| Aplícase el P.
Bernardo a los estudios, progresando en la virtud. (Vida del P. Bernardo de
Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta,
capítulo 2).
Desde que comenzó la filosofía en Medina del Campo hasta que acabó la teología en Valladolid, tuvo en la memoria el P. Bernardo y meditaba frecuentemente una verdad importantísima que había entendido del Señor al principio de sus estudios. Díjole entonces, y varias veces después le recordó que, si los jóvenes estudiantes de la Compañía continuasen los fervores y la vida que empiezan en el Noviciado, llegarían sin duda a ser grandes santos en su carrera. Esta verdad tan cierta como lo prueba también la experiencia, y profundamente grabada en el corazón de nuestro joven, le hizo cumplir a la letra, mientras vivió, aquel bellísimo dictamen de su Hermano y modelo San Juan Berchmans, que decía y repetía a este propósito: No me avergonzaré de practicar lo que me enseñaron en el Noviciado. Bien lejos de avergonzarse de ello su fiel imitador, se glorió hasta la muerte de ser novicio cuanto a la práctica de la virtud y observancia religiosa: así lo testifican sus numerosos condiscípulos que se lo oyeron más de una vez, y lo podían ver con sus propios ojos. Uno de ellos, el P. Mucientes, de quien arriba hicimos mención, después del párrafo de su carta que allí copiamos, no hallo otra diferencia, añade, ni puedo explicar de otro modo el dictamen que sinceramente formo de su vida de colegio, que diciendo que era de un estudiante novicio y de un novicio que estudiaba. Su modestia, su silencio, su compostura eran notadas, como lo observé, aun de los seglares. Su puntualidad a todas las distribuciones, su aplicación al estudio, sólo interrumpido con frecuentes visitas al Santísimo Sacramento, su afabilidad y dulzura en el trato sin resabio alguno de los que suelen hacerlo molesto e ingrato, fueron tan conocidas de los de casa, que siempre fue singularmente amado y estimado de los demás. En fin, él fue, a mi parecer, un ejemplar y dechado de HH. Estudiantes, tal cual lo pide nuestro P. San Ignacio, hermanando siempre la aplicación a las letras con el estudio de la propia perfección. Entra luego a especificar algunas de las muchas cosas notabilísimas que en él observó sobre esta materia, y prosigue así, ciñéndose a la brevedad del sucinto dictamen que se le pedía. Observé varias veces, así él, que, diciéndole en el ardor de la disputa algunas palabras harto sensibles, y dándole a entender en el aire de los gestos y acciones algún desprecio hacia su persona y talentos, se portaba de tal modo en estas y otras semejantes ocasiones, que bastaría a templar el mayor ardor de una pasión desarreglada: porque, o callaba del todo con un silencio humilde y vergonzoso, como quien se reconocía digno de todo desprecio, o, si hablaba, era con tal circunspección que no era fácil se diese por ofendida la caridad y humildad. Este dominio sobré la irascible es tanto más admirable en él, cuanto es constante que tenía más que vencerse en este particular; porque su genio era vivo, ardiente y sumamente resuelto y desembarazado: mas había templado o, por mejor decir, apagado tanto este ardor y viveza, que, quien no le conociese, le tendría, con un error acertado, por de natural rendido y para poco. Observé además de lo dicho, que su corazón estaba lleno de celo de la mayor gloria de Dios y bien de las almas: porque, si bien no se halló en estado de que se viesen en él aquellas acciones y empresas en que suele manifestarse más claramente este noble afecto, no obstante sus palabras y demás acciones y demostraciones eran indicios claros de que reinaba en su corazón. Alegrábase sobre manera cuando oía o sabía que se hacía fruto en las almas por medio de nuestros ministerios; andaba solicitando y pidiendo continuamente oraciones a sus condiscípulos para el remedio de muchas necesidades que llegaban a su noticia; insinuaba cuanto podía en las conversaciones cosas tocantes al provecho espiritual de los prójimos: y, sobre todo, hablaba frecuentemente de la devoción al sagrado Corazón de Jesús con tal ansia y deseo de verla extendida en los corazones de todos, que rebosaba por lo exterior el fuego que ardía en el suyo hacia aquél que era el objeto único de sus afectos. Finalmente, me consta que hizo por medio de sus conversaciones y documentos no poco fruto en las almas aun antes de ser sacerdote: que en el poco tiempo que lo fue, es constante que muchos lo experimentaron más sensiblemente. Estas y otras cosas que observé, juntas con un tenor de vida tan arreglado a lo que pedía su estado, sin que se viese en él cosa alguna que desdijese o se hiciese reparable por el lado contrario, son indicios fuertes de la integridad religiosa de sus costumbres: y no parece verosímil que se puedan encontrar con tales circunstancias en un sujeto, sin que en su corazón hayan hecho asiento las virtudes más sólidas y máximas más acertadas. Por consiguiente es digno de veneración, como muy prudente y acertado, el juicio que han formado varones doctos y religiosos acerca de la credibilidad humana que se merecen las gracias y favores singulares que en esta vida se dice haber hecho el Señor a este angelical joven. Así argumentaban, y muy bien por cierto, los condiscípulos del P. Bernardo, que nada sabían, por aquella época, de su unión con Dios, de su altísima contemplación y frecuentes visitas del cielo, de su llamamiento al apostolado del Corazón divino y demás gracias sobrenaturales, contentándose con juzgarle sólo por lo que le veían practicar en tiempo de sus estudios. Y sobre esto convienen igualmente con ellos sus directores en que la misma puntualidad y esmero en los ejercicios espirituales que cuando novicio, las mismas humillaciones del refectorio, penitencias en su aposento, modestia, silencio, caridad y circunspección en todas sus obras, conversaciones santas en las quietes, y aun la misma distribución del Noviciado en lo posible de componerla con los ejercicios literarios, fue el nivel y patrón de su vida de H. Estudiante. De la mayor libertad que ésta ofrece u ocasiona a los que no están bien fundados en la virtud, sólo sacaba el P. Bernardo nuevas obligaciones y arbitrios para estrecharse más con Dios y seguir animoso en el camino comenzado, como varón perfecto, sin los temores de la niñez religiosa. En esto ciertamente no era nada novicio: tampoco en el realce que daba a sus acciones, y en el vuelo de su espíritu, cada vez más seguro y vigoroso, para remontar a los más sublime de la perfección en el estado en que el Señor le quería y acababa de ponerle la obediencia. Una de las virtudes más necesarias en el suyo actual de estudiante es un amor grande a la vocación. Consuelo da ver lo alegres y gozosos con ella que salen por lo común nuestros Novicios cuando los envían a estudiar a los colegios: no la abandonaran por cosa de este mundo, ni la cedieran a cambio de la vida. Si el estudiante es cual debe ser, acrecienta de día en día este amor, y procura fomentarlo por los medios que le enseñaron en el Noviciado y va aprendiendo él mismo en su carrera: sin esta diligencia, próximo está a que le quiten el talento que le dieron, y a caer en la mayor desgracia que puede sobrevenirle con la pérdida de su vocación, de que no dista mucho generalmente la del alma. La mayor miseria y sobrescrito de mi condenación creo sería para mí", así se explicaba el P. Bernardo sobre este asunto, el ser despedido de la Compañía por mis culpas: si sin éstas lo fuera, o no me apartara hasta morir, de sus puertas, o peregrinara por el mundo a ver si podría lograr mi dicha de volver a ella. Asombrado estoy de las grandezas que el Señor me ha comunicado de esta nuestra madre dulcísima, de esta Compañía santa, a quien no sabía nombrar sino llamándola Compañía de mi corazón, esperanza firme de la gloria, y paraíso celestial en la tierra. Mas no era de sólo palabras su amor a la Compañía: éralo también de incesantes gracias al Señor que se había dignado llamarle a ella, de humilde reconocimiento de la firmeza en su vocación sin tentaciones ni dudas que se la amortiguaran, y, sobre todo, de obras de estudiante sin tacha y tal cual le quieren y describen estas dos reglas, que son las primeras de su estado. La una es que procuren nuestros estudiantes en sus estudios pureza de espíritu y rectitud de intención, no buscando en ellos más que la gloria de Dios y bien de las al- mas, que es el fin a que se dirigen los estudios de la Compañía; y pidan frecuentemente en sus oraciones gracia para aprovechar en la doctrina. La segunda, que se apliquen seria y constantemente al estudio, acordándose de que, así como se deben guardar de que no se entibie con el fervor de las letras el amor de las sólidas virtudes y vida religiosa, así también persuadirse de que no pueden hacer cosa más agradable a Dios en los colegios que aplicarse diligentemente al estudio con la intención que se ha dicho. En estas dos reglas, compendio de las demás, se contiene la suma perfección que exige la Compañía a sus jóvenes estudiantes para que sepan juntar virtud con letras, y eminente sabiduría con vida santa y religiosa. Procuraba guardarlas y, según sus directores, las guardó el P. Bernardo con el mayor esmero durante los siete años de su carrera literaria: trató en ellos de hermanar en su alma la santidad con la doctrina en el más alto grado que le fue posible, convencido de que estas dos facultades son, al modo que repetía frecuentemente el P. Baltasar Alvarez, gran maestro y director de nuestra juventud, como los dos árboles, de la vida y de la ciencia, plantados por Dios en medio del paraíso; como las dos lumbreras que de día y de noche dan luz a todo el mundo; como el espíritu doblado que pidió Eliseo a Elías al tiempo de su partida; y, para decirlo de una vez, como las dos ruedas que llevan el carro de la gloria de Dios, y debe ser nuestro principal empleo. Tampoco se olvidaba de que la sola virtud sin letras no pasa de ser ordinariamente en la Compañía una especie de soldado sin armas, o de espada sin punta con que acometer al enemigo; así como, al contrario, las letras sin virtud pueden llegar a ser veneno que mate las almas en vez de medicina que las cure y manjar que las esfuerce. La perfección está en juntar lo uno con lo otro, pero dando siempre la preferencia a la virtud y la santidad; desviviéndose por adquirir de ella la más encumbrado, y de las letras y las ciencias lo que Dios quiera y nada más, como decía el P. Bernardo y suplicaba al Señor continuamente en sus oraciones. El mismo día 13 de Octubre de 1728, primero de sus estudios, recordaba delante del Santísimo Sacramento la regla que le mandaba pedir doctrina y sabiduría. Pedíala con fervor, mas protestando a Su Majestad que no quería, ni le diese, sino aquélla sólo que hubiera de servirle para amarle más y ser más útil para la salvación de las almas: que, si la ciencia había de envanecerle y darle ocasión para ser en lo más mínimo ingrato a sus beneficios, antes le ofuscase el entendimiento para no percibirla: que no la deseaba a tanta costa, ni la pedía sino para cumplir con su regla. Con estas y semejantes peticiones estaba engolfado en su oración el joven estudiante, cuando vio que el Señor con apacible rostro aceptaba su buena voluntad, le agradecía sus fervorosos deseos de sobresalir en la verdadera ciencia, y se los fomentaba con amor, ofreciéndose él mismo a ser en ella su maestro: añadiole, por fin, con una voz que sonó en lo íntimo de su alma: Hijo, ya sabes por experiencia cómo yo enseño más en un momento que todos los sabios en muchos años. Grande fue el aprecio de la divina enseñanza y magisterio que de esta respuesta sacó el P. Bernardo, y grandísima la confianza que le inspiraron sus palabras. Hizo allí mismo firme propósito de entregarse a su dirección sin reserva. Abandonose por completo en las manos de Dios, dejando en ellas el suceso de sus estudios, y acordándose únicamente de que, lo que en éstos conviene sobre todo, es empezarlos sin descaecer en el espíritu; pues cuales fueren los principios, tales serán, por lo regular, los progresos y los fines. Propuso también allí mismo, y siempre lo cumplió con escrupulosidad, no atender nunca a su gusto e inclinación en las ciencias, no anhelar a saber más de aquello en que sería servido Nuestro Señor, ni importarle nada cuanto se dijera o juzgara de sus talentos y aprovechamiento, como él estuviese cierto de que ponía por su parte la intención y los medios que le mandaba su regla, para adelantar debidamente en el estudio. Nunca lo empezó desde el mismo día 13 de Octubre, sin renovar primero estos propósitos, y hecha oración hincadas las rodillas. Para esta conducta y norma constante y solidísima le sirvieron también algunas otras inteligencias y luces con que el Señor le favoreció en diversas ocasiones, a proporción que iba internándose más en los estudios, y a medida de las necesidades que experimentaba de divinos documentos. Uno de ellos, el más práctico, fue instruirle en la recta inteligencia de aquellas palabras de los Proverbios en que se nos recomienda el estudio de la sabiduría (1). Estudia, hijo mío, le encargaba el Señor con frecuencia, estudia la filosofía, y luego más adelante, estudia la teología, con la aplicación y espíritu que yo te mando por medio de los Superiores: pero, también, y sobre todo, le añadía después, estudia la sabiduría mística, date con empeño a la ciencia de los Santos. Y para librarle de las ocasiones en que suelen acaso zozobrar o, a lo menos, recibir grandísimas averías los estudiantes religiosos, diole también ahora de nuevo a entender más claramente lo que él bien sabía y en varias lecciones le repitió, que el estudio de las ciencias humanas era, sí, de su agrado cuando se emprendía con la debida intención, pero que más estimaba la ciencia divina de la santidad; y que así, tuviese él a cada una en el lugar que le tocaba en su beneplácito y aprecio: que le quería discípulo en la facultad escolástica, y maestro en la mística: que en ésta le había ya dicho sería él su director, y que en aquélla aprovechase por los medios humanos cuanto alcanzasen sus fuerzas: que estuviera además muy sobre aviso que muchos estudiantes declinaban de su fervor primitivo por dejarse llevar de congojosos deseos de saber, aplausos en las funciones de escuela, buen concepto entre sus compañeros y otras semejantes vanidades que comenzaban a infundirles una secreta soberbia, y acababan por precipitarlos en su ruina: que no ignoraba él lo que convenía practicar en orden y a fin de no exponerse a tanto riesgo. Cómo utilizaba el P: Bernardo esta celestial doctrina, y le ayudaba el Señor a practicarla llegado el tiempo, nos lo indicará él mismo con ocasión de dos actos que defendió, de filósofo el primero en Medina, y ya de teólogo el segundo en Valladolid. Acabada la filosofía, encomendome, dice, la obediencia defender unas conclusiones en un acto; y previendo la providencia divina cuán inclinados somos los hombres al deseo de la honra, y cuán próximo es a esto el lucimiento en semejantes funciones, me previno para que no me estrellase contra este escollo en que he entendido naufragar aun aquellos, o muchos de aquellos, que hasta este punto habían sido fieles al Señor. Y así, fueron más continuas y luminosas las luces con que la infinita bondad del Señor ilustró mi entendimiento para que supiese distinguir cuál es la verdadera honra y la verdadera sabiduría: y así, me reía de mí mismo de cuando tenía en algo estas vanas glorias, y representabanseme estas funciones, que son de las más serias entre los hombres, como juegos de niños. De este modo preservé intacto mi afecto de esta polilla, no deseando ni lucir ni dejar de lucir, sino estando indiferente en la voluntad del Señor; y me parece que, si él me diera a escoger, escogiera yo de buena gana quedar deslucido, por ofrecerle este pequeño obsequio. Llegó el día en que había de tener el acto, y alegreme mucho por recibir una vez más al Señor, pues allí se embriaga en el torrente suavísimo de la Divinidad y de la Humanidad, y allí, como en deliciosa fuente, bebe mi alma sedienta más que el ciervo herido, pero no sacia su sed. Comulgué, y vi mi corazón despidiendo llamas por todas partes, y en él clavada una de aquellas tres saetas que se repartieron entre el Corazón divino de mi amor Jesús, el de su Santísima Madre y el mío; y como tenía allí la causa que le impelía a amar, aniquilábase mi corazón y se consumía como fénix en los suaves incendios del amor: y vi como la Sacratísima Humanidad estaba en él como en su trono real, llenando los huecos que abrió cuando se esculpió su imagen en mi corazón. Díjome que me dejaba en el estado natural en cuanto al acto, y que yo me bandease con mi entendimiento, porque para esto no le había de ilustrar; y que desde allí estaría mirándome en la función. Siendo ya teólogo, dieronle un acto o concertación de las que, por tenerse los domingos a la tarde, se llamaban dominicales en otro tiempo. La del P. Bernardo cayó justamente un día de la Santísima Trinidad, en el cual todo fue admiraciones, dice, al referir lo que en él le pasó, con las soberanas luces que de este misterio se me comunicaron, y con que esta pobre alma quedó sumida y sumergida en un abismo de amor. Este día, prosigue ahora a nuestro intento, fue el de mis dominicales, en que defendí la santidad formal en la unión hipostática. Estrecheme con el Señor, y mostrele mi corazón muy ajeno de vanidad e indiferente a cualquier suceso. Y haciéndome cargo de que, si salen bien estas funciones, los hombres por lo regular no levantan la vista a dar gracias al Señor, le supliqué, pero quedando en los términos de la indiferencia, que sólo permitiese que saliera la función como convenía para su gloria y los fines de su providencia: que ni yo quería saber más, ni que pareciese que sabía; y que, si en mí estuviera la resolución, determinaba abrazar los deslucimientos, para estar menos expuesto a vanidad. Agradó al Señor la oferta; y la función, según dicen, salió brillantemente. Con esta ocasión me dio el Señor un documento y enseñanza general en estas materias, sigue hablando el P. Bernardo, y fue que los hombres, por ser demasiado adheridos a los juicios que forman una vez, se confunden, y confunden también las sentencias verdaderas: debiendo tener continuo reconocimiento de su flaqueza, y recelo de la opinión que es solamente probable. Por esto me desagrada en algunos cierto género de arrogancia y presunción contra los contrarios; y lo peor es que de ahí creo que en algunos pasan a formarse ciertas especies que llevan tras el entendimiento la voluntad. Hasta aquí son palabras del recatado y devoto estudiante, en que, con luz del cielo, nos enseña la moderación y decoro que deben tener los maestros en impugnar las opiniones opuestas a las suyas, y la humildad y circunspección de los discípulos en las funciones literarias: él las guardó siempre con la misma puntualidad que este día de sus dominicales, que, por nuestra cuenta, fue el primer año de su teología, y así a 8 de Junio de 1732. Pues, en cuanto al respeto con que el P. Bernardo miraba a sus maestros, y las atenciones que les tenía, baste decir que huyó siempre como de pestilencia de aquellas faltas que, a juicio del P. Baltasar Alvarez, suelen ser las más comunes y más terribles entre la juventud estudiosa: murmurar o quejarse de ellos si leen largo o corto, oscuro o superfluo, y otras libertades por el estilo; llevar opiniones contrarias a las que enseñan, o mostrarse aficionados a seguirlas; significar que no quedan satisfechos de sus soluciones, o apuntar otras por lo bajo que les parecerían más satisfactorias; guardarles poco amor y deferencia, o posponerlos tal vez a otros cuando se presenta ocasión o se busca cualquier achaque de entrar en imprudentes comparaciones. Ni en estas ni en otras materias, en que suelen acaso deslizarse los imperfectos con más daño de lo que se figuran, hubo jamás queja contra el P. Bernardo. Los maestros veían en él un buen discípulo, y todos convienen en ello cuantos lo fueron suyos: todos encomiaban y aun proponían a la imitación su diligencia en oír las lecciones, en estudiarlas y repetirlas, y dar religiosa muestra de su aprovechamiento con modestia y humildad, pero también con igual soltura y gracia; pues no andan reñidas estas propiedades, aunque es muy difícil juntarlas en uno. Por lo que hace a su trato con los compañeros, ya pusimos arriba el dictamen del P. Mucientes, en que nos descubría la acendrada caridad, templanza admirable y mansedumbre a toda prueba del P. Bernardo, sobre todo en las disputas y encuentros de opiniones, bien fuera en público, bien en particular en lo que llamamos pasos, en los cuales, por no asistir a ellos los maestros, sino los discípulos solos, es más fácil que se olvide la moderación debida y corra algo más libre la lengua de lo que conviene. Si por ventura acaecía esto a alguno de sus compañeros, que a él no consta que jamás le aconteciera, callaba modestamente humilde y proseguía con serenidad el argumento", escribe el P. Loyola, y añade: Así me lo aseguró con edificación y asombro suyo uno de sus más hábiles condiscípulos que hoy se halla en la carrera literaria más estimada e ilustre, Doctor teólogo en una de las Universidades más célebres y famosas de España. Decíame muchas veces: Siempre me tocaba ser compañero del H. Bernardo en el paso. Mi viveza me sorprendía alguna vez acalorado ya en la disputa: pero jamás le oí la menor respuesta desabrida, siendo el Hermano de genio natural más pronto, vivo y ardiente que el mío. Lo mismo que ahora reparo en mí, hago memoria que le sucedía con otros en semejantes ocasiones. Hasta aquí su condiscípulo de filosofía, concluye el P. Loyola, que estimaba en su justo precio confesión tan franca, y la estimará no menos quien de joven haya tenido que disputar en las escuelas: no hay como haberlas frecuentado para juzgar de la virtud del generoso estudiante. ............................................. (1) Prov. XXVII,11. |
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