Perfección del P. Bernardo en el cumplimiento de los votos religiosos. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta, capítulo 3).

Consagróse a Dios con ellos, como dijimos, el 12 de Julio de 1728; y fue tal la inundación de consuelos y desmayos que en ese día le sobrevino ya desde la mañana, que se vio obligado a decir al Señor con entrañable sentimiento: O dilatad, Dios mío, este corazón, o apartaos un poco. Temía no le causasen algún rapto exterior tantos favores: por eso rogaba humilde y encarecidamente a Su Majestad que se dignase detener, a lo menos en presencia de los demás, aquel torrente de sus celestiales dulzuras. Pero iban éstas creciendo como las olas del mar, y hubo casi de anegarse el joven novicio, cuando, al tiempo de ofrecer los votos, se le mostró intelectualmente su amoroso dueño, y le dijo que desde aquel día y hora se unía más estrechamente con su alma por el amor que le tenía. También se le dejó ver de allí a poco la Reina del cielo, acompañada de Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis, y le alentó a cumplir perfectamente lo que acababa de prometer a su Divino Hijo, con los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Hablando de ellos el mismo P. Bernardo, “todos los días renuevo varias veces mis votos“, dice, “complaciéndome en lo hecho, y doy gracias al Señor por tan singular favor, y juntamente por los medios tan divinos que nos ha dado para la más perfecta observancia de ellos“. Añade que los tiene divididos por los Santos sus patronos, de manera que “San Luis Gonzaga y San Estanislao protegen mi pobreza; Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis, mi castidad; San Ignacio y San Francisco Javier, mi obediencia: San Francisco de Sáles todos tres juntos; y los tengo sacrificados a cada una de las tres divinas de las tres divinas personas en particular uno, y todos tres a todas“.

Descendiendo luego a discurrir sobre cada uno de ellos en particular, primeramente “dame el divino amor Jesús un amor grande a la santa pobreza“, escribe el piadoso joven, “tal cual le pide nuestro Santo P. Ignacio”. Lo que sobre esto pide y manda San Ignacio, es que “amen todos la pobreza como madre, y, según la medida de la santa discreción, a sus tiempos sientan algunos efectos de ella: y ninguno tenga el uso de cosa propia como propia: y estén aparejados para mendigar ostiatim cuando la obediencia o la necesidad lo pidiese“, como se nos encarga en la regla XXIV, del Sumario de las Constituciones de nuestra Compañía.

No sabemos que la necesidad ni la obediencia le obligase alguna vez a mendigar de puerta en puerta, fuera de la peregrinación que se estila en nuestros Noviciados, y de la preparación para los votos: pero es cierto que no le faltaba voluntad ni ánimo para hacerlo todos los días, siendo menester, con gran consuelo de su alma. Harto lo significaba en aquel no querer tener nada en su aposento ni para su uso, más de lo absolutamente indispensable, y privarse aun de ello en varias ocasiones por el gusto de irlo a pedir como si fuera de limosna: pues “no me parece pobreza tener lo necesario“, repetía el verdadero pobre de Cristo, queriendo por este medio explicar el concepto que le merecía aquella virtud. Por esta razón le agradaba mucho el voto que en la Compañía hacen los profesos de que, si alguna vez se hubiese de cambiar algo en materia de pobreza, haya de ser para estrecharla más; y añadía a este propósito que lo mismo debían hacer y apetecer todos los hijos de la Compañía aun en los casos particulares que ordinariamente se ofrecen. Si ayer era uno pobre, procurar hoy serlo más, y ver mañana si todavía se puede seguir adelante.

Sentía especial complacencia al recordar que lo había dejado todo por amor de Dios; y si tal vez pensaba, que era rarísima, en las grandezas y bienes de la tierra, sólo era para despreciarlo todo y gozarse de no tenerlo ni poderlo tener, reputándolo como basura y estiércol en comparación de ser pobre y mendigo.

A los principios conservó algunas medallas, estampas, libritos de piedad y otras cosillas de esta especie, menudas y que los mismos Superiores acostumbran acaso repartir entre la gente joven. Cierto que nunca se pegó a ellas el corazón del P. Bernardo, ni las miraba sino como objeto de devoción, en que por milagro puede darse por ofendida la pobreza de espíritu: mas desde que conoció el grado de perfección en que deseaba el Señor la observase, y que le quería completamente “pobre y desnudo, no sólo en el afecto, sino también en el efecto, y enajenado“, como él dice, “aun de lo que en otros se compadece con el rigor del voto“, desprendióse generosamente de estas pequeñeces y niñerías, así las llama, reservando sólo, con nueva licencia, tal cual estampa de papel para fomento de su devoción.

No hubo modo, ya estudiante y mayor, de que recibiera un maravedí de su casa y parientes para los gastillos extraordinarios que en tiempo de los estudios suelen ocurrir, a pesar de que para esto había entonces licencia general con ciertas circunstancias y orden terminante de que fuera a manos del Superior, o del encargado por él, lo que de esta manera se recibiese. Teníala aun especial y amplísima el P. Bernardo sin haberla pedido ni entendido en ella; sabía además que se lo ofrecían muy de veras sus parientes y amigos, y les haría placer y lisonja en aceptarlo: mas a todo prefería dar gusto al Señor y amoldarse escrupulosamente a su resolución de no tener nada que a mil leguas oliera a en propio ni se pareciera a peculio. El mismo estilo guardaba aun con los de la Compañía, sin avenirse a tomar cosa de ellos, por más que le instasen y autorizasen, que él viera ser dada u ofrecida en atención a su persona. Sólo una vez sabemos que faltó a su propósito, y aun entonces en cosa absolutamente necesaria, “a mas no poder”, y por respeto a su director el P. Loyola.

Habíale éste enviado, siendo, a lo que parece, Rector de Segovia, algunos reales con que encuadernar los apuntes de clase que bien ordenados solían, a falta de texto, poner en limpio nuestros estudiantes de facultades mayores para su dirección en los exámenes, y práctica también después en la enseñanza: era uno de los casos más comunes en que había licencia para recibir algún dinero. A él alude el P. Bernardo cuando, sin poderse negar a la caridad de su bienhechor en materia tan corriente, le escribe así: “La limosna de V. R. la recibo como tal, y he usado de ella a más no poder por las circunstancias de estudiante; que, en adelante, me parece que aun esto no se compadecerá con mi vocación particular“. Es de advertir que lo que en esto gastaba el P. Bernardo, y era “todo lo que gastaba al año“, como cuida de anotar el P. Loyola, “se reducía a un real o real y medio de plata“.

Cuando, empezado ya el último año de teología, y faltándole la edad necesaria para ordenarse de sacerdote, le exhortaban cariñosamente algunos amigos suyos, incluso su mismo director, a que solicitara dispensación para las órdenes, él, en medio de las ansias que experimentaba de verse ya sacerdote del Altísimo y celebrar todos los días el santo sacrificio de la misa, respondíales humildemente: Yo soy pobre, y no tengo ni quiero tener dinero para traer la dispensación de Roma. Y como después se le ofreciesen a encargarse ellos de cuanto fuera menester para obtenerla, apelaba de nuevo a la perfección de su pobreza, que no podía tolerar ni consentir aun lo que en otros fuera lícito y bien hecho por razón de la costumbre: y que, en consecuencia, se hallaba arrestado, mientras otra cosa no le mandaran los Superiores, a privarse del consuelo de ordenarse con sus compañeros, antes que faltar en un ápice al rigor y estrechez de su voto. Pero ya vimos cómo le favoreció el Señor en este lance. Tampoco era de esperar menos de su divina misericordia y de la providencia con que asiste al amparo y socorro de quien todo lo ha abandonado por su amor, y solamente confía en las riquezas de su inagotable caridad. En ésta tuvo siempre fijos sus ojos el P. Bernardo, seguro de que era suficiente y de sobra para remediar y enriquecer su pobreza, que es el principio y la base de los votos religiosos.

Síguese a ella la castidad, cuya observancia “no pide interpretación“, según nuestras reglas, “constando cuán perfectamente deba guardarse, procurando imitar en ella la puridad angélica con la pureza de cuerpo y mente“. Esa es la perfección con que la guardó el P. Bernardo, reconociéndola como “don del cielo, comunicado en aquel cíngulo que me puso“, dice, “San Miguel en el cuerpo, y Jesús en el alma“.

Después de tan singular favor jamás sintió el más leve movimiento en su carne, estando despierto, y aun fue rara la imaginación menos pura que le asaltó, sin más que producirle alguna pena por ser en materia tan delicada, y sin pasar adelante; pues, “aunque no me altere, sólo“, dice, “con ser imaginación me parece brasa“. Solamente “una u otra vez en sueños“ se vio molestado de tentación tal “que aun nombrarla no quiero“, escribe el castísimo joven, y aun en sueños hizo tan “esforzada resistencia“ a la tentación, que despertó “sobresaltado y turbado“; y por antojársele una de las veces, que había sido menos diligente en rechazarla aun dormido, asustóse tanto con la sola sospecha y aprensión “aun antes de despertar“, que se halló trasudando y medio ahogado por la congoja al tiempo de volver del sueño. No extrañará tanto afán y cuidado en la guarda de una virtud tan preciosa quien recordare que, ya primero que el ángel le ciñera el cíngulo de castidad, y aun desde niño, la miró él con singular predilección.

Verdaderamente fue después admirable el grado de pureza en que la observó; pero también es cierto que, no ignorando el santo joven que, al fin, tenía aquel celestial tesoro en vaso de barro frágil y quebradizo al primer encuentro, procuró haberse en esta materia como el hombre más flaco y expuesto a los combates y riesgos de la mocedad. Habíale asegurado su gran protector San Miguel desde los principios de sus extraordinarios favores que jamás sería vencido de la carne; mas no por eso dejó nunca de emplear los medios que el Señor le inspiraba para su mayor recato y nuestro ejemplo, con una exactitud que pudiera decirse que rayaba en escrúpulo, si en esto lo pudiera haber. Aun la sola idea y recuerdo de que existía semejante manera de tentación, era para su alma purísima una especie de agonía mortal que, sin quitarle por tanto el sosiego y paz del espíritu, le obligaba a andar siempre arma al brazo y ojo al enemigo, para huir de él en cuanto asomase a lo lejos, o hacerle rostro con valor cuando fuera imposible esquivar la batalla.

Para éste y demás casos su principal arma y escudo era la oración, la invocación de los Santos sus defensores, en particular de la Reina de las vírgenes, y un cuidado, cual le piden nuestras reglas, solícito y constante de guardar las puertas de sus sentidos. “Amo la virtud de la castidad“, tal era su lema y divisa, “al paso que me recelo y temo de mí mismo“.

Nunca miró, y tenía hecho propósito de nunca mirar advertidamente rostro de mujer: “si por descuido o por acaso han tropezado los ojos con semejantes objetos, como sorprendidos y asustados de un basilisco se recogen“, añade el P. Bernardo, aunque advirtiendo en seguida que ni en esos mismos descuidos o acasos llegaba a excitarse su imaginación, ni aun siquiera al refrenar la vista con el conocimiento del peligro, sino que pasaba todo con calma y serenidad, a pesar del sobresalto.

La misma vigilancia que con los ojos guardó también con la lengua y los oídos; si bien, por lo que a éstos hace, se pudiera tener en general por excusada. Gracias al Señor, suelen ser tan limpias y devotas las conversaciones de nuestros jóvenes, que más sirven de edificación que del más ligero tropiezo; y las del P. Bernardo nunca fueron menos que devotas y santas, aunque siempre amenísimas, cuando no eran de estudios si alguna vez se presentaba ocasión (y no la podía evitar sin nota), de discutir sobre materias de clase, que era muy rara, mayormente con sus Hermanos.

Con los de fuera, esto es, con sus condiscípulos o estudiantes de nuestras aulas, cuyo trato no siempre le era dado evadir, fue muy circunspecto en palabras y obras, sin faltar a las leyes de amistad y cortesía, pero también sin mundanas consideraciones ni confianzas inútiles o peligrosas. Hablábales no más que de Dios o de los libros, y de modo que tuviesen mucho que aprender; así de lo que les decía, como de su gravedad, modestia y recato. Sólo una o dos veces tomó inadvertidamente la mano a un estudiantico, dice él, como suele hacerse por urbanidad; pero luego que lo advirtió, lo lloró delante del Señor, porque “á lo menos“, añade el angelical mancebo, “me reprendió el interior de ligereza“. Lo que el P. Bernardo llama aquí, y en otras ocasiones, llorar delante del Señor, no era sólo derramar algunas lágrimas en su presencia y pedirle perdón de su descuido, sino tomarse cuenta estrecha y castigarse de modo que anduviera más advertida la mano para lo de adelante. Es uno de los remedios más activos que señalan los maestros de la vida espiritual, y que más conducen de hecho a curar la enfermedad de la inadvertencia. Sobre todo es admirable su eficacia en la materia de que tratamos; y por eso lo frecuentaba mucho nuestro joven, como en su lugar veremos más despacio, a pesar de su flaqueza y poca salud.

Quien así se castigaba y atendía con mil ojos en cosas tan menudas, no hay a que decir con qué empeño y horror huiría de las amistades particulares, verdadera peste y gangrena infernal de la juventud religiosa. Jamás tuvo comunicación siquiera ni afecto a persona alguna, que no sirviera para su propia perfección o de aquél con quien trataba. Así lo testifican sus directores, y así lo confiesa repetidas veces el mismo P. Bernardo; el cual, hablando con esta ocasión del amor que tenía a su querido compañero y maestro el P. Agustín de Cardaveraz, y del que éste le tenía a él, “nos amamos“, dice, “como dos espíritus puros, como si fuese comunicación de ángeles, y pedimos al Señor la puridad y fineza de este amor, y palpablemente la tocamos, pues no nos amamos sin entrar Dios como soberano objeto de este amor, que es fuerte y juntamente dulce y tierno“.

Tales eran las amistades del P. Bernardo; y tal la perfección y delicadeza con que toda la vida guardó su corazón de amor menos limpio, y la flor de la castidad de todo pensamiento y deseo menos que angélico. Sólo es comparable su observancia y solicitud en esta parte con la que tuvo en orden a la guarda de la obediencia.

Es la obediencia el distintivo de los hijos de la Compañía de Jesús, y en que no podía sufrir nuestro glorioso P. San Ignacio que nos hiciera ventaja ningún Instituto religioso. Como tan verdadero hijo suyo el P. Bernardo, y tan fiel en el cumplimiento de sus obligaciones, “son especiales“, dice, “los deseos que Dios me da de alcanzar la obediencia en aquel punto que le propone nuestro P. San Ignacio“: con viene a saber, en la “resignación verdadera de nuestras propias voluntades y abnegación de nuestros juicios“, y “nunca mirando la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo Nuestro Señor por quien se obedece“, fijos los ojos en él y como colgados de su voluntad, sin querer ni desear más de lo que él quiere y desea. Tal es el desprendimiento y renuncia de todas sus más nobles facultades a que aspiró el P. Bernardo desde el principio de su vida religiosa, dejándose llevar de Dios y de los Superiores, “como si fuese un cuerpo muerto” que no tiene más acción que la que le imprimen, y se halla en absoluta indiferencia para cuanto gusten hacer de él; o bien, según otra de las bellísimas comparaciones de San Ignacio, “como un bastón de hombre viejo“, que va y viene con él y sirve para lo que a él le cumple.

De esta sumisión y obediencia, cuyo mérito ni aun su naturaleza son capaces de imaginar los que no se sienten con valor y gracia para practicarla, solía decir el P. Bernardo que es “la reina, el esmalte, el oro y la más preciosa de las virtudes“, como “el primer eslabón de una cadena“ formada de todas las demás, “el camino de todas las perfecciones“; en fin, “un diseño de la gloria, pues en ella se encuentra la libertad de espíritu, retrato vivo de la bienaventuranza“: y a la medida de este concepto, eran también sus deseos de señalarse en ella. De lo cual puede sernos él mismo testigo segurísimo en un papel que remite al P. Loyola, donde, para proceder con algún método en materia tan copiosa y delicada, habla primero de su obediencia a los Superiores, segundo a las reglas, y tercero a los directores espirituales.

Y por lo que atañe a los Superiores, dice que los miraba como a Dios, haciéndoles en su interior una profunda reverencia y acatamiento siempre que había de hablarles o tropezaba con ellos; y era tal su estima, y el deleite que sentía en gobernarse en todo por su dirección, que “no quisiera ni aun respirar sino por su obediencia“: así se expresaba el obedientísimo P. Bernardo. “Yo no quiero más de lo que V. R. quisiere, ni me pasa por la imaginación otra cosa: V. R. es otro Dios para mí “, escribía en cierta ocasión a su Provincial acerca de un negocio de grandísima importancia, en que no se veía claro lo que más convendría hacer. En otra, cuando le prohibieron apuntar, como solía, todo lo que pasaba por su espíritu a fin de enviarlo a sus directores para que éstos lo examinaran, ni siquiera se le ofreció el más ligero pensamiento ni réplica a la determinación de su Superior, “o, por mejor decir, la de nuestro amor Jesús“, escribe él, como corrigiéndose: “que para mí“, añade, “es la misma una que otra“.

Y para el caso no era menester precepto ni cosa parecida: bastaba la más leve insinuación o muestra de su voluntad como quiera que se manifestase. Estaba una vez sentado con algunos condiscípulos en un sitio donde solían reunirse al tiempo de pasar las lecciones. Viólos acaso el P. Ministro y díjoles, más por decirles algo que por impedírselo, que para qué se sentaban allí. Levantáronse con todo los jóvenes: pero al cabo de algunos días, o por parecerles no había sido voluntad del P. Ministro que se fuesen a otra parte, o habérseles olvidado el aviso, se volvieron a sentar donde primero y pasar las lecciones según costumbre. Los acompañaba, como no podía menos, el P. Bernardo, pero notaron sus condiscípulos que no había manera de hacerle sentar por más que le importunaban, hasta que cayeron en la cuenta al fin, y le imitaron en su obediencia.

Ya en otra parte contamos lo que le pasó cuando se hallaba más metido en sus ideas de propagar la devoción al Corazón de Jesús, y a tiempo que corregía el primer pliego del librito cuya preparación y licencia tantos sudores le costó como sabemos. Nada más sencillo ni más obvio en aquel caso que hacer presente su ocupación al P. Provincial, quien tal vez, como uno de los más empeñados en que no se levantara la mano de la obra, le hubiera respondido que siguiese con ella, cuando no le agradeciera el recuerdo de su olvido, como se nos hace más creíble. Pero ni aun eso ocurrió al P. Bernardo, ni siquiera reparar en los peligros de la interrupción, y de que con ella se atravesara de por medio alguna nueva dificultad que diese en tierra con todos sus planes. Recibió la orden de partirse de Valladolid, y sólo pensó en cumplirla al punto: dejó su libro con toda paz, y con la misma dejara hasta la esperanza de imprimirlo después, “resuelto y aun contento de tener ocasión de obedecer no sólo en lo que yo quiero“, dice él, como si dijera: “no sólo en aquello que veo ha de ceder en mayor servicio de Dios, sino aun en aquello que, según la prudencia humana, parece que no ha de ser de tanto servicio suyo como lo contrario, con tal que así me lo manden los Superiores”; pues eso significa en su pluma la frase de “obedecer no sólo en lo que yo quiero”. Es lo más perfecto adonde puede llegar el rendimiento de la voluntad y juicio propio en un hombre tan encendido en ansias de la mayor gloria de Dios como el P. Bernardo.

En cuanto a la obediencia de las reglas, testifica él mismo que sentía en sí y reconocía un “deseo vivísimo de no faltar en lo más mínimo por cuanto tiene el mundo“; y añade, dando gracias al Señor por tanta merced: “con advertencia formal no creo me he arrestado a quebrantar ninguna“. Quien haya leído nuestras reglas, y más quien se esmere por guardarlas todas, sabrá apreciar debidamente lo que suponen de obediencia las palabras del P. Bernardo, y la perfección altísima de quien las puede escribir con verdad, como él las escribía.

Cierto es que más de una vez, y aun “muchas y muchas veces“, como él dice, faltó a ellas inadvertidamente: mas, ¿quién hay, por santo que sea y dignísimo de los altares, a quien no suceda lo propio? No hay culpa en la inadvertencia, si no es intencional o buscada; puede haberla en no dolerse de ella, una vez conocida: pero ni aun en esto faltó, que sepamos, nunca el P. Bernardo. Preveníala con toda solicitud, estando siempre muy sobre aviso y como actuado en cada una de sus reglas: si por flaqueza inherente a nuestra debilidad llegaba tal vez a no poderla evitar, pagábala después muy bien pagada con sus lágrimas y, no pocas veces, con su sangre. “Caer sí, pero perseverar no; quebrar la regla sí, pero faltarme luego el dolor, eso no“, como escribía el devoto joven.

Pero también se queja de no hallar en su obediencia toda aquella perfección que quisiera. Claro es: examinábase por la que nuestras reglas encierran de absoluto, por decirlo así; y como estaba tan iluminado su espíritu, veíalas tan cabales y primorosas, que siempre le parecía que podían ser susceptibles de más perfección en su observancia. A ésa aspiraba él, sin nunca contentarse de sí mismo: pero bien se muestra que esa misma aspiración es ya uno de los grados más sublimes adonde puede llegar la criatura, cuya santidad, por grande que sea y por incomprensible que nos parezca, no pasará de ser finita, y finita su perfección más encumbrada. Ningún santo hay que no se tuviera por muy imperfecto, y con razón, pues lo era y debía serlo, sin duda, si atendía a sus deseos, y más a la norma y ley que nos dio nuestro divino maestro de que fuéramos perfectos como lo es nuestro Padre celestial (1): pero esto no impide que haya muchos que la Iglesia nos presente como perfectos, y ofrezca a nuestra imitación como heroicas sus virtudes.

Lo mismo a su manera debe decirse de la obediencia del P. Bernardo. El todavía la quisiera más cumplida en su interior; pero ni interior ni exteriormente faltó nunca a ella a sabiendas, ni recordaba haber quebrantado la menor regla, ni hubo quien se la viera quebrantar. En esto están de acuerdo cuantos le conocieron y trataron con la mayor intimidad y confianza.

Sobre su obediencia a los directores, sólo añadiremos que fue tan delicado en ella y experimentaba tal placer y seguridad en ajustarse a cuanto le prescribían, que “me parece ser evidente señal“, dice, “de ser engañado faltar en algo a ello; como, por el contrario, hallo mi mayor consuelo y contento en ejecutar sus más mínimas insinuaciones. Casi me temo no se me oculte aquí amor propio; pues en obedecer a VV.RR.“, escribe al P. Loyola, “juicio y todo rindo. De aquí nace el deseo de manifestar toda mi alma y corazón a VV. RR., que no quisiera se les ocultase el menor pensamiento. En mis temores, cuando todas las razones no tienen fuerza, sólo la de la aprobación de VV. RR. me es de algún alivio; y si no fuera esto, acaso hubiera hecho algo que no fuera bien: de suerte que donde las palabras de Dios, por su oculta disposición, no bastan a consolarme, bastan las de VV. RR. “. Así escribía, y así era la verdad.

Hallándose en aquel terrible desamparo que padeció en Medina por los años de 1728 y 1729, uno de los empeños del demonio era, como vimos, apartarle de la sagrada comunión. A ese fin representábale vivísimamente que estaba en pecado mortal, y que lo mismo sería adelantarse a la mesa de los ángeles que ser precipitado en el infierno: para más atemorizarle y turbarle la imaginación, hasta se lo figuró alguna vez abierto entre el sitio en que el afligido joven estaba de rodillas y el altar en que celebraba el sacerdote. Inexplicable fue la congoja que se apoderó de su alma a vista de tan horrendo espectáculo e inminente peligro de condenación. Pero acordábase también de que le tenía mandado su director que por ninguna sugestión ni violencia diabólica dejase nunca de comulgar, aunque más le apretase el enemigo con el fantasma del infierno y el pecado; pues, por la misericordia de Dios, no había el más leve fundamento para tan espantoso castigo. Llegada la hora, alzóse de su sitio el joven, alentado con este precepto y obediencia: atropelló por todas las imaginaciones y embustes del infernal espíritu, y respondiéndole con denuedo, al ver que ya le asía de un brazo: Antes precipitarme en el infierno que dejar de obedecer, llegó al altar y comulgó, desapareciendo al instante todo aquel mentido infierno del demonio. ¡Gran poder de la obediencia, pero no menor argumento de la perfección con que la observaba el P. Bernardo!.

De muy diversa especie, aunque no menos de notar, es otro ejemplo de lo que más de una vez le pasó con los mismos ángeles. Habíale ordenado una de ellas el de su guarda que tomase tal materia de meditación por el Adviento de aquel año. Oyóle el joven, y corrió luego a consultar el punto con su director, dispuesto a obedecer antes al hombre que al ángel, en el caso de que no convinieran en uno los dos, como era natural que conviniesen, y en efecto convinieron. Y de fijo que no hubiera tenido el menor escrúpulo en contravenir a la orden del ángel por atenerse aun al simple consejo de su director, que para él era de más fuerza que el mandamiento explícito del mismo San Miguel que bajara del cielo a intimarle lo contrario.

“Tal fue siempre el espíritu del P. Bernardo“, dice a este propósito el P. Manuel de Prado, que lo sabía muy bien por experiencia: “dar cuenta de todo a sus directores, obedecerles en todo, y sujetar a la dirección de su obediencia aun las mismas luces que recibía de Dios en la oración“ (2).

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(1)   Matth. V, 48.

(2)   Dos Cartas de edificación (II, págs. 22 y 23).

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888