel, que me dijo, cómo el extender el culto del Corazón de Jesús por toda España, y más universalmente por toda la Iglesia, aunque llegará día en que esto suceda, ha de tener gravísimas dificultades; pero que se vencerán: que él, como príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa: que en lo que el Señor quiere se extienda por nuestro medio, también ocurrirán dificultades; pero que experimentaremos su asistencia. Después de esto quedé un poco recogido, cuando por una admirable visión imaginaria se me mostró aquel divino Corazón de Jesús, todo arrojando llamas de amor, de suerte que parecía un incendio de fuego abrasador, de otra especie que este material. Agradecióme el aliento con que le ofrecí hasta la última gota de mi sangre en gloria de su Corazón: y para que yo experimentase cuán de su agrado es esta oferta, por lo mucho que se complacía en los deseos solos que yo tenía de extenderla por el mundo, cerró y cubrió mi miserable corazón dentro del suyo, donde por visión intelectual admirable vi los tesoros y riquezas del Padre depositadas en aquel sagrario; el deseo y como ímpetu que padecía su Corazón por comunicarlas a los hombres; el agrado en que aprecien aquel Corazón, conducto soberano de las aguas de la vida: con otras inteligencias maravillosas, en que por modo más especial entendí lo que San Miguel me había dicho. Pues las dulzuras, los gozos, suavidades y celestiales delicias que allí inundaron mi pobre corazón sumergido en aquel Corazón divino, océano de fuego de amor, sólo el mismo Jesús las sabe, que yo no. Quedó mi corazón como quien ha entrado en un baño o lejía fuerte, que deja consumida en sus aguas toda la escoria de que antes se miraba cubierto. Desde este punto andado absorto y anegado en este divino Corazón: al comer, al dormir, al hablar, al estudiar y en todas partes no parece palpa mi alma otra cosa que el Corazón de su amado; y cuando estoy delante del Señor Sacramentado, aquí es donde se desatan los raudales de sus dulcísimos favores: y, como este culto mira al Corazón Sacramentado como a su objeto, aquí logra de lleno sus ansias amorosas. (1) (1) P. Loyola, ibid. (l. III, c. 1). En el segundo trozo cuenta el dichoso amante uno de los más gustosos regalos que le hizo el Señor, el día de su admirable Ascensión a los cielos (14 de Mayo). Después de comulgar, dice, tuve la misma visión referida del Corazón, aunque con la circunstancia de verle rodeado con la corona de espinas y una cruz en la extremidad de arriba, ni más ni menos que le pinta el P. Gallifet. También vi la herida, por la cual parece se asomaban los espíritus más puros de aquella sangre que redimió al mundo. "Convidaba el divino amor Jesús a mi corazón se metiese en el suyo por aquella herida: que aquél sería mi palacio, mi castillo, y muro en todo lance. Y, como el mío aceptase, le dijo el Señor: ¿No ves que está rodeado de espinas, y te punzarán?: que todo fue irritar más al amor que, introduciéndose en lo íntimo, experimentó eran rosas las espinas. Reparé que, además de la herida grande, había otras tres menores en el Corazón de Jesús: y preguntándome si sabía quién se las había hecho, me trajo a la memoria aquel favor con que nuestro amor le hirió con tres saetas. "Recogida toda el alma en este camarín celestial, decía: Haec requies mea in seculum seculi: hic habitabo, quoniam elegi eam (1). Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí sólo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos: y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aun memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes. (2) (1) Ps. CXXXI, 14. Ni aun memoria dice el santo Hermano que parece había entonces en España de la devoción al Corazón sagrado. Ciertamente que apenas era conocida en la forma revelada en Paray-le-Monial, y esto como culto público en las iglesias de España, garantizado por las autoridades diocesanas (1), pero reinaba con todo en los corazones de algunos privilegiados: no había derramado todavía sus gracias con la abundancia que en otros reinos, pero conservábamos ya prendas seguras de su predilección por los nuevos apóstoles. Anteriores a esta época son, si no todas, la mayor parte de las visiones que cuenta el P. Agustín a su director espiritual en la carta siguiente, y sirven de explicación y complemento a cuanto llevamos apuntado de sus favores del cielo. Dice así: (1) El Mensaj., (t. XVII, pág. 292, not. 1ª). Véase nuestra Introducción (págs. VII-XVIII) y lo dicho sobre el P. Agustín (págs. 2, 3). EI mismo P. Loyola, después de haber copiado la singular, caritativa y piadosa práctica con el sagrado Corazón de Jesús de la estática, venerable y penitentísima virgen Sor María Angela Astorch, fechada en Zaragoza el 6.de Agosto de 1640, añade estas palabras textuales: En ella nos enseña muchas y fructuosas devociones al Corazón sacratísimo descubierto a esta prodigiosa virgen española muchos años antes que a la V. Margarita de Alacoque. Verdad es que a esta escogió su divino esposo para que procurase los cultos públicos de su Corazón a toda la santa Iglesia; a aquella para que los procurase privadamente a su caritativa Congregación o Monte de piedad del Corazón de Jesús, y principalmente a todas sus hijas, las MM. Capuchinas.... El S. C. de Jesús..., (págs. 143,144). 17. "Padre mío amantísimo en el Corazón adorable de nuestro amor Jesús: En su última me ordenaba V. R. que con esta ocasión apuntase, del modo que pudiese, los favores del Corazón divino de nuestro amor Jesús, y en qué forma se me comunicaba o representaba. Viendo que estos quince días no ocurre cosa particular, fuera de las insinuadas, que pueden servir de norma para la inteligencia de otras semejantes, me he determinado a obedecer en V. R. a mi dulcísimo amor Jesús, en describir, si pudiere, las varias formas en que S. Majestad me ha mostrado su santísimo Corazón. Pero entro con gran temor de no acertar a decir cosa buena: S. Majestad por su Corazón amante se digne de comunicarme especial gracia y luz para ejecutar fielmente lo que me manda; la cual gracia se la pido puesto de rodillas antes de escribir. Ha muchos años que he tenido y tengo estas visiones o vistas claras y favores especiales del Corazón divino de nuestro amor Jesús. En estas visiones, que siempre han sido imaginarias o, estos últimos años, intelectuales, unas veces se me ha representado en su Sacramento de amor, unas veces en forma de un niño a la verdad divino y divinamente agraciado, en cuyo bellísimo rostro, cual le pintaba en uno de los últimos papeles de la cuenta pasada, reluce, como decía San Jerónimo de cuando vivía S. Majestad entre los mortales (1), la divinidad que se oculta a la fragilidad de una vista interior, pero se manifiesta con modo inefable y de suficiente modo por aquellos sus agraciados ojos, que son la hermosura, alegría y regocijo de los cielos y sus moradores, y más hermosos que mil soles, que roban y arrebatan, como ya dije, el alma como sin libertad. (1) Comment. in Math., (IX, 9: XXI, 15). Epist. ad Princ. LXV (num. 8). "Estando así mi alma dulcemente embelesada y encantada con su vista, muchas veces me ha dicho S. Majestad, regalando y recreando a mi alma: Mira, Agustín, mi amor; mira cuánto yo te amo: y al mismo tiempo, como quien descubre un secreto oculto en el pecho y quiere manifestar un tesoro escondido, como abriendo con sus sagradas manos su divino pecho, me ha mostrado su deífico Corazón, con cuya vista, que no siempre ha sido de un modo, suele quedar mi alma sumida y anegada en aquel océano divino, con la especie de admiración tan elevada. "Las formas en que se me ha representado, han sido: unas veces, la vista de un corazón proporcionado a su sagrado cuerpo en la estatura en que le estoy viendo; pero al descubrírmele, me daba un conocimiento altísimo y luz para entender cómo aquel Corazón era trono singularmente propio y como asiento consagrado de toda su divinidad: varias veces le he visto echar, como propiamente un volcán divino, llamaradas de sagrado fuego que subían y se extendían por todo, como a impulsos o movimiento de un corazón de una persona viviente que naturalmente respira. Otras veces ha sido mostrándome su santísimo Corazón, todo lleno de congojas y angustias mortales, como cercado, metido y anegado en un mar de penas y amarguras, diciéndome al mismo tiempo de presente las estrechuras y agonías en que en otro tiempo se vio S. Majestad, y penetrando mi alma con aquel quomodo coarctor (1), y significándome las sentidísimas quejas que tiene ocultas en su alma contra las continuas ingratitudes del mundo, y más de las almas que tan de cerca, tan frecuente y tan familiarmente le tratan cada día; diciéndome que éstas son las deslealtades más feas, que más en rostro le dan, y las que más cruel y desapiadadamente martirizan su amoroso divino Corazón. No es fácil decir todo el sentido y significación de aquellas palabras y quejas: ¡Quomodo coarctor! También está S. Majestad mal satisfecho y muy quejoso de muchas almas religiosas, y de no pocos de los nuestros, por una especie de indiferencia, inacción y tibieza en orden a dar este modo de alivio y gusto a su santísimo Corazón, procurando de todos modos, siendo los medios de nuestro santo instituto tan conformes a sus divinos designios, para que su amor sea conocido y, del modo posible a nuestra fragilidad, agradecido. (1) Luc. XII, 50. Otras veces más manifiestamente me ha mostrado estas ansias amorosas, mostrándome su divino Corazón como consumido y exhausto con la sed ardentísima correspondiente a su amor, y con unas ansias que le oprimen de muerte por comunicarse más y más a nuestros corazones: y de esta sed que no se puede saciar sino con el reconocimiento agradecido y amor posible de los nuestros, y de ver la sequedad y dureza insensible más que de piedras de parte de los hombres, le resultan aquellas penas y congojas que forman un mar amargo y triste de sus crueles tormentos. Da voces su Corazón afligidísimo, como que gime entre los deseos, amor y dolor; pero no son oídas estas voces, gemidos y suspiros, de los oídos encantados de los mundanos. Pero, ni por eso se entibia su amor un punto, antes parece que crece más, o a lo menos más se muestra hacia fuera. Otras veces he experimentado otro favor semejante: porque, abriéndome aquel tesoro y relicario de la divinidad, me le ha mostrado como un golfo dilatadísimo y sin término, o como un remedo de la gloria, dándome a conocer que aquel Corazón divino es el centro de todas nuestras delicias y el trono del descanso de los nuestros. Varias veces, al descubrir o correr con sus divinas manos aquella cortina de su Sancta sanctorum, me ha dicho este mi dulcísimo amor Jesús: Ea, Agustín, entra, entra en este mi corazón y descansa en él: aquí tendrás el verdadero y sólido descanso y gozo, que nadie te le quitará, si tú por tus ingratitudes no lo pierdes. Al oír estas y otras expresiones de aquellos melifluos labios de la santidad y hermosura por esencia, es maravilloso el efecto que causan en mi alma: paréceme que resuena de aquel Corazón sacrosanto al mío aquel euge..., intra in gaudium Domini tui (1). En aquel punto se introduce mi pobre y miserable alma en aquel piélago inmenso de delicias divinas, y luego se inunda, confunde o desaparece de suerte que ya no la veo más. No sé si alguna vez he explicado esto: pero sucede al modo que acá, si se echase una gota de agua o de cera en el mar o en un incendio grande, que al mismo tiempo se confundiría, se desharía, ni se podría distinguir o echar de ver, si tal gota o cera había; así sucede en su proporción en lo que digo que se pierde el alma. Mas, ¡ay Jesús amorosísimo de mi vida! y ¡qué dulce pérdida es ésta, o qué grande ganancia! Yo, yo soy el ingratísimo que lo digo y confieso, que tantas veces con mis pecados y tibiezas he desmerecido favores semejantes a estos que, tan sin merecerlos, he recibido de vuestro santísimo adorable Corazón. (1) Matth., XXV, 21. Otras veces se me ha mostrado en forma de majestuosísimo Señor y Rey supremo de la gloria al modo que, cuando humanado por nuestro amor, andaba acá en la tierra: y dándome como un golpe de luz repentina y clarísima en los ojos del alma, me ha mostrado una severidad incomparable, como de quien justamente está airado y enojado contra los mortales; porque, dándonos S. Majestad tantos argumentos del amor de su Corazón divino hasta ahora en su Sacramento, aun le somos ingratos y desconocidos, y nos olvidamos fácilmente de él, y le dejamos por cualquiera cosilla del mundo que nos arrastra por los sentidos. Mucha y sobrada razón tiene S. Majestad, Padre mío, para estas quejas y para estar muy airado, según veo por la luz que S. Majestad me infunde para ver lo que pasa por el mundo. Es cosa que puede partir los corazones el ver la insensibilidad de muchos, que están como tapiados y cerrados aun a las luces que su divino Corazón quisiera comunicarles: otros muchos entre los católicos y aun entre los especialmente consagrados a su divino servicio, que están poseídos de una instabilidad e inconstancia que, si bien no cierran del todo y siempre las puertas de sus corazones a estas luces, pero fácil y prontamente se distraen y se dejan llevar de los encantos de esta vida miserable: y en fin, se reduce a muy corto el número de los fieles y agradecidos adoradores de su santísimo Corazón, que sinceramente pretendan y aspiren a satisfacer a sus obligaciones, y a pagar el amor que tan justamente se le debe a este divinísimo Corazón de nuestro amor Jesús. Me da clara noticia, y algunas veces me ha dado a entender al modo que acá, cuando un confidente comunica con otro sus secretos, que si no fuera porque el mismo amor de este su divino Corazón le ha contenido y contiene, hubiera ejecutado grandes castigos en el mundo, según el rigor de su divina justicia. Veo lo que este soberano Señor de la majestad me dice; que, aunque envía sobre los mortales algunas temporadas con especialidad algunas calamidades y miserias, efectos de su suave y amorosa providencia, pero todo esto es a fin de que los miserables que gimen debajo de su peso, abran los ojos y se conviertan a S. Majestad. Su corazón todo amoroso no le sufre castigar con mano más pesada, como merecían, a los mismos: que como amorosa madre los ama tanto, que los trae en medio de su Corazón, después que le costaron tantos dolores, penas y agonías. jOh Corazón, sobre todos nuestros afectos dignísimo de amor infinito de parte de toda criatura! ¡Quién pudiera, Señor, imprimir con caracteres indelebles para toda la eternidad en mi corazón y en los de todos los mortales, esta vista y memoria de lo mucho que os costaron los nuestros! ¡Quién pudiera fijar para siempre en ellos parte de estos dolores y penas, que vos con amor infinito sufristeis! Y ¡quién pudiera, sobre todo, hacer que reinase en todos vuestro purísimo amor, y un sagrado incendio semejante al vuestro, en que parece resplandecer y campear siempre vuestro divino amor sobre todos los otros afectos divinos! ¡Un amor, Señor, continuo y continuamente mayor, que no permitiese en nosotros instante de vida, que no se emplease sino en más y más amor de nuestro amor Jesús! Me ha hecho S. Majestad muchas veces ver con una imponderable admiración, a proporción de la nueva y clarísima noticia al mostrarme su Corazón divino, cómo reside en él el atributo de su amor, como en trono propio y como peculiar de su imperio. Y me parece que, a nuestro modo de explicar, cotejando su santidad, sabiduría, poder, majestad y justicia, aunque vista con tantos visos de severidad: me parece, Padre mío, que en este divinísimo Corazón de nuestro dulcísimo amor Jesús resplandece su amor sobre todas las otras sus divinas perfecciones, como el sol hacia nosotros sobre todos los otros astros. Esto es lo que me enseña mi amor Jesús: esto es lo que dice este amor hermoso por esencia: Yo quisiera pelear en todas mis batallas, yo quisiera triunfar en todas mis conquistas por amor: que mi amor venza, que mi amor reine, que mi amor goce en pacífica posesión los humanos corazones: no tanto quiere pelear mi amor, no tanto vencer mi amor, cuanto ganar los corazones por amor, rendirlos con amor y poseerlos en amor. Esto es, Padre mío, lo que dice nuestro amor Jesús. De donde resulta en mi alma otro altísimo conocimiento que me suele confundir infinitamente y abatirme debajo de los pies de Lucifer y de todos aquellos infelices espíritus y de los condenados, viendo que nuestro desamor y desvío es el único contrario armado que sale tan poderoso al encuentro, que impide y deshace todos los designios de un amor infinito de Dios, empeñado a costa de sus sudores, sangre y vida en amarnos y hacer por tantos argumentos patente este su amor. Ello es preciso confesar, Padre mío, lo que es terrible verdad de nuestra continua confusión: que sin duda es grande sobre toda exageración nuestra ingratitud e infidelidad; pues es capaz de hacer resistencia a todo un Dios de amor. ¡Oh corazones humanos, más duros e insensibles que todos los diamantes! ¡Oh libertad humana tan inicuamente empleada en hacer guerra a tanta costa y daño eterno, al mismo autor de la paz y del amor! ¿Cuándo se verán nuestros corazones de piedra convertidos en corazones de carne, según la promesa del Señor! ¿Cuándo se verán dóciles y flexibles a golpes de tanta ternura y amor! Yo no sé, Padre mío, cómo a la verdad nos sufre sobre la tierra, a vista de nuestra torpe ceguedad y locura. Lo que sé y estoy viendo es, que su amor está constante y fino en este santísimo Corazón, que ansiosamente desea comunicarse y darse a conocer más y más para favorecernos: esto es lo que asombra y excede toda admiración. Procure V. R., como de parte de este Señor le tengo ya dicho, estampar en los corazones de todas las personas que trata, este amor, y más y más reverencia, veneración y deseos de amar a nuestro amor Jesús; que se lo pagará a V. R. liberalísimamente sin la menor duda, según las magníficas promesas de su amor (1). (1) Este papel no lleva fecha, pero parece escrito a mediados del año de 1736. Poco conocía hasta este tiempo Bernardo, y aun entendía menos de estas singulares mercedes de su H. y P. Agustín, que se le representaban sí en sus luces e inteligencias, pero con un sagrado velo que apenas le permitía divisarlas como en confuso y por trasparencia, no sin disposición singular del cielo, obediente, si así puede decirse, a la humildad de Agustín, que por su divino Corazón se lo demandaba a su amor Jesús. Mas este velo al fin se descorrió: y conocía ya Bernardo y entendía las larguezas del Señor para con su compañero, y lo resuelto que este se hallaba a prestarle su apoyo, así como antes su idea, en la extensión del culto tan deseado del divino Corazón. También sabía que no habían de faltarle otros pechos y brazos robustos en sus hermanos de religión, que en lo posible y por todos los medios que estuvieran a su alcance, le imitaran en su santa empresa. Pero ésta al par que santa, era también costosa y difícil. Era necesario prepararla de antemano, convenir en los medios más conducentes, y tratarla despacio con Dios y sus fieles siervos: que en asuntos de este género cuanto tiempo se gasta en disponerlos en la oración y el retiro, no es desaprovecharlo, sino emplearlo directamente en su más segura consecución. 18. Varias fueron las personas con quienes, fuera del P. Agustín y sus directores espirituales, se entendió el H. Bernardo: pero sobre todo, sus extraordinarios favores, escribe el P. Loyola, le habían dado bastante noticia de una grande alma, muy favorecida de Dios, que vivía en Valladolid. Halló un santo artificio, con licencia de los Superiores, para visitar a esta persona y hablarle sobre el asunto de la devoción al sagrado Corazón de Jesús, y de las ideas que iba meditando. Era esta persona, aunque singularmente favorecida de Dios, menos oportuna que Bernardo para propagar el culto que se le proponía; porque era religiosa oculta en la clausura de una rigidísima observancia. Fue muy larga y muy santa la conferencia que tuvieron la ferviente religiosa y el joven estudiante Jesuita. Convinieron en que el negocio era muy arduo, y que pedía muchas y fervorosas oraciones al mismo sagrado Corazón de Jesús, y que se encontrarían muchas oposiciones. (1). (1) Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. 1). Por justas causas omitió el P. Loyola el nombre de esta santa religiosa, que no era otra que la M. Ana María de la Concepción, de quien hallamos ya hecha memoria en el P. Agustín, como de una de aquellas almas predestinadas y felices, por quienes con tanto gozo y consuelo rogaba a su amor Jesús (1). Llamóse en el siglo Doña María Bermúdez de Mon, y había nacido el 11 de Julio de 1667 en Outeiro, del principado de Asturias. Atraída sensiblemente a la religión, después de una vida purísima, y asegurada de que en ella "encontraría a su amado, no sólo con las llagas patentes para franquearla la entrada hasta lo más secreto de su divino Corazón, como muchas veces lo experimentó, sino también con los brazos abiertos para admitirla a participar de cerca las penas, dolores y afrentas de la cruz (2), entró religiosa de coro en el Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, recolección cisterciense, de Valladolid, el 13 de Marzo de 1694, y en él murió el 8 de Julio de 1746 en olor de santidad, y con fama de persona de altísima contemplación y gracias muy extraordinarias del cielo. (1) Supr., num. 9. Esta fue la oculta religiosa, con quien creyó deber también comunicar sus planes el H. Bernardo, contento sobre manera de que ella se los aprobase con luz sobrenatural, y más todavía de su promesa de pedir al Señor con el más ferviente empeño se sirviera de bendecirlos, sobreponerlos a todas las oposiciones, y darles por fin el deseado logro. Lo mismo hacía nuestro joven por sí mismo y por todos sus confidentes, y las personas que estos dirigían o trataban. En cuanto a las oposiciones, Bernardo las tenía previstas, y en vez de entibiar su celo, le avivaban sagradamente. El mismo sagrado Corazón de Jesús se las mostraba, y al mismo tiempo alentaba su espíritu, y le mandaba alentase en su nombre a los que empezaban a propagar su culto. Di a tu P. N. que prosiga, le dijo el Señor un día: yo cumpliré mi promesa: esta es la que hizo a la V. Margarita de derramar los influjos de su Corazón sobre los que le honraren y procuraren que otros le honren: me serán agradables sus trabajos. Después, fortaleciendo el corazón de su siervo y de los que empezaban a declararse por el culto de su sagrado Corazón, añadió Jesús: Mi Corazón será vuestra fortaleza, y servirá de castillo en que se estrellen las olas de contradicciones. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. 1). El feliz éxito de sus trabajos comprobó más adelante la verdad de estas profecías. Pero entre tanto, ¡cuántos afanes, cuántas invenciones, cuántos sacrificios, cuántas lágrimas para conseguido! ¡Cuántas mercedes del cielo que ofrecían ya en flor los frutos riquísimos de tan piadosa devoción! Todos los regalos del Señor ya no miraban sino a su logro: todas las oraciones, penitencias y obsequios de Bernardo no se enderezaban sino a su cumplimiento: Ya en nada pensaba, en nada se detenía, en nada hallaba descanso sino en el sagrado Corazón de Jesús. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. II) 19. El día de la solemnidad grande del Corpus se disponía con los favores posibles para recibir el Santísimo Sacramento, escribe su Padre espiritual: deseaba hospedar en su pecho a Jesucristo Sacramentado con aquella pureza y amor que debía. Pero asombrado de su indignidad y pequeñez no sabía qué hacerse, cuando sintió en su espíritu un afecto amoroso y muy extraordinario que le llevó al sagrado Corazón de Jesús. En este tesoro de la divinidad pareció a Bernardo que se vestía de las riquezas del Corazón de Jesús para ir a comulgar. Sentí, dice, por un modo altísimo y sacratísimo como que se vestía mi espíritu de las riquezas del Corazón de Jesús que se las prestaba para este acto; y así llegué confiado a la comunión, como que iba en hábito interior más decente, aunque prestado: y el mismo Jesús me lo certificó con admirables sentimientos en tiempo de gracias. Iluminó Jesús Sacramentado a su siervo en este precioso tiempo con soberanas noticias e inteligencias del Corazón de Jesús: y como trataba Bernardo con tan inflamado afecto de la propagación de su sagrado culto, entendió que la solemnidad del Corazón de Jesús llegaría a ser en la santa Iglesia la más célebre después de la del Corpus. Insinuóle el Señor las dificultades que se habían de oponer a este sagrado culto: aunque reinará finalmente, dice el iluminado joven. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III c. II). Desde este favor y día comenzó a prepararse para la fiesta del sagrado Corazón, que era la primera que iba él a celebrar con conocimiento de causa. Hizo una ferviente novena al Señor, y otras a sus especiales abogadas y Santas de muy particular devoción, Teresa de Jesús y María Magdalena de Pazzis, con alguna memoria, que por entonces no podía ser más, de la B. Margarita María Alacoque, como de parte tan interesada en las glorias del Corazón augusto. En estos nueve días, todo ha sido deseos de resarcir el honor de Jesús, escribe el mismo Bernardo: todo súplicas al Eterno Padre y a las demás Personas Divinas: todo clamores al cielo, para que se decrete en el consistorio de la Santísima Trinidad la pronta extensión de su culto. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. II). 20. Llegado el suspirado momento, el día siempre dulce y alegre para las almas amantes de N. Señor, el viernes inmediato a la Octava del Corpus, dedicado ya primero por el mismo Jesús, y luego también por la Iglesia a la festividad del Corazón deífico, se consagró nuestro Bernardo a este objeto de sus aspiraciones y caricias, con la preciosa fórmula del P. Claudio de la Colombière, que, aunque algo larga, nos es imposible dejar de reproducirla. Dice así en castellano: ¡Oh Corazón de mi amantísimo Jesús! ¡Corazón dignísimo de toda mi adoración y amor! Yo, Bernardo Francisco de Hoyos, inflamado en el deseo de compensar y borrar tantas y tan graves injurias cometidas contra vos, y para huir, cuanto está de mi parte, el vicio de ingrato, os entrego y consagro del todo mi corazón con todos sus afectos, y a mí mismo con todo cuanto soy enteramente. Protesto que es mi deseo puro y sincero olvidarme del todo desde esta hora y momento de mí mismo y de todas mis cosas, para que, quitados todos los impedimentos, pueda entrar en vuestro sacrosanto Corazón, que con singular misericordia me habéis abierto, y habitar en él vivo y muerto con vuestros fieles siervos. Encendido, pues, todo en vuestro amor, ofrezco gustoso a este divinísimo Corazón todo el mérito y satisfacción que puedo tener en los santos sacrificios de la misa, oraciones, obras de penitencia, humildad, obediencia y de todas las demás virtudes que ejercitare por todo el tiempo de mi vida hasta el último aliento de ella. No sólo quiero hacer todo esto en alabanza y honra del Corazón de Jesús, sino que también le pido humilde e instantemente no se dedigne de admitir esta perfecta donación de todas mis cosas que hago a este santísimo Corazón, de suerte que pueda disponer de todas ellas a su arbitrio, aplicándolas a quien fuere servido, o destinándolas al fin que más le agradare: y cediendo a las ánimas del purgatorio toda la satisfacción que pueda tener en mis obras, deseo se las aplique según el beneplácito del Corazón de Jesús. Pero, no debiendo impedir ésta mi donación, que yo pueda ofrecer las misas y oraciones según lo pidieren algunas veces la obediencia y caridad; habiendo de valerme entonces de los bienes ajenos y que ya pertenecen al Corazón de Jesús, es mi intención que todas las obras de virtud que ejercitare entonces, queden dedicadas y consagradas al Corazón de Jesús como bienes propios suyos. ¡Oh Corazón santísimo! enseñadme, os ruego, el camino que debo tomar para que, olvidado enteramente de mí mismo, llegue a conseguir la pureza de vuestro amor, cuyo deseo me habéis infundido. Abrásome en vehementes deseos de agradaros; pero siento que de ningún modo podré llegar a conseguir lo que deseo sin aquel gran auxilio que vos solamente podéis darme. Perfeccionad, pues, en mí ¡oh Corazón santísimo! todo lo que os es agradable y conforme a vuestra voluntad. Conozco ciertamente que yo repugno y resisto; pero, si no me engaño, no quisiera resistir: a vos os toca dar y perfeccionarlo todo. A vos sólo ¡oh Corazón santísimo! se deberá toda la gloria de mi santidad, si mereciere finalmente el conseguida: ni yo quiero aspirar en adelante a la misma santidad con otro fin sino el de vuestra gloria y alabanza: Amen. Valladolid, el viernes después de la octava del Corpus, 12 de Junio del año de 1733. Querido y amantísimo discípulo del Corazón sacrosanto de Jesús, Bernardo Francisco de Hoyos. (1) (1) El H. Bernardo escribió y pronunció en latín esta fórmula, como aparece del original; pero hemos preferido darla en castellano según la traducción del P. Loyola, (El C. S. de J., págs. 170-173). Hizo este devotísimo ofrecimiento durante la misa y delante de Jesús Sacramentado: y hablando del acto de su consagración, sentí, escribe el mismo Bernardo, "la presencia de las tres Santas (Santa Teresa de Jesús, Santa María Magdalena de Pazzis y la Beata Margarita María) y del discípulo amado, San Juan Evangelista: entendí recibía el Corazón de Jesús el sacrificio: y al firmar, conocí por un modo suavísimo, no tanto de visión cuanto de tacto o experiencia palpable, que Jesús escribía mi nombre en su Corazón. (1) (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. II). 21. Esta generosa oferta hecha en el secreto de una capilla de Valladolid por el escogido del cielo para la propagación del reinado del sagrado Corazón de Jesús en España, esta oferta es sin duda una de las manifestaciones más claras de la vitalidad que bien pronto va a descubrir en nuestra católica nación tan magnífica empresa: es el santo que da ya el capitán de Dios a sus valientes soldados, es el grito que empieza a oírse por lo bajo, y resonará a la hora menos pensada por todas sus provincias. Sin embargo, preciso es confesado, no es esta la primera manifestación, no es este el primer santo ni el primer grito. Este salió y muy alto de boca del P. Agustín de Cardaveraz, y Bilbao fue la primera población de España que lo oyó, y la primera que acudió al divino llamamiento. Esta mañana, escribe el veterano de la santa causa al antes soldado, ahora capitán suyo, ésta mañana (es decir, del día anterior a la oferta), prediqué a Su Majestad los triunfos de su amor en el Sacramento y en el Corpus. Esta quedará empezada para mañana, que es el día de nuestro corazón, por serlo del Corazón divinísimo de nuestro dulcísimo amor Jesús, que yo, según mi tibieza, celebro ha algunos años. Su culto divino en nuestra España, o en nuestra Compañía, será para mí de muy especial consuelo, como lo es el haber hablado de ello en el sermón de hoy, que es la principal festividad a que concurre todo lo más lucido." (1) (1) 12 de Junio de 1732. Por eso hablando con los Vascongados el mismo P. Agustín escribe entusiasmado: "Devocio au Francian aguertu, jayo edo asi zan; baña gure Españian ezan diteque asi, anditu ta zabaldu dala emengo biotzetan bereala artuzuen gueiaz edo aumentuaz. Bilbaoco erri noblean lenengo nerequico Jesusen Biotzaren festa au pulpituan aditzera eman zan. Cristavaren bicitza, (ed. de Tolosa, 1850, pág. 146). Pero es inimitable por su candor y humildad la carta, donde a propósito de este sermón da cuenta a su director espiritual, de sus justos temores, así escribe al P. Loyola, de desagradar a nuestro dulcísimo amor Jesús en este modo de vida: pues me temo a mí mismo con las ocasiones que se me ofrecen en este lugar. El caso es que, habiendo encomendado con total confianza mi función de la villa a mi dulcísimo amor Jesús con larga oración, y purificado la intención cuanto pude al parecer, deseando sólo que, como predicaba los triunfos del amor de Jesús en el Sacramento y señaladamente en la solemnidad del Corpus, así fuese adorado y amado de todos en el Santísimo Sacramento, prediqué mi sermón, y con más gusto y connaturalidad por lo piadoso del asunto. Asistieron a la función, por honrarme más de lo que yo jamás puedo merecer, nuestro P. Rector por su suma benignidad con el H. Procurador, y todos los otros Padres; y sólo dos quedaron en el Colegio; de suerte que éramos en todo diez: cosa que no habrán visto en Bilbao. Todos quedaron contentísimos: esto ya se ve que es afecto y amor que yo les debo. Pero nuestro dulcísimo amor Jesús me favoreció con especialidad aquel día. Los seglares y aun los de casa se dejan decir locuras, que me avergüenzo de decir aquí. Yo, Padre mío, a lo que alcanzo, si del todo no se entorpece mi entendimiento por el amor propio, no siento afecto desordenado que se me pegue; pero temo a mí mismo, y que por este camino pierda yo el mérito de mis trabajos, y aun me pierda del todo. (1) (1) 19 de Junio de 1733. 22. Así era necesario que fueran de humildes los hombres elegidos para la mayor de las hazañas y las victorias amorosas del manso y humilde de Corazón: humildes, no en la significación que da el mundo a esta palabra, de cobardes y apocados; porque al fin, yo quiero, decía el Señor a Bernardo, yo quiero los corazones de mis siervos humildes, pero magnánimos (1): es decir, tales que conozcan y confiesen su natural flaqueza, pero que robustecidos del vigor del cielo, todo lo arrostren, todo lo lleven de calle, y crean poderlo todo en aquél que los conforta. (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. I, c. XIII). En esta doctrina trató el Señor de fundar a su querido Bernardo por todo el tiempo que precedió a la renovación de los votos que iba a hacer el día de San Pedro (29 de Junio): y toda la perfección, dice, me la descubre cierta interior luz, colocada en la santa libertad de espíritu y en la dulzura y humildad de corazón (1). A esta luz vio, y oyó también de boca de su amor Jesús, que su Corazón sagrado debía serle en adelante su consuelo en las aflicciones, su refugio en los trabajos, su fortaleza en la empresa comenzada: que descansase sobre aquel Corazón divino, que pusiese en él todas sus súplicas como memoriales cerrados, que el mismo Corazón las despacharía favorablemente: viniendo a terminar toda esta visión y sabroso coloquio con su amado unas palabras consoladoras del príncipe de los apóstoles, que también se hallaba presente, y le aseguró, que uno de sus sucesores establecería en toda la Iglesia la fiesta que le pedía del Corazón de Jesús (2). (1) P. Loyola, ibid., (l.
III, c. II). Seguro estaba el santo joven del cumplimiento de esta profecía; no lo estaba menos de que su mismo amor Jesús dispondría las cosas de forma, que España no fuese la más remisa en seguir el sagrado impulso de otras naciones: pero tampoco ignoraba que para ello era menester que pusiesen también los hombres de su parte lo que pudieran, y sobre todo él, que había sido el más privilegiado entre todos sus compañeros. Esto pedía medios no menos vastos que determinados, acuerdo común en valerse de ellos, energía para llevarlos adelante, y mano superior que los dirigiera con tino para la gran obra de la sujeción de los corazones humanos al Corazón divino. Mientras estaba pensando Bernardo en la invención y orden de estos medios, recibió un favor el 31 de Julio, que le abrió fácil camino para la realización de sus proyectos. Así lo cuenta él mismo a su director, el P. Loyola. El día de N. P. San Ignacio, le escribe, al tiempo de comulgar, no por visión, sentí al Santo a mi lado derecho, y al izquierdo a San Javier, con cuya presencia se inmutó mi espíritu en un sagrado incendio que del fuego de mi Santo Padre se encendía en mi corazón. Cuando tenía al divino amor Sacramentado en mi pecho, me parecía le hacían reverencia los dos Santos; y el mismo Señor hizo a N. Santo Padre como señal para que me hablase, y a mí para que recibiese la doctrina de mi Padre, a quien me remitía. El Santo entonces con algunas palabras formadas, e infundiendo otras especies intelectuales, me declaró lo siguiente: que la divina providencia quería para la Compañía la gloria de que sus hijos fuesen los que promoviesen y propagasen el culto del sacrosanto Corazón de Jesús; que por ellos se conseguiría de la Iglesia la solemnidad deseada, y que por ellos sería extendida; que el mismo Santo con mi director San Francisco de Sales, estaban encargados de este asunto, por los hijos e hijas de las dos religiones. Después me certificó haberme escogido el Señor por instrumento mediato para promover el culto: que yo había de obrar con oraciones y con las obras de VV. RR.: que tiempo vendrá en que por mí mismo coopere; mas, que al presente no haga otra cosa que declarar a VV. RR. lo que sobre esto entendiere, y proponer lo que se me ofreciere como conducente al intento, y que todo lo remitiese a la dirección de VV. RR.: y acabó el Santo diciéndome que en su nombre encomendase a mi P. N. (Calatayud?) el cooperar cuanto pudiese a la mayor gloria del Corazón de Jesús; y él, como Padre, escogía a V. R. para esto, y que no quería más de lo que V. R. pudiese con la asistencia del mismo sagrado Corazón. Yo, en nombre de mi Padre San Ignacio, le encomiendo a ese amado corazón, que mire por la mayor gloria del de Jesús, y le agradezco lo que hace y desea hacer en su obsequio, como es el querer consagrarse todo al mismo sagrado Corazón de Jesús. (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. III). Tenemos, pues, a Bernardo confirmado en su primer llamamiento de caudillo todavía oculto, al P. Loyola escogido para la dirección externa de sus órdenes, y establecido el primer medio en el ofrecimiento total y voluntario de sí al Corazón deífico, que pudiéramos decir la jura de su real bandera. Esta debía hacerse indispensablemente por todos los alistados en su defensa: y es admirable por demás el empeño de Bernardo en que se hiciese con la mayor solemnidad y urgencia. Sólo citaremos en prueba de ello la carta que envía al mismo P. Loyola, encargándole su más exacto cumplimiento. Remito la copia de la forma, le dice, con que el P. la Colombière se consagró al Corazón de Jesús, siguiendo a la V. M. Margarita que lo hizo así por mandado del Señor. El día de la Asunción de nuestra Madre (15 de Agosto), con este jurídico instrumento protestará V. R. a los dos divinos Corazones, porque lo que se hace por el Corazón de Jesús se hace ex consequenti por el de la madre, su amor y deseo de su mayor gloria, y quedará ese mi corazón nuevamente obligado por esa ley suave de amor al Corazón de Jesús. A la V. Madre declaró el Señor lo agradable que era a su Corazón esta oferta, y a mí me lo ha confirmado con soberanas luces. V. R. firmará en el papel su amor, y Jesús en su Corazón el suyo para con V. R., y con su sangre divina rubricará la escritura divina de obligación de su Corazón que mutuamente otorgará en aquel día en favor del de V. R. ¡Oh, y qué presente tendré a mi amado Padre! y ¡cómo le abrazaré en aquel centro del amor! ¡cómo me estrecharé con mi amado Padre en el Corazón de Jesús!... Busco a V. R. en el Corazón de Jesús: búsqueme V. R. en él, que allí me hallará, y yo deseo hallarle a V. R. abrasado en esta esfera del fuego del amor." (1) (1) P. Loyola, ibid., (l. III, c. III). 23. Para entonces ya estaba disciplinada la pequeña compañía del Corazón de Jesús, que dentro de poco iba a crecer en numeroso y aguerrido ejército. Cardaveraz no necesitó de cita: a Loyola le bastaban las primeras noticias de sus dos queridos hijos espirituales: Calatayud, el popular misionero, que no aguardaba a más, se presentó al primer rumor de las armas que se hacían: Villafañe, que acababa de ser Provincial de Castilla, y a la sazón gobernaba el Colegio de San Ignacio de Valladolid, a las primeras palabras se dejó ganar por su amado Bernardo: ni aun a tanto esperó su condiscípulo, el H. Juan Lorenzo Jiménez, aquel bello corazón, como el mismo Bernardo le describe, blando, dócil, amable y a propósito para recibir las divinas inspiraciones, y muy capaz de toda perfección, inclinado a una perfección sólida, interior, afable, nada hazañosa y regular, y al mismo tiempo con deseos de conseguirla" (1); aquel corazón hermoso y angelical, del que sin cansarse de elogiarle, escribía el P. Agustín a su amantísimo Hijo y H. Bernardo: "Ese es sin duda, amado Hermano, el corazón escogido de nuestro dulcísimo amor Jesús para la unión feliz de los cinco: y así le reputaremos por tal en adelante (2). (1) P.
Loyola, ibid., (l. II, c. XV). Siguió el "P. Francisco Ignacio de Eguiluz, cuya piedad, son palabras del P. Loyola, "se encendió al instante en amor al Corazón divino; y para desahogarle con un pronto y visible efecto, se ofreció al sagrado Corazón de Jesús el día solemne de N. P. San Ignacio (31 de Julio), con la fórmula del P. la Colombière que le dio Bernardo. Había sido el P. Eguiluz Rector y Maestro de novicios de nuestro joven, a quien amaba tiernamente, y cuyo espíritu había aprobado y dirigido entonces. Ofrecióle sus buenos servicios en cuanto pudiese contribuir a tan celestial culto: con sus inflamadas palabras le llenó (a Bernardo) de nuevos alientos, y le dirigió con muy prudentes consejos en el modo que se podía observar para adelantar este sagrado culto (1). (1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. III, c. III). Imitáronle con no menor generosidad los PP. Juan de Carbajosa, Manuel de la Reguera, Gregorio Jacinto de Puga, Pedro de Peñalosa, Manuel de Prado, Fernando de Morales, Juan Pablo de Aperregui, Francisco de Zambrana, Diego Correa, Ignacio Pino, Tomás de Ledesma y muchos otros, con los HH. Escolares Tomás de Azcárate y Bernardo del Rio, y los HH. Coadjutores Francisco de Liébana y Juan Manuel de Arraiza: pues no hubo uno solo de tantos a quienes dio parte de esta devoción y descubrió sus ardores el fervoroso Bernardo, "que no abrazase el culto del sacrosanto Corazón de Jesús (1), como advierte el P. Loyola. En vista de lo cual, "yo admiro como prodigio este sagrado ardor" continúa el mismo, en que hombres doctos, prudentes, autorizados y de superiores talentos, se dejaron mover de un joven de pocos años a una devoción nueva y desconocida. Entre estos Jesuitas hubo Provinciales, Rectores, Maestros, Predicadores, Misioneros: en fin, los primeros hombres de nuestra Provincia de Castilla. Pero, como el sagrado Corazón respiraba sus llamas y ardores por la boca y pluma de nuestro joven, no podía resistir la prudencia y sabiduría humana (2). (1) P. Loyola, ibid., (l.
III, c. I). |
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