| Parte segunda, capítulo 5. Comunica el Señor al H. Bernardo altísimas inteligencias de la sagrada Pasión. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Seguía en
tanto fortaleciendo Nuestro Señor el espíritu del H.
Bernardo por toda esta cuaresma en que estamos de 1730,
con la alternativa de consuelos y dolores: aunque era de
éstos la primacía, por la violencia con que le
asaltaban de continuo los amorosos ímpetus, sin dejarle
apenas respirar, mayormente la Dominica de Pasión (26 de
Marzo) y el viernes siguiente consagrado a los Dolores de
Nuestra Señora. Bien atormentado con ellos todavía, contemplaba el devoto joven la ingratitud y desvío con que los habitantes de Jerusalén habían dejado salir de su ciudad a Jesús el día de Ramos, y procuró disponer su corazón para hospedarle amoroso al tiempo de comulgar. Premióle prontamente el Señor su buen deseo, porque gozó en la comunión la misma gracia que otro igual de Ramos, a 8 de Abril de 1571, recibió en Salamanca Santa Teresa de Jesús, de grandísimo consuelo y ternura. Me lo pagó el Señor con el mismo favor que a Santa Teresa: díjome las mismas palabras que a la Santa, que ella refiere en las Adiciones de su Vida, dice el H. Bernardo, copiándolas de la relación de aquella esclarecida virgen, que es la siguiente: El día de Ramos, acabando de comulgar, escribe Santa Teresa, quedé con gran suspensión, de manera que aun no podía pasar la forma; y, teniéndomela en la boca, verdaderamente me pareció, cuando torné un poco en mí, que toda la boca se me había hinchido de sangre; y parecíame estar también el rostro y toda yo cubierta de ella como si entonces acabara de derramarla el Señor. Me parece estaba caliente, y era excesiva la suavidad que entonces sentía, y díjome el Señor: Hija, yo quiero que mi sangre te aproveche, y no hayas miedo que te falte mi misericordia: yo la derramé con muchos dolores, y gózasla tu con gran deleite, como ves: bien te pago el deleite que me hacías este día (1). El miércoles de la Semana Santa, al tiempo de cantar el oficio de las tinieblas con la comunidad, tuvo el H. Bernardo altísimo conocimiento y visión intelectual de las operaciones internas del espíritu, alma y Corazón de Jesús. Vio a este Señor orando en el huerto; y, al cantar el coro: Tristis est anima mea usque ad mortem,1 conoció toda su tristeza, congoja y aflicción. Representósele esta pena del Salvador tan excesiva, que todas las penas y aflicciones de todos los hombres juntas no llegarían a componer la menor pena interior de su espíritu: con ser tan atroces los tormentos que padeció el sacratísimo cuerpo de Cristo Jesús, pareciéronle aun éstos muy pequeños, insignificantes, comparados con las penas interiores. No pudo, al ver tan afligido con ellas a su amado Jesús, menos de sentir un grande estremecimiento y unas congojas mortales, con trasudores de todo el cuerpo. Siguió después al Señor preso, azotado, coronado de espinas, escarnecido de los soldados; y quedó fuera de sí viendo lo que interiormente obraba en estos misterios el alma santísima de Jesús. Entendió el sentido de muchos salmos al tiempo de cantarlos: en unos le daba el Señor doctrina para su perfección, en otros para los pecadores, y en algunos se le descubrían secretos maravillosos de las perfecciones de Dios. Con estos favores quedé confuso de mi nada, que la vi muy bien, y de tan grande misericordia de Dios para con mi ingratitud, dice el H. Bernardo: y este conocimiento y estupenda aniquilación del alma en su nada fue preparación para los que se siguen, que me sacan de juicio, y no sé quién los leerá que no ame a Dios y ensalce sus grandezas para con los hijos de Adán. Parecerían efectivamente increíbles los favores que recibió los tres días últimos de esta Semana Santa, si el Señor no los hubiera concedido iguales a otras almas favorecidas suyas aun en vida del mismo Hermano, como parece por el portentoso libro de la Pasión de Cristo comunicada por admirable beneficio a la M. Juana de la Encarnación, religiosa Agustina descalza en el convento observantísimo de la ciudad de Murcia, que compuso e imprimió en Madrid, el 1720, el P. Luis Ignacio Cevallos, de la Compañía de Jesús, confesor de la Venerable religiosa. Quien lo haya leído, nada hallará en lo que digamos del H. Bernardo, que no se le haga creíble y muy propio en su singular espíritu y estrechísima unión con Dios. Había pasado la noche del Miércoles Santo entre las delicias penosísimas del ímpetu que le dejaban gracias tan inestimables: y asistiendo a la misa del Jueves Santo, vio por visión intelectual a Jesús instituyendo el Santísimo Sacramento, en la misma forma que su infinito amor le instituyó la noche de la Cena. Conoció con ilustración divina el incendio en que ardía su sagrado Corazón en aquella noche de ansias y amores: que, al fin, una como respiración fue de las llamas de amor a los hombres en que se abrasaba su divino pecho, el favor infinito de la institución del Santísimo Sacramento del Altar. Al acercarse a recibirle en comunidad los PP. y HH. de nuestro Colegio de Medina, vio el H. Bernardo por visión imaginaria sobre ellos un rico y celestial pabellón que los cubría a todos. Al acercarse él mismo, repitióse el extenderle de nuevo el paño los dos ángeles, y se siguió lo regalado y dulcísimo del favor de este día. Cuando el celebrante alargaba la sagrada forma para comulgarle, Jesucristo, sumo sacerdote de la ley de gracia e instituidor de este adorable Sacramento, tomó la misma forma, y comulgó al H. Bernardo con sus manos sacratísimas, diciendo al tiempo de ponérsela sobre la lengua: Corpus meum custodiet animam tuam in vitam aeternam.2 Mas no paró aquí la merced del Señor: hizo con el corazón de su siervo una cosa posible sólo a su infinito amor omnipotente. Quiso que por todo el tiempo que su adorable cuerpo se conservase en la custodia o sagrario, estuviese el corazón del H. Bernardo en dos partes a una: en el sagrario, adorando y amando a su amabilísimo dueño; y en su frágil pecho, sirviendo de custodia y viril al cuerpo del Señor. Y añadiendo el buen Jesús favores a favores, díjole aquí que se conservarían incorruptas las especies sacramentales en su corazón hasta que al día siguiente su dulce y afligida Madre de los dos le comunicase alguna partecita y pena de sus agudísimos dolores. Como su corazón servía de custodia a su divino amor Sacramentado, estaba fuera de sí el joven, y admirábase de poder asistir, como asistía, con el cuerpo a los ejercicios de comunidad. La mañana del Viernes Santo salió con sus compañeros, como es costumbre, a visitar las estaciones o iglesias.3 En el camino vio cómo los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo llevaban al Señor a casa de Pilatos. Iban tratando al Santo de los santos de embustero, engañador e hipócrita; y oyó que, vuelto a él, le decía el mansísimo cordero: Día vendrá quizás en que también te traten a ti de embustero, engañador e hipócrita: mírame bien, y pórtate según el ejemplar qué ahora te muestro. Serían como las nueve y media, cuando vio a Jesús azotado y coronado de espinas, que le mostraba Pilatos al pueblo, diciendo: Ecce homo. Vióle el H. Bernardo como le describen los profetas y evangelistas, que no había hermosura en él ni apenas forma de hombre, cubierto de llagas y heridas desde la planta del pié hasta lo más alto de la cabeza. En este trance y disposición miró el Señor al H. Bernardo muy amoroso, y compadecido éste y traspasado de dolor preguntó a Jesús: ¿Quién os ha puesto así, amor mío? Y la respuesta fue: Los pecadores. En tiempo de los oficios se le mostró de nuevo el Señor crucificado ya y vertiendo arroyos de sangre por sus sacratísimas llagas de pies y manos; y junto a la cruz la Virgen María con el dolor y amargura correspondiente al inmenso amor con que amaba a su divino Hijo a quien acompañaba en su agonía. Miró el Señor desde la cruz, en medio de tantos dolores, a su amante siervo, y le encomendó a su querida Madre con aquellas tiernas palabras: Ecce Mater tua (2). Recibióle por hijo regalado la afligida Madre, y le añadió que, para que conociese que le recibía por tal, iba a cumplirle pronto la promesa que antes le había hecho. Era ésta de comunicarle parte de los dolores internos de su angustiado Corazón según la capacidad de sus fuerzas; y dióle ahora a entender que sentiría esta comunicación y cuchillo de sus dolores luego que se consumiesen las especies sacramentales que aun conservaban en su corazón la real presencia de Jesús Sacramentado: que sucedería esto al tiempo que la sagrada hostia que había de recibir el sacerdote en el oficio de este día,4 se consumiese en su estómago. A la hora, pues, que naturalmente habían de faltar o consumirse las especies de la hostia que recibió el sacerdote el Viernes Santo, empezó a gustar el H. Bernardo los vehementísimos dolores que su bendita Madre había ofrecido partir con él en prenda de que le admitía por hijo. Pero díganos él mismo con sus sentidas palabras lo que aquí pasó. Al punto, dice, me hallé engolfado en un mar de tristezas, de penas y aflicciones interiores, que poco a poco se fueron aumentando de modo que, no padeciendo cosa alguna el cuerpo, a veces se suspendían los sentidos corpóreos, embargados de la soledad pasmosa de los sentidos interiores. Después de tinieblas se anegó del todo mi espíritu en excesivas olas de tristeza, contemplando sepultado a mi Dios, y afligida a mi Santísima Madre. Estaba mirando en mi santo crucifijo la imagen de lo que por la mañana había visto, y fue tanta la fuerza del dolor interior, que con un dolorosísimo suspiro se dividió física y realmente mi corazón en dos partes con dolores materiales espiritualizados, que no eran cosa, sin embargo, en comparación de los que atravesaban mi espíritu. Separóse y dividióse por medio la imagen de mi amor Jesús que tengo en mi corazón impresa, símbolo misterioso de la separación del sagrado cuerpo del Señor y de su santísima alma. Pasé en la aflicción que se puede colegir de lo dicho, todo este día, y la suspendió algún tanto el Señor para que pudiese dormir: que, cierto, no lo hubiera hecho, mirando a mi amor en el sepulcro, si pudiera pedirle licencia, como la noche antecedente: quedé resuelto a no dormir en cama, todos los años, los tres días últimos de la Semana Santa, si mis Padres espirituales me dan licencia. Desperté engolfado en mayor tristeza y conflicto; y, estando en oración, mi corazón dividido, muy mustio y melancólico, sudaba sangre como el Señor en su cuerpo, en fuerza de la tristeza y congoja interior. Toda esta pena inexplicable se continuó en el corazón del H. Bernardo hasta que oyó cantar en los oficios del Sábado Santo: Exsultet iam angelica turba caelorum. Al escuchar estas palabras, vio el alma santísima del Señor en el seno de Abraham, aterrando a los demonios y glorificando a los justos, quienes, en compañía de los ángeles, le cantaban el triunfo y celebraban las victorias que había conseguido con su muerte. Fue tan singular el consuelo que en esta visión gloriosa tuvo el afligido joven, que se volvió a juntar y derretirse en dulzuras su corazón antes milagrosamente partido en dos, como dijimos. Este día fue uno de los más deliciosos que gozó el H. Bernardo en su vida. En el siguiente de la triunfante Resurrección del Señor (9 de Abril) vio glorioso cual nunca a Su Divina Majestad, que le dijo ser aquella su gloria premio de los trabajos pasados, y le alentó a padecer mucho por su amor. Quedó el H. Bernardo consoladísimo con la celestial visita, y animado a seguir a su dulce Jesús por el camino de los dolores y padecimientos. Tengo tales deseos de padecer, dice en vista de lo que vio, que me causa positiva alegría y consuelo la sola esperanza de padecer algo. Preparado está mi corazón, oh Dios, preparado está mi corazón (3). Por cierto que le convenía tenerlo así tan preparado: pues es más dura de lo que parece la amorosa mano de Dios en probar a sus amigos. ................................................................ (1) Libro de las Relaciones. (Rel. IV, núms. 8 y 9). (2) Ioann. XIX, 27. (3) Ps. LVI, 8; CVII, 2. 1 Triste está mi alma hasta la muerte (Mc 14, 34) 2 Mi Cuerpo te guarde para la vida eterna (de la antigua liturgia de la Misa) 3 Notemos que en el tiempo de Bernardo se daba más tiempo a la adoración del Monumento que en la actualidad. 4 En tiempo de Hoyos solamente comulgaba el sacerdote en el día de Viernes Santo. Fue la renovación litúrgica de la Semana Santa, hecha por el Papa Pío XII, la que cambió esta práctica. |
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