| Buen suceso y valor
del H. Bernardo en la ejecución de sus planes. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte. Año
1888. Parte tercera, capítulo 3)
Entre tanto no podía encerrar en su pecho el H. Bernardo el gozo que le inundaba al ver el menor indicio de que pudiera propagarse la devoción que le había inspirado el Corazón santísimo de su amor Jesús: derramábalo por la lengua y por la pluma sin ser poderoso para ocultarlo. No se que noticia de esta especie acababa de recibir de uno de sus amigos: solo advierte el P. Loyola queeran bien remotas las esperanzas que le daba; sin embargo, al recibirla, se explica así el ardoroso joven: Indecible consuelo me dan las esperanzas favorables de conseguir nuestros deseos para gloria de aquel amantísimo y dulcísimo Corazón de Jesús, cuyo nombre no puede formar la pluma sin teñirse los ojos en suaves lágrimas. Ahora ha de ser la batería de los corazones amantes al pecho del Padre Eterno para que mire al Corazón de su divino Hijo, y acabe ya de publicar a su Iglesia las inmensas riquezas escondidas en este oculto tesoro. Pero, como hombre de entendimiento perspicaz y sólido, conocía bien nuestro H. Bernardo que no siempre basta con oraciones, sino que también quiere el Señor nuestra prudente cooperación para las empresas de su gloria. Y así, viendo que nada podría conducir más eficazmente para sus santas ideas como empeñar en lo mismo, según sus antiguos planes, a los sujetos más autorizados de nuestra Provincia de Castilla, determinose por fin a ponerlos en ejecución con la intrepidez que le prestaba su celo y su confianza. El primero en quien puso los ojos, después de sus directores, fue el P. Juan de Villafañe que, acabado su Provincialato, gobernaba el Colegio de San Ignacio de Valladolid. Como la piedad y demás virtudes y prendas de este insigne varón pareciesen muy propias al joven para apoyo de sus intentos, y aun escudo con que rebatir las dificultades que le saldrían al paso, un día que por casualidad se hallaba el P. Villafañe en el Colegio de San Ambrosio, fuese resueltamente a él nuestro H. Bernardo, y le habló sobre el asunto, armado de la santa é irresistible eficacia con que movía los corazones. Aunque poco tuvo que hacer ahora para mover el de su pasado Provincial: teníale prevenido é inclinado la suave providencia del Corazón de Jesús con las noticias que de este culto había adquirido en Roma poco antes, al tiempo que asistió allí a la última Congregación general como Provincial de Castilla (1). De esta manera, lejos de necesitar de los avisos y exhortaciones del H. Bernardo, estaba él en disposición de poder exhortarle y dirigirle como lo hizo. Díjole que había tratado mucho en Roma con el P. Gallifet, defensor celoso é infatigable promotor de este culto; que había leído allí el erudito memorial en que aquél representaba a la sagrada Congregación de Ritos los argumentos que se oponían al oficio y misa del Corazón de Jesús, resolviéndolos satisfactoriamente y reforzando las razones porque cuanto antes debía concederse a la universal Iglesia. Como, al oír tales noticias, no pudiese el H. Bernardo contener las lágrimas de gozo, y conociese el P. Villafañe que allí había encerrado algo que él ignoraba, preguntó amorosamente a su antiguo súbdito si también sobre el Corazón de Jesús se había dignado el Señor darle algunas inteligencias que él no supiese: pues, en efecto, eran posteriores a cuando fue Provincial el P. Villafañe las que sobre esta materia recibió del Señor el bendito H. Bernardo. Contole éste con humildad y en secreto la sustancia de lo que le pasaba. Grande fue la admiración del Padre al escuchar lo que Dios hacía con su querido hijo, pero no tuvo la menor duda ni sospecha de que aquello no fuese de Dios que tan graciosamente se comunica a sus siervos. Recomendole la santidad de la empresa a que el Señor le destinaba, y la necesidad de pedirle con muchas veras que le ayudase a llevarla a buen término; y concluyó diciéndole que él estaba dispuesto por su parte a hacer y trabajar por ella cuanto alcanzaran sus fuerzas y él quisiera valerse de su persona. Apenas había salido agradecidísimo y loco de placer nuestro H. Bernardo del aposento del P. Villafañe, cuando en otro vecino, adonde se retiró a hojear unas obras que allí había, se encontró providencialmente con el mismo memorial del P. Gallifet de que acababan de hablar. Ya V. R. conocerá, escribe al P. Loyola, los efectos que este encuentro excitaría en mi corazón: fueron admirables y propios de quien tan amorosamente dispuso que diera con él en ocasión tan propicia. Otro sujeto muy importante de nuestra Compañía a quien empeñó el H. Bernardo por las glorias del Corazón de Jesús, fue el P. Francisco Ignacio de Eguiluz. Acudió a él con tanta más confianza, cuanto que, fuera de ser pública su gran piedad y discreción, había sido el P. Eguiluz su Rector y Maestro de novicios en Villagarcía, como ya dijimos, al tiempo en que comenzó el Señor a favorecerle con gracias extraordinarias. Recibió el bondadoso Padre a su antiguo novicio con la caridad y buen semblante que solía; y enterado de su pretensión, encendiose tanto en deseos de mostrar de alguna manera su amor al Corazón de Jesús, que fue uno de los primeros en consagrarse totalmente a su servicio con la fórmula del P. la Colombière que le remitió el mismo H. Bernardo escrita de su mano y pluma. Ofreció ahora a éste su cooperación en cuanto valiese, le llenó de nuevos alientos con sus fervorosas palabras, y le ayudó desde entonces con prudentísimos consejos sobre el modo que podía observarse para adelantar con fruto y solidez en empresa tan de la gloría de Dios. Al P. Eguiluz siguió con no menor resolución y generosidad el P. Manuel de Prado, actual Provincial, y Rector y Maestro de novicios que había sido del joven en Villagarcía: a éste, los PP. Juan de Carbajosa y Gregorio Jacinto de Puga, grandes amigos y compañeros de misiones del P. Calatayud; Pedro de Peñalosa, Clemente Recio y varios otros que se correspondían familiarmente con el P. Loyola; José de Jáuregui, Agustín de Basterrechea, Bernardo del Río y otros muchos con quien trataba el P. Agustín. Es inútil advertir que no fueron de los últimos en alistarse bajo la bandera del Corazón de Jesús los PP. Fernando de Morales, Manuel de la Reguera, Diego Ventura Núñez, Francisco de Rávago y tantos otros esclarecidos sujetos de nuestra Provincia, entre los cuales bien merece también ser nombrado, aunque no fuera más que por su devoción y piadosa amistad, el H. Juan Lorenzo Jiménez. Como todos ardían en los mismos deseos que el H. Bernardo, de que cuanto antes se lograsen los amorosos designios del Corazón de Jesús, es mucho lo que estos celosos Padres le estimulaban con nuevas ideas é invenciones: que todo era echar brasas al fuego que apenas podía ya caber en su corazón. Una de ellas debió de ser, a lo que parece, que se acudiese ya a algunos Sres. Obispos para interesarlos en la causa del Corazón divino, y moverlos a que interpusieran en Roma su valimiento para la consecución de su sagrado culto. Así se desprende de una del P. Agustín de 3 de Agosto de 1733, que es respuesta a dos del H. Bernardo, y en la cual le habla de esta manera: Lo de los Prelados intercesores es necesario: y crea que, si se junta una súplica de nuestro Rey Católico, hará mucho. Ahí está entre otros Prelados el amigo del P. la Reguera, el Sr. Belluga, de mucha autoridad. Por lo visto, debía estar ya bien armada la nueva Compañía, cuando con tantos bríos pensaban en lanzarse al campo nuestros jóvenes. Con todo, creemos que todavía no se acudió por este tiempo a los Prelados intercesores: sin duda hubo de parecer al H. Bernardo más ejecutivo y aun más fácil el recurso al Rey Católico, Felipe V, como de verdad lo era. Activaba éste desde 1726 y aun de antes las pretensiones del P. Gallifet en Roma; había escrito ya al Papa Benedicto XIII, a 10 de Marzo de 1727, pidiéndole se dignase conceder para todos sus reinos y dominios oficio propio del Corazón de Jesús; y, según voz pública, practicaba también él por sí tan santa devoción con admirable ejemplo de la corte. Sobre esto dio ahora la casualidad de que se hallase en el real sitio de San Ildefonso, no lejos por tanto de nuestro Colegio de Segovia, de que era Rector el P. Juan de Loyola, quien así por su empleo como por su hermandad religiosa visitaba con alguna frecuencia al P. Guillermo Clerke, confesor de Su Majestad, y muy de su confianza y agrado. No necesitó de más aviso el H. Bernardo para escribir inmediatamente a su P. Loyola que, aprovechando aquella ocasión, descubriese su idea al P. Clerke a fin de que éste se la insinuara al Rey y le moviera a un empeño tan del servicio de Dios y honor de su augusta persona. Y, como era de suponer, el buen P. Loyola no pudo excusarse de cumplir el encargo que le daba su querido hijo. Habló con el P. Clerke; y éste le ofreció poner en conocimiento del Rey la petición del H. Bernardo con muchísimo gusto, y hacer lo posible para que saliera bien despachada. Luego que el animoso joven tuvo noticia de la favorable respuesta del P. Confesor y de su negociación con el Rey, no pudo encubrir su gozo, ni menos de exclamar con santo entusiasmo en carta al P. Loyola: Aquí anda el mismo Corazón de Jesús, amado Padre: él obrará; ya se ha hecho lo último que parece factible en esta idea. Ahora pedir al Corazón de Jesús que, pues está en manos de Dios el corazón del Rey, lo incline adonde fuere su voluntad (2). Dejemos obrar al Señor: no hay que hacer de nuestra parte más que lo que él inspirare. Altamente se me ha impreso una máxima que refiere el P. Causino de nuestro santo Director (San Francisco de Sales): que no apresuremos la hora de la Providencia. Sin embargo, no era tiempo aún de dormir sobre los laureles: y así, más resuelto que nunca nuestro H. Bernardo a poner en ejecución sus primeros planes, volvió ahora con nuevos ánimos al de su librito. Pareciole ante todo que lo mejor sería traducir al castellano el latino del P Gallifet, de que arriba hemos hablado, y de que se sirvió el Señor para todo este movimiento: verdad es que no conocía tampoco él ningún otro de los que ya corrían fuera de España sobre esta materia. Determinado, pues, por el del P. Gallifet, andaba ideando quién se lo podría traducir, cuando le llegó nueva de sus confidentes, de que no pensara más en ello, por estarlo ya traduciendo el P. Peñalosa, quien lo haría pronto y bien. Mas no había tal ni mucho menos: el P. Peñalosa traducía a la sazón otro librito distinto del que .buscaba el H. Bernardo, el libro de La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, del P. Juan Croiset. Aunque, no era esto lo peor del caso, siendo de creer que el H. Bernardo se diera por muy feliz con la traducción de una obra por cuyo medio había profetizado la B. Margarita que se esparciría por todas partes la devoción del Corazón de Jesucristo (3): lo peor fue y lo más desapacible para el resuelto joven el haber sabido o adivinado, no sabemos como, que esa obra tardaría más de lo que él había menester en publicarse. En efecto, la traducción del P. Peñalosa no se dio a la imprenta hasta bien entrado Mayo, ni salió de ella hasta mediados de Junio del año luego siguiente, ocho ó nueve meses después del tiempo en que estamos. Era, pues, necesario echar mano a otra parte, y satisfacer por cualquier vía a las pretensiones del H. Bernardo, tan poderosas y santamente importunas como las de un apóstol abrasado del más activo celo, y movido por Dios a la consecución de una idea cuyo logro ni se ve ni se alcanza. El P. Agustín, que las conocía mejor que nadie y aun las fomentaba con el mayor empeño, halló modo por donde pudieran muy bien cumplirse. Escribió a su amigo diciéndole que allí tenía al P. Loyola a quien obligar a que le arreglase lo que tanto codiciaba; pues era uno, el primero, de los escogidos por el Señor para instrumento inmediato en el concierto y perfección de esta obra. Lo mismo fue recibir el H. Bernardo la carta del P. Agustín, que avisar al P. Loyola que le escribiese el librito. Opuso éste al principio alguna resistencia a lo que le pedía o, mejor dicho, le mandaba su querido Bernardo, pero al fin tuvo que ceder, como le sucedía siempre que se metía en algún negocio de éstos con el denodado joven. Sólo el párrafo en que cuenta el humilde y condescendiente Padre lo que en el asunto del librito le pasó con el H. Bernardo, basta para describirle tal cual era y formar su más completo elogio. Resistíame, dice, por mi ineptitud, y porque el tiempo en que le pedía era para mí sumamente ocupado. Pero el joven me allanó todas las dificultades y me dirigió, enviándome la idea ó planta que le parecía más útil. Sus fervorosas oraciones al sagrado Corazón de Jesús contribuyeron más que nada, a mi parecer, para facilitarme el asunto y empeñarme en escribirle. Confieso, para gloria del sagrado Corazón de Jesús, que, sin saber cómo, me puse a escribir el librito, y que sentí la facilidad que yo no tengo; pues, a pesar de las ocupaciones y embarazos de mi oficio que yo oponía, envié a Bernardo por el correo de una o dos semanas el librito que tanto había deseado. Como todavía ha de correr bastante tiempo sin que gocemos sus frutos ni aun salga a luz su Tesoro escondido, conviene que veamos entre tanto el resultado que tuvo el otro medio y plan vastísimo de fundar Congregaciones del sagrado Corazón. Para proceder con más acierto en materia tan delicada, juzgó el H. Bernardo que sería bueno entenderse con el P. Gallifet, hombre el más idóneo, a su juicio, para suministrar noticias y reglas para el buen establecimiento de las tan ansiadas fundaciones. Instó al P. Loyola a que le escribiese a este fin, dándole de paso cuenta de los triunfos del amoroso Corazón en España; y el bendito Padre tuvo que complacer a su Hijo y discípulo, si bien contra su dictamen. Al mismo tiempo, y de su cabeza, le escribía sobre lo mismo el P. Calatayud, no menos activo que nuestro joven, y más resuelto ciertamente que él a erigir cuanto antes y a toda costa Congregaciones, en vista del ardor inconcebible con que recibían los pueblos el nombre y culto del Corazón sagrado. Fue singular el consuelo del P. Gallifet con las felices nuevas de lo que el divino Corazón empezaba a obrar en la piedad española. Dio muchas gracias a Nuestro Señor de lo tan liberalmente que se había entre nosotros, y animó a los nuevos apóstoles a continuar en su empresa; pero les añadió no poderles satisfacer en lo demás que le consultaban: por cuanto las reglas debían formarse conforme al país y personas donde se estableciesen las Congregaciones. No puede menos el P. Loyola de alabar la prudencia del P. Gallifet en este negocio, como digna al fin de toda alabanza. Sin embargo, ve en ella algo más que humano; y exclama así, después de referida su contestación, con un denuedo que no contrasta poco, a la verdad, con su carácter tranquilo y bondadoso. Pedíanse a Francia, dice, las reglas para saber el método de formar las Congregaciones del sagrado Corazón de Jesús. Mas este divino Corazón no quería tantas dilaciones en los cultos que deseaba para comunicar sus celestiales gracias a toda nuestra nación. Encendió el corazón del misionero con fuego tan activo que, sin esperar noticias, reglas ni dictamen de los que le habían inspirado esta devoción, fundó su primera Congregación en la ciudad de Lorca. Ya se lo temía el H. Bernardo; y firme en su propósito de que se caminara con madurez en el punto de las Congregaciones, había escrito al misionero días antes para enfrenar de alguna manera su ardiente celo con una especie al parecer lustrosa y muy de la gloria del Corazón sagrado. Poco después, a 28 de Octubre, se la repetía a su director, el P. Loyola, en una carta en que de paso le da cuenta de un favor muy especial que había recibido del cielo el domingo anterior. Lo que el divino Corazón hace conmigo», le dice en cuanto a lo último, es indecible é inexplicable: asáltame con su amor y me deja absorto entre un incendio abrasador del fuego seráfico. El domingo en especial (que fue a 25 de Octubre) al recibirle Sacramentado, me dio un sentimiento interior tan vivo de que tenía en mí a aquél que es centro de mis ansias, que pensé reventar en fuerza de la vehemencia del amor y de la inundación suavísima de gozo; y, si en tiempo de gracias no me dilatara el corazón, apretado en ardores y llamas de amor, hubiera muerto sin duda. Desahogose el pecho, prorrumpiendo en gemidos íntimos con que, en voces del alma, convocaba todas las criaturas a amar el Corazón amantísimo de mi Jesús; y con una vehemencia más que humana clamaba con San Agustín: Corred, justos; corred, pecadores; corred, pueblos: corred todos y venid al Corazón de Jesús. Aquí oí interiormente una voz suavísima que me dijo ahora lo que en otro tiempo a aquella gran sierva del Señor (la B. Margarita), que refiere el libro de Cultu Cordis: Pídeme lo que quieras por el Corazón santísimo de mi Hijo, y te oiré y concederé lo que me pidas: y sin libertad, pedí la extensión del reino del mismo Corazón sagrado en España, y entendí se me otorgaba: y con el gozo dulcísimo que me causó esta noticia, quedó el alma como sepultada en el Corazón divino, en aquel paso que llaman sepultura. Muchas y repetidas veces he sentido estos asaltos de amor en estos días, dilatándose tanto en deseos mi pobre corazón, que piensa extender en el Nuevo Mundo el amor de su amado Corazón de Jesús, y todo el universo se le hace poco. Así el H. Bernardo por lo que mira a sus favores; y en la misma carta, con relación al P. Misionero: Háseme ofrecido, dice, que, si al buen P. Calatayud se le dispone para cuaresma la misión de Madrid, como se espera, sería ésta la ocasión más propicia para sacar a luz la Congregación primera del Corazón de Jesús en España; pues, naciendo en la corte y entre la primera nobleza, tendría este extrínseco lustre y recomendación delante de los hombres. Fuera de esto, hallo algunas congruencias que me esfuerzan esta idea, como son: que, si este asunto ha de tener contradicciones, ha de ser al principio, y en ninguna parte, al parecer, más que en una corte; pero allí con los créditos y deseos que hay del P. Calatayud, como me consta, en especial en el Colegio Imperial y en personas de la primera distinción, habrá también más escudos con que resistir; y, vencida en la corte la dificultad, se allanará para otras partes. También se me ofrece que esta ocasión podía ofrecerla para que el Rey amparase más expresamente esta causa, y el P. Confesor pudiese lograr la oportunidad que desea: y, siendo forzoso acudir a Roma por la Bula, parece se descubrían resquicios por donde en aquella curia se adelantasen nuestros intentos por parte de España. Sobre todo, como ya dije, esta especie serviría para entretener al P. Calatayud, pues no creo conviene que empiece todavía a fundar; pues, sin las reglas y noticias que podemos esperar del P. Gallifet, parece es proceder a ciegas y sin la solidez necesaria. Yo bien veo que el Corazón divino no se coarta a las reglas de la prudencia humana, y que él prevendrá los inconvenientes, ó los vencerá, si se siguiesen, de la práctica de las ideas del P. Calatayud. Pero quisiera que V. R. le insinuase lo mismo que yo, dándole esperanzas de más luz, y animándole entre tanto a mover los fieles a la devoción: que más vale hacerles desear las Congregaciones. No bien había enviado esta carta nuestro H. Bernardo, llena de una cordura que verdaderamente parece superior a un joven de 22 años, cuando recibió otra del apostólico e incansable P. Calatayud, en que, con fecha de 25 de Octubre, le decía así: Ya comencé en Lorca a promover su devoción del Corazón de Jesús, y se ha erigido la primera Congregación en nuestro Colegio, compuesta de 36 caballeros y 36 señoras. Les he dispuesto unas reglas, y se procurará enviar a Roma por indulgencias. Las gracias al Señor, que lo ha dispuesto. La ciudad de Lorca ha ofrecido asistir á la fiesta una vez cada año (4). Sobrecogido quedó el H. Bernardo con esta noticia, y aun algo temeroso al principio de si sería precipitada la determinación del misionero: mas pronto cesaron sus dudas y ansiedades con la luz divina que le hizo ver en todo aquello una traza maravillosa de los designios de Dios. En lo del P. Calatayud veo, escribe el iluminado joven, que el Espíritu Santo no entiende de tardanzas ni dilaciones en sus proyectos. El Señor echa su bendición a estos arrojos de santo celo: y, si el Corazón adelanta su causa con pasos más veloces que la prudencia alcanza, ¿qué hemos de hacer sino correr en pos de sus amabilísimas disposiciones? A modo de quien se queja miraba yo esta apresuración, cuando se me respondió: ¿Piensas que ésta es obra de hombres? No: sino de mi Eterno Padre, que se complace en mi Corazón. Aquí se cifra la respuesta, a que no sabe qué responder la prudencia. Estas fueron las expresiones del H. Bernardo al descubrir la mano de Dios en el celo ardiente, a juicio de los hombres tal vez demasiado atrevido, del P. Calatayud. Pero, al fin, por los maravillosos frutos que produjo este ardiente celo, se conoce, repetiremos con el P. Loyola, que el Corazón divino quería reinar abiertamente en los corazones de nuestra ínclita nación. .................................................... (1) La XVI, que duró desde 15 de Noviembre de 1730 hasta 9 de Febrero de 1731. (2) VéaseProverb. 21,1. (3) Languet, Hist. de la Devoción ... (libr. VIII, núm 116, pág. 343 de la trad. del P. Loyola: Cfr. núm. 115, págs. 340 y 341). (4) El Breve de erección de esta Congregación de Lorca se dio el 9 de Septiembre de 1734. Hase tenido siempre como la primera de España; y es verdad que lo fue con el título de Congregación del Corazón de Jesús; pero ya existía, erigida con Breve de 27 de Enero de 1728, otra con el de Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, en nuestra iglesia de la Compañía de Jesús de San Martín, en Palma de Mallorca. No parece que tuviera conocimiento de ella el H. Bernardo, ni tampoco sus confidentes y compañeros. |
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