Ordénase de sacerdote el H. Bernardo, y favores que recibe en sus primeras misas. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte. Año 1888. Parte tercera, capítulo 9, con notas del P. Postigo)

Difícil sería explicar todos los sentimientos de amor y humildad que pasaron por el espíritu del H. Bernardo en el tiempo ya vecino, y más en el acto solemne de recibir las sagradas órdenes. Sentía un religioso pavor los días inmediatos; y las vísperas, sobre todo, de acercarse a ellas, asaltábale un asombro tal y reverente confusión tan íntima, que no hallaba otro remedio para no desmayar que el de acudir a su P. Rector 1 y, puesto de rodillas delante de él, obligarle con lágrimas y suspiros a que le diera su bendición, y expresamente le intimara la voluntad de Dios y de los Superiores que le mandaban ordenarse a pesar de su indignidad.

Recibió el subdiaconado día de la Expectación del Parto de Nuestra Señora, 18 de Diciembre; de cuya coincidencia se alegró en extremo su querido hijo, “porque fuese”, dice, “con la protección de nuestra dulcísima Madre, como lo experimenté”.

Ordenóse de diácono el último día del año, que justamente cayó en viernes y causó particular consuelo en el ánimo del fervoroso joven. Aprovechó esta circunstancia para repetir y hacer nueva entrega de sí mismo, de todos sus pensamientos y deseos, y de cuanto pudiera valer y trabajar a honra y gloria de su amor Jesús, dirigiéndola a su amante Corazón por medio del glorioso evangelista San Juan, su amado condiscípulo, como él le llamaba. Quiso servirse ahora con especialidad de sus empeños y valimiento porque sabía cuán grata le era esta comisión y confianza, y deseaba además pagarle el cariño con que cuatro días antes le había ofrecido un señaladísimo favor. Pues se le apareció con un semblante muy amoroso en su fiesta, 27 de Diciembre, junto con San Francisco de Sales, y prometiole ser su padrino en el sacerdocio: lo mismo hizo su compañero, y despidiéronse de él hasta el domingo inmediato.

Era éste el día 2 de Enero de 1735 2, en que había de ordenarse de sacerdote. Despertado muy de mañana por el ángel, no veía la hora de unirse más y más estrechamente con el Corazón de su Dios y Señor, hasta que, “al ir al palacio del Ilmo. Sr. Obispo, me asaltó”, dice él, “un estremecimiento más que regular, nacido de la claridad con que en la oración se me puso delante, por una parte, la dignidad altísima del sacerdocio, y, por otra, mi casi infinita indignidad. Aturdido de este vivo sentimiento, sin atreverme a llegar a recibir este orden, acudí al sagrado Corazón para que con sus riquezas vistiese mi alma, para que no apareciese tan corrida: pero no me serené hasta que, postrado ante mi P. Rector, oí me mandaba expresamente que fuese a recibir el sacerdocio por obediencia; y aquí se hizo gran tranquilidad (1), y todos los afectos de temor se convirtieron en amor”.

“Al ir en el coche (2), se me representaba que, como éste me llevaba sin tocar en la tierra en lo visible, así en las manos de la obediencia y providencia divina iba conducido invisiblemente sin afecto de tierra, lo cual me consoló; y en esta consideración fui entretenido, convidando interiormente a los Santos mis devotos, particularmente a San Juan Evangelista y a mi santo director San Francisco de Sales, como padrinos, para que me asistiesen y favoreciesen con sus oraciones en un acto de los mayores que había de hacer en mi vida. Experimenté su asistencia, porque, estando postrado mientras se invocaba la corte celestial con las letanías, vi cómo estaban presentes los dos con nuestro Santo Padre, San Francisco Javier y las Santas mis devotas, a quienes me había encomendado”.

“Al tiempo de recibir la potestad sacerdotal, sentí, porque más fue tacto espiritual que visión, la mudanza que se obraba en mi alma, mirándola hermoseada con el carácter, que reconocí y entendí lo que era, en sí, mejor que lo había concebido con las luces especulativas de la teología. Pero, sobre todo, al pronunciar el Ilmo. aquellas palabras: Accipe Spiritum Sanctum, me llené todo de un sagrado pavor, percibiendo interiormente la compañía de tan divino huésped, en las nuevas especiales gracias y dones que como por vista de ojos se me comunicaban. También me declaró el Señor en este punto, cómo este Sacramento había tenido su origen de la fuente purísima de su Corazón sagrado 3, del cual se me comunicaba la potestad de comunicar los tesoros de su preciosa sangre: y esto entendí con una dulce visión, en que vi cómo influía este divino Corazón en mi alma lo que las palabras del Obispo significaban, en uno como rayo de luz, aunque no era luz ni rayo, sino otra cosa especial para cuya significación no encuentro término propio”.

“En la comunión se abrazaron los dos amantes (es decir, el Señor y el mismo H. ya P. Bernardo), y mi alma desahogó algún tanto el sagrado asombro y admiración de misterios tan soberanos como en sí experimentaba. Lo que en este breve rato pasó entre el alma y Dios, no se puede explicar con palabras: aun físicamente me parecía hallarme mudado en otro hombre, y tenía una como cierta reverencia de mí mismo”.

“Fue forzoso estar con S. S. l. 4 algún tiempo después de acabada la ordenación, cuando yo quisiera más estar retirado con mi Dios: pero, aunque hablando con los hombres, estaba muy lejos de todas las cosas humanas, y como absorto y sepultado en mí mismo. Lo mismo experimenté los días siguientes entre la bulla de Navidades hasta el día de mi primera misa, que fue el de Reyes”.

“Preparéme estos días intermedios con aquellos afectos que mejor que yo sabe el Señor. El que más sobresalía, era una aniquilación en mi nada con que me arrojaba en manos del Señor, entregándome del todo a la potestad del amor de su Corazón para que así acertase mejor a cumplir sus deseos, celebrando la primera misa, o dando principio con ella a celebrar todas las demás en obsequio del Corazón sagrado, como sacerdote propiamente suyo, consagrado y dedicado a su culto con toda la especialidad que V. R. sabe, y que el mismo Jesús me dio a entender en estos días con sus celestiales luces: y en este punto no puedo decir más. Particularmente le pedía retirase toda cosa exterior, y no permitiese que saliese afuera lo que en lo interior se dignaba favorecerme; porque ciertamente me parecía imposible llegar yo a tener en mis manos aquel divino amor, centro de mis ansias, si no retiraba o templaba la claridad de sus luces y la actividad de sus amores”.

Llegado el día de Reyes, 6 de Enero, que fue el de su primera misa, recibió tales favores el nuevo sacerdote, que ni él mismo acierta a declararlos. Empezaron por la renovación de los votos, que se tenía en la misma fiesta; y los acompañó una circunstancia que no carece de misterio, según el P. Loyola, que la refiere en estos términos.

“Por los secretos y admirables fines que no sé decir”, así él, “celebró Bernardo su primer sacrificio en el Colegio de nuestro P. San Ignacio de Valladolid, siendo sujeto del Colegio de San Ambrosio: singularidad que habrá acaecido pocas veces, si ha sucedido alguna, lo que ignoro; porque siempre nuestros sacerdotes dicen su primera misa en el Colegio en que residen. La casualidad visible y natural fue ésta. Hallábase ya de Rector del Colegio de nuestro P. San Ignacio el P. Manuel de Prado que acababa de ser Provincial de nuestra Provincia de Castilla. Como este Padre estimaba y amaba tanto a Bernardo, y le había solicitado la dispensación de edad para ordenarse, y conocía íntimamente su espíritu por las muchas veces que nuestro joven le había manifestado todos los secretos de su conciencia, quiso tener el consuelo de ser su padrino en la primera misa. El Rector de San Ambrosio convino gustoso en dar este especial consuelo al Rector de San Ignacio, y le envió su súbdito para que con su asistencia celebrase el nuevo sacerdote”.

Pero, antes de salir éste de San Ambrosio, renovó aquí sus votos con una solemnidad no acostumbrada. Mostrósele el Señor poco antes de que empezara él a pronunciar la fórmula: venía “acompañado”, dice el mismo que lo vio, “de su dulcísima Madre, de San Juan Evangelista, de San Francisco de Sales y San Francisco Javier, que habían de ser mis padrinos: y por otro lado estaban nuestro P. San Ignacio, San Luis Gonzaga y los dos VV. PP. Padial y la Colombiere, con las cuatro regaladas Esposas del Corazón de Jesús, Santa Gertrudis, Santa Teresa, Santa María Magdalena de Pazzis y la V. Margarita”.

“Delante de esta celestial comitiva, a que acompañaban muchos ángeles, en especial los de mi guarda, declaró el buen Jesús el amor con que su Corazón amaba a esta ingrata criatura, movido solamente de su bondad, para que ésta luciese más junta con mi ingratitud; la elección que había hecho de mí para procurar su culto; y finalmente el designio de su providencia en haberme elevado al sacerdocio antes del tiempo regular (de todo lo cual recibí mil parabienes de todos aquellos bienaventurados); y que antes quería que en su presencia renovase yo los votos de mi parte, para renovar él luego de la suya el desposorio que había celebrado con mi alma. Todo ello se hizo con circunstancias de mucho consuelo y confusión mía: y los tres Santos ofrecieron asistir a mi primer sacrificio como padrinos, y nuestro Santo Padre, como a quien tanto tocaba, y las Santas, como quienes tanta gloria recibían de las glorias y obsequios del Corazón de Jesús, su esposo, a cuyo culto se habían de dirigir desde éste todos los demás sacrificios que yo celebrase; pero todos habían de asistir invisiblemente, por los altos fines del Señor”.

“En esto llegó el tiempo de salir para el Colegio de San Ignacio. Cesó la visión, y sólo quedó la amable vista de muchos ángeles de guarda, que me acompañaron hasta llegar al santo altar: y noté una diferencia semejante a la que se lee de aquel sacerdote de quien se habla en la Vida de San Francisco de Sales. Porque el ángel propiamente diputado para mi guarda, del coro inferior, que antes tenía la derecha, ahora estaba a la siniestra; y el otro, que por especial favor me ha señalado el Señor, de más alto coro, que antes estaba a la izquierda, estaba ahora a la derecha: todo en significación de la dignidad sacerdotal, que es tan reverenciada de los mismos ángeles”.

“Llegado al altar, cesó la visión de éstos, y me hallé asaltado de un sagrado horror y de un pavor reverente, el cual serenado poco a poco, proseguí sin tropezar, admirando mil misterios en todas las palabras de la santa misa, y en su significación, principalmente en el canon y en la consagración. Fuera cosa que llenara muchos pliegos individualizar cuanto aquí sentí, y cuanto pasó en mi interior. Tuve muy presentes a VV. RR., todas sus cosas, todas las del Corazón sagrado, el fin que de mis sacrificios pedía, y todo aquello que pudiera haberme borrado la novedad de tan grandiosa acción”.

“Sólo advierto que, precaviendo el Señor toda cosa exterior, me comunicó todos sus favores por un modo más elevado, apartado de lo sensible, y con unos sentimientos altísimos y, al mismo tiempo que llenos de dulzura, muy sólidos, y muy semejantes, en lo espirituales y poco sensibles, a los sentimientos de la fe. Y desde este punto parece que en cierto modo ha mudado el Señor de conducta en mi espíritu; pues, no siendo tan frecuentes los favores, revelaciones y luces sensibles, son continuos estos otros favores y luces más altas: de suerte que, así como la dignidad sacerdotal me ha colocado en otra esfera superior, así las gracias del Señor lo son de otra tan alta y sólida como aquélla”.

“Concluyo diciendo que en las gracias después de esta misa sentí en este mismo modo mil favores del Señor, y de mi parte me sacrifiqué de nuevo a mí, a mi alma, mi corazón, potencias, sentidos y cuanto soy a su voluntad, culto y gloria, y al bien de las almas”.5

Cual fue esta primera misa del día de Reyes, que tan suavemente nos describe el P. Bernardo, tales fueron las demás que dijo en el resto de su vida. La misma preparación en cuanto le permitían sus ocupaciones, si ya no es que le duró aquella primera hasta la muerte; el mismo fervor y ansias amorosas de juntarse y hacerse uno con su Dios; el mismo espíritu e intención de resarcir las injurias cometidas contra el Corazón divino. Por donde nada tiene de extraño que siguiera también favoreciéndole el Señor con las mismas dulzuras e inteligencias y aun mayores, si cabe, que la vez primera, y que ningún tiempo apreciara tanto el nuevo sacerdote como aquél que gastaba en el altar o en las gracias después de haber celebrado.6

Dábalas muy de corazón y espacio el 13 de Enero, octava de su primera misa, y en ellas “me pareció”, escribe después, “que el buen Jesús tomaba mi alma, y la presentaba ante el tribunal de la Santísima Trinidad, diciendo a su Eterno Padre: Esta alma, Padre mío, he escogido para que esté totalmente consagrada a los desagravios de mi Corazón, y para que aplaque vuestra justa indignación ofreciéndoos a mí mismo en sacrificio; para lo cual la he honrado con el sacerdocio. El Eterno Padre con expresión de grande majestad y amor aceptó la oferta y como aprobó la elección, declarándome lo elevado de este designio para que había sido escogido, y prometiéndome su poder para que mi obligación se desempeñase. El Verbo Divino, en cuanto Dios, me declaró quería formar en mí una imagen de aquel Corazón que unió consigo mismo hipostáticamente, prometiéndome comunicar algo del sufrimiento de aquel su Corazón pacientísimo. El Espíritu Santo me dio a entender quería por mi medio influir en muchas almas algo de aquel divino amor del Corazón santísimo, esfera de este fuego sagrado. Aquí procedió de mi parte la renovación de mi oferta, en que de nuevo entregué al Corazón sagrado la acción que pudiera tener sobre mis cosas, y en especial en los sacrificios de la misa; y aceptándola también el Señor de nuevo con muestras de especial cariño, quedó él encargado de cumplir con mis obligaciones de obediencia, caridad, etc. Todo esto fue por un modo puramente intelectual y apartado totalmente de los sentidos”.

El 1º de Abril, día en que este año de 1735 se celebraba la fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, fueron muchas las mercedes y luces que también recibió en la misa el P. Bernardo, sobre todo “después de ]a consagración”, dice él, cuando “se me mostraron los dos divinos Corazones de Jesús y María como dos espejos clarísimos, que con la mutua reverberación se herían con los más agudos dolores que se pueden concebir. Enseñóseme la práctica de valerme del un Corazón para con el otro”.

El 6 de Mayo, que es el día de San Juan ante portan latinam, 7 este gloriosísimo discípulo del Corazón de Jesús”, escribe su querido Hermano, “me asistió casi todo el tiempo de la misa, y al comunicárseme aquel singular favor de introducirse mi alma en el Corazón sagrado a contemplar más de cerca sus penas y dolores, me pareció que me conducía este mi amable Santo hasta introducirla en aquel palacio augusto de la divinidad; y al mismo tiempo me dio a entender con cuánta razón se le da, en la Vida de Santa Gertrudis el título de Portero del Corazón de Jesús: por lo cual es casi inseparable el amor al Corazón de Jesús de un tierno afecto a este Santo Evangelista”.

Mas, no siéndonos posible descender en particular a los innumerables favores que por todo este tiempo recibió el P. Bernardo en el sacrificio de la misa, como tampoco le fue a él exponer ni siquiera insinuar aun la menor parte de ellos, concluiremos con las palabras mismas con que el bendito joven da fin a su relación en esta materia, y dicen así:

“En la misa es donde tengo toda mi alegría, todo mi consuelo y alivio en medio de las mayores aflicciones: en ella se me dan sentimientos altísimos de la majestad de aquel Señor, cuya presencia siento tan palpablemente, que me hallo inmutado por lo regular desde la Consagración. En el tiempo de consumir son especiales los rayos de luz con que se ilustra mi fe, y los ardores soberanos en que se abrasa el alma, que se entiende allá con el Corazón de su Dios. Hasta aquí tenía gran confianza en mis oraciones y peticiones, estribando en la intercesión del Corazón de Jesús: ahora no dudo conseguir cuanto pido, si es para mayor gloria de Dios. Paréceme que en el altar no me puede negar nada el Eterno Padre; porque me revisto de una santa animosidad magnánima, fiado en lo que ofrezco, y me hallo con semejantes sentimientos a los que el V. P. la Colombière tenía acerca de la grandeza de este gran sacrificio. Aquí quedo yo como triunfando: porque me parece que no sólo pago por mí, y por todo el mundo, sino que el Eterno Padre me queda deudor. A veces, en confirmación de lo fundado de esta mi santa presunción, en la misma misa me ha declarado una voz del Eterno Padre la complacencia que tiene en su Hijo y en su Corazón, y cómo esta complacencia puede darme atrevimiento, aun a vista de mis pecados e ingratitudes, para presumir cuanto puedo pensar; pues todo se refunde en los méritos de Jesús, cuyo ministro soy y cuyas veces hago”.

Tales eran y de tanto precio y enseñanza las mercedes que casi diariamente recibía del Señor en la misa el dichosísimo joven a quien bien podemos apellidar, por sus gracias, dignidad y empleo, Sacerdote del Corazón de Jesús.8

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(1)     Matth. VIII, 26: Marc. IV, 39.

(2)     “Porque el Ilmo. Sr. Obispo (Don Julián Domínguez de Toledo) que había de ordenar a nuestros Teólogos, se dignó honrarlos con la benigna expresión de hacerlos conducir en su carroza a palacio”.-Nota del P. Loyola.

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1 Era entonces el P. Francisco de Rávago, que ya conocemos por notas anteriores.

2 Se han dado unas fechas de ordenación del P. Bernardo de Hoyos que no coinciden con la realidad, excepto en una fecha. Las fechas dadas por los autores que han escrito del P. Hoyos son las mismas en todos ellos, y esto por la sencilla razón de que todos han bebido en la misma fuente, que es el manuscrito del P. Juan de Loyola, o han transcrito esas fechas del libro del P. José Eugenio de Uriarte, cuya primera edición vió la luz en 1888 (y es la que aquí se está transcribiendo) y la segunda lo hizo en 1913, y también él cita las fechas del P. Loyola. Se dan estas fechas para las órdenes recibidas por el P. Bernardo: subdiácono el 18 de diciembre de 1734, diácono el 31 de diciembre y presbítero el 2 de enero de 1735. La primera fecha es verdadera, pero no así las otras dos. Las órdenes tuvieron lugar en estos días: subdiaconado el 18 de diciembre de 1734, fiesta de la Expectación del Parto; diaconado el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes; y presbiterado el 30 ó 31 de diciembre. Así aparece en el Libro de Ordenes que se conserva en el Archivo de la diócesis de Valladolid. El Sr. Obispo, Don Julián Domínguez de Toledo, los días 17 y 18 de diciembre de 1734, confirió sagradas órdenes a un buen número de ordenados, entre los cuales aparecen citados, como ordenados de epístola (esto es, de subdiáconos) Bernardo de Oyos (sic), Francisco Mucientes y Manuel Pereira, de la Compañía de Jesús. Poco más adelante aparecen de nuevo sus nombres, ordenados de evangelio (es decir, de diáconos) "en 28 de Diciembre, día de los Inocentes". Y en el folio siguiente (el 206) se dice "En el día 30..., día de San Silvestre, ordenamos a los referidos de misa...". ¿Cuándo fue Bernardo ordenado de Sacerdote? El día 30 o el día 31, que era la fiesta de San Silvestre? Pensamos que es más probable que lo fuera el día 31 y que la cifra del 30 fuera sencillamente un error o despiste que tuvo el que la escribió, ya que nunca el día 30 fue fiesta de San Silvestre. (folios 204-206). De lo que no puede haber duda es de la fecha de Epifanía (6 de enero de 1735) como día en que Bernardo dijo la Primera Misa.

3 Al narrar San Juan evangelista el episodio de la Lanzada dirá que "al punto brotó sangre y agua". La reflexión teológica de este pasaje ha querido ver en ello el nacimiento de la Iglesia y de los Sacramentos, uno de ellos el Sacramento del Orden sacerdotal, como aquí dice Bernardo.

4 Su señoría ilustrísima, es decir, el obispo de Valladolid, Don Julián Domínguez, que fue quien le ordenó de presbítero en su capilla privada del Palacio de Fabionelli, actual Museo arqueológico de la ciudad.

5 Se trata de gracias y consolaciones espirituales de más subidos quilates y menos arraigadas en los sentidos y sentimientos.

6 En esto imitaba, de algún modo, Bernardo la conducta de San Ignacio, quien gastaba en la preparación y acción de gracias de la Santa Misa dos y hasta tres horas.

7 Esta fiesta ya no se celebra después de la reforma del calendario litúrgico, hecha después del Vaticano II.

8 Precioso título éste que da el P. Loyola a Bernardo de Hoyos: Sacerdote del Corazón de Jesús.


 

 

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"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888, con notas del P. Postigo