| Parte tercera, capítulo 12. Celo ardiente del P. Bernardo, herido con las espinas del divino Corazón. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Los grandes favores
con que el sagrado Corazón regalaba el espíritu del P.
Bernardo, si bien le eran un poderoso aliciente y
estímulo para más y más amor de Dios y deseos de
sacrificarse por su gloria y la del mismo Corazón
deífico, pero no le satisfacían tanto como los trabajos
y aflicciones.1 Parecíale que todavía le trataba el
Señor como a niño, y que efectivamente debía serlo en
la virtud, pues tantos miramientos guardaba con él y
tanto le mimaba, por decirlo así, quien nos dio por
modelo a su Hijo crucificado y coronado de espinas. Cruz
y corona, ésas eran las insignias y prendas de su amor
que buscaba el animoso joven; ésas se le habían
ofrecido en su preparación para el sacerdocio, y ésas
pedía que se le diesen. Por cierto que es atrevida y
exigente esta pasión del amor. No hay otra manera de
acallarla, cuando una vez ha prendido en los corazones
generosos, sino accediendo a lo que quiere y solicita. Eso pasaba ahora con el nuevo sacerdote, y aun más: ¿quién dijera que ya estaba pasando eso mismo con él en medio del sagrado movimiento en que hasta aquí le hemos seguido, y entre las dulzuras inefables en que tal vez sorprendíamos engolfado su espíritu? Y sin embargo, ya tuvo el Señor que detener el torrente de las consolaciones con que le embriagaba y hacerle en cambio gustar algo del extremo de sus penas y congojas, en el día mismo que siguió al de la primera misa. Era viernes primero de mes, y ya en él cumplió el buen Jesús, añade el fervoroso joven, la promesa de comunicarme en tales días la honra de coronar mi corazón con las espinas que adornaron el suyo amabilísimo. Pero el 7 de Enero no fue más que un barrunto, una como preparación para el primer viernes 4 de Febrero. Este día, al despertar, dice él, hallé fijas en mi entendimiento aquellas palabras: Triste está mi ánima hasta la muerte (1), y empecé a sentir en la voluntad su significado. Pero en la oración, estremeciéndose y temblando todo el cuerpo tan sensiblemente que temí no lo percibiese quien estaba cerca, y cayendo en mi corazón una mortal tristeza, empecé a hallarme en una agonía semejante a la que padeció en el Huerto el buen Jesús: el cual se me mostró al mismo tiempo en aquella triste forma en que le pintan los Evangelistas, orando a su Eterno Padre entre las congojas mortales de este paso. Esta visión introdujo por los ojos del alma, a lo más íntimo, lo más profundo de una jamás experimentada aflicción; la que se aumentó incomparablemente con unas amorosas y tristes palabras con que el dulcísimo Jesús, como quien buscaba se condoliesen de él, me dijo llegase más de cerca a ver lo que pasaba en su Corazón, en el cual me pareció se hallaba mi alma introducida y contemplando aquel abismo de dolores. Pero ¡Oh buen Jesús!2 ¡Oh Corazón dulcísimo! ¿Quién podrá explicar las amarguras, congojas, tedios y atrocísimos tormentos que mi alma vio retratados en vos? ¡ Oh, si los hombres vieran en vuestro Corazón dolorosísimo, no digo lo que padeció, que esto no puede comprenderlo ninguno de los mortales, pero a lo menos lo que os dignasteis manifestar a mi pobre alma: ¡oh, y cómo todos procurarían con vuestro culto templar vuestro dolor!. Quedé como muerto con esta vista, que fue muy breve; pues no pudiera tolerar más tiempo mi flaqueza. Todo el día anduve como fuera de mí; y cuando estaba solo, no podía detener las lágrimas, ya de la profunda tristeza que en mí experimentaba, ya de la compasión que me causó el Corazón sagrado, en el cual, aun pasada la visión, traía presente aquella claridad con que Jesús previó sus ofensas y nuestras ingratitudes: la cual luz en mí, pecador miserable, causaba un horror tan asombroso, que me redujo a términos de insensible. Pero, ¿qué sería, o qué causaría esta luz infinitamente más clara en aquel Dios, tan ajeno de todo pecado, tan amante, tan puro, tan santo, tan celoso de su honra y tan generoso para resentirse de nuestra ingrata correspondencia?. No pude ya contenerme sin buscar algún desahogo a mi pena con mi P. Rector.3 Pero, al mejor tiempo, cuando empezaba a respirar con S. R. que me iba consolando, cortó él mismo la plática y me envió tan atravesado como quien comienza a respirar y le cortan la respiración: aunque luego conocí que, o S. R. lo hacía por cooperar con el Señor a mi pena, o el Corazón santísimo se lo inspiraba por el mismo fin. Y no me engañé; porque, acudiendo al mismo Jesús Sacramentado, y recogido todo en mí, oí me decía que él había sido quien me había cortado aquel alivio, el cual quería conmutar con otro. Este fue darme una nueva luz de lo que su Corazón había sentido en particular las injurias que preveía en el Huerto que le habían de hacer en sus altares, y este alivio fue el último redoble a las fatigas de este día, las que se aumentaron aquí sobre manera al paso que al Corazón santísimo se le recrecieron altamente las suyas con este conocimiento: pero en realidad fue alivio a la sed que al mismo tiempo ardía en mi pecho de trasformarme en el cáliz mismo del Corazón de Jesús. El cual con esta ocasión me dio a entender que no le desagradaba que buscase en mis aflicciones algún consuelo en mis Padres espirituales: que él le buscó también en sus discípulos, aunque no le halló; pero que le encontraría yo cuando fuese su voluntad: y que, si ésta era que padeciese, me sabría poner en el mayor alivio el mayor dolor: y que tiempo vendría en que él mezclase todo lo que naturalmente me podía agradar, con el padecer más amargo . El primer viernes 1º de Abril, que justamente cayó en el de los Dolores de Nuestra Señora, como ya vimos, entraba el P. Bernardo en Ejercicios, en los cuales me previno el Señor, dice, que me dejase guiar de su dirección. Yo empezaba la oración por mis puntos: pero luego me introducía el Señor en aquel abismo de penas de su Corazón sagrado, en el cual por cada día de la Semana Santa se me descubrieron con celestial luz los misterios y afectos que en cada uno de estos días pasaron por él: y en esto lo he dicho todo, para no detenerme a individualizar. Baste, pues, decir que seguí al Corazón sagrado4 en la entrada de los Ramos; en aquel acto de celo, y esto con especialidad, con que echó del templo a los que le profanaban; en sus últimos sermones; en la institución del Santísimo Sacramento, donde admiré los sentimientos que el buen Jesús tuvo en su Corazón acerca del culto que en estos tiempos se le había de instituir en la Iglesia. En fin, seguí a este divinísimo Corazón desde el Huerto hasta el sepulcro; y en el Viernes Santo fue para mí verdaderamente sepulcro de amor, en el cual quedó como sepultada y muerta de dolor mi alma. También voy siguiendo al mismo Corazón resucitado; aunque, como apunté arriba, no con aquel género de delicias regaladas que otras veces, sino con otra especie de consuelos más espirituales, sólidos y elevados: bien es que alguna que otra vez en la santa misa se me ha descubierto aquel Corazón glorioso que tenía en mis manos, redundando entonces algunos sentimientos de amor más sensibles. De todo este seguimiento en que he ido en estos ejercicios en pos del Corazón de Jesús, he hallado en mí por fruto un ardentísimo deseo de formar mi corazón a su imagen, no gloriosa, sino triste, mortificada, y unas ansias grandes sobre manera de amar este Corazón divino con un amor tan ardiente como paciente, abatido, perseguido, pobre, desnudo, oculto al mundo, olvidado de él, despreciado de todos, y en fin muerto al amor y voluntad propia: y por esto le he pedido al P. Rector que, según el Señor le inspirase, me ejercite en estos actos, porque temo quedarme en puros deseos y con una perfección especulativa solamente. Lo mismo pedía al Señor y a los Santos, ni había ya para él ejercicio en sus devociones, ni fiesta o solemnidad en la Iglesia que no le excitara el mismo recuerdo. Así es que el día del Triunfo de la Santa Cruz (16 de Julio),6 mirándola triunfante, escribe el bienaventurado joven, sobre el Corazón de mi Salvador, la saludé amorosamente con íntimos deseos de verla enarbolada en el mío en señal de que la cruz tiene el dominio de mi corazón, en el cual deseo habite como en su propia morada, pues la consagró el de Jesús colocándola en sí. Paréceme que el mayor de los favores que puedo esperar, es la cruz: la. cruz amo, la cruz deseo, por la cruz anhelo: sin la cruz los mayores regalos me son amargos; con la esperanza de estrechar la cruz en mi pecho, me consuelo.7 Pero, ¡ay! que, en llegando la cruz, se hace pesada, y esos deseos parecen veleidades: no obstante que tal cual astillita de esta santa cruz, que no suele faltar, aun cuando está presente me recrea, si bien se siente como cruz;8 porque, si no, dejaría de serIo. Pues bien se le cumplió su deseo de allí a poco: sobrevínole a principios de Agosto una pesadísima cruz, formada, como él añade, de tres materias: de amor, dolor y temor. De amor, dice, en los ímpetus que a veces asaltaban el corazón, poniéndole en una ansia y apretura tan dulce y suave como penosa y dolorosa: particularmente ha sido esto los días próximos a la Asunción de Nuestra Señora, con la memoria de los deseos ardientes que tendría María Santísima cercana ya a partir de esta vida. «De dolor, por la luz casi continua de las ofensas que se han cometido, cometen y cometerán contra el Señor, y en especial de las ingratitudes que en la Eucaristía ha experimentado su amante Corazón. Esta luz ha sido tan activa a veces que, si no fuera sostenido con superiores fuerzas, no pudiera haber vivido entre los dolores y mortales congojas que este sentimiento causaba en mi alma. Esto experimenté con mayor fuerza todos los viernes, pero muy particularmente en el primero de este mes (5 de Agosto), en cumplimiento de la promesa del Señor: porque este día se me repitió el favor que otros, de llegar el alma a introducirse dentro del Corazón afligido del Salvador, donde admiraba más de cerca sus sentimientos de amor y dolor; aunque en la misa se serenó este día algo la tempestad por serIo de Nuestra Señora de las Nieves, en que reverenciaba la unión de nuestros corazones (2), los cuales vi unidos en uno y acogidos en el de esta nuestra dulcísima Madre, con no pequeño consuelo, que se trocó luego en mayores dolores por la avenida de nuevas luces celestiales. También el temor de ir por mal camino, teniendo ofendido al Corazón sagrado, ha agravado alguna cosa la cruz. En este punto, afligido una noche y receloso de que mi espíritu no era el de nuestra Compañía, ni propio de nuestro Instituto, ni conforme al de nuestro P. San Ignacio, por lo que el P. Ribadeneira dice en su Vida y por los ejemplos que pone (3), me declaró el Señor interiormente no tenía que temer, dándome esta doctrina: que el demonio había engañado por este camino a muchos que no anduvieron en simplicidad hasta el fin: que su traza era desacreditar por este medio los verdaderos favores que él hace a los suyos, logrando con sus embustes que los poco espirituales y menos sabios miren con cierto género de horror estas cosas: que mi espíritu no era contrario al de mi P. San Ignacio, que en sí mismo experimentó estos y mayores favores: que su espíritu era medir la santidad, no por los dones de Dios, sino por la correspondencia a ellos, que, por ser suyos, debían estimarse con humildad: que el carácter de su espíritu en el gobierno espiritual fue la prudencia, a la cual toca detenerse y examinarlo todo, consultando, ya la providencia ordinaria, ya la extraordinaria, cuyas leyes eran diversas: que éste era el carácter que dejó el Santo a sus hijos. Con esto quedé consolado: y, dando cuenta al P. Rector de esta inteligencia, la aprobó y confirmó con especial sentimiento de su verdad. Mucho le consolaron también por el mismo tiempo, y le dieron nuevos ánimos para abrazarse con la cruz y seguir adelante en la empresa de su apostolado, las que se dignó comunicarle el Señor el día de su admirable Transfiguración, 6 de Agosto, durante la misa. En ella se me puso delante, dice, con una viva luz intelectual este dulce misterio con algunas de sus circunstancias, entendiendo profundos secretos de la Divinidad y Humanidad santísima, y del Corazón del Salvador. Se me explicaron aquellas palabras: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido: oíd a él (4). Fueron más perceptibles las inteligencias del peso grande de aquel deseo infinito con que el Eterno Padre quiere que Jesucristo sea oído, amado, adorado y reconocido de las criaturas, y de los tesoros que en este amable Salvador se nos encierran, y por medio de su abrasado Corazón se nos empiezan a manifestar. Digo que estas inteligencias fueron más perceptibles, porque las que tuve sobre la complacencia del Padre en su Unigénito, fueron tan sublimes y remontadas hasta los arcanos del pecho del Padre, que yo quedé anegado en un piélago inmenso, sin hallar fondo los afectos, que eran de aniquilación propia, de admiración y de ternísima dilección para con este Hombre-Dios y para con su amable Corazón. ¡Oh, qué groseras son estas voces para insinuar algo de estas grandezas! Amemos a este amable Corazón del Salvador; procuremos que todo el mundo reconozca y goce lo que el Padre nos depositó en el Corazón de su Hijo. Hame quedado un amor más sólido y tierno con el Salvador, y entiendo que éste es el que el Eterno Padre quiere encender en el mundo para con el Corazón de su amado Hijo. Así el devoto y amante joven. Como tampoco él quería otra cosa, de ahí sus ideas e industrias en orden a que de todo el mundo fuese conocido su amor Jesús, y de todo él adorado y reverenciado su divino Corazón. Ya hemos visto las que de simple Hermano le ocurrieron a este fin, y el celo ardiente con que las puso por obra sin que hubiera contradicciones ni dificultades que le arredrasen ni hiciesen volver un paso atrás. Proseguíalas ahora lo mismo, y perfeccionábalas de sacerdote, consagrado al especial culto del Corazón deífico, ofreciéndose como víctima propiciatoria en todas sus misas, a una con su buen Jesús, por las iniquidades que contra él se cometen, y abrazando con fervor todos los medios que le proporcionaba su nueva dignidad, tanto más eficaces cuanto más augustos y dados por el mismo Dios a su Iglesia. Entre éstos era el primero el de la predicación de la divina palabra, del cual nos dio buen ejemplo ya por la cuaresma de 1734, como vimos, en el Campo Grande de Valladolid, de cómo debían aprovecharse los varones apostólicos. Pues lo que entonces comenzó, prosiguió después en adelante: no cambió un ápice de argumento ni de sistema en el resto de su vida: y cual fue aquella vez su preparación para el púlpito, tal fue la que observó también en lo sucesivo, y con más cuidado, en todas sus pláticas y sermones, siempre con igual moción en los oyentes y bien de sus almas. Era consecuencia natural de su método, inspirado ciertamente de Dios, y que conviene poner aquí para común enseñanza. Ya la víspera del primer sermón, escribe el devoto joven, pedí a mis santos ángeles me llamasen y dispusiesen pecadores para el día siguiente, y lo mismo hice a sus ángeles de guarda por mí mismo pidiendo a los míos que les pidiesen lo mismo por sí, en especial a mi San Miguel como a Príncipe. Y no lo erré; pues, después de comulgar el día siguiente, se me mostraron en visión intelectual y dijeron habían hecho lo que yo deseaba, y me exhortaron a hacerlo así siempre que predicase, declarándome que el no hacer fruto muchos predicadores con sus sermones nacía en parte de que ponían todo su cuidado en lo que habían de predicar, sin hacerse cargo de que, por más sólidos, fuertes y bien dispuestos para convencer que lleven los discursos, no alcanza, si el Espíritu Santo no da alma y espíritu a las palabras: para lo cual ayudaba mucho pedírselo antes y conferir el sermón con Dios,9 como un embajador que, antes de partirse, confiere una y muchas veces con su Príncipe los puntos que ha de tratar en la legación o embajada a favor de la causa de aquél en cuyo nombre la hace; y que, como los ángeles de guarda tienen más eficacia muchas veces que los demás en sus oraciones, es muy útil rogarles que pidan al Señor alumbre los corazones, y que ellos por sí mismos los dispongan con inspiraciones, y cuiden de apartarlos de las espinas con que el demonio pretende sofocar la eficacia de la divina palabra, y de desviarlos de los lazos que les tiende para que, o no vayan al sermón, o se diviertan en él, o le oigan sin la atención y disposición necesaria: que, si los predicadores se valiesen de los santos ángeles, harían más fruto; que así lo hace el P. Calatayud, y agrada mucho al Señor, a sus ángeles y al príncipe de ellos San Miguel; que le confirmase y asegurase de la utilidad de esta práctica. Mientras iba por las calles con el crucifijo, se atropellaban en mi corazón mil dulcísimos afectos, tratando con los ángeles, con su príncipe y con el buen Jesús la causa de los pecadores. En subiendo a predicar empezaba diciendo al Señor: En tu nombre echaré la red (5). En lo exterior, sin el menor rastro de miedo, antes parece me hallaba revestido del mismo Cristo,10 en la serenidad y confianza con que trataba su causa: el Señor me daba fuerzas y bastante voz. En lo interior me hallaba como trasformado en otro, y miraba en mí mismo desmentida la edad con la razón de la causa que trataba, en la gravedad con que inculcaba, y en reprender el vicio (siendo mi genio bastante encogido para tratar en público), y sentía mi corazón encendido en los afectos que pronunciaba la lengua. Finalmente acababa, dándome el buen Jesús mil consuelos en cooperar de algún modo a la salvación de las almas, encendiéndose más y más al mismo tiempo los deseos de proseguir mirando por la causa de mi Dios hasta derramar toda mi sangre, como se lo protestaba una y mil veces. A esta devotísima práctica del P. Bernardo, y a los favores con que el Señor se la gratificaba allí de contado, seguíanse también sublimes inteligencias, harto necesarias en verdad para que alguna vez no desfalleciera en sus amorosos propósitos. Quisiera él conseguir con sus palabras que todo el mundo se entregara al servicio del divino Corazón: parecíale que, mientras esto no obtuviese, o eran infructuosas sus exhortaciones, o él no ponía de su parte lo que le demandaba su nuevo ministerio. No reparaba siquiera el celoso predicador en que pedía un imposible, cuando ni podía llegar su voz a todo el mundo, ni estaba en su mano acabar con las iniquidades de los hombres: pero, si reparaba, no por eso se rendía su celo a la razón; antes quejábase entonces más amorosamente al Eterno Padre por qué permitía tanta maldad en sus criaturas, y tantas ofensas e ingratitudes a la sangre preciosa del Corazón de su Divino Hijo. Un día que más le apretaba esta congoja, mostrósele aquel sagrado Corazón herido con las espinas de los pecados que formaban la corona que le ceñía en el pecho del dulcísimo Redentor: y vio cómo herían sí las espinas el Corazón en lo más sensible, pero cómo también al mismo tiempo salían por las heridas los tesoros de la preciosa sangre divinizada, que el Corazón de Jesús vertía amoroso por la salvación de los mismos que le herían11, y por la mayor perfección de las almas que le amaban con todo su corazón. Con esto se le templó algo el dolor de ver tan herido y ensangrentado por nuestras culpas el bendito Corazón de su amor Jesús; y más, luego, al entender la misteriosa providencia y manera con que de las mismas injurias de los ingratos pecadores se valía el amorosísimo Corazón para derramar más copiosas gracias sobre sus devotos. En lo cual, según lo comenta después el mismo P. Bernardo, y se le declaró con luz divina, se verifica a su modo lo que dice el Apóstol que sucede con gentiles y judíos: conviene a saber, que las faltas de éstos son las riquezas del mundo, y su diminución el logro de los gentiles (6). Pues así aquí, de las heridas que abren los pecadores en el Corazón de Jesús, brota sangre con que se tiñen y hermosean los devotos del sagrado Corazón. La estima en que tenía el agradecido joven este licor precioso del pecho de nuestro Salvador, era lo que principalmente le animaba también y le consolaba en otra de las ocupaciones más esenciales y augustas de su ministerio sacerdotal, y en la que fue no menos admirable que en la anterior su práctica, y altísima su inteligencia. En administrar el Sacramento de la Penitencia siento, dice, gran consuelo, por distribuir a las almas la sangre del Corazón sagrado: lo cual me enseñó el Señor a hacer con toda perfección, mostrándome una fuente que, saliendo del Corazón sagrado, destilaba por siete conductos de oro purísima la sangre del Cordero inmaculado, que particularmente corría por un hermoso caño, cuya llave volvían los sacerdotes. La noche antes imploro la asistencia divina y la de mi ángel, que envío a convidar a los de los penitentes: lo mismo en la oración de la mañana, y aun en cada confesión, según los afectos que el Señor me inspira. Cáusanme un dolor intenso los pecados que oigo; pero me humillan y compadecen en gran manera: a veces siento una avenida de celestiales afectos que inspirar a los penitentes. La dulzura y suavidad predominan en mi tribunal: aun me ha venido tal vez escrúpulo de no reprender bastantemente el pecado, por ponderar la grandeza de la misericordia; aunque a veces ésta me eleva a ponderar la gravedad de aquél, dulce pero ardientemente. Las miserias contra la pureza levantan mi corazón a la pureza divina con una abstracción y horror especial. Poco era lo que prácticamente sabía de mundo el angelical joven, aunque sí le conocía lo bastante, o el Señor se lo mostraba, para entender que el vicio de la carne era la carcoma del mundo y el que más almas conducía al infierno, tanto que, quitado aquél, éste sobraba en su mayor parte. A la causa, y viendo que la devoción sincera y afectuosa al divino Corazón es, como por esencia, el antídoto más eficaz contra aquel veneno corrosivo de nuestra vida, su principal cuidado en las confesiones, así como en sus pláticas, era fomentarla con ardor en las almas que dirigía, a fin de que por su medio fuesen aficionándose dulcemente a la pureza, virtud difícil y cuesta arriba para la malhadada propensión de nuestros brutales deseos, pero indispensable a quien no quiera sepultarse en los abismos. A esto le exhortaba también el Señor en muchas ocasiones y con muchas y variadas inteligencias; una de las cuales, muy importante e instructiva para todos, fue el primer viernes de mes, 7 de Octubre, en que volvió el P. Bernardo a recibir del Corazón de su amor Jesús el singular favor, aunque tan repetido, de participar una gotita de aquel golfo insondable en que se vio anegado en el Huerto. Observa el joven que las circunstancias fueron las que otras veces, aunque ahora vinieron acompañadas de una particular luz que le mostró lo que él refiere por estas palabras. Sin saber por qué, solía yo antes en las confesiones en que hallaba algunos pobres envueltos en el cieno de la torpeza, darles por penitencia, o por consejo, el acudir al Corazón de Jesús al venir los pensamientos, y merecerle su protección con algunos obsequios anticipados; y particularmente en la misa, al levantar la hostia y cáliz, decir al Eterno Padre, ofreciéndole el Corazón de su Unigénito, el propio Oh Eterno Padre, por los purísimos pensamientos del Corazón de vuestro Hijo Jesús, libradme de todo pensamiento o pecado impuro, y también rezar a este fin cinco Padre-nuestros y cinco Ave-Marías, lo cual practica y aconseja el P. Calatayud en sus misiones. Esto, como decía, solía yo dar por remedio contra la impureza, sin saber por qué; pero este primer viernes de Octubre me descubrió una celestial luz que había sido esto especialísima inspiración del cielo: porque entre mil otros provechos que esta devoción viene a traer a los hombres, uno muy particular es influir el purísimo Corazón, como fuente de toda pureza, esta virtud en los corazones, que necesitan de tan ardiente y activo influjo para purificarse de un vicio cuyo remedio totalmente ha de venir de lo alto. También me ordenó el Señor comunicase este secreto a mis Padres, y aconsejase a otros confesores, según la oportunidad, lo mismo, remitiendo a la experiencia la prueba de su eficacia. Yo la puedo contestar en no pocos penitentes que, probados sin especial provecho otros remedios, sólo en la devoción al Corazón de Jesús le han hallado total, afirmándome algunos expresamente que debían su mejoría al Corazón purísimo del Salvador, cuyas imágenes creo influyen la misma pureza: por lo que a algunos envío a visitar la que está expuesta en la capilla del Salvador en San Ambrosio. 12 Como muchos tienen ya noticia de la devoción, les puedo hablar cómodamente en las confesiones; y a los que no la tienen, en dos palabras se la propongo 13 según su capacidad: pues, aunque muchos no la conciban, el acudir sólo al Corazón sagrado, como ex opere operato les sirve de remedio. Yo deseo ardientemente que V. R.14 promueva este punto cuanto el Señor le facilitare. Nunca se olvidaba el P. Bernardo de que, así como las gracias que recibía del divino Corazón, eran para que él las comunicase a los demás, así también las enseñanzas que le daba para el logro y consecución de su reinado en el mundo.15 Tampoco ignoraba que, si esto había sido de mandamiento riguroso en los años pasados, lo era aun más en el presente,16 y sobre todo al acercamos al fin de él, por la razón que se verá en el capítulo que sigue. ...................................................... (1) Matth. XXVI, 38 ; Marc. XIV, 34. (2) Véase arriba en Parte I cap.14; Parte II, cap. 9. (3) Libro V, cap. 10. (4) Matth. XVII, 5 ; II Petr. I, 17. (5) Luc. V, 5. (6) Ad Rom. XI, 12. 1 Típico es de los santos anhelar sufrir por Jesucristo más que ser honrados por El. En ese ofrecer al Señor su dolor o su pena cifran ellos el amor fino y sin trampa que se merece nuestro Señor. Cuando el Señor quiere recompensar a San Juan de la Cruz por lo bien que has escrito de Mí, y le pregunta qué premio quiere por ello, responde el Santo: No quiero más premio que padecer y ser despreciado por Ti. 2 Nos encontramos con una experiencia mística de Bernardo, sentida también por otros santos. Por los efectos físicos que en él causa podemos columbrar la intensidad de una tal experiencia. Se cumple aquí aquello del Apóstol San Pablo, de com-padecer con Cristo. 3 P. Francisco Rávago 4 Este seguir al Corazón de Jesús es precisamente lo que pide San Ignacio en sus Ejercicios cuando pone la petición: conocimiento interno del Señor para que más y más le ame y le siga, y esta petición vale para toda la vida de Jesús, lo mismo en Belén, que en Nazaret, que en la vida pública, en la pasión o en su vida de resucitado. Se trata de penetrar hondo en el interior de Jesucristo por medio de su Corazón. 6 En la actualidad el 16 de julio se celebra la fiesta de la Virgen del Carmen, mientras que la Exaltación de la Cruz tiene lugar el 14 de septiembre. 7 Preciosos sentimientos los de Bernardo acerca de la cruz de Jesús. La Iglesia lo ha expresado magníficamente en la Secuencia que se lee en el Oficio divino el día de la Exaltación de la Cruz: ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza¡ Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos¡ ¡Dulce árbol¡ donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza¡ 8 Alude aquí Bernardo a la dulzura de la cruz: la cruz es áspera por fuera, espinada y rugosa, por eso es cruz y duele; pero también encierra dentro de su corteza una pulpa deliciosa, que el alma no se harta de saborear. Sólo así se entienden frases como es mayor cruz estar sin cruz, o padecer o morir, no morir, sino padecer..., que en diversas ocasiones han expresado los santos. Gozar y sufrir a la vez solamente es posible en la cruz de Jesucristo. 9 Esta manera de preparar Bernardo sus sermones la empleó en la Cuaresma de 1734 cuando predicó al aire libre en el Campo Grande de Valladolid; pero siguió luego, ya de sacerdote, preparando sus sermones y pláticas en estrecha comunicación con Dios. Ese trato íntimo con el Señor antes de predicar su divina Palabra y ese saboreo interior de la misma es lo que calienta el corazón del sacerdote y luego se trasmite a los oyentes, como un fuego que se propaga por la mies. Hay corazones sacerdotales que no calientan, hay homilías que salen frías, oliendo excesivamente a tinta e incapaces de mover a los fieles, que salen de la Misa como entraron. Bernardo dio con el secreto del trato previo y reposado con el Señor. 10 Este sentirse uno revestido del mismo Cristo es la mejor manera de hacer fruto en los oyentes. El sacerdote, cuando oficia en el altar, bien consagrando, bien predicando, ejercita el officium Christi, que es officium amoris. Como escribiría Hugo Wast:....Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él. Cuando se piensa que un sacerdote, cuando celebra en el altar, tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey, y que no es un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino el mismo Cristo repitiendo el milagro de Dios. Cuando se piensa todo esto, uno comprende la vocación a la que está llamado el sacerdote....; así que un hombre cada día, durante media hora, será mucho más que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo santificando su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo. 11 Jesús es el primero en cumplir lo que El nos dijo: amad a vuestros enemigos. 12 Se refiere a la capilla de la iglesia de San Ambrosio (actual Santuario nacional), la primera capilla a la izquierda, según se entra en el templo, y donde había dejado Bernardo la imagen del Corazón de Jesús que se había pintado para celebrar la Novena pública del mes de junio de 1735. 13 Se ve el celo de Bernardo por extender la devoción al Corazón de Jesús no solamente por los medios generales de estampas, novenas, libros..., sino por el medio mejor de todos: el de boca a boca. 14 Se refiere al P. Juan de Loyola. 15 El P. Hoyos estaba en plena línea de lo que había leído en las obras de Santa Margarita: que el Señor había revelado este tesoro de su Corazón a las religiosas de la Visitación para que lo veneraran y estimaran y fueran como sus depositarias, a la vez que deseaba de los religiosos de la Compañía que lo dieran a conocer a todo el mundo. La Compañía de Jesús pronto tomaría esa tarea muy en serio y se volcaría en dar a conocer las riquezas del mismo. 16 Esto mismo podemos decir hoy de la tarea de la Compañía. Como ya en 1689 escribía Santa Margarita al P. Jean Croisset: ...Mucho espera El de vuestra santa Compañía en este particular y abriga grandes propósitos en este punto. En la alocución del P. Peter Hans Kolvenbach en Paray-le-Monial, con motivo de celebrarse el tercer centenario de la Revelación a Santa Margarita del encargo hecho a la Compañía sobre la devoción del Sagrado Corazón, decía así el General de los jesuitas: ...la Compañía, hace un siglo, durante la Congregación General 23, reconoció y recibió a Domino nostro Iesu Christo munus suavissimum ipsi commissum (1883, decreto 46) esta misión.... Hay que añadir con toda honradez que, como jesuitas podemos también dejar que se esfumen páginas enteras de la historia de la Compañía, reduciéndolas al estado de sombras inconscientes o de frutos de un fervor pasajero. Reconozcamos que la indolencia de nuestro corazón nos lleva a evitar la acogida del Corazón de Jesús en nuestra propia existencia: pues sabemos perfectamente que su amor escrutará lo más íntimo de nosotros mismos nuestro corazón- donde preferimos sentirnos en nosotros más que estar en El. Pero apartar la memoria viva de la historia vivida por la Compañía según la voluntad del Señor, siendo así que recibió la misión de anunciar el misterio del amor de Dios revelado en el Corazón del Hijo único, sería traicionar la existencia misma de la Compañía, en razón sobre todo de una real connaturalidad entre la espiritualidad del Corazón de Jesús y la espiritualidad ignaciana, y esta connaturalidad es la que explica cómo desde Santa Margarita hasta el Padre Arrupe, se mantiene el nexo prometido entre el vigor de la espiritualidad del Corazón de Jesús y la fecundidad apostólica de la Compañía (Paray-le-Monial, 2 julio 1988) |
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