Parte tercera, capítulo 3. Buen suceso y valor del H. Bernardo en la ejecución de sus planes. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Entre tanto no podía encerrar en su pecho el H. Bernardo el gozo que le inundaba al ver el menor indicio de que pudiera propagarse la devoción que le había inspirado el Corazón santísimo de su amor Jesús: derramábalo por la lengua y por la pluma sin ser poderoso para ocultarlo. No se qué noticia de esta especie acababa de recibir de uno de sus amigos: sólo advierte el P. Loyola que”eran bien remotas las esperanzas que le daba”; sin embargo, al recibirla, se explica así el ardoroso joven: “Indecible consuelo me dan las esperanzas favorables de conseguir nuestros deseos para gloria de aquel amantísimo y dulcísimo Corazón de Jesús, cuyo nombre no puede formar la pluma sin teñirse los ojos en suaves lágrimas. Ahora ha de ser la batería de los corazones amantes al pecho del Padre Eterno para que mire al Corazón de su divino Hijo, y acabe ya de publicar a su Iglesia las inmensas riquezas escondidas en este oculto tesoro”.1

Pero, como hombre de entendimiento perspicaz y sólido, conocía bien nuestro H. Bernardo que no siempre basta con oraciones, sino que también quiere el Señor nuestra prudente cooperación para las empresas de su gloria. Y así, viendo que nada podría conducir más eficazmente para sus santas ideas como empeñar en lo mismo, según sus antiguos planes, a los sujetos más autorizados de nuestra Provincia de Castilla, determinose por fin a ponerlos en ejecución con la intrepidez que le prestaba su celo y su confianza.

El primero en quien puso los ojos, después de sus directores, fue el P. Juan de Villafañe 2 que, acabado su Provincialato, gobernaba el Colegio de San Ignacio de Valladolid. Como la piedad y demás virtudes y prendas de este insigne varón pareciesen muy propias al joven para apoyo de sus intentos, y aun escudo con que rebatir las dificultades que le saldrían al paso, un día que por casualidad se hallaba el P. Villafañe en el Colegio de San Ambrosio, fuese resueltamente a él nuestro H. Bernardo, y le habló sobre el asunto, armado de la santa é irresistible eficacia con que movía los corazones. Aunque poco tuvo que hacer ahora para mover el de su pasado Provincial: teníale prevenido é inclinado la suave providencia del Corazón de Jesús con las noticias que de este culto había adquirido en Roma poco antes, al tiempo que asistió allí a la última Congregación general como Provincial de Castilla (1). De esta manera, lejos de necesitar de los avisos y exhortaciones del H. Bernardo, estaba él en disposición de poder exhortarle y dirigirle como lo hizo. Díjole que había tratado mucho en Roma con el P. Gallifet,3 defensor celoso é infatigable promotor de este culto; que había leído allí el erudito memorial en que aquél representaba a la sagrada Congregación de Ritos los argumentos que se oponían al oficio y misa del Corazón de Jesús, resolviéndolos satisfactoriamente y reforzando las razones porque cuanto antes debía concederse a la universal Iglesia.

Como, al oír tales noticias, no pudiese el H. Bernardo contener las lágrimas de gozo, y conociese el P. Villafañe que allí había encerrado algo que él ignoraba, preguntó amorosamente a su antiguo súbdito si también sobre el Corazón de Jesús se había dignado el Señor darle algunas inteligencias que él no supiese: pues, en efecto, eran posteriores a cuando fue Provincial el P. Villafañe las que sobre esta materia recibió del Señor el bendito H. Bernardo. Contole éste con humildad y en secreto la sustancia de lo que le pasaba. Grande fue la admiración del Padre al escuchar lo que Dios hacía con su querido hijo, pero no tuvo la menor duda ni sospecha de que aquello no fuese de Dios que tan graciosamente se comunica a sus siervos. Recomendole la santidad de la empresa a que el Señor le destinaba, y la necesidad de pedirle con muchas veras que le ayudase a llevarla a buen término; y concluyó diciéndole que él estaba dispuesto por su parte a hacer y trabajar por ella cuanto alcanzaran sus fuerzas y él quisiera valerse de su persona.

Apenas había salido agradecidísimo y loco de placer nuestro H. Bernardo del aposento del P. Villafañe, cuando en otro vecino, adonde se retiró a hojear unas obras que allí había, se encontró providencialmente con el mismo memorial del P. Gallifet de que acababan de hablar. “Ya V. R. conocerá”, escribe al P. Loyola, “los efectos que este encuentro excitaría en mi corazón”: fueron admirables y propios de quien tan amorosamente dispuso que diera con él en ocasión tan propicia.

Otro sujeto muy importante de nuestra Compañía a quien empeñó el H. Bernardo por las glorias del Corazón de Jesús, fue el P. Francisco Ignacio de Eguiluz.4 Acudió a él con tanta más confianza, cuanto que, fuera de ser pública su gran piedad y discreción, había sido el P. Eguiluz su Rector y Maestro de novicios en Villagarcía, como ya dijimos, al tiempo en que comenzó el Señor a favorecerle con gracias extraordinarias. Recibió el bondadoso Padre a su antiguo novicio con la caridad y buen semblante que solía; y enterado de su pretensión, encendiose tanto en deseos de mostrar de alguna manera su amor al Corazón de Jesús, que fue uno de los primeros en consagrarse totalmente a su servicio con la fórmula del P. la Colombière que le remitió el mismo H. Bernardo escrita de su mano y pluma. Ofreció ahora a éste su cooperación en cuanto valiese, le llenó de nuevos alientos con sus fervorosas palabras, y le ayudó desde entonces con prudentísimos consejos sobre el modo que podía observarse para adelantar con fruto y solidez en empresa tan de la gloría de Dios.

Al P. Eguiluz siguió con no menor resolución y generosidad el P. Manuel de Prado,5 actual Provincial, y Rector y Maestro de novicios que había sido del joven en Villagarcía: a éste, los PP. Juan de Carbajosa6 y Gregorio Jacinto de Puga, grandes amigos y compañeros de misiones del P. Calatayud;7 Pedro de Peñalosa,8 Clemente Recio9 y varios otros que se correspondían familiarmente con el P. Loyola; José de Jáuregui, Agustín de Basterrechea, Bernardo del Río y otros muchos con quien trataba el P. Agustín. Es inútil advertir que no fueron de los últimos en alistarse bajo la bandera del Corazón de Jesús los PP. Fernando de Morales,10 Manuel de la Reguera,11 Diego Ventura Núñez,12 Francisco de Rávago13 y tantos otros esclarecidos sujetos de nuestra Provincia, entre los cuales bien merece también ser nombrado, aunque no fuera más que por su devoción y piadosa amistad, el H. Juan Lorenzo Jiménez.

Como todos ardían en los mismos deseos que el H. Bernardo, de que cuanto antes se lograsen los amorosos designios del Corazón de Jesús, es mucho lo que estos celosos Padres le estimulaban con nuevas ideas é invenciones: que todo era echar brasas al fuego que apenas podía ya caber en su corazón.

Una de ellas debió de ser, a lo que parece, que se acudiese ya a algunos Sres. Obispos para interesarlos en la causa del Corazón divino, y moverlos a que interpusieran en Roma su valimiento para la consecución de su sagrado culto. Así se desprende de una del P. Agustín de 3 de Agosto de 1733, que es respuesta a dos del H. Bernardo, y en la cual le habla de esta manera: “Lo de los Prelados intercesores es necesario: y crea que, si se junta una súplica de nuestro Rey Católico, hará mucho. Ahí está entre otros Prelados el amigo del P. la Reguera, el Sr. Belluga,14 de mucha autoridad”. Por lo visto, debía estar ya bien armada la nueva Compañía, cuando con tantos bríos pensaban en lanzarse al campo nuestros jóvenes.

Con todo, creemos que todavía no se acudió por este tiempo a los “Prelados intercesores”: sin duda hubo de parecer al H. Bernardo más ejecutivo y aun más fácil el recurso al “Rey Católico”, Felipe V, como de verdad lo era.

Activaba éste desde 1726 y aun de antes las pretensiones del P. Gallifet en Roma; había escrito ya al Papa Benedicto XIII, a 10 de Marzo de 1727, pidiéndole se dignase conceder para todos sus reinos y dominios oficio propio del Corazón de Jesús; y, según voz pública, practicaba también él por sí tan santa devoción con admirable ejemplo de la corte. Sobre esto dio ahora la casualidad de que se hallase en el real sitio de San Ildefonso, no lejos por tanto de nuestro Colegio de Segovia, de que era Rector el P. Juan de Loyola, quien así por su empleo como por su hermandad religiosa visitaba con alguna frecuencia al P. Guillermo Clerke,15 confesor de Su Majestad, y muy de su confianza y agrado.

No necesitó de más aviso el H. Bernardo para escribir inmediatamente a su P. Loyola que, aprovechando aquella ocasión, descubriese su idea al P. Clerke a fin de que éste se la insinuara al Rey y le moviera a un empeño tan del servicio de Dios y honor de su augusta persona. Y, como era de suponer, el buen P. Loyola no pudo excusarse de cumplir el encargo que le daba su querido hijo. Habló con el P. Clerke; y éste le ofreció poner en conocimiento del Rey la petición del H. Bernardo con muchísimo gusto, y hacer lo posible para que saliera bien despachada.

Luego que el animoso joven tuvo noticia de la favorable respuesta del P. Confesor y de su negociación con el Rey, no pudo encubrir su gozo, ni menos de exclamar con santo entusiasmo en carta al P. Loyola: “Aquí anda el mismo Corazón de Jesús, amado Padre: él obrará; ya se ha hecho lo último que parece factible en esta idea. Ahora pedir al Corazón de Jesús que, pues está en manos de Dios el corazón del Rey, lo incline adonde fuere su voluntad (2). Dejemos obrar al Señor: no hay que hacer de nuestra parte más que lo que él inspirare. Altamente se me ha impreso una máxima que refiere el P. Causino de nuestro santo Director (San Francisco de Sales): que no apresuremos la hora de la Providencia”.

Sin embargo, no era tiempo aún de dormir sobre los laureles: y así, más resuelto que nunca nuestro H. Bernardo a poner en ejecución sus primeros planes, volvió ahora con nuevos ánimos al de su librito. Pareciole ante todo que lo mejor sería traducir al castellano el latino del P Gallifet, de que arriba hemos hablado, y de que se sirvió el Señor para todo este movimiento: verdad es que no conocía tampoco él ningún otro de los que ya corrían fuera de España sobre esta materia. Determinado, pues, por el del P. Gallifet, andaba ideando quién se lo podría traducir, cuando le llegó nueva de sus confidentes, de que no pensara más en ello, por estarlo ya traduciendo el P. Peñalosa, quien lo haría pronto y bien. Mas no había tal ni mucho menos: el P. Peñalosa traducía a la sazón otro librito distinto del que .buscaba el H. Bernardo, el libro de La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, del P. Juan Croiset.

Aunque, no era esto lo peor del caso, siendo de creer que el H. Bernardo se diera por muy feliz con la traducción de una obra por cuyo medio había profetizado la B. Margarita que “se esparciría por todas partes la devoción del Corazón de Jesucristo” (3): lo peor fue y lo más desapacible para el resuelto joven el haber sabido o adivinado, no sabemos como, que esa obra tardaría más de lo que él había menester en publicarse. En efecto, la traducción del P. Peñalosa no se dio a la imprenta hasta bien entrado Mayo, ni salió de ella hasta mediados de Junio del año luego siguiente, ocho ó nueve meses después del tiempo en que estamos.

Era, pues, necesario echar mano a otra parte, y satisfacer por cualquier vía a las pretensiones del H. Bernardo, tan poderosas y santamente importunas como las de un apóstol abrasado del más activo celo, y movido por Dios a la consecución de una idea cuyo logro ni se ve ni se alcanza. El P. Agustín, que las conocía mejor que nadie y aun las fomentaba con el mayor empeño, halló modo por donde pudieran muy bien cumplirse. Escribió a su amigo diciéndole que allí tenía al P. Loyola, a quien obligar a que le arreglase lo que tanto codiciaba; pues era uno, el primero, de los escogidos por el Señor para instrumento inmediato en el concierto y perfección de esta obra. Lo mismo fue recibir el H. Bernardo la carta del P. Agustín, que avisar al P. Loyola que le escribiese el librito.

Opuso éste al principio alguna resistencia a lo que le pedía o, mejor dicho, le mandaba su querido Bernardo, pero al fin tuvo que ceder, como le sucedía siempre que se metía en algún negocio de éstos con el denodado joven. Sólo el párrafo en que cuenta el humilde y condescendiente Padre lo que en el asunto del librito le pasó con el H. Bernardo, basta para describirle tal cual era y formar su más completo elogio.16

“Resistíame”, dice, “por mi ineptitud, y porque el tiempo en que le pedía era para mí sumamente ocupado. Pero el joven me allanó todas las dificultades y me dirigió, enviándome la idea ó planta que le parecía más útil.17 Sus fervorosas oraciones al sagrado Corazón de Jesús contribuyeron más que nada, a mi parecer, para facilitarme el asunto y empeñarme en escribirle. Confieso, para gloria del sagrado Corazón de Jesús, que, sin saber cómo, me puse a escribir el librito, y que sentí la facilidad que yo no tengo; pues, a pesar de las ocupaciones y embarazos de mi oficio que yo oponía, envié a Bernardo por el correo de una o dos semanas el librito que tanto había deseado”.

Como todavía ha de correr bastante tiempo sin que gocemos sus frutos ni aun salga a luz su Tesoro escondido, conviene que veamos entre tanto el resultado que tuvo el otro medio y plan vastísimo de fundar Congregaciones del sagrado Corazón.

Para proceder con más acierto en materia tan delicada, juzgó el H. Bernardo que sería bueno entenderse con el P. Gallifet,18 hombre el más idóneo, a su juicio, para suministrar noticias y reglas para el buen establecimiento de las tan ansiadas fundaciones. Instó al P. Loyola a que le escribiese a este fin, dándole de paso cuenta de los triunfos del amoroso Corazón en España; y el bendito Padre tuvo que complacer a su Hijo y discípulo, si bien contra su dictamen. Al mismo tiempo, y de su cabeza, le escribía sobre lo mismo el P. Calatayud, no menos activo que nuestro joven, y más resuelto ciertamente que él a erigir cuanto antes y a toda costa Congregaciones, en vista del ardor inconcebible con que recibían los pueblos el nombre y culto del Corazón sagrado.

Fue singular el consuelo del P. Gallifet con las felices nuevas de lo que el divino Corazón empezaba a obrar en la piedad española. Dio muchas gracias a Nuestro Señor de lo tan liberalmente que se había entre nosotros, y animó a los nuevos apóstoles a continuar en su empresa; pero les añadió no poderles satisfacer en lo demás que le consultaban: por cuanto “las reglas debían formarse conforme al país y personas donde se estableciesen las Congregaciones”.

No puede menos el P. Loyola de alabar la prudencia del P. Gallifet en este negocio, como digna al fin de toda alabanza. Sin embargo, ve en ella algo más que humano; y exclama así, después de referida su contestación, con un denuedo que no contrasta poco, a la verdad, con su carácter tranquilo y bondadoso. “Pedíanse a Francia”, dice, “las reglas para saber el método de formar las Congregaciones del sagrado Corazón de Jesús. Mas este divino Corazón no quería tantas dilaciones en los cultos que deseaba para comunicar sus celestiales gracias a toda nuestra nación. Encendió el corazón del misionero con fuego tan activo que, sin esperar noticias, reglas ni dictamen de los que le habían inspirado esta devoción, fundó su primera Congregación en la ciudad de Lorca”. 19

Ya se lo temía el H. Bernardo; y firme en su propósito de que se caminara con madurez en el punto de las Congregaciones, había escrito al misionero días antes para enfrenar de alguna manera su ardiente celo con una especie al parecer lustrosa y muy de la gloria del Corazón sagrado. Poco después, a 28 de Octubre, se la repetía a su director, el P. Loyola, en una carta en que de paso le da cuenta de un favor muy especial que había recibido del cielo el domingo anterior.

“Lo que el divino Corazón hace conmigo», le dice en cuanto a lo último, “es indecible é inexplicable: asáltame con su amor y me deja absorto entre un incendio abrasador del fuego seráfico. El domingo en especial (que fue a 25 de Octubre) al recibirle Sacramentado, me dio un sentimiento interior tan vivo de que tenía en mí a aquél que es centro de mis ansias, que pensé reventar en fuerza de la vehemencia del amor y de la inundación suavísima de gozo; y, si en tiempo de gracias no me dilatara el corazón, apretado en ardores y llamas de amor, hubiera muerto sin duda. Desahogose el pecho, prorrumpiendo en gemidos íntimos con que, en voces del alma, convocaba todas las criaturas a amar el Corazón amantísimo de mi Jesús; y con una vehemencia más que humana clamaba con San Agustín: Corred, justos; corred, pecadores; corred, pueblos: corred todos y venid al Corazón de Jesús.

“Aquí oí interiormente una voz suavísima que me dijo ahora lo que en otro tiempo a aquella gran sierva del Señor (la B. Margarita), que refiere el libro de Cultu Cordis: ‘Pídeme lo que quieras por el Corazón santísimo de mi Hijo, y te oiré y concederé lo que me pidas’: y sin libertad, pedí la extensión del reino del mismo Corazón sagrado en España, y entendí se me otorgaba: y con el gozo dulcísimo que me causó esta noticia, quedó el alma como sepultada en el Corazón divino, en aquel paso que llaman sepultura. Muchas y repetidas veces he sentido estos asaltos de amor en estos días, dilatándose tanto en deseos mi pobre corazón, que piensa extender en el Nuevo Mundo20 el amor de su amado Corazón de Jesús, y todo el universo se le hace poco”.

Así el H. Bernardo por lo que mira a sus favores; y en la misma carta, con relación al P. Misionero: “Háseme ofrecido”, dice, “que, si al buen P. Calatayud se le dispone para cuaresma la misión de Madrid, como se espera, sería ésta la ocasión más propicia para sacar a luz la Congregación primera del Corazón de Jesús en España; pues, naciendo en la corte y entre la primera nobleza,21 tendría este extrínseco lustre y recomendación delante de los hombres”.

“Fuera de esto, hallo algunas congruencias que me esfuerzan esta idea, como son: que, si este asunto ha de tener contradicciones, ha de ser al principio, y en ninguna parte, al parecer, más que en una corte; pero allí con los créditos y deseos que hay del P. Calatayud, como me consta, en especial en el Colegio Imperial y en personas de la primera distinción, habrá también más escudos con que resistir; y, vencida en la corte la dificultad, se allanará para otras partes. También se me ofrece que esta ocasión podía ofrecerla para que el Rey amparase más expresamente esta causa, y el P. Confesor pudiese lograr la oportunidad que desea: y, siendo forzoso acudir a Roma por la Bula, parece se descubrían resquicios por donde en aquella curia se adelantasen nuestros intentos por parte de España. Sobre todo, como ya dije, esta especie serviría para entretener al P. Calatayud, pues no creo conviene que empiece todavía a fundar; pues, sin las reglas y noticias que podemos esperar del P. Gallifet, parece es proceder a ciegas y sin la solidez necesaria”.

“Yo bien veo que el Corazón divino no se coarta a las reglas de la prudencia humana, y que él prevendrá los inconvenientes, ó los vencerá, si se siguiesen, de la práctica de las ideas del P. Calatayud. Pero quisiera que V. R. le insinuase lo mismo que yo, dándole esperanzas de más luz, y animándole entre tanto a mover los fieles a la devoción: que más vale hacerles desear las Congregaciones”.

No bien había enviado esta carta nuestro H. Bernardo, llena de una cordura que verdaderamente parece superior a un joven de 22 años, cuando recibió otra del apostólico e incansable P. Calatayud, en que, con fecha de 25 de Octubre, le decía así: “Ya comencé en Lorca a promover su devoción del Corazón de Jesús, y se ha erigido la primera Congregación en nuestro Colegio, compuesta de 36 caballeros y 36 señoras. Les he dispuesto unas reglas, y se procurará enviar a Roma por indulgencias. Las gracias al Señor, que lo ha dispuesto. La ciudad de Lorca ha ofrecido asistir á la fiesta una vez cada año” (4).

Sobrecogido quedó el H. Bernardo con esta noticia, y aun algo temeroso al principio de si sería precipitada la determinación del misionero: mas pronto cesaron sus dudas y ansiedades con la luz divina que le hizo ver en todo aquello una traza maravillosa de los designios de Dios. “En lo del P. Calatayud veo”, escribe el iluminado joven, “que el Espíritu Santo no entiende de tardanzas ni dilaciones en sus proyectos. El Señor echa su bendición a estos arrojos de santo celo: y, si el Corazón adelanta su causa con pasos más veloces que la prudencia alcanza, ¿qué hemos de hacer sino correr en pos de sus amabilísimas disposiciones? A modo de quien se queja miraba yo esta apresuración, cuando se me respondió: ¿Piensas que ésta es obra de hombres? No: sino de mi Eterno Padre, que se complace en mi Corazón. Aquí se cifra la respuesta, a que no sabe qué responder la prudencia”.

Estas fueron las expresiones del H. Bernardo al descubrir la mano de Dios en el celo ardiente, a juicio de los hombres tal vez demasiado atrevido, del P. Calatayud. Pero, al fin, “por los maravillosos frutos que produjo este ardiente celo, se conoce”, -repetiremos con el P. Loyola-, “que el Corazón divino quería reinar abiertamente en los corazones de nuestra ínclita nación”.

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 (1)     La XVI, que duró desde 15 de Noviembre de 1730 hasta 9 de Febrero de 1731.

(2)     VéaseProverb. 21,1.

(3)     Languet, Hist. de la Devoción ... (libr. VIII, núm 116, pág. 343 de la trad. del P. Loyola: Cfr. núm. 115, págs. 340 y 341).

(4)     El Breve de erección de esta Congregación de Lorca se dio el 9 de Septiembre de 1734. Hase tenido siempre como la primera de España; y es verdad que lo fue con el título de Congregación del Corazón de Jesús; pero ya existía, erigida con Breve de 27 de Enero de 1728, otra con el de Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, en nuestra iglesia de la Compañía de Jesús de San Martín, en Palma de Mallorca. No parece que tuviera conocimiento de ella el H. Bernardo, ni tampoco sus confidentes y compañeros.


1 Este párrafo indica mejor que ningún otro el entusiasmo y la enorme esperanza que el Señor depositaba en el corazón de Bernardo en todo lo relacionado con la tarea de extender este culto. Un gran amor nunca descansa y siempre es creativo. Tal el amor que el Señor infundía en el corazón de Bernardo.

2 El P. Juan de Villafañe nació en León el 29 de junio de 1668, ingresó en la Compañía de Jesús en 1693 haciendo su noviciado en Villagarcía de Campos, siendo Rector del mismo el P. Melchor Montalvo. Acabada su formación religiosa, ejerce de profesor de filosofía y teología, para empezar pronto a ejercitar oficios de gobierno dentro de la Orden, como Superior o Rector de Orense, Villagarcía de Campos, Valladolid; en 1727 es elegido Provincial de Castilla. Más tarde lo encontramos de Rector en el Colegio de San Ignacio en Valladolid, donde morirá a los setenta y siete años en 1745. Fue en esta última época cuando Bernardo tiene especial relación con él, con motivo del culto y devoción al Corazón de Jesús. El P. Villafañe escribió tres obras, todas ellas de carácter piadoso: Vida de la venerable Petronila de San Lorenzo, Religiosa Agustina recoleta en el convento de Nuestra Señora de la Expectación, de Valencia, editado en 1721 en Salamanca; el Compendio histórico de las milagrosas imágenes de María Santísima que se veneran en los célebres santuarios de España, editada en 1726 en Salamanca y reeditada en Madrid en 1740. Y entre ambas obras, escribió la semblanza de Doña Magdalena de Ulloa, fundadora del colegio de Villagarcía, donde había estudiado Bernardo de Hoyos. La escribió en 1723, consta de 464 páginas y lleva como encabezamiento el título de “La Limosnera de Dios”. (“Doña Magdalena de Ulloa, mujer de Don Luis Quijada. Una mujer de Villagarcía de Campos”, varios autores, Editora Provincial de la Diputación de Valladolid, 1998, págs 297-298)

3 El P. José Gallifet, francés, había nacido en 1663 en Le Tholonet, cerca de Aix. Descendiente de una noble familia de magistrados, bienhechores del colegio de Aix-en-Provence, fue hijo de Jacques y de Margarita d´Augustine. Entró en la Compañía de Jesús el 17 de septiembre de 1678, tras sus estudios clásicos en el colegio de Aix. Durante su filosofía en Lyon tuvo como director espiritual a Claudio de la Colombière, de quien recibió las primeras instrucciones sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Enseñó gramática tres años en el colegio de Avignon, donde comenzó la teología, pero enfermó de tuberculosis y tuvo que descansar un año (1685-86) en Aix. Reanudó la teología en Avignon y la continuó en Dole y Lyon, aunque su salud permaneció siempre precaria. Se ordena de sacerdote en Lyon en 1689. Gallifet relata un suceso de su tercera probación que lo enlaza muy íntimamente con la promoción de la devoción al Sagrado Corazón. “Mientras servía a los enfermos del hospital, cogí una fiebre maligna que me llevó en unos días al último extremo”. Su amigo y con-teólogo, Juan Croisset “prometió a Jesucristo que si le placía conservar mi vida, yo la entregaría toda entera para gloria del Sagrado Corazón”. Gallifet ratificó esta promesa y la cumplió siempre con entusiasmo. Desempeñados varios cargos en el colegio de Vesoul (1692-1704), comenzó su carrera de superior en Vesoul, Grenoble, el colegio de la Trinité y el noviciado de Lyon. Acabado su término como Provincial (1716-1719), fue rector de Besanzon. Llamado a Roma en 1723 por el P. General Miguel Angel Tamburini, fue Asistente de Francia hasta la muerte del Padre General en 1730. De nuevo en Francia, fue otra vez rector del noviciado (1731-1736) y del colegio de la Trinité de Lyon (1736-1741) hasta su muerte, acaecida el 31 de agosto de 1749. Su primer trabajo teológico fue sobre la devoción al Sagrado Corazón. El manuscrito fue llevado a Roma en 1696 por el entonces Provincial Gabriel Jacob, y aunque los cinco censores dieron un dictamen favorable, desaconsejaron, sin embargo, su publicación. El 11 de junio de 1697, el P. General Tirso González escribió al Provincial de Gallifet, diciéndole que hacía suya la opinión de los examinadores del libro y, por tanto, prohibía su publicación. Y añadía: “la Iglesia no favorece nuevas devociones”. Años más tarde, la obra, revisada y ampliada, fue publicada siendo Gallifet Asistente en Roma. Si bien no logró la institución de una fiesta universal del Sagrado Corazón, hizo, con todo, mucho con sus gestiones y escritos por el desarrollo de la devoción en Francia, Polonia, España, Italia y en las misiones jesuitas del Extremo Oriente y de América. (Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús, Institutum historicum y Universidad Comillas; Roma 2001, Tomo II, pág 1560)

4 El P. Francisco Ignacio de Eguiluz fue maestro de novicios en Villagarcía en el año 1726 y siguientes, sustituyendo en el cargo al P. Manuel de Prado, que sólo estuvo en el cargo los dos primeros meses del noviciado de Bernardo de Hoyos.

5 El P. Manuel de Prado era Superior del colegio de San Ignacio de Valladolid cuando murió el P. Hoyos, víctima del tifus, en 1735. El escribirá la llamada Carta de edificación, la primera reseña biográfica de Bernardo, completada luego ampliamente por la vida que escribió su director espiritual el P. Juan de Loyola, que conservaba sus Apuntes y cartas, hoy tristemente desaparecidas. Este Padre fue quien actuó de padrino de altar en la primera Misa de Bernardo.

6 El P. Juan de Carbajosa era natural de Benafarces, un pueblecito cercano a la ciudad de Toro. Compañero varios años del gran misionero Pedro de Calatayud y promotor como éste de la devoción al Corazón de Jesús.

7 El P. Pedro de Calatayud fue de todos ellos, si se exceptúa Bernardo de Hoyos, quien más influyó en la extensión del culto y devoción al Corazón de Jesús. Al ser misionero popular y recorrer toda España durante cuarenta años predicando en cientos de ciudades y de pueblos, extendió entre el pueblo esta devoción. Fue él quien fundó las primeras Congregaciones del Corazón de Jesús para afianzar y consolidar el fruto de sus misiones. Este Padre benemérito nació en Tafalla en 1689, abandona el estudio de Leyes que había comenzado en Alcalá de Henares y lo cambia por el estudio de la Teología, que cura en Pamplona. En esta ciudad es admitido en la Compañía de Jesús, siendo enviado a Villagarcía de Campos para hacer su noviciado. Cursa luego filosofía en Palencia, teología en Salamanca y hace la tercera probación en Valladolid. Es profesor de retórica y de filosofía en el colegio de Medina del Campo, hasta que en 1726 es trasladado al colegio de San Ambrosio en la ciudad del Pisuerga. Dos años más tarde, en 1728, será destinado por sus Superiores a la hermosa pero abnegada tarea de las “misiones populares”, donde encontrará su centro y donde permanecerá cuarenta años seguidos hasta la expulsión de la Compañía de Jesús. Agotado por los trabajos y la edad, morirá en Bolonia en 1772.

8 El P. Pedro de Peñalosa nace en Segovia en 1692, entra en el noviciado de Villagarcía en 1709. Enseña teología en Pamplona; fue un buen predicador en las ciudades de Castilla, Navarra y Vascongadas. El fue quien fundó las primeras Congregaciones del Corazón de Jesús en Navarra. Murió en el destierro, en Bolonia, el año 1772. Su gran mérito consistirá en la traducción al español del libro del P. Juan Croisset, titulado: La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En él habla el P. Peñalosa de “la fuerza enorme de esta devoción para sanar el corazón del hombre”. Ese libro, publicado por el P. Croisset en 1691, verá la luz en Pamplona, en diciembre de 1734, protegido con el privilegio real y del Consejo de Navarra, “libro leído con suma avidez por toda clase de personas y honrado ya con más de ocho diversas y numerosas impresiones” – comentará el P. Uriarte en una de sus obras.

9 Tal vez este P. Clemente Recio fuera un hermano menor de Bernardo Recio, que coincidió unos días con el Hermano Hoyos, recién hechos los votos este último. En efecto, Bernardo Recio era natural de Alaejos, pueblo cercano de Torrelobatón. Nació en 1714 y entró en el noviciado de Villagarcía el 27 de septiembre de 1728, días antes de que Bernardo de Hoyos se trasladase a Medina del Campo para estudiar la filosofía. Hecho el noviciado, Bernardo Recio permaneció en Villagarcía estudiando las Humanidades; luego marchó a Santiago de Compostela para estudiar la filosofía. Enseña gramática en el colegio de Monforte de Lemos (1734-1735), justamente el mismo año en que Hoyos muere en Valladolid. La teología la cursará en Salamanca (1735-1739) y hará la tercera probación en Valladolid (1739-1740) casi seguro bajo la dirección del P. Juan de Loyola, quien en ese tiempo está ya escribiendo la vida del P. Hoyos. Bernardo Recio podía visitar la tumba de quien comenzaba a ser venerado por los fieles, que acudían a nuestra iglesia de San Ignacio. Estando en Salamanca, pedirá en 1746 al P. General Francisco Retz le envíe a las misiones y lo destina a la Provincia de Quito (Ecuador). Allí trabajará con los indios y dando misiones populares. Vuelto a España, escribirá sus experiencias apostólicas en una obra titulada Compendiosa relación de la Cristiandad de Quito. Morirá, como la mayoría de los jesuitas, en el destierro. El año 1791 cerrará sus ojos en la Ciudad Eterna. (extractado del Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, Roma 2001, tomo IV)

10 El P. Fernando Morales fue profesor de Bernardo en el colegio de Medina del Campo y también director espiritual suyo en ese colegio. Junto con Bernardo se trasladará al colegio de San Ambrosio, donde el Hermano Hoyos cursará los cuatro años de teología. Este profesor de filosofía y teología escribirá, tras la muerte de Hoyos, un dictamen sobre la vida del mismo, en el cual afirma que los favores concedidos a Bernardo “en general, fueron verdaderos”, y que al contarlos, Hoyos “estaba muy lejos de mentir y querer engañar”.

11 El P. Manuel Ignacio de la Reguera nació en Aguilar de Campóo (Palencia) en 1668, entró en la Compañía en Valladolid en 1682 y murió en Roma en 1747. Fue teólogo y escritor espiritual. Se formó en los colegios de Oviedo y Salamanca. En su vida de docencia explicó filosofía durante tres años y teología durante casi veinte en Salamanca y Valladolid; en esta última ciudad se graduó en ambas facultades el año 1717. A partir de 1721 residirá en Roma como revisor de libros y teólogo privado del Cardenal Luis Belluga. Su mejor obra es la titulada: Praxis theologiae mysticae (1740-1745). La obra está basada sobre la Práctica de la Teología mística, del jesuita P. Miguel Godínez, logrando hacer una verdadera Suma de Teología espiritual. El P. Reguera utilizó los manuscritos de Godinez e introdujo en su obra dos escritos originales de éste, que no se hallan en las ediciones mejicanas de la Práctica: el “de la naturaleza y la gracia” y el del “gobierno religioso”. Son de particular interés los tratamientos dados a algunas materias, como la contemplación infusa y su relación con la perfección. (Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, Roma 2001, tomo IV, págs 3328-29). Este libro del P. Manuel de la Reguera no pudo leerlo ya Bernardo por haber fallecido pocos años antes; pero sí conocía el de Godinez, que le ayudó no poco para entender sus experiencias religiosas y místicas. Este Padre será uno de los que se consagren al Corazón de Jesús con la fórmula que había empleado el P. Claudio de la Colombière y por su cargo de “censor” de libros en Roma tendrá que ver con la aprobación del Tesoro escondido.

12 El P. Diego Ventura Núñez era Provincial de Castilla cuando entró Bernardo de Hoyos en el noviciado de Villagarcía.

13 El P. Francisco de Rávago había sido Provincial de Castilla y vivía por entonces en el colegio de San Ambrosio mientras el Hermano Hoyos estudiaba allí la teología. Cuando Bernardo tenía que pedir licencia al obispo de Valladolid para publicar el Tesoro escondido, pensó en este Padre que con su prestigio podría ayudarle; pero no pudo ser, por lo que tuvo que rogarle al P. Juan de Villafañe (cuya relación con el obispo no pasaba por los mejores momentos) que se arriesgase y lo pidiese. Así lo hizo y el Señor Obispo, Don Julián Domínguez de Toledo, se lo concedió gustoso, quedando ambos amigos.

14 Alude al Cardenal Luis Belluga, que llevaba en la corte pontificia los negocios de España.

15 El P. Guillermo Clarke era el confesor real. Había nacido en Edimburgo y había sido Rector del colegio escocés de Madrid. En este colegio, como en los de Valladolid y Sevilla, estudiaban seminaristas que no podían hacerlo en su patria por la persecución religiosa. Estos colegios fueron creación del rey Felipe II en unos tiempos en que la persecución religiosa en Inglaterra era muy fuerte, bajo la presión de la reina Isabel. El P. Clarke ejerció su oficio desde 1726 a 1743, año en que fallece estando en la Granja de San Ildefonso.

16 En la noticia que su Superior, el P. Eugenio de Colmenares, escribe a 20 de marzo de 1762 en el colegio de San Ignacio de Valladolid, donde había fallecido el P. Loyola, se dicen de él entre otras cosas: “....puntual siempre y constante en los ejercicios espirituales, diligente en la observancia de las reglas, apacible con todos, y sólo consigo mismo áspero y disgustado porque no era tan bueno como deseaba....; fue mortificado, fue humilde, fue laborioso, fue caritativo, fue consolador de corazones afligidos, fue de un trato lleno de sinceridad en sus palabras y acciones, fue un verdadero Jesuita, ejercitado en adquirir virtudes y en promoverlas en otros, fue un sujeto de corazón proporcionado para tratar con Dios en el retiro de la oración y para tratar con los hombres en la práctica de nuestros ministerios...” (Vida del P. Bernardo de Hoyos, José Eugenio de Uriarte, Imprenta del Corazón de Jesús, Bilbao, 1888, pág XIX).

17 Por esta frase adivinamos que el “esbozo”, el “plan o estructura” del Tesoro escondido fueron obra de Bernardo, aunque la redacción del mismo fuera de Loyola.

18 En este año de 1734 el P. Gallifet , dejado su cargo de Asistente en Roma, se encontraba ya en Francia. Por aquellos años desempeñaba el cargo de Rector del noviciado de Lyon. Sin duda, tuvo que experimentar una grande alegría al recibir dos cartas con el mismo deseo: de conocer cómo podrían formarse las Congregaciones del Sagrado Corazón, que tanto iban a contribuir a la extensión de este culto. Una carta venía de Segovia, firmada por el rector del colegio: P. Juan de Loyola; la otra estaba escrita por el famoso misionero popular Pedro de Calatayud.

19 Impetuoso y de carácter decidido, el P. Calatayud fundó la primera Congregación del Corazón de Jesús en la ciudad de Lorca, del “reino de Murcia”. Fue en el mes de octubre de 1734.

20 Méjico será el primer país del Nuevo Mundo, en el que se extienda la devoción y culto al Corazón de Jesús por obra de algunos Padres de la Compañía.

21 Aunque no sea la “primera” Congregación del Corazón de Jesús en España, puesto que ya la había fundado en Lorca, la idea de Bernardo de crear una Congregación en la corte de palacio se llevó a cabo tres años más tarde, en 1737. Se erigió dicha Congregación en el Colegio Imperial de Madrid, y la formaban personas tan ilustres como el rey Felipe V, el infante Don Felipe de Borbón, los Condes de Benavente, de Paredes, de Béjar; la reina Bárbara de Braganza, las infantas de España, la marquesa de Almodóvar, la condesa de Lemos....y otros muchos miembros de alta alcurnia. A ello contribuyó, sin duda, la propaganda que hizo Bernardo enviando el librito del Tesoro escondido a los reyes y miembros de la nobleza.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888