PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación)
Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Madrid, 1880
 
1730 - 1732
Ya conocemos la visión primera que el 11 de Septiembre de 1729 tuvo el H. Agustín: pasemos ahora a la que el 6 de Enero de 1730 va a ser también la primera que en esta forma tenga su amado H. Bernardo, y le abra asimismo franca puerta al centro siempre inflamado de sus purísimos amores. ” Vio dentro de su alma a Jesús muy glorioso, apacible y benigno”, refiere el P. Loyola, “y reparó que el amorosísimo Jesús había puesto su sagrado Corazón en el mismo sitio en donde correspondía estar al de Bernardo, pero de este modo admirable. El corazón de este joven estaba cerrado o como engastado con el de Jesús, quien le dijo con indecible amor: Invenisti gratiam coram oculis meis, quia inveni te secundum Cor meum (1)... Estaban los dos corazones heridos y traspasados con tres saetas pequeñas de oro, cuya punta era el fuego del amor divino, como el dardo que hirió el corazón de Santa Teresa. Simbolizaban las tres saetas los tres votos que poco antes había ofrecido Bernardo al Señor.” (2)

(1) Cfr. Luc. I, 30: I Reg. XIII, 14.
(2) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. II, c. VI).

8. Este día del nuevo ofrecimiento o renovación de los votos que usa la Compañía el 6 de Enero, fiesta de los Reyes Magos, (así como también el 29 de Junio, día de los apóstoles San Pedro y San Pablo), era el cuarto de los ejercicios espirituales del fervoroso Bernardo. El séptimo (9 de Enero) meditaba sobre el infierno: vio en él cosas terribles; y aunque cerciorado de mucho antes y de nuevo en este mismo instante por la presencia del cariñoso Jesús, de su salvación eterna, con todo, “su alma amante y temerosa se atrevió a pedir a su amabilísimo dueño, que veía tan afable y benigno, alguna señal de ser predestinado. Mañana te la daré, respondió el benignísimo Jesús a la petición de su siervo, que no procedía de curiosidad, sino de amor extático y ansias amantes de su enamorado corazón.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (I. II, c. VI).

Llegó el octavo y último día de los ejercicios, y “después de haber comulgado”, escribe el mismo H. Bernardo, “me dijo el divino amor Jesús, que me quería dar la prenda y señal de mi predestinación que el día antes me había prometido, y que serían dos: una en nombre de la divinidad, y otra en nombre de la humanidad. Y al punto se me mostró más glorioso que otras veces por visión imaginaria, y vi su sagrado Corazón, que de las tres heridas que le habían abierto las tres saetas de que he hablado, arrojaba rayos de luz purísima, y se encaminaban hacia mi corazón; pero, antes de llegar, formaron un corazón en medio del de Jesús y el mío, que parecía de oro mezclado con plata, o de electro. Sobre este corazón se esmaltaron un diamante preciosísimo y una hermosa esmeralda. Era este corazón símbolo de las tres virtudes teologales: el corazón, en el oro significaba la caridad para con Dios, y en la mezcla de plata la del prójimo: el diamante la firmeza de la fe, y la esmeralda la esperanza. Entre estas piedras estaba, no grabado, sino escrito con la sangre purísima del Corazón del Señor, el dulcísimo nombre de IHS: y diciéndome palabras sumamente amorosas, llegó este corazón así aderezado al mío, con el cual se penetró y como identificó. Entre otras cosas me dijo el divino amor, que con esta prenda bien podía estar seguro de mi predestinación y de su cumplimiento...” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (I. II, c. VI).

Por corona de estos ocho días de ejercicios, pone el P. Loyola dos lances de finísimo amor del Corazón sagrado de Jesús con el de su Bernardo. ”En la hora última de la oración del día octavo”, escribe, “se le apareció glorioso Jesús con su divino Corazón descubierto. Traía en sus santísimas manos, más blancas que la nieve, las tres saetas de oro con puntas de fuego, de que ya hablamos antes. Díjole Jesús que eligiese de aquellas saetas la que más le agradase. ”Yo entonces arrebatado de amor”, dice Bernardo, “acordándome del lugar de los Cantares: ulnerasti cor meum (1)...; sin hablar palabra, tomé las tres saetas, y las clavé en aquel divino Corazón: y el buen Jesús , haciendo un ademán de mucho amor, me dijo que el clavar en su Corazón las tres saetas era herirme a mí mismo, como vería el día siguiente.

(1) Cant. IV, 9

“El día siguiente así lo vio y experimentó el enamorado joven: porque volvió Jesús descubierto su amante Corazón, en que se veían clavadas las tres saetas. Díjole el Señor que, así como cuando S. Majestad hería su Corazón con alguna saeta de amor, no podía apartarse de su presencia; así, teniendo él su Corazón herido con las tres saetas del día precedente, no podía apartarse de su vista: que sería bien partiesen las tres saetas. Entonces Bernardo con las amorosas cifras que sólo entienden el Señor y sus favorecidos, significó que, siendo tres, no podía ser igual la partición, y que uno debía llevar dos saetas. A este tiempo se dejó ver la santísima Madre de Jesús y Madre adoptiva de Bernardo, y le dio a entender que recibiría gustosa una saeta en su amoroso Corazón. Al punto tomó el amante joven una saeta del sagrado Corazón de Jesús, y la clavó en el de María. Entonces, para concluir este lance de regaladísimo amor, sacó el divino Jesús de su Corazón una saeta y, flechándola al Corazón de Bernardo, le dijo: Configo amore meo carnes tuas (1)... A este impulso del dardo divino se siguió un ímpetu de amor tan violento, que le puso en términos de separarse el alma del cuerpo. ”Desapareció la visión” , concluye Bernardo; “y yo quedé como ahora me hallo, con los ímpetus tan amorosos como antes de la interrupción: y como el Señor y su santísima Madre se fueron también heridos, llevaronme el corazón en dulces gustos.” (2)

(1) Cfr. Ps. CXVIII, 120.
(2) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. II, c. VI).

Heridos se fueron sí Jesús y María, de aquellas heridas que sólo contemplan y atónitos adoran los ángeles del cielo, y que el carnal y bajo mundo ni puede ni quiere concebir. Pero, no quedó menos herido el feliz Bernardo y loco de envidiable locura, y como la cierva sedienta que corre a buscar las fuentes de aguas vivas: sus ojos sólo atinaban a mirar al cielo, su corazón a latir por Jesús y María. Y, si el amor es tan fuerte que alcanza a aprisionar al mismo Dios: ¡qué habían de hacer estos dos únicos amores del corazón de Bernardo! ¡qué habían de hacer! dejarse aprisionar, dejarse amar, dejarse ver heridos de quien se moría por verlos, por ver a Jesús y a su Madre bendita.

Y efectivamente, apenas había comulgado el H. Bernardo el día de la Purificación de N. Señora (2 de Febrero), cuando se le apareció visible esta celestial reina y hechizo de las almas inocentes. ”Traía el Corazón herido con la saeta con que el amor de Bernardo le había traspasado los días antecedentes. De la herida o llama de amor del Corazón de María Santísima salían hermosos resplandores, que se terminaban en el corazón del joven: influían en él gracias inefables; y, formando un pabellón celeste, significaban la especial protección que el Corazón de María tenía del corazón de Bernardo.” (1)

(1) P. Loyola, ibid., (l. Il, c. VII).

A los pocos días acompañaba éste al Santísimo Sacramento en la procesión con que se reserva a S. Majestad después de las Cuarenta horas. ”Sentía especiales júbilos al ver cómo iba su amante dueño cortejado y venerado en la procesión: deshacíase su tierno corazón en dulces lágrimas, y al tiempo que ocultaban a S. Majestad, le hablaba con la elocuencia de las mismas lágrimas, como quien se despedía de su amor Jesús . Pero este amoroso Señor se le mostró por visión imaginaria, asistido de innumerables ángeles. Traía herido su Corazón con la saeta de que hablamos antes. Hizo un ademán amante, mostrando la saeta, y le dijo que, estando su divino Corazón herido con la saeta de amor que le había flechado, no podía apartarse de su corazón: así como el mismo Bernardo no podía apartar su corazón del del Señor, por estar herido con las sagradas flechas de los ímpetus amorosos.” (1)                       

(1) P. Loyola, ibid., (l. II, c. VII).

9. No eran menores los incendios, ni menores las mercedes que por este tiempo recibía del cielo su guía y compañero, el antes H. y ahora P. Agustín, puesto por entonces al frente de la santa pero todavía oculta causa del Corazón de Jesús: ni menores tampoco las misericordias del Señor, con que le animaba a su defensa y a enfervorizar a la futura milicia encomendada de muy antes a sus oraciones. Envía este siervo de Dios a su querido P. Calatayud una distribución que observaba desde que se ordenó de sacerdote: y después de varias cosas extraordinarias que le sucedían mientras estaba para recibir en su boca y corazón a su enamorado dueño, y que no alcanza, dice, a referirlas: “lo que tampoco puedo explicar a V. R., Padre mío”, añade Agustín, “es el amor, gozo y consuelo con que encomiendo a mi amor Jesús esas almas predestinadas y felices, de V. R., mi Padre, de mi P. Loyola, de mi P. Provincial Villafañe, del amado H. Bernardo Hoyos, del P. Fernando Morales, de la M. Ana María y alguna otra. Porque a VV. RR. encomiendo, teniendo a Jesús en mis manos para recibirle, diciendo: Yo os encomiendo, amor mío, y os entrego en vuestras santísimas manos, y os meto en vuestro dignísimo Corazón, para que eternamente los tengáis en él, a mi dulcísimo y amantísimo P. N., etc.: a quienes vos amáis tanto, y a quienes yo amo lo que vos sólo sabéis; porque vos los amáis, y porque vos me los encomendáis. Yo os encomiendo todas sus cosas de sus oficios, misiones, etc. Mirad, amor mío, por la gloria de vuestro adorabilísimo y dulcísimo nombre, y por la conversión de nuestros hermanos y prójimos, que todos nosotros tanto anhelamos y os pedimos, etc.” (1)

(1) 1 de Abril de 1730.

Y en un suplemento que de esta misma distribución dirige al P. Loyola, ”entre tantos regalos y mercedes”, le escribe, “lo que más me arrebata y me parece más propio de su divino amor, es la memoria y renovación de aquel celestial e inaudito favor de cuando su inefable dulzura me regaló con aquel licor del todo divino de su adorable costado. Esta memoria sola basta para reventar de suavidad y morir uno de amor. Porque, Padre mío, ¿qué imagen o qué objeto más peregrino y delicioso que ver un alma a los pies de mi dulcísimo amor Jesús, y que S. Majestad blanda y delicadamente la aplica con su poderosa y benignísima mano a la llaga de su sacratísimo costado, y que mirándose recíprocamente con amorosísimos ojos el dulcísimo amor Jesús y el alma, la regala con un licor del todo nuevo y de inexplicable dulzura y suavidad? Parece que ni aun se puede imaginar cosa más tierna ni más devota: pues, ¿qué sería el gustado y experimentado?” (1)

(1) 3 de Mayo de 1730.

Por eso exclamaba en una carta al mismo P. Loyola: ”¡Oh amor, amor! Bien sabes, amor mío, que tus misericordias para conmigo, y los regalos y caricias que goza mi alma en tu deífico Corazón, los secretos inefables y deliciosísimos lances que pasan entre tu divinísimo Corazón y el mío, y entre mi amor y el tuyo, ¡oh mi Jesús, mi amor! bien sabes, amor mío, que no se pueden explicar con humanas palabras, ni aun los pueden concebir los hombres, sin haberlos experimentado en sí mismos.” (1)

(1) 24 de Mayo de 1730. Previniendo también el H. Bernardo “el juicio de algunos incrédulos”, escribe el P. Loyola, “nada experimentados en estos lances de amor de las almas favorecidas, dice: A algunos se harán sospechosas estas finezas, pareciéndoles indignas de la imaginación de Dios; pero es que no han gustado quam suavis est Dominus (cfr. Ps. XXX, 9)..., ni han experimentado aquellas delicias que el Señor tiene con los hijos de los hombres: deliciae meae esse cum filiis hominum (Prov, VIII, 31)”. V. Ms, del P. Hoyos, (l. II, c. VI).

Pero, con quien sobre todo se desahogaba, era con el P. Calatayud. ”Jamás me puedo olvidar de mi Padre”, le decía en una, al verle tan celoso en las misiones para la gloria de Dios: "V. R., Padre mío, prosiga con aliento y confianza, pues sus cosas las tiene mi amor Jesús muy en su Corazón y muy encomendadas a nuestro abogado San Miguel, como ahora escribo al amado H. Hoyos. Pero esté V. R. prevenido siempre y muy en vela; porque el demonio siempre ha de armar lazos e impedimentos, y no le faltará a V. R. su cruz, cuando menos lo piense: pero, estando este dulcísimo amor como está en su ayuda, no le podrá ofender, aunque sí molestar bastante; mas el Señor le sacará a V. R. con ganancia, y logrará V. R. los deseos de su corazón. Sólo por el consuelo y gozo inexplicable propio del cielo que recibe mi alma en acordar y recomendar a mi dulcísimo amor Jesús las cosas de V. R. y a V. R. mismo, Padre mío; sólo por esto podía yo estar día y noche en oración, pidiendo a S. Majestad por V. R.: y esto mismo me alienta y me asegura grandemente de que Digi­tus Dei est hic (Ex. VIII, 19).” (1)

(1) 8 de Marzo de 1730.

En otra: ”Orando (el 25 de Marzo)”, le dice, “con toda aquella confianza y amor, que su mismo y mi mismo amor me dicta y comunica, parece que el Señor se me hacía sordo. Aquí fue donde mi amor y dolor me hicieron alentar más mis ansias. Clamé segunda vez de lo íntimo y con afectos tan ardientes de mi corazón, que bastaban a quitarme la vida y ponerme en las agonías de la muerte. Entonces ya no pudo, parece, el amante Corazón de mi amor Jesús sufrir el verme entre tan mortales congojas de dolor y de amor por su amor, y elevando y confortando mi pobre espíritu con especialísimas luces y regalos, me dijo: ¡Ay Agustín amado, bien te oigo! ¡Bien atiendo a tus clamores! ¿Qué cosa hay que, pidiéndomela tú, no la haga yo por tu amor? Por tu amor convierto muchas almas, y convertiré otras muchas por medio tuyo y de otros amigos: pero muchos obstinados resisten a mi gracia.

“Al decir éstas palabras, me mostró S. Majestad la rebeldía, dureza y obstinación de muchos pecadores de este mundo, que despreciaban en su corazón y con sus obras las misericordias de mi dulcísimo amor Jesús . Después de esta tan penosa visión, me mostró S. Majestad, elevando a mi alma a un estado de felicidad y gloria, algunos de sus escogidos y predestinados para su gloria y visión deliciosísima: y entre los Jesuitas V. R., Padre mío, era uno de los primeros, a quien mi amor Jesús miraba con más especial cariño y complacencia. Otro era nuestro P. Provincial, Juan de Villafañe, como se lo escribí a S. R. aquella noche, por orden que me dio S. Majestad de escribirle y encargarle varias cosas en su nombre. Bien se ve, y entenderá V. R., Padre mío, el amor especialísimo de mi amor Jesús para con V. R. por lo que diré ahora: pues era V. R. el objeto principal de estos consejos, avisos y encargos de mi Jesús.”

10. “Díjome S. Majestad después de esta visión tan deseable y gustosa de sus escogidos, que estos eran los amigos de quienes antes me dijo se valdría para gloria de su adorable nombre y conversión de las almas: que se lo dijese de su parte y en su nombre a su siervo, el P. Provincial, que muy en particular le vi: y añadió para mayor fuerza: Haec loquere et exhortare (1): que quede muy encargado de volver por mi causa por todos los medios posibles; y no sólo durante el gobierno, sino después de él: que tome debajo de su protección todos los designios y empresas del P. Calatayud, de V. R., Padre mío: que clame por sí y por otros por mi misericordia.” (2)

(1) Ad Tit. Il, 15.
(2) 29 de Marzo de 1730.

Y finalmente en otra, para acabar: ”Me alegraré”, le escribe, “que V .R. goce de entera salud y descanse algún tanto; para poder trabajar mucho para gloria de mi dulcísimo amor Jesús, en cuyo divinísimo Corazón le tengo a V. R. siempre muy presente en compañía de este dulcísimo dueño, y a quien clamo incessanter y con ardentísimo afecto por V. R. y por todas sus cosas muy en particular.” (1)

(1) 13 de Septiembre de 1730.

Vínole, o por mejor decir, acrecentósele este empeño de animar al P. Calatayud, desde una singular visión que tuvo a los pocos días de haber entrado por primera vez en el sagrado costado y Corazón deífico de su amor Jesús. Vio, dentro ya, aquellas místicas llamas que le abrasaban sin consumirle, y conoció por ventura que su querido maestro era uno de los llamados para pegar con ellas fuego a todo el mundo. Lloraba entre tanto Agustín por la condenación de tantas almas, desagradecidas al cariño incomprensible de su dulce Redentor: y luego, abrasado, como era frecuente, en vehementísimos deseos del celo de la gloria divina y de la amplificación del imperio de su soberano Rey y Señor, y como olvidado de lo mismo que estaba pidiendo a su amantísimo abogado San Miguel, salió fuera de sí con la violencia del amor, elevóse su alma a un estado dichoso, y en él ”vi”, dice al P. Loyola, “vi a mi diestra al gloriosísimo capitán de los ejércitos de Dios, San Miguel, como a punto de batalla, con una espada muy poderosa toda llena de llamas: y al mismo tiempo oí allá desde lo alto del trono majestuosísimo de mi Dios una voz que me decía: Anímale, consuélale, confírmale en lo dicho: que yo he de mostrar el poder de mi diestra contra mis enemigos, si su rebeldía no impide el que queden libres de su tiranía. Confórtale: que clame y no cese: que no desista por dificultades, adversidades y contradicciones: que no tema, que yo seré en su ayuda: que ahí va quien pelee mis batallas. Cesó la voz, a que observó atento y reverente el celestial príncipe, aceptando la comisión: y desapareció el Santo, quedando mi alma alentada y orando por gran rato por la ejecución de la promesa.

“Vuelto en mí, entendí todo con claridad. Estaba antes rogando a mi Dios que no permitiese se condenaran tantas almas; que derramase sus misericordias y enviase ministros para la conversión de las almas; que mirase su poder y amor; y que, herido y convencido de su amor, lo mostrase para su gloria; y por eso envió a mi lado a San Miguel armado de su poder: y porque le pedía que arrojase a los demonios de la tiránica posesión del mundo a los infiernos, por eso estaba el santo príncipe a punto de pelear, y el Señor pronunció aquellas voces.

Había pasado en mi petición de V. R. al P. Pedro (Calatayud), pidiéndole como siempre, que le llenase de su divino espíritu en sus empresas y santas tareas: y sobre el P. Pedro caían aquellas voces: Anímale, etc. Y porque S. Majestad el jueves antes, día 22 por la tarde, al tener oración por el P. Pedro para que S. Majestad le asistiese y llenase de su divina gracia, me dijo en la tribuna: Yo seré en su ayuda: yo le asistiré en sus designios: que se anime, que haga por mi causa confiando en mí; por eso dijo: En lo dicho. La palabra su rebeldía apelaba sobre los corazones humanos que están obstinados y como bien hallados debajo de la tiranía de los demonios; porque están ciegos en sus deleites, y como embelesados en el cieno de sus gustos. Después acá, pido a S. Majestad con grandes instancias en persona del Padre y en la mía, repitiendo con el profeta: Confirma me in verbis tuis (Ps. CXVIII, 28).” (1)

(1) 7 de Octubre de 1729.

Amorosas en efecto y vehementísimas eran las instancias del P. Agustín por todo este tiempo, tiernas las palabras con que, al par que le consolaba, urgía al celoso misionero al cumplimiento de las divinas intenciones y piadosos designios del Corazón augusto, y no menos amorosas y tiernas las voces en que, a una con su amado hijo Bernardo, ya exhala las penas de su corazón acuitado por la ingratitud de los hombres, ya esparce el perfume oloroso de una esperanza, cuyo fin tal vez ignoran aquellas dos almas tan candorosas como llenas de amor. Pero Agustín de Jesús ya empezó, como pudo, su apostolado. Bernardo de Jesús todavía descansa enamorado en brazos de su rendido dueño.

“El día de mi dulcísimo San Bernardo (20 de Agosto)”, refiere él mismo, “después de haber comulgado, vi al divino esposo de mi alma en forma de un hermosísimo joven, sentado en un campo hermoso, que hablando con mi alma la decía: Ven, amada mía, esposa mía, paloma mía: ven, y reclínate sobre mi Corazón. Y luego me vi sentado a su lado izquierdo, y mi cabeza reclinada sobre su sagrado Corazón; y dijo: Sub umbra illius quem desideraveram sedi (1). Y tratándola el Señor con su amor inexplicable, la dijo: Descansa, amada mía, mientras yo te canto el epitalamio de nuestro desposorio.

(1) Cant. II, 3.

“Quedé durmiendo, como el Discípulo Amado, a todo lo criado, pero amando y percibiendo divinos secretos. Todos los sentidos del alma se deleitaban soberanamente: la vista con la presencia del amado; el oído con lo suave de su voz; el gusto con un sabor espiritual indecible; el olfato con unas divinas cualidades incorpóreas que percibía; y más que todos el tacto espiritual, que tocaba y sentía en el Corazón del Señor moverse dos pulsos...: significaban con su continuo movimiento el amor que el Señor tiene a las criaturas; con el uno ama a todas, y con el otro especialmente a sus escogidos.

“Día de San Bartolomé (24 de Agosto)”, continúa Bernardo, “se sentó a mi lado sobre un campo de blancas azucenas el divino esposo en forma de un hermoso infante, y reclinó su sagrada cabeza sobre mi corazón, en correspondencia al favor antecedente: y, alborozada toda el alma con un divino gozo, dijo: Dilectus meus descendit in hortum suum ad areolam aromatum, ut ibi pascatur in hortis et lilia colligat (1). Y al añadir: Ego dilecto meo (2), le estreché entre mis brazos: y al proseguir: Dilectus meus mihi, qui pascitur inter lilia (3), me echó los suyos al cuello, y me miró rostro a rostro, asestando del suyo risueño y amoroso activos rayos en el mío, y dejándome como fuera de mí de pasmo y de un sagrado horror. Animó mi pequeñez, y me hizo volver en mí, respondiendo: Pulcra es, amica mea, suavis et decora: sonet vox tua in auribus meis; vox enim tua dulcis (4): con que la movió a componerle el epitalamio de su parte, ilustrándola e infundiéndola lo que había de decir, no con palabras, sino con otro lenguaje que no se usa por acá...” (5)

(1) Cant. VI, 1.
(2) Cant. VI, 2.
(3) lbid., (Cant. VI, 2).
(4) Cant. VI, 3: I, 14.
(5) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (l. II, c. IX).

Sigue el año de 1731, y con él la devoción de nuestras dos almas privilegiadas a su dulcísimo amor Jesús. ”Amémosle”, dice el P. Agustín en una de sus cartas al P. Loyola: “amémosle, Padre mío, con un amor suave, eficaz y sosegado, ciertos del todo y muy seguros de que nos ama con singularísimo y tiernísimo amor, y nos tiene en su divinísimo Corazón, donde tenemos el lugar de nuestro refugio, impenetrable de nuestros enemigos. Confiemos, y con una filial confianza, en este dulcísimo amor Jesús, que no quiere echar a perder en un punto tantas misericordias como ha usado para con nosotros: y pues tampoco nosotros queremos perderle ni frustrar sus amorosos designios, todo está lindamente compuesto, y nosotros muy seguros en sus dulcísimos brazos, si nos arrojamos confiada y ciegamente en ellos, y nos queremos mantener firmes sin salir de ellos por la variedad y multitud de reflexiones y discursos que se nos ofrecen y nos sacan insensiblemente de la fortaleza que en sus amorosísimos brazos teníamos y poseíamos:” (1)

(1) 3 de Enero de 1731.

11. Esta carta y algunas que la siguen nos hacen sospechar si llegó por acaso a traslucirse por de fuera algo de lo que traían entre manos nuestros fervorosísimos soldados de la causa del Corazón santísimo. Lo cierto es que en una, escrita no mucho después, ”Padre mío”, advierte al mismo P. Loyola, “no hay sino proseguir con grande aliento y confianza, puesto en los amorosos brazos y metido en el divinísimo Corazón de este nuestro dulcísimo amor Jesús, que tan fina y cordialísimamente nos ama: y aunque por este amor singularísimo con que nos quiere a todos para sí, no sufrirá su amor el que nos falte alguna cruz con que seguirle, pero el mismo que nos la pone con amor infinito sobre nuestros hombros, nos la aligerará y nos ayudará a llevarla, como lo experimenta V. R. en la resignación acerca de los cuentecillos que levantan algunos de los Hermanos, más por falta de prudencia, que se vende muy cara entre la gente moza, que por otros fines o motivos.” (1)

(1) 17 de Febrero de 1731.

No por eso, dado que sean fundadas nuestras sospechas, se desanimó el decidido campeón; antes, dilatando más los senos de su alma, y gozoso de hallar nuevos reclutas para su santa empresa: ”Todos los días”, escribe al citado P. Loyola, respondiéndole a una en que le daba noticias de un personaje que se había ofrecido a secundar sus planes: “todos los días con especialísimo cuidado y afecto pongo en el Corazón de nuestro dulcísimo amor Jesús al Sr. Don ***, después de V. R., que siempre entra el primero de todos.” (1)  Y a su fidelísimo amigo el H. Bernardo: ”Encomiéndeme”, le dice, “muy de veras a nuestro dulcísimo amor Jesús, en cuyo divinísimo Corazón tengo siempre a mi Hermano” (2).

(1) 10 de Marzo de 1731.
(2) 1 de Noviembre de 1731.

Finalmente, en una práctica que envió a sus directores espirituales, de sus piadosos ejercicios durante el día, empieza por el ofrecimiento de obras, donde después de varios actos de ternísima devoción con su amado: ”Yo os entrego”, le dice, “mi corazón y alma con todo cuanto tengo como cosa tan vuestra por tantos títulos, para no apartarme jamás de vos ni quitároslo jamás. Unidme con vos inseparablemente, Dios mío, y tenedme dentro de ese deífico y regaladísimo Corazón vuestro, que es el centro único de mis delicias y gustos: tenedme ahí eternamente, y me basta, ni deseo cosa alguna criada...”

“Os encomiendo”, prosigue más abajo, “con todo el afecto de mi corazón y con las veras que vos sólo sabéis y estáis viendo vos sólo, oh dulcísimo y amabilísimo Jesús, amor mío, y meto en vuestro divinísimo Corazón, para que le tengáis ahí eternamente y le llenéis especialmente hoy de vuestras divinas bendiciones, dones y gracias espirituales, y le hagáis cada día más agradable a vuestros ojos y muy vuestro para siempre, a mi dulcísimo y amantísimo P. N., a su H. N...” (1)

(1) 26 de Diciembre de 1731.

Habíansele aumentado quizá los contratiempos, y ciertamente las angustias y sequedades al atribulado P. Loyola. ”Pero, consuélese V. R.”, le escribe su agradecido discípulo Agustín, “y anímese: porque es prueba amorosa de nuestro dulcísimo amor Jesús, a quien ciertamente no desagrada V. R., sino que le agrada mucho con tanta fidelidad y constancia, y le muestra el amor más fino y sincero de su fiel corazón. S. Majestad le tiene muy en medio de su divino Corazón, y le mira con especialísimo amor y providencia muy extraordinaria.” (1)

(1) 3 de Noviembre de 1732.

También son muy de reparar algunas de sus frases al H. Bernardo: “Téngame”, le dice en una, “téngame mi amado Hermano siempre en el Corazón divinísimo de nuestro dulcísimo amor Jesús, con todo lo demás que siempre le encargo” (1). Y en otra: ”Su grande fe y confianza en el Señor merecerán que los dos negocios que me encarga mi Hermano, salgan bien; pues yo no lo merezco. Me he estrechado íntimamente con mi dulcísimo amor Jesús, y haré lo mismo en adelante” (2). Más claro en otra tercera: ”Las cosas principales son de mucha monta y de grande importancia para la salvación de las almas; y así encomendarlas al Señor. Sus dos negocios los tengo presentísimos en mi corazón, y más en el de nuestro dulcísimo amor Jesús , juntamente con mi Hermano.” (3)

(1) 28 de Enero de 1732.
(2) 8 de Mayo de 1732.
(3) 2 de Junio de 1732.

Estas cosas principales es fácil que tengan relación con las que le insinúa también adelante con estas palabras: ”Tengo pendientes muchas cosas del P. Calatayud, cuyas empresas, como grandes, piden mucho tiempo... En su última despedida de 1.° de este me escribe le diga a mi Hermano como iba para Madrid: ya a la hora ha salido para Almería: que se encargue mi Hermano con todo empeño de encomendar a nuestro dulcísimo amor Jesús sus misiones y santos intentos: que le tenga muy presente en su Corazón: que lleva a nuestro gloriosísimo abogado y príncipe San Miguel por protector especial de ellas, etc.” (1)

(1) 22 de Octubre de 1732.

Qué empresas fueran éstas del P. Calatayud, cuáles sus intentos, bien se puede deducir del infatigable celo del ilustre misionero, de los antecedentes en que estaba de los secretos de Agustín, y del ardor con que le animaban los dos valerosos jóvenes. Ni es cosa de echar en olvido la noticia de Fr. Ignacio de la Concepción, quien escribiendo el 5 de Marzo de 1734, dice expresamente que a él le consta “que el P. M. Peñalosa comunicó há más de dos años este su designio de introducir y promover la devoción al sagrado Corazón de Jesús en España, con el R. P. M. Pedro de Calatayud, a fin de que la esforzase en sus fervorosas misiones” (1)

(1) Aprob. de La Dev. al S. C. de Jesús, del P. Peñalosa, (l. c. pág. 14*).

12. Sin embargo, los mismos jóvenes ignoraban, sólo en parte el P. Agustín y del todo el H. Bernardo, el resultado adonde iban a parar sus ansias, la causa por que así los regalaba el Señor y los movía a sus incesantes súplicas, la forma finalmente en que bien pronto se recogería el copioso fruto de sus lágrimas y sudores.

No nos promete menos la providencial y oculta, pero grande y decidida reunión de varones tan apostólicos como Calatayud, superiores tan prudentes como Villafañe, directores tan experimentados como Loyola, escritores tan piadosos como Peñalosa, guías tan seguras como Cardaveraz, discípulos tan adiestrados como Hoyos: puestos todos bajo el amparo especial de San Francisco de Sales, el fundador de aquella orden bendita donde primero habían de sentirse las llamas intensísimas del divino Corazón, inquieto hasta pegar fuego y abrasar a todo el mundo.

Pues este pegar fuego a las almas y abrasarlas en la devoción del Corazón sagrado, éste fue el móvil todavía no descubierto entonces de tantos trabajos, éste el fin de tan amorosas gracias y celestiales mercedes como hasta ahora hemos admirado y conocido mejor que sus mismos favorecidos. Ya de aquí adelante no hay más que seguirlos en sus afectos, reflexiones y piadoso movimiento.

 

 

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