| Parte cuarta, capítulo 12. Algunos efectos singulares de la intercesión y patrocinio del P. Bernardo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Pudiera referir
muchos sucesos al parecer milagrosos, que se dignó el
Señor ejecutar por este su fiel siervo ,escribe
aquí el P. Juan de Loyola; mas, como para
calificar de milagros algunos casos que lo parecen, se
necesita una moral evidencia, añade con su
discreción acostumbrada, no refiero los suyos como
seguramente ciertos. Y así escogeré muy pocos, y éstos
quedarán a la devoción o crítica de los lectores, pues
yo mismo no los afirmo como sobrenaturales, sino como
sucesos que tienen visos de tales. Hacemos nuestras
las palabras del P. Loyola, y bajo su responsabilidad y
con la misma reserva que él, expondremos llanamente los
seis o siete más notables que hallamos apuntados en su
manuscrito. Es el primero1 uno que ocurrió al P. Bernardo, todavía novicio, con un compañero suyo a quien molestaba con frecuencia y casi a la continua un vehementísimo dolor de muelas, sin que hubiera remedio humano que se lo templase. Había llegado para entonces a manos de nuestro joven una reliquia del P. Manuel Padial; y como ya antes hubiese experimentado su eficacia en otra ocasión, quiso valerse ahora de ella en favor de su connovicio. Díjole una vez que le vio más aquejado del dolor, que la aplicase con viva fe al lado en que era éste más sensible, certificándole al mismo tiempo que experimentaría total alivio, Tocó la parte dolorida con la reliquia, prosigue el mismo P. Bernardo, y aquella noche estuve yo rogando al Señor, con mucha confianza en los méritos de su siervo, que le mitigase el dolor; y desde esta noche hasta hoy, que habrá más de cuatro meses, no ha sentido más dolor de muelas, y el Hermano lo atribuye al V. P. Padial, pues dice que antes le tenía casi todos los días. El novicio con quien sucedió esta curación, y en que bien puede concederse alguna parte a la fe y ruegos del P. Bernardo, testifica hoy, concluye el P. Loyola, que no sólo le faltó el dolor de muelas aquella noche (y aun los cuatro meses adelante), sino que jamás le volvió a sentir hasta su segundo año de teología. Parecido a éste es otro caso2 en que también tuvo alguna mano el devoto joven, aunque él atribuye toda la gloria del feliz éxito a su gran abogada Santa Teresa de Jesús. Estaba herido un condiscípulo suyo de la peste contagiosa de calenturas que tantas víctimas llevó al sepulcro, como vimos, por el verano y otoño de 1729, en la villa de Medina del Campo, donde esto pasaba. Llegóse a temer seriamente por la vida del enfermo, tanto que dispuso el Superior se le administrase el santo Viático a toda prisa: y, como no valiesen ni obrasen ya las medicinas de aquí abajo, dióle él mismo, por si salía más eficaz, una reliquia de Santa Teresa. Yo, dice el P. Bernardo, que se la vio dar, entré en confianza; y al ir a darle el Viático, me estreché con el Señor que no había de morir el Hermano, que bastaba haber tocado la reliquia de mi Santa: que le pedía por sus méritos no desconsolase a sus siervos. No dudé de la mejoría, y de hecho fue tan admirable, que el mismo día le faltó del todo la calentura, y se halló totalmente bueno. No deja él de reconocerlo a la Santa, y le ha servido de mucho. Sólo le quedó no poder dormir, y ya había algunas noches que no dormía. Díjele: Si se lo pide a la Santa, dormirá esta noche. Respondióme que así lo haría, y que yo le rezase un Pater noster y Ave María al visitar al Santísimo. Hícelo, y durmió toda la noche: y prosigue de modo que ya anda valiente por estos tránsitos. Demos de todo gracias al Señor. Hasta aquí las palabras del tan humilde como animoso joven, y los dos sucesos más dignos de crédito y de memoria en que hallamos haber intervenido él en vida con señales de poder más que humano. Después de muerto parece que también ha querido el Señor mostrar su complacencia en la intercesión de su siervo, de que citaremos dos casos para muestra como arriba. Testificó el primero con cédula firmada de su puño y letra un piadoso eclesiástico de Valladolid, a quien el extremo de un gravísimo accidente hizo recurrir a su intercesión de una manera bien extraordinaria. Fue el caso3 que por los años de 1737 se hallaba en aquella ciudad enferma de peligro y casi moribunda Doña María Luisa de Fuenmayor, Comendadora de las señoras de Sancti Spiritus. Debíale particulares obligaciones de respeto nuestro eclesiástico, por lo que tomó muy a pechos librarla, si pudiese, de aquel trance por la poderosa mediación de varios Santos a quien acudió con gran confianza: mas, viendo que no parecían ellos acceder a su petición y que entre tanto se agravaba más y más el estado de la enferma, vínole de repente, y sin él pensar en ello, un interior impulso de recurrir a la protección del P. Bernardo. Cómo fuese, y el suceso todo felicísimo de su nuevo protector lo describe agradecido el mismo eclesiástico por estas palabras. Con noticia que tuve, dice, del peligro en que estaba mi señora la Comendadora por la gravedad de la enfermedad que padecía, después de haber pedido a Dios en varias ocasiones su salud, últimamente en el día de Santa Isabel, 19 de este mes de Noviembre de 1737, entre nueve y diez de la noche, haciendo recuerdo de los singulares favores que el P. Bernardo de Hoyos debió al sagrado Corazón de Jesús, me vi movido a encomendarle la salud de la enferma: y así lo ejecuté, por entonces interiormente. Y después en esta misma noche, logrando mejor comodidad, pedí a este siervo de Dios intercediese e interpusiese sus ruegos con el Padre Eterno, y alcanzase de Su Majestad esta gracia por el Corazón amantísimo de Jesús, siendo para su mayor gloria y salvación de dicha señora. Y prometí en memoria suya hacer la novena del Corazón de Jesús, confesar y decir misa en su honor (visitando por espacio de doce viernes el Santísimo Sacramento en reverencia de las doce especiales virtudes que residen en el purísimo Corazón de Jesús), en el viernes de la infraoctava del Corpus: cuya promesa fue mi voluntad entonces reiterar el día siguiente sobre el sepulcro del P. Bernardo. Y así lo ejecuté a las ocho de la mañana, con las palabras que me dictó la devoción y confianza, que fue grande la que tuve en la intercesión del siervo de Dios, visitando en su nombre al Santísimo Sacramento con estación mayor: y con este sentimiento dije misa aquel día. En el cual supe, por aviso de mi señora Doña Teresa de Zúñiga, que la enferma lograba mucho alivio, habiéndose experimentado la noche antes, y aumentándose en la mañana, tiempo en que se hizo la recomendación al P. Hoyos y, según lo que yo he observado después, aun en la misma hora; conociéndose el beneficio, que se hace más manifiesto por el aumento de mejoría, en lo que al presente no se reconoce novedad contraria alguna. Y así lo confieso, declaro y certifico, para gloria de Dios, aumento de la devoción y culto del sagrado Corazón de Jesús y de María Santísima, y veneración y honra del P. Hoyos, a quien Su Majestad quiere ensalzar en muerte por la humildad que mostró en su vida, pidiendo que fuese oculta su virtud y no conocida a los ojos de los hombres. Valladolid, y Noviembre 23 de 1737. No es menos maravilloso que el anterior, antes tiene visos de mayor prodigio, este otro caso 4 que, con sólo aplicarle una carta del P; Bernardo, sucedió en la persona de un canónigo, poseído de los malos espíritus, y a ratos maniático furioso. Refiérelo una señora de cuya sólida piedad no se puede juzgar exagere la menor circunstancia, escribe el P. Loyola que la conoció, añadiendo que era hermana del mismo canónigo a quien ella tenía en su casa, sirviéndole por sus criados y más comunmente por sí misma con el amor y cariño que no le podía dar la naturaleza, pero se lo dio por muchos años la divina gracia. Hallóse un día más afligida la buena señora viendo morirse de hambre a su hermano, rebelde y opuesto, si ya no imposibilitado, a tomar alimento por sugestión y violencia del demonio. Envió a llamar a unos religiosos que la asistiesen en aquel trabajo: y entretanto que venían, escribe ella misma en la relación del suceso, tomando una carta de mi V. P. Bernardo Francisco de Hoyos, se la puse sobre la cabeza con muy firme fe y confianza de que, si era para mayor gloria de Dios Nuestro Señor, había Su Majestad de darle algún alivio por los méritos de este siervo suyo, a honra del Corazón divino de Jesús. Apenas hice esta diligencia, cuando, serenando enteramente el semblante y apaciguándose del todo, se ha reducido a comer, tomando primero caldo, después carne con un poco de leche, manjares todos que hacía más de dos años que no se los dejaban comer estos infelices espíritus. Esto escribe aquella señora con la simplicidad que revelan sus palabras, y añade luego en posdata, como temerosa de que le quedara algo por exponer: Me olvidaba de decir que también comió pan, y lo comió con la carne como pudiera el más sano. Si parecen milagrosos en lo natural los sucesos que acabamos de referir, no lo parecen menos en lo espiritual los favores que confiesan haber recibido y reciben aún algunas personas que se encomiendan al P. Bernardo. Muchos son los que de esta especie llegaron a noticia del P. Loyola, pero creyó prudente omitirlos en gracia, más bien desgracia para nosotros, de que, viviendo todavía los sujetos, dice, sería fácil descubrir por conjeturas lo que debe estar oculto hasta su tiempo. Lo que voy a referir, añade, me lo escribe una persona que para gloria de Dios y honor del V. P. Hoyos me pide se publique en su Vida: y es cierta religiosa 5 distante de esta ciudad (de Valladolid) muchas leguas, que debió en vida muchos favores al P. Bernardo, aunque, según escribe, le debe muchos más después que está en el cielo. Dice así la religiosa, hablando de algunas cartas que había recibido del bendito joven. Nunca he leído estas cartas, fuera de una vez u otra que sin reflexión las he pasado, que no se haya deshecho mi corazón en lágrimas de consuelo y suavidad de espíritu, sintiendo en mi alma un atractivo dulce que me enciende en deseos de buscar a mi amado. Si estaba turbada, me serenan y ponen en gran paz; si distraída, recogen mis afectos; si tentada o afligida, o ya desaparece todo, o me ponen en un estado tranquilo y conforme con la voluntad del Señor, y en los trabajos de alma y cuerpo le experimento propicio y favorable: en mis descuidos y faltas, y en ocasiones en que me he dejado llevar, he sentido terribles reprensiones hasta tanto que me vuelvo a Dios de veras, apartándome de las ocasiones. A tiempos he sentido (no sé cómo es esto, pero es cierto y más que si lo viera con los ojos corporales), me parece le veo como junto a mí, y siempre con el santo ángel de mi guarda: no puedo dejar de decir una circunstancia, aunque tampoco sé cómo es esto ni entiendo en qué forma, pero me parece que está él a mi lado derecho, y el santo ángel al izquierdo. Cuando me veo en aflicciones grandes, pongo una de sus cartas sobre mi corazón, y me conforta, y a veces serena del todo. Siempre que leo alguna de éstas, siento en mi corazón aumentos y deseos de servir a Dios, de amarle, de desprecio del mundo, de más pobreza, de más humildad y deseo de ser vejada y despreciada de las criaturas, de más suavidad y mansedumbre, de más caridad y obediencia y deseo de la gloria de Dios y bien de las almas, de más desasimiento de mí misma, más deseos de penitencia y dolor de mis culpas, más vencimiento de mis pasiones y afectos: y esto no para en deseos solos, sino que me parece se practica en la ocasión, con una fortaleza de alma que no sé decir cómo es. Yo lo ofrezco todo por sus manos, y siento en mi alma una seguridad tan grande como si le viera, y certeza de que el Señor me le ha dado por guía y protector y padre. Algunas veces no sé qué sentimiento del mismo Señor me lo advierte, ni sé cómo son estas cosas, pero siente mi alma como un golpe con que me avisa que me aparte de alguna ocasión porque tropezaré; y si, despreciando este aviso, no lo he hecho, he experimentado la caída con pena y remordimiento: y he sentido haber sido este ángel quien daba este aviso y golpe en mi alma; y no sé qué luz y certeza es la que me lo asegura y da una seguridad tan grande, que me parece como si lo viera. No es menos sólido e instructivo el caso de otra santa religiosa,6 a quien llevaba el Señor por el camino de terribles desamparos y aflicciones de espíritu. Años hacía que la atormentaban cada vez con más fuerza; y, llegando por Octubre de 1733 7 a hacérsele casi insufribles, resolvió dirigirse por consuelo al P. Bernardo, de quien tenía alguna noticia, pidiéndole oraciones para que Dios se apiadase de ella y la fortaleciese en sus angustias. Contestóle al punto el compasivo joven: y lo que entonces sucedió a su alma y siguió después sucediéndole con su respuesta, describe ella así años adelante a su director. Consolándome en los desamparos interiores, me dice muchas cosas (el P. Bernardo); pero entre otras, me ofrece una casa de refugio: y es cierto que, si yo me fuese siempre a ella, hallaría cuanto deseara para bien mío, como lo encuentro cuando no soy descuidada. A más de esto me dice: "Yo mostraré aquí a V. una torre de refugio, un castillo y alcázar fuerte en que acogida la pobrecita alma resistirá valientemente a todo ese tropel de opresiones y ataques del enemigo: y es el soberano y dulcísimo Corazón de Jesús. Siempre deseo y pido a V. habite en este santuario de la divinidad, metiéndose por la herida del costado hasta cerrarse dentro del Corazón, porque siempre se hallará bien en esta morada, y saldrá rica de las virtudes que están preparadas en el tesoro escondido del Corazón de Jesús para las almas que le buscan: pero en especial en tiempo de combate, ya de las pasiones, ya de los demonios, ya de los hombres, ya de otro cualquiera contrario; encontrará V. en el Corazón dulcísimo de Jesús muro con que defenderse dejando burlado al enemigo, y armas con que alcanzar victoria". Esta lección, Padre mío, si yo la hubiera practicado como el Padre me lo decía, bien seguro estaría más aprovechada: pues no dudo le manifestó el Señor que por este medio quería su amor socorrerme. Y puedo decir con verdad que jamás que he practicado este consejo, he dejado de hallar lo que buscaba: sucediéndome muchas veces en lo más ofuscado de mis tormentos acudir a mi refugio señalado por éste ángel, y sentirme luego con fortaleza especial; hallarme enredada en mis pasiones que me arrastran y acudir por remedio, y hallarme luego animosa para vencerlas, conociendo me viene de aquella fuente la fortaleza. No quiso manifestarnos el P. Loyola el nombre de esta sierva de Dios a quien descubrió el P. Bernardo el castillo y alcázar fuerte del Corazón de Jesús donde resistir al empuje de los enemigos; pero estamos ciertos que no fue otra que la V. M. Ana María de la Concepción, de quien tantas veces hemos hablado en esta historia. Ella es también, sin duda alguna, la que por Octubre de 1738 8 tuvo una dulcísima visión, que servirá para remate de este capítulo y aun de toda la Vida de nuestro querido P. Bernardo Francisco de Hoyos. No puede haber corona mejor ni más brillante con que adornarla, cuando ya llegamos a su término, ni compendio más acabado en que, para concluir, se nos dé una cabal idea de lo que fue en la tierra mientras vivió, y es ahora en el cielo donde reina para siempre, el angelical y amable joven. La visión, aprobada por los confesores de quien la tuvo, pasó de esta manera. Estando en oración, se me mostró el Santísimo Sacramento, y a un lado el P. Bernardo, escribe la santa religiosa. A breve rato, ocultándose el Sacramento, se me representó una fuente con un caño de agua, muy hermosa: pero éste sólo corría cuando aquel Jesuita daba vuelta con su mano a una llave de oro. Yo entendí ser aquella fuente el sagrado Corazón de Jesús, por un modo que le percibe el alma sin palabras, por un conocimiento intelectual, que es más claro que ver con los ojos corporales y oír con los oídos: pasa esto en el centro del alma con suspensión de los sentidos, pero no enteramente enajenados. Decíame el P. Hoyos que llegase a la fuente. Yo con grande ansia de beber de aquel caño, dije el verso del Salmo (XLI, 2): Como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así te desea a ti mi alma, Señor, y sentí que aquella agua caía sobre mi alma. El gozo, consuelo y efectos que sentía en el tiempo que esto duró, no es fácil explicar. Hablóme aquel Padre, y me dijo: Tú no sabes los beneficios que has recibido por la devoción de este sagrado Corazón, pues mira que han sido más de los que tú conoces. Procura ser fiel y corresponder, y procura extender en tu casa la devoción. Yo respondí: Siervo de Dios, yo no puedo hacer nada, pues soy una vil criatura. Me respondió: En algún tiempo podrás. En esto desapareció todo, dejando en mi alma un singular consuelo, una encendida devoción a este sagrado Corazón, sintiéndome movida a más ansias de amarle y de que todos le amen, y a unos deseos tan grandes de extender la devoción por todo el mundo, que quisiera salir por las calles y plazas a publicarla, y me expusiera por esta devoción a padecer cuantos tormentos son imaginables. Así prosigue desde el cielo nuestro P. Bernardo Francisco de Hoyos el glorioso apostolado para que nuestro Señor le eligió en la tierra: así protege y anima a los que desean imitarle en sus virtudes, sobre todo en el amor ardiente al divino Corazón, a cuyas glorias dedicó su vida, y en cuyo servicio le sorprendió la muerte de los justos. 1 Este primer caso ocurre, pues, en el noviciado de Villagarcía y tiene como protagonista o beneficiario del mismo a un connovicio de Bernardo. Aquí pone por intercesor a su querido P. Manuel Padial. 2 Este segundo caso tiene lugar en el colegio de Medina del Campo y el beneficiario es un condiscípulo suyo, estudiante de filosofía como Bernardo. Aquí pone por intercesora a Santa Teresa. 3 El tercer caso se da ya fallecido el P. Bernardo y tiene como beneficiaria a una señora seglar de Valladolid. En los dos casos anteriores, la gracia o favor parece deberse a las fervientes oraciones de Bernardo, que acudía a la protección del P. Padial y de Sta Teresa. 4 Este cuarto caso sucede en Valladolid y el beneficiario es un canónigo de la catedral, cuyo nombre ignoramos. En él se emplea una carta del P. Hoyos, que se venera en aquella casa como la reliquia de un santo. 5 Esta religiosa es imposible que sea la Madre Ana de la Concepción, ya que ésta sabemos que habitaba en el convento cisterciense de Valladolid, llamado de San Joaquín y Santa Ana, de rigurosa clausura. 6 Se refiere, por lo que parece, a la que ya conocemos: la Madre Ana, del monasterio cisterciense de Valladolid, conocida y muy estimada por Bernardo, ya que tanto le ayudó en la Causa del Sagrado Corazón. 7 En este tiempo comenzaba el Hermano Hoyos su segundo año de teología en San Ambrosio y hacía casi medio año que había sido elegido por el Señor para apóstol de su devoción en España. 8 Tres años, por tanto, después de la muerte del P. Hoyos. De entonces acá son innumerables las gracias y favores de todo tipo que ha concedido Nuestro Señor por intercesión de su siervo el P. Bernardo. En la actualidad se encuentra en Roma, en la Congregación de los Santos, una gracia muy extraordinaria que esperamos sea declarada como milagro. Si ello es así, pronto veremos al siervo de Dios subir a los altares con el título de Beato Bernardo de Hoyos. Tenemos la firme convicción de que esta Vida suya, escrita por el P. José Eugenio de Uriarte en 1888, sirva para dar a conocer al mundo a quien fue el primer apóstol de la devoción y culto al Corazón de Jesús en España. |
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