Parte segunda, capítulo 3. Ilustraciones que recibió el H. Bernardo en los ejercicios que hizo por este tiempo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
A causa de la epidemia de que arriba hablamos, y cuyos efectos hubieron de sentir los más de los PP. y HH. del Colegio de Medina por el otoño de 1729, fue preciso dilatar los ejercicios espirituales que se hacen indefectiblemente todos los años en la Compañía.1 Entró en ellos el H. Bernardo con la comunidad, a 3 de Enero de 1730, muy deseoso de aprovecharse de este medio tan excelente para llorar las faltas cometidas, corregir la vida imperfecta y hacer firmes propósitos para seguir de veras por el camino de la perfección. Como la materia que de ordinario se propone para la meditación de estos ejercicios, son las postrimerías, aplicóse a meditarlas profundamente, pidiendo al Señor le imprimiese aquel santo temor2 y humildad que mantiene las almas en su gracia. Con la mira puesta a este fin empezaba siempre la oración por las verdades eternas cuyos puntos se habían dado a los ejercitantes; y encargábase el Señor de grabarlas en su espíritu con celestial viveza, ilustrándole al mismo tiempo con particulares luces que inflamaban ardientemente su voluntad.

Considerando el fin del hombre en el primer día, manifestóle el Señor cómo él era principió y fin de todo,3 y debía serlo suyo, enseñándole a depender de sola Su Majestad como de origen y fuente de su amor, y aspirar a no servirle sino por su bondad y amabilidad infinita: que éste era el camino más seguro e indefectible de conseguir la gloria para que le había criado. Y aquí se le ratificó de nuevo con toda certidumbre la promesa de su predestinación.

El segundo día, en que se meditaba sobre la gravedad del pecado mortal, recibió sólidas inteligencias acerca de la monstruosa malicia del pecado en tanto extremo que, “si Dios Nuestro Señor con extraordinaria providencia no me asistiera esta vez como otras en que me comunica su divina luz para conocer sus ofensas”, dice él, “moriría repentinamente a vista de tan horrenda y estupenda maldad, por el amor a aquella suma bondad y el dolor de haberla ofendido, y de aborrecimiento y espanto del pecado”. Análogas inteligencias tuvo del cielo para aborrecer y detestar los pecados veniales y las imperfecciones tan ordinarias aun en las personas que aspiran a la perfección. Mas en punto a las imperfecciones moralmente inevitables en nuestra flaqueza, enseñóle el Señor una celestial doctrina. Hízole entender que le agradaban mucho la humildad, compunción y amor que sus siervos sacaban de sus faltas; pero le añadió que en éstas era necesario un corazón grande, dilatado y magnánimo, para que, en humillándose y pidiéndole perdón, no se pasmase de verlas en sí4 ni anduviese en niñerías.

Continuaron el día tercero de sus ejercicios las mismas inteligencias que el anterior, con otras nuevas sobre la malicia de los ángeles que pecaron por rebeldía, y la amorosa sujeción de los que con su príncipe San Miguel a la cabeza vencieron y arrojaron del cielo a aquellos soberbios y malaventurados espíritus.

El día cuarto, fiesta de los Santos Reyes, en que también se hacía la renovación de los votos, fue solemnísimo para el H. Bernardo. Ya al empezarla vio que se formaba un celestial teatro como para gozar de esta representación del cielo. Sentóse en un magnífico trono, colocado en medio, Cristo Nuestro Señor: en otro, a su derecha, la Virgen Santísima; y a la izquierda, en otro, nuestro glorioso P. San Ignacio. También había su música en este como teatro y representación: dábanla los ángeles, y sólo cesaban de cantar cuando leían por orden los jóvenes renovantes la fórmula de sus votos. Con este silencio significaba el Señor que no le era menos agradable que la del cielo la música y armonía de los corazones de aquella fervorosa juventud en la renovación de su sacrificio y holocausto por los votos de pobreza, castidad y obediencia. Cuando los renovó el H. Bernardo con los amantes afectos que no pudo él mismo explicar, entendió que, al decir las palabras: Voveo coram Sacratissima Virgine Maria,5 esta su dulce Madre y Señora mostraba singular complacencia, y le ofrecía con especial amor a su Divino Hijo. Al pronunciar las otras: Promitto eamdem Societatem me ingressurum6, nuestro Santo Padre le prometió también conservarle en ella, y que le tendría por hijo suyo muy amado. Al tiempo de comulgar recibió todavía una gracia mayor.

Vio dentro de su alma a Jesús muy glorioso, apacible y benigno; y más reparó que el amorosísimo Señor había puesto su sagrado Corazón en el mismo sitio en que correspondía estar al del H. Bernardo, pero de forma que el de éste quedaba cerrado o como engastado en el de Jesús, quien le dijo entonces con indecible amor: Hallaste gracia en mis ojos,7 porque te hallé según mi Corazón. Notó aquí el H. Bernardo que estaban los dos corazones heridos y traspasados con tres saetas pequeñas de oro, cuya punta era el fuego del amor divino; y conoció que simbolizaban los tres votos que poco antes había ofrecido al Señor. “Los secretos amorosísimos que aquí pasaron”, dice el mismo H. Bernardo, “no se sufren decir ni se pueden explicar”.

El quinto día de los ejercicios, en que se meditaba sobre la muerte, cierta para todos e incierta en cuanto a la hora, fue para él de grandísimo consuelo. ¡Oh muerte, exclamaba con frecuencia, cuán dulce es para mí tu recuerdo! Hízoselo muy dulce, en efecto, Nuestro Señor con las ansias que le dio de salir de esta vida para unirse con su amado, por una puerta y escape tan temoroso como la muerte para los que no piensan en ella. Mas, reparando el joven en sus ardientes deseos de morir, y temiendo alguna imperfección que “al principio”, dice él, “suele mezclarse en semejantes deseos”, puso luego su espíritu en una total indiferencia con que ni anhelaba demasiado por morir ni rehusaba la muerte, sino sólo que se cumpliese en todo la soberana voluntad de su amado. Aquí le reveló el Señor de nuevo cuán precioso había de ser, llegada la hora, su tránsito8 a mejor vida, asistiéndole en él muchos Santos y ángeles con su príncipe San Miguel, nuestro P. San Ignacio, San Francisco Javier, Santa Teresa y los demás sus devotos. Añadiósele que a su muerte se hallarían también presentes para recibir su alma Cristo Nuestro Señor y su Madre Santísima, en cuyas manos daría su espíritu al salir del cuerpo, para que ella se lo presentase a su Divino Hijo, y éste al Eterno Padre. ”¡Oh dicha felicísima”, exclama aquí el H. Bernardo: “levantáisme, Señor, del estiércol de la nada y miseria, para colocarme entre los príncipes de vuestro reino”. 9

El sexto día, en que se proponía a la meditación el terrible paso del juicio particular, entendió con soberana luz cómo el juez rectísimo será todo severidad para los pecadores, marcados con la señal de réprobos y el carácter del anticristo en la frente; y todo benignidad para con los justos, que se presentarán adornadas sus frentes con el real sello de la cruz de Cristo9.

Meditábase en el séptimo, sobre el infierno; y aquí vio por altísima contemplación las sendas por donde se hubiera precipitado en el abismo, a no haberle prevenido la infinita bondad de Dios con sus especiales misericordias. Entendió también una cosa de gran enseñanza para los religiosos, y es que su predestinación había dependido de la sinceridad con que, luego que entró en la Compañía, empezó a declarar a sus Superiores cuanto pasaba por su alma.

En el mismo día, 9 de Enero, le mostró el Señor el infierno, en esta forma. Hallóse de pronto en un campo espacioso, acompañado de Su Majestad, quien le entregó allí al ángel de su guarda para que lo guiase. Díjole entonces el ángel: Ven, y yo te mostraré esta gran visión. ”Empecé a seguirle”, continúa el H. Bernardo, “cuando de repente abrió la tierra una boca por donde entró mi ángel y yo en su seguimiento para ver esta gran visión de los desdichados en quienes ejecuta su furor el omnipotente brazo de la divina justicia. A pocos pasos vi salir por la misma abertura de la tierra por donde había entrado, una multitud de demonios que, habiendo arrojado en las llamas infernales las muchas almas que habían ganado en la mortandad numerosa de esta epidemia pasada,10 volvían al mundo a tender sus redes para prender 11 y precipitar en el abismo a otros miserables”.

“Ya habríamos andado unos veinte pasos, cuando me dijo mi ángel: Ve y escribe;12 y al punto, saliendo de aquel como callejón por donde nos habíamos introducido, vi una cueva inmensa de fuego, revuelto en humo tan espeso que negaba aun la misma luz en que ardía. Eché los ojos por aquella inmensidad de fuego; pero no alcanzaba el fin, ni distinguía adónde llegaba su anchura. Bien hube menester aquí me animase la presencia del ángel, pues sola esta primera vista fuera capaz de quitarme la vida. Percibí al mismo tiempo un hedor intolerable, un ruido espantoso, unos gritos descompasados y unos aullidos como de perros rabiosos. Vi también que, impelidos de furor y rabia, saltaban del fuego algunos condenados y caían precipitados de los demonios, como una gran piedra a su centro, a la voracidad de las llamas”.

“Volvióse entonces el ángel a mí, y me dijo: Atiende más; y luego reparé más en particular cómo se castigaban los pecadores deshonestos. Vi una laguna helada junto a un globo de fuego abrasador; y que los infernales ministros ya arrojaban en el fuego a aquellos infelices y, cuando más rabiosos estaban, los metían con grande ímpetu en el agua helada para que, pasando de un extremo a otro, fuese mayor su tormento; ya con lanzas de fuego, con espadas y otros espantosos instrumentos traspasaban de parte a parte a los miserables; ya les cortaban las cabezas que, para que padeciesen más, se volvían a juntar; ya deshacían sus abrasados cuerpos con peines de fuego; ya despedazaban sus miembros con ruedas de navajas muy agudas. Con estas y otras semejantes horrorosísimas invenciones eran atormentadas aquellas furias malditas, que, desechas en desesperación eterna, mordían los instrumentos de su castigo, y, vomitando mil maldiciones, eran los más crueles verdugos de sí mismos, hiriéndose con sus uñas y dientes. Así, así se les recompensaban los deleites con que se recreaban en sus deshonestidades: el fuego de la concupiscencia se había convertido en aquel incendio que les abrasaba las entrañas; y las camas regaladas, en agua helada en que padecían tal frío que se les desencajaban los huesos.

“Vi luego otra separación donde penaban los avarientos. Estaban con las bocas abiertas para poder recoger un poco de aire, y aun éste les faltaba: símbolo y castigo de lo que hacían mientras vivieron, pretendiendo atraer con su avaricia el mismo aire. Querían respirar para desahogar el incendio que los consumía, y no conseguían ni este alivio: estaban además tan estrechos, que ni revolverse les era dado, cuando los demonios los maltrataban con cruelísimos tormentos. Junto a ellos, los que habían pecado con jurar y blasfemar de la bondad de Dios, arrojaban serpientes de sus asquerosas bocas, que se ceñían con ellos, y los iban despedazando; y los demonios los herían en la boca, ya cortándoles la lengua, ya quebrantándoles los dientes, ya metiéndoles barras de hierro ardiendo por la garganta, ya embutiéndoles plomo derretido que les penetraba todos los huesos, ya con otras trazas diabólicas con que les causaban acerbísimos dolores. Luego los enemistados en este mundo proseguían su odio con un rencor insaciable, y estando tan juntos a sus enemigos como los ladrillos en el horno, se despedazaban entre sí de furor y rabia, al verse tan cerca y como embebidos los unos en los otros. Otros varios géneros de tormentos vi también con que se castigaban otros pecados, que fuera largo referir uno a uno”. 13

“Yo iba en tanto siguiendo a mi ángel por una senda estrecha, y llegamos a otra separación donde encontré muchos demonios que con grande algazara atormentaban a un gran personaje bien conocido en el mundo, aunque no entendí quién era, pero sí que la causa de su condenación había sido su impiedad para con los pobres. Vi un yunque de fuego sobre el cual extendieron a este miserable los demonios, y con varios instrumentos le desmenuzaban el cuerpo en pequeñas partes a fuerza de recios golpes; y para mayor pena suya, luego que le habían hecho pedazos, se volvían éstos a unir, y los demonios a ejecutar en él su rabia, y él, centelleando llamas de furor, se maldecía y execraba a sí y sus riquezas y deleites; y los ministros diabólicos le daban vaya y hacían burla, diciéndole que de qué se quejaba, que si no era aquella buena cama, que viese cómo cuidaban de su alivio, preparándole, en lugar de las conveniencias que había tenido en el mundo, aquéllas con que ahora le regalaban”.

“Horrorizado de lo que veía, aturdido de las blasfemias que oía contra Dios y su Madre Santísima, atónito con los monstruos que se me representaban, y fuera de mí de tanta gritería y alaridos, tendí la vista adelante y nada distinguía, hasta que, habiendo andado grande espacio a ciegas, me dijo mi ángel: Ven y ve, y escribe lo que vieres”.14

“Entonces se abrió la senda por donde íbamos, y me hallé en otro seno inferior, aun más horroroso que el pasado: aquí estaban los malos e indignos sacerdotes que habían tenido osadía para recibir sacrílegamente en sus manos y en sus corazones al Hijo de la Virgen. Padecían tales penas los miserables, que todas las que he dicho son nada en su comparación. Eran atormentados principalmente en las partes en que tuvieron la hostia consagrada: las manos se les deshacían de dolor, y estaban hechas carbones encendidos: sus lenguas despedazadas y colgando fuera de la boca, en señal de sus sacrilegios: todo lo interior, especialmente el corazón, se les abrasaba en fuego, reventando con terribilísimos dolores. Aquí vi que de entre los demás se erguía como la culebra cuando salta, un mal sacerdote que yo conocí, y murió de repente, que había sido muy escandaloso. Miróme con gran rabia como un fiero basilisco, pero cayó luego en lo más profundo de la hoguera”.

“De este seno me pasó el ángel a otro tercero, donde eran mayores las penas y tormentos. En él estaban aquellos que, habiendo sido más visitados de Dios con sus inspiraciones y auxilios, los despreciaron,15 ingratos y desagradecidos, pisando la sangre de Jesucristo: éstos padecían mucho más por su misma conciencia y memoria de que podían haberse aprovechado de las inspiraciones. Mostróme Dios lo que los aflige este gusano roedor de la conciencia, que es la pena mayor del infierno fuera de la de daño”.

“Púsome entonces el ángel de repente sobre todos los tres senos, e ilustróme el Señor para que conociese lo que es esta pena de daño. ¡Oh horror! No hay palabras para explicarla. Este es el mayor y más horrible tormento, estar privado por toda la eternidad de ver a Dios: todos los tormentos de los condenados, mil veces doblados, padecería uno gustoso eternamente, si fuese compatible con verle. El corazón se me quebranta y el cuerpo se me estremece en esta consideración. No digo más de esta pena, porque la voluntad del Señor es que no hable ahora de la de daño”.

Así concluye el H. Bernardo la descripción de los horrores que se le habían mostrado en el infierno, advirtiendo que, aun después que el ángel le sacó de aquel lugar de dolor y espanto, que sería a cosa de las diez de la mañana, anduvo todo el día séptimo de sus ejercicios como hombre que no acaba de volver en sí de sustos y congojas de muerte, hasta ya de tarde, en que se dignó aparecérsele el Señor muy amoroso, y confirmarle en la noticia de su predestinación y gloria sin fin. Bien creía en ella el humilde y afligido joven: mas, como nunca está de sobra ninguna seguridad en punto tan peligroso, atrevióse ahora a pedir a su amabilísimo dueño, a quien veía muy afable y risueño, se sirviera concederle alguna señal de ser él predestinado. Mañana te la daré, le respondió el benignísimo Jesús, y desapareció de su vista.

El día octavo y último de ejercicios fue tan lleno de favores extraordinarios, que nadie lo podrá describir cómo fue sino el mismo H. Bernardo que los recibió y nos conservó su memoria.

“Después de haber comulgado”, escribe, “me dijo el divino amor Jesús que me quería dar la prenda y señal de mi predestinación que el día antes me había prometido; y que serían dos: una en nombre de la Divinidad, y otra en nombre de la Humanidad. Y al punto se me mostró más glorioso que otras veces, por visión imaginaria; y vi su sagrado Corazón, que de las tres heridas que le habían abierto las tres saetas de que he hablado, arrojaba rayos de luz purísima, que se encaminaban hacia mi corazón: pero, antes de llegar, formaron un corazón en medio del de Jesús y el mío, que parecía de oro mezclado con plata, o de electro. Sobre este corazón se esmaltaron un diamante preciosísimo y una hermosa esmeralda. Era este corazón símbolo de las tres virtudes teologales: el corazón, en el oro significaba la caridad para con Dios; y en la mezcla de la plata, la del prójimo: el diamante, la firmeza de la fe; y la esmeralda, la esperanza. Entre estas dos piedras estaba, no grabado, sino escrito con la sangre purísima del Corazón del Señor el dulcísimo nombre de IHS.16 Y diciéndome palabras sumamente amorosas, llegó este corazón así aderezado al mío, con el cual se penetró y como identificó. Entre otras cosas me dijo entonces el divino amor que con esta prenda bien podía estar seguro de mi predestinación y de su cumplimiento, confirmando así la promesa con su palabra. Y, para confirmarla con la obra, extendió su diestra y tomó con ella la mía, sintiendo entonces yo una suavidad, aun material, inexplicable”.

“Cesó esta visión de la Santísima Humanidad, y levantóme el Señor a otra más alta para darme la señal y prenda de la Divinidad: porque vi como en un espejo, por visión abstractiva, la unidad en la esencia y la distinción en las divinas personas. El Padre Eterno me acarició amoroso, y diciéndome palabras de mucho consuelo, entre otras me dijo que mirase. Miré, y vi por una visión intelectual, la más subida que hasta aquí había tenido, en su divina mente la predestinación de todos los que se han salvado y se han de salvar, como en confuso; y claramente, vi la de los Jesuitas N. N (1), escrita en la mente del Padre, como en libro de la vida. Luego el Verbo y el Espíritu Santo me certificaron lo mismo con palabras que no es al hombre posible repetir”.17 Hasta aquí el dichoso joven, que todavía ignoraba los fines altísimos de su amoroso dueño en hacerle ver y gustar los milagros de su sagrado Corazón, y no había de conocer aún hasta pasados algunos años. Mas prosigamos con sus favores.

Apareciósele de nuevo muy glorioso su amor Jesús en la hora última de oración de este día octavo, con el Corazón descubierto. Traía en sus manos, más blancas que la nieve, las tres saetas de oro con puntas de fuego que vimos arriba, y dijo al H. Bernardo que eligiese de aquéllas la que más le agradase. ”Yo entonces, arrebatado del amor”, dice él, “y acordándome del lugar de los Cantares: Heriste mi corazón, etc. (2), sin hablar palabra, tomé las tres, y las clavé en aquel divino Corazón: y el buen Jesús, haciendo un ademán de mucho amor, me dijo que el clavar en su Corazón las tres saetas era herirme a mí mismo, como vería el día siguiente”.

En efecto, así lo vio y experimentó al día siguiente el enamorado joven. Volvió a mostrársele el Señor, descubierto su amante Corazón, en que se veían clavadas las tres saetas; y, significándole que, así como, cuando Su Majestad hería su corazón del H. Bernardo con alguna saeta de amor, no podía éste apartarse de su divina presencia, así también él ahora, teniendo su sagrado Corazón herido con las saetas del día precedente, no podía apartarse de la vista del H. Bernardo, le añadió luego que sería bueno partiesen entre los dos las tres saetas. Aquí el H. Bernardo con las misteriosas frases que sólo entienden el Señor y sus favorecidos, representó que, siendo ellas tres, no podría ser igual la partición; que uno debería llevarse dos por necesidad. Mas a este tiempo se dejó ver en medio la Virgen Nuestra Señora, y con rostro afable dijo al H. Bernardo que, pues sobraba una saeta, ella la recibiría gustosa en su Corazón. Al punto arrancó una el amante joven, del sagrado Corazón de Jesús, y la clavó en el purísimo de María: y no bien clavada, sacó el divino Jesús otra segunda de su Corazón, y, flechándola al del H. Bernardo, se lo pasó de claro en claro, diciéndole con entrañable dulzura: Traspaso con mi amor tus carnes. Al traspasar de la divina saeta se siguió en el H. Bernardo un ímpetu de amor tan violento, que le puso en términos de separarse el alma del cuerpo. Con lo cual “desapareció la visión”, concluye el bendito Hermano, “y yo quedé como ahora me hallo, con los ímpetus tan amorosos como antes de la interrupción: y, como el Señor y su Santísima Madre se fueron también heridos, lleváronme el corazón en dulces gustos”.

Aquí el H. Bernardo, como previniendo el juicio de algunos incrédulos y forasteros a estos lances de amor de las almas favorecidas, pone una nota que dice así: “A algunos se harán sospechosas estas finezas, pareciéndoles indignas de la imaginación de Dios; pero es que no han gustado cuán suave es el Señor, ni han experimentado las delicias que él tiene en estar con los hijos de los hombres”. Es la pura verdad.18

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(1)  Tal vez, los PP. Pedro de Calatayud, Juan de Loyola, Juan de Villafañe, Agustín de Cardaveraz, Fernando de Morales, etc. (Véase nota de capítulo anterior).

(2)   Cant. IV, 9.


1  Estos Ejercicios suelen hacerse al comienzo del curso escolar; pero por causa de la epidemia otoñal que hubo en Medina del Campo, tuvieron que retrasarse para comienzos de año.

2  Como dice la Escritura: “principio de la sabiduría es el temor de Dios”

3  Dirá el Señor en el Apocalipsis: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin”

4  En efecto, las faltas nunca han de ser un “freno” que nos impida avanzar y seguir caminando con entusiasmo por el camino de la santidad.

5  “Prometo delante de la Santísima Virgen María”....

6  “Y prometo entrar en la misma Compañía”....

7  Esta frase nos recuerda el episodio de Noé, que encuentra gracia ante Dios en medio de la corrupción de la humanidad (Gen 6, 8), el de Judit y Holofernes, el de Ester y el rey Asuero (Esther 7, 3)...y mucho más el pasaje de la Anunciación, en que la Virgen María ha hallado gracia ante Dios (Lc 1, 30)

8  Por este párrafo podemos sospechar que la muerte de Bernardo tuvo que ser una muerte muy dulce y llena de amor. Como a lo largo de su vida, probablemente su muerte de cara acá fue como una de tantas, sin especiales señales de algo extraordinario; pero por estas y otras frases de Bernardo podemos columbrar que su muerte fue como un romperse su ser por el amor a Dios.

9  Salmo 112, 7

9  Apocalipsis 7, 3

10  Se refiere a la epidemia de Medina del Campo en el otoño de 1729

11  No es difícil ver aquí un recuerdo de la meditación de Dos Banderas, típica de los Ejercicios de San Ignacio. En ella, hablando de los dos campos de batalla (el de Cristo y el de Lucifer) y de la actividad de los combatientes de cada bando, aludiendo a Lucifer, dice así el Santo: “considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular” (Ejercicios, nº 141)

12  Esta expresión que Bernardo pone en boca del ángel: “ve y escribe”, “ven y te mostraré”... recuerdan las visiones del Apocalipsis: “Al Angel de la iglesia de Efeso, de Pérgamo, de Filadelfia...escribe”

13  De manera simbólica expresa aquí Bernardo lo que en realidad es un sufrimiento principalmente interior, hecho más patente y comprensible a base de “cualidades sensitivas” , que podemos entender más fácilmente. Este mismo método emplea San Ignacio en su meditación del infierno: lo hace por mediación de los sentidos corporales y sus operaciones: “ver los grandes fuegos, las ánimas como en cuerpos ígneos, oir llantos, alaridos, blasfemias, oler humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas, gustar cosas amargas como lágrimas, tristeza, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas....  (Ejercicios nº 66-70)

14  Estrecha relación con la frase del Apocalipsis: “Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias...” (Apoc 1, 11)

15  Es aquello del Evangelio: “a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá”

16  Visión enormemente simbólica, en que a través de los símbolos de piedras preciosas, se expresa una realidad interior. La Sagrada Escritura está llena de visiones parecidas que no hacen sino expresar una realidad sobre-natural e inaprensible, valiéndose de calidades sensoriales e imaginativas. Tal, por ejemplo, la visión del cielo, que aparece en el capítulo 21: “Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas doce Angeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel...La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero...La ciudad es un cuadrado: su largura es igual a su altura...El material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio puro. Los asientos de la muralla está adornados de toda clase de piedras preciosas: el primer asiento es de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de calcedonia, el cuarto de esmeralda, el quinto de sardónica, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista. Y las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla; y la plaza de la ciudad es de oro puro, transparente como el cristal” (Apoc 21, 10-21).

17  Es ésta una de las visiones más altas que de la Trinidad tiene Bernardo. Leyendo el Diario de San Ignacio encontramos expresiones trinitarias que indican la profundidad con que el Señor favoreció a San Ignacio en los últimos años de su vida. Lástima que sean tan escuetas y algunas poco menos que indescifrables. Con todo, dejan presentir un panorama espléndido del mundo de la Trinidad.

18  Cierto que el mundo sobrenatural es tan hondo, de tal profundidad en la alegría, en la paz, en el dolor también, que quienes no lo hayan experimentado ni tan siquiera hayan leído las experiencias interiores que nos legaron algunos santos, les parecerá cosas de pura imaginación calenturienta. Afortunadamente, la realidad es muy distinta. La frase de San Pablo: “ni el ojo vió, ni el oído oyó ni cabe en entendimiento humano lo que Dios ha preparado para los que le aman”, puede ofrecernos una buena pista al respecto.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888