Celo con que el P. Bernardo promueve el culto del Corazón de Jesús. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte. Año 1888. Parte tercera, capítulo 10)

 

No ignoraba el P. Bernardo, antes repetía él mismo con frecuencia por habérselo oído al Señor varias veces, como ya lo hemos apuntado, que no se le daban a gustar las dulzuras del divino Corazón para hartarse sólo él con ellas, sino para que por su medio se comunicaran también a los demás, y vieran todos prácticamente cuán bueno es Dios y cuán largo en mercedes con los que le aman. Esta idea le movía y aguijoneaba de continuo a discurrir nuevos planes, y con todas las fuerzas posibles adelantar los que ya se hubiera experimentado ser conducentes al fin a que le destinaba la providencia: y ahora más que nunca, porque también conocía mejor ahora que a los principios su obligación, y no le dejaban vivir los deseos cada vez más vivos de cumplirla en que se abrasaba su amoroso pecho al calor de la lumbre divina, atizada con el viento de la gracia tan favorable al curso de su devoción del Corazón deífico.

Veía correr por toda España su Tesoro, que tantas fatigas le había costado; y el fruto que producía, era correspondiente a la bendición del Señor y a su misma solicitud en propagar el librito. Apenas se había impreso, cuando ya tenía él empleados gran parte de sus ejemplares en las personas que más le podían favorecer, siendo las primeras las más visibles del reino.

Quiso enterarse de antemano, como tan prudente, de qué tal sería recibido en nuestra corte, pues no alzaba a menos los ojos; y supo que no sólo el Rey D. Felipe, de cuya protección estaba seguro, sino también los Príncipes D. Fernando y Doña Bárbara tenían algún conocimiento de la nueva devoción y deseaban que se extendiera: más, que no pocas Señoras de palacio la practicaban ya, unas como educadas en monasterios de la Visitación de Santa María, y otras bien por el ejemplo de aquéllas, bien por lo que oían hablar del Corazón de Jesús.

Sabido lo cual, dispuso el P. Bernardo que le empastaran lujosamente algunos ejemplares de su librito, y halló medio de que llegasen a manos de Su Majestad y Altezas. Recibiéronlos éstos con mucho agrado, y al mismo tiempo hicieron, como se lo figuraba y pretendía el atrevido apóstol, que corrieran de mano en mano por la gente de su servidumbre: de manera que de allí a poco fue menester acudir a un nuevo envío; pues no había quien no desease su Tesoro, de unos que ya le habían leído de prestado, y de otros que no le podían alcanzar para leerlo. “Con esta santa industria”, dice el. P. Loyola, “se vio muy luego la devoción del Corazón de Jesús no sólo extendida en palacio, sino también entronizada en los corazones reales”. A la verdad, no es posible decir los progresos que ella hizo en breve entre los cortesanos: apenas hubo de éstos quien, a ejemplo del Rey y los Príncipes, no se declarara, en privado con obsequios al divino Corazón, y en público también con el prestigio de su autoridad, a favor y defensa de la reciente devoción y culto.

Animado con tan buen suceso, pareciole al P. Bernardo que era cosa de atreverse a más, y no andarse en tanteos y consideraciones. Con pretexto de dirigir unos cuantos ejemplares de su librito al Ilmo. Sr. Arzobispo de Burgos, que tan generosamente había costeado su impresión y acogido hasta con gratitud, pues era tan humilde como caballero el Santo Arzobispo, la dedicatoria con que salió, escribiole una carta muy atenta y muy de las suyas, rogándole se sirviera admitir aquella muestra de su obligación y cariño: concluía avisándole que de paso le enviaba aparte tantos libritos cuantos eran a la sazón los Prelados de España, para que él se encargara de remitir a cada uno el suyo.

Pronto conoció el Ilmo. lo que su H. Bernardo le quería decir en aquel apéndice: y, cuando no, harta confianza tenía él con el Santo Arzobispo para decírselo bien claro, como así se lo dijo en el correo siguiente, suplicándole con la franqueza que puede tener un hijo con su padre o un amigo con otro, que “al mismo tiempo que les remitía el libro, significase a todos los Prelados se dignasen cooperar con su santo celo a esta solidísima devoción: que rogase muy en particular a todos los Sres. Obispos de España hiciesen una sagrada confederación para extender los cultos del Corazón de Jesús: y que, para conseguir más eficazmente su designio (inspirado sin duda del mismo divino Corazón), solicitasen de Su Santidad la fiesta, oficio y misa; que la benignidad del Smo. Padre oiría gustoso los ruegos de todas las iglesias de España en un asunto que no podía ser más glorioso para el sumo pastor de los pastores, Cristo Jesús”.

El Ilmo. de Burgos, que ya para entonces se había manifestado públicamente defensor magnánimo de la devoción, y patrocinaba las ideas del P. Bernardo respecto a darla a conocer y trabajar por ella a toda costa, desempeñó ahora su comisión con la mayor puntualidad, pidiendo el apoyo y valimiento de los Sres. Obispos en defensa del soberano culto que se recomendaba en el librito que a este fin les dirigía.

La respuesta de los Sres. Obispos fue enviarle los más de ellos en seguida las cartas que solicitaba, para que cuidase él de remitirlas juntas a Roma en demanda de tan gloriosa pretensión: y éste satisfizo a su encargo, remitiéndolas al punto a su gran amigo el piadoso Cardenal Belluga que se encontraba en la corte pontificia, y debía ser el agente natural de nuestra parte en la causa del Corazón santísimo. A ellas siguieron poco después las de los demás Sres. Obispos que, o no respondieron a la primera petición, o juzgaron ser negocio éste que se les encomendaba en que debía procederse con más acuerdo y espacio. Pero ello es que también éstos, al fin, se rindieron y enviaron todos sin excepción, según parece, a Roma su carta de súplica y ruego, conforme a las intenciones del humilde y desconocido estudiante de Valladolid. Así lo significa el mismo Arzobispo de Burgos, donde, habida apenas contestación del Sr. Belluga, escribe por el primer correo a un Padre de nuestra Compañía, el P. Loyola casi de seguro, con fecha 22 de Abril de 1735, en estos términos: “Creo que todos los (Sres. Prelados de España) que hoy son vivos, han dado su carta para el sagrado asunto del Corazón de Jesús”.

Mas a este párrafo de tanta recomendación y elogio de nuestro episcopado, seguíase en la del Ilmo. otro que copiaremos a la letra, pues lo merece, y sirve mucho además para conocer el verdadero motivo porque habían salido infructuosas hasta ahora las gestiones del Católico Rey Don Felipe sobre el negocio tan solicitado por él del oficio y misa del sagrado Corazón. “Me dice (el Sr. Belluga)”, continúa su amigo, “que nuestro Rey no ha escrito a Su Santidad para este fin, y que la carta que se copia en el librito (nada menos que de 10 de Marzo de 1727), o no ha llegado, o no se ha presentado en Roma, y que esta diligencia es indispensable: y así, es necesario rogar al P. Confesor nos saque esta carta del Rey”.

Tan pronto como llegó a noticia del joven la expresiva insinuación del Sr. Belluga y el apremio de su Santo Arzobispo, volvió de nuevo al P. Loyola y le encomendó con la mayor urgencia que acudiera otra vez, como ya antes lo había hecho, al P. Confesor a fin de que éste procurara del Rey la nueva carta que se le pedía. Obedeció el P. Loyola a la orden de su Hijo y discípulo, y habló con el P. Confesor. A los pocos días estaba ya firmada la real carta, que ahora, para evitar excusas, dilaciones y fraudes que todavía eran muy de temer, se dirigió al Sr. Arzobispo de Burgos con orden expresa de que él mismo se encargara de hacerla llegar a manos del Sr. Belluga.

Hízolo así: remitiósela directamente, y en seguida tuvo contestación del activo y Emmo. Cardenal, fecha en Roma a 1º de Julio de 1735, en que le decía haber recibido la carta de Su Majestad, con la cual esperaba alcanzar la gracia de oficio y misa del Corazón de Jesús: que la había ya entregado al Cardenal Aquaviva para que él la presentase al Pontífice con las que ya tenía allí de los Sres. Obispos: “y a mi cuidado queda la solicitud”, así concluye el animoso Cardenal.

Quedando en tales manos la solicitud y empresa de obtener de Roma lo que con tanto afán pedía todo el episcopado español, sostenido con la autoridad y apoyo de la corte, bien podía descansar en ellas el P. Bernardo, y acudir aquí dentro de España a recoger más frutos de la bendición de su librito: pues no hay que olvidarse de que, a lo menos en principio y como en causa, fue debido a él todo el anterior movimiento y revolución augusta de príncipes y prelados.

Quien tuvo ánimo y valor para introducirlo en sus palacios, fácil es de adivinar a lo que se atrevería en otras casas no tan inaccesibles o respetables. No se le pasó convento ni monasterio donde a él le parecía que había de ser bien recibido o no rechazado, que no enviase algún ejemplar de su Tesoro: lo mismo a los párrocos, directores de colegios y prefectos de cofradías: ni dejó en paz a librero que pudiera ayudarle en la propagación de su librito por toda España. “No hubo en ella”, como exclama asombrado el P. Loyola, “quien se pudiese esconder de la luz y calor ardiente de su devoción”.

Pero sobre todo veía lo propios que eran para su fin los misioneros, y a éstos fueron más briosas sus acometidas, y sus instancias más urgentes. En especial el P. Calatayud no recibía carta suya en que no le hablara de remesas de libritos, que por cierto le duraban poco, y de lo que el Señor se prometía y le hacía ver a él y esperar de sus apostólicas excursiones: y como era hombre el P. Calatayud que no necesitaba de quien le estimulase para atropellar por todo a gloria del Señor y su Corazón santísimo, es indecible lo que en este tiempo adelantó su causa por la parte de Murcia y Alicante en que a la sazón misionaba.

Lo mismo hacía el P. Agustín por las Provincias vascongadas, cuyo apóstol le había escogido el Señor; lo mismo varios otros en sus respectivas provincias, bajo la dirección y conducta del P. Bernardo, a quien todos reconocían como a superior y guía de tamañas empresas con su librito, y más con las fervorosas exhortaciones de su celo incansable.

No cesaba de inculcar a sus amigos y confidentes cuánta era la obligación en que Dios los ponía de cooperar a este sagrado culto, y cuánta la facilidad con que podían procurarlo en el púlpito, en el confesonario, en las conversaciones particulares y demás recursos de su santo ministerio; mientras él podía acudir sólo con oraciones al triunfo del Corazón de Jesús en España, y con nuevos planes que proponía a sus directores para que se los aprobasen, y con cartas llenas de fuego a cuantos veía que trabajaban sin reposo en obsequio de su querida devoción.

Pero en esto, como no podía ser menos, concluíanse sus libritos, y no era cosa de abandonar a medio concluir la obra que tan gloriosamente había empezado. Algo se remediaba la necesidad con dos nuevas invenciones de que hablaremos en el capitulo siguiente, mas no le parecían bastantes para saciar la sed que se apoderaba de los pechos españoles, de noticias sobre el Corazón deifico y del modo de practicar y extender su culto: de aquí nuevas especies en la imaginación del P. Bernardo, avivadas con una idea que ahora últimamente le asaltó de improviso, y cuyo alcance aun él ignoraba.

El Tesoro había servido en gran manera como de semilla de que a los principios se cogiese, como se cogía, abundantísimo fruto en las almas, según la promesa del Señor; pero, al fin, era un libro que sólo podía valer para los principios. Suplía lo que faltaba en los Incendios de amor sagrado del P. Calatayud: era un complemento indispensable de La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús del P. Croiset que, traducida por el P. Peñalosa, corría ya con suma aceptación por España. Este pensamiento y el recuerdo de los bienes pasados con la esperanza de otros mayores que se aguardaban de su Tesoro, hacían que no pudiera desentenderse de él nuestro P. Bernardo: mas ¿correspondía ya al estado actual de los ánimos? El ardor cada vez más inflamado que en éstos se notaba, el ejemplo de otras naciones vecinas, y los frutos mismos de la devoción verdaderamente incomprensibles en el espacio de sólo un año de trabajar, ¿no eran un aviso y confirmación de que el Señor quería algo más de lo que hasta aquí se había hecho para darla a conocer a los fieles?.

Por otra parte, como bien arguía el P. Bernardo, propio es de las obras de Dios hallar contradicciones, tanto más violentas cuanto más tardías, y tanto más de temer en los progresos cuanto menos se declararon en los principios: de donde sacaba por consecuencia que tendrían que ser gravísimas sin duda las que, tarde o temprano, sobreviniesen a la devoción del Corazón de Jesús en España, por el mismo caso de que hasta ahora sólo había encontrado favor y defensa en público. Afirmábale en estos presentimientos y temores el saber que no todos la miraban con buenos ojos aun en Roma, según las noticias del Sr. Belluga, y en Francia tenían que luchar a brazo partido los nuestros, sobre todo el P. Gallifet, con los muchos enemigos que cada día se levantaban contra ella: ni era de creer que Dios con un milagro quisiera librar a España de que hubiese quien imitara también aquí la rebeldía de los unos o la frialdad y tibieza de los otros.

Lo cual supuesto, y ahora que están bien preparados los ánimos, y ha salido casi de la niñez esta devoción aun entre los últimos en abrazarla, ¿á qué no exponer ya con toda claridad su naturaleza, y prevenir las dificultades que en contrario se proponen o pudieran proponerse en adelante, y publicar entre nosotros, a gloria del divino Corazón, los triunfos que en otras partes alcanza de sus arrojados o encubiertos perseguidores? Porque, si bien es verdad que ante la oposición desmayan los espíritus apocados, y que más inquietud produce a las veces una duda ligera que paz mil razones convincentes, sin embargo en España el pueblo es cristiano hasta por afición e instinto, devotísimo cual ninguno de la persona y excelencias de nuestro amor Jesús, inclinado a creer con más gusto los misterios cuanto más altos e incomprensibles, celoso de la pureza y engrandecimiento de nuestra Católica Religión; tal, en fin, que, lejos de debilitarle, sólo servirán las dificultades, contradicciones y revueltas de otras gentes y naciones para robustecerle más y más en la práctica y el aprecio de su devoción al Corazón santísimo.

Así raciocinaba el intrépido joven, deseoso de que se ocurriera de antemano a los insultos y combates que tampoco en España habían de faltar a su querida devoción, y propuso este pensamiento a sus directores para que ellos lo examinaran con diligencia: añadió que, a su juicio, era necesario ya componer un libro donde se tratase histórica y teológicamente la materia por extenso, o traducir a lo menos, por de pronto, el de la Excelencia de la devoción al Corazón de Jesús del P. Gallifet, en que ya se encontraba lo principal, y era el mejor hasta el presente. Pero los directores del P. Bernardo creyeron demasiado precoz y aun peligrosa en algún concepto su idea, atendidas algunas circunstancias especiales, quizá de excesiva prudencia, que representaron al animoso joven; y este defirió al parecer de sus directores. Acordose proseguir en la empresa con suavidad y despacio, a lo menos hasta ver qué se resolvía en Roma, y cómo se despachaba la petición de los Sres. Obispos, afianzada por Su Majestad: que, sin embargo, se fueran preparando algunos trabajos para lo que pudiera ocurrir, teniendo en cuenta los del P. Gallifet: que entre tanto, pues estaba aprobado y bendecido del Señor el librito del Tesoro, fuera éste el de su propaganda; y, ya que se había agotado la primera edición de él, se procurara a cualquiera precio otra segunda más abundante.

Eso es lo que se hizo, o se vino hecho a las manos. La segunda edición del Tesoro salió en Barcelona este mismo año de 1735 a expensas del Ilmo. Sr. D. Pedro de Copons y Copons, Arzobispo de Tarragona, digno émulo de su antecesor en aquella sede y ahora Arzobispo de Burgos, el Ilmo. Sr. D. Manuel de Samaniego y Jaca, tan decidido protector como sabemos del P. Bernardo.


 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888