| Parte tercera, capítulo 4. Singular alternativa de gozos y amarguras que experimentó el H. Bernardo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Por no dejar cortado
el hilo de la narración, hemos querido seguir adelante
con él en el capítulo pasado aun a costa de alguna
ligera alteración en el orden de los tiempos. Volvamos, pues, a los principios de Octubre de 1733, y veamos lo que allí le pasó en los ejercicios de este año: aunque, para no omitir nada en el discurso de la vida del H. Bernardo, será bueno que volvamos aun más atrás al mes de Septiembre en que recibió dos favores que arriba quedaron por referir. Rogaba con filial afecto al Señor por nuestra Compañía el día aniversario de su Confirmación,1 que es a 27 de Septiembre; y tuvo acerca de ella varias inteligencias, como también otras veces, pero cifradas ahora en unas palabras del Libro III de los Reyes, que sonaron claramente en lo íntimo de su alma. Cuéntase en aquel libro que, habiendo aparecido el Señor a Salomón después que éste le había edificado y dedicado el templo, le dijo así: He oído las súplicas y peticiones que has hecho en mi presencia: he santificado esta casa que tú levantaste en mi honor, y puesto yo mismo en ella mi nombre por toda la eternidad: fijos estarán en ella mis ojos y mi corazón para siempre (1). En estas palabras entendió el H. Bernardo que las súplicas y peticiones de que hablaba el Señor, eran las suyas: y que la casa era nuestra Compañía, a quien él se había dignado honrar con el nombre de su bendito Hijo y capitán nuestro Jesús, tener abiertos sobre ella sus divinos ojos, y elegirla para que promoviese la devoción y el culto del sagrado Corazón. y por cuanto la palabra Corazón le trajo a la memoria cómo tres años antes,2 en este mismo día, cuando se trataba de nombrar General, le dijo el Señor, como allí vimos, que él se encargaba de elegir quien gobernase la Compañía de Jesús según su Corazón y gusto, pareciole ahora entender que en esto se significaba que el P. Francisco Retz, que era el General nombrado por Dios, en algún tiempo protegería el culto del Corazón divino, como escribe el P. Loyola, y añade luego: profecía verificada ya en la paternal protección que ha hallado y halla esta amabilísima devoción en el devoto y benigno corazón de nuestro común Padre. Algunos días después de estas inteligencias tan gloriosas a nuestra Compañía, tuvo el H. Bernardo una visión gloriosísima también y grandemente consoladora para las almas amantes del Corazón deífico. El miércoles (30 de Septiembre), en tiempo de misa, vi, dice, al dulcísimo Jesús, y la llaga del costado muy hermosa, y se dejaba ver por su concavidad el divino Corazón. Una multitud de purísimas palomas se metían por la llaga, hasta hacer su nido en el Corazón sagrado; otras andaban revoloteando como que querían entrar; otras se recostaban sobre el pecho amable del Señor por la parte de afuera. Entendí era éste el agujero de la piedra a que el Espíritu Santo convida a la paloma cuando le dice: Ven, paloma mía; escóndete en los agujeros de la piedra, en el hueco de la cerca (2), y ésta la ventana del arca por donde entró la paloma con el ramo de oliva. Entendí mil excelencias del divino Corazón: en particular, que era refugio a las almas santas, castas palomas, cuando las cerca el gavilán; que era nido en donde habitan otras más amadas, etc. Porque, aunque está abierto para todos, pero con particularidad para las almas que son palomas; y así, esta fiesta del divino Corazón será el imán de las almas santas. Pero vamos ya a los ejercicios de este año. Empezaron el 4 de Octubre por la noche; y lo que en ellos experimentó, fue, como él escribe, una quimera divina, según los movimientos encontrados de su espíritu: unas veces envuelto en un océano de delicias y favores dentro del sagrado Corazón; otras, sumergido en lo profundo de un abismo de penas, temores, sobresaltos, congojas y desconsuelos. Comenzaba la meditación por los puntos que se proponían a la comunidad; pero imposible continuar en ellos: levantábale el Señor de repente a contemplar las infinitas perfecciones del Corazón santísimo de Jesús; y de aquí luego, conforme iban pasando los días, aquel contraste cada vez más violento de dulzuras y aflicciones. Sobre el fin del hombre, escribe el H, Bernardo, y sobre aquellas palabras: Yo soy el principio y el fin (3), abundantes todos los años en esparcir luces a mi entendimiento, entendí altísimas cosas del Corazón divino, principio y centro de todas las bondades: mostróseme el dichoso fin a que me había destinado el Señor, de propagar el culto de su Corazón. Sobre los pecados, se me declaró lo mucho que desagradan a Dios las más mínimas imperfecciones, particularmente las que en cierto modo son contra el Corazón de Jesús, como las que son contra su amor en la Eucaristía. La consideración de la muerte, en lugar de darme temor, me alegraba y me hacía exclamar: Ven, ven, oh dulce muerte. Pero a lo último revolvió, como sucedió el año pasado en este ejercicio, sobre el pobre corazón toda la eficacia de la terrible memoria de la muerte, excitando unos pavorosos temores que llenaron de luto y tinieblas toda el alma. Levantáronse las dudas, las sospechas y miedos de estar engañado, y de ser disparates de mi imaginación todas estas cosas: y mirábame en la hora de la muerte acosado de esta turbación y aprehensión de haber estado en desgracia de mi Dios por fingir revelaciones, y vender como palabras divinas las soberbias de mi vanidad; pues toda esta serie de cosas se me representaba como artificio de mi soberbio espíritu: No puedo explicar a V. R. el martirio que estos temores, avivados con las más aparentes reflexiones, causaban en este pobre corazón, despedazándome las entrañas con sentimiento y dolor. Ya otras veces he hablado sobre estos temores, y acaso después volveré a hablar; y así, sólo añado que esta tormenta se serenó presto con los influjos del divino Corazón de Jesús. En efecto, este mismo día, que era el tercero de sus ejercicios, se le mostró afabilísimo su amoroso dueño, disipándole con sola su vista aquellas tinieblas espesas de temores y angustias que oprimían su afligido corazón. Mas, como no se contentaba el prudente maestro con enseñar al H. Bernardo con regalos y penas, cuya lección no siempre es fácil de entender sin especial auxilio, quiso darle ahora de viva voz y manera más inteligible una doctrina solidísima que le sirviese de norma y regla para conducirse con seguridad en adelante, y seguir esforzado en todo caso, próspero ó adverso, deleitoso ó amargo, por el camino de la perfección heroica y sublime a que le llamaba. Tomando, pues, ocasión de la materia misma del cuerpo muerto y sepultado de que meditaba en este día: Díjome el Señor, escribe el H. Bernardo, que su Corazón me debía servir de sepulcro en que muriese y se enterrase el hombre viejo y la misma alma muerta al mundo; y que no había de vivir fuera de su Corazón: Aquí, me dijo, habitarás, aquí morirás, aquí vivirás eternamente: que todo lo que no fuese su Corazón, o no mirase a él, era nada para mí, y que, como el muerto no tiene acción vital, así mi corazón, en cuanto muerto a todo lo que no era Dios, no había de tener acción vital de esta vida, sino de la sobrenatural que había de vivir: que, como muerto a todo lo creado, no había de usar de ello ni mirarlo, sino en cuanto podía ser alimento de la vida sobrenatural, sólo en cuanto era medio para el fin; que tuviese muy presente la distinción del medio y del fin; que siendo lo temporal sólo medio, sobre todo había de volar y remontarse mi corazón: que tocase la tierra en cuanto era necesario para pisar sobre ella; que, si asentaba del todo el pié, se mancharía: que su Corazón divino había de ser mi centro y mi elemento; que todo lo que era estar o morar fuera de él, fuese para mí como al pez estar fuera del agua, y al fuego fuera de su esfera: que mi amado fuese todo mío, y yo todo de mi amado. De este modo me explicó, y aun no doy bien a entender, aquel despego, aquel remonte, aquel vuelo sobre todo lo que no es Dios y su Corazón: lo cual veía más claramente que la luz del sol, y penetraba toda la profundidad, toda el alma y última esencia de la perfección que se me pedía; y desde luego empecé a experimentar en mí un destello de este celestial estado, poniéndome el Señor prácticamente en aquella desnudez de afectos que se me pedía, para que no lo entendiese sólo especulativamente. Sobre todo, lo que más se me imprimió, fue ser el Corazón de Jesús sepulcro de mi corazón muerto a lo visible, y habitación de mi alma viva a lo que solamente es Dios y su Corazón divino; y que, espirando y respirando así en el amado, me formaría imagen del Corazón de Jesús: pues en esta muerte se encierra la fuga de todo lo imperfecto, y el seguimiento de lo más perfecto y agradable a los divinos ojos. Mas, pareciendo al alma que esto sólo era formarse imagen del Corazón amante, pero no del Corazón paciente, se explicó por señas como quejándose amorosa de que el buen Jesús no la amaba, pues no le daba trabajos, penas, aflicciones y dolores, que eran las contraseñas de su amor, y los colores con que se retrata en las almas la imagen de su amor crucificado. Entonces, con una suavidad y amor indecible, vi me representaba y decía el Señor que, si en eso consistía, supiese que me esperaban tantas cruces por medio de los hombres, de los demonios, de mí mismo y aun de su amante Corazón, que me darían abundante materia con que delinear en mí una viva imagen de su Corazón afligido y de mi amor crucificado. Explicose el alma aquí en gozos; pero deseaba se acercase el cumplimiento de esta promesa: y se le respondió que la sabiduría infinita de aquel Espíritu que regía mi interior, lo regulaba según la mayor gloria divina y la mayor conveniencia del estado presente: que tuviese por cruz las pasiones, y me crucificase en ellas; que no era de menos dolor esta crucifixión. En estos dos puntos de amar y padecer3 se cifraba toda la hermosura de la imagen de mi perfecciono Pero los documentos que sin hablar se me dieron, y los quilates y realces con que vi se había de llenar el bosquejo, fueron tantos y tales que, si no me hiciera el Señor el favor de conservarlos como esculpidos en el alma y dar alientos a mi flaqueza, me confundiría su multitud y desanimaría su delicadeza. Absorto en el alto pensamiento de amar y padecer pasó nuestro H. Bernardo con alguna tranquilidad la tarde y noche del día tercero de sus ejercicios. El cuarto amaneció sin nubes en su corazón y prometía gran bonanza, cuando sintió de repente oscurecérsele el alma y levantarse en su imaginación un torbellino de sombras espantosas y especies sin concierto que amenazaban romper en deshecha tormenta, y rompieron, por fin, al internarse el joven en la consideración del juicio universal, que tocaba justamente en este día. En la consideración del juicio universal, escribe el H. Bernardo, se removieron los temores de ir todo perdido, de ser todo una ilusión, de fingir de mi cabeza estas cosas, de estar en desgracia de Dios, de haberse de llenar mi rostro de confusión cuando en el juicio, delante de todo el mundo, descubriese Dios mis enredos, engaños y ficciones: aquí se encresparon las olas de la tempestad, que ya levantaban el alma hasta el cielo. Cuando quería quietarme con la consideración de los buenos deseos de amar a mi Dios, de los efectos en mi alma y en las de otros, ya la estrellaban y sepultaban en lo más profundo del abismo, escuchando de la boca de mi amor Jesús: Alejaos de mí los que obráis maldad; no os reconozco ni quiero nada con vosotros (4). Pero toda la tormenta se escondía en lo interior, sin mostrarse en lo exterior, tanto más formidable cuanto más en el corazón. Yo, amado Padre, quisiera poner delante de los ojos de V. R. todo lo que aquí pasó en mi espíritu, todos los pensamientos, todas las razones, todos los discursos y reflexiones con que mi pobre alma se sentía traspasar de parte a parte como con saetas emponzoñadas, que le causaban congojas de muerte. Porque verdaderamente se me representaba tan claro que todo era fingimiento, que casi me hallaba reducido a una desesperación total, mirando imposible el arrepentimiento: porque, si me resolvía a confesarlo, o a escribirlo todo a V. R., parecíame que, persuadiéndose a que éstos eran temores de probación, y no estímulos de mi conciencia herida, no podría hallar en V. R. la penitencia. Cuando procuraba consolarme con que yo todo lo había remitido a la obediencia, no ocultando la menor cosa; con que de todo corazón deseaba ser bueno; con que en él experimentaba buenos efectos; con que esta serie admirable y trabazón de sucesos, este cumplirse muchas cosas que antes había yo asegurado, este comunicar con siervos de Dios, este sentir ellos de mi espíritu que es de Dios,4 este anhelar mi corazón por la gloria del de Jesús, esta seguridad cuando acabo de recibir algún favor, que es tan grande que, si me hicieran pedazos, no pudiera dudar; este no atreverme yo a afirmar que no había en mí favores de Dios, estas mudanzas tan repentinas de un desamparo y sequedad horrorosa a un colmo de dulzuras y suavidades, este no poder hallar los consuelos cuando los busco, sino cuando me los dan; y, en fin, la consideración de que Dios no había de permitir que viviese yo engañado, ni que VV RR. se engañasen tan del todo: cuando con todo esto procuraba consolarme a fuerza de razón, pues otras no alcanzan, por una parte creía que esto era de Dios, y por otra no podía sosegarme por la actividad del temor; con que sacaba por consecuencia que mi espíritu era una quimera, compuesta de bueno y malo, un monstruo de contradicciones, y remataba en que en mí había una máquina espantosa de malicia, con que quería engañar a mi conciencia y aun al mismo Dios: y así, me parecía que ni el bandolero más desalmado, ni el mismo demonio se podía comparar conmigo en la multitud de pecados y en la malignidad de mis procederes e intenciones; y así, estaba como asombrado de que no se abriese la tierra y me tragase el infierno, y me admiraba cómo Dios no me precipitaba en los abismos, mirándome como objeto de su indignación justísima. 5 Estas fueron las pavorosas consideraciones que más acibararon el espíritu del pobre H. Bernardo los días quinto y siguientes de sus ejercicios: aunque a lo mejor desaparecían de pronto por algunos instantes, no para dejarle en paz, sino para dar lugar a otras, más amargas aún y más sensibles, por cuanto eran de un orden superior y penetraban más en el fondo de su alma, dejándola aburrida y macilenta en brazos de sus crueles imaginaciones. Contemplaba el Corazón amante de Jesús, coronado de espinas y oprimido de mortales angustias; y veía que él no padecía nada por su amado, pues nada se le figuraban sus pasadas penas y aun las presentes en fuerza de su gran amor. De aquí aquel argumento tan triste como verdadero: La señal y carácter del buen espíritu es padecer mucho por amor del Señor: tú no padeces nada: luego no es bueno tu espíritu, sino iluso y engañado con devaneos de tu fantasía, fácil en producirlos. Pues, si entonces la divina luz le aseguraba por el contrario que aquellos favores eran del Señor y de su Corazón santísimo, representabasele con viveza aquel otro argumento y aterrador discurso: Verdad es, decía entre sí, y no puedo negar que estos favores tienen todas las señales del buen espíritu: pero ¿dónde está la perfección a que soy llamado, y las sólidas virtudes que corresponden al estado de alma tan favorecida de Dios?. De aquí nuevos temores y agonías, nueva tormenta y más terrible, creyendo, dice, que no había infierno bastante a mi infidelidad, y que la providencia me había favorecido tanto para ponerme por ejemplo de la mayor ingratitud, dejándome precipitar hasta un abismo de maldad, creyendo de mí el dicho del Profeta: Levantásteme en alto para estrellarme contra el suelo (5). En tanta confusión acudí por consejo (el 10 de Octubre, sexto de los ejercicios) a mi dulcísimo director San Francisco de Sales, que amoroso me respondió que amase esta misma miseria que en mí veía, pues me hacía conocer mi flaqueza; y que hiciese de ella escalón para entrar y subir al Corazón de Jesús, en el cual hallaría la paz. Hízolo el H. Bernardo como se lo encargaba su director y maestro, y halló la paz que tanto necesitaba su espíritu, por medio de un favor singularísimo que sucedió a las pasadas angustias, y describe él mismo en estos términos: Teniendo a mi divino Jesús Sacramentado en el pecho, se empezaron a recoger los sentidos y potencias, y luego vi a los ángeles y santos mis devotos todos juntos, aunque con más distinción reparé en nuestro santo director y en su hija la V. M. Margarita Alacoque, cuyo corazón, encendido todo en amor del de Jesús, me pareció tenía uno como distintivo, divisa o blasón por su ardentísimo amor al Corazón de Jesús, que le hermoseaba sobre manera. También asistía nuestra dulcísima madre María Santísima y su santísimo Hijo Jesús, con quien renovó mi alma el desposorio y la entrega y oferta de mi corazón. A este tiempo se me mostró el sagrado Corazón de Jesús hecho un incendio de fuego, arrojando llamas y despidiendo por la herida un volcán de amor convertido en rayos clarísimos de luz. Quedó absorta mi alma, y mucho más cuando la convidó el buen Jesús a entrar dentro de su Corazón: pues, atemorizada de su bajeza y de aquella infinita grandeza é inmensa copia de llamas, se encogía y sumergía en su nada. Pero, sin saber cómo, se halló dentro de aquel divino Corazón, por un modo tan sobrenatural, imperceptible y soberano, que no hay pensar explicarlo con lo grosero de las expresiones de nuestra lengua. Aquí cesó la visión de todos los Santos que acompañaban al dulcísimo Jesús, y se quedó el alma sola con su amado, y hospedada en su Corazón. Yo, amado Padre, bien quisiera dar a entender a V. R. una sombra siquiera de lo que aquí, dentro de este cielo animado de la divinidad, sentí, vi, oí, palpé, gusté: pero no puede el hombre expresarlo. Sólo la memoria me confunde y anega en un piélago de dulzura y confusión juntamente. Inmediatamente que entró el alma en aquel sacrosanto Corazón, se sintió penetrada de aquel sagrado fuego en que ardía el divino Corazón, al modo que, si un hombre entrase en un horno encendido, al punto sería consumido de la voracidad del fuego. Lo ardiente y activo del que prendió en mi alma, con tal fuerza que se consumía y abrasaba lo íntimo de mi espíritu, hizo el efecto que el fuego material: esto es, consumió y deshizo entre sus ardores todas las frialdades, todas las tibiezas, todas las mezclas de otras cosas hasta dejar puramente alma y no más; corno el crisol separa y consume toda escoria o metal, dejando oro y no más. Aquí me pareció que se desnudaba el alma del hombre viejo, y quedaba como una materia prima para recibir las impresiones del divino Corazón". Dentro de este tesoro escondido vi por una alta visión intelectual las riquezas infinitas que el Padre Eterno depositó en este sagrario de la divinidad, y oí mil maravillosos secretos que se me declararon de la inundación, por decirlo así, con que, sin poder ya contenerse, quería salir de madre el incendio de este soberano Corazón, para anegar en fuego de amor los helados corazones de los hombres. ¡Oh, Padre mío, cómo explicaría yo a V. R. las excelencias, prerrogativas y grandezas que conocí de este soberano Corazón? ¿Cómo insinuaría yo los sentimientos de este Corazón sagrado, al ver despreciado su amor?. Después de habérseme manifestado los consejos de la divina providencia en mostrar a la Iglesia esta mina escondida para desagraviar su amor con los hombres en lo que toca a lo general de esta dignación, se me descubrieron en particular los secretos de Dios en usar de este indigno, ingrato y fementido corazón mío en la extensión del culto del divino Corazón, para mostrar más su sabiduría y poder cuanto más indigno y desproporcionado y contentible es el instrumento. Y aquí entendí también cómo el Corazón mismo había elegido a VV. RR., como a mis Padres espirituales, para suplir mi incapacidad é ineptitud; y no sin imponderable complacencia de mi alma veía en el mismo sagrado Corazón, cómo influía é influiría en adelante en los de VV. RR., incitándolos a la ejecución de esta su determinada voluntad, y agradeciéndolo con la efusión de sus dones en VV. RR., que miraba esparcirse desde aquel centro del fuego divino a los corazones de mis amados Padres, en forma de rayos de luces y llamas que se comunicaban en amorosos y benignos influjos. Bien había menester este consuelo el pobre H. Bernardo para no zozobrar entre las olas inmensas de más confusiones y angustias en que de allí a poco iba a meterle de nuevo la mano amorosa del Señor. Apenas había vuelto en sí del gozo que le causaron aquellas dulces promesas y esperanzas de la gloria de su amor Jesús, cuando de repente, desencadenándose con más furia que nunca su imaginación, le acometieron de tropel todos aquellos fantasmas que arriba dijimos haberle turbado en la consideración del juicio universal. Todo esto es mentira, gritaba el afligido joven sin saber ya lo que se decía: yo estoy iluso: yo me finjo estas ilustraciones e inteligencias: yo estoy en desgracia de Dios: esto está perdido, ni tiene ya remedio. Y deshacíase en lágrimas, y sus lágrimas parecían de fuego que le abrasaban: y apretabasele el corazón; y el alma desfallecía sin poderse valer, y amenazaba arreciar la tempestad, cubierto el cielo de espesas nubes, y los vientos en vertiginoso torbellino, cuando el día octavo y último de sus ejercicios a la mañana, en un momento calmaron ya los vientos, escribe el H. Bernardo, y comenzó la bonanza, diciéndome el Señor: ¿ Qué tienes que temer? Aunque todo fuera ilusión, ¿qué importa, si no pones tu corazón en esas cosas, y te sirven para amarme más? Aquí el alma, como sobresaltada todavía, dijo: Señor, si yo las finjo, ¿cómo no pondré el corazón en estas cosas? ¿Cómo os amaré cuando os ofendo? ¿Qué importa que por una parte parezca os sirvo, si por otra os irrito? Replicó el Señor, preguntándome: ¿ Te atreverías a decir que no pasan por ti esos favores? ¿Te atreverás a decir que quieres fingirlos? Entonces quedé totalmente sereno, viendo que ni uno ni otro pudiera afirmar. Bastaba con esto para la situación presente del H. Bernardo; mas, como tan próvido y misericordioso, quiso el Señor pasar algo más adelante en su enseñanza y satisfacción del bendito joven. Diole primero una seguridad completa en su modo de proceder, y luego una doctrina de suma importancia para cuantos quieran no ser engañados ni perderse en el camino del espíritu. Se me aseguró, dice, que en lo sustancial iba bien: que, aunque en algunas cosas accidentales se meta el espíritu propio, como sucede cuando se revela una cosa, y la imaginación añade alguna circunstancia (pues, como el alma está ilustrada con la primera luz, cree a veces que es de Dios lo que es del natural),6 sin embargo el Señor no permite este error en cosa sustancial, ni aquí hay ofensa suya en afirmar como revelada de Dios alguna circunstancia que añadió la imaginación, porque el alma así se lo persuadió: que por esto convenía que todo pasase por los Padres espirituales a quienes él asiste para que sepan discernir lo precioso de lo vil; pues, aunque vulgarmente los hombres piensan que lo mismo es decir alguna cosa una persona a quien Dios favorece, que ser ella profecía ó revelación, no es así; que no todo lo que los profetas decían, lo decía Dios. Y por esto, aunque el Padre espiritual esté cierto que es Dios el autor de una revelación, ha de examinar sus circunstancias, y no aprobar sino lo que la prudencia, experiencia, etc., dictaren: que Dios gusta se someta todo a sus ministros visibles. Con esta admirable doctrina quedé consolado y asegurado de que, aunque haya engaño en alguna cosa accidental, en lo sustancial voy bien. Y así, advierto a V. R. que, aunque tal vez afirme yo que Dios me ha revelado ó declarado tal ó cual cosa, no debe regirse en todo por esto, sino juntamente por lo que el Señor le inspirare; pues, aun cuando se opusiera en algo directamente a la voluntad del Señor, no le sería ofensivo a él, pues quiere que los directores se guíen por lo que él les dictare, y se agrada a veces de estas controversias entre sí y el Padre espiritual. Tales fueron las luces y enseñanzas, tales los gustos y amarguras del H. Bernardo en tiempo de oración por estos ocho días de ejercicios. Pues fuera de la oración, como escribe él mismo, en todos los demás ejercicios, bien espirituales bien corporales, ha andado el alma endiosada ó, para explicarme mejor, encorazonada en el Corazón dulcísimo de mi amor Jesús: siempre le hallaba conmigo o me hallaba a mí en él. Ni andar, ni hablar, ni comer, ni escribir, ni leer, ni menearme, ni casi respirar puedo sin tener presente en mi alma aquel dulcísimo Corazón, objeto de mis afectos, centro de mi amor, blanco de mis deseos, término de mis esperanzas, campo de mis delicias, motivo de mis complacencias é incentivo de mis gozos: en este Corazón habito, en este Corazón vivo, en este Corazón amabilísimo muero de amor. A nadie parecerán exageradas ni fingidas estas expresiones, que atentamente considere las gracias que debió a aquel Corazón augusto nuestro agradecido H. Bernardo. El cual iba ya a poner dichoso fin a sus ejercicios de este año, cuando, al terminar la última hora. de oración, vio gloriosísimo y muy risueño delante de sí a su director San Francisco de Sales, que le felicitó por su valor y constancia en la pasada refriega y, para que no se le olvidaran, sino que tuviera grabados siempre en la memoria, los avisos é inteligencias que había recibido en ella del Señor para mientras le durase la vida, se dignó reducírselos a tres documentos en que se encerraban los demás. El primero consistía, dice el mismo H. Bernardo, en proceder confiadamente en medio de mis temores, mientras caminase simplemente: el segundo, en no ser remiso en cuanto pudiese hacer para promover el culto divino del Corazón de Jesús, no dejando de proponer a VV. RR. cuanto juzgase conducente: el tercero, en mirar mi alma como sepultada en el suavísimo sepulcro del Corazón de Jesús. En este último documento se me cifra toda la perfección, la muerte del amor propio, la vida soberana de mis acciones, la libertad del espíritu, la indiferencia en las manos de la providencia aun en la más mínima cosa, próspera ó adversa. .............................................. (1) III Reg. IX, 3. (2) Cant. II, 10, 14. (3) Apoc I, 8; XXI, 6; XXII, 13. (4) Matth. XXV, 41; Luc. XIII, 27. (5) Ps CI, 11 1 El 27 de septiembre de 1540 confirmaba el Papa Paulo III la Compañía de Jesús y lo hacía con las Letras Apostólicas Regimini militantis Ecclesiae, en la que se concede la facultad de hacer Constituciones. Más adelante, el Papa Julio III confirma esa aprobación u la amplía aún más con las Letras Apostólicas Exposcit debitum, de 21 de julio de 1550. 2 Efectivamente, el 30 de noviembre de 1730 la decimosexta Congregación General de la Compañía eligió al P. Frantisek Retz, oriundo de Praga. Este bohemio de 57 años recibió la totalidad de los votos emitidos, excepto dos, el propio y el de otro, y así por un voto no llegó a alcanzar aquella elección la unanimidad que en tiempos anteriores sólo habían conseguido San Ignacio y De Noyelle. Había sustituido como General al P. Tamburini, muerto en febrero de aquel mismo año. 3 Esta frase nos recuerda la que dicen pronunció San Juan de la Cruz cuando el Señor le quiso premiar por lo bien que había escrito de El, y le preguntó qué premio quería por ello: Padecer y ser despreciado por Ti, repuso el Santo. 4 Alude al examen que de su espíritu hicieron algunos jesuitas e incluso alguno de otra Orden, por decisión del P. Provincial Juan de Villafañe. Esta prueba fue para el Hermano Bernardo especialmente dolorosa. Hablando de sus sufrimientos interiores escribía así el Hermano Bernardo, estando en Medina del Campo : Para preparación al desposorio me ha regalado mi Amor con once fuentes, orígenes y raíces de tribulaciones que me manaban continuos ríos de aflicción a la pobre porción inferior....La quinta fuente son las cartas del P. Provincial a que tengo que responder que, aunque nacidas de un fino afecto (como me lo ha protestado delante de Dios), Dios mueve a veces la pluma de su Reverencia de suerte que me hieran. La sexta, la respuesta de la persona a quien consultó el P. Provincial, a quien también responderé... 5 En esta frase vemos una reminiscencia del párrafo que escribe San Ignacio en su meditación de los pecados personales: El quinto (punto): esclamación admirative con crecido afecto, discurriendo por todas las criaturas, cómo me han dexado en vida y conservado en ella; los ángeles como sean cuchillo de la justicia divina, cómo me han sufrido y guardado y rogado por mí; los santos cómo han sido en interceder y rogar por mí, y los cielos, sol, luna, estrellas y elementos, fructos, aves, peces y animales; y la tierra cómo no se ha abierto para sorberme, criando nuevos infiernos para siempre penar en ellos. (Ejercicios, nº 60) 6 Tiene presente aquí Bernardo una nota de las Reglas para la discreción de espíritus, en que San Ignacio se expresa así: la octava (regla): quando la consolación es sin causa, dado que en ella no haya engaño por ser de solo Dios nuestro Señor, como está dicho, pero la persona espiritual, a la que Dios da la tal consolación, debe con mucha vigilancia y atención, mirar y discernir el propio tiempo de la tal actual consolación, del siguiente en que la ánima queda caliente, y favorecida con el calor y reliquias de la consolación pasada; porque muchas veces en este segundo tiempo por su propio discurso de habitúdines y consecuencias de los conceptos y juicios, o por el buen espíritu o por el malo forma diversos propósitos y pareceres, que no son dados inmediatamente de Dios nuestro Señor; y por tanto han menester ser mucho bien examinados, antes que se les dé entero crédito ni que se pongan en efecto (Ejercicios, nº 336) |
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