Amor y devoción del P. Bernardo a los ángeles y Santos, y a su Reina la Virgen María. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta, capítulo 6).

 

“Con los bienaventurados, con los ángeles y Santos, que son tan amados del Señor, tengo grande amor y devoción, en particular con aquellos Santos que en vida resplandecieron más en el amor de Dios; pero es especialísimo el que tengo con los Santos y Santas mis devotos. Entre los ángeles, los serafines son mucho míos por tan amantes de su Dios, y San Gabriel y San Rafael y los que me asisten por especiales protectores de mi guarda, y con particularidad San Miguel. Pues ¿qué diré de la Madre del Amor Hermoso, María Santísima? Es mi Madre....“.

De esta manera prosigue el P. Bernardo la materia del amor del prójimo, de que arriba comenzó a hablar, fundándolo sobre el verdadero y único cimiento del amor divino: y así, nos atendremos a su mismo principio y gradación en las pocas palabras de las muchas con que se pudiera extender lo que él nos dice sólo en compendio.

Y empezando por su amor y devoción a los Santos, sean los primeros los más unidos a él por el vínculo de su profesión religiosa; y entre éstos, por orden, su glorioso Padre San Ignacio. ”Regalábase con el Santo”, escribe el P. Manuel de Prado, “como lo suele hacer un hijo con su padre: y, fuera del tierno amor que como a tal le tenía, le robaban todos sus afectos aquellos incendios de amor divino, y aquella gran santidad que, por especialísima luz del cielo, reconoció en el alma de nuestro Santo Padre uno de los días en que se celebraba su fiesta” (1).

No uno solamente, sino varios fueron los días en que el Señor le hizo esta merced de mostrarle la santidad y la gloria proporcionada a sus méritos que goza en el cielo su querido Padre, para encenderle más y más en su amor, y animarle de paso a recurrir a su valimiento, que tan grande es en la divina presencia, como de tan cercano, como él le vio, al trono de la Santísima Trinidad. A este mismo fin disponía también el Señor que contemplase más de una vez en espíritu la amorosa providencia que tiene de sus hijos, y la especialísima de él, con que le amparaba en sus necesidades, le alentaba a seguir con ánimo en su carrera, le admitía por hijo suyo muy amado cuando más le angustiaba la idea de su indignidad, y aun quería presenciar, como cariñoso padre, y ennoblecer con su bendición los actos más solemnes de la vida del afortunado joven, como se habrá visto frecuentemente en el discurso de nuestra historia, y no es necesario repetir.

Sólo sí volveremos a recordar, pues fue una de las gracias que tuvo por de las mayores el mismo P. Bernardo, que su Santo Padre no quiso ser mero testigo, sino también confirmante en su elección para el apostolado del divino Corazón de Jesús, y manifestarle en varias ocasiones lo satisfactoria que ella le era, y lo que deseaba se extendiese por medio de sus hijos tan entrañable devoción.

A San Ignacio seguía San Francisco Javier en la estima y amor del P. Bernardo hacía sus hermanos de la Compañía triunfante, “así por el celo de la conversión de las almas que tanto resplandeció en este santo apóstol”, dice el P. Manuel de Prado, “como también por haber sido en su día cuando Dios le visitó la primera vez con sus luces, y se echaron con más firmeza y seguridad los primeros cimientos de la elevada perfección a que subió después. Por eso no sabía llamarle sino con el renombre de Patrón suyo; y era tanta la confianza con que acudía al Santo en sus necesidades, que jamás dejó de llevar asegurado en el corazón el favorable despacho de su pretensión” (2).

Esto nos testifica el mismo P. Bernardo que ya le pasaba aun estando en el siglo; y añade que no había pedido jamás cosa a su bendito abogado y protector, que, más tarde o más temprano, al fin no la consiguiese. El día 3 de Diciembre era uno de los que celebraba él con más solemnidad, no sólo por aniversario de su elevación al estado que describimos por los años de 1726, sino también para mostrar de algún modo su agradecimiento a quien tanto debía, y tan amorosamente se dignaba honrarle no pocas veces con su celestial presencia.

La misma regla guardaba con sus dos “amigos San Luis y San Estanislao”. Y por cierto que no merecía menos la confianza y cariño con que, deponiendo la majestad de bienaventurados, se humanaban con él estos dos angelicales jóvenes, y le consolaban en sus aflicciones y angustias. Tratábalos con tanta intimidad y franqueza, como si fueran sus compañeros, y tal vez les encomendaba a ellos el cumplimiento de lo que él no podía por sus obligaciones: sobre todo era muy ordinario encargarles que siguiesen adorando en su lugar al Señor Sacramentado, cuando él tenía que salirse de la capilla.

Pues su amor al santo H. Juan Berchmans, harto lo descubrió desde sus primeros días de noviciado, y luego cuando estudiante, habiéndole tomado ya al principio y considerándole después mientras vivió como ejemplar perfectísimo de todas sus obras, palabras y pensamientos; que es donde más se muestra el verdadero amor, en la semejanza nuestra con aquél a quien deseamos agradar y de cuya amistad y correspondencia nos preciamos. Gobernóse en esto de manera nuestro P Bernardo, que pudo con razón escribir el P. Loyola, como efectivamente escribió, en la Vida del Santo un capítulo bien copioso y sustancial con el epígrafe de Verdadera copia del joven ángel H. Juan Berchmans: el P. Bernardo Francisco de Hoyos (3).

No fue menos ardiente su amor y deseo de imitar al V. P. Manuel Padial, primer modelo y como despertador de sus amores con el Divino Niño, y luego también al V. P. Claudio de la Colombière, cuando tuvo noticia de lo mucho que este fervoroso Padre trabajó y padeció en servicio del sagrado Corazón de Jesús. Pero bastará con insinuarlo aquí, por no extendemos demasiadamente en cosa tan notoria y que no necesita comentarios.

Lo mismo decimos de su grande amor y devoción a los Santos que no fueron de la Compañía y de quienes varias veces hemos tenido que hablar en los libros anteriores.

Sabida es la conformidad de sus afectos con los de la B. Margarita María Alacoque, y la virginal confianza con que esta regalada Esposa del Señor le favorecía siempre que se le dejaba ver, y le animaba a continuar la empresa para que habían sido elegidos los dos con tan maravillosas circunstancias. La prenda última de su “amistad tierna y pura” con el devoto joven se la dio el 17 de Octubre de 1735, en que, manifestándole cómo su muerte en tal día como aquél fue un “amoroso deliquio” y un “recostarse dulcemente en el Corazón de su amado”, le llenó de tan santa envidia de acompañarla, que al mes y medio de la visita ya se hallaba con ella en el cielo.

Allí goza también de la presencia de las esclarecidas vírgenes, Santa Teresa de Jesús y Santa María Magdalena de Pazzis, de quienes fue tan amante, y tan amado y favorecido en esta vida. Ellas le sirvieron de consuelo en sus desamparos para que no desmayase, y de dirección en el camino difícil del espíritu, por donde Dios le llevaba, para que no perdiese la senda ni le engañase el demonio con sus infernales astucias: ellas fueron, por decirlo en una palabra, sus consejeras en todos sus planes y como testigos obligados de todas las gracias y mercedes que el Señor le hacía.

Sólo podía disputarles esta gloria el dulcísimo director del P. Bernardo, San Francisco de Sales, desde que se dignó tomarle por Hijo espiritual a 29 de Enero de 1730. Ya aquel mismo día le dio excelentes lecciones de cómo debía portarse para adelantar en su escuela, y le descubrió los puntos más subidos de la perfección a que el Señor le llamaba. Dejóle consoladísimo con la promesa de que “en las cosas arduas le dirigiría por sí mismo”, que en las otras le daría luz a él y también a sus Padres espirituales para que no errasen; y, por fin, que ya vería por los hechos no ser de puro cumplimiento la dirección de que se iba a encargar.

Y así lo vio por experiencia el P. Bernardo más de una vez, mayormente desde que emprendió la piadosa costumbre de darle cuenta de conciencia en espíritu todas las noches antes de acostarse. Tomábasela el Santo Director con mucha majestad y agrado: confirmábale en lo bien hecho y le instruía para hacerlo todavía mejor; pero, si acaso se descuidaba en algo, reprendíale de veras, aunque con suavidad y dulzura; poníale también delante sus faltas e imperfecciones en que no hubiese reparado, y le mostraba la causa de donde procedían para que procurase evitarlas y arrancarlas de raíz.

Mas no se contentaba el P. Bernardo con las enseñanzas que de viva voz le daba su maestro: leía de continuo en sus obras, y meditaba aun más frecuentemente su vida y hechos asombrosos para imitarle a su manera y llegar a ser Hijo digno de tan gran Padre. Cautivábale en especial aquel amor de Dios tan encendido que notaba en su alma, y la afabilidad y gracia propia suya con que sabía comunicarlo dulcemente a los hombres. Esta gracia y aquel amor era lo que pedía para sí el P. Bernardo, viendo cifrada en ellos la santidad amable de su querido Director, en que también él deseaba señalarse, cuando se le descubrió el símbolo de un blanco y purísimo cordero que se apacentaba en el sagrado pecho de Jesús y bebía la sangre de su Corazón. Diósele a entender que aquel cordero figuraba a su Santo Director; y que también él, si se preciaba de hijo y discípulo suyo y quería parecérsele en sus virtudes, debía apacentarse en aquel divino pecho y beber de la sangre preciosa que brotaba de aquel manantial inagotable del Corazón abierto de su amor Jesús.

Como ya él lo sabía de antes, y se le quedó ahora tan impresa esta verdad, recuérdanosla frecuentemente en su correspondencia, con tanto aprecio de su buen maestro, que una de las veces, hablando de la perfección más que regular que el Señor le exigía, modelada conforme a la imagen del Corazón sagrado y de su amar y padecer, “ésta es la perfección”, nos dice, “que enseña nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales, como quien la bebió en la misma fuente: y no hay que admirar”, prosigue con algún asombro, “que no se halle en los Santos Padres de la Iglesia cosa igual; porque estaba reservado el enseñar este camino de la perfección para el Santo, a quien se declararon los secretos del Corazón de Jesús para que por su medio se manifestasen a la Iglesia. Esto me confirmó el Señor en este sentimiento.

“Pedíale uno de estos días me hiciera hijo en el espíritu de este dulcísimo Santo; y sentí se me daba por respuesta que advirtiese que me quería hacer esta gracia, pues me había descubierto en su Corazón la escuela donde el Santo aprendió, y que lo mismo era aprender la vida espiritual de su Corazón que la que el Santo enseña, o el camino dulce y sólido por donde guía a su consecución. Consolóme no poco este sentimiento, y me dio luz para admirar mil secretas providencias en la conexión de las cosas del Corazón de Jesús y las de San Francisco de Sales”.

Esta fue también, además de los grandes favores que siempre le debió, una de las causas de su entrañable amor a San Juan Evangelista. Llamábale confiadamente su “hermano y primer condiscípulo en la escuela del Corazón de Jesús”; ni dejó tal vez de preguntarle, como allá en otro tiempo la extática Santa Gertrudis, cuando más abrasado se hallaba en su amor. ”Por ventura ¿no sentiste, oh amado de Dios, las suavísimas pulsaciones de aquel inflamado Corazón, al recostarte sobre el pecho de tu divino maestro?”. ”Sí las sentí, y la suavidad de aquellas sagradas pulsaciones penetró toda mi alma, produciendo en mi espíritu un incendio de fuego devorador”. “Pues ¿cómo, oh Santo mío, callaste tanto las finezas de nuestro amor Jesús, que no nos las describieses tú, que tan bien las conociste, para, nuestro consuelo y enseñanza?”. ”Porque el dar noticia de las pulsaciones y movimientos del divino Corazón estaba reservado para estos últimos días, en que, descubriéndose los inflamados afectos del Corazón de Jesús, se encienda y abrase en su amor el mundo envejecido y resfriado en la caridad y servicio de Dios”.

Parecido a éste fue el diálogo del P. Bernardo con su santo condiscípulo, al ser introducido por él durante una de sus primeras misas en aquel palacio augusto de la Divinidad. Entonces se le manifestó de nuevo cuán bien le cuadra el título de Portero del Corazón de Jesús: “por lo cual es casi inseparable”, prosigue nuestro joven, “el amor al Corazón de Jesús de un tierno afecto a este Santo Evangelista, cuya devoción deseo”, añade al P. Loyola, “inculque V. R. en lo que se añadiere al librito (del Tesoro escondido) como medio para alcanzarla con el Corazón de Jesús. Para esto hay comodidad en varias partes del librito; y aun, si a V. R. le pareciere, podrá apuntar con cuánta propiedad pueden elegir las Congregaciones del Corazón su día por uno de los cuatro en que Su Santidad les concede indulgencias: pues espero tendrá así algún efecto esta nuestra idea y deseo del Corazón sagrado”. ¡Es admirable el P. Bernardo en buscar razones y congruencias bellísimas para lo que pretende conseguir!

Trataba ahora de que se extendiese el culto del divino Corazón; y ya halló un medio más con que de rechazo adelantara también la devoción de su hermano y condiscípulo, que tan devoto fue y tan privado y familiar del Corazón deífico. Antes era otro su argumento, cuando no se le había mostrado aún el tesoro escondido en el pecho de su amor.

Considerábale entonces como al “Benjamín de nuestra dulce Madre”, pues así le llamaba; como al hijo tenido en los dolores y agonías de muerte de la Virgen Nuestra Señora: y éste era un motivo doblemente poderoso en él para alzarse con su parentesco y llamarle de hermano a boca llena, aunque respetándole, eso sí, como a mayor y más estimado de la bendita Madre por sus especiales servicios, en que a todos nos da qué aprender e imitar. Por eso un día que la augusta Señora hablaba de su Juan con nuestro venturoso joven: Mira, hijo Bernardo, le avisó con mucha dulzura, mira que ése es el primogénito de mis hijos adoptivos y dechado de mis regalados hijos.

No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los amorosos lances de esta especie que le pasaron con el Evangelista y otros hijos ya bienaventurados de la Virgen; y en su proporción también con los mismos ángeles, de quienes fue igualmente devotísimo, y muy favorecido de muchas y diversas maneras.

Aparecíansele con tanta frecuencia que él mismo llegó acaso a maravillarse de que así se le dejaran ver tan a menudo. Mas quitóle el Señor la sorpresa diciéndole que eso lo disponía él para que se habituase a conversar más con los ángeles en el cielo que con los hombres en la tierra; y también para que aprendiese con su trato a vivir vida más de espíritu que de carne, pues tampoco era menos lo que de él pedía. Le añadió que tuviese mucha confianza y familiaridad con el de su guarda sobre todo, y comunicase con él sus dudas e intentos: que él por su parte le sería fidelísimo ayo y le asistiría con amor en todas las ocasiones.

Así lo experimentó ya desde los ejercicios de 1728 en Villagarcía al salir para los estudios. En aquellos venturosos días no se apartó el ángel de su recomendado, sino algún rato por la noche para dejarle descansar, y quedando aun entonces invisible en su compañía. De allí en adelante apenas se acercó nunca a recibir el Santísimo Sacramento, que no gozase de la vista y alguna merced insigne de su ángel de ]a guarda. El cual ya le ponía desplegado un paño riquísimo para que comulgara con más tierno y fervoroso afecto, ya le daba a gustar en misteriosa copa un néctar de inefable dulzura; ya, por fin, le llevaba en brazos después de la comunión, cuando mal pudiera dar un paso el joven, absorto y embebido en las delicias de su amor Sacramentado.

Con estos favores mezclábanse otros, según la ocasión, no menos estimables, aunque no de tanta suavidad: porque le reprendía sus faltas, si tal vez se deslizaba en alguna por inadvertencia, y ausentábase de él por algún tiempo como en castigo, o dejábale de despertar por la mañana a la hora convenida: ilustraba su entendimiento e inflamaba su voluntad, dándole solidísimas doctrinas para su especial aprovechamiento: dirigíale en todos sus caminos y le ordenaba lo que en cada cosa particular debía hacer, unas veces con sus palabras, otras remitiéndole a sus directores cuando no parecía tan difícil la resolución ni tan urgente; que en lo demás allá le tenía siempre el P. Bernardo a su mandar, como dicen, y a su oído.

En cambio también era extrema la fidelidad con que éste obedecía en todo a su ángel, y muy aventajados los efectos de virtud que en su alma nacían de aquella asistencia y continua protección del celestial espíritu. Al quererlos describir él mismo, “no puedo dar siquiera a entender”, dice, “los efectos que esta visión del ángel causa en mi alma, que cierto son grandes: especialmente, el andar tan en Dios entre las cosas exteriores, como si estuviera muy recogido en oración. Cáusame interiormente gran consuelo el sentir que me oye cuando le hablo, y que representa al Señor de mi parte cuanto le digo; y le trato tan familiarmente como si fuera un amigo mío especial, y siento que me trata y se me muestra también él del mismo modo”.

La familiaridad y devoción con el Príncipe de los ángeles San Miguel fue asimismo a la medida del amor y cariño con que él le defendió, amparó, consoló y dirigió en todas sus empresas. La primera vez que logró la dicha imponderable de verle presente, díjole el santo arcángel que fuera muy devoto suyo, para que con su auxilio pudiera vencer al demonio, como él le venció en el cielo: aludía con este encargo y promesa al terrible desamparo y furiosa batalla que de allí a poco había de tener el joven con todo el infierno, y de que salió triunfante al cabo de varios meses, gracias a la protección de San Miguel que le había ofrecido asistirle en todas sus peleas, y le asistió después con sus armas y le cubrió solícito con su escudo en lo más recio del infernal combate.

Ya vimos arriba cómo esto pasó; y cómo no hubo lucha en la vida del P. Bernardo en que no volara a su socorro el valeroso capitán de los celestiales ejércitos, ni apenas gracia o favor divino en que él no interviniera. Allí estaba con su fiel soldado y servidor, cuando le ciñeron los ángeles el cíngulo de la castidad; allí, cuando bajaron del paraíso aquel riquísimo lienzo y se lo extendieron en sus brazos para recibir en ellos al Niño-Dios. El era uno de los que por lo regular le tenían el paño cuando comulgaba; él le fortalecía en sus desmayos; le libraba del espanto y amenazas de los demonios; le infundía valor en sus aprietos, y ánimo para las empresas más arriesgadas del bien de los prójimos, de la conversión del mundo y, sobre todo (pues esa fue la principal) de la extensión del tan deseado culto del Corazón de Jesús en España.

No hay sobre esto a qué repetir lo sabido, ni detenernos en admirar los alientos que le infundió, ni las ideas que le inspiró, ni las promesas que le hizo en orden a esta admirable devoción. Baste con trasladar aquí una inteligencia que sobre ella tuvo el P. Bernardo dos meses antes de su santa muerte, en la fiesta de la Dedicación de San Miguel arcángel.

En ella “nuestro glorioso protector San Miguel, acompañado de innumerable multitud de espíritus angélicos me certificó de nuevo”, escribe el venturoso joven, “estar él encargado de la causa del Corazón de Jesús, como de uno de los mayores negocios de la gloria de Dios y utilidad de la Iglesia, que en toda la sucesión de los siglos se han tratado lo que ha que el mundo es mundo. Porque es una alta idea de aquel gran Dios que, habiendo socorrido al género humano por medio de la Encarnación y Pasión de su amado Hijo Jesucristo, quiere se logren sus frutos más copiosamente que hasta aquí por medio del amor al mismo Dios-Hombre Cristo Jesús; el cual se ha de avivar grandemente hasta el fin del mundo por los maravillosos progresos que ha de ir haciendo sin cesar, entre mil oposiciones, la devoción al Corazón adorable de nuestro amable Salvador. Este misterio escondido a los siglos, este sacramento manifiesto nuevamente al mundo, este designio formado desde la eternidad en la mente divina a favor de los hombres y descubierto ahora a la Iglesia, es uno de los que, para decirlo así, se llevan las atenciones de un Dios cuidadoso de nuestro bien y de la gloria del Salvador: pero, para que ésta sea mayor y la obra salga más primorosa, permite el Señor las que parecen oposiciones, y son voces que publican ser este asunto todo de la mano del Muy Alto, que saldrá con la suya (así me explico), con admiración del mundo que verá cómo juega su eterna sabiduría con los hombres, conduciendo sus encontrados designios a la mayor gloria de su eterno destino. Por esto, pues, es también éste uno de los principales encargos del Príncipe de la Iglesia San Miguel, según me significó: pero lo trata conforme a los consejos de la divina providencia.

“Todo esto entendí”, concluye, “el día de su fiesta de Septiembre”: conviene a saber, el 29 de Septiembre de 1735, en vísperas, o poco menos, de írsenos de este mundo el bendito P. Bernardo.

Mas, antes de que se nos vaya, oigámosle lo que nos dice de su amor a la Madre del Amor Hermoso, de que ya nos comenzó a hablar al principio de este capítulo. ”Es mi Madre, y como tal se me muestra”, nos decía allí: “Yo aspiro a ser hijo suyo, y como tal recurro siempre á su protección”, añade en seguida a su director el P. Loyola: “ya V. R. sabe las mercedes particulares que he recibido por este acueducto de las gracias, que pueden llenar muchos pliegos. Tiene dominio absoluto sobre mi corazón, sobre mi alma y sobre mi espíritu”. Con esto está dicho todo.

En una de las primeras visitas que tuvo el P. Bernardo de la celestial Reina, le mandó esta Señora que procurase, cuanto en él estuviera, promover su devoción, comenzando por sí mismo. Hízolo así, y ya vimos cómo desde el Noviciado se esmeró en el servicio de la Virgen, primero como esclavo, y después como hijo muy tierno, y aún como discípulo; pues sabemos que en más de una ocasión se abajó ella misma a dirigirle en sus rezos y devociones como si fuera su Maestra. Con esto no podía menos el devoto joven de deshacerse en obsequios a su querida Madre y Señora, ni dejaba pasar festividad suya en que, después de una filial preparación para celebrarlas mejor, no renovara su piadosa obligación y homenaje de mirar por el nombre y gloria de aquélla a quien tanto amaba, haciéndose cada vez más digno de que ella también le mirara con sus dulces ojos, y le asistiera en sus necesidades y desamparos.

Ya para entonces le había asegurado el Señor que, siendo de su gloria, alcanzaría ciertamente cuanto le pidiese por intercesión de su bendita Madre; ni necesitaba de más que mirar a sí para convencerse del cumplimiento de esta promesa. No parece sino que andaba aquella soberana Emperatriz observando qué hacía falta a su siervo para dárselo, y qué deseaba obtener para conseguírselo del Señor: era verdaderamente para con él lo que una madre que mucho mima a un niño que tiene pequeño, y se desvive por conocerle y seguirle el gusto.

Buscaba el P. Bernardo un corazón amante en que clavar una saeta que le sobraba después de aquel paso maravilloso de amor que arriba contamos, y allá se le vino su Madre con el pecho descubierto para que se la clavara en él. Pedía otra vez al cielo que cesase la terrible epidemia que asolaba a Medina por los años de 1729, y aparécesele gloriosa, como de costumbre, y certifícale que pronto cesará y que ella se encarga de recabarlo de su Santísimo Hijo. Pero está llena su vida de este linaje de favores, y aun de otros sin comparación más asombrosos, y no hay a qué enumerarlos de nuevo: sólo referiremos algunos que allí se nos pasaron.

Estudiando en la misma villa de Medina del Campo, viniéronle un día de San Pedro, 29 de Junio, deseos vivísimos de renovar sus votos con alguna particular ceremonia o fineza a su amor Jesús. Fuélo a consultar con la Virgen Nuestra Señora delante de una imagen suya que había en aquel Colegio y es tradición que habló muchas veces a San Francisco de Borja: y estando allí, notó que abría los labios la santa imagen, y le decía con voz clara y distinta: Bernardo, yo ofreceré tu holocausto a mi Hijo. ”Lo cual me llenó de dulzura”, añade el siervo de Dios, “y vi cumplido luego. Porque, acabado de comulgar, vi a esta divina Señora y Madre mía que, teniendo en sus sagradas manos mi corazón, le pasó al de su Santísimo Hijo Jesús, en el cual quedó oculto, entendiendo yo entonces aquello del Salmo: Esconderlos has en lo más adentro de tus ojos y tu Corazón (4)”.

Otro día de la Asunción de la Virgen, rogando al Señor por el P. Pedro de Calatayud, que se hallaba en grandísimo aprieto a causa de la persecución que seguía más cruda y despiadada contra su manera de predicar, “se me mostró”, dice el P. Bernardo, “el corazón del P. Pedro en su ser, quiero decir, según sus fuerzas naturales y con las asistencias regulares de la divina gracia en medio de la tempestad presente; y en lo encogido y como sofocado conocí la fuerza con que naturalmente era combatido de las olas. Pero luego vi que nuestra dulcísima Madre le acogía dentro de su Purísimo Corazón; y que, abrigado, protegido, esforzado y como animado de nuevo espíritu, se dilataba, ensanchaba y revestía de un esfuerzo y latitud mayor que el mundo y que todos los trabajos que en él pueden acaecer. Entendí aquí sólo con esta visión, y con mirar en los benéficos ojos con que en él se complacía María Santísima, la especial protección que de él tiene, y que esta especialidad nace particularmente del afecto del P. Pedro al Corazón sagrado de su Santísimo Hijo: pues por la conexión y correspondencia de estos dos soberanos Corazones abrigaba el de la Purísima Madre al que tanto desea el culto del Corazón del Hijo Santísimo, el cual influía en el del P. Pedro por medio del de Nuestra Señora la beneficencia sagrada de su amor”. Quien tales luces y mercedes recibía en favor de sus amigos, no es de maravillar que tantas y tan extraordinarias recibiese en favor suyo, como las que en sus propios lugares hemos insinuado.

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(1)   Dos Cartas de edificación (II, pág. 48).

(2)   Dos Cartas de edificación (II, págs. 47 y 48).

(3)   Es el cap. Vlll del libro III de la Vida del V. H. Juan Berchmans (págs. 298-312).

(4)   Ps. XXX, 21.

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888