PRINCIPIOS DEL REINADO DEL CORAZON DE JESUS EN ESPAÑA (Continuación)
Por el P. José Eugenio de Uriarte, S.J. - Año 1880
 
1726 - 1729
Por este tiempo estudiaba teología en San Ambrosio de Valladolid el H. Agustín de Cardaveraz, nacido en Hernani el 28 de Diciembre de 1703 y recibido en el Noviciado de Villagarcía, de la Compañía de Jesús, el 20 de Agosto de 1721: joven de singulares prendas de naturaleza y gracia, sobre todo de una angelical pureza que, unida a su carácter bondadoso, le hacía en sumo grado querido de los superiores, respetado de sus compañeros y venerado de cuantos le trataban.

Nada sin embargo se veía en él por de fuera, de aquellos signos extraordinarios que a las veces presentan como más admirables que imitables las vidas de los Santos. Estudiaba, al parecer, como sus condiscípulos, lucíase como ellos cuando convenía en los actos literarios, acompañábalos en las diversiones inocentes que la religión no prohíbe; y su único empeño se mostraba sólo en hacer bien hecho lo mismo que hacían los demás estudiantes. Pero, en realidad, el H. Agustín era algo más de lo que aparentaba a los ojos de todos. El grado de santidad y unión con Dios, a que había ya llegado aquella alma dichosa, era verdaderamente muy subido; y tales los favores que el cielo se complacía en dispensarle a manos llenas, que ponían espanto a sus mismos directores espirituales, los PP. Juan de Loyola y Pedro de Calatayud, hombres a cual más doctos en los caminos del Señor y prácticos en la perfección de las virtudes religiosas (1).

(1) Véanse en la Conclusión los elogios de los PP. Loyola. (núm. 87) y Calatayud (núm. 89).

2. En este estado tan proporcionado con los fines altísimos a que le dirigía quien lo dispone todo con suavidad y obra con eficacia, tuvo conocimiento el piadoso teólogo del libro latino, recién publicado en Roma por el P. José de Gallifet, sobre el culto del sagrado Corazón de Jesús. Leyólo una y muchas veces con gran consuelo de su alma: y no contento con su lectura, empezó al punto a celebrar con fervor la fiesta que tan sabrosa había de serle toda su vida.

“Yo”, escribía más adelante al P. Loyola, “me consolé mucho en el Señor, cuando leí el tomo del Padre Gallifet en San Ambrosio, y lo leí muchas veces” (1): lo que, a más tardar, sucedió por los años de 1727. Pues, hablando el mismo de este asunto con su H. Bernardo, "desde mi primer año de teología (de 1726 a 1727)”, le dice, "he celebrado según mi tibieza esta dulcísima festividad al otro día de la octava (del Corpus); y desde que me ordené, he procurado todos los viernes hacer especial mención mentalmente en el santo sacrificio de la Misa en honor de éste misterio soberano”. (2)

(1) 4 de Diciembre de 1733.
(2) 25 de Mayo de 1733.

3. Mas, parece que tuvo por entonces oculta su devoción, si bien presente su memoria: porque en las varias cartas familiares que por ésta época envió a su maestro el P. Loyola, y su discípulo en el espíritu, el H. Bernardo, vemos que se contenta con llamar a cada paso de divino, deífico, amantísimo, regaladísimo y otros epítetos no menos afectuosos al sagrado objeto de sus amores. Con todo, son muy significativas las frases que encontramos en una de las suyas al P. Loyola. "Yo pediré”, escribe a aquel varón tan espiritual y perfecto como probado de Dios y purificado en el crisol de las desolaciones, escrúpulos y desamparos: "yo pediré siempre a S. Majestad llene su alma de V. R. de sus divinas bendiciones y gracias, y le tenga a V. R. siempre dentro de su dulcísimo Corazón, como le tendrá, como yo más que confío.” (1)

(1) 27 de Julio de 1727.

Más explícito está cuando, animando al P. Calatayud, "Padre mío”, le encarga, "no hay sino dilatar ese corazón y ponerle con total seguridad en el divino Corazón de nuestro amado Jesús, quien tiene a V. R. destinado y escogido para cosas grandes” (1): palabras que sirven de explicación a un capítulo de carta que le envía los años siguientes en estos términos: "Bendigo, alabo, adoro y amo de lo íntimo de mi corazón a nuestro amor Jesús por las bendiciones que su adorable Corazón ha derramado en los de VV. RR. (los PP. Calatayud y Carbajosa) y sus oyentes en Orihuela (donde acababan de dar misión); y espero en su benignidad continuará con liberal mano en lo mismo en Alicante (donde ya misionaban), si los pecados de tantos ingratos no ponen óbices a su infinita bondad. Ya comuniqué con V. R. en Valladolid las luces divinas e inteligencias que S. Majestad se dignó darme acerca de esta innata divina propensión, y aquella inefable inclinación que, por el peso inmenso de su misma bondad y dignación, tenía nuestro Dios amantísimo a comunicarse más y más a sus criaturas. Esto, Padre mío, no hay términos que lo expliquen; y parece que mi pobre corazón revienta y se parte de dolor, al ver tan claramente aquella como tristeza y pesar que causa en aquel Corazón divino de nuestro Dios benignísimo, viendo frustrados en tantos sus amorosos designios. Sirva V. R., Padre mío, de instrumento para dar entero y cumplido gozo, si así se puede decir, a aquellas ansias tan entrañables de nuestro Padre y de nuestro Dios. Dilátese ese corazón de V. R., Padre mío, y no se angustie con las contradicciones y disgustillos que por las criaturas vienen y han de venir a V. R. Mire V. R. que le quiere mucho nuestro dulcísimo amor Jesús: mire que le tiene muy en su adorable Corazón, pero Corazón que estuvo siempre cercado de espinas. Acuérdese V. R. de este pobre hijo en el mismo Corazón, en que tanto le ama como a padre” (2).

(1) 22 de Diciembre de 1729.
(2) 24 de Noviembre de 1734.

De ésta comunicación tenida en Valladolid con su buen maestro, y de aquella divina propensión a comunicarse con sus criaturas, de que le habla, con tantas llamadas al Corazón tierno y cariñoso de su amor Jesús, pudiera tal vez inferirse que este rico tesoro fue uno de los que le descubrió, según el mandato de que da parte él mismo al P. Loyola. "El Señor me manda”, le escribe, "que le vaya a contar todo (al P. Calatayud) con mucha sinceridad; y, si no, que incurriré en su desagrado. Yo voy a veces como con cadenas; y si no voy primero a animarme con el Santísimo, no tengo valor ni modo” (1).

(1) 17 Agosto de 1727.

La verdad es que para este tiempo recibió singulares mercedes que confirman nuestra sospecha, y él las refiere con ingenuidad en una bien larga cuenta de conciencia que el año de 1728 le pidieron sus Padres espirituales. “En las comuniones”, afirma en ella, entre otras cosas no menos notables, pero que no hacen tanto a nuestra materia, “en las comuniones y en la oración me decía y dice S. Majestad muy regaladas palabras...: unas veces me decía: Hijo mío, no temas...: otras me dice, o me muestra la gran pena que aflige aquel su divino Corazón, porque no le dan lugar los hombres para que les comunique sus dones...: otras veces me da a entender: Quiero que veas mi divino Corazón; y luego abre aquel benignísimo Corazón, lleno de inmensas misericordias, y yo quedo abrasado de amor y de dolor, entendiendo sus beneficios y nuestros pecados" (1).

(1) Fol. II.

4. Mas estos no fueron sino unos como preludios del soberano favor que iba a recibir el 1729, y copiaremos aquí de una de sus cartas. Dice así en ella:

“El día 11 de Septiembre, día del dulcísimo nombre de nuestra regaladísima Madre, era domingo, me puse casi al anochecer a tener lección espiritual, por haberme tenido ocupado el Superior; y me quejé amorosamente, hablando con éste mi dulcísimo amor Jesús que está en mi corazón, de que aquella tarde no podía descansar (1) con S. Majestad en la tribuna un rato. Y de ahí a poco, como con ademán de quien llama, me hizo S. Majestad mirar a sí: y, estando deleitándome con su hermosura inefable, vi que con sus divinas y poderosas manos abría su divino pecho y llaga del costado, hasta descubrirse claramente su divino Corazón, volcán de amor infinito y relicario riquísimo de la Trinidad beatísima. Y habiéndose también abierto aquel sagrario de la divinidad, el benignísimo amor Jesús me dijo con muestras de inefables caricias, que entrase a descansar en él: Hijo, entra en éste mi Corazón, y descansarás en él a tu gusto. Yo estaba suspenso, y S. Majestad me metió luego con sus manos en aquel amorosísimo centro de eternas delicias. ¡Ay Jesús, amor mio! ¿Quién podrá, Señor, proseguir con la pluma, sin tomar alas para la eternidad y morir aquí luego, luego de tu amor?

(1) “Llamo descansar a la oración que suelo tener en la tribuna”.- Nota del P. Cardaveraz.

“Entré por aquella puerta de vida del amor que dijo: Ego sum ostium (1): y al llegar mi alma a meterse en su divino Corazón, fué tan divina, tan fragante y peregrina la suavidad que la bañó toda, que luego me sumergí y perdí en el golfo inmenso de la divinidad, como cuando un pececillo se zabulle en el Océano, sin poder hallar fondo ni término. Estuve así perdido y hundido por un rato, y perdí luego de vista a mi Jesús al entrar en su Corazón; porque me pasó de su humanidad a la divinidad.

(1) Ioann. X, 9.

“Estaba sentado en el poyo de la ventana y con el libro en la mano, y así quedé suspenso. Vi en aquellas divinas tinieblas e inmersión de la divinidad altísimos secretos: y habiéndose ratificado aquella tremenda y adorable majestad en las promesas que hasta entonces me había hecho, y habiéndolas confirmado y sellado con su real palabra y con el testimonio de su infinita bondad y amor para con los hombres, especialísimamente me certificó, me aseguró y declaró su dignación infinita en escogerme por suyo para alabarle y glorificarle eternamente: y lleno de celestial gozo, dulzura y júbilo, y con inefable afluencia de dones, efectos y afectos divinos, me dejó volver a mi estado regular; y me hallé con mi amor Jesús, admirando y magnificando su amor inenarrable para con tan vil criatura e ingrato pecador.

"Al volver en mí, me dijo éste regaladí­simo dueño mío con ternísimo amor: Hijo mío, Agustín amado, este ha sido el primer favor de este género, esta la primera vez que has entrado en mi divinísimo Corazón, mas de aquí adelante tendrás puerta franca para entrar en él a tu gusto y descansar en mí que soy tu Dios y tu amor. Aquí tendrás tus regalos y delicias del cielo: aquí tendrán hartura cumplida tus ansias: aquí has de tener tu habitación y morada. Deja a los mundanos sus gustos y deleites: yo soy tu Dios, tu amado: soy y deseo ser todo tuyo, y que tú seas todo mío. Yo te escogí y te quiero tener por mío: yo te daré cuanto deseas: en mí hallarás cuanto el mundo no te puede dar. Así pago yo a los que me aman y quieren.

“Estas y otras altísimas cosas incluyó aquel favor; y yo después acá he experimentado su cumplimiento. ¡Sea el Señor de la majestad glorificado por siempre! Que sola mi ingratitud puede ser óbice suficiente para no morir yo de amor con la pluma en la mano, al hacer memoria de estas invenciones divinas de mi amor Jesús.

“De éste género de favores y regalos de dulcísimas palabras y promesas, de requiebros, de ternezas, de caricias, de un modo de mirar divino, de atractivos, de dulces y penetrantes heridas y flechas de amor, de rayos divinos que vibran sus ojos hermosos, de contactos suaves y eficaces de sus manos, de deliciosísimos ósculos, de castísimos abrazos y otras mil demostraciones de mi dulcísimo amor Jesús, están llenas las telas y médulas de mi corazón; y son otros tantos estímulos de amor para despertar y excitar a mi entorpecido, infiel, ingrato y tibio corazón a alguna pequeña retribución, comenzada siempre sí, pero siempre imperfecta de mi parte: porque siempre de parte de mi amor Jesús es interrumpida con otros favores mayores” (1).

(1) 7 de Octubre de 1729.

Da en seguida menuda cuenta de varios re­galos, apariciones y derretimientos de su corazón, que le traen como abrasado, efecto del fuego intensísimo de amor que había prendido en su pecho, a la vista de las liberalidades del Corazón amoroso de Jesús, y del desprecio con que son éstas miradas por los hombres. Describe cómo frecuentemente entre mil dulces coloquios con su amado se le pasan los días: entre ellos le coge el sueño, y entre ellos también despierta y vive, tomada el alma de embriagueces y locuras santas que le sacan fuera de sí. Y luego de sus correspondidos requiebros, ternezas y caricias a su amor Jesús, entra a referir la merced inefable que se dignó hacerle el 25 de Septiembre del mismo año de 1729 por la tarde, estando en lectura espiritual y sentado en el propio sitio donde la describe.

Pues, “como el Señor”, prosigue el santo joven, “me hizo días antes el favor de arriba, y me dijo que en adelante tendría puerta franca para entrar y descansar en su divino Corazón, me acordé de esto de repente: y haciéndome S. Majestad mirar, como suele otras veces, vi que tenía su sacratísimo costado abierto, y que me decía: Agustín, llega a gustar de las delicias de mi divino pecho y Corazón amante: y en esto me aplicó Su Majestad blandamente, para que mi alma pudiese dar ósculo de amor a aquel Corazón deificado. Mas aquí es donde desfallece mi alma y faltan palabras: porque ni los labios, ni la lengua, ni el paladar, que gustaron y experimentaron, saben articular voces equivalentes.

“Llegó mi alma: y al mismo llegar al contacto de aquel Corazón de amor, despidió de sí y difundió sobre mi alma aquel Corazón divinizado, aquel relicario de la divinidad y aquel vaso de néctar, de suavidades y fragancias celestiales de todo un Dios de amor y dulzura: difundió, digo, un golpe de un licor peregrino de dulcísima leche, con cuyo sabrosísimo gusto y sorbo regaladísimo quedó mi alma toda derretida en delicias y divinamente recreada, saboreándose por un rato en aquel tan dulce regalo. Luego allí entendí que se cumplía en mi alma la promesa del Señor: Ecce ego lactabo eam (1). Pero sobre lo que tuve altísimas inteligencias y entendí experimentalmente grandes misterios, fue sobre Unus militum lancea latus eius aperuit, et continuo exivit sanguis et aqua (2), sobre Meliora sunt ubera tua vino (3), y sobre aquello: Bibi vinum meum cum lacte meo (4).

(1) Os. II, 14.
(2) Ioann. XIX, 34.
(3) Cant. l, 1.
(4)  Ibid. V. 1.

“Después de haber gustado y bebido esta suavísima leche del costado y Corazón de mi amor Jesús, quise ver para mi consuelo lo que el P. Alapide decía y traía de SS. Padres y expositores sobre Ubera y Lac (1), y lo he leído estos dos días con indecible júbilo de mi alma, por ver todos mis sentimientos e inteligencias, como si realmente se hubieran trasladado de mi corazón: aunque yo no tuve todas, pero sí las más selectas y sólidas de las muchas que trae. Y así éstas, como lo que V. R. me mandó leer sobre Dilectus meus mihi (2), que me decía V. R. lo hallaría todo en el P. Camelio (3), todo lo leí después de haberlo experimentado primero en mi alma. Todo ello puede V. R. ver en el P. Cornelio: por lo cual, no pudiendo yo declarado mejor, déjolo todo por no alargarme demasiado.

(1) Comment. ad Cant. (I. 1: V. 1).
(2) Cant. II, 16.
(3) Comment. ad h. l., (Cant. II, 16).

“Lo que diré brevemente es la inteligencia del misterioso símbolo del Apocalípsis: Amicti stolis al bis... hi sunt qui laverunt stolas suas et dealbaverunt eas in sanguine Agni (1). Porque me dio el Señor a entender allí a sus divinos pechos, que aquellos dichosos que asistían ante el trono de su deidad, lavaron y, lo que es muy misterioso, blanquearon las estolas de sus almas en la sangre del divino Cordero Jesús: y que la sangre de este divino Cordero, por ser tan tierno, era leche purísima y sangre láctea, en que se lavaron aquellas almas y quedaron blancas: y que esta sangre del costado y Corazón de mi tiernísimo y deliciosísimo Jesús que yo gustaba, y bañaba mi alma, era para mí leche suavísima que se había convertido: 1º. de la sangre purísima del amor de María Santísima, mi dulcísima Madre, en leche deliciosísima de sus virginales pechos: 2º. en alimento divino de su amor hermoso y, por consiguiente, en sangre y leche de este tierno Cordero de mi amado Jesús, que por eso se llama cándido y rubicundo (2): y aun en lo natural solemos decir que los corderitos tiernos son todo leche...

(1) Apoc. VII, 13, 14.
(2) Cant. V, 10.

“Hasta ahora, Padre mío, sin embargo de mi imponderable indignidad por mis innumerables y enormísimos pecados, me había dado su beneficentísima dignación todas las más exquisitas demostraciones de padre amantísimo, de amigo fidelísimo, de hermano regaladísimo, de compañero carísimo, de dueño dulcísimo y de esposo castísimo. Pero, no contento su amor con eso, ahora, cuando yo más indigno, cuando más ingrato, cuando más infiel, cuando debía temer más el ser sepultado en el abismo del infierno con el peso inmenso de mis pecados y maldades: ahora, últimamente, quiso su amor infinito hacer alarde y ostentación gloriosa de sus misericordias y riquezas, abriendo sus inagotables preciosidades, encerradas en el tesoro inestimable de su Corazón deífico y enamorado, y haciendo el oficio de suavísima y regaladísima madre, alimentándome con la suavísima leche de su pecho y Corazón amante.

“¡Oh amor, amor! ¡Cuán grande y poderoso es tu imperio! ¿Quién de los mortales podrá, amor mío, explicar ni aun concebir aquella vuestra benignísima dignación, con que os pusisteis como una regaladísima madre, y me aplicasteis a vuestro santísimo costado, como suele una madre amorosa a un hijo muy regalado? Y ¿quién de los ángeles podrá comprender aquel agrado her­mosísimo y muestras de caricias inenarrables de vuestros graciosísimos ojos y rostro bellísimo, con que os dignasteis de admitirme y detenerme en el ósculo suavísimo, y en gustar y beber de aquella fuente de vida de que manó leche para mi alma? Sin duda, amor mío, estarían atónitos los ángeles: y esto mejor es para experimentarlo que para explicarlo. No quisisteis esperar, amor mío, que yo os dijese: Osculetur me osculo oris sui (1): sino que os anticipasteis a que yo experimentase, quia meliora sunt ubera tua vino (2) ...

(1) Cant. l, 1.
(2) Ibid., (Cant. I, 1).

“Así pasó, Padre mío, como queda referido; y habiendo estado entonces saboreándome par un rato, después acá muchas veces he aplicado los labios de mi espíritu a éste sacratísimo costado, para gustar de las reliquias de tan dulce alimento de mi alma: pues se deleita este humanísimo Salvador mío, no sólo en habitar en mi corazón y en que yo le tenga en él, sino también en ser su Corazón amante mi habitación y templo, y se regocija en que yo more en él y me meta muy a menudo.

“En especial ésta mañana, día del gloriosísimo príncipe mi devoto, San Miguel (29 de Septiembre), en que he recibido a S. Majestad, he gustado lo mismo. Porque diciéndole a mi Jesús ayer y ésta mañana muy a menudo: ¡Ay amor, amor! y ¡cómo tengo de aplicar mi alma y corazón a vuestro dulcísimo Corazón cuando os reciba en el mío!; después de recibirle Sacramentado, dijo S. Majestad a mis potencias aquellas dulces palabras: Gustate, et videte quoniam suavis est Dominus (1): y aplicándome luego a su costado, quedó mi alma bañada en celestial dulzura, y toda trasportada. Aquel gustate es propio de la voluntad, y videte del entendimiento, y ambas cosas de la memoria para acordarse en adelante.

(1) Ps. XXXIII, 9.

“Yo no sé, Padre mío, cómo he podido escribir éstas cosas: porque mi corazón está inquieto y violento, y mi alma como encadenada en éste mísero cuerpo que me oprime y no la deja volar al eterno descanso de mi amor Jesús en su Corazón. Después de estos favores, estos días de asueto, que los he tenido de retiro en este mi aposento y en escribir estas cosas, todo el tiempo he estado y estoy loco de amor; ni he sabido ni sé decir al Señor otra cosa que lo que empecé estando al costado de mi amor Jesús y he continuado: ¡Ay amor, amor! ¡Ay mi Dios, mi amor!... Esta es mi vida, vida de amor o muerte de amor: esto es lo que hago, sin saber decir otra cosa que amor y dulzuras.” (1)

(1) 7 de Octubre de 1729.

Largo sería referir cuanto pasaba por este tiempo por el corazón del fervoroso H. Agustín: sólo queremos trasladar las palabras con que acaba su carta, y donde se encubre una de las gracias más finas que ha concedido el Señor a sus castas esposas. ” Por los favores recibidos”, dice, “y por los singulares extremos de amor y regalos de mi regaladísimo amor Jesús, firmé al fin de ellos: Agustín de Jesús; porque así quiere este benignísimo Señor, como queda apuntado en sus regaladas palabras: y es así que estos días no ha resonado dentro de mi corazón, sino el eco dulcísimo de ésta regaladísima repetición: Agustín de Jesús, Jesús de Agustino: Jesús de Agustino, Agustín de Jesús. Pero, aunque S. Majestad se agrada tanto en que yo sea para mi amor Jesús, y mi amor Jesús para mí, quiere y es su santísima voluntad que, antes de practicado en la firma de mis cartas regulares para con mis dos Padres (Loyola y Calatayud) , lo consulte con VV. RR., como lo hago, para que hecha primero oración, me resuelvan VV. RR. si les parece bien que yo firme así para con mis dos Padres, y en mis papeles, no para con otros.” (1)

(1) 7 de Octubre de I729. Esta es la fecha con que dirigió la carta al P. Loyola: el 29 de Septiembre es uno de los días en que apuntaba sus regalos a proporción que los iba recibiendo.

Tuviéronlo sin duda a bien sus sabios directores: pues vemos que así en efecto se firma, y algunas veces con sangre, tanto en sus papeles de conciencia como en las cartas siguientes, a ellos dos solos al principio, luego también a otro tercero que comenzó a tomar parte en su espíritu, aunque no hemos podido averiguar quién fuese, y finalmente al H. Bernardo, ennoblecido más adelante con el mismo apellido de Jesús el día de su ansiado desposorio con el esposo de las almas puras.

5. Por más que éste místico desposorio de Bernardo ni su nuevo título de nobleza tuvieron lugar hasta el 15 de Agosto de 1730, justo es que contemos aquí tan extraordinario favor al lado del de su dulce compañero.

Apareciósele su divino dueño el día de la gloriosa Transfiguración (6 de Agosto), más bello y resplandeciente que muchos soles y acompañado de San Ignacio y San Francisco de Sales. ”En ésta admirable visita volvió Jesús sus divinos ojos a Bernardo", escribe el P. Loyola, “mostróle su sagrado Corazón llagado de amor, y le reveló que se celebraría el desposorio el día de la gloriosa Asunción de su Santísima Madre a los cielos" (1).

(1) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (I. II, c. IX).

"Habiendo comulgado día de la Asunción” , prosigue ya el mismo Bernardo, “oí cantar a los ángeles: Ecce sponsus venit: exite obviam ei (1). Recogióse el alma, y por visión imaginaria vi todo lo siguiente. Vi que me ponían una vestidura blanca, recamada de hermosa pedrería, símbolo de la pureza, que es la vestidura nupcial, y de las otras virtudes... Con la visión imaginaria se veían, por término de las dos filas de Santos, tres hermosos tronos; uno desocupado, de menor grandeza, otro ocupado de María Santísima a mano derecha de Cristo, que ocupaba el tercero, todo de oro y con tres gradas: y con visión intelectual miraba a toda la Santísima Trinidad, cuyo misterio se me dio a entender aun con más claridad que otras veces, como también el de aquel Dios-hombre que luego, como un imán divino, arrebató hacia sí los afectos de mi alma...

(1) Matth. XXV, 6.

“Vestido ya de la ropa dicha, llegué a las gradas del solio de Jesús, a quien me presentó María Santísima. Di un ósculo suavísimo a las sagradas llagas de sus pies, y luego me preguntó si quería ser su esposa, que él quería ser mi esposo. Aniquilada el alma en su nada y en su amor, respondió lo que no sé... Luego, levantándose del solio, me levantó a la última grada, y tomándome mi mano derecha con su divina diestra, dijo: Yo, en nombre de mi divinidad y humanidad, te desposo, oh alma querida, eternamente en desposorio de amor, como sacerdote sumo, con mi naturaleza divina y humana. Siéntate ahora en el trono de mis esposas, y gusta lo que has de poseer eternamente.

“Sentéme en el trono que estaba desocupado, teniendo el Señor todavía mi diestra, en que pu­so su anillo de oro con una piedra encendida que no sé qué era, y dijo: Sea este anillo prenda de nuestro amor: ya eres mía, y yo soy tuyo: ahora puedes decir y firmarte Bernardo de Jesús, como dije a mi esposa Santa Teresa (1): tu eres Bernardo de Jesús, y yo soy Jesús de Bernardo: mi honra es tuya, y la tuya mía: mira ya mi gloria como de tu esposo, pues yo miraré la tuya como de mi esposa. Omnia mea tua sunt, omnia tua mea: lo que yo soy por naturaleza participas tu por gracia: tu et ego unum sumus (2). Estas y otras amorosísimas palabras dijo el divino Jesús a mi alma. Yo entregué el anillo que tenía en el dedo de en medio a María Santísima, como a depositaria de tal prenda...” (3)

(1) Creemos que el P. Loyola hizo aquí un cambio sustancial para nosotros en los apuntes del H. Bernardo. Lo cierto es que el P. Manuel de Prado, que los vio para su Carta..., dice terminantemente: Y no parando aquí tan singular favor, añadió el Señor: Ahora podrás firmarte Bernardo de Jesús, como tu Hermano N. Y para mayor firmeza de éste suceso”, prosigue el dicho Padre, “no dejaré de notar aquí lo que nos advierte el mismo P. Bernardo; y es, que hasta este lance ni se le había dicho ni escrito que el otro su Hermano se firmaba así: pero es cierto que así lo hacía. (pág. 37). El otro su Hermano era Agustín, el cual, al ver descubierto su favor, si bien bajo el anónimo, escribía al P. Loyola, con fecha 8 de Julio de 1736: “Ojalá hubiera omitido el P. Prado lo que V. R. me dice, en la Vida del seráfico P. Bernardo”. Era, pues, natural que no quisiera herir de nuevo el P. Loyola la humildad de su sentido hijo, y mudara las palabras originales tu Hermano Agustín en las equivalentes y para el caso idénticas de dije a mi esposa Santa Teresa, que a la verdad no cuadran tan bien como las del P. Prado, con la correspondencia que luego se sigue.
(2) Cfr. Ioann. XVII, 10: X, 30: XVII, 21: e interprétense benignamente sus aplicaciones.
(3) P. Loyola, V. Ms. del P. Hoyos, (I. II, c. IX).

Fuera del agraciado joven, hace asimismo mención de esta merced el H. Agustín en la contestación a la de su amantísimo Hijo y Hermano Bernardo, como suele llamarle; donde entre otras cosas, le dice así: ”Doy a S. Majestad humildes y afectuosísimas gracias por el singularísimo favor y misericordia que me refiere mi amado Hermano recibió el día de la Asunción de nuestra regaladísima Madre, de las manos liberalísimas de mi dulcísimo amor Jesús... Remitiré la inclusa a nuestro P. Loyola, quien se holgará mucho de este tan grande beneficio. Sobre el firmarse del modo dicho, sólo en nuestras cartas, desde ahora tiene mi Hermano mi beneplácito, para cuando lo aprobare nuestro Padre.” (1)  Y a éste: “Verá V. R. en la inclusa”, le escribe, “el favor especialísimo que refiere el amado H. Bernardo, y alabará V. R. al Señor de lo íntimo de su alma por sus misericordias. Si el Hermano no sabía, como él claramente lo dice, yo a lo menos estoy fijo en que no se lo comuniqué, no sé si me engaño, que yo me firmaba en las de V. R. y de los otros dos Padres, del modo que apunta, es providencia maravillosa de S. Majestad. Sobre el firmarse me pide a mí mi dictamen, en que le doy mi beneplácito, para que V. R. lo aprobase.” (2)

(1) 2 de Septiembre de 1730.
(2) 2 de Septiembre de 1730.

6. Y cierto que era providencia maravillosa de S. Majestad que se apellidaran de Jesús aquellas dos almas tan hermanas y unidas en los Corazones santísimos de Jesús y su bendita Madre. Pues, como avisa el mismo H. Agustín a su querido maestro Calatayud: ”Cuando yo escribí a V. R. mis cosas acerca de la santísima y dulcísima Madre, parece que tuvo el H. Hoyos especiales sentimientos sobre esto, y que mi nombre estaba escrito con letras de oro entre los favorecidos de esta dulcísima Madre e hijos suyos: y añade (el H. Hoyos): El de mi carísimo y el mío, juntos los dos; que nos tiene juntos en su Corazón:” (1)

(1) 18 de Septiembre de 1729.

No son menos dignas de atención las palabras con que, respondiendo y dando gracias Agustín a Bernardo por esta última tan grata noticia: ”He admirado mucho”, le escribe, “la providencia amorosa de nuestro Dios amantísimo en favorecemos a los dos por el mismo camino; pues, no habiéndole yo escrito a mi H. Bernardo, sino sólo a nuestros dos Padres, me participa del mismo favor que yo había recibido por el mismo tiempo, de nuestra dulcísima y regaladísima Madre. Advierto a mi carísimo que en adelante no ha de ofrecer a N. Señor y a su dulcísima Madre nuestros corazones como muchos y cada uno de por sí; sino con el suyo ha de suponer que ofrece los de los PP. Loyola y Calatayud y el mío: pues no son muchos, sino muy uno en los ojos de nuestro amor Jesús, en su Corazón y en el de su santísima Madre, como yo los vi el mes pasado.” (1)

(1) 21 de Septiembre de 1729.

Algo de esto significa también el H. Bernardo en una a su P. Calatayud, dándole cuenta de sus regalos y amorosos lances con el Señor. ”Cómo tenemos un corazón”, le dice, “estamos tan unidos con el de mi dueño amor que, para olvidarme de mi Padre muy amado, era preciso olvidarme de mí mismo: y así, continuamente tengo a V. R. presente en la presencia de mi Dios, que se ha servido levantarme al alto estado de que habla mi gloriosa Santa Teresa, con nombre de ímpetus, no de los que yo tuve a los principios, sino de otros muy diversos, que suelen venir después del matrimonio espiritual, según la Santa; y conmigo no ha guardado este orden el indecible amor que él me tiene. Es un paso muy raro, en que el Señor se comunica del modo más extraño que se puede concebir. Porque juzgando el alma está muy lejos de su dueño, y abrasándose suave y dulcísimamente en ansias por él, le tiene muy presente y estrechado con apretada unión. Sin embargo de ser un gran favor, también es un sumo padecer: y así dos veces desde el día después de Santa Teresa (16 de Octubre), en que empecé a experimentar este paso, me ha visitado y fortalecido el Señor con dos favores singulares. En el uno le vi reinando con sus Santos en el cielo: y en el otro, entre otras cosas, me mostró el espíritu del amado H. Agustín, mirando como en un espejo clarísimo su prodigiosa santidad con lo más recóndito de su alma.” (1)

(1) 17de Noviembre de 1729.

Varias veces había visto también Agustín la prodigiosa santidad de su H. Bernardo, y la de sus celosos directores, Loyola y Calatayud. Y con éste mutuo reconocimiento, con estos sabores y como gustos del cielo, entramos ya en el año de 1730, en que siguen los encubiertos y misericordiosos planes del Señor en disponer a sus elegidos y futuros apóstoles.

 

 

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