| Parte segunda, capítulo 6.Desposorio espiritual del H. Bernardo con su amor Jesús. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Había pasado
ya más de año y medio después que se dignó el Señor
prometer al H. Bernardo que iba a desposarse con su alma.
Todos los favores de este tiempo eran como las arras del
celestial desposorio: y los muchos trabajos que por la
misma época padeció, servían de crisol a su espíritu
para purificarle. Muchos fueron, en efecto, los trabajos
por donde pasó el H. Bernardo en este año y medio,
terribles y mayores de los que correspondían a su edad,
estado y experiencia: mas, como el Señor quería
purificarle muy bien y disponerle con pruebas
extraordinarias al divino desposorio, era preciso que las
fuentes del padecer y de su purificación fuesen muchas,
diversas y amargas. Fuentes las llama el mismo H.
Bernardo con razón, pues lo fueron de penas que no
cesaban de correr; y redúcelas a once o doce,
previniendo antes que parecerá increíble a cualquiera
lo que él había padecido en su espíritu por todo este
tiempo. Ha sido tanto, dice, que no lo
pudiera llevar, si Dios no hiciera la costa; que me lo
tenía avisado un año ha, y poco hace nuevamente. En algunos lugares quedan ya insinuados estos avisos y prevenciones del Señor. Refiramos ahora las fuentes de sus trabajos, pero muy en confuso, pues tampoco las declaró más el P. Loyola, porque no se pueden descubrir del todo por ahora, dice; y añade que admira no sólo la modestia, sino también la prudencia de nuestro joven en referir sus trabajos, aun escribiendo a persona de su mayor confianza, que no los ignoraba, y a quien también, aunque indirectamente, le tocaban. Esta persona era el mismo P. Loyola, y él a quien escribe así el H. Bernardo. Digo, amado Padre, que actualmente, para preparación al desposorio, me ha regalado mi amor con once fuentes, orígenes y raíces de tribulación, de que manan continuos ríos de aflicción a la pobre porción inferior: cuatro por medio de seglares y parientes, que no por eso son poco aflictivas, pues vienen espiritualizadas, quiero decir, que tocan al bien de sus almas; la quinta fuente son las cartas del P. Provincial, que, aunque nacidas de un fino afecto, como me lo ha protestado delante de Dios, el Señor mueve a veces la pluma de su Reverencia de suerte que me hieran; la sexta, la respuesta de la persona a quien consultó el P. Provincial: la séptima, el negocio de aquel siervo de Dios, acerca de quien se me ponen varias dificultades; la octava, este ¡ay! de la misión, que no es la menor; la nona, este doble suceso, que sirve de redoble y torcedor; la décima, los ímpetus; la undécima, la continua fatiga por los pecadores y las asechanzas del demonio: y se puede añadir por duodécima el horror que toda esta junta infunde en mi espíritu. Concluye así el H. Bernardo el pliego de sus fuentes del padecer: Esto digo, no por consolarme, desahogándome, que no quiero consuelo, sino por dar parte a V. R. y rogarle que dé infinitas gracias por todo a nuestro divino dueño. No obstante la reserva con que propone el H. Bernardo las fuentes de sus aflicciones, y el cuidado con que las deja aquí sin explicación el P. Loyola, podemos asegurar que nos es conocida la sustancia de ellas, cuando menos, bien por el contexto de la historia, bien por la correspondencia del P. Agustín. De las tres últimas de entre las doce no hay dificultad después de lo que llevamos escrito y significan las palabras mismas de la relación: las cinco anteriores provinieron de algunas dudas del P. Provincial, Juan de Villafañe, un tanto receloso de nuevo, a lo que parecía o se notaba en sus avisos, de las gracias extraordinarias del H. Bernardo: y de las cuatro primeras descúbrenos éste bien claro su origen y procedencia, y pueden completarse con las noticias que de ellas, aunque a otro propósito, nos da el P. Loyola. Apenas salido del Noviciado nuestro joven, ocurrió en su familia un litigio muy arduo y un pleito criminal en que peligraba uno de sus más allegados,1 con grave riesgo de otras almas. Acudieron a él sus parientes, y él a su amor Jesús, para que se compusiera este negocio sin ofensa de Dios ni daño de tercero: y fue servido Su Majestad que se compusiera de modo por entonces, que el mismo que resultaba más culpado en todos estos disgustos, se retiró, conocida su sinrazón, a hacer los ejercicios espirituales de nuestro P. San Ignacio en el Colegio de Villagarcía. Dióselos, a ruegos del H. Bernardo, el P. Pedro de Calatayud, quien no tardó en consolar a su afligido discípulo, escribiéndole que su pariente había hecho con mucha piedad y fervor los ejercicios, como deseaba. Poco después dio una fervorosa misión el mismo Padre en el pueblo del H. Bernardo; y, valiéndose de esta ocasión el bendito joven, procuró a sus parientes con sus instrucciones y cartas al Padre todo el bien que un celoso apóstol pudiera idear para quitar vicios y plantar virtudes y, sobre todo, mantener la paz y unión de las familias. arecía ésta asegurada en la del H. Bernardo, cuando le sobrevino la desgracia de perder a su madre,2 a quien amaba tiernamente el buen hijo, no sólo por lo virtuosa que ella era, sino también por considerarla como a ángel tutelar de su casa, no poco resentida con las pasadas revueltas. Dejó Doña Francisca al morir una hija de pocos años, tan piadosa como su madre, pero que no pudo evitar el que resucitaran las antiguas disensiones. Tomaron éstas ahora nuevo incremento con pretexto de la herencia y reparto de intereses, llegando a tales términos el pleito, que fue menester que, por orden superior y para evitar injusticias, tomara alguna parte el H. Bernardo en todo este negocio, tan contrario a su carácter pacífico, y más a sus deseos de no pensar en cosas del mundo. Forzado por la obediencia y accediendo también a la voluntad de sus parientes, que le reclamaban por árbitro en sus discordias, resignóse a vencer su repugnancia natural a semejantes asuntos. De seguro que se hubieran arreglado pronto y bien los de su familia, si fuera tan sincera como parecía al principio la voluntad de todos los que demandaban su intervención: pero sólo sirvió su trabajo y prudencia para agriar más los ánimos de la parte opuesta a su hermana,3 con lo que se convenció de que era ya inútil y hasta indecoroso seguir él adelante en estas negociaciones. Acudió con ello al Superior, pidiéndole que le descargara de aquel peso tan aborrecido; y, conseguida al fin la licencia, no vio la hora de soltarlo de los hombros con singular satisfacción y consuelo de su espíritu, acongojado ya de haber tenido que volver por un momento a lo que juzgaba muerto para él y abandonado para siempre. Dejólo todo en manos de Dios que hiciera de ello lo que fuera su voluntad, y sólo se reservó para sí, como era razón, el cuidado de encomendarle el alma de su difunta madre. No tardó el benignísimo Señor en descubrirle cuánto le agradaba aquel su generoso desprendimiento y aversión a todo lo mundano. Apareciósele de allí a pocos días muy afable: y dándole palabra de que corría por su cuenta dirigirlo todo a su mayor gloria, le certificó, a lo que puede inferirse de la correspondencia del P. Agustín con el H. Bernardo, que descuidara también de su madre, que era ya dichosa y gozaba en el cielo el premio de sus virtudes. No hay duda sino que con noticia tan consoladora para un hijo tan amante y piadoso como nuestro afortunado joven, se le hubieron de endulzar a éste en alguna manera las cuatro amarguísimas fuentes del padecer, que, nacidas en el mundo de su carne y sangre, le acometían furiosas aun en el paraíso de la religión. Pues aquí tampoco le abandonó el Señor en las otras cinco, aun más amargas, si cabe, que brotaban del pecho de su mismo P. Provincial, sin éste pensar acaso, ciertamente sin reparar, en la desazón y angustia con que oprimía a su querido hijo y H. Bernardo. Su principio fue la visión del infierno que dijimos haber tenido el joven en una de las meditaciones del séptimo día de sus últimos ejercicios, y que allí mismo se le mandó que puntualmente la escribiera y enviara así escrita al P. Calatayud, que debía valerse de ella en sus misiones. Pareció algo singular este mandato al P. Villafañe, y no muy consecuentes además los términos en que lo expresaba el H. Bernardo. Con esto entró en algún nuevo recelo, que nunca sin embargo llegó a asentimiento, ni aun a verdadera duda formal, de si habría alguna ilusión en sus cosas, como así mismo en las del P. Agustín que le dirigía y aprobaba su espíritu: si, por lo tanto, sería prudente permitirles que tuviesen tanta comunicación entre sí y escribiesen con la libertad que hasta entonces los extraños sucesos de que estaba sembrada su vida. Los recelos y sospechas del P. Provincial turbaron algún tanto al P. Loyola, y más al P. Fernando de Morales, confesor y director inmediato del H. Bernardo por este tiempo. De aquí nació la idea de examinar su espíritu con más escrupulosidad, como ahora se examinó, valiéndose para ello del juicio y prudencia de algunos Padres de la Compañía, y aun de dos personas de fuera de ella, notables por su virtud, doctrina y práctica en la dirección de las almas. Estas dos personas, cuyos nombres y aun los de su sagrado Instituto nos ocultó el P. Loyola, convinieron pronto en que era Dios el que obraba y hablaba en el H. Bernardo: lo mismo los Padres de la Compañía, con gran consuelo del angustiado joven, pero con no menor pena suya de ver que por ese medio podría descubrirse algo de los grandes favores que recibía del cielo. Tampoco tardó mucho el mismo P. Provincial en deshacerse de sus recelos, que, según notamos arriba, nunca, a lo que parece, llegaron a verdaderas dudas acerca del espíritu del H. Bernardo, por más que tal cual vez lo dejara medio traslucirse de sus cartas, y aun hiriera en lo más vivo al Hermano en algunas de sus frases. Poco le dolía a él esto último, cuando sólo buscaba ocasiones en que acreditar su paciencia: pero no podía menos de dolerle, y confiesa él mismo que le producía agudísimo dolor y congoja en el corazón, ver que era él la causa de tanto desasosiego e inquietud en sus Superiores, con peligro de que también se viniera acaso en sospecha de los que o le alentaban a seguir por el camino donde iba, o le precedían en él esforzados y conducidos por la mano del Señor. Uno de estos, el principal, era el P. Agustín, aquel siervo de Dios, como hace poco le llamaba, y a quien veía ahora envuelto en esta tempestad de dudas y ansiedades: otro, y por cierto no de los menos comprendidos en ella, el P. Calatayud,4 a quien ya acusaban algunos de imprudente que se ponía a referir en el pulpito visiones de gente ilusa, a cuyas quejas, si bien infundadas y por ventura calumniosas, temía el H. Bernardo no hubiese dado margen, o siquiera consistencia, su famosa visión, principio, aunque accidental, de tantos sinsabores. Tal era la verdadera causa de su dolor y desconsuelo, sin saber en qué iba a parar, cuando el día 5 de Agosto, víspera de la Transfiguración del Señor, se le mostró el ángel de su guarda con la triunfal bandera en la mano, como en señal de victoria, y le mandó que depusiera todo temor: que estaba a salvo el buen nombre de aquellos por quien se afligía, sosegados los ánimos y los recelos de sus directores, y próximas ya a secarse sus fuentes del padecer: que el haber corrido de ellas tan amargas para él las aguas de la tribulación, sólo había sido providencia secretísima de Dios para purificarle más y disponerle debidamente para aquel exceso de amor que pensaba hacer en su alma, desposándola consigo. Aquí hizo ademán el joven de querer preguntar algo a su ángel; mas éste, diciéndole con voz suavísima y semblante risueño: Bernardo, aguarda a mañana, desapareció de su presencia. Llegado este mañana tan deseado como es de suponer, y recogido el H. Bernardo en oración altísima, vio al Señor, a alguna distancia, más bello y resplandeciente que nunca antes le había visto: venía acompañado de nuestro P. San Ignacio y San Francisco de Sales, con quienes trataba, al parecer, el negocio de su desposorio. Conociólo el joven, y también que no podía ya estar muy lejano su cumplimiento: tanto más que el día de San Pedro, fecha de la última visita, le había prevenido el Señor que no le volvería a ver hasta que viniese a señalarle el día fijo en que había de cumplirse su promesa. En esta admirable visita de hoy volvió Jesús sus divinos ojos al H. Bernardo; y, abierto el pecho, le mostró su sagrado Corazón llagado de amor por los hombres: descubrióle, estando así, que el desposorio había de celebrarse definitivamente el día de la Asunción de su Madre santísima a los cielos, mandándole, al despedirse, que se preparase con muchos afectos de amor y de humildad para aquella fiesta. Hízolo el joven, y fueron tales sobre todo los de amor, que le produjeron una ardiente calentura que le duró hasta el día de San Lorenzo después de haber comulgado: pues los de humildad le hicieron andar lleno de confusión y vergüenza hasta el momento mismo de la solemne ceremonia del desposorio, la cual describe así el dichosísimo H. Bernardo. Habiendo, dice, comulgado día de la Asunción, oí cantar a los ángeles: Ea, que viene el esposo: salid a recibirle (1). Recogióse el alma, y por visión imaginaria vi todo lo siguiente. Vi que me ponían una vestidura blanca, recamada de hermosa pedrería, símbolo de la pureza, que es la vestidura nupcial, y de las otras virtudes: no vi quién me la vestía. Inmediatamente se me mostraron San Miguel, Santa Teresa, nuestro P. San Ignacio y San Francisco de Sales, a un lado: al otro, el santo ángel, Santa María Magdalena de Pazzis, el V. P. Padial y San Francisco Javier. Con la visión imaginaria se veían, por término de las dos filas de Santos, tres hermosos tronos: uno desocupado, de menor grandeza; otro ocupado de María Santísima a mano derecha de Cristo, que ocupaba el tercero, todo de oro y con tres gradas: y con visión intelectual miraba a toda la Santísima Trinidad, cuyo misterio se me dio a entender aun con más claridad que otras veces, como también el de aquel Dios-Hombre, que luego, como un imán divino, arrebató hacia sí los afectos de mi alma. Este era el hermosísimo teatro en que se celebró el desposorio, de este modo: Vestido yo de la ropa dicha, llegué a las gradas del solio de Jesús, a quien me presentó María Santísima. Di un ósculo suavísimo a las sagradas llagas de sus pies, y luego me preguntó si quería ser su esposa,5 que él quería ser mi esposo. Aniquilada el alma en su nada, y en su amor, respondió lo que no sé: pero cifróse en He aquí la esclava del Señor, etc. (2). Luego, alzándose del solio, me levantó a la última grada, y tomándome la mano derecha con su divina diestra, me dijo: Yo, en nombre de mi Divinidad y Humanidad, te desposo, oh alma querida, eternamente en desposorio de amor, como sacerdote sumo, con mi naturaleza divina y humana. Siéntate ahora en el trono de mis esposas, y gusta lo que has de poseer eternamente. Sentóme en el trono que estaba desocupado, teniendo el Señor todavía mi diestra, en que puso un anillo de oro con una piedra encendida, que no sé qué era, y me dijo: Sea este anillo prenda de nuestro amor: ya eres mía, y yo soy tuyo: ahora puedes decir y firmarte BERNARDO DE JESUS, como tu H. Agustín (3): tú eres BERNARDO DE JESUS, y yo soy JESUS DE BERNARDO: mi honra es tuya; y la tuya, mía: mira ya mi gloria como de tu esposo, pues yo miraré la tuya como de mi esposa. Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío: lo que yo soy por naturaleza, participas tú por gracia: tú y yo somos una misma cosa. Estas y otras amorosísimas palabras dijo el divino Jesús a mi alma. Yo entregué el anillo que tenía en el dedo de en medio a María Santísima como a depositaria de tal prenda. Después pedí a los Santos diesen por mí las gracias por tal favor y me alcanzasen gracia para corresponder. Y para confirmación del desposorio toda la Santísima Trinidad le echó la bendición, hablando cada una de las divinas personas palabras de inefable amor. Yo sentía hacerse y obrarse en el alma todo lo que estas visibles ceremonias significaban. Al vestir aquella ropa, sentí como aniquilarse el hombre viejo; y al tiempo de tomarme el Señor la mano, parece me revestía del hombre nuevo, recibiendo el alma grandes aumentos de gracia: al sentarme en el trono, parece entraba en la gloria, porque sólo faltó la visión beatífica: al decirme el Señor aquellas palabras, Jesús de Bernardo, parecía hacerse en cierto modo, de los dos uno, según la estrechísima unión que experimenté. En fin, colocóse mi alma en un estado muy superior.6 Termina el H. Bernardo su relación del desposorio diciendo que volvió en sí después de tres cuartos de hora, aunque toda la octava (de la Asunción de la Virgen) más parece que viví, dice, en el cielo que en la tierra: y bien pudiera añadir el bendito Hermano que, no solamente la octava, pero aun muchos días después. Veamos algo de lo que entonces le ocurrió. El día de mi dulcísimo San Bernardo7, escribe su devoto hijo, vi al divino esposo de mi alma en forma de un hermosísimo joven, que, hablando con mi alma, la decía: Ven, amada mía, esposa mía, paloma mía: ven, y reclínate sobre mí Corazón. Y luego me vi sentado a su lado izquierdo, y mi cabeza reclinada sobre su sagrado Corazón; y dijo mi alma: Ya estoy sentada a la sombra de aquel a quien deseé (4); y tratándola el Señor con un amor inexplicable, la dijo: Descansa, amada mía, mientras yo te canto el epitalamio de nuestro desposorio. Quedé durmiendo, como el Discípulo Amado, a todo lo criado, pero amando y percibiendo divinos secretos. Todos los sentidos del alma se deleitaban soberanamente: la vista con la presencia del amado; el oído con lo suave de su voz; el gusto con un sabor espiritual indecible; el olfato con unas divinas cualidades incorpóreas que percibía; y más que todos el tacto espiritual, que tocaba y sentía en el Corazón del Señor moverse dos pulsos, porque del corazón sale el movimiento de ellos que se percibe en la arteria: significaban con su continuo movimiento el amor que el Señor tiene a las criaturas; con el uno ama a todas, y con el otro especialmente a sus escogidos. ¡Oh, quién pudiera insinuar algo de lo que aquí entendí del infinito amor del buen Jesús! Gozando, pues, toda el alma de uno como destello de la gloria, durmió un dulcísimo sueño mientras su esposo le compuso el epitalamio. Empezó a declararme el amor especial con que desde la eternidad me había amado y escogido entre millares, movido sólo de su bondad: cómo, antes de nacer, me había preparado la redención: cómo, luego que fue formado mi cuerpo en el seno materno y se le infundió el alma, se complació de algún modo su amor en mí: cómo su amor me asistió al nacer, porque en la vía natural hubiera nacido muerto: cómo me había librado de ofenderle muchas veces: en fin, fue discurriendo por toda mi vida, y púsome delante todos los favores y mercedes que me había hecho; y concluyó engrandeciendo el amor que me tenía, el cual le había movido a desposarse en desposorio de amor con mi alma. Fáltanme palabras para decir la confusión de mi ingratitud y el amor de la bondad de mi Jesús que su epitalamio causó en mí. Quisiera aquí mi alma corresponder a su esposo con otro; mas hallóse sin saber qué articular, y el Señor le dijo que él la enseñaría para otro día.8 Y, por cierto, que la enseñó bien pronto. Porque el día de San Bartolomé (24 de Agosto) se sentó, dice él, á mi lado sobre un campo de blancas azucenas el divino esposo en forma de un hermosísimo infante, y reclinó su sagrada cabeza sobre mi corazón, en correspondencia al favor antecedente: y alborozada toda el alma con un divino gozo, dijo: Bajóse mi amado a su jardín, a la era de los aromas, para recrearse allí y coger lirios; y al añadir:Yo soy toda de mi amado, le estreché entre mis brazos; y al proseguir: Mi amado es todo mío, que se recrea entre azucenas (5), me echó él los suyos al cuello, y me miró rostro a rostro, asestándome del suyo risueño y amoroso activos rayos en el mío, y dejándome como fuera de mí de pasmo y de un sagrado horror. Animó mi pequeñez, y me hizo volver en mí, respondiendo: Hermosa eres, querida mía, bella y encantadora: suene tu voz en mis oídos, que tu voz es dulce, y lindísimo tu rostro (6): con lo que la movió a componerle el epitalamio de su parte, ilustrándola e infundiéndole lo que había de decir, no con palabras, sino con otro lenguaje que no se usa por acá. Empecé, pues, con Abraham, y dije: Hablaré a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza (7), y le hice una antítesis o contraposición al epitalamio del Señor, empezando a ponderar mi infidelidad por los mismos pasos que él había ponderado su amor, diciéndole cómo desde la eternidad vio mi ingratitud, cómo fui concebido en pecado: y finalmente vine a concluir la grandeza del amor de mi esposo, pues a vista de tanta infidelidad y mala correspondencia no se desdeñó de hacerme tan raros favores. 9 Seguían éstos sin cesar, y vivísimos los recuerdos de las pasadas mercedes en el corazón del H. Bernardo, especialmente el día de Santa Rosa de Lima,10 30 de Agosto. Como esta favorecida virgen había logrado también la dicha de desposarse con Jesús, tan dulce memoria le inflamó nuevamente en fuego de amor divino a su esposo, tanto, que apenas pudo ocultar las llamas que salían de su corazón. Llegó así a dar gracias a su buen Jesús Sacramentado, cuando este Señor, para abrasarle más, se le mostró amorosamente disfrazado. Pero no le valió su disfraz, que pronto le conoció el joven. Verdad es que tampoco él cuidó de ocultarle el cielo de su rostro, y aun le descubrió el paraíso de su Corazón, representándole escritos en él los nombres de algunas personas que el H. Bernardo conocía y deseaba viviesen en aquel santuario de la divinidad. .......................................................... (1) Matth. XXV, 6. (2) Luc. I, 38. (3) No hemos dudado un punto en admitir esta cláusula en vez de la que en su lugar sustituyó el P. Loyola escribiendo: como se lo dije a mi esposa Santa Teresa. Véase la nota que sobre esto hay en los Principios del Reinado del Corazón de Jesús en España (págs. 18 y 19). (4) Cant. II, 3. (5) Cant. VI, 1, 2. (6) Cant. VI, 3; II, 14. (7) Gen. XVIII, 27. 1 Se trata de un pleito en que estaba metido el abuelo materno de Bernardo y que le hizo sufrir mucho a éste. 2 Estando en el colegio de Medina del Campo tuvo lugar el fallecimiento de su madre. Falleció ésta el 9 de marzo de 1730. 3 La hermana de Bernardo era seis años más joven que él y se llamaba María Teresa. Al hacer la renuncia de sus bienes, escogió Bernardo como beneficiaria de los mismos a su hermana a fin de que con mayor decencia pueda tomar estado de religiosa o de casada y mantenerse en el uno o en el otro con las conveniencias que yo deseo. Cuando Bernardo hace esta renuncia se encuentra en Medina del Campo y tiene dieciocho años. No sospechaba entonces Bernardo que su renuncia iba a tener efecto poco más tarde por la muerte de su madre y que le iba a traer complicaciones y quebraderos de cabeza. Su hermana contraería matrimonio a los diecisiete años con el notario Jacinto Abril, quien se hizo cargo de la notaría familiar de Torrelobatón, que había llevado Don Manuel, padre de Bernardo y de Mª Teresa. 4 El P. Pedro de Calatayud (1689-1773), famoso misionero popular de la Compañía de Jesús. Recorrió durante cuarenta años toda España y parte de Portugal predicando a las muchedumbres en sus célebres misiones populares. Nació en Tafalla de Navarra y murió en Bolonia, expulsado de España por Carlos III, al desterrar éste a la Compañía de Jesús de sus dominios. 5 Puede llamar la atención esta expresión de Bernardo, de ser preguntado si quería ser su esposa. Notemos que se trata del desposorio místico de Dios con el alma humana, creada a imagen y semejanza suya. Las relaciones de Dios con las almas aparecen en la Escritura con el símil del desposorio. El Cantar de los cantares es el libro por excelencia de estas relaciones de las almas con Dios. 6 Precioso párrafo éste de Bernardo explicando la mutación que en su interior se hacía a medida que estos símbolos descargaban toda su interna realidad. 7 El 20 de agosto de 1730. 8 En estos dos párrafos nos hace Bernardo vislumbrar un poco lo que pasaba por su espíritu, después de una unión tan estrecha y fuerte con Dios. 9 No deja de ser significativo este canto de epitalamio hecho por Bernardo. Rezuma humildad, abrumado como estaba por las inmerecidas gracias del Señor, que habían caído como una inmensa catarata sobre él. Uno recuerda aquí ese otro canto de la Virgen María cuando dice: El Señor ha hecho en mí preciosidades...., en mí que soy la esclava del Señor, quien miró con agrado la bajeza y humildad de su sierva. Se cumple una vez más el evangelio: los que se humillan serán enaltecidos. 10 Actualmente la fiesta de Santa Rosa de Lima se celebra el 23 de agosto. Esta Santa (1586-1617) nació en Lima, fue terciaria dominica, y se distinguió por su penitencia y su alta contemplación mística. |
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