Parte tercera, capítulo 13. Pasa el P. Bernardo al Colegio de San Ignacio, y muere santamente. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Terminada con toda felicidad la carrera de sus estudios por Agosto de 1735, recibió orden nuestro P. Bernardo de pasar al Colegio de San Ignacio1 a tener, según la costumbre de la Compañía, el tercero y último año de probación. Grande fue su consuelo al oír tan grata noticia, pues era mucho lo que deseaba volver a la escuela de los afectos al cabo de siete años corridos en la de las ciencias: mas no por eso dejaba de sentir alguna pena en haber de abandonar su amado Colegio de San Ambrosio, donde se le había descubierto el misterio del Corazón de Jesús, y tan dulcemente le iba con sus favores. Pero Dios le mandaba que lo abandonase, y lo abandonó al momento, aunque no sin depositar en él parte de su corazón en la devota despedida de aquel dichosísimo Colegio.

“Esta se redujo”, escribe ya desde San Ignacio, “a dar algunos días antes gracias al Señor y al Corazón santísimo, en los lugares2 donde me acordaba haber recibido más frecuentes favores de su bondad, pidiéndole derramase sus bendiciones sobre todos los que viven y vivieren en este Colegio en que quedaba la imagen de su Corazón: delante de la cual dije misa los últimos días en acción de gracias por tanta multitud de mercedes como en estos cuatro años he recibido en este Colegio. Y, como la imagen está en el altar del Salvador,3 con el cual yo tengo especial devoción, celebré con doblado consuelo, ofreciendo en acción de gracias el mismo sagrado Corazón, al que vi como altar divino en que se ofrecían sus méritos y sagrados afectos por mí, y en especial por compensación de lo que a mí me ha faltado: consuelo único que me queda a vista de mercedes tan especiales y tan repetidas”.

Tan amorosa y regaladamente se despidió el P. Bernardo de aquel su cielo4 de cuatro años, pues no le merecía otro nombre. Llegado al Colegio de San Ignacio a principios de Septiembre, diose lo primero a examinar diligentemente si con la continua aplicación al estudio de las letras se le había entibiado algo el fervor de las virtudes, para volverlo a inflamar con nuevos aumentos: pues éste fue uno de los motivos principales que tuvo nuestro Santo Fundador en establecer el año de tercera probación en la Compañía. Pero en esta materia no halló el P. Bernardo sino mucho de que dar gracias a Dios, que le volvía a la soledad y al retiro más fervoroso aún de lo que salió para los estudios.

Otro de los motivos de San Ignacio para aquella determinación fue que los nuestros, acabada ya su carrera y cultivado su entendimiento con todo género de ciencias humanas y divinas, tuvieran un curso especial y práctico de lo aprendido, en ejercicios espirituales y corporales que conducen al adelantamiento en la abnegación de todo amor y juicio propio y en el trato y privanza con Dios; a fin de que, aprovechados ellos así en el espíritu, puedan ser después más provechosos a los prójimos a gloría de su Divina Majestad. En este particular, y en el de disponerse a lo que el Señor quisiera de él en adelante, hubo mucho en el P. Bernardo que hacer y padecer. Encargó a su Instructor, el P. Diego de Tobar,5 hombre espiritualísimo y de gran prudencia, que cuidase de domarle y contradecirle y humillarle en cuanto le fuera posible. Lo mismo pidió con instancia al Señor, el cual parece que en esta parte le debió de oír, según también él le trató a veces con sequedad y dureza.

Hallose desde el primer día de su probación sin ninguna de aquellas luces que tan de ordinario ilustraban su entendimiento e inflamaban su voluntad en amor y servicio de Dios. Excitábase a fuerza de remos, ya que había calmado el viento favorable del Espíritu Santo, a seguir animoso por aquel mar inseguro de penas y tribulaciones en que le ponía la ausencia de su divino conductor, y ejercitarse en la práctica de piadosos afectos a que le obligaba su nuevo estado: pero “todos los que regularmente hacía aun en tiempo de oración, eran”, según él los describe, “gordos como puños o, como decía nuestro San Francisco de Sales, como afectos de un cavador, que, si bien poco sabrosos, eran sustanciales, y con su solidez no dejaban de causar algún efecto en el alma.

El principal y más sólido era el de que en las distribuciones de lo restante del día la hallaba muy dispuesta a obedecer, aunque afligida, y determinada a esperar, no sólo con paciencia, sino con gusto, cuanto el Señor fuera servido de obrar en ella.

Con estas disposiciones empezó su mes de ejercicios, y con éstas proseguía, cuando en la meditación del juicio particular oyó de improviso una voz fuerte y temerosa que sonó en lo interior de su alma como un trueno que coge de sorpresa: No te reprenderé por ahora, pero te pondré cara a cara contigo mismo (1); Y al propio tiempo colocáronsele delante dos a manera de lienzos o cuadros. En el uno se veían como “pintados los infinitos beneficios que le había hecho Dios desde que tuvo uso de razón, y sobre todo los últimos años, por el amor indecible de su sagrado Corazón”: en el otro se mostraban como de bulto “sus más mínimas faltas e imperfecciones, y la pequeñez de los obsequios con que había correspondido a tantas mercedes”.

Al reparar en estos dos cuadros tan diversos, “fue tal”, así él, “la confusión que cayó sobre mi corazón, que, sin que el Señor me reprendiese, siendo yo mismo el juez, bastara a quitarme la vida, si no naciese de ella misma una confianza especial y, como enseña nuestro Santo, una como complacencia en cierto modo de verme así, para que con la contraposición campease más la bondad de aquel generosísimo Corazón del Salvador, que ha querido hacer trono de su misericordia mi misma miseria. No obstante, me paró tal esta ilustración repentina, que no hice más que arrojarme deshecho en lágrimas a los pies de mi amor Jesús6, sin atreverme a hablar más palabra que mirar como por señas al Corazón sagrado, en el cual hallé algún consuelo el día siguiente, cuando le tuve en el altar: porque me dio a entender con un amor imponderable, que tomase de aquel tesoro lo que me faltaba, y que, desconfiando de mí, fijase en su Corazón toda mi confianza y correspondencia. Y aunque el cariño y amor con que este amable Salvador se insinuó a mi pequeñez, templó en gran parte la vehemencia de los sentimientos que el día antecedente causó en mi corazón la contemplación de mis ingratitudes y las finezas del Corazón sagrado, no por eso faltó en dos o más días un no sé qué en el mío como de congoja, sin acertar yo lo que era aquella opresión, hasta que la memoria de lo que había entendido, renovando la llaga, me declaró de dónde tenía su origen aquella oculta pena”.

Esta desapareció por completo en el anteúltimo día de la primera semana de sus ejercicios, en que “la sequedad se convirtió en dulzuras”, dice, “y la oscuridad en resplandores de gloría por medio del Corazón sagrado de mi amor Jesús, en el cual se me dio a entender tenían los bienaventurados, después de la visión beatífica, su mayor gloría, conociendo y amando aquellas inestimables riquezas depositadas en los afectos y movimientos de este deífico Corazón: el cual descubría ahora a su Iglesia para que los fieles formasen sus corazones a esta semejanza, y por esto más semejantes a la perfección de los bienaventurados, por haber de aprender muchas almas, de este divino Corazón, una perfección más alta en el amar y padecer”.

Pero esta misma inteligencia, tan verdadera e indudable, fue causa de allí a poco para que viniese a dar el P. Bernardo en nueva turbación y angustia. Veía claramente los fines del Señor en descubrimos, primero por la B. Margarita María Alacoque, y luego por él mismo, con tanto interés las finezas y deseos del Corazón santísimo; veía la voluntad divina de que se extendiese por el mundo su devoción, y se autorizase públicamente su culto en la Iglesia: y entonces, ¿á qué rendirse -exclamaba el amoroso joven-, á qué estrellarse tantos afanes y trabajos, tantas peticiones de obispos y de príncipes, y aun la misma voluntad de Dios manifiesta y visible, contra un obstáculo puramente ideal y una dificultad de fácil solución, cual era, sin embargo, la que retardaba la fiesta y solemnidad del Corazón de Jesús?

Pues, efectivamente, la única que, a lo menos en la apariencia, la retardaba e impedía, era el título especioso de su novedad, reforzado con la instancia de ignorarse, así decían, cuál fuera el objeto de la nueva devoción, y con los temores de que, concedida ésta, se abriese puerta franca a mil otras solicitudes contrarias al rigor de la disciplina eclesiástica. Tal era, lo repetimos, y no otro, el reparo de los encargados de examinar esta cuestión en Roma, y tal el que retraía al piadoso pontífice Clemente XII de satisfacer a sus buenos deseos y su misma devoción al Corazón divino. Esto que ahora es público por documentos oficiales, constaba ya entonces muy bien al P. Bernardo por las noticias de nuestro laborioso agente el Sr. Belluga, y érale imposible no sentirlo ni representarlo en el acatamiento del Señor, si bien con la humildad, indiferencia y cordura que revelan estas sus palabras.

“He dado quejas al Salyador”, dice él, “amante y deseoso del culto de su Corazón, por qué permite la siniestra impresión que hacia este punto ha hecho en su Vicario aquella vulgar objeción. Es verdad que me he quejado de mala gana, por dos razones: una, porque a nosotros no nos ha encargado que lo consigamos, sino que lo procuremos, y aquello queda a su cuenta y excede nuestro poder; y, aunque el amor propio se complaciera un poquito de que nuestros medios tuviesen efecto, y más efecto que en sí es santo y bueno, pero la razón impide el sentimiento racional, bien que no el sensible: la otra, porque desde el principio de esta empresa estamos prevenidos de que ha de haber dificultades que, cuanto mayores, han de ceder en mayor gloría del Corazón sagrado”.

“Y esto mismo me dio a entender nuestro amor Jesús pocos días ha, sobre esta determinada dificultad, quitándome las dudas de que se conseguirá presto: pues ya llega el plazo, aunque no tan presto llegue a la altura que tendrá este culto con el tiempo. Así, amado Padre, nosotros trabajemos, no omitiendo cosa que ceda en gloría del Corazón sagrado, para facilitar esta dificultad; pues no será en vano, cuando ha de ceder en mayor honor del Corazón de Jesús. Y cuando el Pontífice reinante7 no esté escogido para este glorioso asunto, creo que no estará muy lejano el que lo será8: no obstante, pidamos y oremos con gran empeño por el Papa presente”.

En estas ansias, afectos y deseos de las glorias del sagrado Corazón acababa el P. Bernardo sus Ejercicios9 y seguía sin desmayar, cuando llegó el 17 de Octubre, aniversario de la muerte dichosa de la B. Margarita María Alacoque. Celebrada la misa con extraordinario fervor, apareciósele esta su Hermana, acompañada de Santa Teresa de Jesús y San Francisco de Sales, que venía como introduciendo a las dos a la presencia de su querido discípulo.

Entonces, entre otros varios consejos y documentos, “nuestro amable director me dijo”, escribe el devoto joven, “que debía haber un amor y amistad tierna y fina entre la V. Margarita y mi alma, habiendo sido escogidos ambos por el Corazón sagrado para un mismo fin10: y que, pues ella me trataba con familiaridad particular, yo acudiese a ella, especialmente en los puntos de esta devoción, con particular confianza. Luego entendí cómo su muerte, tal día como éste, fue un amoroso deliquio, fue un recostarse dulcemente en el Corazón de su amado, dando en él el último aliento. Y a vista de muerte tan deseable, ¡oh buen Jesús, y qué asalto de amor tan fuerte sintió este mi pobre corazón, tocado de una santa envidia! Y aquí, cesando la visión, empezó el dulce martirio de los ímpetus”.

Y empezó para no acabar sino con la muerte de quien tanto envidiaba la de aquella Esposa amantísima del Corazón de Jesús.

Pasados algunos días en aquel sabroso padecer de los ímpetus de amor, salteole el 16 de Noviembre una calentura de índole maligna, que pareció despreciarla el P. Bernardo: y como un compañero suyo que le amaba tiernamente, le aconsejase el viernes 18 que sería bueno quedarse en cama, por lo que pudiera resultar, pues eran muchos los que a la sazón morían en Valladolid de aquella calentura que, a su juicio, indicaba ser de tabardillo, respondiole el joven con gran resolución: Sí, mas quiero ir primero a decir misa, y despedirme de mi amado.

Con estas palabras entró en sospechas su compañero de si tal vez tendría él, como tan siervo de Dios, alguna noticia anticipada de lo que iba a suceder: y más, cuando algo después, postrado ya en cama, aunque sin declararse todavía el mal peligroso, oyó que le decía sonriéndose: Vaya, Padre mío, si yo me muero,¿ qué le tengo de dejar a V. R. en señal de mi amor? Le dejo esta medalla que traigo conmigo al pecho. Diole las gracias por tan afectuoso regalo, significándole que esperaba en el Señor no sería menester deshacerse tan pronto de su medalla. Mas, como el P. Bernardo callase a esto, preguntole su compañero, con deseo de que se le descubriese más claro, si pensaba o quería morir: Yo sólo pienso y quiero lo que el sagrado Corazón quisiere, le respondió el joven, sin que fuera posible arrancarle más palabras en este punto.

Ni su fiel compañero con quien esto pasaba, ni el P. Loyola a quien él se lo escribió después con varias otras circunstancias, lo tienen por indicio suficiente de haber sabido el P. Bernardo con certidumbre la hora o proximidad de su muerte. Tampoco nos lo parece a nosotros; ni es, al fin, esta noticia, aunque la tuviera, tan cierta señal de salvación ni tan consoladora como la de las virtudes heroicas y actos de fervor en que empleó el joven los últimos días de su vida.

La singular paciencia con que sufrió los penosos accidentes de la enfermedad y de sus remedios, pruébala bien el no haberle oído nadie la menor queja ni visto acción que desdijera en lo más mínimo de su habitual serenidad y constancia. Ni aun se pudiera saber si padecía algo, según conservó el rostro afable y risueño, si no nos constara cuán angustiosas son las enfermedades de tabardillo11 tan ardiente y voraz como el suyo: ignoraríamos aun lo terrible de la sed que le abrasaba las entrañas y las fauces, “si al confesarse, viendo que no podía hacerlo por la suma sequedad, no me hubiera pedido licencia para enjuagarse”, escribe su Instructor el P. Diego de Tobar, testigo presencial y seguro de cuanto aquí decimos.

Recibió en seguida el santo Viático con la piedad y devoción de quien tantos deseos tenía de ver a Dios y gozarle para siempre: y “después de haber dado gracias por espacio de una hora con singulares afectos de ternura, que no pudieron ocultarse a los que le observaban muy de cerca, dijo a uno de ellos: ¡Oh, si el Corderito dispusiera venir por acá siquiera cada tercer día! Así lo cuenta el P. Manuel de Prado, el mismo que admitió al dichoso joven en la Compañía, y fue su primer Maestro de novicios y luego su Provincial, y ahora de Rector suyo le asistía como padre amoroso en los postreros instantes, sin apartar los ojos ni la atención de las acciones más menudas y hasta los movimientos de aquel su querido hijo.

“Entre los tiernos afectos con que respiraba en su última enfermedad se le oía decir: iOh, cuán bueno es habitar en el Corazón de Jesús!”,12 escribe el mismo P. Rector; y, como en prueba de que su P. Bernardo “no parece sabía pensar en otra cosa que en este adorable corazón”, añade que “aun en medio del delirio que padeció en su enfermedad, prorrumpió en un coloquio tan concertado, tan devoto, y con tanto fervor de espíritu, que puso en admiración a cuantos nos hallábamos presentes” (2).

La enfermedad en tanto progresaba con rapidez, aunque ninguno de los que rodeaban al enfermo, se persuadía aún que estuviera tan próxima su muerte: sobre todo los que tenían alguna noticia de la empresa que le había cometido el Señor, se figuraban que aquello era tal vez una prueba más de las dificultades con que el amoroso Corazón quería que su reinado se afirmase en España, pero sólo una prueba pasajera, de que saliese más esforzado el bendito joven, y ellos más animados y seguros de la asistencia divina. Lo mismo se había imaginado también al principio la M. Concepción;13 y rogaba a su celestial Esposo con lágrimas por el pronto restablecimiento del P. Bernardo, cuando, al revestirse una vez su espíritu de nueva confianza, vio que, separándose del cuerpo el alma de su Hermano y Padre tan querido, volaba gloriosísima a esconderse en la llaga abierta del sagrado Corazón. Desde este momento no dudó que era ya inevitable la muerte del P. Bernardo. Así se lo escribió a su director, y pronto se convencieron los Padres de que en efecto era inevitable, y no podía tardar.

Administráronle a toda prisa la Extrema Unción; y, leída la recomendación del alma delante de la Comunidad, reclinó suavemente la cabeza el moribundo, y se durmió a esta vida de miserias y trabajos, el martes 29 de Noviembre de 1735, para despertar en el seno de Dios y el Corazón santísimo de Jesús su amor, su descanso y eterna bienaventuranza.

Ignoramos por aquí lo que pasó en aquellos últimos instantes de la vida del P. Bernardo: pero “yo he pensado siempre”, dice el P. Loyola, cuyas palabras hacemos nuestras sin temor de errar en lo que sentimos, “yo he pensado siempre”, dice, “que recibió en esta hora singularísimos favores del sagrado Corazón de Jesús, de su dulcísima Madre María Santísima y de todos los ángeles y Santos sus devotos; y que acaso su muerte fue de algún ímpetu de amor divino sagradamente violento, como muchas veces le había ofrecido el Señor: porque a los favores de la vida habían de corresponder los de una muerte dichosa (3). Si no se nos descubrieron visibles y ruidosos como en la muerte de algunos justos favorecidos, Nuestro Señor y Dios amantísimo tuvo en esto sus fines que nosotros no debemos examinar. Sólo debemos adorarlos, venerarlos y amarlos, exclamando con el Apóstol: iOh profundidad de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! iCuán incomprensibles son sus trazas, e imposibles de investigar sus caminos! (4)”.

Así exclamaban también, al recibir la noticia de la temprana muerte del P. Bernardo, los que la tenían de su elección maravillosa para descubrir a España el tesoro del Corazón divino de Jesús. Creían sin duda que vida tan llena de favores celestiales no debiera consumirse tan pronto; y que un joven escogido para tan alta empresa como el P. Bernardo, y que con tan buen suceso la había adelantado en menos de tres años, y ahora, acabados sus estudios y ordenado de sacerdote, podría con facilidad llevarla al término apetecido, no permitiría el Señor que desapareciera de este mundo, cuando más falta hacía, al parecer, su cooperación y asistencia entre nosotros.

Mas, ¡cuán diversos y apartados son los pensamientos de los hombres de los de Dios! Así sentían ellos, pero Dios sintió y dispuso de otra manera; y no hay apelar de sus juicios, siempre rectos, siempre justos y los más apropiados a la consecución de sus fines tan ciertos como inescrutables.

«Agradose el Señor en quien bien quería, y arrebatole de entre los pecadores: llevole a sí de aquí abajo porque la malicia no mudase su entendimiento, ni llegasen a engañar su alma los embustes; pues los embelesos y hechizos de este mundo oscurecen la bondad de las cosas, y los caprichos y halagos de la carne son capaces de pervertir el juicio más recto y la voluntad más bien intencionada”. Esta es una de las razones que nos da el Sabio de por qué el Señor, cuando menos lo pensamos, corta el hilo de la vida al joven de cuya virtud y prudencia tanto nos prometíamos; y añade a continuación: “Aunque muerto de pocos años, hizo larga carrera: agradable era al Señor su alma; y por eso se dio prisa a arrancarle de este mundo de iniquidad y desventura» (5).

Bien podemos aplicar estas palabras a nuestro querido joven. Apresurose, aunque tan niño, a correr como gigante en el camino de la virtud, y no paró hasta llegar al monte alto de la perfección, y verse allí cara a cara con Dios, y unirse a él con el lazo más estrecho de amor que cabe entre Dios y los hombres en esta corruptible mortalidad en que nos detienen las prisiones del cuerpo. Prendas teníamos de sobra, no lo negamos, de que esta unión no había de romperse por ningún accidente de la vida: mas, al fin, ¿quién sabe lo que puede ser aun del mayor amigo de Dios y más favorecido, mientras le queda la triste libertad de abandonarle por el pecado? Demos gracias al Señor de que nuestro joven vive ya en sitio y condición donde no corre más peligro su inocencia y santidad, ni puede dejar de amarle eternamente.

Por otra parte, estaba ya maduro para el cielo nuestro P. Bernardo, ni era digna la tierra de poseerle tan a costa de su amor y deseos ardentísimos de no separarse de aquél en cuya presencia y conversación se cifraba su único alivio y solaz en este miserable destierro. Los vuelos de su espíritu, los ardores de su corazón, los ímpetus de su alma abrasada no podían descansar sino en el Corazón santísimo de su amor Jesús, y era un martirio más atroz que mil muertes dejarle aquí padecer y consumirse por más tiempo. Harto milagro fue que resistiera sin morir aun los pocos años que vivió en este mundo. Bendito el Señor que así le tuvo de su mano para que antes no se nos fuera; y bendito él que nos le llevó cuando, por más que a los hombres pareciese lo contrario, convenía ya que nos le llevara para gloría suya y del divino Corazón.

Sí: “mi muerte es necesaria para la gloría del Corazón de Jesús” , repetía la B. Margarita María Alacoque a una religiosa que se lamentaba de que las dejase tan pronto. Lo mismo podemos y debemos nosotros repetir ahora que se nos va tan de prisa y tan joven nuestro querido P. Bernardo: su muerte era ya necesaria para la gloría del Corazón de Jesús en España. Necesitábase para la propagación de su culto entre nosotros, que se nos descubriese la manera admirable como él se nos manifestó, y tuviésemos noticia de lo que desea que le adoremos, y de los favores que ofrece a sus devotos y empezaba a distribuir en la persona del P. Bernardo: de lo cual nada fuera posible o, a lo menos, conveniente en vida del santo joven.

Con su muerte allanábanse ya todas las dificultades, y allanáronse pronto así que murió; y supo nuestra España el amor especial que el divino Corazón le merece, y encendiose en nuevos y ardientes deseos de gratificarle tanto amor como le muestra, haciendo verdadera su promesa de que reinaría en España con más veneración que en otras partes. Gloría a él, que quiso valerse para este fin de un medio que, a los ojos de los hombres, no sólo parecía impropio, sino hasta contrario al plan de la divina providencia.

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(1)   Cfr. Ps. XLIX, 21.

(2)   Dos Cartas de edificación (II, págs. 13 y 14).

(3)   Ya vimos anteriormente cómo esperaba el P. Bernardo rendir su espíritu cuando fuese la voluntad de Dios que muriese, “a manos de tan amorosos matadores”. También dijimos habérsele revelado el 7 de Enero de 1730 que se hallarían presentes a su muerte el Señor, la Virgen, San Ignacio, San Francisco Javier, Santa Teresa, San Miguel y muchos otros ángeles y Santos sus devotos: y no dudamos que se cumpliría esta revelación.

(4)   Ad Rom. XI, 33.

(5)   Sap. IV, 10-14.


1 La Compañía de Jesús tuvo dos colegios en la ciudad de Valladolid. El primero se llamaba de San Ambrosio y es el actual Santuario nacional del Sagrado Corazón; allí se estudiaba la Teología en tiempos del P. Bernardo. El otro colegio se llamaba de San Ignacio, del cual solamente queda hoy lo que era su iglesia: la actual parroquia de San Miguel. En este último se hacía, en tiempos de Bernardo, la llamada “Tercera Probación”, que es como un segundo noviciado, al que se retiran los jesuitas, una vez concluidos sus estudios. Su finalidad es la de “templar” el espíritu en la oración y el contacto íntimo con Dios para salir luego a ejercer los ministerios propios de la Compañía. En el tiempo que nos ocupa duraba un curso entero.

2 Ya hemos hablado en otra nota anterior de este modo de proceder de Bernardo, inspirado por Nuestro Señor: el de ir recorriendo aquellos lugares, donde la gracia del Señor se hizo más densa para Bernardo, a fin de vivir una dilatada y alegre acción de gracias “por tanto bien recibido”

3 En esta capilla (que era la primera, entrando, a la izquierda) se encontraba el cuadro de Jesucristo vestido de jesuita (del que ya hemos hablado) y en esa misma capilla había colocado Bernardo el cuadro que hizo pintar del Corazón de Jesús y que le sirvió para la novena pública del mes de junio de 1735.

4 Con toda razón puede llamarse “cielo” a aquel período de cuatro años, pasados en el colegio de San Ambrosio. Cielo por la cantidad y calidad de las gracias recibidas, cielo por el hermoso horizonte que se abría ante los ojos entusiasmados de Bernardo, cielo por las consolaciones que disfrutó en el interior de su alma y cielo también incluso por los terribles sufrimientos interiores que hubo de padecer, ya que al estar totalmente entregado al querer del Señor, Bernardo de Hoyos unía lo dulce y lo amargo en el común cauce de la “voluntad de su Señor”. En San Ambrosio se cumplió, en la persona del P. Hoyos, aquello que escribió Tomás de Kempis: “estar sin Jesús es grave infierno; estar con Jesús es dulce paraíso”.

5 El Rector del colegio de San Ignacio era entonces el P. Manuel de Prado, quien recibió a Bernardo cuando éste entraba de novicio en Villagarcía allá por el año de 1726. Y el Instructor de la tercera Probación era el P. Diego Tobar, “hombre – al decir del P. Máximo Pérez en su Biografía de Hoyos – de gran robustez física y de carácter enérgico. Había entrado en la Compañía a los 21 años de edad, después de haberse licenciado en la Universidad de Valladolid en Teología y Derecho Canónico. Pasó por todos los cargos de gobierno, incluso el de Provincial. En su necrologio se resalta la personalidad excepcional, su autoridad, su firmeza e imparcialidad de carácter, así como su extraordinario talento como maestro de espíritu y como gobernante” (El poder de los débiles, P. Máximo Pérez, edit Edapor, Madrid, 1991; pg 182)

6 Nos recuerda esta frase de Bernardo aquella escena del Evangelio, en que Pedro, como anonadado por la gran pesca cogida, exclama: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador

7 Lo era entonces Clemente XII (1730-1739)

8 Quien habría de serlo sería el Papa Pío IX, quien en 1856 extendió la fiesta del Corazón de Jesús a la Iglesia universal.

9 En aquel curso de 1735-1736 sabemos que el mes de Ejercicios que hicieron los Padres “tercerones” no se dio seguido, sino en diversas etapas, conforme a las cuatro semanas, en que San Ignacio dividió el mes: la primera semana se dedica a la vida purgativa o de las grandes verdades ( creación, pecado, juicio, infierno...); la segunda y tercera se dedica a la vida iluminativa (vida y pasión de Jesús), y la cuarta a la vida unitiva (la vida gloriosa del Señor). Bernardo de Hoyos solamente pudo hacer la primera semana, ya que murió poco después de concluída ésta.

10 En efecto, Bernardo de Hoyos fue escogido por el Señor para dar a conocer y extender el culto y devoción al Corazón de Jesús en España, mientras que a Santa Margarita le confió el Señor el dar a conocer a la Iglesia universal las riquezas encerradas en aquel Corazón divino.

11 La enfermedad de tabardillo era simplemente la que hoy conocemos como tifus. Es la misma enfermedad de la que murió Don Juan de Austria en los Países Bajos en 1578.

12 Sabemos que Santa Margarita María de Alacoque solía repetir, antes de morir, una frase parecida: “¡qué dulce es morir después de haber tenido una tierna y constante devoción al Corazón de Aquel que nos ha de juzgar!” antes de morir. Su última palabra, al expirar entre las siete y las ocho de la tarde del 17 de octubre de 1690, fue la de JESÚS. Contaba 43 años de edad y algunos meses, habiendo vivido 18 años de profesión religiosa.

13 Es la Madre Ana de la Concepción, cisterciense del convento de San Joaquín y Santa Ana, que ya conocemos.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888