Parte tercera, capítulo 5. Favores que recibe el H. Bernardo del Señor y de los Santos sus devotos. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Acabados los ejercicios el día 14 de Octubre de 1733, comenzó el H. Bernardo su tercer año de teología el 18 del mismo mes, consagrado a San Lucas Evangelista. Era a tiempo que más metido andaba en el negocio de las Congregaciones con el P. Calatayud, y más engolfado en las glorias del divino Corazón: lo cual parecía haberle de estorbar algo su estudio; aunque no fue así, sino muy al contrario. Pues “mi estudio”, como él escribe a 28 de Octubre, “está tan lejos de disminuirse por estas cosas, que desde San Lucas creo he estudiado más que otras veces en tres meses. El Corazón de Jesús lo hace todo y da para todo fuerzas”, concluye el fervoroso joven y modelo de estudiantes.

Seguía, pues, éste cumpliendo con sus obligaciones de entregarse a las ciencias, y al mismo tiempo de adelantar la empresa que le había encomendado su amor Jesús, cuando el 1º de Noviembre recibió una celestial visita é inteligencia muy regalada.

“El día de Todos los Santos”, así él, “me sentí por un modo singular, que no es visión, sino a modo de tacto ó sentimiento intelectual, junto al Corazón de Jesús, y como recostado a la puerta de la herida. Encendióse mi espíritu en un fuego manso, pero tan ardiente, que pereciera entre sus llamas, si el Señor no me fortaleciera: y quedando toda el alma en aquel paso que llaman de sepultura interior, se explicaba con el Eterno Padre con un lenguaje de fuego, presentándole el Corazón soberano de su unigénito, y pidiéndole con las mayores veras concediese ya a su Iglesia el favor de que en ella se solemnizase públicamente el culto del Corazón divino. A este tiempo se me mostró por visión intelectual cómo todos los bienaventurados se admiraban, gozaban y complacían en las excelencias de este cielo animado del Corazón de Jesús, de suerte que, después de la visión beatífica, no había en la gloria cosa que más se arrebatase los afectos que este Corazón divino, ni les comunicase mayor gloria accidental que su presencia. Entendí también que toda la celestial corte, postrada ante el trono de la Santísima Trinidad, pedía lo mismo que yo suplicaba, diciendo que ya era tiempo se descubriesen a la Esposa las riquezas y finezas de su divino Esposo. Aquí, por un modo muy alto, conocí que el Padre Eterno expedía el decreto en que condescendía con los deseos de toda aquella soberana corte”.

No fue menos apacible que la del día de Todos los Santos, la merced que recibió la noche clarísima del Nacimiento del Hijo de Dios.1 Toda ella anduvo el inocente joven muy herido de amores del bendito Niño; y éste, como tan reconocido y cariñoso, quiso pagárselos después de la comunión con aquella largueza con que él sabe y sólo él puede pagar.

“Después de la comunión”, dice el H. Bernardo, “vi mi corazón, y junto a él al dulcísimo Niño Jesús, tan pequeñito, tan delicado, hermoso y agraciado como cuando salió del vientre santísimo de su Madre. Como quien temblaba de frío, se arrimaba a mi corazón, cogiéndole con las dos manecitas con ademán de quien quería meterse dentro. Luego vi que su Corazoncito, todo hecho un fuego, se pasaba al mío, quedando como cerrado y cubierto con él: oyendo entonces mi alma la amorosa voz que me decía que primero había sido su Corazón custodia del mío, que ahora era el mío abrigo del suyo; entendiendo aquí que mi corazón debía trabajar por el de Jesús para colocarle en el de los hombres, habiéndome él prevenido a este fin con sus favores”.

“Tener Jesús mi corazón, como otras veces, dentro del suyo, significa lo que él hace por mí: tener su Corazón dentro del mío, indica lo que debo hacer yo por él. Los afectos, dulzuras y suavísimos secretos que pasaron en mi corazón, honrado con tal huésped y hecho sagrario y depósito del Corazón de Jesús, no caben en la esfera de nuestras groseras voces. El primer accidente de amor, al introducirse el sagrado Corazón en el mío, fue ensancharse éste, encenderse y ponerse como una hermosa nube cuando de lleno la embiste el sol: otros hubo que no sé explicar”.

El 27 de Diciembre, aparecieronsele San Juan Evangelista y San Francisco de Sales, que trataron largamente con el devoto joven, como era de suponer, de sus invenciones e industrias para la pronta extensión del culto del divino Corazón. Después de haberle animado a que siguiera con ellas sin miedo a oposiciones ni adversidades, certificaronle que “los dos miraban con especialidad por esta causa: San Juan Evangelista, porque desde que se recostó sobre el Corazón de su Maestro, quedó abrasado en su amor y en deseos de que los hombres le conociesen: San Francisco de Sales, porque amó tierna y amorosamente al Corazón de su amado Jesús; y que, por haberse aventajado en este amor, se había concedido a su religión la gloria de haber tenido una Hija como la V. Margarita, de quien se valió el Corazón de Jesús para propagar su culto”.

Concluyó en esto el año de 1733, tan glorioso a nuestra España por haber sido el primero, como si dijéramos, de su era del Corazón de Jesús, y vino el de 1734, cuyo primer día presentabase ya doblemente festivo para el H. Bernardo, con el recuerdo de la Circuncisión de su querido Niño,2 y la circunstancia de primer viernes de mes, consagrado a la memoria del dulcísimo Corazón.

No bien le despertó su ángel aquella mañana, postrose en tierra, dando gracias al tierno infante y divino Señor por todos los favores del pasado año, en particular por el de su misericordiosa elección en instrumento tan inhábil como él era, para la empresa tan alta del apostolado del Corazón augusto. Dioselas también amorosísimas de que se hubiese dignado bendecir en él sus planes, y prosperar sus trabajos y los de sus amigos y directores3 con fruto más copioso del que ellos ni nadie se pudiera imaginar; y pedíale se dignara igualmente bendecir el nuevo año, y rociar con una gota de aquella su sangre purísima que derramaba en este día, todos los proyectos y determinaciones, todas las ideas y pensamientos, todos los deseos y afanes que tenían y hubiesen de tener en lo de adelante a honra y gloria de su divino Corazón: que bien sabía él que no aspiraban a más en este mundo, y estaban dispuestos a sacrificar por ello, si fuera menester, su vida y su alma, las cuales se las tenían ofrecidas a este fin, y ahora de nuevo se las ofrecían.

Repitió esta oferta en la misa al acercarse a comulgar: y “al comulgar, sentí”, escribe él a su director, “que mi corazón con las veces de los de VV. RR. estaba con el discípulo amado San Juan arrimado al Corazón de Jesús, como bañado con la sangre dulcísima y preciosísima que manaba por aquella puerta del paraíso y fuente que alegra la Ciudad de Dios: y el buen Jesús, con aquel lenguaje que entiende el alma, sin ruido de palabras me decía que aceptaba gustoso la oferta, y que desde luego rociaba nuestros deseos y afectos con la sangre de su Corazón, para que produjesen frutos agradables a su Eterno Padre y dignos de eterna gloria para nosotros, y para su Corazón de honra, aunque por varios caminos”.

En el triduo para la renovación de los votos, que siguió poco después, dice el H. Bernardo que nada hubo de extraordinario sobre lo que le pasaba en semejantes ocasiones: aunque sí en el día mismo de la renovación, 6 de Enero, en el cual se le repitió, y explicosele de paso, un favor que había recibido años antes y del que entonces no entendió todo el misterio.

Ya vimos cómo el 29 de Junio de 1729 se le descubrió el Corazón de Jesús sobre manera hermoso, y pendientes de él tres cordones de oro, que, tejiéndose a corta distancia, componían solo uno, y, destejiéndose luego por el extremo, ataban fuertemente el corazón del H. Bernardo con el de su Dios y Señor. Medio año después, al renovar asimismo los votos como el pasado Junio, a 6 de Enero de 1730, se le mostraron de nuevo los dos corazones juntos ya, pero además heridos y traspasados con tres saetas pequeñas igualmente de oro. Tanto en las saetas como en los cordones no vio el H. Bernardo en aquellos dos días y siguientes más que un símbolo de los tres votos que renovaba, de pobreza, castidad y obediencia; pero en éste, al descubrírsele más hermoso aún y más enardecido el divino Corazón, y pendientes otra vez los misteriosos cordones, que a un mismo tiempo eran cadenas y saetas que aprisionaban y herían el del H. Bernardo, y que, al renovar él la fórmula de los votos, apretaban más y más los dos corazones, quedando llagados uno y otro con profunda herida de amor mutuo, hubo de entender el venturoso joven que, en haberse valido el Señor de aquellos símbolos en aquella manera, quería significarle algo más de lo que primero se figuró, y que no podía ser sino ponerle al vivo delante de los ojos la amorosa providencia con que le había elegido para amante siervo de su Corazón, y fiel intérprete de sus deseos y compañero de sus triunfos sobre los corazones humanos.

Como quiera que ello fuese, el favor que este día recibió el H. Bernardo en presencia de varios Santos devotos suyos, entre los cuales reconoció a la B. Margarita, debió ser muy singular y excelente, como que, después de contarlo, exclama así el agradecido joven: “Haciendo el Corazón de Jesús la costa de este modo, ¿qué mucho que yo no ame, ni piense sino en su Corazón, ni desee apartarme de él aun durmiendo?”; y añade luego con humildad: “Mas lo peor es que mis ingratitudes son parte de las que siente el Corazón de Jesús más vivamente, y ¡yo me estoy muy sereno!”.

Verdad es que estaba sereno y firme como una roca en medio de las penas que de vez en cuando afligían su espíritu, y de las dificultades que se presentaban a sus deseos de hacer que se propagara con rapidez la devoción y culto del sagrado Corazón: mas nunca, a pesar de que él lo diga, le hallaremos ocioso ni dormido en este punto. Buena prueba es de ello que, habiendo tropezado por el tiempo de que él habla, con el célebre Ritmo al Corazón de Jesús4 que vulgarmente se atribuye a San Bernardo, no se dio paz a sacar copias de él, que, remitidas a sus amigos y divulgadas por éstos, supliesen en alguna manera por el librito cuya impresión tanto deseaba y tan largamente se hacía esperar. Una de ellas nos consta que remitió a su P. Loyola el 16 de Enero, “víspera de la fiesta del dulcísimo nombre de Jesús”: y por cierto que se la pagó bien pronto Nuestro Señor.

“Pues, el día siguiente”, escribe el mismo H. Bernardo, “al llegar a comulgar, sin saber cómo, en lugar de aquel afecto: Adorote, Corazón sacratísimo de Jesús, que todas las comuniones se me ofrece al recibir al Señor Sacramentado, prorrumpió el alma en aquel: Dilataos, abríos, oh Corazón divino, como rosa fragante a maravilla, del himno que el día antes había trasladado para V. R. Fue esto con una notable, improvisa, conmoción de mi espíritu y de mi corazón, que con mi San Bernardo pedía al Corazón de Jesús se abriese para darle entrada: pero al punto, tomándome el Señor la palabra, como dicen, dijo él a mi corazón, cuando ya estaba en mi boca la sagrada forma: Dilátate, ábrete, como rosa fragante a maravilla: y entonces me pareció que se abría mi corazón como una rosa encarnada, y que en todas sus hojas estaba escrito este dulcísimo mote IHS. Entró el amado Jesús, y luego se volvieron a juntar las hojas, quedando mi corazón como una rosa cerrada en su capullo, y sellado con el mismo suavísimo nombre.

“Con el símbolo de la rosa y la visión de las hojas matizadas con el nombre de Jesús, entendí cómo el amantísimo Señor quería fuese mi corazón una rosa en que su Corazón hallase hermosura, delicias y fragante olor: que todas las hojas de sus deseos, de sus pensamientos y de sus obras fuesen rubricadas con su real sello: que, cerrándose en sí mismo, fuese botón cerrado, que, con su nombre como escudo, resistiese la entrada a todo lo que no era Jesús, a todo lo que no es Dios o no viene por Dios: que como la rosa tiene una cubierta de hojas verdes, que ocultan las floridas, aunque no estorban el buen olor, así la humildad y recato ocultasen las flores, no su olor; siendo lícito sólo al Corazón divino abrir esta rosa para entrarse dentro. Este es un rastro de lo que entendí”.

No sabemos lo que entendería el 29 de este mes de Enero,5 fiesta de su gran director San Francisco de Sales, pero sí que el Santo se le apareció muy glorioso, y trató largamente con su Hijo espiritual del asunto del sagrado Corazón. Volviosele a aparecer el 31, después de comulgar, acompañado de San Juan Evangelista; y debió, a lo que parece, versar también ahora la conversación sobre el mismo asunto y sobre lo que en él trabajaba el H. Bernardo con sus amigos, por cuanto una de las frases que le dijeron al despedirse, fue: Nosotros somos agentes del Corazón de Jesús y protectores de vuestras ideas.

Escasas y muy incompletas son las noticias que nos quedan del mes de Febrero y siguientes; pues, “aunque por este tiempo recibió el H. Bernardo particulares favores del Corazón divino”, como advierte el P. Loyola, “dejó de escribirlos por estar totalmente engolfado en las ideas de promover las glorias y cultos del mismo Corazón”. Algunas conservamos, sin embargo, y las pondremos aquí primero para luego entrar en las “ideas” de que habla el Padre.

Poco antes de los días de Carnaval, que aquel año cayeron del 7 al 9 de Marzo, comenzó el amante Corazón a quejarse a su fiel siervo, con tiernos y afectuosos sentimientos, de las injurias que en esos días recibe de la ingratitud de los hombres, y pedíale que de alguna manera compensase tanta monstruosidad. Bien la quisiera él compensar aun con su sangre, como lo hacía con toda clase de obsequios, súplicas y mortificaciones que el Señor le inspiraba y le permitía la obediencia; mas todo le parecía poco, todo nada, en comparación de las ofensas de Dios, y aun de sus propios descuidos y deslealtades, con que se partía de dolor su alma y se derramaba su corazón en lágrimas y suspiros. Iba creciendo así su pena sin hallar consuelo, cuando se inclinó el Señor a dárselo de un modo maravilloso.

“Descubrioseme”, dice él, “aquella esfera divina del Corazón sagrado de Jesús, convertido en un volcán de fuego, y adorado de San Juan Evangelista y de San Francisco de Sales, nuestros padres y amigos. Entonces se dignó el buen Jesús arrojar de aquel centro del fuego de amor una como centella a mi corazón, diciéndome que con aquel don del suyo pagase y satisficiese las obligaciones a su Corazón y las injurias contra él cometidas. Ofrecí a Jesús el don y su mismo Corazón, con que entendí quedaba satisfecho. Aquí me dijo y confirmó el buen Jesús que aquellos dos Santos harían el oficio de validos en la causa de su culto”.

Por estos mismos días de Carnaval se le repitió el aviso que ya había tenido antes, de que el Miércoles de Ceniza volverían los sagrados ímpetus6 a purificar su corazón y martirizarlo con agudísimos tormentos: que tratase de conformarlo con el de su amor Jesús, coronado de espinas, pues a este fin se los enviaba su mano misericordiosa: que en todo se dejase guiar de su divina voluntad, a cuyo cumplimiento debían reducirse sus deseos y pretensiones. Así lo observó a la letra por el tiempo que duraron sus penosos ímpetus, y es verdaderamente admirable por todo él aquel temple y firmeza de su corazón “siempre espinado y siempre gozoso, siempre ansioso y siempre tranquilo”, como él escribe.

Con esta. ocasión recuerda cómo, durante la Novena de la gracia7 que se hace en honor de San Francisco Javier del 4 al 12 de Marzo, se le apareció este su especial abogado, y, complaciéndose en los deseos de que por todo el mundo se extendiese el culto del sagrado Corazón, le prometió el “favor que le pedía en su novena”, a saber, el de que se imprimiese cuanto antes su librito del Tesoro escondido; y añade el santo joven:

“Las tardanzas del librito eran torcedores que, por una parte, apretaban mi corazón deseoso de que salga cuanto antes, esperando de él grandes efectos, y por otra, después de darme que sentir, me dejaban con una tranquilidad admirable de espíritu, abandonando todos mis deseos en el Corazón mismo de Jesús, y yendo dulcemente o dejándome llevar de la amorosa providencia de nuestro Dios, en la cual miraba con una inalterable paz todas las dilaciones y demoras, ayudándome a esto .los admirables sentimientos y luces y aun palabras del mismo Jesús, que siempre me enseña la doctrina que tiene en su Práctica nuestro santo director acerca de la total dependencia de nuestra voluntad de la de Dios. Y así no sé cómo es lo que en este punto de promover el culto del sagrado Corazón experimento y he experimentado: que las tardanzas y todo lo que parece que contraría nuestros deseos en su progreso, me dan bien que sentir, y al mismo tiempo me dejan en una celestial serenidad e indiferencia, y seguro de que aun lo que parece desvío, son progresos y esmaltes con que hermosea el Señor la encadenación maravillosa con que su providencia dirige la causa de su adorable Corazón. Ello parece contradicción: unos deseos tan ardientes con tanta tranquilidad, unos sentimientos tan vivos en las dilaciones con una paz dulcísima; pero ello pasa así: que tan diestro es quien causa este admirable edificio de la perfección que va levantando en mi alma por medios, al parecer, tan encontrados”.

Por este tiempo, según la piadosa costumbre que hay en la Compañía de que, aun antes de ordenarse de sacerdotes, empiecen nuestros HH. Estudiantes a ejercitar el ministerio apostólico, señaló la obediencia al H. Bernardo por uno de los predicadores de la santa cuaresma, destinandole al que llaman Campo Grande8 en Valladolid: teatro ciertamente demasiado público y espacioso para un predicador novel, mas no para el fervor y elocuencia del intrépido joven. Recibido el aviso, “encomendé mi predicación”, escribe el nuevo misionero, “al Corazón de Jesús, porque no sé ni quisiera hacer nada sino en él, por él y para él”. Aplicóse después a componer sus sermones según las luces que el Señor le comunicaba; y tomó por argumento la fealdad y estragos del pecado mortal. Sólo que, como no podía formar discurso alguno ni concebir idea que no dirigiese a la gloría del divino Corazón, sucediole también aquí que la mayor parte de los días empleó en hacer ver a los pecadores la suma ingratitud de su corazón con el de Jesús, especialmente en el Santísimo Sacramento.

Grande fue el fruto que de esta manera cogió, e indecible la unción y fervor de su espíritu, mayormente el día en que habló del último extremo de maldad y desvergüenza del corazón torpe que se atreve a recibir en pecado el cuerpo adorable de nuestro amoroso Redentor. “Al cotejar”, dice, “la junta extraña del Corazón de Jesús y el corazón deshonesto, y ponderar con exclamaciones tiernas lo que aquel purísimo Corazón sentirá verse dentro de un corazón tan inmundo, sentía abrasárseme las entrañas de dolor y amor: ya al repasar el sermón, se me venían frecuentemente las lágrimas a los ojos, y fue menester pedir al Señor las suspendiese al predicarle”.

Estas eran las llamaradas del corazón del H. Bernardo por lo de fuera, escapadas de aquel horno de amor en que se consumía a vista del que contemplaba en el Corazón amante de su único Señor y dueño, próximo ya a verter toda su sangre por los mismos que así la iban a conculcar. Pues acercabase en esto la Semana Santa, en que solía participar más que nunca de los sentimientos de su amor Jesús, siendo más notables sus pasiones, y altísimas a proporción sus inteligencias. Nadie nos las podría contar mejor que el mismo que las experimentaba; y así referiremos las de este año con sus palabras, que son las siguientes.

“El Domingo de Ramos por la mañana”, dice, “se me mostraron aquellos divinos afectos que en la entrada de Jerusalén en tal día pasaban por el Corazón de Jesús dulcísimo, mezclados de gozo y de tristeza: aquél, por ver la gloria que los hombres rendían al Eterno Padre, reconociéndole por Hijo suyo y por el Mesías prometido; y ésta, por las injurias que le esperaban a él, y las miserias que esperaban a la infeliz ciudad por haberle de dar muerte, como lo explicaron aquellas lágrimas suaves y amargas, nacidas de los afectos del Corazón. En el mío resonaba el eco de estos afectos, aunque más predominó el del gozo hasta la tarde, en que, con la luz que se me daba del sentimiento de aquel sagrado Corazón, cuando se vio ya solo y desamparado de los hombres en ofensa de su Eterno Padre y suya, empezó en mi corazón la Semana Santa”.

“Desde entonces se llenó mi espíritu de dolor, amargura, tristeza y aflicción, inundado con nuevas avenidas de ímpetus que, aunque habían sido fuertes en el discurso de la cuaresma, ahora lo eran mucho más. Toda esta semana sagrada mi oración, mi presencia de Dios y mis afectos miraban, como las líneas a su centro, al Corazón afligido de Jesús, a quien seguía con la memoria y sentimientos en todos los pasos y últimos lances que mostraban las finezas de su amor”.

“Pero desde el Miércoles de Tinieblas cargó sobre mi corazón mayor copia de aflicciones y dolores. El Jueves se aminoraron en parte, arrebatándome el amor al Santísimo Sacramento y los misterios que ocurrieron en su institución: algunos de los cuales vi, al comulgar, por visión intelectual en el Corazón sagrado, como en un espejo clarísimo. Mas esta tal cual interrupción se recompensó bien con la inundación de dolores y penas interiores que se siguieron como se iban siguiendo los pasos de mi amado Jesús: en particular sentí empezar de lleno a la noche en mi oración, después de haber tenido amorosamente las delicias de nuestro Hermano y condiscípulo San Juan, recostado en el pecho y Corazón de Jesús.

“No dormí en cama, como V. R. me lo permitía: el sueño fue corto; porque, además de no darle entrada hasta bien tarde, desperté con la memoria de mi amado Jesús entregado en casa de Caifás a las burlas de los ministros en aquella hora. Por momentos tenía desde la media noche presentes los pasos de la Pasión, siguiendo inseparablemente con una como visión de todos ellos a Jesús, en cuyo Corazón, como en un mar de amargura, tuvo todo el Viernes mi espíritu aquel bautismo de dolor en que deseaba bañarme”.

“Acompañé a mi Dios al pretorio de Pilatos, a la casa de Herodes y finalmente al calvario, dentro siempre de su afligidísimo Corazón, y sintiendo por compasión, en lo posible a mi flaqueza, alguna partecita de lo que él padeció entonces, y de lo que ahora siente el menosprecio de tantas finezas en la ingratitud de los fieles. Este día salí a visitar las estaciones con mi Hermano el P. Jimenez (1), y de cuando en cuando iba arrojando en su corazón saetas que le compungían con la memoria de los lances que en aquella hora pasó el Corazón dulcísimo; y participó este mi Padre y Hermano algo de mis sentimientos. Al visitar en las iglesias al Señor, recibía unos movimientos extraordinarios que me daban a sentir claramente la presencia de aquel Corazón divinísimo”.

“En los Oficios también fueron singulares los afectos, en especial al oír lo que nuestro Hermano y condiscípulo San Juan decía en su Evangelio: Uno de los soldados abrió su costado con la lanza (2); pues patentemente vi en espíritu este misterio: como también al consumir la hostia el sacerdote; pues quedó mi corazón, o mi alma, como si al cuerpo le faltara la luz del sol, viendo aquí en mí por experiencia el afecto de David: Faltome aun la luz de mis ojos (3). En fin, en tiempo de tinieblas fueron los sentimientos e inteligencias sobre los salmos, como otras veces, admirables: y todo era añadir nuevas olas al piélago de amarguras en que me hallaba.

“Enterrado el cuerpo de Jesús, se enterró mi corazón dentro del suyo, hasta resucitar con él triunfante y gozoso en su Resurrección, en que el mismo sagrado Corazón que me había servido de sepulcro, me sirvió de cielo en que gozar de sus dulzuras y celestiales delicias, cesando totalmente los ímpetus”.

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(1)     En el manuscrito solo se pone “mi Hermano el P. N.”; pero por el contexto se deduce que no pudo ser otro que su Hermano el P. Jiménez, ordenado ya de sacerdote por Noviembre de 1733.

(2)     Ioann. XIX, 34.

(3)     Ps. XXXVII, 11.


1 Estamos en la Nochebuena de 1733.

2 El día primero de año o fiesta de año nuevo celebra la Compañía de Jesús su fiesta titular, por cuanto en la circuncisión se le puso el nombre al Niño, llamándole JESÚS, es decir, Salvador.

3 Se refiere al grupo de los “cinco”, que estaban ya entusiasmados con la tarea de dar a conocer el culto y devoción al Corazón de Jesús: Loyola, Cardaveraz, Calatayud, Jiménez...

4 Se refiere al himno que comienza: Dilataos, abríos, oh Corazón divino....., que copió para el P. Loyola, entre otros, y del que se habla unas líneas después.

5 Estamos ya en el año 1734

6 Ya se ha hablado de ellos en otro lugar: son unas ansias de amor a Dios muy fuertes y sobrenaturales que, a la vez, producen gran sufrimiento por no lograr el alma satisfacer esos deseos que la queman y matan en un cierto sentido. El mismo cuerpo queda como sin fuerza. Son una extraña paradoja: se goza y se sufre al mismo tiempo.

7 La novena de la Gracia comienza a extenderse ya en el siglo XVII. Estando el P. Marcelo Mastrilli para morir, a causa de un gran golpe que le había destrozado la sien derecha, se encomendó a San Francisco Javier y quedó sano repentinamente. El Santo se le apareció diciéndole que todos los que en la novena del 4 al 12 de marzo implorasen su intercesión, confesando y comulgando en alguno de esos días, conseguirían la gracia que pidiesen si convenía para su salvación y mayor gloria divina. Desde entonces se propagó rápidamente esta novena, llamada “Novena de la Gracia”. Santa Teresita del Niño Jesús hizo poco antes de morir esta novena, pidiendo la gracia de seguir haciendo el bien después de su muerte. “He pedido –decía- la gracia de hacer el bien después de mi muerte, y ahora estoy segura, porque por medio de esta novena se obtiene todo aquello que se desea” (Senda del cielo para el Buen Cristiano, Saturnino Junquera S. J, Edit Sal Terrae, 1950, Santander; págs 488-489)

8 El Campo Grande era y sigue siendo un amplio parque de la ciudad, muy céntrico. En tiempo de Bernardo de Hoyos se tenían aquí los sermones al aire libre.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888