Práctica de la vida común y fervorosa que siempre observó el P. Bernardo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte cuarta, capítulo 1).

 

Costumbre antigua es de los escritores de vidas de Santos y varones ilustres en nuestra Compañía, reservar la última parte de sus libros para una especie de complemento donde hallen debido lugar los hechos cuya data fija se ignora, o los particulares ejemplos de virtud que, “leídos aparte de la historia, se considerarían más atentamente, y se arraigarían más en la memoria, y moverían más el afecto de los que los leyesen con el deseo de imitarlos”, como escribe el P. Pedro de Ribadeneira, primer modelo de esta clase de vidas entre nosotros (1). A este fin dispuso también él sobre todo el postrero libro de su Vida del Bienaventurado Padre Ignacio de Loyola, donde fuera “recogiendo y entresacando algunas flores de singulares virtudes” que había notado en el santo fundador.

Lo mismo nos ha parecido a nosotros hacer en la del bendito P. Bernardo Francisco de Hoyos; y con tanto más razón, cuanto que gran parte de los tres libros anteriores los hemos empleado en no más que recorrer las huellas de su admirable santidad y los favores de la amorosa mano del Señor que se dignó pagársela aun aquí abajo con su habitual largueza. Algunas cosas habremos de repetir por esta ocasión que ya arriba más o menos latamente se contaron, pero irán tomadas de otro punto de vista e iluminadas de nueva luz, con que también ellas parezcan no sólo nuevas a nuestros ojos, sino también de una perfección superior a la que hasta ahora pudiéramos apreciar. Otras las acompañarán de paso que antes aún no era tiempo de referir o no se debían sin daño o, a lo menos, alguna confusión de la historia.

Y empezando con esto de los principios de nuestro joven en la Compañía, pues no ofrecen nada especial, sobre lo que ya se discurrió, los años de su infancia y mocedad en el siglo, diremos que el estudio propio del P. Bernardo desde entonces fue el aplicarse fervoroso a los ejercicios de la vida común, abandonando su espíritu a las impresiones que el Señor tuviese a bien comunicarle Un papel que a los pocos meses de novicio escribió para dirigirse en el examen particular, nos servirá de muestra para conocer su solicitud en la perfección de esta vida, no muy fácil, por común y ordinaria.

Había leído que una de las materias más provechosas e importantes a su propósito era, según nuestro P. San Ignacio, la de hacer con esmero, exactitud y diligencia hasta en sus menores ápices todos los ejercicios espirituales de la vida religiosa. Para conformarse escrupulosamente a la doctrina de su Santo Padre y seguir su consejo, ideó el devoto novicio un examen particular a su modo, que declara bien sus luces y manifiesta sus deseos y ánimos de correr por el camino de la perfección.

Antes de imponerse en él las reglas que había de guardar para tenerlo como es debido, ensalza la importancia de este punto, observando que “este examen es uno de los más útiles y proporcionados que puede traer un novicio”. Hácese luego cargo de que a los comienzos es muy difícil conocer las faltas e imperfecciones todas, y notarlas con la puntualidad que pide el ejercicio de este examen: pero, como su espíritu jamás se rindió a dificultades aun desde los primeros días de su noviciado, pone para allanarlas estas cuatro advertencias que inventó para su dirección, y sirven grandemente para la de cuantos deseen imitarle.

La primera y como preliminar dice así: “Es necesario saber de antemano las perfecciones que pide cada uno de los ejercicios espirituales para su perfecta ejecución”. La segunda es que “al principio no se empeñe en todas las sutiles circunstancias de todos los ejercicios del día: escoja dos o tres de la mañana, y otros tantos de la tarde; y continúe en su espiritual estudio y diligencia hasta que llegue a hacer perfectamente todos ellos”. La tercera, que “si señala por la mañana los ejercicios, pongo por caso, de ofrecer las obras a Dios luego que se levanta y tener bien la oración, escoja por la tarde otros dos diversos, como rezar devotamente el rosario a Nuestra Señora y hacer con fruto la lección espiritual”. La cuarta dice: “Puédese traer examen del mismo examen particular, mirando, por ejemplo, si observa las cuatro adiciones de nuestro P. San Ignacio” para hacerlo bien, y así de lo demás.

Después de estas advertencias y consideraciones individualiza las faltas que se pueden cometer en los ejercicios espirituales. Para anotarlas que no se le olvidasen, tenía casi de memoria un manuscrito que, aprobado por los Superiores y compuesto de algunas prácticas más seguras de lo santos y doctores místicos, andaba de mano en mano por aquel tiempo en Villagarcía, y servía mucho para adiestrar a los jóvenes en la manera de cumplir todas las obras ordinarias con la perfección que piden nuestras reglas (2). En este manuscrito que los novicios todos copiaban para su instrucción, iba cada cual añadiendo lo que aprendía con la experiencia, y también las faltas que observaba en sí o quería especialmente evitar: de modo que venía a ser una especie de memoria por donde se conociese lo que cada uno era en el noviciado, y la perfección a que anhelaba en los diversos ejercicios que en él se contenían.

Decía el primero: Levantarse religiosamente. En este ejercicio notó el P. Bernardo las siguientes faltas para su examen particular, señal cierta del horror con que las miraba y del cuidado con que las precavía: 1ª. “No ponerse en la presencia de Dios a la primera señal de la campana: 2ª. No persignarse devotamente: 3ª. No oír la voz de la campana como voz de Dios: 4ª. No vestirse con puntualidad y sin pereza: 5ª. No considerar que su santo ángel de la guarda le dice: Levántate prontamente: 6ª. Dejar alguna de las oraciones que los novicios dicen en tiempo de vestirse: 7ª. No rezarlas con devoción y espíritu: 8ª. No dar al Señor gracias con ellas, especialmente por los beneficios recibidos aquella noche: 9ª. No pedir gracia con las mismas para servir fielmente a Dios en este día: 10ª. No besar afectuosamente la sotana cuando se la viste, a imitación del V. H. Juan Berchmans: 11ª. No salir de la cama con toda modestia: 12ª. No hacer reverentemente genuflexión al santo crucifijo al salir del aposento: 13ª. No tomar agua bendita con devoción, y no sólo por costumbre: 14ª. No salir del aposento imaginando que va en su compañía el santo ángel de su guarda”.

Al mismo tenor y con la misma individualidad va discurriendo el P. Bernardo por los demás ejercicios señalados en el manuscrito, como son: Ofrecimiento de obras, Preparación para la oración, Manera de tenerla bien, etc., y apuntando las faltas que en ellos se pueden cometer, para evitarlas con toda diligencia, y examinarse después de cómo las evitaba.

De sola esta muestra de atención y cuidado se puede argüir el fervoroso espíritu con que se aplicaría el joven novicio a cumplir sus más menudas obligaciones: de ella también, que nada tiene de extraño que ya desde los primeros días de religión apareciera a los ojos de sus compañeros y directores tan puntual y observante como arriba se dijo, y que de este modo se dispusiera, en cuanto un hombre se puede disponer, a las grandes mercedes con que muy pronto iba a favorecerle Nuestro Señor, elevándole como de improviso a la altísima contemplación que en su vida hemos admirado. Si bien ni aun entonces remitió él un punto de su fervor antiguo y empeños de principiante. Siempre hasta la muerte conservó aquellas piadosas prácticas de sus primeros días: siempre la misma exactitud en las cosas aun más ligeras al parecer, las mismas industrias de cuando novicio de catorce años, las mismas devociones aunque muy aumentadas, las mismas virtudes y ejemplos de santidad, sin nunca olvidarse de su manuscrito de Villagarcía y de aquel axioma certísimo de la vida espiritual, que la perfección regular no consiste en los favores de Dios, por extraordinarios que sean, sino en la fiel correspondencia a ellos, y en la guarda pronta, cumplida y perseverante de las reglas y estatutos que cada uno profesa conforme a su estado.

Bien preparado desde la víspera y el primero a la mañana al toque de la oración, dejábase llevar en ella del soplo del divino Espíritu, procurando en lo que de él pendía atenerse en todo a los avisos y método común de su Padre y maestro San Ignacio. En la misa comulgaba siempre espiritualmente, cuando no podía de otra manera, así por los grandes frutos que experimentaba su alma con tan sólida devoción, como porque el Señor le había dado a entender que le era sumamente agradable la comunión espiritual. De aquí le nacía aquel ímpetu amoroso que le arrebataba hacia su Dios, y de cuya presencia no acertaba a separarse por ningún contratiempo, viviendo vida de ángel entre los hombres, y tratando más en el cielo que en la tierra, en compañía de los Santos. Con ellos era su conversación más ordinaria; y de ellos se valía en sus necesidades con la confianza y familiaridad que inspira su trato íntimo, de la Virgen, sobre todo, en quien ni pensar podía sin enternecerse.

Rezábale el Oficio parvo con el mayor recogimiento, y el Rosario con los afectos y dulzuras que la misma soberana Reina de los cielos le comunicaba con frecuencia: añadía indefectiblemente el Salterio compuesto, a imitación del de David, en alabanza de la Señora, y que vulgarmente llamamos Piissima. Hacíale además muchas novenas entre año, previniendo con esta devoción sus principales festividades. Sólo que estas fervorosas novenas no se reducían a las oraciones que en ellas se rezan comunmente: éranlo también de largos ratos de meditación, de penitencias, bien públicas en el refectorio, bien secretas en su aposento, de ayunos, disciplinas, cilicios y otras austeridades y humillaciones que inventaba su ingeniosa piedad.

N o contento con esto, hizo sacrificio de sí mismo a la augusta Reina, ofreciéndosele por esclavo, y renovando su carta de esclavitud en aquellas solemnidades con tanto agrado de la Señora, que quiso tenerle no sólo por fiel esclavo, sino también por hijo suyo muy favorecido. Para corresponder a tan particular merced, dispuso luego el P. Bernardo una fórmula de filiación a su bendita Madre, con que se consagró por amante hijo de María: fórmula que extendió entre sus confidentes para que también ellos se le consagrasen, y copiaremos en lugar más oportuno. Esta devoción tierna y eficaz a la Virgen Nuestra Señora tuvo siempre el P. Bernardo por una de las más especiales gracias del Señor: a ella atribuía en gran parte su tal cual progreso en la virtud, y aun la perseverancia en la Compañía.

Otra de las gracias que para esto le dispusieron fue, por confesión propia, la sinceridad y claridad extrema de conciencia desde los primeros días del noviciado. Revelole Dios años adelante que, a no haber procurado tenerla, no sólo no hubiera recibido de su divina mano los dones y regalos extraordinarios con que le enriqueció, mas que indudablemente hubiera faltado a su vocación y condenádose por toda la eternidad. Es indecible lo que este aviso del cielo sirvió al P. Bernardo para procurar esmerarse más y más cada día en el ejercicio de una virtud tan necesaria y recomendada a todos sus hijos por nuestro P. San Ignacio. Ya vimos en su lugar los medios de que se valía desde que la conoció para no tener oculto el más leve pensamiento, malo ni bueno, que no fuera a descubrir en seguida con toda llaneza a sus Superiores y directores espirituales.

Vimos también la práctica de las demás virtudes con que la acompañó, terminando sus fervores de la vida común de novicio con la perfección y caridad con que desempeñó su molesto oficio de distributario, dejando unido a él su nombre para elogio en Villagarcía, como antes lo había dejado en Malinas su gran modelo y ejemplar San Juan Berchmans.

“Pedía al P. Rector con tan apacible gracia los alivios que lleva el estilo del Noviciado, que parecía irresistible su modo de pedir”, según afirma el P. Loyola. Pues luego, cuando por la obligación de su cargo se hallaba precisado a avisar alguna falta de sus Hermanos, visitaba antes el Santísimo Sacramento para hacerlo como es menester y solo por caridad; y si el Superior imponía alguna penitencia al culpado, gobernábase de manera que muchas veces lograba el inocente delator que se le permitiese a él cumplir la que debía el otro por su descuido: tan exactamente procuraba imitar cuanto le fuera posible al santo distributario de Malinas.

Pero había leído que éste formó, siendo ya estudiante, una academia espiritual entre sus condiscípulos del Colegio Romano, y también él consiguió licencia de los Superiores para establecer una parecida entre sus connovicios, en la cual se tratase de las virtudes más propias de su estado, discurriendo en cada una sobre los provechos que de su práctica se podían obtener, los motivos que había para empeñarse en su adquisición, las dificultades que embarazaban y los medios que conducían a hacerse con ella, sacados sobre todo de nuestras reglas y del ejemplo de los varones ilustres de la Compañía que más florecieron en su ejercicio. Las leyes devotísimas de esta academia, cuyas sesiones que pudiéramos decir ordinarias, o de reglamento, se celebraban los días de campo o de recreación más larga que la de costumbre, regían también a su modo para las habituales de después de comer y cenar y demás de entre semana con maravilloso fruto de nuestros jóvenes.

Nunca iba a ellas el buen distributario sin haber antes implorado del divino Espíritu la discreción y el acierto en todas sus palabras, e inflamádose en el fuego de la caridad delante de su amor Jesús Sacramentado: al despedirse de su presencia, rogaba cariñosamente a sus queridos Hermanos San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka se dignasen continuar en su nombre los afectos que él se veía forzado a interrumpir por no faltar al recreo de obligación con sus connovicios.

Estos por su parte sentían un vivo placer en gozar de la conversación siempre instructiva y devota, pero siempre amena y alegre de su santo distributario; y aun experimentaban con sola su presencia un fervor que no se lo podían ocultar y un deseo encendido de parecerse a aquel joven, tan afable con todos en cualquiera ocasión, tan modesto y obsequioso a la vez, tan espiritual y práctico en la religiosa prudencia y simplicidad que difícilmente se alcanza después, cuando ya de novicio no se aprende y ejercita. Si bien ignorantes de los favores que el Señor depositaba en aquella alma feliz, y de la alteza de la santidad a que ya había subido y tan buena traza se daba a encubrir su compañero, no podían menos de ver lo que saltaba a sus ojos, y estimar en lo justo aquel dechado de observancia y perfección a que también ellos aspiraban.

Cautivábalos sobre todo su semblante siempre igual y risueño, su puntualidad, exactitud y constancia en las distribuciones, la dulzura y mansedumbre superior a lo resuelto de su natural fogoso, la destreza con que ocultaba cuanto bueno hacía para no ser notado: en fin todo lo que constituye el cúmulo de virtudes que tanto dificulta y realza lo que llamamos vida común, y mereció el honor de los altares a su modelo y nuestro.

Buen testimonio de ello nos dan estas palabras de un connovicio suyo, a quien particularmente quiso el P. Loyola consultar y pedirle su dictamen sobre el P. Bernardo, por saber que había sido uno de los que más íntimamente le trataron y con más diligencia le observaron en Villagarcía: éste es el P. Ignacio de Osorio, último Provincial que fue de nuestra Provincia de Castilla en el siglo pasado.

Responde al P. Loyola a 5 de Agosto de 1740, y le dice así: “En el tiempo que traté al P. Bernardo Francisco de Hoyos cuando novicio, noté mucho espíritu en su porte religioso”. Habla después de su prontitud y devoción en todos los actos de comunidad, que “se hacía distinguir aun entre el fervor de tantos novicios”, de la caridad que abrasaba su pecho y “salía regularmente a encender el rostro cuando hablaba en materia de amor divino”, de su desprecio del mundo que, según él se persuadía, “lo tenía comprendido con luz del cielo”, y de varias otras virtudes y máximas suyas que “serían argumento de mucha capacidad y largo ejercicio de virtudes en un religioso de muchos años”; y luego continúa de esta manera a nuestro propósito.

“El temple de sus afectos se descubrió”, dice, “igual siempre en lo exterior, sin la más leve quiebra por donde suelen traslucirse las pasiones que no están del todo sujetas, aunque parezcan amortiguadas. En la recreación, sin ofender a la modestia, era naturalmente dulce y agradable; y por el contrario, en tiempo de silencio, circunspecto y recogido. Hablaba siempre con mucho aprecio y estimación de nuestras reglas, contra las cuales nunca le noté, no sólo falta alguna de que me acuerde, pero ni aquellas sobras o demasías que hacen transgresores por carta de más a novicios muy fervorosos a quienes falta el régimen de la prudencia y discreción de que había dotado tan largamente el cielo al P. Bernardo en tan corta edad. A todas sus acciones me parece dio aquel punto que prescribe a cada una la delicadeza de nuestras reglas”.

“Cuán opuesto fuese al sistema de la hipocresía, lo manifiesta bien el desvelo con que solicitó siempre ocultar su virtud. En las disciplinas gustaba de aquellos instrumentos que, afligiendo más, sonasen menos: en los cilicios se esmeró en disimular su mortificación a costa del sufrimiento: cuando lograba licencia para desazonar la comida con ajenjos o ceniza, solía guardar su mortificación para la noche, donde pudiese practicarla con mucho disimulo, sin ser reparado de nadie, y cenando para mayor precaución bajo mesas. Ciertamente creo que fue muy digno de admiración lo que en este santo disimulo se señaló el P. Bernardo; y lo oculto de sus cosas me maravilla tanto como el primor y destreza con que practicó lo que fuera asunto arduo aun para los muy expertos”.

“Esto es sucintamente lo que me acuerdo al cabo de doce años que han pasado después que le traté. No dudo que tuviera mucho más que decir, si él no hubiera ocultado tanto, y mi corta edad me hubiera permitido reparar más”.

Tal es el voto unánime de los connovicios y compañeros del P. Bernardo a cuyo juicio apeló el P. Loyola, y cuyas mismas palabras demuestran la sinceridad con que se escriben. A los ojos de todos ellos aparece el P. Bernardo como un modelo de novicios, y luego de estudiantes, en quienes debe hermanarse la prudencia con el fervor, y la santidad con un aspecto de vida en que sólo se impriman las huellas de la más regular observancia, sin los rasgos ordinariamente sospechosos, por lo mismo que demasiado exteriores, y más por lo precoces, de una perfección a que apenas llegan los muy encanecidos en empresas gloriosísimas de la mayor gloria de Dios.

Así es que al P. Juan O'Brien, “habiéndole tratado y vivido con él cinco años, en el Noviciado, Artes y últimamente ya sacerdote en la Tercera Probación”, lo que más le obligó, dice él, “a formar un cabal concepto de su rara prudencia y de su sólida y consumada virtud”, fue “que supo debajo de un exterior común ocultar un tesoro de tan singulares dones y favores tan especiales como en todos estos estados pasaban por su interior. Digo un exterior común, por cuanto nada se echaba de ver en él de singular y extraordinario, bien que fuera todo tan nivelado a nuestras reglas, que siempre lo miré, novicio, estudiante y sacerdote, como un vivo retrato de ellas: y puedo decir que de cuantas acciones noté en él, no me atrevería a calificar ni una sola de falta de regla”.

Lo mismo asegura el P. Francisco Mucientes que trató con mucha familiaridad al P. Bernardo “casi todo el tiempo que vivió en la Compañía”, por haber sido connovicio suyo y luego condiscípulo en toda la carrera. Dice así en su dictamen de 20 de Agosto de 1740 sobre su buen amigo y compañero.

“Desde que le conocí en el Noviciado, noté en él un porte religioso muy singular por el mismo caso que parecía común y ordinario. No me acuerdo haber visto ni oído de él falta alguna de regla, sino antes bien una suma exactitud en la observancia aun de las más menudas: puntualísimo en las distribuciones del Noviciado, modesto, silencioso, humilde, rendido y obediente. Hacíanse visibles en su exterior una gran prontitud y aplicación solícita a la ejecución de lo que le encargaban los Superiores; una condescendencia extremada con sus Hermanos en cuanto podía sin contravenir a las reglas, mostrando tanto gusto y complacencia en servirlos y buscar sus alivios, que la vertía por el semblante de todas sus acciones y expresiones; una igualdad y constancia en su modo de proceder, que siempre era el mismo en todo y para con todos; siempre alegre, apacible, humilde, caritativo. Puedo decir con toda verdad que no he conocido otro que más demostrase la complacencia en dar gusto a sus Hermanos y condescender con ellos en cuanto podía. Más noté, y en realidad era más de notar, que todas estas virtudes las regulaba una prudencia extraordinaria, sin duda, en un joven de poco más de quince años. Testigos son de esta verdad todos cuantos más de cerca le trataron, de los cuales a algunos oí decir: Este niño es ya muy hombre.

“Estas y otras cosas que entonces resplandecían en este joven angelical, pudieran reputarse por flores de una tierna devoción, y no por frutos de virtudes sólidas: mas, a mi corto juicio, eran ya, tempranos sí, pero sazonados frutos singularmente de la caridad y humildad, que desde luego echaron altas raíces en su alma. Prueba de esto es el haber observado el mismo modo de proceder en el tiempo de sus estudios, con sola la diferencia de ser en este tiempo más frecuentes los actos de sus virtudes, y más difíciles, por las razones que todos saben”.

Con los connovicios y condiscípulos del P. Bernardo concuerdan también admirablemente sus Superiores y directores de espíritu, de los cuales, sólo traeremos aquí dos testimonios por no molestar.

Y sea el primero del P. Fernando de Morales que, como varias veces hemos dicho, fue su maestro y confesor en Medina del Campo, y luego le dirigió un año más en Valladolid. Después de un gran elogio que hace el P. Morales de las virtudes que notó en su discípulo y penitente, concluye así la primera parte de su honorífico dictamen de 18 de Diciembre de 1739. “El trato era afable”, dice, “hablando cuanto podía de cosas útiles, pero acomodándose fácilmente a lo que dictaba la prudencia, huyendo de los extremos en que alguna vez incurren los que se hacen a profesar alguna virtud especial (cuales son la tristeza afectada en el semblante, dar consejos a otros importunamente, y otros semejantes); de que puede ser buena prueba que la virtud no vulgar del P. Hoyos ni fue enfadosa, ni aun bien conocida de los que vivían con él, que sólo llegaron a advertir su puntual exactitud en la perfecta observancia de las reglas, y que se guardaba de las faltas más ligeras. En fin, concluyo este punto con la reflexión que varias veces he hecho, y es que apenas podría encontrarse virtud más llana que la suya, ni más distante de exterioridades impertinentes”.

Para digno remate de lo que el P. Bernardo estimaba la vida común, y de la habilidad con que todo lo dirigía a ella aun a costa de cualquiera sacrificio, escribe su último confesor e Instructor de Tercera Probación, el P. Diego de Tobar, que, habiendo observado con suma diligencia todas sus acciones por el “deseo de no errar en la dirección de su espíritu”, lo que más le admiró entre todas sus gracias y virtudes, fue “el cuidado con que ocultaba muy a lo natural cuanto bueno hacía; de suerte que, quien no tratase íntimamente su alma, creería que no tenía pasiones, pero no que las vencía: así, aun los que vivieron con él algunos años, nunca llegaron a conocer que el P. Bernardo fuese hombre de extraordinaria santidad”.

Parece imposible hacer en menos palabras mayor alabanza de la santa hipocresía del P. Bernardo; pero aun es pequeña para quien recuerde los favores que recibía del Señor y la solicitud con que los encubrió de la vista de sus compañeros.

A cuyo fin tampoco cesaba de rogar a su amor Jesús que, pues quería favorecerle con tantos gustos y dones sobrenaturales, fuese a lo menos en secreto, sin que nadie en este mundo lo sospechara: y aun veíasele harto claro que, a no ser otra la divina voluntad, la suya hubiera sido de carecer por completo de semejantes gracias y dulzuras, y seguir, como en muchas ocasiones se lo repitió, por el camino llano y ordinario de los mandamientos de la ley de Dios y las reglas de la Compañía.

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(1)   Vida del Bienav. P. Ignacio de Loyola, (libr. V, al princ.).

(2)    Este manuscrito fue años después el modelo de las Practicas Espirituales. Para el uso de los Hermanos Novicios de la Compañía de Jesús, del Noviciado de Villagarcía. Por el P. Francisco Xavier de Idiaquez de la misma Compañía. En Villagarcía. En la Imprenta del Seminario. Año de 1760. (en 8º de 152 págs. s. 3 hojs. p. n.). Reimprimiéronse en Madrid; 1858. Imprenta de Tejado, a cargo de Francisco de Robles, Leganitos, 47. (igualmente en 8º de 195 págs.).

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888