| Obsequios del H.
Bernardo al sagrado Corazón, y favores que de él
recibe. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte. Año
1888. Parte tercera, capítulo 2) Estas ideas que decimos, y otras muchas de que será preciso hablar en el discurso de esta historia, las acaloraba y, por decirlo así, las fecundaba el H. Bernardo con sus incesantes oraciones y obsequios al Corazón santísimo, largamente retribuidos por su amoroso dueño. Ya en nada pensaba, en nada se detenía, en nada hallaba descanso y bienestar sino en aquel centro de su amor y sus fatigas: cuantas buenas obras hacía y plegarias elevaba al cielo, habían de ser por medio de este Corazón divino; cuanto le favorecía el Señor con sus ordinarias mercedes, todo lo dirigía a procurar el culto del Corazón de su amado Jesús. Disponíase el día de Corpus, 4 de Junio, para recibir el Santísimo Sacramento. Deseaba hospedar en su pecho a su amor Sacramentado con toda pureza y devoción; pero no sabía como valerse para este fin, asombrado de su miseria y pequeñez, y buscaba manera de hacerlo con la menor indignidad posible, cuando brotó en su alma un afecto amoroso, violento y extraordinario, que le arrebató como por fuerza al Corazón de su amado y amante huésped. En este tesoro de la divinidad sentí, dice, por un modo altísimo y sacratísimo como que se vestía mi espíritu de las riquezas del Corazón de Jesús, que se las prestaba para este acto; y así llegué confiado a la comunión, como que iba en hábito interior más decente, aunque prestado: y el mismo Jesús me lo certificó con admirables sentimientos, en tiempo de gracias. A estos sentimientos que el joven no describe, se siguió el iluminarle el Señor con soberanas inteligencias sobre el Corazón santísimo, y noticias muy por adelantado acerca de la tan codiciada propagación de su sagrado culto: una de las cuales fue que la solemnidad del Corazón de Jesús llegaría a ser en la Iglesia la más célebre después de la del Corpus. Aquí se le representaron de nuevo los obstáculos por donde habría que romper para conseguir tanta dicha, y más para consolidar el reinado universal del divino Corazón en el mundo. Aunque reinará finalmente, exclama el H. Bernardo, al concluir la relación de sus inteligencias y noticias de 4 de Junio de 1733. Este mismo día comenzó a prepararse para la fiesta del sagrado Corazón de Jesús, la primera que él iba a celebrar en su vida. La preparación fue, además de las prácticas acostumbradas en semejantes ocasiones, aunque hechas ahora con más fervor que nunca, una devota novena al Señor, y otras, pidiéndoles que le patrocinaran en su divino acatamiento, a Santa Teresa de Jesús y Santa María Magdalena de Pazzis, con piadoso recuerdo, pues tampoco podía más, de la B. Margarita María Alacoque, como de tan interesada en el culto del Corazón sagrado. En estos nueve días todo ha sido deseos de resarcir el honor de Jesús, escribe el H. Bernardo: todo, súplicas al Eterno Padre y a las demás personas divinas: todo, clamores al cielo para que se decrete en el consistorio de la Santísima Trinidad la pronta extensión de este culto. El día de la octava del Corpus fue el devoto joven con sus compañeros a la casa de campo del Colegio de San Ambrosio, bastante cercana al Convento de los PP. Carmelitas Descalzos. Como tenía toda su recreación en amar y adorar al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, y andaba por este tiempo tan absorto en las glorias del Corazón de Jesús, pidió licencia para asistir a la devotísima procesión que allí hacían por la tarde los Carmelitas. Concedida, fuese con uno de sus condiscípulos a quien ya había inflamado en ansias de perfección y amor a Jesús Sacramentado: probablemente su amigo el H. Jiménez. Estuvieron cerca de una hora de rodillas, orando delante del Santísimo, y le acompañaron después en la procesión. Premió allí mismo agradecida Santa Teresa a nuestro H. Bernardo el obsequio que le hacía en haber ido a su casa en un acto tan agradable a la Divina Majestad. Se le apareció muy risueña con Santa María Magdalena de Pazzis y la B. Margarita María Alacoque: y las tres santas vírgenes, después de manifestarle que estaban muy en lo de la novena, le agradecieron en nombre suyo y de su esposo los deseos de extender la devoción del sagrado Corazón, y le alentaron con cariñosísimas palabras a continuar en sus designios, despidiéndose hasta el día siguiente. Salido de allí y vuelto a casa nuestro H. Bernardo, no pensaba más que en este día siguiente, es decir, en el viernes inmediato a la octava del Corpus, elegido primero por el mismo Señor, y aprobado después por la Iglesia, para la festividad del Corazón de Jesús. Ya desde que conoció su culto, había deseado consagrarse él con la devota fórmula del P. Claudio de la Colombière, que vio en la obra del P. Gallifet; mas pareciole mejor aguardar a este día, como tan solemne y propio para su consagración. Hízola el 12 de Junio de 1733, en San Ambrosio de Valladolid, durante la Misa y a los pies del Señor Sacramentado, firmándose luego en el papel que, según aparece del original, estaba escrito en latín, -Dilectus et amantissimus discipulus Cordis Sacrosancti Iesu, Bernardus Franciscus de Hoyos-. Al tiempo de pronunciar la fórmula sentí, dice él, la presencia de las tres Santas (las de la víspera) y del discípulo amado, San Juan Evangelista: entendí recibía el Corazón de Jesús el sacrificio; y, al firmar, conocí por un modo suavísimo, no tanto de visión cuanto de tacto o experiencia palpable, que Jesús escribía mi nombre en su Corazón. Todo este día lo pasó en inflamados afectos y largas visitas al Santísimo Sacramento, llorando las injurias que contra él se cometen, y complaciéndose con la memoria de los solemnísimos cultos que, en cambio, en este mismo día se tributan al adorable Corazón de su amor Jesús en tantos reinos de la cristiandad menos en España, y particularmente en las iglesias de la Orden de la Visitación, fundada por su padre y director San Francisco de Sales. Acercábanse en tanto los ejercicios para la renovación de los votos el día 29 de Junio: y dispuso el Señor y previno a su siervo, según costumbre, con las luces e inspiraciones que le preparaba para que se renovase su espíritu. Conoció sus faltas e imperfecciones: llorólas sentidamente, y procuró hacer algunas penitencias por ellas: quiso penetrar en lo profundo de la perfección a que el Señor le llamaba, y toda la perfección, dice, me la descubre cierta interior luz, colocada en la santa libertad de espíritu y en la dulzura y humildad de corazón: en una palabra, en ser perfecta copia de aquella doctrina: Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón (1). Sobre estas palabras, que ocultan innumerables misterios del Corazón de Jesús, tuvo ahora el H. Bernardo la meditación de sus ejercicios. Protestaba continuamente al Corazón divino que quería ser su amado discípulo, y repetía muchas veces las palabras de su oferta y consagración: Mostradme, Señor, el camino que debo tomar. A esta súplica oyó más de una vez que le respondía el Señor: Pues aprende de mí que soy manso y humilde de Corazón; y también con frecuencia: Venid a mí los que estáis trabajados y oprimidos, que yo os aliviaré: tomad mi yugo sobre vosotros, y veréis cuán fácil es de llevar, y cuán ligera mi carga (2). Con estas palabras y el modo de pronunciarlas el Señor, conoció el H. Bernardo que el Corazón de Jesús debía ser en adelante su único refugio y consuelo en los trabajos. Uno de estos tres días de preparación, en que estaba el joven como embarazado con las muchas cosas y personas que tenía que encomendar a Dios, quejábase algo afligido al Señor de que no le quedaba tiempo para sí. Entonces el amorosísimo Jesús le respondió que descansase sobre su Corazón; que pusiese en él todas sus súplicas como memoriales cerrados, que el mismo Corazón las despacharía favorablemente: y concluyó con el favor que antes había hecho a Santa Catalina de Sena y a Santa Teresa, repitiendo ahora al amante joven: Cuida tu de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de tí y de las tuyas. El día de la renovación de los votos, en que también le vino a ver el Señor, fue muy notable una visión intelectual de los príncipes de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Trató largamente con ellos de las cosas del Corazón santísimo, y no se dio por satisfecho de sus respuestas hasta que el primero le aseguró que uno de sus sucesores establecería en toda la Iglesia la fiesta que le pedía del Corazón de Jesús. El 2 de Julio, día de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel, recibió también una regalada visita de su dulcísimo director San Francisco de Sales y de la B. Margarita María Alacoque. Agradeciole el Santo sus deseos y cuidados por la propagación del culto del sagrado Corazón de Jesús, exhortándole a que se la pidiese al mismo Corazón deífico: la B. Margarita, sin hablarle palabra, le dio a entender y sentir la complacencia y gloria accidental que recibía de verle tan celoso y afanado en el culto que fue centro y fin de sus amorosas ansias y desvelos mientras vivió. Pues el día de nuestro P. San Ignacio, al tiempo de comulgar, escribe el H. Bernardo a su director, sentí al Santo a mi lado derecho, y al izquierdo a San Francisco Javier, con cuya presencia se inmutó mi espíritu en un sagrado incendio que del fuego de mi Santo Padre se encendía en mi corazón. Cuando tenía al divino amor Jesús Sacramentado en mi pecho, me parecía le hacían reverencia los dos Santos; y el mismo Señor hizo a nuestro Santo Padre como señal para que me hablase, y a mí para que recibiese la doctrina de mi Padre, a quien me remitía. El Santo entonces con algunas palabras formadas, e infundiendo otras especies intelectuales, me declaró lo siguiente: que la divina providencia quería para la Compañía la gloria de que sus hijos fuesen los que promoviesen y propagasen el culto del sacrosanto Corazón de Jesús; que por ellos se conseguiría de la Iglesia la solemnidad deseada, y por ellos sería extendida: que el mismo Santo con mi director San Francisco de Sales estaban encargados de este asunto por los hijos e hijas de las dos religiones. Después me certificó haberme escogido el Señor por instrumento mediato para promover el culto: que yo había de obrar con oraciones y con las obras de VV. RR.; que tiempo vendrá en que por mí mismo coopere, mas que al presente no haga otra cosa que declarar a VV. RR. lo que sobre esto entendiere, y proponer lo que se me ofreciere como conducente al intento, y que todo lo remitiese a la dirección de VV. RR.: y acabó diciéndome que en su nombre encomendase a mi P. Pedro (Calatayud) en cooperar cuanto pudiese a la mayor gloria del Corazón de Jesús; y él, como Padre, escogía a V. R. para esto, y que no quería más de lo que V. R. pudiese con la asistencia del mismo sagrado Corazón. Yo, pues, en nombre de mi P. San Ignacio, le encomiendo a ese amado corazón que mire por la mayor gloria del de Jesús, y le agradezco lo que hace y desea hacer en su obsequio, como es el querer consagrarse todo al mismo sagrado Corazón de Jesús. Tenía el joven ya desde su primera revelación interesado al P. Loyola: mas, no contento con las seguridades que éste le daba de asistirle y coadyuvar a sus santas ideas, le empeñó ahora más con la oferta del P. la Colombière, que le rogó hiciese el día de la Asunción de Nuestra Señora. La eficacia y varonil esfuerzo con que inspiraba esta devoción, lo manifiestan bien las gravísimas palabras que le escribe, más de quien manda que de quien ruega. Remito, le dice, la copia de la fórmula con que el P. la Colombière se consagró al Corazón de Jesús, siguiendo a la V. M. Margarita, que lo hizo así por mandato del Señor. El día de la Asunción de nuestra Madre con este jurídico instrumento protestará V. R. a los dos divinos Corazones (porque lo que se hace por el Corazón de Jesús, se hace consiguientemente por el de su Madre), su amor y deseos de su mayor gloria, y quedará ese mi corazón nuevamente obligado por esa ley suave de amor al Corazón de Jesús. A la V. Margarita declaró el Señor lo agradable que era a su Corazón esa oferta, y a mí me lo ha confirmado con soberanas luces. V. R. firmará en el papel su amor, y Jesús en su Corazón el suyo para con V. R. y con su sangre divina rubricará la escritura divina de obligación de su Corazón que mutuamente otorgará aquel día en favor del de V. R. ¡Oh, y qué presente tendré a mi amado Padre! y ¡cómo le abrazaré en aquel centro del amor! ¡Cómo me estrecharé con mi amado Padre en el Corazón de Jesús!. Y concluye así su carta: Busco a V. R. en el Corazón de Jesús: búsqueme V. R. en él, que allí me hallará, y yo deseo hallarle a V. R. abrasado en esta esfera del fuego del amor. Allí le halló, en efecto, en medio de mil dulzuras que gozó, y de las cosas maravillosas que le mostró el Señor en un subido éxtasis, que él describe así: Mostróme el Señor, dice, entre otros favores recibidos el día de la Asunción de Nuestra Madre dulcísima, los influjos de su divino Corazón, y el modo con que se comunican a los hombres, en esta dulcísima visión. Ví el Corazón del Eterno Padre (esto es, metafóricamente, la fuente de su amor, su bondad, en el sentido que la Escritura atribuye corazón a la divinidad) en forma de un globo inmenso de fuego, cuya infinita grandeza se extendía sobre la tierra, cielos y más allá de los abismos. Los inmensos resplandores y como inundaciones de luz que despedía, se recogían en el Corazón sacrosanto del dulce Jesús, que se me representó en un cielo, cuya latitud y grandeza excedía a la de todas las esferas celestes: los benéficos rayos que esparcía, se iban como estrechando hasta recibirse toda su intensión en el Corazón amabilísimo de nuestra Madre María Santísima, que miraba en forma de sol brillante y hermoso, el cual inmediatamente comunicaba a los hombres y a toda la tierra la multitud de luces y rayos que había recibido. Y en este misterioso símbolo entendí cómo el amorosísimo Corazón de Jesús comunicaba a los hombres la infinidad de dones y beneficios que recibe del Padre y de la divinidad del Verbo, por medio del Corazón purísimo de su santísima Madre, el cual es el acueducto e instrumento por donde se nos derivan todos los bienes: y la desigual grandeza de aquellos globos hermosos de fuego me significaba la que hay entre los tres Corazones, del Padre, del Hijo en cuanto a la humanidad, y de la Madre santísima; y, siendo éste menor que los dos, es tanta su capacidad, como es la del sol material que alumbra a todo el universo, con la distinción que el Corazón purísimo de María influye y alumbra a un mismo tiempo por todos los hemisferios, y alegra el cielo mismo, teniendo especial complacencia los Bienaventurados en mirar en el Corazón de María Santísima con sus excelencias, las de su Santísimo Hijo, como en un terso y cristalino espejo. En esta visión, repetida varias veces después en adelante, aprendió el H. Bernardo a entrar en el Corazón de Jesús por el de María, cuyas causas andan tan juntas, dice, siguiendo al P. Gallifet, que, haciéndose la del Corazón Hijo, se hace la del de la Madre: y acaso en España se empezará a hacer, en alguna cosa, en la causa del Corazón de la Madre la del Corazón del Hijo santísimo. Efectivamente es anterior en España, a lo menos en público, la devoción del Corazón de María a la del Corazón de Jesús; y, según confiesa el mismo P. Loyola a otro propósito, aun antes de que hubiese manifestado el Señor a nuestro H. Bernardo los secretos de su Corazón divino, y elegídole para que promoviera su culto, le había ya favorecido muchas veces el Corazón purísimo de María. Es fácil que se debiera esta devoción en España a la obra del P. Juan Pedro Pinamonti, que lleva por título El Sagrado Corazón de María, y andaba ya de mano en mano entre nuestros misioneros. Como quiera que ello fuese, conocíase ya por este tiempo y se practicaba entre nosotros la devoción a su purísimo Corazón. Ignoramos si esta circunstancia daría alguna vez pretexto y valor al animoso H. Bernardo para comprometer más a la Señora a que le favoreciese en sus planes, como sabemos haberlo hecho por la misma época con Santa Teresa de Jesús. Dejósele ver la Santa el 27 de Agosto, en que celebramos en España la fiesta de la Transverberación. Al verla y pensar en el día, no pudo contenerse el joven de recordarle y aun argüirle con un santo atrevimiento y libertad, que debía procurar desde el cielo se consiguiese la fiesta del sagrado Corazón de su santísimo esposo: que, si la Iglesia celebraba la fiesta de su abrasado corazón, era más justo que celebrase fiesta al Corazón divino de Jesús, de cuya fogosa esfera de amor participan todos los corazones amantes las centellas que en ellos se descubren. Diose ella por vencida con este argumento, y ofreció al joven teólogo hacerlo valer en la divina presencia. .............................................. (1) Matth. 11, 29. (2) Matth. 11, 28. |
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