Más industrias del P. Bernardo para la propagación del nuevo culto. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte. Año 1888. Parte tercera, capítulo 11)

 

Habíanse profundamente impreso en el alma del P. Bernardo aquellas palabras del Señor que dijo un día a su Esposa Margarita María Alacoque, ser voluntad suya y deseo entrañable que se expusiese a la veneración de los fieles la imagen de su Corazón, abierto con la lanza, ceñido de espinas y coronado de la cruz, para que con tan amorosa vista se ablandase la dureza de sus corazones; y que sobre ello le prometía derramar el torrente de sus gracias sobre cuantos de esta manera honrasen su bendito Corazón, y mirar con ojos de agrado y misericordia los sitios en que así se expusiese en público esta dolorosa imagen.

Ya hacía tiempo que el celoso joven pensaba en dar este consuelo a su Señor y mostramos cuán ciertas eran sus divinas promesas, mas no veía modo de poderlo conseguir. Sólo conocía una imagen, la que aparece al frente del libro latino del P. Gallifet, y no hallaba pintor que se la dibujase ni grabador que le abriese una plancha o lámina que sirviera para reproducirla: demás de que también era cosa de averiguar primero si ya sería llegado el tiempo entre nosotros de valerse de esta pública manifestación hasta entonces desusada, y así no poco peligrosa.

Pero el cielo cuidó de desvanecerle estos temores. Un día en que con más discurso y meditación reflexionaba sobre si convendría o no poner en práctica su idea, “se me dio a entender”, escribe él mismo al P. Calatayud, “que deseaba el sagrado Corazón se expusiese su imagen en España, como la que trae en su libro el P. Gallifet, que así se mostró el Corazón sagrado, y casi siempre se me ha descubierto a mí con las mismas insignias. Entendí había de enternecer muchos corazones este amabilísimo objeto; y admiro hoy la providencia cuando veo que, antes de llegar una carta en que yo indicaba esto, me avisa V. R. la hace dibujar para abrir lámina”.

Animado con el ejemplo del fervoroso misionero, y más con la voz del Señor que le descubría su soberana voluntad, acudió a Roma, por parecerle sin duda la parte donde mejor le podrían satisfacer, y allí se valió del nombre de su Santo Arzobispo para que el P. la Reguera le enviase cantidad de estampas del sagrado Corazón y juntamente una primorosa lámina para reproducirlas en España. Tantas se hubieron de reproducir con ella en cuanto llegó, y en efecto “se estamparon tantos millares”, como lo atestigua el P. Loyola, “que a poco tiempo se inutilizó del todo”.

Fue por más el P. Bernardo a la misma fuente. Viniéronle nuevas láminas: y, como también éstas se inutilizasen muy pronto con el uso continuo, y fuese necesario no aflojar la mano en la reproducción, arreglóse para que, si no de tan perfectas, al menos le proveyesen con abundancia de láminas en España. Pero, ni aun éstas bastaban ya, y es en extremo curiosísimo notar los apuros en que a lo mejor, por falta de estampas, se veía nuestro P. Bernardo. Acudió una de las veces a su P. Agustín, y túvole éste que contestar con harto dolor: “No ha quedado una siquiera, ni en mi poder, ni de venta”. Cuando de allí a algún tiempo se vio otra vez en la necesidad de acudir al P. Calatayud: “Padre mío”, le responde este apostólico varón, “las estampas se reparten como pan bendito, y son necesarias: seis fueron para V. R”. ¡Valiente refuerzo y socorro para quien las pedía a millares, y aun así no le bastaran!. Tal era la prisa que se daba a repartirlas, y tantos los pedidos con que le acosaban de todas partes.

A proporción fue también el fruto de esta piadosa industria, incomparablemente mayor que el del librito, y aun del que se había imaginado de ella en un principio nuestro joven. Como era tan fácil distribuir las estampas por el correo, y ésas no había quien no las entendiera aunque no supiese leer, apenas quedó punto en España ni aun persona, alta ni baja, que no se hiciera con ella para adorar en su imagen el Corazón sagrado de Jesús. Y, como el Señor quería valerse de este medio tan general y sencillo para derramar sus gracias sobre los hombres y bendecir y engrandecer la naciente devoción, es imposible formarse idea de lo que él contribuyó, no a un fervor pasajero, que entre otras gentes fuera muy de temer, sino a una virtud sólida y estable, a la reforma de las costumbres, frecuencia de Sacramentos y toda clase de obras de piedad, siendo su efecto más visible y como primario la fundación de numerosas Congregaciones, en que se conservara y acreciera el fruto en adelante, según el plan antiguo ya y siempre fijo del P. Bernardo.

No hay duda sino que uno de los medios y caminos por donde más directamente y con mejor resultado se llegó a ese término, fue en hecho de verdad la profusión admirable de las estampas. Así lo confesaba el mismo joven por las noticias que recibía, y así también los misioneros por la experiencia de lo que pasaba ante sus ojos: a las estampas se debió, sobre todo, el que aun de los pueblos más pequeños y desatendidos, y de éstos con especialidad, les llegaran, a mediados todavía de 1735, tantos ruegos como les llegaban sin cesar, de que fueran a hacerles Congregaciones, así decían, del Corazón de Jesús.

Mas, no sólo en los pueblos y aldeas eran tan notables estos efectos: lo mismo pasaba en las grandes poblaciones, y aun en la misma corte, donde, si bien después de muerto el P. Bernardo, pero gracias a su actividad se erigió, al fin, aquella célebre Congregación a cuyo frente se inscribieron los nombres augustos de nuestros Reyes, siguiéndose los de los Príncipes e Infantes, y luego los de la primera nobleza de España (1).

Aunque el bendito joven no vio esta Congregación, pero sí vio y leyó una carta en que podía reconocer claramente el éxito de sus gestiones en Madrid y en el real palacio. Había procurado enviar a los Príncipes, como que le salió tan bien lo del Tesoro, una buena remesa de sus estampas, valiéndose, por medio del P. Calatayud, de la mano del Duque de Granada, Don Juan de Idiaquez, ayo a la sazón y sumiller de corps del Srmo. Príncipe de Asturias. Recibiólas el Duque; y su contestación al P. Calatayud, de 16 de Septiembre, era para decirle que había “puesto en manos de los Príncipes nuestros Señores las estampas del santísimo Corazón de Jesús”, y que ellos le mandaban manifestarle “su especial estimación y gratitud por tan singular regalo”. Así entendían en otro tiempo los Príncipes la dignidad de su corona.

Pero, volvamos al P. Bernardo, y veamos otro de sus arbitrios en honra del Corazón de Jesús, aunque no tan fecundo como el anterior, mas igualmente sólido y provechoso. Parecióle que sería bueno componer una Novena del divino Corazón, especie de término medio entre las estampas y el Tesoro; y dio el encargo de arreglársela, como solía, a su P. Loyola, quien tomó este trabajo más de su querido Hijo con la prontitud y humildad de costumbre. Salió a gusto del P. Bernardo, y de allí a poco se imprimía en Valladolid su primera edición, a la cual han seguido tantas después que ya suben a varios centenares: es la misma que aun hoy se usa comunmente en España al cabo de siglo y medio que se escribió, devotísima y llena de una unción particular que fácilmente la distingue de las demás que se conocen del mismo asunto.

El primero en servirse de ella, fue el mismo P. Bernardo, así como para hacer la experiencia de lo que podría conducir al aumento de la devoción en las almas, y ver cuán agradable fuese al Señor que se la había inspirado. Reconocida su bondad prácticamente, envió gran copia de ejemplares a los misioneros y demás amigos suyos y propagadores de la devoción al Corazón santísimo: tampoco se olvidó, por supuesto, de los Sres. Obispos ni del palacio real, adonde le constaba que sería acogida con nueva estimación y agrado.

Valíase para estas personas, de alguna buena oportunidad o recomendación que siempre tenía a mano su infatigable celo: con las otras no gastaba tantos miramientos ni consideraciones. Lo común era meter una Novena, de ordinario con su correspondiente estampa, en sobre cerrado, y dirigirla a quien trataba de empeñar en servicio del Corazón, sin otro aviso ni cortesía que la fórmula habitual de “A N. N. guarde Dios muchos años. En la ciudad (o villa, o lo que fuese) de N.”. Si el envío era a algún Párroco o director de algún establecimiento, solía incluir a lo sumo un papelito en recomendación de la Novena y del gran fruto que se podía esperar de su práctica, pero callando siempre el nombre de quien lo enviaba, a no ser imposible o inconveniente guardar el incógnito. Lo mismo hacía a su manera, aunque ya más claro y expresivo, al dirigirse a la Superiora de algún Convento de religiosas, en estos o parecidos términos: “El que remite a V. esta estampa y Novena, le ruega se digne introducir en su santa comunidad la devoción al Corazón de Jesús, y suplica a todas las religiosas que comulguen todos los primeros viernes de cada mes”.

Vióse pronto ser de Dios esta piadosa e inocente industria del P. Bernardo: pues no se pueden atribuir a otra causa los admirables efectos que produjo en el ánimo de las personas a quien llegó. Fueron muy de notar sobre todo en los Conventos de religiosas, como de gente más dada a ejercicios de piedad y más dispuesta a recibir las gracias que el divino Corazón promete a los que se esmeran en su culto. Sólo citaremos a este propósito un ejemplo que trae el P. Loyola, advirtiendo con él que es aplicable en un todo a varias otras comunidades.

Vivía en una de éstas con fama de gran sierva de Dios una religiosa, a quien, después de muerto ya el P. Bernardo, escribía otro de la misma Compañía, y la exhortaba a ser devota del Corazón deifico, sin saber él cuánto lo era. Al punto contestó la buena religiosa al Padre, dándole las gracias por su amorosa exhortación, pero añadiéndole que no la necesitaba.

“Agradezco a V. R. mucho”, le dice, “el favor que me hace en recomendarme la devoción al Corazón de Jesús: pero tengo el especialísimo consuelo de poder dar a V. R. una noticia en el asunto, que no podrá dejar de consolarle. Habrá como dos años que, sin saber de dónde ni de quién (era del P. Bernardo) nos llegó una carta que contenía sólo una bellísima estampa del sagrado Corazón de Jesús y una Novena. Apenas yo vi la estampa, cuando dije a todas mis compañeras que sin duda el Corazón de Jesús quería que fuésemos sus devotas. Empezamos a enardecemos todas, y propusimos hacer al instante la novena al sagrado Corazón de Jesús, exponiendo en nuestro coro la estampa. Para que fuese más agradable al Corazón de nuestro divino Esposo Jesús, determinamos hacer algún obsequio en los días de la novena”.

“En particular todas hicimos lo que nos inspiró nuestra devoción; y determinamos hacer en comunidad los obsequios siguientes: 1º Rezar la novena en la forma que enseña el librito: 2º Tener antes o después media hora de oración: 3º Ayunar todos los días de la novena: 4º Tomar todos los días disciplina: 5º Comulgar tres días por lo menos: 6º Hacer las cinco visitas que prescribe la Novena al Santísimo Sacramento por los fines allí señalados: 7.º finalmente, hacer como por estatuto todos los meses la novena al Corazón de Jesús, empezando el jueves último del mes, y acabar comulgando siempre el primer viernes del mes siguiente. Pida V. R. al mismo sagrado Corazón, que nos conserve y aumente los fervores con que esta santa comunidad ha empezado a adorarle y amarle”.

Pero hasta mediados de 1735 no fueron sino privadas las novenas que se hacían en España al Corazón de Jesús; y era ya tiempo de que se les diera publicidad. El escogido de Dios para dársela fue el P. Bernardo, el cual se encargó de ello, pidiendo y consiguiendo que este año se hiciera solemnemente en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid para el día 17 de Junio, consagrado a la fiesta del amoroso Corazón.

“Siempre admiré como particular o milagrosa providencia del Corazón de Jesús, que tuviese efecto esta idea de nuestro joven”, escribe aquí el P. Loyola, y da la razón: “porque era indispensable que concurriese a la ejecución el P. Rector del Colegio y el dictamen de sabios y celosos maestros; y, siendo esta devoción nueva, y habiéndose de dar al público, era digno este asunto de mucha y prudente consideración. Por otra parte, el que había inspirado la especie y la promovía con tanta actividad como industria, era un joven estudiante. A éste, por su estado, convenía aplicarse al estudio teológico más que a ser agente de devociones nuevas y ruidosas: pero, como el sagrado Corazón le había escogido por agente de su devoción, lo que sería reprensible en la prudencia humana y justamente reprendido de sus Superiores en otro, fue sumamente alabado en el nuestro”.

Hasta aquí el P. Loyola, cuyo voto en esta materia es de suma gravedad a causa de ser él, ya por razón de su gobierno, ya también por la de su dirección del P. Bernardo, el que mejor podía conocer las dificultades que presentaba el plan de la novena. Lo que sigue, es ya del animoso joven que refiere en estos términos lo que en ella ocurrió más de notar.

“La novena al Corazón adorable de Jesús se ha hecho”, dice, “públicamente con aprobación de este Ilmo. Prelado (D. Julián Domínguez de Toledo), que concedió gustoso 40 días de indulgencia a todos los que asistiesen a ella, por cada uno de los días; y lo mismo ha concedido a los que rezasen un Credo delante de la imagen del sagrado Corazón. Esta se colocó en la Capilla de la Congregación, donde ha estado el Santísimo patente todos los nueve días. Varios estorbos que a cada paso se encontraban, los ha vencido insensiblemente el Señor, que ha mostrado en ésta, como en las demás ideas de la promoción de su culto, que quiere que entiendan los hombres cuán a cargo de su providencia corre este asunto”.

El primer día (9 de Junio), que hubo un concurso mayor del que se esperaba, se dio noticia de la devoción del Corazón sagrado, la cual se fue extendiendo en las pláticas de los días siguientes, en los cuales fueron mayores los concursos; lo que solo se debe atribuir al benigno influjo del mismo Corazón, concurriendo algunas circunstancias que parece los habían de estorbar, como son: el ser una cosa de que pocos tenían noticia; el ser grandes los calores y entrarse a las cinco de la tarde; el juntarse la novena con los ejercicios de la congregación; y, sobre todo, el abrasarse la capilla por la estación del tiempo y concurso de la gente. Y aunque por esto, si bien la capilla es capaz, se pensó pasar la función a la iglesia, no se efectuó por parecer a algunos señores se podía compensar el calor con la mayor devoción del sitio: pero, en realidad, para alguno que otro día hubiera sido acertado; porque mucha gente se quedaba en la iglesia, y otra se volvía, por no caber en la capilla ni en su entrada”.

“Los ánimos se han movido y han recibido tan dulce devoción, particularmente de las personas de distinción, cuya asistencia ha sido frecuente y mayor. Los más días había algunas comuniones delante de la santa imagen, y todos estuvo la capilla abierta por las mañanas, en que concurrieron sacerdotes a celebrar en el altar del sagrado Corazón; aunque a veces, por ser muchos, se ocupaban los tres altares. La imagen estuvo siempre con luces, y en el último día el Santísimo patente por mañana y tarde”.

“Este día hubo muchas comuniones (habiendo sido bastantes las del antecedente), por la concurrencia de Nuestra Señora (del Buen Consejo, a 17 de Junio). Las misas fueron más que otros días. Vinieron a cantar la misa mayor, que fue del Sacramento, el Sr. Chantre y otros dos canónigos con las insignias de cabildo, lo que hizo la función más solemne. Los músicos, en quienes ha prendido la devoción, mostraron su afecto en la pompa y majestad con que entonaron la música, y sobre todo el villancico al sagrado Corazón, en que se le atribuía la corona por Rey de los corazones, y las espinas por Rosa encarnada de los afectos. El sermón fue espiritual y gustoso, empezando por la profecía de Santa Gertrudis, y gratulando a nuestros tiempos por cumplirse en ellos. Tomó el predicador por asunto que el Sacramento, que hasta aquí había estado oculto en las especies, y por eso olvidado, se ponía patente por la providencia en el Corazón del Salvador, o sea, el Corazón real del Salvador patente en su Corazón pintado. Llenóle bien, apropiando aquel casi profético texto del Eclesiástico: Cor suum dabit in similitudinem picturae (2)”.

“Fue muy lucido el concurso de este día a la misa. Por la tarde dieron siesta de instrumentos. Leyóse el cap. III del Tesoro escondido: y hecha la novena, y advirtiendo al auditorio que se les pondría la imagen del Corazón en la iglesia, y lo de las comuniones los primeros viernes del mes, como también el convite de la novena para otro año, se reservó al Señor con la asistencia del Sr. Chantre y con toda la solemnidad de la música: y aseguran que ha muchos días no ha echado tanto el resto”.

“Todos claman entre los nobles por estampas del Corazón sagrado, cuya devoción se ha publicado y difundido en todos los corazones: de modo que todos los de casa y algunos de los de fuera admiran el suceso por milagroso, y que manifiesta anda aquí el dedo de Dios. Las limosnas para la novena, música, cera y demás gastos han sido mayores de lo que se necesitaba y esperaba. Los que más de cerca han palpado la cosa, admiran en mil menudencias que se notan bien y se declaran mal, una singular providencia que oculta pero poderosamente da eficacia a la extensión del culto. En fin, el Corazón sagrado del Salvador se ha dejado conocer, y a lo menos ha abierto la puerta para que se pueda hablar francamente de su causa en los púlpitos”.

A esta sucinta relación histórica de lo ocurrido públicamente en la novena, añadió otras después el P. Bernardo, donde habla de cosas más íntimas y misteriosas.

En una de ellas, exponiendo los fines altísimos del Señor en que esta solemnidad tuviese principio en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, dice así. “EI haberse hecho esta novena al sagrado Corazón públicamente por primera vez en el Colegio de San Ambrosio, y el haberse dado principio en él al culto público del Corazón de nuestro Salvador en estos países, no careció de su correspondencia. Fue ésta, según el buen Jesús me la declaró, haber sido en este Colegio donde había descubierto la primera vez en estos tiempos a España este tesoro escondido, así a mí como al P. Agustín, y haber salido de aquí las primeras líneas inspiradas por él para dar principio a la extensión del culto de su adorable Corazón. Por lo cual, y para darme a mí el consuelo que muchos días ha deseaba, de ver por mis ojos rendidas adoraciones de los fieles a este amable Corazón, había dispuesto su providencia cumplirme mis deseos al despedirme de este dichoso Colegio, al cual ha tenido siempre y tendrá en adelante más especial amor el Salvador, mirándole como a parte donde él empezó a descubrir su Corazón, cuya imagen había dispuesto se colocase públicamente en su iglesia por señal de su especial amor, el que mostrará cumpliendo, como me ratificó, la promesa hecha a la V. Margarita en favor de las imágenes de su amante Corazón: lo cual con el tiempo irá llamando por medio de esta imagen la devoción al mismo Corazón divino”.

“Y, en realidad, la idea de la imagen, como también la de la novena, fue obra del mismo Corazón, como con admiración lo reconocen los que manejaron la cosa, que, entre mil oposicioncillas, unas de monta y otras rateras, que no embarazan menos, salió tan a gloria del mismo Corazón, que el P. Rector, que tácitamente lo notaba todo, me dijo había sido un milagro manifiesto en comprobación de los deseos que el Señor tiene de que su adorable Corazón sea conocido”.

Luego después, tratando de varias cosas suyas, escribe de esta manera. “Todos los días de la novena me tocaba de derecho ser continuo asistente en la presencia del Corazón sagrado, cuanto me permitían las ocupaciones. Así procuré cumplir, como también mi Hermano el P. Jiménez, como quien está consagrado al honor del Salvador; y se dio a conocer bien claramente su presencia celestial en lo interior de nuestros corazones, vertiendo inefables avenidas de dulzura, que no explico en particular. Sólo sí digo que el primer día, al entonar la música las alabanzas al Corazón del Señor, oí la correspondencia de los espíritus soberanos más abrasados en el amor divino, cuya esfera es el Corazón sagrado de Jesús (en el cual conocí nuevamente la especial complacencia con que la Santísima Trinidad se miraba en sus perfecciones), renovando la oferta de derramar liberalmente por su medio a los fieles las riquezas que en él se encierran. También en el último día, en que celebré delante de la imagen, fueron especiales las luces y afectos que combatieron este mi probrecillo corazón, viendo cumplidos en dos años los deseos que no pensaba ver satisfechos, en el curso regular, por muchos. Sea la gloria del Corazón santísimo”.

Aquí entra a hablar de lo que, durante la novena, ocurrió con un endemoniado a quien algunos, y al principio también él, querían que se le dijesen los exorcismos de la Iglesia delante de la imagen del Corazón de Jesús, aunque luego se vio que no convenía, por la inteligencia y doctrina solidísima que, con esta ocasión, expone el P. Bernardo.

“Yo también había pensado”, dice, ”que saliesen en tiempo de la novena, hasta que, tratándolo familiarmente con el Señor, se me dijo que sus pensamientos distaban de los de los hombres más que el cielo de la tierra: y otro día se me explicó el sentido de estas palabras, dándoseme al mismo tiempo altos conocimientos de esta devoción; de la cual, entre otras cosas, se me dijo que era devoción muy seria, al paso que era tierna para mover los corazones. Esto se me declaró mas, enseñándome que, si el Señor hiciese este milagro u otros, como le era fácil, por medio de su Corazón en esta novena, sería mucha la conmoción y mayores los concursos sí, pero, según es la flaqueza humana, se quedaría en una devoción interesal y exterior, como otras muchas a que sirven de atractivo los milagros: que el mayor milagro de su Corazón era irse enseñoreando eficazmente de los corazones, y que quería establecer esta devoción a fuerza de fe, de adoración y de amor para logro de sus altos designios en este punto: aunque a su tiempo, y según las disposiciones de su amorosa providencia, no faltaría en España, como no ha faltado en Francia, esta recomendación para los fieles que necesitan de estos palpables atractivos. Sin embargo, espero que estos malignos espíritus (que con su rebeldía nos han declarado vanas veces, contra su voluntad, la solidez de esta devoción), han de salir por virtud del Corazón sagrado”.

Estas eran algunas inteligencias y sentimientos que dio el Señor a su fiel siervo en el tiempo de la novena, como en premio de lo que él se afanaba en las glorias del divino Corazón: que todo era amontonar fuego sobre el incendio que ya en él ardía. En él se abrasaba a sí, en él a sus amigos y favorecedores; y en él quisiera abrasar a todo el mundo, y que todo él se convirtiese en una hoguera y volcán inmenso, cuyas llamas fuesen de amor al Corazón santísimo de Jesús.

 

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(1)     En los Principios del reinado del Corazón de Jesús en España (págs 320-325) se pone esta Congregación como erigida por los años de 1737, pero debe corregirse la fecha; pues la del Breve de su erección es de 26 de septiembre de 1736, como se puede ver en el Catálogo del P. Nilles (l. c., t. I., pág 280).

(2)     Eccli. XXXVIII, 28.


 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888