Favores con que el Corazón de Jesús previene al H. Bernardo para el día de su fiesta. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte. Año 1888. Parte tercera, capítulo 7)

Como sabía tan bien el H. Bernardo que, para que produjese en los demás la devoción al Corazón deífico los sentimientos y efectos que deseaba, era menester que la fomentase él primero en su pecho, fue maravillosa la solicitud y ternura con que por todo este tiempo se dio a esmerarse y sobresalir en ella: aunque, a la verdad, tampoco se debía menos a la dignación liberalísima de su amor Jesús en agradecerle con más y más favores, y aun pagarle por adelantado, cuanto él se desvivía en obsequio suyo y servicio de su adorable Corazón.

Ya el día de la Santísima Trinidad, 20 de Junio, volvió a descubrirle con nueva luz y gusto cuán agradable música hacían a los oídos de las tres divinas personas, todas sus acciones y nuestras, aun las más mínimas, ofrecidas por medio de su Corazón, cítara de apacible consonancia, cuyo sonido forma el encanto de cielo y tierra. Aquí aprendió el joven a saludar al divino Corazón, y saludábale con frecuencia en adelante, con el amoroso estribillo de Corazón de Jesús, cítara armoniosa, en quien se complace la Beatísima Trinidad, inflámame con el amor divino en que te abrasas.

Tres días después, que fue la víspera del Corpus, “empecé”, dice, “a sentir notables accidentes secretos de amor por medio de Jesús Sacramentado y de su dulcísima presencia, que sirvieron de preparar mi corazón para recibir el Santísimo Sacramento este día (es decir, el del Corpus), en el cual, al comulgar, me pareció estar rodeado de espíritus angélicos que hacían compañía a su Rey Sacramentado. Sentí en particular la amable presencia de los dos Santos y amigos que continuamente me asisten: y luego recibí una soberana luz que, declarándome algo de la excelencia de este Sacramento de amor, me ilustró el entendimiento para conocer algo de aquel infinito incendio que ardía en el Corazón santísimo de nuestro Salvador para con su Eterno Padre y para con los hombres, al tiempo que, levantando los ojos al cielo, como para que respirase. aquel volcán divino, pronunció las palabras de la Consagración e instituyó este Santísimo Sacramento. No sé cómo insinuar lo que concebí que había significado aquel Levantados los ojos al cielo (1). Ardía el Corazón divino en vivas llamas de amor: iba éste a respirar en aquella fineza de dejársenos a sí mismo en el augusto Sacramento, cuando vivísimamente se le ponían delante como escuadronadas todas !as injurias, ingratitudes y malas correspondencias con que habían de pagar los hombres este exceso de amor".

“Yo, sólo con ver, según la luz que me declaraba estos secretos, aquel colmo inmenso de injurias, quedé como fuera de mí, y me parecía que era un retraente a aquel amor que de este modo preveía sus desprecios. Pero vi aquel nobilísimo Corazón que, convertido todo en fuego, acometiendo por medio de las inmensas aguas de todas las ofensas que habían de cometer los hombres contra este Santísimo Sacramento, parece que se encendía y enardecía más a vista de su contrario, y que por un prodigioso antiperístasis (2), no sólo se intensaba más a vista de su acerbo dolor, sino que, como cebándose en las mismas ingratitudes de los hombres, las embestía y convertía en nuevos ardores de aquel fuego en que se abrasaba; al modo que un volcán abrasador a la misma agua que parece le había de apagar, convierte en alimento de sus llamas y de sus mismos ardores”.

“Veía en aquel Corazón sacratísimo una como batalla en que combatían de parte a parte el dolor y vivísimo sentimiento que, como generoso, tenía aquel sagrado Corazón, previendo tanta ingratitud; y el amor que, venciendo y, si se puede decir así, como atropellando por tan justos motivos de indignación, se resolvía a afrentar con su fineza nuestra maldad: y al dirimirse este combate entre el dolor y el amor, fue aquel levantar los ojos al cielo de Jesús, a que acompañó un dulcísimo suspiro o una respiración ardiente, un divino esfuerzo, en que el amor se mostraba vencedor: al modo que el corazón de cualquiera hombre; combatido de afectos encontrados, busca el desahogo en la acción de levantar los ojos al cielo y suspirar, cuando se acabó el conflicto”.

«En aquel punto determinó Jesús con nuevas finezas reparar las injurias del Sacramento augusto, con abrir su Corazón y manifestar a la Iglesia este tesoro soberano. Y así como instituir la Eucaristía a vista de sus agravios, fue un redoble imponderable del amor de Jesús que resplandece en este divínísimo misterio, y muestra la grandeza de este beneficio, así la determinación de descubrir su mismo Corazón para que en él se encuentre el modo de reparar las injurias del mismo Sacramento, fue en aquel paso una fineza de tan altos quilates, que puede formar otro Sacramento de amor: pues es una de las mayores que ha hecho el Señor a su Iglesia, después de la del Sacramento. Y aquí entendí de nuevo que la fiesta del Corazón, después de la del Corpus, sería la mas venerable en la Iglesia”.

Enardecido, con esta inteligencia, protestó allí mismo el H. Bernardo a su amado Jesús, en nombre suyo de él y de todos sus amigos y confidentes, la resolución firme y jurada de hacer todos los esfuerzos posibles a su pequeñez para que fuese conocido y adorado el Corazón de su amor, y de promover este dulcísimo culto hasta derramar, cuando fuera necesario, toda su sangre por conseguirlo.

Esto el 24 de Junio. El 25 por la noche comenzaba el triduo de ejercicios para la renovación de los votos; y claro es que, estando en tales ansias, y más en la octava del Corpus, a la que se había de seguir la fiesta de su amado Corazón, a él se debían enderezar todos los pensamientos y preparación del H. Bernardo. Así fue en efecto, aprobándolo el Señor y ordenando a San Francisco de Sales que cuidase de su fiel siervo con especial cariño y dirección en aquellos días.

Cumpliolo el Santo, señaladamente en el último, “enseñándome” dice el agradecido joven, “dirigiéndome, dándome doctrina admirable de gran perfección, mostrándome mis imperfecciones y, finalmente, cifrándome el fruto de estos ejercicio, en estas palabras: Obrarás en silencio. Expresome altamente con ellas la humildad, la paz y la tranquilidad con que debo tratar con los hombres, conmigo mismo y con el mismo Dios en los negocios del Corazón de Jesús”.

Llegada la fiesta de los príncipes de los apóstoles, San Pedro y San Pablo, en que se tenía la renovación de los votos, y “habiéndome despertado el ángel poco después de las tres, como se lo había pedido”, prosigue el H. Bernardo, “se halló mi corazón en el de Jesús, y allí se regaló con mil amores hasta que, después de la consagración en la misa de renovación, tuve esta visión regaladísima por vía intelectual”.

“Vi al dulcísimo Jesús sobre el altar con su santísima Madre, a quienes acompañaban los Santos y Santas mis devotos (sólo reparé después en que faltaba nuestro Hermano y condiscípulo San Juan Evangelista): pero además de éstos, vi a los SS. Apóstoles cuya fiesta hoy celebramos: también asistía la regaladísima esposa del Corazón divino, Santa Gertrudis. Parecíame que, estando mi alma postrada a los pies de Jesús, sin atreverse a hablar palabra, de confusión y espanto de sí misma (que se conocía bien cómo es), la decía el Señor qué fruto había sacado de estos ejercicios, y cómo se había de renovar mi espíritu: y, sin saber quién se las dictaba, pronunció como avergonzada de sí misma las palabras que mi santo director le había dicho el día antes. Agradose Jesús, y me pareció daba parte a todos aquellos cortesanos suyos, de la elección que había hecho de mí para promover el culto de su Corazón, porque campeasen más sus grandezas en la pequeñez del instrumento”.

“Luego sentí como que me decía el Señor que hablase a su vicario, San Pedro: y, sin saber cómo no supe más que pedirle, como a Pontífice Sumo, que estableciese en la Iglesia el culto del sagrado Corazón por alguno de sus sucesores. Respondiome el santo Apóstol amorosamente, que el año pasado tal día como éste me había afirmado que este culto sería solemne en la Iglesia”.

Tenida esta respuesta, de tuyo cumplimiento somos nosotros buenos testigos, renovó sus votos el H. Bernardo con la satisfacción que se deja suponer, y juntamente sus propósitos de sacrificar vida y alma para que cuanto antes llegase aquella solemnidad que le había ofrecido el apóstol San Pedro, y se verificase la otra su promesa del año anterior, de que “uno de sus sucesores establecería en toda la Iglesia la fiesta que le pedía del Corazón de Jesús”.

Mas llegó ésta a la manera que entonces podía llegar y celebrarse, el 2 de Julio, el mismo día justamente en que se festeja la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Quien atendiere a que la Orden que fundó San Francisco de Sales y tanto ilustró la B. Margarita, está consagrada a la memoria y nombre de este paso devotísimo de la vida de Nuestra Señora, habrá dado ya en uno de los manantiales de celestial dulzura en que hoy bebió de las aguas de amor el corazón del H. Bernardo. Aunque, es cierto que no fue ése el único, ni tal vez el principal ni más copioso, en que estuvo a punto de reventar su pecho a fuerza de beber y no hartarse de las aguas de las fuentes que brotan de la Ciudad de Dios y el Corazón de su bendito Hijo. Oigamos lo que sobre esto nos cuenta el mismo joven.

“El día antecedente, que fue”, dice, “la octava del Corpus, procuré disponerme con algunos actos de virtud, en especial de humildad, para celebrar la fiesta del Corazón sagrado, cuyo día amaneció para mí lleno de incomparable gozo, luego que, antes de la hora de levantar, me despertó el ángel. La causa de este gozo fue representarme luego que desperté, cómo este día era adorado el Corazón de mi amado Jesús, y su culto practicado en muchas partes del mundo: y no menos derramó sobre mi pobre corazón una suavidad dulcísima, saber que en nuestra España, en Murcia y Lorca, se habían de predicar públicamente sus soberanas excelencias, celebrándose su fiesta en el modo posible hasta que la Santa Iglesia instituya el rito que al Rey de los corazones es debido. La consideración de que el año pasado, por lo que toca a España, estaba cerrado su culto dentro de los nuestros, y que en tan poco tiempo ha sido beneplácito del Eterno Padre descubrirle de modo, que ya muchas almas le practicaban este día en nuestra nación, hacía derretir mi alma en una complacencia amorosa que perfumaba como suavísimo bálsamo mi espíritu. Todo el día anduve embebido en estos deliciosos sentimientos, y con especialidad en la presencia de Jesús Sacramentado. Aun en las acciones exteriores andaba mi corazón tan en el de su amado, que le hacía mil visitas por todos los templos de la cristiandad, en que este día estaba presente y celebrado con solemne pompa”.

“En particular discurría mi espíritu consoladísimo por todos los templos de la Visitación, y con un gozo imponderabIe miraba en la concurrencia de la fiesta del Corazón y de la Visitación, que era este día, reinando a este Rey de los corazones en las casas y en los amantes corazones de las hijas de nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales. El arzobispado de Lyon y Tolon eran mayores motivos a mis amantes complacencias, contemplando en todas sus iglesias descubierto como en su trono el Corazón de Jesús patente en el Santísimo Sacramento. De este modo andaba mi espíritu buscando al Corazón de Jesús, adorándole y congratulándome con él, y dándole mil parabienes de verle triunfar en tantas partes del mundo en este día”.

“Hice las cinco visitas al Santísimo por los motivos que señala el libro de Cultu Cordis, dilatándome según era la voluntad del Señor detenerme en ellas (3). En la cuarta, llorando por la tarde las injurias de los fieles y postrado en tierra, sentí a mis lados a las esposas regaladas del Corazón, Santa Gertrudis y la V. M. Margarita, a quienes tan de cerca tocan las glorias que este día se rinden al Corazón sagrado; y, diciéndome que me levantase del suelo, me agradecieron mis deseos de reparar las injurias hechas contra el Corazón divino, y de que se propagase su culto para que otros las reparen”.

De esta manera pasó el día consagrado al Corazón de Jesús, con mil ternuras y ansias amorosas, cuyos efectos le duraron cada vez más vivos por todo este mes de Julio: al fin del cual recibió un nuevo favor, que bien merece ponerse aquí por la conexión íntima que tiene con los anteriores, y sirve además de complemento a ellos.

Pues, como se le quedó tan grabada en el corazón y las entrañas la promesa del príncipe de los apóstoles, traíala siempre delante de los ojos, y gozábase, aunque sin poderlos alcanzar, en los medios de que había de valerse, y más aún en la dicha incomparable de aquellos a quien tenía predestinados la divina providencia para, al fin, ponerla en ejecución, llegada que fuese la hora de tan singular beneficio. Crecía su gozo, y no menos su agradecimiento, a medida que se acercaba la fiesta de su Santo Padre, cuando en ella, “después de comulgar, vi entre resplandores de gloria “, son sus palabras, “a nuestro muy amado Hermano y primer condiscípulo del Corazón sagrado, San Juan Evangelista, acompañado de San Francisco de Sales y de nuestro P. San Ignacio. Estando yo asombrado de la santidad que entendí resplandecía en estos tres Santos, se me declaró como éstos eran tos tres a cuya cuenta corrían las glorias del Corazón sagrado de Jesús: del Santo Evangelista, por haber sido privilegiado en descansar sobre el Corazón santísimo donde se le descubrieron sus excelencias, teniendo desde entonces este amante apóstol particular devoción con aquel Corazón de su Maestro, en que bebió las luces y las llamas de su amor: de nuestro santo director en su Orden, y de nuestro Santo Padre en su Religión, por haber sido estos dos Santos los dos amantes divinos que más al vivo copiaron en sus corazones el ardor seráfico del Evangelista; San Francisco de Sales en lo dulce, que fue el distintivo de su amor; y San Ignacio en lo fuerte, que fue la divisa de su caridad ardiente".

“Luego. me miró nuestro Santo Padre con dulces y benignos ojos, como insinuándome la complacencia que tenía en aquellos sus hijos (entendí con especialidad en mis Padres), que cooperaban a este asunto gloriosísimo de propagar las glorias del Corazón sagrado, que era peculiar a la Compañía de Jesús y a la Orden de la Visitación: como, al contrario, pidiéndole por aquellos sus hijos que, o con buen celo, o por otros motivos, oponían dificultades a esta santa Idea, conocí lo que al Santo le desagradaba esto, en la severidad y como indignación que a este tiempo vi en sus majestuosos ojos”.

Bien fuera de este mismo año, bien de otro, pues no lo hemos podido averiguar, lo cierto es que “el día de nuestro Santo Padre”, añade el H. Bernardo, “se me dio a entender cómo por su medio dispensaba este día a sus hijos el Corazón de Jesús particulares gracias: y vi en el mismo sagrado Corazón la complacencia que tiene en el Santo y en su Religión, entre otros títulos, por éste de ser escogida para promover este culto, de lo que tuvo noticia nuestro P. San Ignacio entre los secretos fines a que le declaro el cielo que la fundaba; y nuevamente entendí la complacencia de nuestro P. San Ignacio en que sus hijos se empleen en asunto tan de la gloria de nuestro Capitán Jesús, y tan propio de su Compañía”.

Y, para que nadie piense que es una piadosa exageración del H. Bernardo o una imaginación suya lo que en éste y en otros pasajes repite con tanta insistencia sobre la vocación especial de nuestra Compañía al apostolado del Corazón de Jesús, bastará recordar que tanto como él y aun más había dicho ya medio siglo antes al mismo propósito la B. Margarita María Alacoque.

“Hame dado a entender Nuestro Señor de una manera que no deja lugar a duda”, escribe en una parte, “que por medio de los PP. de la Compañía de Jesús, con preferencia a otros, quiere establecer en todo el mundo esta solidísima devoción y procurarse gran número de siervos fieles, amigos leales e hijos reconocidos”. Añade en varias otras ocasiones que “ésta es una gracia reservada a los mismos Padres”; y que “así como el Señor se dignó comunicar primeramente a las Hijas de la Visitación los tesoros de su Corazón divino, así quiere también y se complace en que sean los de la Compañía los destinados a publicar su excelencia y fructuosa devoción entre los hombres”: más, que “el mismo Señor se encarga de proteger sus intentos a este fin, y se promete una gran mies de sus afanes y sudores”.

Tanta verdad es lo que a gloria de la Compañía de Jesús depone aquí la B. Margarita, y lo que después de ella repite el H. Bernardo, y más de una vez lo ha reconocido la misma Iglesia en documentos oficiales, que aun los jansenistas, enemigos jurados de toda verdad, no dudaron en el siglo pasado ni en el presente apellidar Devoción jesuítica la devoción al Corazón santísimo, ni ha faltado un conciliábulo suyo o latrocinio donde se definiera que “lo mismo es ser uno decididamente devoto del Corazón de Jesús, que ser hijo o amigo de la Compañía”.

No podemos menos de darles las gracias por tanto favor, como tampoco de confesar que es excesivo el que nos hacen. La Compañía de Jesús no quiere ser tan arrogante, que se atribuya a sí sola tanta gloria, aunque siempre mirará como uno de sus timbres más honoríficos el que el divino Corazón le deba parte, y grandísima parte, en el culto y majestad con que, al fin, es ya venerado en toda la universal Iglesia.

Pero volvamos a nuestra historia, de la cual dulcemente y sin sentir nos ha llevado más lejos de lo que pensábamos: la profética visión e inteligencia del H. Bernardo.

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(1)     Palabras que se dicen en la misa al prepararse el sacerdote para la Consagración.

(2)     Antiperístasis es la acción de dos cualidades contrarias, una de las cuales excita por su oposición el vigor de la otra: por ella explicaban los antiguos el fenómeno de la cal viva que, echándole agua, se enciende.

(3)     De las cinco visitas que este día se hacen al Señor, la primera es “en acción de gracias por la institución del Santísimo Sacramento”; la segunda, “por la. muchas veces que le hemos recibido, y con él innumerables beneficios”; la tercera, “en satisfacción de las injurias y sacrilegios cometidos por los herejes”; la cuarta, “por las innumerables y gravísimas ofensas de los católicos”; y la quinta, “por compensar la soledad que el santísimo Sacramento tolera en tantos lugares, aldeas y aun ciudades de la cristiandad”. El Tesoro escondido (págs, 121 y 122).


 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888