| Parte cuarta, capítulo 7. Entrañable afecto del P. Bernardo a la Humanidad de Cristo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Hablar de mi
afecto con la Sacratísima Humanidad de mi amor Jesús,
es por demás, según nos lo afirma el mismo joven.
No acierto a apartarme del buen Jesús: éste es mi
camino, mi verdad, mi vida: vivo yo, digo, no yo, sino
Cristo en mí. Puedo decir con mi San Bernardo: Nada
me sabe sin Jesús: en mi corazón está esculpida su
imagen, y transformada en él mi alma. A este Dios Hombre
quiero, a este Dios-Hombre amo; éste es el centro de mi
corazón. Ni en la oración, ni en la presencia de Dios,
ni en otro ejercicio alguno puedo apartarme de Jesús.
Sus perfecciones son el objeto de mi amor, casi
imprescindibles para mí de las de Dios: y así, si no es
cuando es elevada mi alma a la contemplación de los
atributos y esencia divina, lo demás todo se lo lleva
Jesús mi amor. Precioso en extremo es todo este párrafo y muy de notar, no solo por las chispas que despide del amor seráfico del P. Bernardo a quien bien merece todos los afectos de nuestro corazón, sino también porque en él se encierra como en suma toda la teoría y práctica de los verdaderos contemplativos, y se derriba por la base el cimiento esencialmente diabólico sobre que algunos ilusos o engañadores han querido levantar el edificio de la vida sobrenatural y divina de las gracias extraordinarias: es sólo él una confirmación harto sólida de que no eran sueños, ni veleidades, ni fingimientos lo que pasaba por el alma del P. Bernardo, sino efectos y consecuencias de aquel su amar y no poderse desentender de la Humanidad Santísima de Nuestro Señor,1 sin lo cual ni hay contemplación verdadera ni singularidades menos que peligrosas, cuando no claramente abominables, aun en el alma que, por lo demás, parezca más adelantada en el camino de la virtud. A este propósito, como quien lo sabía muy bien por luz del cielo, escribía frecuentemente el P. Bernardo a sus Padres y compañeros en el espíritu, valiéndose de la sentencia de su gran director el P. Miguel Godinez:2 Oh, cómo quisiera ver todos los contemplativos muy aficionados a esta Sacratísima Humanidad, y que se persuadan que todos los dones que no les vienen por esta puerta, son sospechosos, o no duran: que la Humanidad es puerta para entrar a tratar con la Divinidad, y que quien no entra por esta puerta, entra como ladrón por las bardas. Cierto es y ya veo, añade aquel insigne doctor, y con él su aprovechado discípulo, que hay algunos pasos de la contemplación adonde el alma, engolfada con la Divinidad, por entonces no se acuerda de la Humanidad: pero esto es excepción de la regla general, y lo común es que, así como en la contemplación clara de la esencia divina que tienen los bienaventurados en el cielo, la vista de aquella Humanidad Santísima no impide la contemplación beatífica del bienaventurado, antes la ayuda y realza, así sucede en los viadores contemplativos. Y, por fin: ¡Oh, válgame Dios, exclama el P. Godinez qué engaño tienen algunos espirituales que enseñan que no se ha de poner la vista del alma en esta Santísima Humanidad, antes la debemos perder de vista para contemplar más sin especies materiales la Divinidad con sus atributos. Por donde concluye exhortando a los que tratan de oración que acudan todos a la Santísima Humanidad; que de allí a su tiempo, si conviniere, los subirá Dios a contemplar la Divinidad (1): que es justamente lo que sucedió con nuestro P. Bernardo, aunque de una manera y con una gradación maravillosa, que ya se habrá echado de ver en su vida. Quería levantarle el Señor a lo más alto de la contemplación de la divina esencia; y, demás de enderezarle a ella por la más fácil y sensible de la Humanidad de Cristo, aun en ésta hacerle subir como por escalones, tomando el pulso a sus fuerzas y a su amor a cada paso que adelanta. Todavía era niño en la virtud, aunque perfecto en los deseos desde los primeros días de su Noviciado, y ya vimos la traza admirable con que dispuso la divina providencia acomodarse entonces a su ternura y niñez. Mostrósele gracioso infante y cariñosísimo que, ya se entretenía en pescar su corazón con un anzuelo de oro, ya en herírselo con sus amorosas flechas en traje y forma de valiente cazador.3 Estos fueron los primeros juegos del Niño-Dios con el dichoso joven, y éstas las primeras hazañas de su amor en aquel inocente pecho donde amenazaba hacerse pedazos el corazón en fuerza del afecto a su querido Niño. Sin poderlo contener prorrumpía a veces, como para darle algún respiro, en amorosos coloquios y aun acaso en extremos de santa locura, de que dimos buenas pruebas en su lugar, mayormente por el tiempo que antecedía a la fiesta del Nacimiento de su amor Jesús, que fue siempre una de las más dulces de su vida. Preparábase para ella con particulares obsequios de su parte, ni descuidaba el cielo en descubrirle tal vez los más sólidos y ejercitarle en ellos con extraños sentimientos e inteligencias. Unas veces, y era lo más común, abrasábale el mismo divino Niño su corazón y se lo purificaba con los ardores sagrados de los amorosos ímpetus. Otras, le enviaba su Madre la Virgen Nuestra Señora a su ministro el arcángel San Gabriel para que le enseñase la preparación que deseaba de su devoto hijo. Mandóle en una ocasión el celestial príncipe que imitase en cuanto pudiera a la Señora en los deseos vehementísimos que ella tuvo de ver nacido de sus virginales entrañas al Niño-Dios. Hízolo, como solía, con toda puntualidad; y no son descriptibles los gozos que experimentó aquella noche de nuestra salud el corazón ardiente del P. Bernardo: fueron propios de la grandeza y liberalidad de su amor hecho Niño. Pero sucedíale algunas veces que éste se le desaparecía a lo mejor cuando más se deleitaba con él, después de haberle herido el alma con una sonrisa de sus hermosísimos labios o un guiño de aquellos ojos que alegran el cielo y la tierra: y ya aquí no había hallar consuelo para el inocente joven No era tanto el dolor de ausencia el que le aquejaba, aunque tan agudo e incurable, cuanto la imaginación y recelo de si se le habría escapado su Niño en pena de alguna culpa suya, o de no verse correspondido en su amor como él se esperaba. Esta era su angustia y terrible congoja que ni siquiera le dejaba pensar en que sí le amaba según sus fuerzas, y no provenía sino de puro amor su misma duda, y sólo buscaba el Niño, en ausentársele, como después se lo decía él a la vuelta, llagarle más de su amor4 y acostumbrarle poco a poco a mayores mercedes. Pues mayores eran sin comparación las que todavía le aguardaban de parte de quien no le quería niño, sino varón perfecto conforme a la plenitud de la edad de Cristo su amor. El cual se le iba descubriendo cada vez más claro según la proporción con que, al decir del evangelista, adelantaba en gracia delante de Dios y de los hombres (2), y no menos en trabajos desde su juventud (3). A éstos anhelaba también sobre todo el P. Bernardo, como tan instruido en que el verdadero amor se muestra principalmente en padecer por el amado, y en conformarse con la vida de quien sólo supo de amarguras y penas en este valle de lágrimas. ¡Con qué afecto se las pedía a su Señor el tierno joven, y con qué gusto renunciara a todas sus delicias y regalos por las solas espinas y la cruz de su adorable Redentor y Maestro! Aunque, bien se las dio a experimentar en diversas ocasiones en que le hemos visto martirizado con el dolor de sus ímpetus, hartado en las fuentes del padecer que le brotaban por donde quiera, y hecho más de una vez participante de aquel cáliz amarguísimo de su afligido amor. Pero todo ello aún no le satisfacía. Traía materialmente impresa en su corazón la imagen de su buen Jesús; y a su vista parecíale que no eran penas las suyas, sino placer y deleite. Empezaba luego a sumergirse en el abismo de sus aflicciones y desamparos; mas venía el Señor de pronto a llenarle de dulzuras. Si por dicha sentía herido su corazón con agudas saetas, presentábasele risueño a que las partiese con él y su bondadosa Madre; y cuando más se hallaba combatido por el mundo, el infierno y su mismo amor, hacíale ver una luz del cielo que eso no era más que una prueba, un simulacro de padecer más que realidad, un disponerle el Señor para mayores gozos. Verdaderamente que tenía alguna apariencia y sombra de verdad la queja del animoso joven, de que su amor Jesús no le quería llevar por el camino por donde él fue; pues así cubría y sembraba el suyo de celestiales consuelos, trocándole las espinas en rosas, y la cruz tan deseada en mullido lecho en que descansar. Pero tales han sido siempre las quejas de los que mucho aman, y no podían ser otras las del P. Bernardo cuando se miraba a sí. Sólo parece que encontraba algún pábulo y juntamente desahogo a su amor y dolor en aquellos días que la Iglesia consagra á. la memoria de los misterios devotísimos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, y en que él se complacía en comunicar a su amante siervo alguna partecita de sus infinitos dolores y congojas. Ya en varios años hemos referido por ese tiempo las visiones, inteligencias y tormentos increíbles del P. Bernardo al acompañar en espíritu a su Señor los días últimos de la Semana Santa. Fue testigo entonces más de una vez en el Huerto, de la mortal tristeza y agonía que sufrió el divino Corazón, al resolverse en copioso sudor de sangre que batió la tierra; y apoderóse del suyo ante aquel imponente espectáculo tal horror y asombro y apretura, que le temblaban las carnes y se le hacía como pedazos todo el cuerpo en fuerza del dolor y la compasión. Vio después a su dulce amor preso, conducido a los tribunales de los perversos pontífices, y maltratado por la canalla vil de corchetes y soldados de la guardia; y, acordándose de tantas veces como le había visto adorado de los ángeles, y de que solamente era poderosa para tenerle así maniatado su caridad a él, ofrecíasele a padecer gustoso las penas del infierno por evitarle aquella vergüenza e ignominia. Contemplábale después trasladado a la casa de Pilatos y Herodes, y burlado del uno como loco, y mandado por el otro azotar como delincuente; y pedíale deshecho en lágrimas y derribado en el suelo que permitiera cayese sobre sus espaldas aquella sangrienta disciplina, cuyos golpes le herían y atormentaban mil veces más que si se descargaran sobre las suyas. Y cuando de allí a poco miraba a su Señor subir el camino del Calvario cargado con la cruz, y afijado en ella entre dos ladrones, y muerto en la más espantosa soledad y abandono, ya aquí no pudo contenerse más el corazón del compasivo joven: partiósele en dos mitades por un milagro de la divina omnipotencia, sin morir, pero con un dolor tan intenso, que le embargó todos los sentidos interiores y exteriores de manera que ni él mismo nos pudo explicar lo que en esto le pasó. Mas ello sucedió así como él nos lo refiere; y el P. Juan de Loyola que vio sus papeles originales, nos advierte con insistencia que fue real y físico este partírsele el corazón, y que así le tuvo partido hasta que plugo al Señor juntárselo otra vez con un nuevo milagro. Y que esto sea posible a Dios ¿quién lo negará? ¿Quién pondrá en duda, ni osará estrechar a los límites de lo que ve los extremos del amor divino que fue capaz de dar muerte a la misma vida? Pues, si a tales portentos alcanza la mano de Dios, y tal hizo en el corazón de nuestro joven, ya no hay a qué maravillarnos de otros que él nos cuenta, ni de tantas mercedes como en esta historia van insinuadas de su amor Jesús en correspondencia al de su agradecido y devotísimo P. Bernardo. Ya, en efecto, no nos sorprende que tantas veces tratara con él como con amigo muy particular, y que le estampara su propia imagen en el corazón, y que se desposara con su alma, y le diera aun su nombre por apellido, concediéndole firmarse Bernardo de Jesús, así como él era también Jesús de Bernardo, es decir, su Salvador y padre, su Esposo y finísimo bienhechor. Como a tal le consideraba siempre, unido ya a él con tan apretado vínculo, sin poderse arrancar de su presencia, con la mente fija en la contemplación de sus divinas perfecciones, con obsequios agradables a su soberana majestad, y sobre todo con la adoración continua y fervorosa ante el Sacramento de su amor en que se dignó quedarse entre nosotros. Como le tengo en el Sacramento augustísimo , dice el P. Bernardo, allí es mi consuelo, allí mi refugio. Parece que hay entre este divino Sacramento y mi corazón una celestial simpatía con que, por instinto natural, se me deja sentir su presencia. No es aprensión, sino experiencia; pues al ir a visitarle, aun cuando voy divertido, siento en el corazón un no sé qué que me recuerda del amado: éste no sé qué es la fragancia de los divinos ungüentos, perceptibles desde lejos. Siento las vísperas de comunión un celestial impulso que previene el corazón con delicias y consuelos, causándome hastío todo otro manjar terrestre. Aquí en las comuniones es donde tengo mi bienaventuranza en la tierra, que creo no se distingue de la del cielo sino en la visión y claridad. Este es el teatro de los divinos favores: aquí recibe mi alma a su Dios, y con él nuevos alientos, nuevas fuerzas, nuevos dones y favores inexplicables. Y así es la verdad que en las comuniones sobre todo gozaba más de lleno de los regalos y dulzuras de su amor Jesús: por lo que bien podía asegurar que las comuniones venían a ser para él unas como vislumbres de la gloria, y el único alivio para quien desea con ansia verse con su Dios. Añadía que en esto aun somos los que vivimos acá superiores a los mismos ángeles y bienaventurados, pues ellos no reciben al Señor en el Sacramento, y nosotros sí, haciéndonos una misma cosa con él. A cuyo propósito sirvióle de grandísimo consuelo el oír una vez a su ángel que le aseguraba que, si allá en el cielo cupiera la envidia, sería por sólo este favor que se nos concede a los mortales, y a ellos no. Todas estas inteligencias y sentimientos del P. Bernardo son anteriores al año de 1733 en que se le descubrió el tesoro del sagrado Corazón de Jesús: desde este año fueron mucho mayores aún y más frecuentes y amorosos. Lo que ha que conozco su Corazón divino, siento grandemente aumentada la devoción con este misterio de amor de nuestro Dios Sacramentado: su presencia aun de lejos se deja percibir de mi alma, y de cerca me asombra y me eleva a un tiempo. Cuando le visito solo y sin que se pueda notar, le hago tres profundas reverencias, juntando mi rostro con el polvo antes de hablarle. La mas mínima distracción o menor atención en su presencia se me representa grave falta, y esto me da materia para tener que llorar a veces en mis confesiones por el menor descuido: la menor irreverencia que vea, o hablando en la iglesia, o mirando, etc., me traspasa el corazón. Las delicias que allí siento, son infinitas: no quisiera apartarme de allí de día ni de noche: y así, cuanto se compadece con las ocupaciones, le hago frecuentes visitas, que pasarán de treinta todos los días, y algunos de cincuenta. Las vísperas de comunión se alboroza mi espíritu, y el día es para mí de notable inmutación: quisiera tenerle siempre en mi pecho. Algo se le cumplió su deseo con ordenarse de sacerdote, en cuyo tiempo dimos ya alguna muestra de cómo fue creciendo su devoción a la fuente de todas sus dulzuras, en aquellos pocos meses que pudo gustar cada día del cuerpo y sangre preciosa de su amor Sacramentado. Eran entonces aun más frecuentes sus visitas, más regalados a proporción los dones que se le comunicaban, y mas encendidos los afectos que acabaron, al fin, como era de esperar, por quitarle la vida. Luego en su lugar pondremos una devotísima práctica que poco antes de morir escribió sobre la adoración del Santísimo Sacramento que él usaba en estas ocasiones, y donde se descubre alguna centella de aquel fuego que le devoró como víctima agradable a los ojos de su dulce amor. Terminemos este capítulo recordando, pues queda ya expuesto a la larga, el que en los dos años y medio últimos de su vida tuvo al sagrado Corazón de Jesús, fin y corona dignísima de todos sus amores, gracias extraordinarias y bendiciones del cielo. ...................................................... (1) Véase Godinez, Práctica de la Teología Mística. (libr, IV, cap. VI). (2) Luc. II, 52. (3) Ps. LXXVII, 16. 1 Este camino de la Santa Humanidad de Jesucristo es el más seguro y acertado. La mística Doctora Santa Teresa de Jesús así lo dice en sus obras: Y veo yo claro y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por mano de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy, muchas veces lo he visto yo por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos (Libro de la Vida, XXII, 6). 2 El P. Miguel Godinez (Michel Wadding), irlandés, nació en 1586 en Waterford. Sus padres, fervientes católicos, por la persecución religiosa de la reina Isabel I de Inglaterra, enviaron a su hijo a estudiar al continente. Estudia en el colegio irlandés de Lisboa y luego en Salamanca; aquí entra en la Compañía de Jesús, haciendo su noviciado en Villagarcía de Campos (1609-1610). Tras un año de noviciado, pide ser enviado a Misiones y se embarca en Cádiz rumbo a Veracruz. En Méjico capital cursa sus estudios de filosofía y teología (1613-1619). Dedica sus primeros años de sacerdote a misiones vivas entre los indios y más tarde explica filosofía y teología en Puebla y en Méjico capital. Escribió Práctica de la Teología mística, que tuvo varias ediciones en España; en ella trata orgánicamente de toda la vida espiritual, vida de oración y sus grados, dirección espiritual y discernimiento, en una síntesis densa, luminosa y atrayente. Su juicio sano reposa no sólo sobre los criterios de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y otros autores espirituales de toda solvencia, sino también sobre su propia experiencia y la práctica de dirección de almas escogidas. 3 Sabemos que por entonces se leía en Villagarcía la vida del P. Manuel Padial, quien tuvo especialísima devoción al Niño Dios, a quien con toda ternura le llamaba amorcico de mi alma. Sabemos que Bernardo sentía no poca devoción ante una estampa, en que aparecía el Niño Dios en traje de pescador y pescando corazones con su caña. 4 Es aquello de San Juan de la Cruz: A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido; como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando y eras ido |
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