| Elección del H.
Bernardo, y sus primeras ideas para extender el nuevo
culto. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte tercera, capítulo 1). Todos los favores que Cristo Nuestro Señor había hecho hasta ahora al H. Bernardo se dirigían a mi parecer, escribe el P. Loyola, al culto de su sagrado y amabilísimo Corazón. En efecto, llegaba el tiempo de la amorosa providencia de Dios para descubrir a nuestra España la fuente divina e inagotable de sus gracias; y, ciertamente, para descubrirla ninguna persona más a propósito que nuestro H. Bernardo, unido ya con su Señor en místico desposorio y encumbrado a una alteza de santidad muy propia, como se ha visto, para servir de instrumento a esta divina manifestación de los amores de Dios con los hombres. El modo admirable y como casual de que se valió su amor Jesús para tan cariñoso designio, refiérelo el mismo H. Bernardo a 6 de Mayo de 1733 en la primera de las muchas cartas que sobre ello escribió en adelante a su director. El P. Agustín (1) en carta que recibí, le dice, el miércoles pasado (29 de Abril), me pedía le trasladase la institución de la fiesta del Corpus, y la revelación y dificultades que para ello hubo, como lo refiere el P. Gallifet en el tomo de Cultu Cordis Dei Iesu: para lo que saqué de la librería este tomo el domingo (3 de Mayo). Yo, que no había oído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús, y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado, a ofrecerme a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto. No pude echar de mí este pensamiento hasta que, adorando la mañana siguiente al Señor en la Hostia consagrada, me dijo clara y distintamente que quería por mi medio extender el culto de su Corazón sacrosanto, para comunicar a muchos sus dones por su Corazón adorado y reverenciado: y entendí había sido disposición suya especial que mi Hermano, el P. Agustín, me hubiese hecho el encargo, para arrojar con esta ocasión en mi corazón estas inteligencias. Yo, envuelto en confusión, renové la oferta del día antes, aunque quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento, y no ver medio para ello. Este efecto fue de la naturaleza, de la gracia fue sola la confusión y resignación. Todo el día anduve con notables afectos al Corazón de Jesús: y ayer, estando en oración, me hizo el Señor un favor muy semejante al que hizo a la primera fundadora de este culto, que fue una Hija de nuestro Santo Director, la V. M. Margarita Alacoque, y le trae el mismo autor en su Vida, al núm. XXXII. Mostrome su divino Corazón todo abrasado en amor y condolido de lo poco que se le estima. Repitiome la elección que había hecho de este su indigno siervo para adelantar su culto, y sosegó aquel generillo de turbación que dije, dándome a entender que yo dejase obrar a su providencia, que ella me guiaría: que todo lo tratase con V. R.: que sería de singular agrado suyo que esta Provincia de su Compañía (de Castilla) tuviese el oficio y celebrase la fiesta de su Corazón, como se celebra ya en tantas otras partes. Sería inútil cuanto quisiéramos engrandecer las maravillas que se encierran en estas palabras, y más la nueva e inesperada luz que brilló en el alma del H. Bernardo al leer primero la obra del P. José de Gallifet, considerar después el tesoro inapreciable que había encontrado en ella, y oír por fin repetidas veces de labios de su amor Jesús que justamente era él a quien tenía reservada la gloria de dar a conocer y propagar el culto de su Sagrado Corazón en España. Mas no podemos dejar, llegados aquí, de proponer a la vista de nuestros lectores una circunstancia que siempre nos ha parecido muy rara, y que sin duda lo es, en este punto de la revelación del H. Bernardo. Yo, que no había oído jamás tal cosa, escribe el candoroso joven, aludiendo a la nueva devoción, y al culto con que se la trataba de ennoblecer: es decir, que no había antes alcanzado todo lo que significaba aquel trueque divino de corazones, y engaste del suyo en el de Jesús, y herida mística de las tres saetas, con los demás lances tan maravillosos de que hablamos por enero de 1730, tampoco había entendido todo el misterio de lo que el Señor le descubría después, a 6 de Agosto, en mostrarle su Corazón llagado de amor, y latiendo con dos amorosísimas pulsaciones el día 20, ni luego en introducirle más de una vez en aquel tabernáculo augusto de la divinidad, y hacerle sentir en él las dulzuras y las penas tan entrañables como quedan referidas en los libros anteriores. Cosa verdaderamente extraña y singular, que quisiera guardarle el Señor este secreto, y no moviera alguna vez la pluma del P. Agustín a descubrírselo claramente, cuando ya éste lo sabía, y tanta comunicación tenía con el H. Bernardo, y le ayudaba en su espíritu, y debía conocer de cuanto provecho le fuera y cuán deleitosa la noticia del bien que le ocultaba. Aunque, a decir verdad, también se nos figura que hay aquí otro misterio. Háblabale con frecuencia el P. Agustín de aquel Corazón adorable de Jesús, y encendíale en deseos de unirse más y más con él y no apartarse de aquel centro de las delicias de Dios y de los Santos, donde hallaría todo consuelo en sus aflicciones, sostén de su flaqueza, amparo y protección en sus necesidades, no menos que valor para seguir en el camino comenzado, ejemplos de toda virtud en que poderse ejercitar, y puerta segura y siempre franca por donde introducirse y derramar su corazón en el divino acatamiento. De estas y semejantes consideraciones están llenas sus cartas que escribe al H. Bernardo: solo falta en ellas, porque así es, una con que dignamente se coronara su pasada correspondencia, y cuya omisión ignora el mismo P. Agustín si deba atribuirse a descuido o a cortedad, pues en una de estas dos causas funda él su silencio. Descuido o cortedad de mi genio ha sido el no haberle comunicado antes de ahora este tesoro y mina riquísima del Corazón divinísimo de nuestro amor Jesús: aunque habrá observado en el estilo de las mías que repetidas veces hablaba de él. Yo desde mi primer año de Teología he celebrado según mi tibieza esta dulcísima festividad al otro día de la octava (del Corpus); y desde que me ordené, he procurado todos los viernes hacer especial mención mentalmente en el Santo Sacrificio de la Misa en honor de este misterio soberano. Así el P. Agustín en carta de 25 de Mayo de 1733 al H. Bernardo, queriendo responder en ella a las quejas que éste le daba sobre su silencio. Mas, permítanos el V. Padre anotar aquí que ninguna de sus excusas nos parece bastante a su defensa. La única razón que le defiende, la única real y que sola explica aun la manera que él tuvo de señalar como con el dedo al H. Bernardo la mina donde había de encontrarse con el tesoro inmenso del Corazón de Jesús, fue la providencia altísima del Señor y disposición suya muy especial de que constara ser del todo divino este encuentro hasta en la forma, y puramente divina la elección del venturoso joven para su dignidad y primacía del nuevo apostolado. Sirviose de la santa familiaridad y confianza del P. Agustín para encender en el pecho del H. Bernardo una oculta llama de amor, y del encargo que aquél le hacía, no a la ventura, sino muy de estudio, para arrojar en su corazón las inteligencias y producir el extraordinario movimiento que él mismo nos describe en las palabras que arriba copiamos: lo demás fue obra toda de la divina misericordia. Nadie, sin embargo, negará que ésta se valió del P. Agustín como de medio por donde comunicarse más íntimamente a aquella alma bienaventurada; y el mismo H. Bernardo fue el primero en reconocer que debió tanta merced a la dirección de su buen amigo y maestro, quien, así como antes fue la parte principal de su trato con el Niño Dios, origen de sus primeras consolaciones y dulzuras, así ahora le abrió él, y solo él, la puerta para meterse en el pecho y vivir en el Corazón sagrado de Jesús, fuente inexhausta de regalos y favores para mientras le dure la vida. Ya hemos visto los primeros del 3 de Mayo, continuados el 4 y el 5 sin interrupción: pues los que a éstos se siguieron adelante, fueron tantos, que será necesario saltar por muchos de ellos a fin de no extendernos en demasía. Solo referiremos los principales, y que no se pueden omitir sin dañar a la historia. El glorioso príncipe San Miguel, protector tan resuelto del joven, parecía natural que no le dejase de alentar a la ardua empresa para que le había escogido Cristo Jesús, y así fue que le visitó el 10 de Mayo, y le esforzó a ella en la forma que cuenta el mismo H. Bernardo. El domingo pasado, dice,inmediato a la fiesta (de la Aparición) de nuestro San Miguel, después de comulgar, sentí a mi lado a este Santo Arcángel, que me dijo como el extender el culto del Corazón de Jesús por toda España, y mas universalmente por toda la Iglesia, aunque llegará el día en que esto suceda, ha de tener gravísimas dificultades; pero que se vencerán: que él, como príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa: que en lo que el Señor quiere se extienda por nuestro medio, también ocurrirán dificultades; pero que experimentaremos su asistencia. Después de esto quedé un poco recogido, prosigue el H. Bernardo, cuando por una visión imaginaria se me mostró aquel divino Corazón de Jesús, todo arrojando llamas de amor, de suerte que parecía un incendio de fuego abrasador, de otra especie que este material. Agradeciome el aliento con que le ofrecí hasta la última gota de mi sangre en gloria de su Corazón: y, para que yo experimentase cuán de su agrado es esta fiesta, por lo mucho que se complacía en los deseos solos que yo tenía de extenderla por el mundo, cerró y cubrió mi miserable corazón dentro del suyo, donde por visión intelectual admirable vi los tesoros y riquezas del Padre depositadas en aquel sagrario; el deseo y como ímpetu que padecía su Corazón por manifestarlas a los hombres; el agrado en que aprecien aquel Corazón, conducto soberano de las aguas de la vida: con otras inteligencias maravillosas, en que por modo más especial entendí lo que San Miguel me había dicho. Pues las dulzuras, los gozos, suavidades y celestiales delicias que allí inundaron mi pobre corazón sumergido en aquel Corazón divino, océano de fuego de amor, sólo el mismo Jesús las sabe, que yo no. Quedó mi corazón como quien ha entrado en un baño o lejía fuerte, que deja consumida en sus aguas toda la escoria de que antes se miraba cubierto. Desde este punto he andado anegado y absorto en este divino Corazón. Al comer, al dormir, al hablar, al estudiar y en todas partes no parece palpa mi alma otra cosa que el Corazón de su amado; y cuando estoy delante del Señor Sacramentado, aquí es donde se desatan los raudales de sus deliciosísimos favores: y como este culto mira al Corazón Sacramentado como a su objeto, aquí logra de lleno sus ansias amorosas El día de la Ascensión del Señor, 14 de Mayo, se repitió la misma visión del Corazón santísimo de Jesús, después de comulgar, pero con circunstancias muy especiales y regaladas. Después de comulgar, escribe el H. Bernardo, tuve la misma visión referida del Corazón, aunque con la circunstancia de verle rodeado con la corona de espinas y una cruz en la extremidad de arriba, ni mas ni menos que le pinta el P. Gallifet. También vi la herida, por la cual parece se asomaban los espíritus más puros de aquella Sangre que redimió el mundo. Convidaba el divino amor Jesús a mi corazón se metiese en el suyo por aquella herida: que aquel sería mi palacio, mi castillo y muro en todo lance. Y como el mío aceptase, le dijo el Señor: ¿No ves que está rodeado de espinas, y te punzarán? que todo fue irritar más el amor, que, introduciéndose en lo íntimo, experimentó eran rosas las espinas. Reparé que, además de la herida grande, había otras tres menores en el Corazón de Jesús: y preguntándome si sabía quién se las había hecho, me trajo a la memoria aquel favor con que nuestro amor le hirió con tres saetas. Recogida toda el alma en este camarín celestial, decía: Este será mi reposo para siempre: aquí habitaré donde he deseado y elegido (2) Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mi sólo, sino para que por mi las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos: y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aun memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes. Animado con esta promesa el H. Bernardo, y atento juntamente al aviso del Señor, de que aquellos gustos y luces no se le daban para él solo, sino para que aprovechase con ellos a los demás, púsose a idear los medios por donde se pudiera conseguir lo uno y lo otro. Dos fueron los que allí de presto se le ocurrieron. El primero, trabajar en orden a que se concediese la fiesta del Corazón sagrado a nuestra Provincia de la Compañía de Jesús de Castilla, para que de aquí se derivase insensiblemente a las demás de España: en lo cual no se hacía mas que acceder y obedecer a la voluntad de su amor Jesús, bien manifestada en su visita de 5 de Mayo al animoso joven. El segundo medio era de ensayar y promover prácticamente el culto y ejercicio de la misma devoción, cuanto fuera posible, en algunas personas particulares, cuyo ejemplo y autoridad sirviese de estímulo y de fianza para cuantos la llegasen a conocer. No le salió tan bien el primero de estos medios como el segundo. Hizo lo imaginable por sí y por los que ocultamente le dirigían en su empresa, para que la Provincia de Castilla obtuviese oficio y misa del Sagrado Corazón, pero todo se volvían tardanzas y dificultades en Roma, de donde debía venir la gracia que se solicitaba (3). En lo de la devoción práctica, empezó a hacer la prueba en sí mismo con muy buen resultado. Yo no salgo del sagrado Corazón, escribía pocos días después al P. Loyola; allí me encontrará V. R.; Quiere este divino dueño que yo sea discípulo del Corazón sagrado de Jesús, y discípulo amado: así me lo ha dicho, como a su sierva la V. Margarita, fuente de esta devoción. Con tan feliz experiencia acudió a inspirarla también en los corazones de sus amigos y allegados. No hubo uno solo de muchos a quien inspiró esta devoción y comunicó sus ardores, que no abrazase el culto del sacrosanto Corazón de Jesús, escribe como testigo de vista el P. Loyola, y añade luego con algún asombro: Yo admiro como prodigio este sagrado ardor con que hombres doctos, prudentes, autorizados y de superiores talentos se dejaron mover de un joven de pocos años, a una devoción nueva y desconocida. Entre estos Jesuitas hubo provinciales, rectores, maestros, predicadores, misioneros; en fin los primeros hombres de nuestra Provincia de Castilla. Pero, como el Sagrado Corazón respiraba sus llamas y ardores por la boca y pluma de nuestro joven, no podía resistir la prudencia y sabiduría humana. Tampoco hallamos nosotros otra manera de explicar tan sagrado movimiento. Como vio el H. Bernardo bien recibida su devoción, creyó llegada la hora de inflamar en ella a toda España. Por sí mismo podía hacer muy poco un simple H. Estudiante: mas no dejaba en paz a los confesores y misioneros de nuestra Compañía, que en todo este negocio le consideraban como a superior y maestro. Es curiosa en especial y animadísima, cual se deja suponer, la correspondencia que traía por este tiempo con su Hermano el P. Agustín, como tan interesado en lo mismo por que él tanto anhelaba, y ocupado ahora en preparar su sermón de la octava del Corpus en Bilbao, donde se hablase por primera vez en España públicamente, desde el púlpito, de las glorias del Corazón de Jesús. Pareciole también al H. Bernardo que sería bueno tratar sus planes en confianza con algunas personas aun de fuera de la Compañía, que sabía tener entrada con Dios, y cuyas oraciones y consejos demandaba continuamente hasta con santa importunidad. Una de ellas fue la V. Sra. Doña María Bermúdez de Mon, religiosa observantísima y muy conocida con el nombre de Ana María de la Concepción en el monasterio de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid (4). Como no ignoraba nuestro H. Bernardo lo favorecida que era de Dios la venerable religiosa, y lo que, a lo menos con sus pláticas y piadosa comunicación, podía servirle de presente, fuela a visitar con licencia de los Superiores: hablole sobre el asunto de su devoción al Corazón sagrado de Jesús, y le descubrió las ideas que iba meditando para su extensión. Indecible fue el consuelo de la sierva de Dios al escuchar tales noticias: larga y devotísima la conferencia que tuvieron la ferviente religiosa y el joven estudiante. Al cabo de ella, y aprobados los primeros planes, convinieron en que era muy arduo el negocio, mas que no había que cejar en él: que pedía fervorosas oraciones y súplicas al mismo sagrado Corazón: que se encontrarían muchas oposiciones de parte del mundo y del infierno, pero que ningunas eran invencibles al poder y amor de su divino esposo. Al despedirse, ofreció la religiosa encomendarlo ardientemente al Señor, que era lo que mas deseaba el H. Bernardo y le consoló sobre manera. Lo mismo hacía éste por sí y los suyos sin miedo a las oposiciones y contrariedades que le habían de salir al camino, y que, como previstas de antemano, lejos de enfriar o entibiar su celo, se lo avivaban y encendían más y más. Ajeno igualmente de ocultárselas, se las mostraba con toda viveza el mismo Señor, y alentaba al propio tiempo su espíritu, mandándole que también él en su nombre alentase a los que empezaban a propagar el nuevo culto. Di a tu P. Pedro (era el P. Calatayud) que prosiga, le ordenó un día de éstos el Señor con voz muy clara: que yo cumpliré mi promesa: es esta, añade el H. Bernardo, la que hizo a la V. Margarita de derramar los influjos de su Corazón sobre los que le honraren y procuraren que otros le honren: que me serán agradables sus trabajos; es decir, los que aquél varón apostólico se tomaba en sus misiones para bien de las almas. Al fin, como queriendo infundir nuevos bríos en el pecho de su siervo y de los que ya se habían declarado por su divino Corazón, añadió Jesús con acento guerrero pero cariñosísimo: Mi Corazón será vuestra fortaleza, y servirá de castillo en que se estrellen las olas de contradicciones; y diciéndolo desapareció. Entre tanto la llama del divino amor al Corazón santísimo que había prendido en el del H. Bernardo, no le dejaba sosegar un instante sin discurrir nuevos medios de abrasar en el mismo amor todos los corazones. Otros dos se le ocurrieron ahora que le parecieron, y habían de ser en efecto, muy conducentes a su fin. Era el primero que algunos de los suyos escribiese un librito manual en que, según él se explicaba, se diese noticia del sagrado Corazón de Jesús; de su devoción y culto en casi todas las provincias de la cristiandad menos en España; de la esencia y solidez de esta devoción, de las dificultades y oposiciones de que había triunfado, y de los favores que habían recibido y recibían los devotos del amante Corazón. Qué cosa, al parecer, mas hacedera que contentar en esto al H. Bernardo? Pues, con todo, por arte sin duda del infierno, y aun más por especial traza del Señor y su admirable providencia de que no careciese de contratiempos y sinsabores este negocio, pasaban los días y las semanas sin que lograra el buen Hermano ver cumplido su deseo en cosa tan fácil. Verdad es que a la hora menos pensada figurose entrever algún rayo de luz en medio de tantas tinieblas, y comenzó a dar alguna paz a su alma, creyéndose en posesión de lo que tanto apetecía. Mas bien pronto conoció su engaño. El devoto Resumen de las glorias del Corazón divinísimo del amor de Jesús, que por estos días le presentó su fiel amigo el H. Juan Lorenzo Jiménez, y había sido la causa de su inocente alborozo, no satisfacía a sus planes por demasiado breve, poco doctrinal y falto de las noticias que a toda costa debían introducirse en el codiciado librito. Causole, no obstante, sumo consuelo aquel Resumen, no sin hacerle derramar copiosas lágrimas su lectura, y corrió entre los apóstoles del Corazón sagrado como el primer fruto de su amor, aunque no se llegó a publicar con la esperanza de algún otro que pareciera más a la medida de su deseo. Este se dio por cumplido poco después con un manuscrito, breve también pero sustancioso, que de su propio puño y letra remitía para que lo examinase al H. Bernardo su Padre y maestro Juan de Loyola. Examinado, lo aprobó con gozo el buen discípulo: corrigiolo a su placer, hizo lo increíble para conseguir que se imprimiese, y tuvo al fin el gusto de verlo impreso, pero ¡después de cuántas dilaciones y amarguras! Con nombre de Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Más adelante hablaremos de él con el espacio que piden su mérito y vicisitudes: veamos ahora el otro medio que discurrió el H. Bernardo. Consistía en empeñar al P. Calatayud, que a la sazón recorría los pueblos de Murcia, a que procurara sembrar en sus misiones el grano de la devoción al Corazón de Jesús. Juzgaba este medio tan eficaz como de verdad lo es, pero teníalo por algo arriesgado, a no procederse en él con mucho aviso, ignorando como sería recibida del pueblo una devoción nueva aun y, por tanto, sospechosa quizás al espíritu sólido y tradicional de nuestra gente. A la causa, deseaba que anduviese con mucho tiento el celoso misionero, insinuando no más al principio la devoción, ya en conferencias particulares, ya en pláticas y doctrinas, hasta que se tantearan los ánimos, y luego se pudiese cargar de repente. Sobre esta conducta son admirables las reglas de prudencia de nuestro H. Bernardo. A un misionero, dice él, le es más fácil entrarse en los corazones, ya privadamente remitiendo a los penitentes en la confesión al sagrado Corazón de Jesús, como a fuente de la gracia; ya públicamente, dejándose caer al principio, como por acaso, en los sermones o actos de contrición en este sagrado Corazón; después, introducirse insensiblemente por la puerta de esta arca del diluvio; y en fin, convidar abiertamente a los mortales a entrar por esta puerta en el paraíso del divino Corazón. Y, si el mismo Jesús atrae al imán de su Corazón los de los fieles, como no lo dudo, se podrá, si de nuestra parte cooperamos, enarbolar en España la bandera por las Congregaciones del Corazón de Jesús: lo cual, si bien nuevo en España, no causaría tanta novedad con el ejemplo de 317 Congregaciones fundadas y aprobadas con otros tantos Breves pontificios en otras Provincias de la cristiandad (5). Hasta aquí son palabras del H. Bernardo, tan llenas de celestial sabiduría, como las que pudieran salir de la pluma del hombre mas experimentado en empresas de la mayor gloria de Dios. Sobre todo es admirable en ellas la gradación, y verdaderamente grandioso aquél tránsito desde el entrarse con suavidad en el ánimo de los particulares hasta el enarbolar en público la bandera del Corazón divino por medio de las Congregaciones. Solo el imaginarlo posible es ya indicio de una alma valiente y generosa como la del H. Bernardo, y que dispone de fuerzas más que humanas. ............................................................... (1) Suplimos aquí, lo mismo que en varias otras ocasiones, el nombre de P. N., que hallamos en el manuscrito del P. Loyola. (2) Ps.CXXXI, 14 (3) El principal comisionado para solicitarla debió ser, según se infiere de una del P. Agustín al H. Bernardo, fecha a 12 de Junio de 1733, el P. Manuel de la Reguera, que ya antes había estado de paso en Roma en calidad de Teólogo de su gran amigo el Cardenal Belluga, y ahora se hallaba allí de asiento con el cargo de Censor de libros. Por lo visto, el H. Bernardo se había dirigido, o pensaba dirigirse, directamente a él con la pretensión: y a esto, sin duda, alude el P. Agustín cuando, al tratar con su compañero, en aquella carta, del punto de la fiesta, los medios me parecen los únicos, le dice, pues el P. Reguera es el conducto mas seguro, y su prudencia discernirá si nos conviene o no lograr este especial gozo. (4) Esta es la M. Ana María, de quien habla el P. Agustín en capítulo de carta que copiamos en la primera nota del capítulo 2 de la parte segunda. (5) La cifra 317 es de las Congregaciones erigidas hasta 23 de Septiembre de 1726, según consta del catálogo oficial hecho y publicado este año en la obra del P. Gallifet, a que sin duda se refiere el H. Bernardo, y sobre el cual merece consultarse el P. Nilles, De rationibus Festorum Sacratiss. Cord. Iesu et Puriss. Cord. Mariae. Desde aquella fecha iban expedidos otros 112 Breves más de fundación hasta el 2 de Mayo de 1733, víspera del feliz descubrimiento de nuestro joven. |
||