| Preparación
admirable y divina del H. Bernardo para el sacerdocio.
(Vida del P.
Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte. Año 1888.
Parte tercera, capítulo 8)
Comenzaba ya nuestro joven el cuarto año de teología, y faltábale cerca de uno para la edad que piden los sagrados cánones a los que han de ordenarse de sacerdotes. Sensible por demás era esta tardanza al H. Bernardo; pero supo muy bien aprovecharse del sentimiento que le ocasionaba, haciendo, como vulgarmente se dice, de necesidad virtud, y virtud de las más arduas y al mismo tiempo más propias de su estado religioso. En toda la tardanza y dilación miraba cierto género de obediencia, escribe a su P. Loyola, en conformarme con la voluntad divina que así lo quiso. Sólo que el Corazón divino de Jesús lo disponía de otra suerte por medio de los Superiores, le añade un poco más abajo: pues, en efecto, su soberana disposición fue que se ordenase aquel mismo año con dispensa de Roma. A vista de esto, lleno de confusión, escribe el joven, no he hecho más que dejarme en manos de Dios y de la obediencia, y en estas novenas empezar a pedir al Corazón de Jesús y a mi P. San Ignacio la gracia de acertar a disponer mi espíritu para tan alta dignidad, que ciertamente me asombra a vista de mi mala disposición: V. R. con sus oraciones y las de otros ha de sublevar mi miseria; que me siento en este lance muy oprimido de ella. Lo del sacerdocio y otras cosillas que se me juntan, han agobiado algún tanto la naturaleza: y aunque el espíritu, acudiendo al Corazón de Jesús, deja en él todas estás cosas, y siente una serenidad inalterable, y es alentado con tales avenidas de celestiales luces, que clama: Yo no puedo con tanto; con todo eso la porción inferior siente el peso de cosas tan graves, y mucho más en fuerza de las luces con que conozco su gravedad. En medio de esto, como dejo dicho, ahora son más dulces y frecuentes las avenidas de celestiales consuelos, de suerte que, cuando estoy con mi Dios y con su Corazón santísimo, aun la naturaleza es alentada y esforzada. Hoy, día de nuestra dulcísima Madre, me consoló incomparablemente una celestial luz que, descubriéndome el poder de tan gran Reina para con Dios, me mostró tenerle todo empeñado en mi favor. Y el mismo amorosísimo Jesús, estando Sacramentado en mi pecho, con mucho amor me dijo: ¿Qué te afliges, si son mías todas tus cosas? significándome que todos estos puntos que le encomendaba, corrían por su cuenta. Hasta aquí son palabras del humilde y fervoroso joven, a quien declaró poco después el Señor dos motivos muy especiales que había tenido en dirigir así el negoció de sus órdenes. Era el uno, premiar con esta gracia el deseo que el mismo Señor le había infundido de amplificar las glorias de su Corazón: gracia tanto más insigne y valiosa, cuanto que se me anticipaban y añadían ocho meses más, dice él, en que recibir a mi Jesús Sacramentado todos los días, cuando con una comunión miraba yo excedido infinitamente cuanto pueden hacer todas las puras criaturas en su obsequio. El segundo motivo que el Señor le declaró de aquel adelantamiento y dispensa, era que, estando ya consagradas al divino Corazón todas sus cosas con su misma persona, quería que llegase cuanto antes el tiempo de que todos sus sacrificios y ministerios fuesen otros tantos desagravios de sus injurias e ingratitudes de parte de los hombres. Con estos favores empezó el joven a prepararse para la dignidad altísima a que con tantas muestras de predilección le llamaba su amor Jesús. Pero aun aquí, el Corazón divino hizo la costa, según escribía él después: y yo no supe más que valerme de él para que supliese mi indignidad, esforzando el santo temor que me causaba a veces, con actos de amor y humildad. Efectivamente fue muy del Corazón de Jesús la manera que tuvo el joven de prepararse para su nuevo estado: o, por mejor decir, encargose el mismo Corazón deifico de prepararle, como sólo él sabe hacerlo, con dos disposiciones, dolorosa en extremo la primera, y dulcísima la segunda; de las cuales no pudiéramos formar idea ni aun lejana de cómo fueron, a no habérnoslas descrito el mismo H. Bernardo con su acostumbrada ingenuidad y exactitud. Por este tiempo, dice, y debió ser a los principios ya o mediados de Noviembre por nuestra cuenta, se me dio a entender más clara y distintamente cómo, antes de recibir el sacerdocio, quería el buen Jesús favorecerme con darme a gustar la corona de espinas que ciñe su Corazón, la cual me serviría de disposición. Tiempo antes se me había prometido esto mismo; pero se me declaró empezaría la primera dominica de Adviento (28 de Noviembre), y cumpliose puntualmente: que, aunque siempre he experimentado al Señor puntual en sus promesas, pero en esta materia de padecer es con especialidad. El modo fue éste. Después de comulgar se me mostró el Señor; y, descubriendo su divino Corazón todo abrasado en llamas vivas de amor y todo lastimado, con la corona de espinas y demás insignias con que ha querido simbolizar sus penas, comunicó a mi alma una luz clarísima con que, según su capacidad, penetraba en aquellas insignias materiales los misterios espirituales que encierran: y, mediante esta celestial luz, sentí empezar a formarse en mi corazón una imagen de lo que tenía delante. Al modo que un cristal, cuando le embiste de lleno el sol, parece recibir en sí las luces de éste, así se comunicaba como por reverberación a mi espíritu el incendio que contemplaba en aquel divino objeto. Pero inmediatamente que recibió en sí los ardores, trasformó también en sí los dolores; y me pareció que mi corazón, antes luminoso con los influjos ardientes del de Jesús, de repente se cubría de un no sé qué de penas, dolores y tristezas, con que quedaba ofuscado, al modo que un hermoso espejo se empaña con el aliento: y en un instante experimenté, no tanto con la luz que me ilustraba, cuanto con el dolor que empecé a padecer, algo de lo que pasó por el Corazón dolorosísimo de Jesús en el huerto. Y ésta fue la corona prometida, a que se añadieron por esmalte las piedras preciosas de los ímpetus, aunque en mayor intensión y extensión que otras veces. Esta soberana y apreciable corona, de espinas por los dolores y sentimientos de muerte que en mí causaba, y de piedras preciosas por el amor y complacencia incomparable con que mi corazón la abrazaba, se fijó en medio de mi alma tan altamente, que puedo asegurar que cuantos trabajos y penas interiores había padecido hasta aquí, se desvanecían en su comparación. Todos los días del Adviento sentía sus penosos efectos, a veces con tanta actividad, que necesitó el Señor fortificar mi flaqueza. Explicome el amable Salvador la estimación en que debía tener esta corona, y agradecerla como una de las mayores prendas y señales de su amor para conmigo; y me añadió que con ella aprendería a compadecerme de su afligido Corazón. Y esto que decía, lo obraba en mi alma: porque no son ponderables los afectos de agradecimiento con que mi espíritu besaba la mano que tan dolorosamente me favorecía, siendo cosa suya ver tanto gozo en mi flaqueza entre las penas más terribles; ni tampoco son decibles las altas exclamaciones con que mi corazón se condolía y compadecía del de Jesús, conjeturando la infinidad de sus penas por la grandeza de las mías, infinitamente menores que las suyas. De aquí brotaban mil afectos de compensar sus injurias, aliviar sus dolores, etc.. Escribe más adelante sobre lo mismo, y dice así: Aquella soberana luz que me descubrió el primer día de Adviento lo que padeció el Corazón sagrado, fue tan continua en mí, como imponderable el dolor que en mi corazón producía. Yo no sé cómo explicar lo que padecí con este sorbito que Jesús se dignó darme a gustar del cáliz amargo de su Corazón, sino diciendo que mi alma estuvo todo este tiempo anegada en un mar de penas, y sumergida en un abismo de amargura tal, que muchas veces me hubiera quitado la vida, si el Señor no me hubiera fortalecido. Pero todo era paz aquella amargura tan amarga (1); porque jamás tuve mayor consuelo que gustando las heces de este cáliz, que para mí eran la mayor dulzura. Al mismo tiempo que se estremecía la naturaleza, oprimida de un colmo inmenso de dolores, angustias, sentimientos y tristezas mortales, a ese mismo tiempo no quisiera por todo el mundo apartar de los labios este vaso de amargura. Sentía en mí una ansia, una sed insaciable de agotarle, aunque bien conocía que no podía ni aun tanto sin un especial esfuerzo del Todopoderoso: como que la misma luz que, representándome el cáliz del Corazón sagrado, me daba a gustar su licor, me encendía en nuevas ansias, mostrándome la infinita distancia de un padecer a otro. Los ímpetus, aunque más fuertes que otras veces, no eran más que una como sombra de dolores: pues el verdadero dolor estaba en aquella como refusión de la amargura del Corazón santísimo en el mío. Y, si esto era sola una gotita: ¿qué sería todo aquel inmenso océano en que se vio sumergido el Corazón de mi amado Jesús? Yo experimenté, más de lo que pensaba, cumplida la promesa de hacerme participante de aquella corona de espinas; y el mayor consuelo era la oferta que Jesús me repitió de hacer mi corazón semejante al suyo paciente, aunque ahora le iba formando a semejanza del suyo amante. Pues todo esto no era más que un indicio de lo que vendría en el tiempo que su providencia tiene determinado, según se me mostró, consolándome con que entre tanto me serviría de alivio el refrigerio que recibiría los primeros viernes de cada mes, gustando sólo un trago de este amargo y dulce cáliz. Pero, en medio de esta sed pe padecer más y más, no estaba insensible: que bien lo sentía, y toda la naturaleza bramaba entre tantas penas, y me parece estaba más sensible a todo, al paso que en todo hallaba nuevos motivos de dolor y sentimiento; porque aun en aquellas cosas que de suyo son gustosas a la naturaleza, me ponía el Señor acíbar, de suerte que todas me daban tedio. Pero todo esto era como mal por de fuera; que el interior era la verdadera pena. Aunque todas las cosas visibles me servían de tormento, como el alma estaba más altamente herida de las penas que se le originaban por los mismos motivos que afligieron aquel Corazón santísimo, parece que no reparaba en nada; al modo que no repara en las menores llagas el enfermo a quien una ardiente calentura casi priva de capacidad para sentir: pero aquí, yo no sé cómo ello era, mas uno y otro se sentía, aunque con imponderable exceso el interior. No malograba ocasión por éste tiempo el amoroso Jesús de hacer bien sensible al H. Bernardo aquella corona que le había prometido meses atrás, y ahora se la clavaba fuertemente hasta sacarle sangre del corazón con sus espinas. Parece que no quería concederle un rato de consuelo estable, ni que lo gozara aun en aquello mismo en que otras veces más se deleitaba, consumiéndose en dulzuras y amor su espíritu. Siempre fue singular su devoción y aun envidia al glorioso apóstol Santo Tomás por la razón que todos sabemos. Llegó, pues, este año su día, 21 de Diciembre, cuando más apenado se hallaba el bendito joven: y acordándome mucho, dice, de la dichosa incredulidad que acarreó a este Santo meter su mano en el costado abierto de Jesús, siendo natural se acercase a aquel Corazón divino, sentí en mi espíritu un fuego de amor hacia este Corazón dulcísimo, que abrasaba todas mis entrañas. Pero, poniéndoseme delante este santísimo Corazón con las insignias que otras veces, convirtió aquel incendio en un mar de angustias, cuyas aguas entraron hasta lo más íntimo de mi alma. Porque vi en aquel retablo de dolores, haber sido causa de ellos mis pecados, imperfecciones e ingratitudes: y aquí cayó sobre mí un pesar y detestación tal de mis pecados, aun los más leves, que, junto con la tristeza que me asaltó, me hubiera quitado la vida, si el buen Jesús, acercándome a la llaga de su Corazón, no me hubiera influido nuevo esfuerzo en una como llama ardiente que salió de aquella esfera de amor, la cual me parecía convertir en pavesas mi corazón, y que quedaba como aniquilado en gran parte el hombre viejo, y toda el alma como retocada y en un género de tinte de mayor disposición para el sacerdocio: cumpliendo así el Señor la promesa de suplir por medio de su Corazón lo que me faltase para llegar a tan alta dignidad. Este género de padecer fue una de las disposiciones con que el Corazón divino iba preparando el mío, aumentándose no poco con haber de reprimirlo todo en lo interior, sin que en lo exterior se rezumase cosa; aunque en bastante peligro me vi algunas veces. Bien es verdad que el Señor cuidaba de ello: que, si no, fuera imposible naturalmente ocultase tanta tempestad de penas; y, como este mi P. Rector (éralo ya el P. Francisco de Rávago) me aseguraba, sin manifiesto milagro no pudiera con las fuerzas naturales contenerse toda esta fatiga en lo interior, y más cuando de improviso me cogía en distribución de comunidad: aunque regularmente en estas ocasiones venía más templado el padecer. No solamente traía al alma este favor la gracia y utilidad del padecer mismo, y no era ésta la menor, sino otras muchas utilidades en los efectos que dejaba: como era una gran compasión de lo que el Corazón de Jesús padeció; un deseo de evitar en mí las más mínimas faltas, que le ocasionaron tanto dolor; un horror grande al pecado; y, sobre todo, un celo ardiente de que todo el mundo conociese al Corazón santísimo, y se alentase a resarcir sus injurias: y en particular, una determinación grande de no perdonar a trabajo por la salvación de las almas, en el nuevo estado de sacerdote en que me quería poner. Tal fue la primera preparación dolorosísima con que regaló el Señor a su siervo, haciéndole como un retrato al natural de su Corazón afligido, por medio de la participación de su corona. Siguiose a ella otra segunda, no menos admirable, aunque de muy diversa manera. Ésta fue, dice el H. Bernardo, un conjunto de gracias y favores en una casi continua luz, particularmente en la oración, en la misa y en presencia del Santísimo Sacramento, de la dignidad altísima del sacerdocio en sí misma: digo en sí misma, porque tomó el Señor muy de propósito el declarármela. Para ello me descubrió admirables secretos; o, si algunos eran misterios sabidos, me los descubrió con nuevo realce y claridad, acerca de toda la fábrica armoniosa de la jerarquía eclesiástica, dándome mil admirables noticias de la ley antigua, y aun también del orden soberano de la providencia en la ley natural: en fin, parece que, como elevando mi entendimiento a admirar en el divino la serie de su sabiduría, me iba conduciendo por lo más portentoso de sus obras, desde la caída del hombre hasta su reparación prometida, figurada y ejecutada en las tres leyes, natural, escrita y de gracia; y en ésta especialmente, sobre las fuentes de los Sacramentos; y en éstos, con más particularidad, sobre el Bautismo, Penitencia y Eucaristía. Fuera un proceder en infinito querer decir las particulares cosas que se me dieron a entender; ni, aunque quisiera, fuera posible. Sólo me acuerdo en especial que, dando por medio de nuestra Madre santísima gracias al Señor de haber llegado el día antes, esto es, la víspera de su Concepción, la dispensa de la edad (que se temía se hubiese perdido), tuve una muy singular inteligencia de lo que el Señor quiere que vayan todas estas cosas gobernadas por su vicario el Pontífice, y de la veneración en que debemos tener este gobierno visible de la Iglesia, al cual quiere, por decirlo así, que vaya a parar aun su gobierno invisible de las almas. A estas dos preparaciones del cielo añadió el H. Bernardo otras de su parte bajo la dirección de su nuevo Rector, que dijimos serIo ya el P. Rávago. La principal fue de unos fervorosos ejercicios en la manera que los podía tener sin faltar a las obligaciones de la clase, acompañándolos con ásperas disciplinas y cilicios, ayunos y vigilias más continuadas, y actos públicos de sólida humildad y menosprecio de sí mismo, con que apareciera más pura su alma a los ojos de Dios, y más dispuesta a recibir la inundación copiosa de celestiales bendiciones.
................................................... (1) Cfr Isai. XXXVIII, 17. |
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