Espíritu de mortificación y penitencia del P. Bernardo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta, capítulo 9).

 

Todas las circunstancias de su vida parece que servían de embarazar los ásperos rigores a que deseaba entregarse el P. Bernardo desde el momento en que conoció la preciosidad de la cruz de Cristo: pero dióse tan buena maña en vencerlas u ocultarlas, que también llegó a ser modelo, como en las demás virtudes, en ésta de la penitencia y mortificación desde el mismo Noviciado.

Como era tan niño al entrar en él, pues no había cumplido aun los quince años, y viesen los Superiores su complexión en extremo débil y enfermiza, quisieron al principio dispensarle en algo de las austeridades comunes que allí se estilan, y efectivamente le dispensaron en varias, o, por mejor decir, mandáronle que se abstuviese de practicarlas sin especial licencia. Mas su vigoroso espíritu, encerrado en aquel cuerpecillo flaco y endeble, y sobre todo su manera tan discreta de pedir que, a lo menos por ensayo, le permitiesen probar la distribución ordinaria, pudo tanto con su Maestro de novicios, que al fin vino éste a condescender con sus humildes ruegos.

Comenzó, pues, a traer cilicio y tomar disciplina cuatro días a la semana, según la costumbre del Noviciado de Villagarcía, con lo demás que usaban sus compañeros. Le fue tan bien con lo que él llamaba ensayo, y sintióse tan capaz de ir aun más adelante, que al poco tiempo ya pidió y consiguió licencia para añadir él por su parte el quinto a los cuatro días primeros: “y era preciso negársela para los restantes de la semana, porque deseaba señalarlos todos con los sangrientos vestigios de su penitencia”, escribe aquí el P. Loyola; pues la “practicaba con tanto rigor”, añade el mismo, “como se descubría entonces, y acaso se descubra hoy en las manchas de su inocente sangre con que salpicó todos los aposentos del Noviciado en que vivió”.

Obtuvo también licencia para ponerse algunos días un cilicio de cerdas asperísimo, además del que de ordinario se ceñía de alambre grueso con puntas afiladas: y a las pocas semanas lo inutilizó de suerte, que tuvo que pedir otro igual a su Maestro de novicios. Dióselo, pero con orden expresa de que mirase mejor cómo se lo ponía, y amenazándole con que, si no usaba de él con más discreción, como también de los demás instrumentos de penitencia que le había concedido, se los quitaría todos de una vez, como al cabo se los tuvo que quitar, por no haber otro remedio. Es punto menos que inútil o imposible exigir moderación y prudencia en este negocio a un hombre en cuyo pecho está grabada, como en el de nuestro joven, la imagen de Cristo clavado y muerto en cruz.

Lejos él de creer que se excedía, parecíale que quedaba siempre corto en sus penitencias. Esta fue la causa de maltratarse de manera que, peligrando ya gravemente su salud, se vio en la necesidad de cumplir en él su amenaza el Maestro de novicios, es decir, el mismo P. Juan de Loyola, como arriba queda explicado, y mandarle que le entregase sus cilicios y disciplinas.

Obedeció sin replicar por entonces el P. Bernardo; pero tanto instó luego para que se los devolviese, que fue preciso acceder a su demanda y repetidas protestas de enmendarse en los rigores de este género más crueles y sangrientos, aunque con tal cual sustitución. Pues, como él añadía con gracia y candidez, bien merecía su docilidad algún premio en esta parte; y que, así como él se allanaba a las órdenes de su director, así éste se dignara concederle en cambio alguna mortificacioncilla de menos bulto por las que le quitaba; por ejemplo, algún ayuno suave o abstinencia las vísperas de los días más solemnes, alguna hora de vela más las de comunión, o bien lo que sabemos de San Luis Gonzaga, el cual, aun siendo más delicado que él, había conseguido licencia de introducir en varias de estas ocasiones una tabla nudosa debajo de las sábanas para no dormir o dormir mal.

De semejantes sutilezas e industrias se valía el P. Bernardo para arrancar siempre alguna penitencia más a sus directores, quedándose luego con todas ellas por un camino o por otro, aunque sin nunca hartarse con las que le concedían, ni darse jamás por satisfechos ni aun por ligeramente correspondidos sus deseos. Los cuales eran tan violentos a las veces y tan inflamados, que más que deseos le parecían a él una “como innata propensión a más penitencias”, así los define; de donde “me persuado”, concluye el mismo, “que Dios me quiere llevar por aquí”.

Tampoco eran a la verdad para persuadirse otra cosa algunas inteligencias y visiones que por este tiempo le comunicaba el Señor con grandísimo consuelo de su alma. Sobre todas es muy notable la que se le ofreció “un día de la festividad de la Santa Cruz”, en que “se me aumentaron”, dice, “los deseos de hacer penitencia, aunque son quietos y pacíficos y rendidos a los que tengo en lugar de Dios”, señal evidente de que era él quien se los daba.

“Vi”, prosigue el santo joven, “una hermosa cruz en que estaba crucificada una persona con gran contento suyo, pero con gran espanto de otros que desde el suelo la miraban elevándose hacia el cielo; y este pasmo y espanto les nacía de su tibieza, porque éstos significaban los que miran las cruces materialmente, horrorizándose de cargar con ellas. Muchos ángeles la miraban con gran complacencia, juntamente con otros bienaventurados. Aquella persona o aquel cuerpo puesto en la cruz, que representaba con este símbolo una alma afligida, mortificada y atribulada, se iba elevando hasta que finalmente entró en el cielo, sirviéndole la cruz .como de trono o carroza de gran gloria. Y luego oí una voz que me dijo: Nadie subirá acá sino crucificado con Cristo, entendiendo que no hay otra carroza más gloriosa para ir al cielo, ni otro camino sino el de la Santa Cruz”.

”No he podido menos de insinuar esta visión”, añade el P. Bernardo, “porque juzgo ser muy provechosa a todos: a mí me aprovechó mucho, y me anima a padecer su memoria, aunque no fuera más que por estar crucificado con Cristo”.

Sin embargo, no lo podía estar tanto como él quisiera. Acababa de pasar a los estudios; y conocidas son las sapientísimas leyes que para este tiempo dejó ordenadas nuestro P. San Ignacio. Así como se ha de procurar en él que con el fervor de los estudios no se resfríe el amor de las virtudes sólidas y perfectas que se encendió en el Noviciado, así también se ha de cuidar, dice el Santo Patriarca, que no se entreguen con demasía nuestros estudiantes a las penitencias, mortificaciones y demás ejercicios de esta calidad; pues, como él añade con admirable prudencia, la aplicación a las letras que se aprenden con la sincera intención de servir a Dios, y las cuales requieren en alguna manera todo el hombre, no es menos agradable al Señor, antes lo es mucho más, que afanarse en devociones y penitencias que, con daño del tiempo o de la salud, impidan el aprovechamiento en el estudio.

Por estas razones tan sabias y discretas, prohibió el P. Loyola a su Hijo espiritual, que ya pasaba a Medina del Campo a estudiar filosofía, todas las penitencias extraordinarias que le había consentido en el Noviciado, encargando también a su nuevo confesor, el P. Fernando de Morales, que, sin causa muy especial, no le permitiese ninguna más de las que usaban los otros Hermanos, y advirtiéndole que anduviese muy avisado con él, no fuera que le engañase a lo mejor con alguna de sus muchas habilidades y santas picardías en esta materia.

No le valieron todas ellas con su P. Fernando: atóle corto, como dicen, sin dejarle salir de la ley y costumbre general del Colegio, salvo algunas rarísimas ocasiones, en que a él mismo le parecía demasiadamente duro y cruel negarse a sus lágrimas. En los demás casos era inútil que le instase el P. Bernardo, y aun le trajese el ejemplo del P. Loyola que le concedía alguna mayor libertad en sus penitencias. A todo le respondía el prudente director que aquello sería para otros tiempos, pero que en los estudios su principal mortificación debía ser la de vencerse en estos mismos deseos, sacrificándolos al Señor en cambio de los rigores por que anhelaba: y conviene el bendito joven en que, en efecto, le dolía sin comparación más y le era infinitamente más sensible este incruento sacrificio, que cuantas asperezas había gustado y practicado en su vida.

Así continuó sus tres años de filosofía en Medina del Campo, y el primero de teología en Valladolid, bajo la inmediata dirección del P. Fernando. Mas faltóle éste en el segundo con harto sentimiento del joven que le amaba tiernamente, a pesar de lo que se había señalado en tirarle del freno en sus ansias de más y más penitencia, y mortificarle por otras vías, al parecer, más suaves.

Con esto volvió a entenderse directamente con el P. Loyola por medio de cartas; en una de las cuales, después de manifestarle que son más vivos cada vez los deseos que Dios le comunica de mortificación, aunque apenas hace ninguna, fuera de las ordinarias, porque así se lo tienen expresamente ordenado, sólo “algunas veces”, dice, “he añadido a éstas algo más, ya por alguna necesidad, ya por alguna fiesta, ya por alguna alma, etc., creyendo que V. R. vendría en ello, si estuviera aquí. No obstante, ahora que no tengo al P. Fernando, dígame V. R. si podré hacerlo así cuando ocurriese alguna necesidad. También me parece que, ya que en tiempo de estudios no quiere V. R. otras cosas, que podré añadir una disciplina y un cilicio más cada semana. Son más las fuerzas de lo que V. R. piensa”.

Las de su espíritu se entiende; que eran bien pocas y cada vez menores las de su cuerpo, aunque él no reparaba en esa clase de debilidad.

También es de advertir aquí que el cilicio y la disciplina que pedía al P. Loyola en este párrafo, no sólo eran extraordinarios en cuanto se añadían a los demás de entre semana, sino también por lo que hace al instrumento. Porque el cilicio, si bien idéntico en la materia a aquél de cerdas de que antes hemos hablado, había ya perdido la forma de banda que tuvo al principio, convirtiéndose poco a poco en una especie de camisón que le abrazaba casi todo el cuerpo. La disciplina tampoco era la suya de alambre, cubierta de cuerdas de vihuela fuertes y anudadas que usaba de ordinario, sino otra de nueva invención.

Parecióle que aquella primera, además de no desgarrarle cuanto él deseaba, tenía el gravísimo inconveniente de meter mucho ruido, si se daba con ella lo recio que quería darse en estos casos, contra su decidida intención de no hacerse notar entre los compañeros y condiscípulos. Para salvar estos dos inconvenientes, había cuidado de trenzar en secreto unos cuantos bramantes por la parte superior, dejándolos sueltos por la inferior y sembrados o, más bien, armados en todas direcciones de púas muy afiladas, con lo que era imposible que al menor golpe no se le introdujeran una porción de ellas en las carnes. “Causa horror mirar sólo este instrumento de penitencia que se conserva todavía”, escribe el P. Loyola que lo vio y tuvo en las manos.

No se lo causaba, sin embargo, al P. Bernardo, antes bien dábalo por cosa de diversión y juego de niños; y así se lo escribía a su director, cuando, temeroso éste de sus excesos, le contenía en sus fervores y le mandaba moderarse en sus penitencias. Quisiera él tener permiso para no seguir en ellas otra medida que la de su deseo de mortificación o, ya que eso no, el ejemplo de los Santos que más se habían señalado en esta virtud. Envidiábales su suerte; instaba que le dejasen imitarlos según sus fuerzas; y, como no lo conseguía, quebrantábasele el corazón de pena, sin hallar otro lenitivo a su dolor que la consideración de que no debía ser voluntad divina que pasase a la práctica de los deseos que el mismo Señor le inspiraba.

Consolábase con ella un día en que acababa de leer las espantosas penitencias de Santa Rosa de Lima; pero al mismo tiempo se le avivaron tanto sus ansias de imitarla, sin que esto le fuera posible por tenerlo prohibido, que corrió a postrarse delante del Señor Sacramentado, y pedirle que, por su amor, le permitiese algún desahogo a tantas ansias y afectos como le consumían. Apenas entró presuroso en la capilla, cuando se le descubrió el Señor acompañado de muchos ángeles; y, acercándosele adonde él se deshacía en amorosas lágrimas, le tocó blandamente con su divina diestra; y mostrándole después su Corazón herido con las espinas y brotando sangre, que todo fue irritarle más su amor, le preguntó con indecible dulzura: ¿Qué quieres Bernardo? Esas espinas quiero, Señor, y esa sangre, le respondió el bendito joven sin saber lo que respondía: o que, a lo menos, me dejéis imitar a vuestra sierva y Esposa tan querida. Entonces el Señor con rostro muy risueño, pero lleno de gravedad: Bernardo, le dijo, sabe que tanto me puedes agradar con las penitencias que practicas por obediencia de tus Superiores, como si ejecutases todas las que ella hizo por mi amor.

Varias fueron, antes y después, las veces que se dignó el Señor venirle a repetir la misma doctrina y confirmarle en ella. No porque a él se le olvidara, que siempre la tenía muy presente, sino porque lo mismo era ponerse a contemplar en las vidas de los Santos los muchos trabajos y tormentos que padecieron por su amor Jesús, que acosarle la idea de que él en tanto vivía en regalo, e inflamarse en deseos de no ser vencido en las muestras de su amor, aun de aquellos que más le probaron por sus obras. Pues ése era justamente el motivo superior y más perfecto de todos sus rigores, y el fin altísimo adonde sobre todo los enderezaba.

Verdad es que, según advierte nuestro Santo Padre en el libro admirable de sus Ejercicios, las penitencias externas se hacen por tres efectos: el primero, para satisfacción de los pecados pasados; el segundo, para vencerse a sí mismo; y el tercero, para buscar y hallar alguna gracia o don que pretendemos. También miraba su querido Hijo el P. Bernardo a estos efectos, que son comunes y de necesidad absoluta a los que tratan de esmerarse en el servicio de Dios; pero en el estado en que él se veía de unión y comunicación con su Divina Majestad, parecíale no deber contentarse con ellos, sino aspirar a otro aun más subido, propio de aquellas almas dichosas que, viviendo más en el cielo que en la tierra, y de la vida de Cristo que de la suya material, se olvidan de sí y hasta de sus mismas necesidades y miserias, de sus mismas virtudes y gracias sobrenaturales, para no pensar sino en Dios inmediatamente, en la gloria de su grandeza infinita, y en la imitación pura y desinteresada, cuanto es posible a nuestra condición, de la benignidad y amor con que trabaja en bien de los hombres.

Habíasele profundamente grabado en el corazón aquella verdadera sentencia de San Pablo, de que tiene Dios establecido que cuantos se han de salvar, se conformen con la imagen de su Unigénito Hijo Nuestro Señor, el cual, siendo Dios como su Padre, e impasible como él y en todo igualmente bienaventurado, no se desdeñó, a pesar de esta igualdad y nobleza, de hacerse hombre como nosotros por el amor que nos tenía, y ceñirse de este saco y peor que cilicio de nuestra carne, y recibir sobre sus espaldas la disciplina que se debía a nuestros pecados, y padecer hambre y sed y cansancio y todo linaje de penalidades y desventuras, y cadenas y azotes y espinas y muerte de cruz tan dolorosa como infame y reservada para la gente más criminal y envilecida (1).

Tal era la imagen que traía siempre delante de los ojos y trataba de reproducir en sí el P. Bernardo, en cuanto sus fuerzas y la obediencia se lo consentían: ése, el ejemplar divino a cuya norma solicitaba componer su corazón, y enriquecerlo con sus soberanos sentimientos, que es la raíz de donde procede el mérito y valor de la penitencia. Pues bien conocía él que, si no es la pena misma, sino su causa, la que hace al mártir, tampoco es la austeridad y mal trato del cuerpo en sí quien hace al penitente, sino el motivo y la intención con que el hombre se aflige y mortifica: es a saber, el deseo de agradar a Dios y de conformarse con el modelo esencial y perfectísimo de todas nuestras acciones, Cristo Jesús, que por sólo su amor nos precedió y animó con el ejemplo.

Con esto está dicho cuán adornada iría la penitencia del P. Bernardo de aquellas virtudes y condiciones, sin las cuales, por asombrosa que se la figure el vulgo de las gentes, ni aun el nombre merece de verdadera penitencia cristiana y religiosa: sobre todo, el esmero y guarda continua de que no pareciese a la vista de los demás sino en lo puramente indispensable.

"Hállome movido a las grandes penitencias de los Santos”, escribía él frecuentemente a este propósito, “pero no a que salgan de mil leguas a lo exterior”: y tan era él así en la práctica de sus mortificaciones, que en las casas donde vivió, apenas hubo quien siquiera sospechase, fuera de su confesor, que en esto llegara al extremo que sabemos. Tenía tal maña para explicar el ruido de sus disciplinas, que tal vez lograba persuadir a sus compañeros que no era efecto de que apretase demasiado la mano. Como no podía borrar siempre las manchas de sangre con que salpicaba las paredes del aposento, ya parecía aquí más difícil encubrir sus rigores: pero dábale el Señor gracia para evitar que se reparase en ello, o conseguir que se atribuyese a otra causa bien distinta de la verdadera. A lo menos él obtuvo que en vida suya nadie sacase de aquellos rastros y huellas la consecuencia de su fervoroso espíritu de mortificación.

Como quiera, y a fin de escaparse de toda exterioridad peligrosa, gustaba más de ejercitarla en materias que, sin dañarle tampoco en la salud, le ayudaban al exacto cumplimiento de aquella perfectísima regla en que manda San Ignacio a sus hijos que “su mayor y más intenso oficio debe ser buscar en el Señor Nuestro su mayor abnegación y continua mortificación en todas cosas posibles”.

Ya a los principios de su noviciado pasaban muchos días de doscientos los actos de esta virtud en que de propósito se ejercitaba, hasta hacérsela habitual y como inadvertida. Cuando estaba sentado, cuidaba de no arrimarse al respaldo de la silla ni apoyarse en la mesa. Para él estaba de más el banco de delante al ponerse de rodillas, cuando no lo utilizaba para nueva mortificación fingiendo que le servía de descanso para las manos. Si tal vez le era preciso asistir a algún espectáculo o fiesta de diversión o cualquiera asunto de recreo y deleite de los sentidos, no parece sino que no los tenía según procuraba guardarlos: cosa más para notar en un joven vivo como él, y no nada insensible, ni por otra parte exagerado ni melindroso. En la comida, o no reparaba en lo que le ponían, o, si reparaba, sólo era para dejar lo mejor en el plato, aunque con muchísimo disimulo y consideración; pues, como él decía, éste es uno de los puntos en que conviene proceder con más prudencia, por ser en público y dificultarse más de lo que parece el huir la nota de los que están al lado. Por esta causa, a pesar de sentirse tan inducido a seguir a su devotísimo P. Padial en las horrorosas penitencias que en su Vida se cuentan, pero “no en el comer”, añade el discreto joven; “porque aquéllas salían en esto al exterior”.

No había tanto riesgo en el beber, y aquí ya se dejaba llevar algo más de los deseos de su mortificado espíritu. Después que le ilustró el cielo con las noticias de la devoción al Corazón sagrado, pidió y obtuvo permiso para imitar a la B. Margarita en una penitencia de este género que el mismo Señor prescribió a su amante Esposa. Por ardentísima que fuera la sed que le devorase en los más intensos calores del estío, no probaba el agua ningún viernes del año en reverencia de la sed que padeció en la cruz su amor Jesús.

A esta mortificación de los sentidos acompañaba en el P. Bernardo la de sus pasiones, incomparablemente más dificultosa y meritoria. Fue en ella tan diestro que, como lo atestigua su Instructor de Tercera Probación, cuyas palabras copiamos en otro lugar, quien no le tratara íntimamente, se hubiera imaginado que carecía de ellas, no obstante que las tenía vivísimas como se habrá visto por todas sus acciones.

Sola una es verdad que parecía del todo muerta en él, la que más da que sufrir por cierto a los jóvenes, y los expone a más fatales consecuencias: conviene a saber, la de la rebeldía de la carne con sus groseros apetitos. Poco tuvo que trabajar nuestro joven para tenerla a raya, como también sabemos haber sucedido lo mismo a los Santos Luis Gonzaga y Juan Berchmans; mas no por eso dejó de valerse de todas las industrias imaginables para impedir que reviviera en sus miembros aquella pasión brutal, y mantenerse en el glorioso vencimiento y continua mortificación de sí mismo de que tal vez fue premio su angelical pureza.

No menos cuidadoso y vigilante se nos muestra el P. Bernardo en el desarraigo y extirpación de las tres célebres raíces, de donde, en su sentir, brotaban las imperfecciones, si bien inadvertidas, de que nos hablaba en el capítulo anterior. De tal manera las hubo de arrancar de su alma, o secarles el jugo para que no parecieran a la vista de los mismos que trataban familiarmente con él, que ni aun ellos pudieron notar que le saliesen nunca afuera, ni nosotros sabríamos apenas que las tuviese, a no descubrírnoslo él mismo en la humilde confesión del origen de sus faltas.

Más era de temer que lo fuese de un estudiante como el P. Bernardo, dotado de gran habilidad para todas las ciencias y apreciadísimo de sus maestros y compañeros, el deseo de sobresalir entre los demás, de llevarse la palma en los juegos y disputas de la escuela, y brillar por las cualidades eminentes de su ingenio sutil y gracia en la expresión, cosa tan fácil de meterse poco a poco en el pecho más noble y magnánimo con ruina o peligro, a lo menos, de sus mejores intenciones. Pero hartas pruebas nos dio en sus estudios de cuán valerosamente supo resistir a esta suavísima tentación, y ejemplos bien insignes de cómo ha de haberse en ella la juventud, inclinándose a lo contrario de lo que inspira la vanidad de los pocos años, y aun de los muchos: pues, en efecto, es vicio éste que, si nace de niño, también crece con la edad, y no muere con la vejez.

Otro no menos pegadizo a nuestra común flaqueza, y más notable en los jóvenes y expuesto en ellos a reprensibles abusos, sobre todo en estudiantes de genio vivo y emprendedor, es la tendencia a dejarse arrastrar de sus inclinaciones particulares, mayormente en los estudios. Para no incurrir en él, hizo propósito el P. Bernardo, desde el primer día, de no atender en esto ni en nada a su voluntad, sino a la de quien le dio el Señor para que en todo le dirigiese. Dedicóse con el mayor empeño a solas aquellas facultades que le ordenaba la obediencia, sin reparar siquiera en si había otras más conformes a sus talentos e ingenio: seguía a ciegas el tiempo y modo de estudiar que le prescribían, aunque se le ocurriesen otros con que pudiera aprovechar más: guardaba inviolablemente la ley que manda a nuestros estudiantes no valerse de más libros que aquellos que se les señalaren para su adelantamiento en las letras, y no había pensar que faltase él a este precepto por curiosidad ni aun por amor a la sabiduría.

Quien así domaba los deseos y afectos que más nobles aparecen en los de su estado, bien se deja entender cómo tendría vencidos y sujetos otros no tan generosos que se descubren tal vez en espíritus menos sólidos y fuertes que el de nuestro joven. No hay a que hablar siquiera de ellos, conocido ya el carácter y grandeza de corazón del P. Bernardo.

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(1)   Cfr. ad Rom. VIII, 30; ad Philipp.II, 6-8.

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888