| Parte cuarta, capítulo 5. Encendido amor del P. Bernardo a Dios y al prójimo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Para poder decir algo
del amor de Dios en que se abrasaba el corazón del P.
Bernardo, sería preciso tener un amor semejante al suyo:
éste daría luces al entendimiento y ardores a la
voluntad, que comunicasen a la pluma frases
proporcionadas al incendio que le devoraba. Pero supla
él con sus palabras lo que no alcanzaran a describir las
nuestras, y sirva la sencilla narración de algunos de
sus trasportes para dar tal cual idea de la grandeza de
su amor. La primera locución con que le favoreció el Señor, fue mandarle expresamente que le amase, dándole por motivo su amabilidad infinita. Desde aquel instante es ya inconcebible la fuerza con que prendió en su corazón el fuego del amor, tanto, que, sin poderlo aguantar, se veía obligado con frecuencia a abrir el pecho y romper en estas voces: Amor insufrible, amor intolerable, que me enciendes, me quemas y me abrasas; detén tus dulzuras, detén tus ardores, que yo me quemo y abraso en vivas llamas de amor. iOh amor, amor, amor! que muero por morir, y reviento de amor. Estas son algunas como chispas o centellas del volcán que ardía en el corazón del P. Bernardo, no muy fáciles por cierto de ocultar en algunas ocasiones. La caridad que abrasaba su pecho, escribe su connovicio el P. Osorio, salía regularmente a encender el rostro cuando hablaba en materia de amor divino, como lo advertí varias veces: alguna de las cuales, faltándole palabras con que desahogar su incendio, prorrumpía en estas expresiones, cuya frase elevaba con el fervoroso modo de decirlas: Hermano, ¿no ama mucho a su Dios? Amele, que es digno de ser amado. Pero dejemos otros testigos, y oigamos al mismo joven que nos habla muy despacio de su caridad y amor de Dios, en aquella hermosísima cuenta de conciencia1 que, ya teólogo de segundo año, remitió a su P. Loyola. Háblale primero en ella de otras virtudes que en sí experimenta; y al llegar, por fin, a la caridad: ¿Qué diré de la caridad?, se pregunta él mismo, y se responde de esta manera: Aquí, amado Padre, es donde me quejo de lo grosero de nuestras expresiones; aquí es donde estoy cierto que no me explicaré bastantemente; aquí es donde el quererme dar a entender me ha de hacer ofuscarlo todo: pero aquí es donde está la raíz, el cimiento y basa de todos los divinos dones; en éste estriban, en éste se cifran, en éste se envuelven. Dejo aquí la pluma, pues no quiero engolfarme en este punto hasta haber pedido nueva luz al Espíritu Santo, y nueva asistencia a mi dulcísimo director San Francisco de Sales para que pueda dar a V. R., como a su vicario, un bosquejo de lo que el Santo conoce perfectamente. Y así, ceso hasta mañana. Al día siguiente prosigue su interrumpida relación, y habla de su amor a Dios en estos términos. Amo a mi Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu, con todas mis fuerzas. Dios es el centro, es el blanco, es el objeto único que arrebata mi corazón: en su amor arde el corazón, se enciende, se abrasa y dulcísimamente se consume: parece hay allá en lo más recóndito del alma un incendio abrasador de amor. A veces me comunica el Señor una luz refleja con que registro todas las operaciones, movimientos y sentimientos de mi espíritu; y, mirando este fuego en que toda el alma se abrasa, y con aquellas licencias que el amor se toma para con su Dios (que se complace en semejantes osadías y arrojos), prorrumpe en estas o parecidas exclamaciones: íOh amado mío, cuánto os amo! Más os amo yo a vos, que vos a mí: porque yo soy nada, vos sois Dios infinito; yo criatura, vos mi Dios: vos me amáis como Dios, yo os amo como criatura: y con esta proporción o improporción más os amo yo. Paréceme grande mi amor de parte del sujeto, mas no del objeto; y así, creo que amo mucho a mi Dios, cuando miro los esfuerzos de mi flaqueza: pero, si atiendo a su bondad, si la luz que entonces me comunica, se endereza, no a mi amor, sino a su término, todo voló. Entonces se corre el alma, se avergüenza, se aniquila de confusión, al ver su nada de amor a aquella infinita bondad: y es cosa de maravilla que, estando metida el alma en aquellos arrojos de amor que digo, en un momento vuelve la hoja y empieza a desdecirse, y realmente lo hace. Dispónelo así el Señor como para desempeñarse, y mostrarme amoroso que no le amo tanto como yo pienso. No obstante, en la realidad el Señor me comunica un amor suyo tan grande, y son tales sus quilates, tales sus ardores, tal su violencia, que me parece que, si quisiera mudar de amor conmigo alguno de los serafines, que tanto le aman, no admitiera el trueque sin parear primero los dos amores. Parece expresión nimia, pero yo la tengo por cierta en lo que toca a la caridad y amor actual con que a veces es levantado mi espíritu a amar a su Dios: y V. R. lo concebirá, sabiendo que todo esto sólo prueba la grandeza de Dios, que por sí mismo toma y coge la voluntad, como el maestro la mano del niño que no sabe escribir, y como principio eficiente elevante sobrenatural produce juntamente conmigo estos divinos actos de amor que los místicos llaman anagógicos, como hermosamente lo declara el P. Godinez (1). Con que, no es mucho forme mi voluntad estos primores de amor, si tiene otro principio tan poderoso como el mismo Dios; como no sería mucho que un pigmeo levantase una gran piedra, si un gigante se la levantaba cogiéndole las manos. Mas prescindamos de estos actos, que realmente son milagrosos y de una tan increíble eficacia que de hecho, según la opinión común de los teólogos, pueden producir aun en aquellos que viven en la tierra un amor actual que no ceda en intensión y vehemencia al habitual de los más ardientes serafines: de donde se conocerá que nada encierra de exorbitante, ni aun de hiperbólica, la condición que pedía nuestro joven para el trueque de su amor con el de aquellos inflamados espíritus. Prescindiendo, pues, volvemos a repetir, de estos actos, cuya potencia nadie podrá siquiera imaginarse que en sí mismo no la experimente, y declararla nadie absolutamente en este mundo, prosigue diciendo el P. Bernardo que aun en los producidos con el hábito regular infuso de la caridad, como tan refinada por los dones de la contemplación, sentía en su pecho tal género de amor y movimiento a su Dios, que aun ése le parece que no acertará a explicar cual es en sí mismo. Lo único que entiende bien y avisa de antemano es que no tiene este amor las llamaradas del fuego interior que otras veces a los principios tenía: como era aquella santa embriaguez, aquellas locuras, aquellas violencias de corazón, aquellos ardores externos que llegaron a levantarme ampollas en la parte del corazón. No, no tiene este amor esas cosas extrínsecas y estrepitosas que, siendo pasiones accidentales del amor sólido, son de más ruido a los que no entienden estos puntos, siendo menos de sustancia: pero tiene este amor otros respiraderos que, o son sus efectos, o sus propiedades, si ya no son el mismo amor. La primera de sus propiedades es su continuación. Desde que despierto hasta que el sueño me rinde, no ceso, escribe el espiritual joven, en el ejercicio del santo amor medio cuarto de hora:2 creo puedo asegurar que, si estuviera un cuarto de hora advertidamente sin amar, muriera de dolor; y antes escogiera el infierno con todos sus tormentos, por aquel tiempo. Es tan frecuente este amor envuelto con la memoria del amado, o con la presencia de Dios, que parece que no está el corazón conmigo, sino allá con su Dios.3 Ando tan embebido en el amado, que no hallo cómo explicarlo, aunque es vergüenza, sino con el ejemplo del amor mundano que, apoderado de un corazón, no le deja de noche ni de día: ni come sin amar, ni ve sin amar, ni habla sin amar. Este modo de amor es muy secreto, y parece que pasa allá en otra región; pero es grande la frecuencia con que levanta la llama: todas las criaturas que más al vivo representan a su criador, son centellas que levantan en el corazón un volcán de fuego. 4 Aquí me parece a mí, aunque no lo tengo del todo bien averiguado, que el ejercicio de este amor en que digo anda continuamente la voluntad, no es amor formal, sino equivalente: quiero decir que no es acto continuado de amor, sino un estar la voluntad como reclinada en las manos y seno de su amado,5 con un consuelo y certeza grande de que está allí su Dios; y de cuando en cuándo hace unos pequeños lanzamientos en su Dios, tan delicados, que casi no se perciben, con cierta semejanza a la oración de silencio. De este modo anda continuamente mi voluntad en el estudio, en el trato con los hombres y en todo acto exterior. Sin embargo, es verdad que de improviso viene un rayo de luz que ilustra el entendimiento y lleva tras sí la voluntad con movimiento más activo, pero es pasajero: esto me sucede muchas veces cada día, y en particular en el estudio, en que ya lo que oigo, ya lo que leo, etc., es un despertador del amor. Acompañan a esta propiedad vivísimos deseos de amar más y de que otros amen al centro del amor, a la bondad infinita. Son éstos tales, prosigue el P. Bernardo, que no se contienen en lo posible, sino que se adelantan a fingir quimeras. Si pudiera amar con el amor de todas las criaturas posibles, infinitamente multiplicado, me parece que no quedara satisfecho: si, renunciando al cielo y abrazando el infierno, amara más a mi Dios, lo hiciera gustosísimo. Del mismo modo que yo, a mi parecer, amo a Dios, deseo que le amen todos los hombres: este deseo me hace pedir continuamente por los pecadores. Quisiera subir a la región del aire, y dar una voz que sonase en todo el mundo: Hombres, amad a aquella bondad infinitamente amable, y de buena gana renunciaría a la gloria, como acá igualmente amase a Dios, porque el Señor fuese más amado. Quisiera que hecho menudas piezas todo mi cuerpo, y convertidas aquéllas en lenguas, predicasen este amor, encendiendo en él al género humano. A estos deseos se sigue la complacencia, el júbilo y gozo que recibe mi espíritu amando a su Dios: ama a su Dios, y de este amor nace la complacencia; y de ésta, con un círculo divino, nace nuevo amor. El mayor gozo en este particular es saber que hay quien cumplidamente ame a Dios, que es el mismo Dios. Cuando entiendo, oigo o veo algunas señales de ese amor en los hombres, recibo un gozo inexplicable: cuando miro concursos en las iglesias, cuando se celebran majestuosamente las fiestas, cuando se adelanta el culto divino, cuando reconozco que de algún modo se extiende el divino amor, no puedo contener las lágrimas de consuelo. Paréceme mía la ganancia: miro la gloria de mi Dios como propia; y así, el corazón, asomándose por los ojos, o dando saltos, cuando no le concedo el desahogo de las lágrimas, muestra su grande regocijo. Por el contrario, si recelo que Dios puede ser ofendido por algún hombre, no halla paz mi espíritu hasta ver si puedo remediarlo, o impedirlo, aunque sea dando la vida: ¿qué digo la vida? diera yo por estorbar una ofensa de Dios, todo cuanto Dios me puede dar,6 excepto su amor. No sé qué hacerme cuando veo algún peligro en esto: acudo a la Santísima Trinidad, al divino amor Jesús, a María Santísima y a toda la corte del cielo; y a este paso es el dolor, el sentimiento y tristeza de las ofensas ya cometidas en diminución del amor: y a veces son tales estos afectos, que de la pena de los pecados ajenos perdiera la vida, según la viveza con que aprehendo esta desgracia. Los mismos afectos a proporción sentía en los suyos propios, aunque nunca, por la divina misericordia, llegaron a malicia grave; y subía de punto su pena cuando se adelantaba a pensar lo que de él pudiera ser con el tiempo y las ocasiones. Y así, cuando considero, dice, que puedo perder el amor de mi Dios, aquí se sume el alma en el profundo abismo de su nada, temblando de su miseria. Cuando pasa adelante, o cuando Dios lo dispone y entra en sospechas de que va errada en este camino tan arriesgado, que todo es un embeleco, que yo me engaño porque quiero, y traigo engañado a V. R., que todo es imaginación, antojo y ficción mía, que estoy en desgracia de mi Dios y privado de su amor por ofenderle gravemente fingiendo revelaciones: cuando, sobre estos mismos temores, entran otros de que no son temores, sino remordimientos, que son voces de Dios que me llama a penitencia, y así a este modo otras mil reflexiones que me atajan y hacen figurar evidente que estoy sin el amor de Dios: aquí es el tormento, aquí es el dolor; es un infierno abreviado; es más que el mayor martirio; es un padecer tan grande, como lo es el deseo de amar a mi Dios. Por este deseo se mide el padecer; y por este padecer, el temer; y por este temer, el amar. Estos temores me ha avisado el Señor que han de ser el torcedor de mi corazón, alternando con los ímpetus. No son como los temores del desamparo; son de otros quilates, como lo es el amor en que estriban y del cual se originan: son allá en lo más recóndito del alma; no se insinúan al exterior sino por tal cual lágrima y por abstraer los sentidos: son una batalla interior en que se atropellan el amor y el temor de perderle. No he hallado hasta ahora remedio a ellos: lo que hago es acudir a Dios, protestando que yo por mí no quiero este camino;7 que me aparte de tanto riesgo, si es su voluntad; que sólo busco su amor, y éste le puedo hallar sin estos favores. Pero continúa el P. Bernardo con las propiedades de su amor a Dios; y llegando a su pureza sin mezcla de temor ni esperanza, el mismo Señor mejor que yo sabe, dice, que no le amo por temor del infierno ni por esperanza de la gloria: y así tal vez se ratifica el alma diciendo que el Señor la prive de la gloria, si sabe que le ama sólo por ella, o la condene al infierno, si le ama sólo por temor del infierno. Efecto es del mismo amor el despego de corazón de todas las criaturas.8 Testigo me es el mismo Dios que no hay criatura que me lleve tras sí el corazón, que no amo a ninguna sino por él y en él y para él: a lo menos estoy cierto que ninguna tiene dominio en mi corazón advertidamente; y, si yo conociera que sí hay quien lo tenga, y, arrancando el corazón, pudiera purificarle en el fuego, de la escoria de afecto menos recto, lo hiciera gustosísimo. Por esto no quiero decir que no tengo mil imperfecciones en el afecto: lo que digo es que, aunque algo se pegue el corazón en el modo de amar las criaturas, en la sustancia no se pega advertidamente nada. Estos afectos a las cosas criadas, como moscas importunas, pican, pero no profundizan; empañan la tez del corazón, como polvo pegadizo, pero no ponen su trono dentro del corazón, que es el camarín del Gran Rey. De aquí nace, prosigue un poco más abajo, el sentir en mí aquella santísima indiferencia en la voluntad de Dios, que altamente describe mi director San Francisco de Sales en la Práctica del amor de Dios, que no hay lance ni acontecimiento que, aunque me coja de repente, haga que mi voluntad no esté conforme con la divina. Porque me ha concedido el Señor esta gracia, que en cualquiera cosa que suceda, próspera o adversa, grande o pequeña, luego la reconozco por enviada o dispuesta de mi Dios, y exclamo: Está bien, Señor, pues que tal es vuestra voluntad; y tal vez previene este afecto al movimiento primo primo.9 Al mismo modo, no me congojan las cosas que, o deseo, o temo que sucedan: pues creo será la voluntad del Señor, y aquieto los primeros movimientos de la naturaleza con decir: Dios se proveerá la víctima10, como enseña mi Santo. Es verdad que, cuando el corazón está turbado con temores, no es sensible esta indiferencia,11 pero reside en la cima del espíritu. Origínase de esta indiferencia una paz interior singular. Me he puesto a pensar qué cosa bastaría a turbármela, y me parece que, no retirándose el Señor, no me puede suceder cosa que a poco tiempo no deje a mi espíritu en la misma serenidad. Verdad es que a veces las pasiones hacen su tiro; pero, en advirtiendo, todo se sosiega. Por estos pasos me va el Señor metiendo en la santa libertad de espíritu; pues ni lo adverso me detiene, ni lo próspero me halaga, ni los sucesos me atan: antes, a un poco que entre en lo interior, me hallo superior a todas estas cosas: y todo lo que veo y trato por los sentidos, me parece sueño, y sólo lo interior realidad; y a veces se me representa este mundo y sus negocios como un juego de niños. Todos éstos son efectos del amor que el Señor me da de sí mismo. Después de haberlos señalado con la claridad e individuación que hemos visto, finalmente, escribe, es propiedad del amor de Dios amar a quien el mismo Dios ama; y así, me comunica un amor grande de los prójimos, pero un amor no como quiera, natural y sensible, cual suele ser comúnmente el que inspira la carne, sino espiritual y purísimo, cual es el que procede y se nutre del amor de Dios, difundido en el pecho de los Santos. Cierto que también entra y favorece mucho en esto la bondad de carácter; y sabemos que era el P. Bernardo de corazón tan tierno ya de suyo, que no podía ver una desgracia sin conmovérsele las entrañas, y al mismo tiempo tan agradecido y amigo de no dar disgusto a nadie, sino placer en todo, que hasta lo consideraba como una de las raíces de sus imperfecciones. Pero no era ése el amor a los prójimos de que él nos habla aquí, ni tan débiles los fundamentos en que lo constituía. Amaba a los hombres porque también los ama Dios: amábalos porque son imagen y hechura suya, y redimidos con la sangre preciosa de su amor Jesús: amábalos porque fueron criados para alabanza de su Señor y para que cada cual según sus fuerzas y gracia contribuyese a la gloria, honra y servicio de aquél cuyo sólo amor deseaba que reinase en el mundo, y sólo a él se dirigiesen todos los pensamientos y acciones de sus criaturas: en todo era Dios el principio y fin de su amor a los prójimos, así justos como pecadores. En cuanto a éstos dice que si bien, cuando la divina luz le descubre su maldad y desvergüenza, monta su corazón en un sagrado celo, pero cuando la luz le manifiesta juntamente con el pecado la miseria de nuestra flaqueza y la misericordia divina, entonces se deshace de compasión: aquí, el desear ser anatema por mis hermanos; aquí, las instancias a mi Dios; aquí, las oraciones por los predicadores para que ayuden, ya que yo no puedo, a los pobres pecadores; aquí, los deseos de sacrificar mi sudor y mi sangre y mi vida para cuando sea voluntad de Dios enviarme a mí: aquí es tal la compasión, que me parecen propias las miserias ajenas.12 No podían ser otros los afectos de quien, como el P. Bernardo, deseaba que todos amasen al Señor como él le amaba, ni sentía dificultad en renunciar a la gloria cuando de esto resultara ser Dios más amado de los hombres. Mostraba también este celo y verdadero amor de los prójimos en procurar que nadie ofendiese a la Divina Majestad; y, si tenía noticia de haberse cometido alguna culpa, no se daba consuelo ni reposo hasta ver, como ya él nos lo advierte, si la podía remediar, o impedir a lo menos sus progresos. Cuando a más no alcanzaba por razón de su estado, ofrecía a Dios fervientes lágrimas, oraciones continuas y rigurosas penitencias y cuantos obsequios sirvieran a desarmar su venganza contra los miserables pecadores, dispuesto a recibir en sí el castigo que ellos merecían y a arriesgarlo todo, excepto el divino amor que le incitaba a tan caritativo desempeño. Pero, cuando le parecía poder hacer de su parte algo más, ahí era el echar mano de cuanto le dictaba su fervor e industria, y el cumplir a la letra aquella su inflamada sentencia sobre el modo como debe practicarse esta caridad y celo por el bien del prójimo: conviene a saber, no dejando medio alguno, no perdonando trabajo, atropellando con prudencia, no humana sino divina, cuantas dificultades se opongan, no volviendo atrás por ningún acontecimiento, y demás que arriba copiamos de sus palabras. Siendo aún novicio, supo una vez por revelación que ciertas personas estaban en pecado mortal. Asustóse sobre manera; y mucho más, cuando de allí a poco certificaron ellas mismas con el hecho la verdad de lo que ya él había entendido, y proyectaban terminar sus depravados intentos con un ruidoso escándalo. Entonces se vio lo que puede un corazón lleno de amor y santa intrepidez. No contento el P. Bernardo con sus extraordinarias penitencias y oraciones al Señor por la conversión de aquellas almas, 14 añadió cuantos medios humanos pudo idear al mismo fin. Empeñó al P. Calatayud para que, venciendo toda consideración, les hablara con toda la autoridad de su sagrado ministerio: él también les escribió, pues las conocía muy bien, cartas encendidas en el fuego del más ardiente amor, pero amenazándolas con la justicia de Dios, si no dejaban el mal camino en que se hallaban; ni paró hasta haberle el Señor descubierto con nueva revelación que ya se había logrado el fruto de sus lágrimas y pretensiones. No es posible individualizar más este caso, escribe el P. Loyola, después de referirlo con alguna vaguedad. Tampoco diremos más nosotros sobre él sino que lo tenía muy presente el piadoso joven, cuando el 17 de Noviembre de 1729, año y medio después de haber comenzado a hacerse público, escribía en estos términos a su P. Calatayud: Ha de saber que ya el Señor está desenojado por las oraciones de sus siervos y por la conversión de algunos pecadores. Así me lo declaró el día después de mi gloriosa Santa Teresa (16 de Octubre); y yo juzgo que V. R. ha tenido buena parte en el desagravio del Señor con lo que ha trabajado por el bien de las almas. ¡Oh Padre mío, qué trabajo tan agradable al dulce dueño Jesús, le dice a continuación, como envidioso y aun pesaroso de no poderle imitar en sus evangélicas conquistas. Prosiga V. R.; no perdone a trabajo alguno, y no haga caso de las prudentes máximas de los que juzgan según la carne. El Señor le ha querido tomar a V. R. por instrumento para salvar muchas almas. iOh, que me da lo que entiendo de V. R. gran consuelo, porque sé lo que al Señor le costaron las almas, y lo mucho que desea su provecho y salvación! . Este es el amor que sentía el P. Bernardo a los pecadores. Pero advierte luego que es mucho mayor aún el que siente a los justos, porque mucho más, dice, los ama también el Señor. Entre estos, añade, prosiguiendo en su orden, a aquellos a quien el Señor lleva por un mismo camino conmigo, porque regularmente les comunica a ellos más caridad, los amo con especialidad, y parece hay en el corazón uno como reclamo o simpatía con los tales: a los que trabajan por la gloria de Dios y salvación de las almas, no hay qué decir. Pues ¿qué diré de mis directores y Padres espirituales? No diré nada, porque será nada cuanto dijere. Este amor parece naturaleza: no puedo dejar de amar a VV. RR., dice al P. Loyola, sin dejar de amar a Dios, pues VV. RR. son los vicedioses míos. En las más íntimas uniones cuando estoy con mi Dios, estoy con VV. RR.; pido para VV. RR. lo que para mí: no me acuerdo de mí, si no me acuerdo de VV. RR.; y aun me acuerdo de VV. RR., y no de mí. Fuera lo contrario una ingratitud inaudita, que me horroriza sólo el pensar. ¡Oh Padre mío, y cuánto deseo ver a VV. RR. abrasados en el divino amor! Son continuas mis súplicas a este fin: pido amor y luz; ésta, para que VV. RR. me dirijan y no me permitan errar en camino tan arduo; aquél, para que se estreche más la unión que de nuestros corazones ha fundido uno, y se continúe en la gloria. ¡Oh Padre mío, y cómo nos hemos de ver en la gloria y continuar nuestro amor! ................................................................ (1) Práctica de la TeoI. Míst. (Iibr. IV, caps. XI y XII; libr. VI, caps. XIII y XIV). 1 Esta larga Cuenta de conciencia la escribe Bernardo estando en el colegio de San Ambrosio. Y la escribe para hallar la tranquilidad de su alma, ya que le venían pensamientos de que estaba engañando a sus superiores y padres espirituales... Por ello se esfuerza en abrir su alma como si fuera un nítido cristal, en el que hasta lo más insignificante queda relatado, por poca importancia que pudiera, en su opinión, tener. Hablando de ella, se expresa así el P. Máximo Pérez en su biografía: Bernardo ha terminado el primer curso de teología y acaba de cumplir sus veintiún años de edad. Hace un mes que ha escrito su Instrucción Espiritual al H. Osorio. Ahora, en torno a la fiesta de San Lucas (18 de octubre de 1732, terminados los ejercicios espirituales y montándose sobre los primeros días de clase) acomete una nueva tarea: presentar a su director espiritual, el P. Juan de Loyola, un recuento exhaustivo de su alma.... Fue una resolución espontánea del joven porque continúa Loyola- ninguno de sus directores o de sus observadores le obligó a formar una difusísima relación de su espíritu. 2 Esta frase nos trae a la mente una parecida de San Alonso Rodríguez, santo Hermano portero del colegio de Mallorca. Preguntado un día sobre si se distraía de la presencia de Dios a lo largo de su jornada: creo respondió el Santo- que el tiempo en que me distraigo de la presencia del Señor podría ser el espacio del rezo de un avemaría. 3 Es aquello que Santa Teresa describía así: Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero 4 Quizás nadie como San Juan de la Cruz ha expresado con tanta belleza y , a la vez, tanta profundidad lo que supone y es este amor: Hay un deseo y como una nostalgia muy viva de él: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando,¡ y eras ido¡ Las criaturas son como despertadores de ese amor, por eso dice el Santo: ¡Oh bosques y espesuras plantadas por la mano del Amado¡ ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado¡ Y las criaturas le responden que sí, que por ellas ha pasado: Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura! Sentir que las huellas del Señor están cerca, que se encuentran como rezumando todavía en las criaturas, hace que éstas le sean un tormento, por cuanto evocadoras del Amado, a la vez que ocultadoras del mismo. Por eso dice el Santo: ¡Ay¡ ¿quién podrá sanarme? Acaba de entregarte ya de vero. No quieras enviarme de hoy más ya mensajero; ¡que no saben decirme lo que quiero¡ Y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias refiriendo, y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo... 5 San Juan de la Cruz describió este aspecto del amor divino con una bella estrofa de su Cántico Espiritual: Entrádose ha la Esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado 6 Así sienten y hablan los santos. El segundo marqués de Comillas, Don Claudio López Bru, fundador de la célebre Universidad Pontificia, decía también: Con tal de evitar la blasfemia de un minero, daría con gusto mis minas de Asturias. 7 Tampoco quería ese camino Teresa de Jesús, pero es el Señor quien dispone el modo de llevar a Sí los corazones humanos; y unos van por la vía normal y otros por senderos extraordinarios, como fue el caso también de Bernardo de Hoyos. 8 Este despego de todo lo criado es lo que San Juan de la Cruz expresa en una de las canciones de su Cántico: Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras... Y más adelante expresa al Señor la vaciedad de sus criaturas, de todo lo que no sea El en persona: Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos.... 9 Se llama movimiento primo primo aquel que antecede a toda reflexión, surge en el hombre espontáneamente sin que tenga dominio previo sobre él. 10 Frase que pone la Biblia en boca del pequeño Isaac cuando va, junto con su padre Abrahán, camino del monte Moriah y, al decir que no llevan cordero para el sacrificio, le responde Abrahán: Dios proveerá de víctima para el sacrificio. (Gen 22, 8) 11 Eso le pasaría al mismo Hijo de Dios en Getsemaní. Jesús en el huerto de los Olivos tuvo indiferencia efectiva, pero no afectiva. Por eso repetía una y otra vez: Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz..., pero no se haga mi voluntad sino la tuya. No podemos pretender ser más que Jesucristo. 12 Este es el verdadero amor al prójimo, y así nos ha amado Nuestro Señor. Jesús no pasó de largo por el sufrimiento y el dolor humanos, sino que lo hizo suyo. Es llegar a decir con verdad: tus penas son mis penas, tus alegrías son mis alegrías. Pero en este terreno solamente se asientan los santos. Bernardo lo hacía así. 14 Parece ser, por todos los indicios, que se trataba de algunos familiares suyos, más o menos lejanos. |
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