Parte tercera, capítulo 6. Consigue por fin el H. Bernardo que se imprima su tan codiciado librito. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
El día mismo de la Resurrección, 25 de Abril, y a tiempo que cesaban sus amorosos ímpetus, comenzó el H. Bernardo una fervorosa novena con que prepararse al feliz aniversario1 del gran hallazgo de su tesoro en el Corazón divino. Agradeciósela su amor Jesús el día 3 de Mayo, que era el del aniversario, y dióle a entender que debía considerar en adelante como uno de los mayores favores de su vida el haberle escogido él mismo entre millares para propagar la devoción y el culto de su Corazón.

Apenas recibida esta inteligencia, escribe así a su querido P. Loyola: “iOh, Padre mío, qué felices somos! jQué dicha tan grande, que el Señor nos haya abierto los tesoros de su Corazón! ¡Oh, qué fortuna, que nos haya querido, aunque tan inútiles, por instrumento para extender su culto! ¡Oh, amado Padre, ofrezcámosle nuestros corazones, nuestras vidas y nuestra sangre, todo consagrado a su Corazón y a la propagación de su culto! iOh, si yo pudiera tener una voz que se oyese en todo el mundo, para clamar y descubrir a los hombres este tesoro escondido! ¡Oh, quiera el mismo Corazón dar eficacia a nuestras ideas, y perfeccionar lo que por nuestro medio se ha dignado empezar en España acerca de su culto!”.

En estas ideas entraba como en primer término su librito del Tesoro escondido de que arriba queda hecha mención, y que, pasado por la censura de los PP. Revisores en España, aguardaba la licencia de Roma para que se pudiese dar a luz: pues el Provincial de Castilla, que entonces era el P. Manuel de Prado, recelando, a pesar de su empeño en complacer al joven, el efecto que produciría entre nosotros la novedad del asunto que en él se trataba, y deseoso también de que saliera más autorizado con la suprema aprobación  de Roma, había remitido allá la censura favorable de los Revisores, hacia principios de este año de 1734, sometiéndola, para mejor acierto, a la prudencia y examen del P. General.

Por el mes de Marzo todavía ignoraba nuestro H. Bernardo el éxito que tendría la pretensión de su librito: de aquí aquellos torcedores que durante la novena de San Francisco Javier vimos que apretaban su corazón con la tardanza, y cedieron algún tanto con la promesa del santo Apóstol.

Ya estaban a punto de ceder del todo, y preparabase el P. Provincial, con el buen despacho que tuvo en Roma, a dar la licencia “doblemente autorizada”, cuando llegó noticia a Valladolid de que el P. Calatayud, a quien no dejaba vivir2 el H. Bernardo con que “imprimiese algo del Corazón de Jesús en sus misiones”, acababa de publicar en Murcia un librito que tenía por título: Incendios de amor sagrado, respiración amorosa de las almas devotas con el Corazón de Jesús su enamorado. Con esta noticia, que al principio causó inefable gozo en el ánimo del H. Bernardo y sus amigos, vinieron casi a arruinarse poco después todas sus esperanzas. El P. Provincial, al saber que había ya impreso un libro de la materia que buscaba nuestro joven, creyó inútil segundarlo; y así, desistió de extender la licencia hasta nueva ocasión o mayor luz en el negocio.

¿Quién dirá la herida que este golpe abrió en el corazón del H. Bernardo? Grande fue, sin duda, mas no tanta que bastase para hacerle perder la tranquilidad de su espíritu, y menos desmayar en su empresa. Lamentándose de la nueva desgracia que a todos alcanzaba con el librito del misionero, escribíale cariñosísimo su Hermano el P. Agustín, y “veremos si aquél es a la medida de sus deseos”, le decía el 30 de Abril, en el supuesto de que, si no lo era, entonces podrían echar mano de cuanto fuera menester para salir con la demanda: lo cual equivalía a aconsejarle que aguardase un poco. Pero esta vez no quiso avenirse ni aun al consejo tan prudente de su amigo, a quien otras seguía con tanta prontitud y sumisión. Estaba persuadido de la necesidad de que se imprimiera su Tesoro, tenía además algunas prendas de que, no remitiendo ellos, tarde ó temprano se había de imprimir; y cuanto no fuera hablarle en esta sentencia, era para él como predicar en desierto: imposible conseguir de su celo y ardor que se diera a partido ni convenio en este punto.3

Así se mantenía inexorable el 3 de Mayo en que le visitó el Señor, y más aún el 8, fiesta de su gran abogado y protector San Miguel Arcángel.4 Apareciósele éste en ademán muy gallardo y victorioso; y como le declarase el joven con algún sentimiento el estado en que se hallaban sus cosas del Corazón de Jesús, y le urgiese a que se encargara él de perfeccionarlas, le respondió el santo arcángel “que ya estaba encargado del asunto de parte de la Santísima Trinidad, pero que se había de conseguir por los pasos y medios de la divina providencia, procediendo en esto como si fuese causa de los efectos del divino Corazón: que los hombres que tanto lo deseaban, cooperasen de su parte lo que pudiesen, y que después se dejasen en manos de la divina voluntad: que el Señor echaría la bendición a sus deseos, y éstos se lograrían aunque por medios, al parecer, contrarios”.

“Creo que esto último”, añade por su cuenta el H. Bernardo, “alude a nuestro librito, del que parece pende un gran progreso en España, y al mismo tiempo se nos dilata sin saber cómo. Pero, amado Padre, tomemos el consejo de este santo arcángel: hagamos lo posible de nuestra parte, mas dejémonos en manos de la divina providencia: obremos como si en nosotros estuviese todo, y abandonémonos en las manos de Dios, como si nuestras diligencias no hubieran de servir, o como quien todo lo espera de arriba”. Hasta aquí el discreto aviso y dictamen segurísimo del animoso joven, nunca bastantemente alabado, ni practicado sobradamente en los negocios de la mayor gloria de Dios.

Siguiolo con toda puntualidad el mismo H. Bernardo el primero: y así, confiando a la disposición divina lo que mejor le pareciese en esto y en todo lo demás, él por su parte instó cuanto pudo, removió cielo y tierra, y no paró hasta obtener la licencia y luego la impresión de su librito. Sólo Dios y él, y también el P. Juan de Villafañe, a quien tomó como por secretario y ejecutor de sus proyectos, saben lo que trabajó por estos meses.

Lo primero y más dificultoso era convencer al P. Provincial de que los Incendios del P. Calatayud, de que él se valía como de argumento para diferir la licencia, no debían apagar la llama de la devoción que iba prendiendo en el pecho de los españoles: que se hacía indispensable que a su libro siguiesen otros, ya por lo que aquél había gustado, ya también, y sobre todo, porque se temía no fuese insuficiente para el fin que se buscaba, conviene a saber, de “dar una cabal idea del objeto y naturaleza de la nueva devoción”: que podría redundar en deshonor de la Compañía, y en nota de alguna desconfianza suya en Dios, tanta dilación y dificultad en cosa tan del agrado de su amor Jesús: que hasta era punto de mirar despacio si no se causaba algún escándalo o sospecha a los fieles en quererlos inducir ocultamente a una devoción sobre que tanto silencio se guardaba en público.5

Con estas y otras consideraciones tenía ya casi rendido el joven estudiante a su Provincial a fuerza de brazos, cuando llegaron a Valladolid algunos ejemplares de los Incendios. Leyolos con detención el H. Bernardo, y vio que era muy cierto lo que él se temía, que “no ilustraban bastantemente los entendimientos, como no podía menos de suceder en un libro escrito a la luz de una devoción calorosa”, escribe el P. Loyola, “sin las noticias necesarias para enseñar todo lo que pedía el asunto”. Por lo que, apenas leídos; presentose al Provincial6 con un ejemplar de los Incendios, y le hizo ver que, lejos de servir ellos de óbice o tardanza, eran “razón de más para que cuanto antes se publicase un libro (es decir, su7 Tesoro) donde expresamente se quería completarlos, instruyendo a los fieles en aquella misma devoción a que tanto inflamaba los ánimos el incansable misionero”.

En vista de ello, el P. Manuel de Prado, que era uno, como dijimos, de los que más deseaban complacer y ayudar a su antiguo novicio en la extensión del culto del sagrado Corazón, y que sólo se había propuesto en este negocio seguir las leyes de la más estricta imparcialidad, vino al fin en dar su licencia, y diósela gustosísimo al H. Bernardo, asegurada con su firma y el beneplácito del P. General, para la impresión de su Tesoro escondido.

Ya había comunicado tan grata nueva a sus amigos el valeroso joven, cuando reparó en que todavía necesitaba otra licencia, más difícil de obtener aún que la pasada, como el Señor no tomase por su cuenta el obtenerla: era la del Prelado, el Ilmo. Sr. Don Julián Domínguez de Toledo,8 “varón muy piadoso, pero enemigo, como él decía, de devociones nuevas, y no muy bien avenido, por añadidura, entonces con algunos individuos de la Compañía de Jesús”. Sabíalo muy bien el H. Bernardo, mas no cayó de ánimo con la nueva dificultad. Enterose de quién de los Padres residentes a la sazón en Valladolid podría satisfacer mejor y más pronto al encargo que pensaba darle: y oyendo de uno,9 en quien hacía bastante confianza el Sr. Obispo, fuese a él derecho, y le obligó, con su habilidad de costumbre, a cuidar de sacarle la licencia. Esperábase ésta de un momento a otro, e iba ya a solicitarla muy confiado el Padre, cuando, sin saber cómo ni por qué, se le cerró la puerta a sus esperanzas, y hubo que desistir de aquel medio.

Entonces el H. Bernardo, a quien era inútil tratar de contener en su empresa, acudió, como solía en casos apurados, a su P. Villafañe, intimándole con franqueza la necesidad de que se encargara él mismo, pues no hallaba otro, de la licencia de su Señoría Ilustrísima. Representole aquél que eran “más que críticas las circunstancias” en que le venía a pedir su intercesión, como en efecto lo eran, por ser justamente el P. Villafañe 10“uno de los más ofendidos en la aversión con que, por este tiempo, miraba y trataba a la Compañía el Sr. Obispo”. Respondió el otro que no lo ignoraba, pero que el sagrado Corazón de Jesús quería que él cargase con aquella solicitud, y no había más remedio sino bajar los hombros: que estuviese cierto que el mismo Corazón le pagaría bien lo que, despreciando molestias y sonrojos, hiciese en su servicio: más, que él tenía por seguro ser ésta una traza admirabIe de la divina providencia para devolver al Sr. Obispo a su antigua amistad con la Compañía, y ganarle para la causa del amoroso y dulcísimo Corazón.

Tanto hubo de urgirle el H. Bernardo que, al fin, se resolvió el P. Villafañe a darle gusto. Fue a palacio, aunque con muy pocas esperanzas de buen éxito: Recibiole con mucho amor el venerable prelado; y, vencido de la generosidad con que el Padre hollaba sus resentimientos, hizo las paces con él y con la Compañía, y tuvo singular consuelo en poderle conceder la licencia que suplicaba. No fue menor el del H. Bernardo en cuanto recibió la noticia de aquel nuevo triunfo tan visible del Corazón deífico de su amor Jesús.

Pero ocurriósele entonces que un libro como su Tesoro no podía salir a luz sin indulgencias11 para los que lo leyesen: y que así, era necesario acudir por ellas a algunos Prelados, con lo que por ventura se conseguiría también moverlos con suavidad a la devoción del sagrado Corazón, y obligarlos implícitamente a que se declararan por su culto.

El primero a quien acudió, fue el Ilmo. de Burgos, Don Manuel de Samaniego y Jaca,12 gran amigo del P. Villafañe, y “uno de los obispos más santos que tuvo España y la Iglesia en el siglo pasado”. No sólo concedió este señor las indulgencias que se le pedían, sino que además rogó encarecidamente a su P. Rector Villafañe y a su H. Bernardo (que así los llamaba también él con santa humildad y franqueza), que se sirvieran poner su nombre entre los devotos y defensores del culto del divino Corazón: juntamente ofreció costear la impresión del Tesoro, como luego en efecto la costeó, para que se conociera no ser de solas palabras ni de fingimiento su petición, sus gracias y sus promesas.

Visto por el H. Bernardo el feliz suceso de su demanda en Burgos, forzó de nuevo al P. Villafañe a que también le sacase indulgencias del Ilmo. de Valladolid, con quien tan a gusto de todos había arreglado poco antes el negocio de la licencia; y no tuvo otro recurso ni apelación el buen Padre que ir por ellas, y avisar al punto al H. Bernardo que ya las tenía concedidas.

Como le salieron tan bien estos dos pasos, creyó el joven que ya no era cosa de parar, sino de seguir adelante. Lo cual supuesto, nada más glorioso que ver si se podría obtener la misma gracia del Emmo. Sr. Don Troyano de Aquaviva y Aragón, Cardenal de la Santa Iglesia y Núncío en la corte de España, a la que actualmente asistía en el real sitio de San Ildefonso. Púsose a discurrir de quién se valdría para la comisión; y de seguro que ya habrán sospechado nuestros lectores de quién se valió para ella. En efecto, “como Bernardo me tenía en Segovia, y me hacía practicar todas sus ideas para gloria del Corazón santísimo”, dice el candoroso P. Loyola, “me instó a que solicitase las indulgencias del Eminentísimo. Aunque no tenía yo conocimiento alguno con Su Eminencia, valíme 13 de persona que me facilitó esta piadosa gracia. Alegrose sumamente Bernardo cuando le remití las indulgencias en un papel firmado y sellado en forma por S. E.”.

“Esta favorable diligencia que debía contentar la devoción del activo joven, le inflamó más en lugar de contenerle”, prosigue el mismo P. Loyola con una sencillez e ingenuidad que prueban bien el afecto con que servía a su querido Hijo, y añade: “volvió a escribirme e instar con repetidas cartas que le consiguiese indulgencias de otros Prelados que seguían también la corte. Fue preciso condescender a sus ruegos, y solicitarle las mismas gracias de los llmos. Sres. Arzobispo (de Farsalia) y Patriarca de las Indias (Don Alvaro de Mendoza), y Arzobispo-Obispo de Segovia (Don Domingo Guerra)”.14

No teniendo ya más que pedir ni desear el H. Bernardo para recomendación de su librito, llevólo, a mediados de Septiembre, al impresor Alonso del Riego,15 con encargo de que se lo publicase lo antes y mejor posible. Prometióle aquél hacerlo así, y ya éste corregía con indecible fruición el primer pliego que acababa de tirarse, cuando le sobrevino un nuevo contratiempo, tanto más penoso cuanto menos esperado. Llególe aviso del P. Provincial, mandándole que fuese con un compañero teólogo enfermo, a quien recomendaban los aires del campo, a una aldea distante de Valladolid más de lo que a él le convenía en las actuales circunstancias (1). Calló el bendito joven; y, abandonando por entonces los pliegos de su impresión, obedeció en el mismo día la orden del Provincial, que tal vez no se acordaba de lo que él traía entre manos, ó quiso probarle ahora con tan terrible golpe.

Hablando de él, confiesa el H, Bernardo que ciertamente le produjo no pequeña repugnancia en la porción inferior, aunque “la superior desde la primera noticia se sobrepuso, y estuvo y está firme, fuerte, resuelta y aun contenta de tener ocasión de obedecer no sólo en lo que yo quiero”, como él escribe, añadiendo en seguida con no menores bríos: “El Corazón sacratísimo está coronado de espinas, y no quiere que los suyos anden siempre entre rosas: quiere que el amor de mi corazón sea puro y sin mezcla; y como aun estos deseos, por buenos y santos que sean, se pueden mezclar con algo de amor propio y menos recto, como buen Padre espiritual quiere el buen Jesús llegar hasta la división del alma”.

“Es cierto que ha logrado el intento de mortificarme: pero me ha dado tal gracia que, en medio de la repugnancia, estaba el alma dulce, tranquila, pacífica y con una serenidad inalterable; y, como quejándose amorosa con su Dios, le protestaba que, no sólo levantaría la mano por unos días, pero para siempre, si era su voluntad: que por ésta he tomado con tanto ardor la causa de su Corazón, por ésta la he proseguido: ésta quiere la deje ahora, sea su Corazón bendito. Con tanta paz estoy; que me admiro a vista de lo ardiente de mis deseos. En orden a moverme esto, estoy como si jamás hubiera puesto mano en la cosa: del todo la dejo, en cuanto a lo exterior; pero mi espíritu ahora más que nunca la tratará con Dios, pues esto no me lo quita”.

Al mismo propósito escribía también a su P. Loyola: “Esta dilación, aunque la siento en parte, me hace ver que el Señor quiere vayan las cosas de su deífico Corazón caminando por dificultades, y que sin duda este librito ha de servir no poco para promover este sagrado culto, pues tantos pasos y deseos ha costado; pero mírolo todo en el mismo divino Corazón, y déjolo a su providencia que acaso dirige a algún fin lo que a nosotros nos mortifica.

Tales eran y tan conformes con la voluntad de Dios las quejas que arrancaba al H. Bernardo aquella ausencia tan sensible a su corazón: mas ella pasó pronto, y volvió nuestro joven a Valladolid, y a corregir las pruebas de su Tesoro, que terminaron felizmente hacia mediados de Octubre de 1734. Es imposible describir su gozo al ver en sus manos el suspirado librito, y “mirar y remirar aquellas armas, al parecer, débiles, pero templadas en verdad para obtener el triunfo y reinado del Corazón de Jesús en toda España y en sus dominios por ambos mundos”, como él decía y escribía a sus amigos, lleno de militar valor y entusiasmo.

Habíanse, pues, realizado al fin para el H. Bernardo las esperanzas de un año de sudores y reveses: no era ya tiempo ni ocasión de malograrlas después de conseguidas, con nuevas dilaciones y dificultades que pudieran sobrevenir. Estaba impreso el librito, y dedicado a mantener y avivar el fuego del amor al Corazón divino en los generosos pechos españoles. Sólo le faltaba una condición que llenar para correr por todas partes con el fruto que se esperaba de su lectura; y encargose esta vez de llenarla el mismo H. Bernardo, a quien de oficio le pertenecía.

“El día 21 de Octubre, al tiempo de recibir el Corazón adorable de Jesús Sacramentado”, escribe al P. Loyola, y en él a todos sus amigos y colaboradores, “llevaba en mi pecho un librito impreso16 para ofrecerle y pedirle le echase su bendición: y habiendo pasado el tiempo de la misa en aquellos afectos que mejor que yo sabe el buen Jesús, llegué a hacer mi oferta. Empezóse a recoger el alma hacia lo profundo de sí misma, y sin palabras ni voces, sino con aquel lenguaje que Dios sólo y ella entienden, presentó al santísimo Corazón el librito con todos nuestros corazones, afectos, deseos e ideas, y con todos los trabajos que se han padecido hasta haberlo puesto en estos términos. Sintióse luego toda inundada de un gozo imponderable; y cuando se halló toda abrasada en las llamas ardientes del amor divino, quiso el Señor repitiese la oferta con mayor solemnidad.

“Porque al punto se me manifestó por una maravillosa visión, con su Corazón sacrosanto abierto y convertido todo en un soberano incendio. Acompañabale su santísima Madre y los tres Santos validos y amantes discípulos del Corazón santísimo, y no faltó nuestro P. San Ignacio con el V. P. la Colombière: y por otro lado estaban la V. M. Margarita y Santa Gertrudis, tan interesadas en el sagrado culto, con Santa Teresa y Santa María Magdalena de Pazzis, a las cuales había hecho una novena encomendándoles el asunto del Corazón sagrado. Aquí, delante de tantos cortesanos del cielo y amigos míos, hizo segunda vez el alma la oferta del librito, al cual miró el dulcísimo Jesús con mucho agrado, y me pareció miraba dentro de su Corazón dulcísimo uno como traslado del mismo: en que entendí guardaba Jesús en su Corazón el obsequio que en este librito se le rendía”.

“Con indecible amor me dijo entonces qué pedía a su Corazón en recompensa. Yo, todo anegado en confusión y abrasado en amor del mismo Corazón divino, respondí que no pedía más que la extensión de su celestial culto y sus progresos en España y en toda la Iglesia: y sintiendo que deseaba el Señor le pidiese alguna especial gracia para el librito, le supliqué se sirviera confirmar las gracias e indulgencias que sus cristos (es decir, los Ilmos. Prelados) habían concedido a los que con devoción lo leyesen. Respondió que su Corazón las confirmaba, y que los que leyesen este librito 17 con buena intención, serían aprobados de su Corazón, el cual a todos concedía, entre otros, un don especial: a los pecadores, inspiraciones por medio de su lección para salir de su mal estado; a los justos, mayores gracias y deseos de caminar a la perfección; a los perfectos, un amor purísimo y ardentísimo a su Corazón, en el cual sentirían sus deliciosísimas dulzuras”.

“Con favor tan grande y aprobación tan divina”, concluye el P. Loyola, “no es de admirar que se propusiera el H. Bernardo felicísimos sucesos18 en la repartición de su librito”: ni tampoco, añadiremos nosotros, que fueran en la realidad aun más felices de los que él se proponía en su imaginación, como se verá llegado el tiempo de contarlos. Ahora conviene que observemos lo que pasaba por el interior del animoso joven, mientras que por de fuera y a los ojos de los hombres parecía únicamente ocupado en los lances e impresión de su Tesoro, según era el afán con que emprendió este negocio y lo que revolvió hasta llevarlo a cabo”.

..............................................

(1)     En el sobre de una carta que el P. Agustín envía a su H. Bernardo con fecha 2 de Septiembre de 1734, se pone de otra mano la dirección a Villerías, que debe ser el punto adonde fue, sin duda, con su compañero. Villerías es una villa pequeña que dista seis leguas y media de Valladolid, en la diócesis y provincia de Palencia.


1 Alude al hallazgo del libro del P. Gallifet, donde encontró Bernardo la devoción al Corazón de Jesús, al tener que enviar unos apuntes del Corpus a su hermano Agustín de Cardaveraz, quien se los había pedido desde Bilbao. Esto sucedió el 3 de mayo de 1733 y ahora, un año después, Bernardo celebra este primer aniversario de tan fausto acontecimiento.

2 Notemos la frase: “a quien no dejaba vivir”. Ella explica mejor que nada el celo ardiente de Bernardo por dar a conocer a todo el mundo y extender cuanto antes la devoción y el culto al Corazón del Señor.

3 Con razón se ha escrito: “teme al hombre de una sola idea”, así aparece aquí Bernardo, centrado totalmente en la tarea de dar a conocer el Corazón de Jesús a todos los hombres.

4 El 8 de Mayo se celebraba la fiesta de la Aparición de San Miguel, quien además tenía y sigue teniendo la fiesta del 29 de septiembre, hoy en día no por separado como en tiempos de Bernardo de Hoyos, sino junto con los otros Arcángeles San Rafael y San Gabriel.

5 El P. Hoyos argumenta al Provincial con razones no precisamente baladíes: 1) se necesitan más libros para mantener viva la llama ya encendida con los Incendios Sagrados del P. Calatayud 2) se precisa dar una “cabal idea del objeto y naturaleza de la nueva devoción” y el libro de Calatayud no lo da 3) dilatar la publicación del Tesoro escondido podría redundar en deshonor de la Compañía en una cosa que es del agrado del Señor 4) podría darse escándalo en los fieles al ver que no se hablaba de esta devoción sino en silencio y como con recelo o miedo.

6 El P. Provincial era entonces Manuel de Prado, el mismo que lo recibió como novicio en Villagarcía el año 1726.

7 Esta frase: “(es decir, su Tesoro)”, escrita por el P. Loyola que fue quien escribió el libro, nos está indicando que el mismo Loyola consideraba el librito del Tesoro escondido como libro de Bernardo, ya que fue Bernardo quien trazó el plan del mismo y la sustancia de él, limitándose Loyola a la redacción y a figurar como autor, quizás para dar con su prestigio mayor autoridad al libro que si apareciese el nombre de un mero estudiante.

8 Valladolid era entonces obispado y su Pastor se llamaba Julián Domínguez de Toledo. La diócesis vallisoletana se creó en tiempos de Felipe II.

9 Se trata del P. Francisco de Rávago, persona de especial autoridad y buena relación con la jerarquía, que por entonces desempeñaba el cargo de Rector del Colegio de San Ambrosio. A este Padre acude Bernardo, pero, por la causa que fuera, no pudo realizar lo que Bernardo le pedía. Este Padre había nacido en la localidad cántabra de Tresabuela, fue confesor del rey y miembro del Consejo Real de su Majestad e influyó para lograr la diócesis de Santander. En señal de agradecimiento, le escribirá el Ayuntamiento de la ciudad una carta, fechada a 21 de enero de 1755, dándole efusivas gracias.

10 El P. Juan de Villafañe era entonces Rector del otro Colegio que la Compañía de Jesús tenía en Valladolid: el colegio de San Ignacio, en la actualidad parroquia de San Miguel.

11 En aquel tiempo era muy corriente el poner al comienzo del libro una nota, que expresaba las indulgencias con que la lectura del libro era recompensada.

12 Don Manuel de Santiago y Jaca estuvo primeramente al frente de la diócesis tarraconense y luego de la de Burgos. Muy amigo de la Compañía de Jesús, ayudó a extender el culto del Corazón de Jesús. Morirá retirado en la ciudad de Logroño el año de 1744, nueve años después de muerto el P. Hoyos. El P. Mucientes, que predicó la oración fúnebre, dirá entre otras cosas: “El culto al suavísimo Corazón de Jesús era una de las empresas de su celo....; por todos los medios procuró que se extendiese en todas partes.”

13 Esta persona era el jesuita, confesor del rey Felipe V, P. Guillermo Clarke, que se encontraba con la Corte en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso.

14 Durante el verano de 1734 acompañaban en la Granja al Sr. Nuncio el obispo de Segovia y el Patriarca de las Indias: Don Domingo Guerra y Don Alvaro de Mendoza respectivamente. Sin duda fue por medio del P. Clarke por quien llegó hasta ellos nuestro buen P. Loyola, incapaz de negar nada a su querido Bernardo.

15 Alonso de Riego poseía una imprenta en Valladolid y era por entonces el “impresor de la Real Universidad”, según frase que aparece en la portada del Tesoro escondido, en su primera edición, hecha en la ciudad del Pisuerga el año de 1734.

16 Este ejemplar, que llevó bajo la sotana el P. Bernardo de Hoyos aquel día se conserva en el Archivo de Loyola; está algo deteriorado.

17  Creemos importante este párrafo del P. Loyola. El Señor promete a los lectores del Tesoro escondido la “aprobación de su Corazón”, diversificada como en tres estadios: a los pecadores, les dará inspiraciones para salir de su mal estado; a los justos les dará mayores gracias y deseos de caminar a la perfección; a los perfectos les dará un ardiente amor a su Corazón y el gozar de sus dulzuras.

18 En efecto, Bernardo fue desbordado por el fruto que su librito produjo. Una vez más se cumplía lo que el Señor había dicho a su sierva Santa Margarita: que quienes extendiesen el culto a su Corazón cosecharían frutos “ultra quam speraverint” (mucho más de lo que podrían esperar).

     

 

Anterior           Siguiente
                 
Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888