Singular mansedumbre y humildad de corazón del P. Bernardo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta, capítulo 8).

 

Aunque es verdad que Cristo Nuestro Señor fue maestro y modelo acabadísimo de todas las virtudes, mas quiso en cierta manera privilegiar a estas dos tan excelentes de la mansedumbre y humildad de corazón, mandándonos en ellas muy especialmente que las aprendiésemos de él: ni puede haber duda en que, quien tan a los ojos le traía de continuo como nuestro P. Bernardo, y tan estudiado le tenía, por decirlo así, y tan adentro fondeó en aquel su Corazón divino, escuela y centro natural de toda perfección, debió de aprenderlas bien y practicarlas a maravilla.

Y ciertamente de su mansedumbre y dulzura son testigos inmejorables sus compañeros de Noviciado y estudios. Los cuales convienen todos, como ya vimos, en que era tan afable en su trato y tan obsequioso y servicial en cuanto se le ofrecía, que derramaba agrado y amabilidad por el semblante de todas sus acciones y expresiones: y aun añaden con la misma sencillez no haber conocido ellos persona que en esto le hiciera ventaja ni aun se le pudiera casi igualar. Tan metida en las entrañas tuvo esta virtud, como también nos lo afirman sus Superiores y directores espirituales sin excepción; sobre todo el P. Loyola, que no se harta de encarecerla, ni acierta a repetir sino estas palabras, cuando de todas partes le enviaban noticias y ejemplos de la gracia y benignidad de su querido hijo ya difunto: “Nada me admira de cuanto me refieren de la dulzura y mansedumbre de corazón de Bernardo”.

También la reconocía en sí, ni podía ser menos, el bendito joven como don muy singular del Espíritu Santo; y pedíale con frecuencia en sus oraciones que se la conservara y aumentara, mas librándole en este punto de los dos extremos de afectación y particularidad, en cualquiera de los cuales es muy fácil que caiga o se deslice un corazón bueno y deseoso de complacer. Tan distante de lo uno y de lo otro se hubo siempre de conservar nuestro P. Bernardo que, describiéndonos su “conversación y trato con los hombres, más apacible que otra cosa”, añade que lo era “con advertencia para no dejar el justo medio, si bien naturalmente, que no parezca estudio”, y de manera que con todos fuese igual, en tanto grado, que “algunos cariñosamente me han dicho”, así él, “que soy amigo de todos y de ninguno”.

Sola una excepción sufría esta su igualdad por testimonio de los que más de cerca le conocieron; y era en favor de los que veía más necesitados de algún mayor consuelo, como los afligidos, los enfermos y los pobres.

Causaba verdaderamente devoción la prontitud y gozo con que acudía a las cárceles y los hospitales, y el amor y ternura con que allí se empleaba en servicio de los que más le habían menester: con que al mismo tiempo conseguía insinuarse poco a poco y sin sentir en sus ánimos, para ganarlos a Dios, móvil y principio de su acendrada caridad. Y como le veían todos tan afable y cariñoso, tan maternal y compasivo, llamábanle con preferencia y no se hartaban de tenerle a su lado.

El aprovechaba en tanto la ocasión como tan discreto. Contábales con gracia y viveza algunos ejemplos de la Virgen que para estos casos tenía muy en la memoria, inculcándoles su especial amor y entrañas de misericordia para con los desvalidos: de aquí pasaba suavemente a hablarles de cómo podían merecer mucho con sus trabajos delante de ella y de su bendito Hijo Nuestro Señor, y de lo necesario que era conservarse o ponerse en su amistad, con que se hacía todo muy llevadero en este mundo: y así iba subiendo sin pesadez ni molestia alguna en sus piadosas consideraciones para caer luego en la conveniencia y oportunidad de una buena confesión. Es admirable el fruto que con tan inocente celo y prudencia consiguió de aquellos pobrecitos nuestro P. Bernardo, aun antes de ordenado de sacerdote.

Después fue mucho mayor todavía, cuando ya pudo él mismo añadir a los anteriores el apostólico ministerio de confesar, o sea de, como él dice, “distribuir a las almas la sangre del Corazón sagrado”. Ejercitábalo de la manera que consta por estas sus palabras: “La dulzura y suavidad predomina en mi tribunal”; y añade que hasta le había venido alguna vez escrúpulo de no reprender bastante el pecado y su malicia por ponderar la grandeza de la misericordia de Dios con los que quieren volver a su gracia. ¡Ojalá fueran de sola esta especie los escrúpulos de todos los confesores! Mas no parece que le hicieran gran mella los suyos al P. Bernardo, ni que él los tuviera por cosa mayor, a pesar de la delicadeza de su conciencia, pues nunca nos habla en sus relaciones de que pusiera particular empeño en evitar la causa u ocasión de ellos.

Había tomado por guía y modelo así en esto como en lo demás a su director San Francisco de Sales, y ya sabemos cuál fue siempre la regla y conducta de aquel prudentísimo varón en su trato con los pecadores: no tenía miedo de errar nuestro P. Bernardo mientras le imitase como le imitaba en su sagrado ministerio. Profundamente se le había impreso en su corazón, y decía que también se verificaba en el confesonario, y por ventura aquí más que en ninguna otra parte, aquella sentencia vulgar pero muy expresiva del Santo, que “más moscas se cazan con una onza de miel que con una arroba de vinagre”.

Pero inclinábale y aun le forzaba más que lo pasado a mantenerse y crecer en este espíritu de dulzura su misma educación y, si así cabe decir, espiritual crianza. Amamantado a los pechos de su Madre la Virgen Nuestra Señora, refugio de pecadores y escudo de los miserables a quien amenaza la espada de la divina Justicia, ¿cómo es posible que no se le pegara en la sangre y en el corazón algo de la ternura y bondad de su madre amorosísima, ni se le conociera por las obras cuyo hijo fuese quien así trataba de parecerse a los suyos como el P. Bernardo?.

Y sobre todo, no nos olvidemos de que el ejemplar supremo de todas sus acciones estaba encerrado en el pecho de su amor Jesús: ¿qué podía sacar de aquel manantial inagotable de dulzuras, sino fuentes de agua que corren mansamente y en silencio? Imposible meterse por aquel costado abierto con la lanza, y palpar aquel Corazón traspasado de parte a parte, sin que se sienta una alma revestida de los afectos que tal le pararon, capaces de agotar toda su sangre preciosa antes que su amor a los hombres. No hay quien una vez haya logrado introducirse de veras en aquel Corazón tan amante y tierno de nuestro divino Salvador y maestro, que no salga animado de su espíritu, y enseñado prácticamente de cuán verdaderas son sus palabras en que nos dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón (1).

Si tan heroica fue la mansedumbre que en él aprendió nuestro P. Bernardo, como hemos visto, no lo fue menos, por cierto, su humildad. En vano se esforzará en hacernos creer que no la aprendió ni la tuvo en su vida: las mismas frases con que en esto se empeña, le hacen traición y prueban su grandeza tan extraordinaria, que ni toda la habilidad del joven es poderosa para encubrírnosla.

“En orden a la humildad, si he de decir lo que siento, me parece que ninguna virtud tengo menos que ésta”, escribe el P. Bernardo, pero añade a continuación: “Por la gracia de Dios bien conozco que no tengo soberbia alzándome con los dones de Dios; antes conozco toda mi miseria a los resplandores de la divina luz tan vivamente, que me veo prácticamente identificado con la nada, con la ingratitud, con la miseria misma: gustara, y me alegraría, de que me conociesen todos por tal cual yo me veo. Conozco también que cuanto bien hay en mí, es sobrepuesto, es de Dios; y explica mi sentimiento el ejemplito que San Francisco de Sales mi director solía poner, de las acémilas que en las recámaras de los príncipes llevan grandes preciosidades, y con todo eso, en quitándoles la carga, se quedan unas bestias de poco valor. Todo esto conozco, y deseo lo conozcan todos: pero yo no llamo a esto humildad”.

“La humildad es virtud: y en esto, que es la realidad, que yo veo por vista de ojos más claro que el sol de mediodía, ¿qué virtud puede haber? No parece humildad, sino un medio entre soberbia y humildad, un no ser soberbio, un no gloriarme de lo que no es mío, un no tener lo que he recibido por no recibido. Pero, si esto es así, si aquí no hay qué vencer, ¿cómo ha de ser virtud de Dios? El que uno no cometa pecados mortales, no es ser perfecto; el no ser ingrato positivamente, no es ser agradecido: y al contrario, el no ser agradecido positivamente es una ingratitud tan grande como es la que hallo en mí”.

Mucho discurre y sutiliza el P. Bernardo, mas no logra su intento, que es de hacemos creer que él no es humilde. “La humildad es la verdad”, como gráficamente la describe Santa Teresa; y “humildad de grandes y perfectos varones”, la de quien, teniendo virtudes y dones de Dios admirables, no se atribuye nada a sí propio, ni toma de ello ningún vano contentamiento, sino refiérelo todo a Dios, principio y causa de todo bien que halle en sí, y todavía se reconoce por ingrato y pecador en su divina presencia. Este es el sentir común de los Santos y maestros de la vida espiritual, como puede verse largamente expuesto en el V. P. Alonso Rodríguez (2).

“Pero, sea humildad o no lo sea”, prosigue aquí luego el P. Bernardo, “ello estos conocimientos dones son de Dios; y así quiero insinuarlos más”.

“Sin andar buscando discursos o razones, cuando Dios me pone delante su grandeza, veo del otro extremo mi nada; cuando su bondad, mi maldad; cuando su misericordia, mi ingratitud: y aquí no hay que andar discurriendo, que el alma así lo conoce y se lo persuade. Siempre suele el Señor templar las luces, haciendo se me descubran los dos extremos, aunque algunas veces derechamente se terminan a Dios, y a mí en oblicuo como por reflexión y de rechazo; y entonces conózcome a mí mismo, pero conociendo en mí a Dios y sus dones: y aquí recibe mi espíritu una magnanimidad grande, no escondiéndosele los dones que tiene de Dios, y dice: Todo lo puedo; mas no para ahí, sino que añade: en aquél que me da esfuerzo (3); y entonces se me ofrece exclamar: Héme aquí, Señor: enviadme a mí a extender vuestra gloria (4). Pero, si varía la luz, y se termina derechamente a mi nada, aquí es ello: me aniquilo, me confundo, quisiera huir de mi Dios de pura vergüenza, no me hallo a mí mismo”.

“Por tres lados me veo: por los pecados de mi vida pasada; por lo infinito que dista mi correspondencia de la obligación en que Dios me pone; y por lo que dejo de hacer por el realce que no doy a mis obras. Son tres líneas que forman el centro de mi confusión: y de aquí nace el pedir al Señor que se aparte de mí que soy pecador, el renunciar los divinos favores, el temer de mí mismo y a veces estremecerme de horror y espanto de mí mismo, temiendo no me levante el Señor tan alto para dar mayor golpe y hacer un castigo ejemplar en tal monstruo de ingratitud: y de esto se origina el desear que me tengan todos por lo que soy y traten como tal, si bien no se me cumple este deseo, y sólo se suelen ofrecer algunas niñerías, que me sirven de consuelo; y encomiendo particularísimamente al Señor a quien me da algún gusto en esto. La confusión está junta con la magnanimidad, forjada al temple de la divina luz; que, como la del sol por un vidrio forma los objetos de varios colores, así forma esta intelectual luz variedad de colores, con cuyos visos son varios los objetos nacidos a su compás de aquellas luces”.

“ Vanagloria en estas cosas no hallo en qué fundarla. En lo escolástico, tal cual ofrecimiento o amago no más: pero me inclino a lo contrario; y en las cosas de lucimiento más, y pido, y me alegraría, salga deslucido por lo que a mí toca, o, a lo menos, que no sea más de lo que el Señor ve que conduce para los designios de su providencia: por aquí poco tiro hace el demonio y el amor propio”.

De todo lo cual se infiere que no sólo había conseguido la virtud de la humildad como quiera, cuando esto escribe el P. Bernardo, sino una humildad perfectísima, proporcionada a la grandeza de sus demás virtudes, y correspondiente al empeño con que aspiró a alcanzarla desde novicio.

Ya desde entonces no pensaba en más que en vivir escondido al mundo, y en hacer penitencia de sus grandes pecados, como él decía, aunque no hallaba ninguno en su conciencia que mereciese tal nombre. Pero ya sabemos que los Santos gozan este privilegio inexplicable de que, sin mentir, antes con mucha verdad, puedan tacharse de ser los mayores pecadores y más ingratos a su Dios aun en el mismo punto y hora que se ven unidos a él con actos de amor purísimo, y tratados como especiales amigos suyos en el divino acatamiento. Lo mismo pasaba al P. Bernardo.

Creíase indigno del suelo que pisaba, ¡cuánto más de que le hubiese Dios traído al sagrado puerto de la religión y le conservase en él! Y así, cuando ya al poco tiempo se vio favorecido de singulares gracias y mercedes del Señor: ¿Qué es esto? le decía entre corrido y quejoso: ¡A mí me venís con esos favores, que me doy por bien pagado y contento con que no me desechéis? Dádselos a otro, Dios mío, que sepa agradecéroslos; que yo no los merezco, ni os los sabré agradecer. Y aquí le representaba sus miserias e imperfecciones, y pedíale con amor que no le avergonzara más, ni le pusiera en peligro de serle doblemente ingrato y desconocido. Pero, como el Señor no le admitiese sus razones, ni hallase él otras más fuertes con que moverle, tuvo que rendirse al fin, y tranquilizarse, ya que otra cosa no podía, con la humilde consideración que frecuentemente nos recuerda en sus papeles y cuentas de conciencia: “Este divino dueño ve que, si no me favoreciese así, sin duda me iría al infierno”, dice, “y por eso me quiere llevar por este camino”.

Sin embargo de esta consideración tan humilde no dejó de suplicar a Dios durante toda su vida que, si era igual gloria de su Divina Majestad y él había de servirle sin favores lo mismo que con ellos, se los quitara, dándole en su lugar penas, desconsuelos y humillaciones. Movíale a estas súplicas y deseos la vista de su mismo amor Jesús a quien contemplaba despreciado y perseguido mientras vivió; y no menos el temor de que, siendo sus dones tan extraordinarios como eran, no viniesen a noticia de los hombres en daño y ofensa de su querida humildad.

No sabemos que la llevase al extremo de algunos Santos, tal vez peligroso para muchos, de cometer acciones que pareciesen contrarias a la virtud que se les atribuía, para de este modo declinar el aprecio y estimación de las gentes: pero sí llegó a amar sus propias faltas inadvertidas, no para volverlas a cometer, sino por cuanto le aprovechaban para no presumir de sí y, al mismo tiempo, cegar los ojos de sus hermanos, que le tuviesen por imperfecto y de una virtud no superior al nivel de los demás. Sobre todo si por ellas le imponían alguna penitencia pública, era singular su gusto, y daba gracias por tanta merced al que se la imponía, y rogábale que siguiera favoreciéndole por ese medio. Y como uno de sus Superiores le respondiese en cierta ocasión que así lo haría, en seguida escribió la buena nueva a su P. Loyola, manifestándole el gozo indecible que experimentaba con la sola promesa.

Quien de esta manera buscaba que le tratasen los otros, ya se entiende cómo se trataría a sí mismo. Era el primero en todos los actos de humillación aun por culpas que él no había cometido; decía las suyas delante de la comunidad, y aun las exageraba dentro de los límites de la justicia, con una fruición que a veces le reventaba por el rostro: en las cuentas de conciencia con sus directores éste era el asunto en que más largamente se detenía por lo regular, dando lo menos posible, lo puramente indispensable, a sus virtudes y favores del cielo.

Así como era tan recatado en lo último, era muy copioso y liberal en lo primero: en esto no tenían ningún secreto de su parte los directores, antes licencia absoluta para divulgarlo entre sus conocidos.

Como ella es tan amplia, según se colige de sus papeles, y nos consta que fue lo único que él escribió, si es caso, para que todos lo supiesen, vamos a darle por el gusto, trasladando aquí el capítulo de sus faltas, tal cual lo envió a su Padre espiritual. ”Por él conocerán quién soy los que se hayan formado algún concepto de mí”, dice el humilde joven a su director; “por él verán que no soy más que un monstruo de ingratitud; un hombre que, recibiendo de Dios gracias tan señaladas, no puede presentar siquiera las virtudes de un religioso regular, apenas de cristiano”.

Pero veamos sus enormes faltas con la raíz de ellas; unas positivas, otras negativas: efecto éstas de su creída negligencia en el servicio de Dios, y aquéllas de su genio, que, por cierto, aparece aquí muy bien descrito.

“Mi genio es naturalmente alegre”, dice, “con mezcla de serio, pero la alegría predomina, y aun es demasiada muchas veces. De aquí tienen origen en mí muchas imperfecciones; pues, si no estoy sobre aviso, declino tal vez en acciones, o menos serias con visos de ligereza, o menos arregladas a la prudencia; y así, necesito violentar en las ocasiones el natural, tirando el freno a la jovialidad; aunque algo que tengo de serio, me lo facilita, y me agrada más la seriedad moderada. De aquí, repito, tienen raíz las imperfecciones, y tal vez faltas de regla, por poco reparar en las condescendencias nimias; y, como soy naturalmente agradecido y amigo de no dar disgusto a nadie, y por otra parte el amor propio entra aquí paliado con sombra de virtud, me sirve de tropiezo. Varias veces pongo cuidado en moderar esta alegría; pero, como es natural, no lo he conseguido todavía; y, aunque no creo sea ésta la pasión dominante, es sin embargo la raíz de las más faltas positivas”.

“La dominante creo es la ira, no en mucho grado, pero sí en el suficiente para ocasionarme en los pasos o en las quietes algunos ímpetus de enojo. Rara vez se insinúan en lo exterior por palabras picantes o acciones iracundas: lo regular es causar desazón interior, cuando me dicen o hacen alguna cosa, o cuando veo algo que me parece mal. Cuando esto sucede, suelo estar no muy recogido; que, si lo estoy, no me mueve cosa: y, cuando me mueve, aunque no sea más que en lo interior, presto es sosegado el movimiento, con harto dolor: si salió a lo exterior, no lo dejo sin especial penitencia, y me cuesta mis lágrimas. Esto, por la misericordia de Dios, rara vez sucede: lo interior es más frecuente. Me atraviesa el corazón cualquiera falta de caridad: si veo algunos Hermanos algo resentidos, sin ser en mi mano se me saltan las lágrimas de sentimiento”.

“Otra raíz de mis faltas, o la única, es el amor propio, que inclina a las comodidades y se busca en todo a sí mismo. Es tan astuto que, aunque le ando persiguiendo, en el mismo perseguirle se me esconde: en lo empezado por Dios, quiere meterse; en lo que es puramente santo, busca entrada. Pero no me resiste cara a cara, sino haciendo surtidas, porque sabe que, si se descubre, va perdido”.

“De estas tres raíces tienen su origen las faltas positivas que en mí encuentro (las cuales no son tantas como las negativas), y suelen consistir en algunas faltas de silencio o a la regla de hablar latín, alguna que otra palabrilla que huele a murmuración, algunas conversaciones expuestas a disputas, algunos enfadillos, algún movimiento de cólera, algún afecto a las comodidades, alguna falta de caridad pequeña, etc., aunque todas son inadvertidas”.

“Las negativas son muchas más. Estas se reducen a no dar a las obras aquel lustre, aquel vigor, aquella alma, aquellos quilates que me muestra la divina luz: de suerte que, aun habiendo entre día procurado obrar con recta intención, en llegando el examen particular, que es de esto, no hallo cosa hecha con aquel primor que quisiera de perfección, y aun a mis ojos no hallo cosa que presentar a los divinos como perfecta. Esto a veces me desconsuela y pone terror, viendo cuán de otra manera obraban los Santos, y algunos sin estar prevenidos de tanta gracia especial, y cómo obrarían infinitos otros si Dios les asistiese como a mí: pero lo regular es causarme confusión y deseos de llenar el vacío y hueco que hallo en mis obras, teniendo muy impresas en mi corazón las palabras que mi director dulcísimo, San Francisco de Sales, me dijo: No hallo tus obras perfectas delante de Dios. También hallo yo en mí que dejo de hacer algunas cosas de perfección”.

“Esta es, amado Padre mío, mi cosecha: esto es lo que tengo de mi parte en cuanto hay imperfecto; y de parte de Dios, en cuanto aun en las faltas hallo aviso, y en cuanto no son mayores”. Convendrán nuestros lectores en que no era mala, se nos figura, la cosecha de humildad del P. Bernardo, aunque todavía la quisiera él mejor y más abundante.

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(1)       Matth. XI, 29.

(2)       Ejercicio de perfección y virtudes cristianas (P. II, tr. III, caps. XXX-XXXIII).

(3)       Ad. Phlipp. IV, 13.

(4)       Isai. VI, 8.

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888