Parte cuarta, capítulo 11. Varias profecías del P. Bernardo, al parecer, indubitables. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Muchos fueron los sucesos a todas luces proféticos, o sea, de un espíritu superiormente iluminado por el Señor, que se notaron en nuestro bendito joven desde los primeros favores que se dignó comunicarle Su Majestad. Omitiremos los que hablan de los diversos acontecimientos de su interior, y de los tiempos en que empezarían los desamparos y llegaría la serenidad y bonanza de su corazón afligido: quedan éstos suficientemente insinuados en el discurso de su vida; fuera de que hartos reparos hallarán los críticos que oponer a las profecías que sólo puede testificar el mismo que las anuncia, y no hacemos ánimo de responder aquí a sus reparos y desconciertos. Aun de las relativas a materias más públicas y donde aparece más fácil la confirmación, sólo escogeremos las que tocan a cosas y personas distantes del lugar de su residencia al manifestarlas.

A principios de Julio de 1729 tuvo que retirarse a Villagarcía el P. Calatayud, cansado de la incesante labor de sus misiones. Allí se le volvió a recrudecer una gravísima enfermedad, de que tal vez no había hecho el debido caso, y que muy luego le puso en el último trance. Desahuciáronle los médicos, leyósele la recomendación del alma, administrados a todo correr los Santos Sacramentos, y se esperaba de un momento a otro la noticia de su muerte en el Colegio de Villagarcía: en otros se daba ya por segura y cierta, con grandísimo desconsuelo de los que estimaban en lo justo sus admirables virtudes. Llegó también, no exagerada, pero bastante con sola su exactitud a poner en alarma los ánimos, a oídos del P. Bernardo que se hallaba a la sazón en Medina,1 no sabemos qué día a punto fijo, aunque debió ser hacia el 9 de Julio.

Mas fuera el que fuese, “este día me dijeron cómo el P. Calatayud2 estaba enfermo de cuidado: quedéme muy sereno, y fuíme al Señor; y, encendida el alma entre amorosos incendios, le dije que cuál era la causa porque, descubriéndome secretos más altos, me ocultaba otros, verbi gratia, el que este Padre estaba enfermo. Pues aunque yo, ya se ve, era indignísimo del menor de sus favores, no obstante, viendo lo que su amor hace conmigo, sin merecimiento mío, juzgaba había alguna providencia en esto: ¡a tanto se atreve el amor! Y no se piense que esta pregunta desagradó al Señor, pues me movió a ella para darme una respuesta de mucha enseñanza, y fue con la simplicidad que el divino Jesús sabe; que de otro modo fuera arrojo, temeridad, soberbia y otras imperfecciones. Respondióme amoroso con la respuesta con que en semejante pregunta satisfizo a Santa Gertrudis. La respuesta es que, como yo me confundo en su presencia, diciéndole que no hago cosa sino impelido de sus favores y como mercenario, quiere y dispone su providencia que en muchas cosas proceda dictado del puro amor a los actos de las virtudes; y que más le había agradado quedándome sin el menor sentimiento, gozoso con su voluntad, cuando supe que el P. Calatayud estaba enfermo, que si lo hiciera así descubriéndomelo su bondad. También me declaró no era cosa la enfermedad; y me dijo de este buen Padre: Yo pruebo a mis escogidos: su crédito es por ahora necesario para mi servicio, y así le pruebo de este modo; que fue darme a entender que las calumnias, falsos testimonios, etc. que suelen seguir a semejantes siervos de Dios, por ahora no convenían: de donde parece se sigue que acaso vendrán con el tiempo”.

De seguro que si, en medio de la consternación general de los PP. de Medina del Campo, y más de los de Villagarcía, hablara así el P. Bernardo, nadie le creyera por el momento: quizá le tuvieran entonces por iluso, como también luego muy en breve por hombre favorecido de Dios y profeta. Pues realmente, aunque parecía tan grave a todos, incluso los médicos, “no era cosa la enfermedad”, como dijo el Señor al P. Bernardo. Levantóse a los pocos días el enfermo, pudo celebrar misa el 22 del mismo mes de Julio, y a principios de Septiembre le vemos ya recorrer los pueblos, infatigable en su empresa de la gloria de Dios y bien de las almas hasta los años de 1733, en que nos sorprende una nueva profecía.

Ya para entonces había recogido el P. Calatayud abundante cosecha de “calumnias, falsos testimonios” y demás pruebas que nunca suelen faltar a los de su sagrado ministerio, y se las había anunciado a tiempo su discípulo. En éste en que andamos volaba la fama de sus misiones por toda España, Portugal y gran parte de Europa. Fuera necedad suponer que el infierno, irritado con sus asombrosos hechos y conquistas, no se armase contra él, procurándole impedir más triunfos en su carrera. Así era, en efecto, que se armaba ya de nuevo; mas nadie se imaginaba ni podía imaginarse los medios de que pensaba echar mano la antigua serpiente para dar en tierra de una vez con los trabajos del celoso apóstol. Sólo sí el P. Bernardo que seguía en espíritu los pasos de su querido maestro, y no menos, con luz del cielo, conocía los intentos y maquinaciones de sus mortales enemigos.

“El 27 de Mayo, bien descuidado”, escribe el santo joven, “oí una voz interior que me mandaba orar instantemente por nuestro P. Calatayud, porque los demonios furiosos por las muchas almas que les quitaba, trazaban su ruina. Yo, movido de superior impulso, me volví a las huestes infernales, y en el nombre del Altísimo les mandé cesasen de la batería que querían asestar, y que bajasen precipitados a los calabozos infernales; y obedecieron entre furor y rabia, al pronunciar yo el nombre del Señor, y al imperio de San Miguel que los reprimía”.

“El día 31 del mismo mes entendí más individualmente el caso, que me tenía sorprendido, por ignorar a qué se dirigía. Este día me mostró el Señor una gran multitud de demonios, presididos de Lucifer, entre los cuales se consultaba el medio de perder a nuestro P. Calatayud o, a lo menos, de impedir los progresos que temen de la salvación de las almas. Propusiéronse, no sin despecho de aquella canalla diabólica, las glorias y maravillas que Dios obra por Su Reverencia, y receláronse las futuras. Hubo varios pareceres: unos se inclinaban a hacer el tiro por la vanidad; otros, por la sensualidad; otros, por los hombres; otros, por otros caminos que no se aprobaron por los inconvenientes que, de parte de nuestro buen Padre, asistido de la divina gracia, habían de hallar para su intento; y, aunque por ahora no se aprobaban éstos, eran tan aferrados a su parecer los del consejo, que aún parece no se daban por satisfechos, hasta ver si se frustraban sus pareceres”.

“Dos fueron los que se aprobaron: el uno bien sutil, y es procurar impedir a nuestro P. Calatayud las determinaciones gloriosas con velo de imprudencias, y empezar a estrecharle con los dictámenes de la prudencia humana, para que, paliada de este modo la tentación, no se logren algunas determinaciones de la gloria de Dios; y después, abierta esta brecha, se logrará mejor el intento. Este atentado es más astuto de lo que parece, por ser tan necesaria la prudencia en los que tratan almas, y tan fácil declinar de aquel punto indivisible, cuyos extremos son viciosos y casi inevitables a la luz natural. El segundo medio fue más arriesgado, y es alterar las causas naturales, para quitar a Su Reverencia la salud y la vida”.

“Este fue en suma el conciliábulo de los demonios, que me desconsoló algún tanto, hasta que encontré con San Miguel, que me animó y dijo no me admirase, que esto cada día lo hacen los demonios, en fuerza de lo que sienten el bien de las almas: que en lo de la salud no lograrían su intento, porque ya corre por la providencia extraordinaria, y que ya lo hubieran logrado si no fuera así: que en el otro lazo era más fácil algún desliz; pero que estuviese cierto que jamás permitiría el Señor a los demonios más de lo que fuese para confusión suya, y que el mismo arcángel (por cuya cuenta corrían las misiones de nuestro Padre por recomendación del Señor), le asistirá y defenderá en esto y en todo”.

Ningún testigo mejor de si era o no verdad lo que aquí se anuncia, que el mismo P. Calatayud, a quien tuvo asimismo cuidado de escribírselo repetidas veces el P. Bernardo, y de recordárselo en varias ocasiones. Pues bien: “en varias ocasiones me animó”, dice el P. Calatayud, “asegurándome que el glorioso arcángel San Miguel sería conmigo y me asistiría; y que el Santo Arcángel me ha favorecido en los muchos modos que el P. Hoyos me escribió, estoy muy cierto. Otra vez me escribió que los demonios habían trabajado para derribarme con las baterías que me expresaba muy individualmente en su carta; y es cierto que sucedió todo puntualmente como me lo profetizaba el P. Hoyos”.

Esto certifica a nuestro propósito el P. Calatayud en el dictamen que dio del espíritu del P. Bernardo algunos años después3 de muerto el bendito joven. Allí mismo añade algunas circunstancias más de otras veces en que también le avisaba de antemano lo que le iba a suceder, y pondremos aquí, si bien no parezcan todas pertenecer a este capítulo.

“Acerca de las cosas del P. Hoyos, la memoria que tengo es”, dice, “que una vez que me escribió animándome a promover la devoción al sagrado Corazón de Jesús, y a llevar los trabajos y persecuciones de mi ministerio, me decía: Esta mi carta obrará en V. R. estos y estos efectos; y estoy cierto que obró en mí los efectos que decía. Habiéndome el mismo Padre instado a que escribiese e imprimiese algo acerca del sagrado Corazón de Jesús, formé el librito de los Incendios en menos tiempo y con la facilidad que no podía yo esperar de mis fuerzas. Me instó y aseguró que era voluntad del Señor que hiciese una función del sagrado Corazón de Jesús en mis misiones: dispuse lienzo, la he hecho en varias de ellas, y la novena a más de esto; y se ve palpablemente cumplida la promesa con que aseguraba crecería la devoción. En general puedo decir”, concluye su dictamen el P. Calatayud, “que para conmigo tuvo espíritu profético, y que en mí se verificaron varias cosas de que me avisó de antemano, y que sus cartas obraban en mí confusión y desconfianza de mí mismo y una especie de admiración y agradecimiento al Señor por sus misericordias. Estoy cierto que fue dotado del Espíritu de Dios, e inspirado y movido de él; y que en aquella alma había mucha luz de lo alto, inteligencias, espíritu de profecía, penetración de misterios, visiones imaginarias e intelectuales, y un horno de amor dentro de su corazón según lo que, con mi pobre juicio, puedo conjeturar y colegir a vista de sus cartas y de lo que comunicó tal vez conmigo”.

Después de las dos profecías sobre la salud y contradicciones del insigne misionero, habla el P. Loyola de otro “que empezaba a emplearse en este apostólico ministerio por este tiempo”, y a quien el P. Bernardo “escribió circunstancias íntimas e individuales, que después han acreditado los sucesos: mas es preciso”, añade a continuación, “omitir expresiones que descubren del todo los sujetos”. Sin duda que es el P. Juan de Carbajosa4 el misionero a quien alude el autor, pero no podemos dar noticia particular de las “circunstancias íntimas e individuales” a que se refiere, por más que sí sabemos de cierto por la correspondencia del P. Agustín que fueron muchas y muy ocultas.

Por miedo a que se descubrieran las personas, omite también de seguro el P. Loyola algunos pormenores que pudiera muy bien darnos de no pocos incidentes proféticos que pasaron entre él mismo y su discípulo. Mas él es el autorizado Jesuita de quien nos dice el P. Manuel de Prado que “estaba determinado a perseverar en cierto Colegio,5 en caso que la obediencia se lo dejase a su arbitrio. Comunicó este pensamiento con el P. Bernardo, quien, después de algunos días, le dijo que se dejase gobernar, porque para el año siguiente le pondría Dios en donde quería le sirviese en adelante. Así sucedió; porque el Superior, sin dejarle arbitrio, le señaló otro Colegio, donde por razón de su empleo perseverará muchos años. Añade esta misma persona6 que, por lo que toca a su interior, va experimentando lo que le dijo el P. Bernardo le sucedería en adelante” (1).

Otra profecía que insinúa el mismo P. Manuel de Prado, de cierta persona que deliberaba sobre el estado que le convenía tomar, es tan clara como lo demuestran los incidentes que acompañaron al suceso. Era una señora adornada de todas las cualidades que más aprecia y ensalza el mundo en sus servidores. Había llegado a los 18 o 19 años sin otros pensamientos que los que de ordinario, y más a las de su sexo, inspiran las riquezas, nobleza, hermosura, discreción y el amor de los padres que casi idolatran en sus hijos cuando los ven agraciados con las brillantes dotes que embellecían a la joven de quien hablamos: sólo pensaban ellos en hacerla más codiciada, y buscarle un esposo digno, que no hallaban, de su hija tan querida. Esta entre tanto sintióse de repente solicitada por el esposo celestial que de vez en cuando encendía en su pecho algunas llamas ligeras de amor al estado religioso. Parecíale a ella buena la condición, mirada en sí; pero luego el recuerdo de sus mismas prendas, como tal vez acaece en semejantes casos, la movían a rechazarla, y más que todo el demonio, enemigo de que se lleve Dios lo que, bien dirigido, puede ,contribuir para mucha gloria de Su Majestad, y maleado, servirle a él en gran manera para sus infernales intentos. Juntábase a esto que, si bien se declaraba cada vez más la vocación divina por un lado, por otro el mismo Señor, en vez de los consuelos y delicias que acostumbra dar a las almas que elige para sí, como en prenda de que las quiere fuera del siglo, llenaba la de la pobre señora de tinieblas, desamparos y sequedades, a fin sin duda de probar mejor y coronar su heroica resistencia, pero dejándola en un abismo de dudas y temores que no la permitían resolverse ni entender lo que aquello significaba. Conocíase visiblemente la terrible batalla de su corazón, atraído por una parte de la dulzura y fuerza de la vocación religiosa, y combatido por otra por las angustias de su espíritu, su misma debilidad y aun sus pasiones, agitadas ahora más violentamente por el común enemigo contrario a la santa resolución que temía. Como durase algunos meses este combate con indecible pena de aquella alma temerosa y frágil, consultó su confesor el punto con el P. Bernardo, rogándole encomendase al Señor este negocio para que se dignara descubrir su santísima voluntad. Hízolo el joven; y a los pocos días, en una carta muy extensa, donde refiere el motivo de la lucha pasada y los felices resultados que de ella se debían esperar, responde así a lo que se le encomendaba. “Vi un hermoso corderito blanco, a quien seguían muchas almas purísimas; y entre ellas conocí la de esa señora, que andaba tras el cordero y quería ser del número de las que más de cerca le seguían; y volviéndose el cordero con dulcísima benignidad, la dijo: Sígueme; con que entendí la quiere Dios para esposa suya”.

Lo mismo fue manifestar el confesor, ocultándole por entonces la procedencia, esta visión y profecía a la afligida señora, que serenarse como por encanto su espíritu. En calma ya las olas y disipadas las nubes de la anterior tormenta, vio clara la voluntad de Dios que la quería para sí; y dando de mano a todas las ilusiones y esperanzas del mundo, victoriosa de su mujeril vanagloria, de los engaños del demonio y del amor excesivo de sus padres, que no fueron ciertamente quien menos guerra le hicieron, entróse en un observantísimo convento de vírgenes consagradas al Señor, donde vivió con fama de extraordinaria santidad.

Ya religiosa mantuvo espiritual correspondencia con nuestro joven, de quien luego supo haber sido la visión del Corderito blanco, y de quien nos conservó además una nueva profecía, en carta escrita a su confesor de los dos, el P. Loyola. Era ella una de las personas de que se había más valido el P. Bernardo para extender entre las religiosas la devoción al sagrado Corazón de Jesús: y por los años de 1734 o 1735 húbole de animar, sin duda, a que comulgase el viernes inmediato a la octava del Corpus, señalándole la manera en que lo debía hacer.

“Díceme el P. Bernardo: El día viernes después de la octava del Corpus, día propio del sagrado Corazón de Jesús, naturalmente comulgará V. con mil otras buenas almas”, escribe la religiosa, “y me previene las peticiones y obsequios en que me he de ejercitar. Pero, no habiendo mi Superiora, al principio, entrado bien en esta devoción al Corazón de Jesús, negó la licencia a la comunidad, de comulgar aquel día; mas, fiada yo en esto, y sabiendo cuán cierto salía cuanto me insinuaba el P. Bernardo en sus cartas, nunca perdí la esperanza. Llegaban unas y otras desconsoladas, y de positivo les decía yo: Comulgaremos; y como habían probado cuantos medios eran dables, y veían a la Superiora inflexible en lo que había dicho, se admiraban. Pero, cuando menos, según toda prudencia humana, se podía esperar, mandó la Superiora que comulgase la comunidad, y se confirmó la verdad que, como sin misterio, prevenía yo, aunque para mí, aun antes de llegar el caso, comprendí que había misterio en él”. Así aquella religiosa, que, asombrada de tantas cosas como veía luego verificarse de las que le escribía en sus cartas el P. Bernardo, “en mi concepto”, añade al fin de la suya, “todas sus palabras son realmente vaticinios, aunque no sé cómo explicarlas”.

A ellos pertenece y, por lo visto a los más ruidosos, “la profecía que nuestro joven hizo acerca de la esclarecida y observantísima religión del glorioso P. San Bernardo”, de la cual dice el P. Loyola que “es tan clara, que nadie podrá ponerla en duda”. La daremos tal cual se halla en su manuscrito y por sus propios términos, a fin de no equivocamos, ni resucitar más de lo que conviene tristes memorias.

“Hallábase esta venerable y florentísima congregación de España en el estado que todo el mundo sabe. Una persona religiosa, interesada en la perfecta unión de este cuerpo de quien era miembro, trataba muy familiarmente a nuestro joven: preguntóle un día si había tenido alguna luz del cielo sobre el estado de su amada religión, y del suceso y fin que habían de tener las diferencias presentes que la afligían. No pudo el humildísimo joven ocultar a esta persona lo que Dios le había mostrado, acaso para que la consolase. Hablando Bernardo de este suceso, dice así: "Yo simplemente le insinué (a la persona de quien habla) cómo un día me mostró el Señor la visión que al profeta Ecequiel de los miembros dislocados y de los huesos que, separados de su cuerpo, estaban sin vida como cadáver, y reunidos a la voz del Señor por el profeta, entró en ellos el espíritu de vida (2), significándoseme el presente estado y el futuro de esta santa religión.7 Consolóse la persona, y me declaró entender ella lo mismo, y habérsele certificado de arriba el feliz éxito, sintiendo particular afecto a la parte que sigue al Pontífice, aunque tan afligida". Hasta aquí las palabras de este joven profético tan sólidas como misteriosas, que se verificaron dos años después de su muerte”.

No podemos ni debemos concluir esta materia y disensiones de la sagrada Orden de San Bernardo sin otra visión que ilustra mucho la pasada. Túvola el joven el día mismo del santo fundador, 20 de Agosto de 1735, a lo que parece, y la describe en estos términos.

“El día de mi San Bernardo me acordé mucho del Santo y del Corazón de Jesús, de quien él fue tan amante como muestran las seráficas expresiones con que se explica acerca del tesoro escondido y de la preciosa margarita del Corazón de Jesús. Las turbaciones de su religión las tuve muy presentes, como la M. Concepción repetidas veces me había encargado, prometiéndome hacer ella la causa del Corazón este día, si yo hacía la de su religión.8 En tiempo de misa, después de la consagración, vi a este mi amado Santo con su boca en la llaga del Corazón de Jesús, gustando sus divinos dulcísimos influjos, como gustó los de los pechos de María su Santísima Madre; y entendí habían sido éstas las dos fuentes de donde San Bernardo había bebido lo más puro de su amor con la Humanidad de Cristo, y lo más cordial de su devoción con María Santísima; y que de aquí se derivó en su pluma tan celestial dulzura9. Puse su religión dentro del Corazón santísimo, y quejábame amoroso al Santo de si acaso era el deseo que tenía de la unión de sus hijos en el cielo, menor que el que había tenido en la tierra. Dióme la respuesta con admirar los secretos de la providencia divina: pero también me dio ciertas esperanzas de la unión, y de que todo cedería en mayor gloria de Dios, que sacaría bienes de los males; y encomendándome de su parte este asunto para que pidiese al Señor por él, me insinuó lo que puede la oración humilde de los viadores”.

Es notable así en este caso como en otros de arriba el empeño de nuestro P. Bernardo en dirigirlo todo al fin supremo de sus aspiraciones: la gloria del divino Corazón de Jesús. Por ella anhelaba sin cesar, y a ella se sujetaban en cierto modo aun sus profecías como sus ansias, sus oraciones, y hasta sus promesas y esperanzas. Nada tiene de extraño que, con eso, se las quisiera también el Señor ennoblecer con particulares prendas de que era él quien se las inspiraba, y eran suyas las palabras con que tal vez se descubría el amoroso pecho del P. Bernardo en esta materia.

Varias veces le hemos oído asegurar que la devoción al divino Corazón florecería en nuestra España más que en otras partes: que con el tiempo había de ser su culto el más solemne después del Corpus: que los hijos de la Compañía de Jesús serían los que más trabajasen para conseguirlo: que, por último, un Papa extendería a toda la Iglesia la festividad del Corazón sagrado. Que todo esto ha sucedido como él lo anunciaba con tanta aseveración, es cosa que vemos con nuestros ojos10: pues que él no lo pudo anunciar sino con luz del cielo por los años de 1734 y 1735, es tan manifiesto, que no lo negará quien sepa algo de historia o quiera enterarse de la de fines del siglo pasado y principios del presente. En todo aquel tiempo, y más aún en el que hablaba el P. Bernardo, pudieran muy bien pasar sus vaticinios por sueños de un iluso, mas no de ninguna manera por seguridades y profecías de un hombre inspirado de Dios.

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(1)   Dos Cartas de edificación (II, pág. 39).

(2)   Ezech. XXXVII, 1-10.


1 Bernardo estuvo estudiando la filosofía en Medina del Campo desde octubre de 1728 a septiembre de 1731, en que parte para Valladolid a cursar los estudios de teología en el colegio de San Ambrosio.

2 Ya hemos hablado de él en notas anteriores. Gran misionero popular, que misionó toda España durante cuarenta años. Nació en Tafalla (Navarra) en 1689, entró en el noviciado de Villagarcía en 1710, enseñó retórica y filosofía en Medina del Campo y en Valladolid teología y Sagrada Escritura. Lo dedicaron al ministerio de las “misiones populares” en 1727 y perseveró en él hasta 1767, en que junto con sus Hermanos jesuitas fue desterrado de su patria por Carlos III. Después de muchas penalidades murió en Bolonia en 1773.

3 No podemos precisar la fecha en que el P. Calatayud escribe este dictamen sobre la vida del P. Bernardo de Hoyos. Tenemos las fechas de los otros dictámenes que se emitieron por mandato del P. Provincial: el P. Manuel de Prado lo escribió en Salamanca el 13 de mayo de 1740; el P. Diego de Tobar lo escribió en Burgos el 4 de octubre de 1739; el P. Fernando de Morales lo hizo en Salamanca el 18 de diciembre de 1739; el P. Ignacio Osorio lo escribió en Valladolid el 5 de agosto de 1740; el P. Juan O´Brien lo redacta también en Valladolid el 2 de julio de 1740; el P. Francisco Mucientes lo hace igualmente en Valladolid el 20 de agosto de 1740, y el P. José de Gallifet lo escribió, estando ya en Francia (probablemente en Lyon),el 3 de agosto de 1736, a menos de un año del fallecimiento de Bernardo de Hoyos. Del P. Calatayud no hemos podido averiguar la fecha ni el lugar donde escribió el dictamen. Siendo como era misionero popular, que tan pronto estaba en un lugar como en otro, pudo haberlo escrito desde cualquier parte de España. Lo importante es que poseemos su dictamen, donde se refleja la estima y veneración que sentía por aquel joven estudiante de 24 años.

4 El P. Juan de Carbajosa había nacido en Benafarces, pueblecito cercano a Tiedra (Valladolid) y acompañó varios años al P. Calatayud en sus misiones. Amigo de Bernardo y también del P. Agustín de Cardaveraz, mantuvo correspondencia con este último, por lo que aquí nos indica el P. Juan de Loyola.

5 Se trata aquí del colegio de Segovia, en que se ve que el P. Loyola estaba muy a su gusto y contento. Estando en este colegio, es cuando va a hablar con el confesor real (que residía entonces en el palacio de verano de La Granja) para procurar que el rey Felipe V escriba al Santo Padre en orden a conseguir la fiesta del Sagrado Corazón. Para el curso siguiente (1735-1736) lo encontramos ya –como dice Bernardo- destinado al colegio de San Ignacio de Valladolid, donde residirá muchos años y donde morirá en 1763.

6 Esta persona es el P. Juan de Loyola. Siendo él el primer autor de la Vida del P. Bernardo, de la que han bebido todos los demás, justo es que sepamos quién era este ilustre jesuita. Copiamos aquí el texto que sobre su persona escribe el P. Máximo Pérez en su libro: El Poder de los débiles. “Juan Garrido de Rojas y de Loyola nació el 21 de octubre de 1686 en Valdeverja, pueblo entonces de la diócesis de Avila, y hoy perteneciente a la diócesis y provincia de Toledo. A punto de cumplir sus dieciocho años, ya había estudiado tres años de filosofía cuando decidió entrar en la Compañía. De camino para comenzar su noviciado en Villagarcía vistió la sotana en el colegio Real de Salamanca el día 6 de junio de 1704. Al ser apuntado en el libro del noviciado prescindió del apellido paterno Garrido de Rojas y firmó solamente con el materno Loyola, por devoción al santo fundador en cuya orden entraba. Casi toda su vida la pasó en cargos de importancia. Fue profesor de Gramática en Pamplona, de Filosofía en Valladolid y de Teología en Segovia. Desempeñó también cargos de rector en los colegios de Tudela y de Pamplona, y de espiritual y rector del de Salamanca. Pero los años más trascendentales de su vida, fueron, sin duda, los que dedicó a la formación de los jóvenes jesuitas: primero, como ayudante, por dos veces, del maestro de novicios en Villagarcía, y luego como instructor de los Padres de tercera probación en el colegio de San Ignacio de Valladolid, a los pocos meses de haber muerto Hoyos en el mismo colegio y mientras escribía la biografía de él. Quien lea los dos volúmenes De viris illustribus..., escritos por J. A. Navarrete, podrá advertir que casi todos esos “jesuitas eminentes” de la provincia castellana, expulsados de España por Carlos III y muertos en Italia, habían sido formados de un modo o de otro, en su vida religiosa por el P. Juan de Loyola. Una vista somera al currículo anterior basta para hacerse una idea de que Juan de Loyola era una persona relevante en la provincia de Castilla. Los informes que de él llegaban a Roma lo definen como apto para todo, apto para gobernar, para la enseñanza, para los ministerios espirituales. Pero no eran estas cualidades las que le convertían en una figura de primer orden, sino su sobresaliente prudencia, la perseverancia en sus propósitos y la afabilidad de su trato. Su talla como religioso y como operario evangélico la dejó escrita el P. Eugenio Colmenares, superior del colegio S. Ignacio de Valladolid, donde murió Loyola a los 75 años de edad, el 16 de marzo de 1763. Se trata de un documento oficial para ser difundido en todas las casas, y escrito por quien había ocupado los puestos más altos de la provincia castellana, incluyendo el de provincial. (El informe dice así): “Fue una persona de corazón bien dispuesto para tratar con Dios en el retiro de la oración, y con los hombres en la práctica de los ministerios, en la medida de sus talentos. En todas sus acciones aspiraba a contentar a Dios, a vivir religiosamente y a morir en los brazos de Cristo crucificado, rico de méritos. No se veía en él otra cosa sino un grande celo por la salvación de las almas y el progreso en la virtud de aquellas personas que la obediencia puso bajo su guía, no omitiendo fatiga ni industria que pudiera conducir a este fin... Fueron muchas las personas de todas las clases y estados que lo buscaban para su dirección y consolación, encontrando en el P. Loyola dictámenes sólidos que serenaban las conciencias perturbadas por escrúpulos y temores. Su ánimo pacífico lo inclinaba a escuchar con inalterable paciencia toda clase de personas, consolando según la necesidad, a cada una” (Carta necrológica de 20 de marzo de 1763) (El Poder de los débiles, P. Máximo Pérez, edit Edapor, Madrid, 1991, pgs 63-64)

7 En tiempo del P. Bernardo de Hoyos la Orden de San Bernardo estaba dividida y esa herida causaba no pequeño dolor a sus componentes. Por un lado estaban los cistercienses de la común observancia y los de la estricta observancia o trapenses por otra.

8 Se trata de la Madre Ana de la Concepción, cisterciense del convento de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid. Esta Madre Ana, que tenía amistad con Bernardo y era como su retaguardia oracional en la causa del Corazón de Jesús, le propone hacer un trato espiritual: ella va a pedir por el éxito de la Causa del Corazón de Jesús y Bernardo, por su parte, pedirá al Señor la unión de las dos ramas del Cister.

9 No en vano se le ha llamado a San Bernardo el “doctor melifluo” por la dulzura y unción que respiran sus escritos.

10 En efecto, esas cuatro aspiraciones: la extensión del culto al Corazón de Jesús con gran pujanza en nuestra patria, la relevancia de este culto igualando o incluso superando al mismo del Corpus, el trabajo eficaz de la Compañía de Jesús para fomentar esta devoción, y la extensión de la fiesta a toda la Iglesia hecha por el Papa Pío IX en 1856, era algo que se había cumplido al momento de escribir el P. Uriarte estas líneas en 1888.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888