| Parte cuarta, capítulo 10. Muestra de algunas devociones e instrucciones prácticas del P. Bernardo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Copiaremos las que se
hallaron entre sus papeles, dando la preferencia a una
devotísima Carta de filiación que hizo a la
Virgen Nuestra Señora en Medina del Campo, a los 8 días
de Diciembre de 1729. Dice así: A mayor gloria de Dios y su Santísima Madre. Sepan cuantos esta carta de donación leyeren cómo yo, Bernardo Francisco de Hoyos, de la Compañía de Jesús, me entrego de mi voluntad libremente a María Santísima Nuestra Señora, no sólo por esclavo, sino también por hijo, movido del amor de esta divina Señora y del deseo de experimentar los efectos de su maternidad para conmigo. Y así, por esta causa, no sólo me vendo por esclavo suyo, sino pasando adelante, desde hoy me dejo en sus divinas manos a mí, a mi alma, mi corazón y mis potencias, para que de aquí adelante sea dirigido de su especial providencia como un hijo pequeño de su amorosa madre. Y juntamente por esta carta me desnudo de mi libre albedrío, renunciándole en María Santísima, y deseando no me permita usar de él sino es en lo que fuere de su mayor agrado: y de mi parte me obligo y prometo mostrarme, en lo posible a mi flaqueza, verdadero hijo de tan soberana madre, ejecutando, no sólo cuanto es de obligación, sino todo aquello que es de supererogación, y yo juzgare ser del servicio de mi dulcísima Madre María Santísima, a quien pido me mire desde este día como a verdadero hijo suyo y me asista con su gracia para corresponder a la obligación en que me pone este estado de hijo suyo. Y porque me hallo indigno de tan singular favor, imploro su bondad y misericordia, y la intercesión de su santísimo Esposo San José, y la de todos los Santos y bienaventurados mis devotos, y demás habitadores de la gloria. Y porque así lo deseo y quiero, renovaré esta carta en todas las festividades de Nuestro Señor Jesucristo, de su Santísima Madre y de los Santos de mi devoción. Y porque todo esto es mi voluntad, lo firmo, deseando firmarlo con la sangre más pura de mi corazón. Medina, y Diciembre hoy día de la Purísima Concepción de mi dulcísima Madre, de 1729. Indignísimo esclavo e hijo de mi dulcísima Madre María Santísima. IHS. Bernardo Francisco de Hoyos. A esta Carta de filiación había precedido otra de esclavitud a la misma Señora, hecha desde el Noviciado, que no hemos podido haber; y siguió años adelante, a 12 de Junio de 1733, la consagración al Corazón sagrado de Jesús según la fórmula del P. Claudio de la Colombière que, por haberla escrito y pronunciado en latín nuestro P. Bernardo, y hallarse su traducción castellana en El Tesoro escondido del P. Loyola (1), no la ponemos aquí. Supla a una y a otra la fórmula con que consagró su castidad al angélico joven San Luis Gonzaga, el día de su fiesta 21 de Junio de 1733,1 y es como sigue. Santísimo Luis Gonzaga, ejemplar admirable de espíritus angélicos y almas castas, abogado poderosísimo y protector glorioso de la castidad, cuyo singular patrocinio alcanzasteis por vuestra angelical pureza, por la cual también merecisteis ser adoptado por hijo especialísimo y singularmente amado de la Virgen de las vírgenes, Madre de la castidad y Reina de la pureza, María Santísima: yo, Bernardo Francisco de Hoyos, de la Compañía de Jesús, y hermano vuestro, aunque indigno, fidelísimo y amantísimo, os acojo hoy en presencia de mis dulcísimos amores, Jesús y María, y de toda la corte celestial por abogado, patrón y a protector especialísimo y ángel custodio de mi castidad, la cual encomiendo desde hoy para todo el discurso de mi vida a vuestro cuidado, protección y patrocinio. Y os pido, dulcísimo hermano y protector mío, con todas las veras de mi corazón, recibáis y aceptéis benignamente esta ofrenda y sacrificio que os hago de mi castidad, la cual tengo ya consagrada con especial voto al mismo Dios, y que me la guardéis pura e inmaculada, y me defendáis de todos los peligros de perder tan inestimable joya. Y no teniendo que ofreceros en recompensa otra cosa que el corazón, del cual no puedo disponer por no tener dominio alguno sobre él, ni ser cosa mía sino del divino Corazón de Jesús, a quien le tengo ofrecido y consagrado, y de mi dulcísima Madre María Santísima, a quien también le tengo dedicado como a madre, con entero desapropio y perfecta renunciación de mí mismo y de todas mis cosas y de todo cualquier derecho que pudiera tener sobre ellas; con todo eso, del modo que me es posible, con licencia del sagrado Corazón de Jesús y de nuestra dulcísima Madre María Santísima, os lo entrego, dedico y consagro a vos también con un afecto cordialísimo y voluntad sincera de serviros y agradaros en cuanto fuere posible. Y pues no me queda otra recompensa, os ofrezco el procurar imitar vuestras virtudes y ejemplos prodigiosos, con todas las mayores veras de mi espíritu, que es el obsequio que me persuado os será más grato y apacible: y por señal de este mi deseo, os prometo celebrar todos los años vuestra fiesta con especial afecto. En testimonio de lo cual doy ésta, firmada de mi nombre, que sirva de auténtica obligación mía, de prenda de vuestro patrocinio, y de monumento eterno de mi gratitud. Valladolid, y Junio hoy 21, día de vuestra fiesta, de I733. Hermano y pupilo vuestro amantísimo en el Corazón de IHS. Bernardo Francisco de Hoyos. Vaya por corona de sus devociones una práctica solidísima que escribió pocas semanas antes de su muerte. Su título es Modo de portarme delante del Santísimo Sacramento, y dice de esta manera: Mi amable Salvador: una alma escogida por vos entre otras mil para que habite en vuestro Corazón, una alma sacrificada con todas sus cosas para no ser del número de tantas otras ingratas, una alma consagrada a suavizar los sentimientos que a vuestro divino Corazón causan en el Sacramento de vuestro amor las infidelidades y malas correspondencias de los hombres: una alma empeñada por estos tres títulos con vuestro amante Corazón, decidme, mi amable Salvador, ¿cómo se debe portar? ¿Cuál debe ser su proceder? ¿Qué debe hacer para desempeñarse con vuestro Corazón? Esta pregunta os llevo hoy escrita al santo altar. Sí, mi divino amor Jesús, corazón a Corazón os la he de hacer: de vuestro Corazón espera el mío la respuesta, la enseñanza y la firme resolución de practicar vuestra doctrina en este punto, atropellando cuantos embarazos me oponga el mundo, el infierno y mi amor propio. Pero ya, mi dulce Redentor, ha escuchado mi corazón del vuestro la respuesta, más que en palabras, en sus divinos afectos. Sumo agradecimiento, suma fidelidad, suma correspondencia de amor2 a las injurias que recibe vuestro adorable Corazón en la Eucaristía: esta es vuestra respuesta y vuestra doctrina; y éste me enseñáis que debe ser mi desempeño de aquellas tres obligaciones de amor con que mi alma se mira dulcemente ligada a vuestro Corazón. A la elección que de mi espíritu habéis hecho para que habite en este tabernáculo de la Divinidad, descubriéndome más que a otros cuán bueno es habitar en ese Corazón, pe- dís sumo agradecimiento: esto es, que, cuanto mi tibieza me permitiere, esfuerce mi generosidad con humilde encogimiento para rendiros gracias todo el resto de mi vida por éste que, después de mi predestinación, es el mayor favor que me habéis hecho. Al sacrificio que de mí os hice, pedís suma fidelidad, no quitándoos jamás lo que os he consagrado. Vos, oh amable Salvador, me aceptasteis esta oferta, haciéndome como donación de vuestro Corazón y sus riquezas. Como vos sois fiel en mirar como vuestras mis cosas, así queréis lo sea yo en mirar las vuestras como mías; vuestra honra es mía, y como tal queréis que sea fiel en procurarla en otros y en mí: queréis que, si mi amor propio, como ladrón, os quita lo que mi corazón os ha ofrecido, recompense éste el hurto con la restitución fiel, luego que advierta la indigna vileza de hurtaros lo que os ha entregado. Ya sé que estos robos serán continuos; pero vos queréis una continua restitución con usuras. Al empeño en que, compadecido de vuestro afligido Corazón, me puso el amor, tomando a mi cargo, según mi flaqueza, contrapesar las ingratitudes que en el Sacramento de amor recibís de los hombres, pedís suma correspondencia de amor: esto es, que mi amor, en la obra y en el deseo, oponga a todo género de injurias que recibís en la Eucaristía, todo género de obsequios. Esto es lo que el Señor pide de una alma a quien su amor ha puesto en tales obligaciones: éste ha de ser su empeño, este oficio tiene encomendado, esta ocupación le ha de llevar sus atenciones: no cumple con menos, sino que falta al encargo y la confianza que de ella ha hecho la providencia. Tienen los hombres por dicha ser escogidos de un rey para habitar en el palacio real entre los príncipes y grandes; se precian de su elección y estiman ésta que tienen por alta dignidad: pues, una alma levantada por el Rey del cielo entre los príncipes que moran en su Corazón, ¿no deberá tener ésta por la mayor felicidad, y con una santa soberbia preciarse de su dignidad, para no envilecerla en sus acciones? Tiene por punto de honra un corazón generoso no faltar, ni aun dar visos de que falta, a lo que una vez ofreció: y una alma que toda se ha ofrecido, con sus cosas y operaciones, al Corazón de Jesucristo, ¿no juzgará indigno de su nobleza el retractar con la obra su palabra, o el no restituir lo que en este punto advirtiere que robó al Corazón de su Salvador? Quien toma a su cuenta un oficio, conoce que no debe omitir cosa que sirva a darle el lleno que pide; quien se encarga como fiador de recompensar los agravios que alguno ha recibido, debe oponer a cada agravio su obsequio correspondiente: ahora bien, una alma que mira como oficio propio desagraviar al Corazón de su amable Salvador mal correspondido en sus finezas, y que se ha encargado de oponer sus obsequios a todo género de injurias que él recibe en el Santísimo Sacramento, ¿podrá omitir cosa que juzgue concerniente a este fin? o ¿podrá dejar de andar solícita e ingeniosa en ofrecer obsequios a este amable Corazón? No, por cierto: así lo reconozco, así deseo ejecutarlo, y así resuelvo firmemente practicarlo todo el resto de mi vida, hasta dar el último aliento en el Corazón de mi dulce Jesús. 3 Pero, por ser más útiles y eficaces las resoluciones en particular, apuntaré aquí algunas, y refrescaré su memoria leyéndolas cada viernes, para que, o me confunda, o me aliente a hacer cada día más y más en desagravio del amor mal correspondido de mi Salvador, no debiendo ceñir mi fidelidad únicamente a lo que dice este papel. Y así, por todas las ofensas en general que el Corazón de Jesús recibe en la Eucaristía, consagraré cada año el día después de la octava del Corpus a sus desagravios, previniéndome los ocho días antes con cuantos ejercicios de piedad me inspirare el amor. Lo que he de hacer este día, será lo que enseñan los libros que explican esta devoción, dando el redoble de amor que piden mis obligaciones. Lo mismo haré los primeros viernes de cada mes, en que meditaré las penas de este sagrado Corazón, previniéndome la noche antes con un rato largo de oración sobre la agonía del Huerto. Serán más frecuentes este día las visitas al Santísimo Sacramento: llevaré al altar la oferta que tengo hecha de mí y de mis cosas, y la renovaré con especial afecto. Todos los viernes del año los miraré como consagrados al Corazón divino, al cual haré algún especial obsequio en tales días, y tendré algo más de oración. En particular observaré lo siguiente: Los gentiles no conocen, y los herejes niegan, y los católicos no aprecian por la mayor parte las finezas del Corazón del Salvador en el Santísimo Sacramento. En contraposición haré todos los días frecuentes actos de fe, adoración y amor que miren a este misterio, y pediré que sea extendida esta devoción. Muchos tienen fastidio de este manjar divino: no llegan a gustarle sino de año en año, y otros ni en muchos años; y no pocos le reciben con horrendo sacrilegio. En contraposición excitaré en mí con frecuentes comuniones espirituales el gusto y apetito de esta celestial vianda. Jamás, por mayores estorbos que ocurran, dejaré de celebrar, si la caridad o la obediencia o la imposibilidad no me mostraren ser lo contrario voluntad del Señor: y en estos casos, juzgándome por indigno, sin inquietarme, recompensaré esta falta con las comuniones espirituales. Siempre celebraré con intención expresa de resarcir con el sacrificio del Corazón sagrado sus mismas ofensas, y después de la consagración se lo protestaré al Padre Eterno frecuentemente. Celebran no pocos sacerdotes sin preparación, sin acción de gracias, y con un modo en la apresuración que debe causar horror. En contraposición jamás llegaré al altar sin pensar antes cosa de un cuarto de hora lo que voy a hacer, con los afectos que el Señor me inspirare, y sin dar después gracias por lo menos por otro tanto espacio, sino en los casos que exceptuare la regla puesta arriba de la caridad, obediencia o imposibilidad. Cumpliré rigurosamente lo que nuestro Santo Padre ordena sobre lo que se ha de tardar: pronunciaré, accionaré con tal gravedad, y acompañaré lo exterior con tal espíritu, que pueda decirse: He aquí una acción de Jesucristo. Lloraré todos los días lo que faltan en este sacrificio tantos sacerdotes, ofreciendo siempre el Corazón mismo de Jesús en desagravio. Innumerables católicos no entran ni aun de paso a visitar a Jesús Sacramentado, cuando las calles, las plazas y los palacios están llenos de gente; sólo llegan forzados del precepto de oír misa: no pocas personas religiosas casi se olvidan de que tienen al Señor en sus casas. En contraposición, tendré en cierto modo por mi habitación sobre la tierra el lugar donde estuviere el Santísimo Sacramento. Las ocupaciones de caridad, etc., podrán hacer que con el cuerpo no pueda estar tan despacio en su presencia, pero no harán que en espíritu no le visite desde el lugar de mayor tráfago. No se cansa este amable Salvador en bajar del cielo y en habitar en la tierra: luego no debe haber cansancio, descomodidad o repugnancia que me retarde la frecuencia de estas visitas. Más en particular observaré lo siguiente. Siempre que pueda, tendré en lo restante de mi vida la oración y exámenes delante del Santísimo. Los días de recreación tendré algunos ratos más de oración; y ordinariamente, cuando lo permitieren las distribuciones y obligaciones regulares, a lo último de la mañana y de la noche, antes de comer y cenar, como un cuarto de hora más: y generalmente, cuanto me sobrare de tiempo, lo ocuparé delante del Señor Sacramentado, sacando aquellos ratos de recreación que pide la naturaleza y quiere el mismo Dios. Rezaré todas las horas del oficio divino, siempre que pueda, en la presencia de este Dios de amor. La primera acción al levantarme por la mañana, y la última antes de acostarme, será indefectiblemente la visita al Santísimo; y desde la cama, antes de dormir y cuando despertare, visitaré y entraré dentro del Corazón sagrado: fuera de las visitas precisas que los demás hacen, haré yo otras, a lo menos cada hora, siendo compatible con las ocupaciones. Siempre que pasare en casa por junto a lugar de donde pueda, haré lo mismo, si las circunstancias lo permiten: al pasar por otros templos, será espiritualmente. Asombrosa es la irreverencia con que muchos están delante del Dios de la majestad. En contraposición, mostraré o haré sensible en la circunspección exterior la intención interior: huiré tan puntualmente el mirar por curiosidad, el hablar sin necesidad una palabra, el reír, etc., que, por ligeras, no queden sin penitencia estas faltas. Más debo hacer yo que otros: y así, delante del Señor patente no me sentaré, sino de comunidad, o confesando, aun en sermón, en que estaré de rodillas o en pié: aunque no esté patente, estaré siempre de rodillas, nunca sentado ni en pié, sino en los casos dichos. Todo lo dicho haré sin apremio, con libertad, en las circunstancias que van expuestas arriba; pero no omitiré cosa por negligencia, pereza o amor propio paliado con nombre de libertad: lo cual cautelaré cuidadosamente a mayor gloria del Corazón de Jesús. 4 Concluyamos este capítulo con un admirable orden de vida espiritual o Forma de vida virtuosa, como la llama el mismo P. Bernardo, y la dispuso para su querido H. Juan Lorenzo Jiménez 5 al ordenarse éste de sacerdote. Fuera de declararnos en ella su espiritual magisterio y el concepto altísimo que le merecía la dignidad del sacerdocio, muéstranos también como en tercera persona la perfección sublime con que él la desempeñó, siendo el primero, ya sacerdote, en cumplir con exactitud los consejos que aquí da a su Hermano en su menuda y piadosísima instrucción. La cual empieza y prosigue así, omitidos algunos párrafos de menos interés para nuestros lectores. Ante todas cosas ha de cargar la consideración sobre estas dos suposiciones en que ha de estribar cuanto en este arancel de la virtud o vida virtuosa, que el Corazón de Jesús desea de su alma, se dijere con la asistencia del Espíritu Santo. La primera, que la divina providencia le llama a un alto grado de perfección,6 fundada en la observancia hasta de los menores ápices de nuestras santas reglas: y entienda que no corresponderá con una vida común y regular, sino ejemplar y particular, en el modo de perfección interior, que le es necesaria para los altos fines a que su Dios le destina. Persuádase que, si no oyere las inspiraciones que le advierten esta su obligación de ser perfecto, no parará ni aun en el estado de virtuoso, sino que se precipitará en un miserable estado de tibieza. La segunda suposición es que el sacerdocio le estrecha más la obligación de aspirar a la perfección:7 no le da las licencias, y anchuras que, no sin compasión, se toma la relajación. Tenga presente la pureza que necesita quien ha de tener en sus manos todos los días al Dios de la majestad. Héchose cargo de lo que encierran estas dos suposiciones, ha de imprimir tan fuertemente en el corazón, que en ningún tiempo se le borren, dos máximas cuya observancia protestará al Corazón dulcísimo de Jesús desde su primera misa siempre que le tenga en sus manos, y son como dos ejes sobre los cuales se ha de mover la máquina de toda su perfección. Primera, ha de tener una firme é inviolable resolución de entregar su corazón, su amor y todos sus afectos sin reserva a su Dios, de agradarle en todo, de seguir sus inspiraciones, de caminar a él por medio de nuestras reglas sin interpretaciones que relajen su perfección, y de ser fiel en un todo al Corazón de Jesús. Segunda, desde los principios de su sacerdocio dará a entender en su porte que quiere ser del bando de la virtud, que abiertamente sigue sus banderas, que no se ha de embarazar en respetos humanos para practicar la resolución ya expresada, ni se ha de avergonzar de querer ser perfecto, aun entre los desprecios que padece la virtud, de parte de quienes se ofenden de ella. En estas dos máximas se envuelve cuanto hay que decir acerca de la vida que ha de observar el nuevo sacerdote, pues son dos principios generales de los cuales ha de inferir lo que ha de hacer y evitar en lo particular, regulan- do cualesquiera lances con estas dos reglas. Mas, para mayor inteligencia, apuntaré aquí algunas cosas particulares que debe observar. En el trato con los hombres observará lo siguiente. Con los de fuera, especialmente con gente moza, trate poco y con tal modo que entre la suavidad y severidad siga más una modesta y prudente seriedad. Con los de casa será su trato humilde y apacible: pero no olvide su carácter de sacerdote para que se reconozca un resabio de seriedad, ajena tanto de vanidad cuanto de puerilidades. En las conversaciones aun domésticas no se olvide de la prudencia en las palabras que tocan a tercero, para lo cual ayudará inclinarse a no hablar mucho; no tenga por costumbre los chistes, pues sabe que desdicen de lo que Dios pide de la seriedad; huya de murmuracioncillas, y guárdese de cooperar con la más mínima palabra a censurar las acciones de los Superiores: examine después de la recreación lo que en esto hubiere faltado, y pida penitencia. A todos ayudará en lo posible, salva la observancia de las reglas y la paz del corazón; por lo cual se guardará de familiaridades con los que conociere le pueden dañar en estas dos cosas, o en hacerle perder tiempo cuando menos. Hermane la política con la virtud y provecho de su espíritu, y entienda que, si fuere forzoso, más quiere su Dios que pase por menos político delante de los hombres, que por poco fiel delante del Corazón de Jesús. Dará ejemplo a todos, y huya de dar pié a otros para faltas con las suyas: por lo cual observará las advertencias siguientes: Dirá sus culpas, pedirá penitencias y se humillará con más espíritu que hasta aquí a quien Dios le ha señalado para ayudarle en el espíritu. Pedirá nuevas licencias al Superior para estas cosas ordinarias, como son las del uso propio, entrar en los aposentos de los Padres cuando fuese menester, dar o recibir algunas cosillas de éstas comunes, prestar o pedir prestados libros, hablar cuando le buscaren, poder visitar los enfermos, etc. De todas estas licencias se prevendrá, deseando, si fuese posible, no respirar sino con la obediencia: y para que se ejercite en ella, irá todos los meses a renovarlas; y aun, si acaeciese alguna cosa de monta (especialmente en punto de pobreza, en que sabe cuán exacto le quiere su Dios), no se contentará con estas generales, sino acudirá por las particulares al Superior. Ande sobre sus pasiones, y siempre que se dejase llevar de alguna, mayormente de la soberbia, la ira y la delicadeza, que son las que más le dominan, pedirá penitencia y se la dará contrapuesta a la falta. En las funciones de sacerdote se portará de este modo. Rezará de rodillas comúnmente el oficio divino, sin apresurarle, atendiendo a su Dios con quien habla y regalándose con los afectos de los salmos. Todos los días se reconciliará para no defraudarse de la gracia que puede adquirir en el Sacramento de la Penitencia. Al salir de oración, especialmente en la cuaresma, visitará al Santísimo en la Iglesia para ver de camino si hay alguno que quiere confesarse. Ordinariamente rezará prima, tercia y sexta antes de decir misa, para la cual se recogerá 8 a lo menos por medio cuarto de hora a pensar en el tremendo sacrificio que va a ofrecer al Eterno Padre. Dirá con devoción las oraciones que señala la Iglesia para revestirse, haciendo reflexión sobre cada una. Al salir al altar, como también en todo el tiempo que estuviere en él, guardará una seriedad más que humana y una modestia angélica, por la persona que representa. Todos los viernes hará, interiormente, conmemoración del dulcísimo Corazón de Jesús; y todos los días, al levantar la hostia y el cáliz, presentará a la Santísima Trinidad el mismo divino Corazón, por el cual pedirá la extensión de su culto, y ofrecerá el suyo con los de los que tienen con él un corazón, bañándolos en el cáliz que eleva. Antes de recibir al Señor, teniéndole en sus manos, renovará los votos, la entrega de su corazón y la protesta de su fidelidad. Regale su corazón con la dulce pronunciación de las palabras de la misa, y procure sacar de ellas y de las del rezo algunos tiernos afectos, que entre día le sirvan para la presencia de Dios. Dará gracias por espacio de un cuarto de hora; y en ellas, habiendo recibido al Señor por viático, hará la preparación de la muerte, y quedará sepultado en el celestial sepulcro del Corazón de Jesús, para que entre día se halle muerto y escondido en el divino Corazón, del alboroto y perturbación de los hombres. Después rezará nona, y a sus tiempos las demás horas. De ningún modo muestre repugnancia, sino antes bien alegría, a las confesiones y otros ministerios, para los cuales se ofrecerá al Superior desde el principio, alegando su consuelo y menos ocupaciones que los otros para cumplir gustoso esta obediencia: y tendrá avisado en la sacristía que le llamen siempre que hubiere confesiones, para que a otros no se les haga mala obra. Los días de fiesta, inmediatamente después de oración, bajará con el breviario; y, si no hubiere que confesar, rezará delante del Señor, y, si hubiere, lo dejará para cuando haya comodidad. No empezará a confesar sin haber invocado la asistencia del Espíritu Santo delante del Santísimo: y la víspera de los días de fiesta o de concurso se preparará con oraciones y penitencias, y pedirá a los ángeles de guarda le traigan y dispongan los pecadores: y bajará con cadenilla hasta que acabe las confesiones y diga misa. No se aficione a confesar niños ni gente de lustre: reciba a todos indiferentemente; y, si de algunos ha de tener especial gusto, sea de los más pobres. Al ángel de cada penitente saludará e invocará9 mientras dice la confesión el que se ha de confesar; y si alguno viene mal dispuesto, trate interiormente la disposición con su ángel de la guarda: si fuere algún gran pecador, acuda a San Miguel. En el discurso de la confesión tenga muy presentes las reglas de los sacerdotes. De tal modo atenderá a lo que se le confiesa, particularmente en materia del sexto mandamiento, que no se olvide de su Dios: tenga el entendimiento en el pecado para hacer juicio de él, y la voluntad escondida en la bondad de Dios ofendido, de donde sacará las saetas de amor que arrojar al corazón del penitente. Siéntase de las ofensas de su Dios, pero no muestre este sentimiento al pecador hasta el tiempo necesario. En los pecados que en cierto modo son contra el Corazón de Jesús, como los sacrilegios contra el Santísimo Sacramento, duélase tiernamente en el mismo dulcísimo Corazón. Al dar la absolución piense en la persona que representa, y mírese como administrador de la sangre del Hijo de Dios: cuando se la negare a alguno, encomiéndelo al ángel del penitente, y cuide mucho que no sea para ruina del miserable. Acabadas todas las confesiones, preséntese al Señor Sacramentado, pídale perdón de sus culpas y de las ajenas que ha escuchado, y suplique al Espíritu Santo que enmiende lo que hubiere errado y alumbre sus ignorancias. Si cogiere algún gran pecador arrepentido, hará especiales gracias a Dios Nuestro Señor; y a todos los que se hubieren confesado, los encomendará al Corazón de Jesús aquel día. Para que tenga presentes estos avisos, leerá este papel todos los primeros viernes del mes, y cuando celebra la fiesta del Corazón de Jesús, y se tomará cuenta de su observancia. Tenga muy en la memoria las palabras del Apóstol, de que debemos portarnos de manera que nos tengan los hombres por ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (2): y para esto cumpla en sus obras el consejo o precepto del mismo San Pablo que añade que, a fin de que no reciba alguna mengua u ofensión de nuestra parte este santo ministerio, es menester que nos conduzcamos como tales, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, etc. (3). Hasta aquí la minuciosa y cabal instrucción del P. Bernardo a su condiscípulo y H. Juan Lorenzo Jiménez. .................................................. (1) Págs. 152-154. (2) I ad Cor. IV, 1. (3) II ad Cor. VI, 3, 4. 1 San Luis Gonzaga es, en la Compañía de Jesús, el Patrono de los estudiantes de teología, como San Juan Berchmans lo es de los estudiantes filósofos, San Estanislao de Kostka de los novicios y San Alonso Rodríguez, el santo portero de Palma de Mallorca, de los Hermanos coadjutores. 2 Las tres actitudes de que habla aquí Bernardo: agradecimiento, fidelidad y correspondencia son la respuesta adecuada de un alma que se sabe escogida por Dios, sacrificada y consagrada a darle lo que otros le niegan u ofenden. 3 Todo este párrafo nos está hablando de una realidad que Hoyos expresa como desagravio, correspondencia. Nosotros usamos el término reparación. Amor y reparación son como los dos ejes de la devoción al Corazón de Jesús, enseñada por Santa Margarita y recibida más tarde por Cardaveraz y Bernardo. 4 Bernardo era un hombre sumamente práctico en todos los aspectos de su vida. No se queda en meras ideas, por hermosas que éstas sean; inmediatamente pasa a la acción y las concreta en algo que pueda ser evaluado con facilidad y de cuya puesta en práctica sea fácil pedirse cuenta. Una gracia abundante de Dios y un tesón serio del hombre hacen que el avance por el camino de la santidad sea notable. Gracia y libertad se armonizan maravillosamente en el joven Hoyos. 5 Estando en teología en Valladolid, escribió Bernardo dos instrucciones espirituales: una para el H. Ignacio Osorio y esta otra para el H. Lorenzo Jiménez. Esta instrucción, llamada por Bernardo Forma de vida virtuosa, la escribió en noviembre de 1733. El P. Juan Lorenzo Jiménez había sido connovicio de Bernardo en Villagarcía, aunque por poco tiempo. Parece que tuvo algún pequeño choque con él, que consistió en una respuesta menos dulce y un poco áspera, según parece. Bernardo fue enseguida al P. Maestro a decir su falta y pedirle una penitencia por ella; penitencia que consistió en hacer una visita al Santísimo y rezar allí algunas oraciones. Cinco años más tarde se encontrará de nuevo con Juan Lorenzo e intentará ayudarle. Hablando de él, dice Bernardo lo siguiente: Conocí que tiene bello corazón, blando, amable y a propósito para recibir las divinas inspiraciones y muy capaz de toda perfección, inclinado a una perfección sólida, interior, afable, nada hazañera, regular, y al mismo tiempo, con deseos de conseguirla. Todas las imperfecciones pasadas de este hermano, dependían de abusar de su corazón dócil y bueno, fácil a cualesquiera impresiones. El Hermano Juan Lorenzo había caído en alguna tibieza durante los años de carrera y Bernardo, con la conversación y con el aprecio y la propia instrucción le va a ayudar para comenzar de nuevo una vida de gran fervor. Entonces dice el P. Loyola en su manuscrito- pidió licencia para dirigirle en la forma que podía hacerlo un hermano teólogo; esto es, aconsejándole, exhortándole a la perfección y dándole documentos para ella..,y le decía algunas veces: ¿Es posible, Hermano Juan, que ese corazón, capaz de la perfección, había de malograrse con tibieza y faltas, aunque pequeñas en nuestros ojos, pero gravísimas en los de nuestro amante Dios? 6 Esta frase de Bernardo nos recuerda una regla de la Compañía que decía: Todos nos animemos para no perder punto de perfección, que con la divina gracia podamos alcanzar en el cumplimiento de todas las Constituciones y modo nuestro de proceder (Sumario de las Constituciones, regla 15) 7 Dos de las llamadas Reglas de los Sacerdotes dicen así: Lo que se propone a todos acerca de la observancia religiosa en nuestro Instituto, los sacerdotes, por razón de su estado, considérenlo dicho especialmente para ellos y obsérvenlo (regla 1ª). Vivan de tal manera que puedan merecidamente celebrar la santa Misa.... (regla 3ª) 8 Una de las Reglas de los Sacerdotes decía así: No omitan el disponerse con piadosas preces para la celebración del Sacrificio eucarístico, sobre todo si no han podido hacer antes la oración mental acostumbrada y, terminado el santo Sacrificio, den gracias a Dios por tan grande beneficio (regla 4ª). En tiempo del P. Bernardo de Hoyos la última de las Reglas de los sacerdotes decía que en los restantes ministerios sacerdotales se observe lo recomendado en las Reglas de los Predicadores, Confesores o en las Instrucciones particulares que haya al respecto (regla 23). Si hubiera vivido siglo y medio más tarde, se hubiera encontrado con una regla más, añadida a las veintitrés anteriores. Es una regla añadida después que la Compañía de Jesús, de modo oficial, aceptó el agradable encargo (munus suavissimum) de promover y fomentar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En efecto, el 1 de enero de 1872, el P. Beckx, General de la Orden desde 1853 a 1887, consagró al Corazón de Jesús la Compañía, que había pasado en su Generalato de cinco mil a doce mil miembros. Para preparar bien aquella fiesta, escribió el 1 de noviembre de 1871 a toda la Orden, en estos términos: Cuando Jesús reveló el culto a su Corazón, quiso encargarlo y entregarlo a nuestra Compañía con una benignidad muy especial... En gran manera deseo que todos cuantos vivimos en la Compañía tengamos la mayor devoción posible a este Corazón santísimo, y acudamos con confianza, en nuestras necesidades, a este santuario de celestiales gracias. Al tener el P. Beckx la avanzada edad de 88 años, nombra Vicario y sucesor suyo al P. Anderledy (1883-1892) en la Congregación General XXIII, que tuvo lugar en Roma el mes de octubre de 1883. En esa célebre Congregación General XXIII se expresaba así el nuevo P. General: Como feliz y próspero remate de los trabajos, se propone a la Congregación un postulado con el fin de acrecentar y promover entre nosotros el culto de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Leído el parecer de los Padres Diputados, levantáronse a una todos y aprobaron por unánime aclamación lo siguiente: DECLARAMOS QUE LA COMPAÑÍA DE JESÚS ACEPTA Y RECIBE CON ÁNIMO REBOSANTE DE ALEGRÍA Y GRATITUD EL SUAVÍSIMO ENCARGO A ELLA CONFIADO POR EL MISMO N. S. JESUCRISTO DE PRACTICAR, FOMENTAR Y PROPAGAR LA DEVOCIÓN A SU DIVINÍSIMO CORAZÓN. No pasaría mucho tiempo sin que se recogiera en la Legislación de la Compañía (Epítome n 851, & 1) el siguiente texto, añadido más tarde a las Reglas de los Sacerdotes, y que dice así: Recuerden los Nuestros que el Señor confió a la Compañía la preciosa tarea (munus suavissimum) de fomentar, propagar y dar culto al Corazón de Jesús y que prometió abundantes gracias a quienes satisficiesen ese su deseo. Entiendan, pues, que cuanto con mayor fervor promuevan en sí mismos y en los demás el sólido culto a su Corazón, tanto mayores y sobre toda esperanza (ultra quam speraverint) consoladores serán los frutos cosechados así para su progreso espiritual como para su trabajo apostólico (regla 24) 9 Una señal más de la grande devoción que Bernardo sentía por los santos ángeles y, de manera especial, por el ángel de la guarda de cada persona, encargado por Dios de cuidarla. |
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