Parte cuarta, capítulo 4. Fe viva e inalterable confianza en Dios del P. Bernardo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Estuvo tan vivo en el P. Bernardo el hábito sobrenatural con que creemos los misterios de nuestra Santa Fe, que ni la menor duda se le ofrecía, según él confiesa, acerca de su verdad, fuera de aquel tiempo en que purificaba el Señor su espíritu con tentaciones y combates del infierno. Quitado ése, que era de prueba, en los demás fue siempre su fe de modo que “me parece que no creo, sino que veo, sus misterios”, escribe el fervoroso joven; como que, en efecto, muchos los entendió por revelación particular, y aun en los otros le daba el Señor tal abundancia de luz y tal firmeza de asentimiento a su divina palabra, que para él era lo mismo que si los entendiera por revelación.

De los que entendió por este medio extraordinario solía decir, como nuestro P. San Ignacio después de las celestiales visitas e ilustraciones de Manresa, que, “aunque no estuvieran escritos en las divinas Escrituras, ni constara de ellos por la tradición, ni los propusiera la Iglesia a nuestra creencia, con todo eso serían para él tan ciertos y los tendría tan fijos y grabados en las entrañas, que solamente por lo que había visto no dudaría ni de entenderlos ni de enseñarlos ni de morir por ellos” (1).

En cuanto a los demás añade que, lejos de oprimirle por su profundidad y eminencia, cuanto más altos tanto más fáciles de creer se le proponían: “porque se muestran”, así él, ”ser cosas propias de la grandeza de mi Dios, con su mismo vuelo sobre la razón”.

Cierto es que el modo maravilloso como el Señor le declaraba los más escondidos misterios de nuestra Fe, tampoco podía menos de imprimir fuertemente en su espíritu esta virtud preciosa, la primera entre las teologales. Pongamos por ejemplo el que tuvo un día de la Santísima Trinidad, en que el P. Bernardo acababa de recibir el cuerpo adorable de su Redentor: las inteligencias de este día fueron acerca del incomprensible misterio que en él se celebraba, y las refiere así él mismo.

” En este día, después de comulgar entre las dulzuras del Señor, vino a mí un serafín; y tocándome en lo más profundo del alma con un tacto espiritualísimo e indecible, pareció me dejaba abrasado en nuevo amor divino, y retocada toda el alma y como adornada de mejores colores con que más al vivo quedaba como un terso y claro cristal en que hiriesen los rayos de la luz inaccesible de la Divinidad. Al mismo tiempo miré en el espejo de mi alma reverberar la claridad del mismo Dios trino y uno: de modo que yo no veía al mismo Dios en sí mismo, sino a mi alma y al mismo Dios en ella. Miraba, no obstante, el inefable misterio de la Santísima Trinidad con mayor claridad que jamás le había entendido. Veía la esencia una, las personas tres; al Padre como principio del Verbo, al Padre y al Verbo como principio del Espíritu Santo; al Padre engendrando, al Verbo engendrado, al Espíritu Santo espirado del Padre y del Hijo: veía cómo, no obstante, aunque no era engendrado ni espirado el Padre, sino sólo el que engendraba, ni era más poderoso, ni más bueno, ni más sabio que el Hijo y el Espíritu Santo; ni las dos personas divinas del Verbo y Espíritu Santo eran menos eternas, por decirlo así, ni menos poderosas, sino en todo iguales. No era esta visión más que abstractiva, pues este misterio le entendía como cuando concebimos al ángel como a un joven, que, aunque nos le representamos como con cierta relación a cosa corpórea, conocemos, no obstante, una sustancia incorpórea: así, pues, entendí este misterio con la especie abstractiva del sol, que, siendo uno, tiene sustancia, calor y otros accidentes. Pero veía que no tiene esto casi semejanza con el misterio, el cual conocía yo aunque con esta especie”.

De esta fe tan ilustrada nacía en el alma del P. Bernardo una suma veneración a las sagradas Escrituras donde aquélla se encierra también como en divino depósito. Siempre las tenía sobre la mesa del estudio; y no se le pasaba día que no leyese algún capítulo, puesto de rodillas:1 tal era el aprecio con que las miraba.

Y no es ciertamente extraño, si reparamos en las luces, sentimientos y afectos soberanos que le comunicaba el Señor y él recibía en su lectura. ”No puedo explicar a V. R.”, escribe al P. Loyola, “el peso que sola una palabra de la Escritura hace en mi corazón: cada sentencia me asombra, cada cláusula me suspende, cada voz me parece un trueno sonoro con que se hace oír el mismo Dios. Mil secretos, mil misterios descubro en este libro dictado por el mismo Espíritu Santo, con la luz soberana que su autor me comunica. Jamás leo cosa alguna, que no quede en mi alma impresa alguna verdad; y sobre una cosa que he leído muchas veces, cuando la leo de nuevo, encuentro nuevos misterios, y venero otros muchos que entiendo se me ocultan. Dame el Señor un consuelo indecible2 en cada período; en cada expresión, un admirable documento para mi espíritu. Cuantas dudas de consideración se me han ofrecido, o acerca de mis cosas, o de las de otros, se me han desatado, o abriendo por acaso la Biblia y encontrando la solución, o dándomela el Señor interiormente con palabras de ella: siendo para mí de singularísimo consuelo el que todas mis cosas vayan conformes a este divinísimo arancel y regla de la verdad”.

Lo mismo repite en varias otras ocasiones y amplifica de mil diversas maneras, añadiendo que, en su proporción, sentía las mismas luces y los mismos efectos en la lectura de los Concilios, de las decisiones de la Iglesia y de las obras de los Santos Padres. Por lo cual tenía hecho firme propósito de, si los Superiores no se lo prohibían, dedicarse con especialidad a esta ciencia juntamente con la de la Escritura, así por las grandísimas utilidades que aporta a todos nuestros estudios y ministerios, como por cierto “interior impulso” que a ella le arrastraba, “para saber discernir los secretos del corazón humano”, y las operaciones del suyo sobre todo, “según la fe”; pues, “si discreparan de ella un ápice”, concluye esta materia, “las creería del demonio”.

Tenía particular amor de hijo a la Santa Madre Iglesia3, y gozábase con piadoso orgullo de ser miembro de este celestial cuerpo. Todos los días hacía larga y devota oración, y ofrecía alguna penitencia u otro acto de virtud por su exaltación y aumento, rogando al Señor por los que trabajaban en su viña, por los pastores de su rebaño, y especialmente por el Sumo Pontífice, y pidiéndole con lágrimas que mirase por el honor de su Esposa sin mancha, quebrantase la cabeza de sus enemigos, y no permitiese fuera rasgada la túnica inconsútil que, al morir, le dejó en herencia su divino Esposo.

Era inefable el dolor que le causaba la menor noticia de cualquiera aflicción o detrimento que pudiera sobrevenir a la Iglesia y a nuestra Santa Fe Católica; así como lo era también el gozo y fruición que recibía de saber que prosperaba, extendiendo sus brazos por la redondez de la tierra.

Su gusto hubiera sido que le permitieran los Superiores irla a dilatar por todo el mundo. A este fin pidió varias veces ser enviado a las Indias para la conversión de la inculta gentilidad, y asimismo por los deseos de poder allí más fácilmente lograr la gracia, que tanto apetecía, de verter su sangre en defensa y propagación del Evangelio. Mas no plugo al Señor concedérsela, sino que desplegara aquí su celo entre nosotros, donde, atendida su vocación y la necesidad de los tiempos, fueran más útiles sus trabajos. Teníale destinado la providencia, no para que confirmara con su muerte la verdad de nuestra fe entre los gentiles, sino para que nos diera ejemplo a los cristianos y religiosos de cuán cierta es la sentencia, al fin como dicha por Dios, de que en la fe está la vida del justo, y de ella ha de mantenerse quien pretenda llegar a ser varón perfecto según la regla y plenitud de la vida de Cristo.

Tal era la aspiración continua del P. Bernardo, y a ella se dirigían todos sus pensamientos: a vivir como si se hallara suelto ya de las prisiones de la carne, como si no existiera en este mundo, ni le solicitaran los sentidos del cuerpo, como si no hubiera más que él y Dios, ni apareciera otra cosa que Dios a los ojos de su alma, ni cuidara más que de volar a él con el espíritu, estar unido a él por la voluntad, y moverse en él y por él en todas sus operaciones.

A esto le ayudaba, y era al propio tiempo efecto de su vida de fe, aquel no poderse alejar de la contemplación de su Dios, ni olvidarse ni prescindir un momento de que se hallaba en su divina presencia, de donde salían tan puros todos sus afectos, tan santas y admirables todas sus obras aun las más ordinarias. Por graves que fueran las ocupaciones en que le empleaba la obediencia, y profunda la atención que ponía en sus estudios, nada era capaz de alejarle ni distraerle un punto de la vista y posesión del sumo bien, antes todo le llevaba a él como a su centro, y le unía más con él como con el principio y fin, origen y término de toda su actividad y eficacia, sin que por eso faltara en lo más mínimo a sus obligaciones exteriores, ni hubiera el menor descuido en su asistencia y puntualidad a todos los actos de la vida común, tan atento a cualquiera cosa que trajese entre manos, que parecía no pensaba entonces en otra, y tan cuidadoso en cuanto se le ofrecía, que era imposible haber quien en esto le aventajase. Y, sin embargo, seguía siempre fija su alma y clavada su vista en Dios. Pero ése es justamente el milagro de la vida de la fe, y ése el privilegio de quien no aparta sus ojos de aquella misteriosa luz que, partiendo del mismo Dios, le hace parecer y reflejar en todas nuestras obras, si son, cual deben, santas y perfectas.

Su secreto consiste en no tomar las cosas ni pararse a contemplarlas sino por el lado que miran a Dios y elevan a él, como hacía el P. Bernardo, teniendo cuenta además, como él la tenía, de proceder en ellas por motivos sobrenaturales, realzándolas con el valor de la obediencia, si eran obligatorias, y, si libres, con la pureza de intención, y la costumbre, si parecían de suyo indiferentes o del orden natural, de dirigirlas al superior de la gracia, de donde procede su mérito y virtud en el divino acatamiento. Era muy singular el P. Bernardo en esta materia como quien sabía su precio, y la estima en que el Señor la tiene. A su cuidado en ella debió también grandes favores, no siendo el menor su confianza con quien trataba tan de continuo, y la esperanza de conseguir de su infinita misericordia cuanto se atreviese a pedirle.

“Es tal”, dice él, “que a veces no dudo de mi salvación, que me parece la tengo tan segura como en la mano, y que no le había de sufrir el corazón al Señor negármela: y por esto prorrumpe tal vez el alma en expresiones que parece se oponen a lo que he dicho de la fe; pues casi no duda de lo que la fe enseña a dudar. Parece que no temo a Dios, y aun de aquí se me ha levantado algún escrúpulo. Pero todo eso bien sé yo de qué nace, y es de ser hija esta virtud de la caridad; y, siendo ésta cual ya diré, no es mucho sea tal la esperanza, como nacida de tal madre”.

Adviértase, lo que todavía es más de considerar, que esta confianza de su salvación de que nos habla el P. Bernardo, “se entiende”, como escribe al P. Loyola, “prescindiendo de los otros motivos que tengo para no dudar de ella”: es decir, dejadas aparte las varias y clarísimas revelaciones que de ella tuvo, y en virtud de sólo el hábito sobrenatural de la esperanza.

Pero ésta, aun en las demás cosas que pedía al Señor, era “tan arrestada”, añade él mismo, “que, cuando llega mi espíritu a engolfarse en la petición, dice a su Dios que ello ha de ser y que no tiene remedio, y parece se da por agraviado, como si se lo debiera: y así no pocas veces se atreve a decir con Moisés: Señor, o esto ha de ser, o me borráis del libro de la vida (2), como quien hace a su Dios la forzosa, por saber que su amor no le ha de sufrir tal cosa”; y con más la cláusula acostumbrada de Esto se entiende sin perder vuestra gracia y amor, que estimo sobre todo, y aun otra circunstancia muy atendible, de que “esto es cuando el Señor quiere conceder; que, cuando no, hallo en mí”, dice, “un tedio y detención en pedir, que, por más que quiera, no hay esforzarme a tomarlo con ahínco”.

Cuando de este modo lo tomaba, era señal cierta de que lo iba a conseguir, y apretaba en las súplicas con nuevo fervor, siendo por demás curiosa la lucha que entonces se trababa entre él, que lo pedía, y el Señor, que tal vez fingía no oírle al principio, o, después de hacerle mucho esperar, le contestaba con un Luego. Así le había respondido en cierta ocasión en que, por encargo de sus directores y confidentes, le encomendaba un negocio muy de su gloria. Luego te lo concederé, le dijo el Señor; y como los otros insistiesen en que tardaba mucho en conseguirlo: ”No importa”, les responde con gracia; “estos luegos de Dios no llegan tan presto como nosotros pensamos”.

En logrando arrancar al Señor alguna de estas promesas, por más dilatoria qué fuese, o si él le daba palabra de concederle alguna cosa, estaba tan seguro de obtenerla, por descaminada que pareciese a los ojos humanos, que “antes creeré falte el cielo y la tierra”, dice el joven, “que no la verdad de la dicha palabra o promesa”. Ni es maravilla que así lo creyese quien, demás de lo que sobre ello nos enseña la fe, tan bien sabía por experiencia lo cumplido que es Dios Nuestro Señor en dar justo lo que una vez promete.

Habíase certificado por divina luz la noche de Navidad de 1728 que las espesas tinieblas de su desamparo se disiparían al rayar el día glorioso de la Resurrección. Todo este tiempo vivió el P. Bernardo con su esperanza contra la esperanza misma, porque desde aquella noche fueron aumentándose los trabajos de su espíritu, y encrespándose de manera las olas de su aflicción, que parecían haberle de sumergir. Pocas eran las apariencias, ningunas las señales, aun venida la Semana Santa de 1729, de que estuviera próxima a tranquilizarse aquella tempestad: antes al contrario, crecían entonces más las avenidas y desencadenábanse con nuevo furor los elementos, sin que la noche del sábado anunciara más que horrores y devastación para la mañana siguiente. Pero acércase ésta; y, al despuntar, hallóse tranquilo, gozoso y libre por completo de sus angustias y desamparos el bendito joven, a la hora misma en que el Señor tantos meses antes le había prometido su serenidad y ventura. Admirábase de ver tan puntualmente cumplida la palabra de Dios y su esperanza, mas no le sorprendió: no era la primera vez que le sucedía lo mismo, ni había de ser la última.

Estaba, dos años adelante, muy deseoso de que se imprimiese la Vida de San Francisco de Sales que acababa de escribir su director el P. Loyola. Cuando ya la aguardaba de un día para otro, llególe aviso de que en Roma se había a negado la licencia para su impresión, con circunstancias que podían hacerle por varios motivos sensibilísimo aquel contratiempo como fácilmente se deja conocer. Sin embargo, veamos cómo recibió la noticia. ”Ya supe la resolución de Roma”, escribe al autor mismo, “sin que mi espíritu tuviese otro movimiento que volverse al divino amor Jesús y a nuestro dulcísimo director, diciendo: Bien, Padre, pues que ésta ha sido vuestra voluntad, y quedando al mismo tiempo más arraigada en mi corazón la segura confianza que me dicta no ha de quedar sepultada en el olvido la Vida de nuestro San Francisco de Sales, sin embargo del descamino que por ahora hay; y así esté V. R. cierto que algún día se logrará el que salga a luz”. Y así fue, en efecto, que se logró el 1735, y pudo verla impresa el mismo P. Bernardo, y acabarla de leer poco antes de su muerte (3).

Muchos son los ejemplos de esta calidad que todavía pudiéramos aducir, mayormente relativos a la propagación del culto santísimo del Corazón de Jesús por España y por toda la Iglesia; pero hemos visto ya tantos y tan claros hace poco en todo el libro tercero, que sería inútil y aun pesado extendemos más en negocio tan público y conocido. Fuera de que, bien considerado, más ha lugar en ello la profecía que la esperanza; y así, más toca a otro propósito que al presente.

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(1)   Véase la Vida del Bienaventurado P. Ignacio de Loyola, por el P. Pedro de Ribadeneira (libr. I, cap. VII).

(2) Exod. XXXII, 32.

(3) Salió con el título de Vida de el Dulcissimo Director de las almas S. Francisco de Sales, Obispo y Príncipe de Geneva, y Fundador de la Orden de la Visitación de Santa María ..... En Madrid: Por Don Manuel Fernández., lmpressor de Libros. Año de MDCCXXXV, en fol.º de 511 págs. s. 15 hojs. p. n.


1 Este amor a la Sagrada Escritura es digno de reseñarse. Hoy, después de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, veneramos y apreciamos más la Escritura. Esta atmósfera de estima y veneración era menos intensa en tiempos del P. Bernardo y el pueblo cristiano era ajeno a la Escritura, en buena parte por la reacción que hubo en la Iglesia como consecuencia de las discusiones con los protestantes. No se dejaba la Biblia al alcance de los laicos por miedo a falsas interpretaciones. Por otro lado, recordemos que los pasajes que se leían en la Misa eran siempre leídos en latín, con lo que el pueblo apenas si podía enterarse de su contenido.

2 Como decía San Jerónimo: “La Escritura es más dulce que la miel y más nutritiva que cualquier otro alimento”.

3 Como buen hijo de San Ignacio, Bernardo siente un amor y un espíritu grande de servicio a “la santa madre Iglesia hierárchica”. San Ignacio había dejado escritas, al fin de sus Ejercicios, unas páginas con este título: “Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes”. La primera de ellas dice así: “Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia hierárchica”. Y la regla decimatercera: “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia hierárchica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia”.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888