Parte segunda, capítulo 2. Favores del cielo que recibió el H. Bernardo durante los ímpetus. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Después del favor singularísimo de los sagrados ímpetus que dejamos referido, hácense ya muy creíbles los que por el mismo tiempo recibió el H. Bernardo: de los cuales traeremos sólo algunos de los que él apunta, que le sirvieron de sumo alivio y solaz en medio de sus penas.

El día de la Presentación de la Virgen Santísima en el Templo, 21 de Noviembre, aparecióle muy afable la Señora, y le presentó a su divino Hijo para que concluyesen amorosamente algunas condiciones muy secretas que debían preceder a los desposorios de su alma. Convenidos en ellas, visitóle pocos días después el enamorado Señor en forma de un hermosísimo niño. Dióle a besar su mano, y le significó que “en los días solemnes de su Natividad quería se interrumpiesen aquellos sus maravillosos ímpetus”: además, aunque ya antes le había revelado varias veces que le tenía escogido para que eternamente le gozase en la gloria, le confirmó ahora tan inestimable revelación. “Las circunstancias fueron para Bernardo de singular consuelo”, dice aquí el P. Loyola, “aunque al presente no pueden publicarse” (1).

El día del glorioso Apóstol de las Indias (3 de Diciembre) no podía dejar de señalarse con algún singular favor, y así sucedió en efecto. Hablóle muy amoroso el Señor después de comulgar, y entre otras palabras le dijo: Siempre que miro tu corazón, me gozo y complazco en haberle criado y llamádole a mi unión. Con tan dulces palabras se encendió el corazón del H. Bernardo en un suave incendio de amor, y confundíase hasta el abismo de su miseria; pero, cuanto más se humillaba y confundía, tanto era mayor y más perfecta su preparación para nuevos y mayores favores. Apareciéronsele los Santos sus devotos que más frecuentemente solían visitarle en estas ocasiones, y entre ellos vio a San Francisco Javier con especial gloria, por ser el día de su fiesta. Diéronle todos el parabién de que en este feliz día, hacía tres años, hubiese comenzado el Señor a comunicársele con tanta liberalidad: al mismo tiempo San Francisco Javier le repitió su promesa de serle protector muy cariñoso, y Santa Teresa de Jesús aprobó y echó la bendición a un obsequio que había hecho a la Santa cierto devoto suyo por mediación del H. Bernardo (2). Pero puede decirse que quien este día hizo la fiesta fue la Virgen Nuestra Señora.

Dejóse ver entre sus cortesanos más hermosa que los mismos cielos de que es Reina, y mostró al H. Bernardo que ella era su regalada Madre, en este símbolo. Traslucíase a su cuello un collar de oro finísimo, muy ajustado, de que pendía una cadenita de la misma materia, y de la cadenita un corazón, al que miraba con agrado y benignísimos ojos la Señora, y lo componía para que viniese a caer sobre su mismo Corazón purísimo. Diósele a entender entonces al H. Bernardo que, en ser ajustado el collar celeste, se significaba que la Virgen le tenía por su fiel esclavo: que la cadenita pendiente denotaba la libertad filial que gozan los esclavos dichosos de María: que el corazón era símbolo de que esta amabilísima Señora le tenía robado el suyo con un amor cifrado en la materia del collar de oro finísimo. Para conocer mejor la naturaleza y aun la oportunidad de tan delicada representación, conviene advertir que por este tiempo andaba el H. Bernardo deseoso de ponerse al cuello una cadenita de alambre, que fuera señal de la esclavitud que había ofrecido a Nuestra Señora. Fácil es, o no, sino muy difícil e imposible, adivinar lo que ahora pasaría por el corazón del H. Bernardo en presencia de su Señora tan amante y galana, y lo que él pensaría sobre su manera de corresponder como filial esclavo a tanta galantería y amor.

Apenas concluida la visita, comenzó a prepararse para la fiesta de la Inmaculada Concepción 1 que estaba ya cerca, y en que se figuraba que iba a ocurrirle algún lance muy amoroso. En efecto, cuando hubo comulgado el 8 de Diciembre, vio y sintió que le ponían un collar riquísimo, algo semejante al que él había visto por celestial adorno al cuello de la Virgen su Madre. Era también de oro muy fino, en que se simbolizaba la caridad que debía procurar el joven en todas sus obras: los eslabones del collar eran emblema de todas las virtudes que habían de unirse entre sí y acompañar a la reina de todas, la caridad. La cadenita que estaba pendiente del collar, tenía por remate un corazón grande, hermoso, resplandeciente todo como fuego y de una capacidad, al parecer, inmensa. Abrióse de pronto este bellísimo corazón, que era el Corazón amabilísimo de Nuestra Señora, y reparó el H. Bernardo que estaba allí dentro guardado el suyo: no vio más, porque se cerró de golpe el Corazón de María, y desapareció la visión.

A este singularísimo favor que hizo la Virgen a su regalado hijo y siervo, se siguió allí mismo otro más prodigioso de Jesús niño: ya se ve, “quiso el Hijo”, dice el H. Bernardo, “que no le excediera su Divina Madre en favorecer a esta vilísima criatura”. Estando engolfado en los dulces afectos que había encendido en su corazón la vista de su Madre y Reina, vio que San Miguel y el ángel de su guarda extendían sobre sus brazos del asombrado joven un paño riquísimo, como de brocado celeste, y que luego al punto se recostaba y tendía allí el divino infante y amor Jesús, en la misma forma que suelen representarle las imágenes de San Estanislao de Kostka2. Miróle muy amoroso y suave el Niño Dios al H. Bernardo, y no menos el H. Bernardo a él: y díjole el Niño, dándole un beso en la frente y aludiendo a su futuro desposorio: Hermana mía, amiga mía, paloma mía; y al decirle estas palabras, introdújose el divino Niño por el pecho del H. Bernardo hasta el corazón, como se introduce un rayo del sol por el cristal muy limpio. ”Lo que pasó en mi alma con este favor, déjolo a los experimentados”, concluye el joven, “que no es fácil explicarlo: liquidábase mi alma y se consumía como el incienso en el fuego”.

En esto se acercaba la felicísima y alegre noche del Nacimiento del Niño Dios, y comenzaba ya a disponerse para ella nuestro H. Bernardo: pero, como su disposición había de ser propiamente del cielo, vínole el arcángel San Gabriel a enseñársela de parte de la soberana Reina de los ángeles y Madre del bendito Niño. Entre otras inteligencias que le comunicó el arcángel, le declaró los humildes, amantes y vivísimos afectos de esta Señora en los días que precedieron a su sagrado parto; y aquí conoció el H. Bernardo los ardorosos pero resignadísimos deseos en que ella se abrasaba dulcemente de ver nacido a su divino Hijo para adorarle, amarle y servirle en aquella carne purísima, formada de sus virginales entrañas. Dijole más el santo arcángel: que la voluntad de la Señora era que la acompañase en sus inflamados afectos y deseos de ver nacido al Niño Dios: que en esto debía emplearse los días que faltaban para su glorioso Nacimiento desde la fiesta de la Expectación del parto (18 de Diciembre). Cumplida su embajada, desapareció el arcángel, dejando sumergido el espíritu del H. Bernardo en celestiales dulzuras, y abrasado su corazón con los suaves y penosos ímpetus.

Aumentábanse éstos por instantes hasta llegar a ser ya insufrideros el 24 por la tarde. Pero tenía que cumplirse el prenuncio profético de que cesarían los días de Navidad: y, en efecto, interrumpiéronse de repente en los maitines3 de esta noche clarísima al cantar el coro en el Te Deum aquellas palabras: Pleni sunt caeli et terra maiestatis gloriae tuae. En el mismo momento quedó el espíritu del H. Bernardo en suma paz y tranquilidad, gozando entonces y después singulares favores. Refiramos algunos.

Nombráronle para que en la misa de esta noche sirviera al altar con el incensario. Al empezarla el sacerdote, vio el Hermano a su derecha, según antigua costumbre, al ángel de su guarda: estaba, como lo describe San Juan en el Apocalípsis, de pié delante del altar, con un incensario de oro en la mano, y copia4 de incienso que pudiera arder en él (3). Movía el H. Bernardo su incensario, y acompañábale el santo ángel a compás con el suyo, subiendo el incienso de ambos incensarios en olor de suavidad al acatamiento del Señor. Vio también al príncipe San Miguel, rodeado de una multitud innumerable de ángeles, y oyó la armonía celestial con que cantaban todos a una: Gloria in excelsis Deo. Al tiempo de la consagración tomó San Miguel otro incensario, y empezó a incensar con los dos ángeles, teniendo los del cielo en medio al de la tierra. A la elevación de la hostia se le mostró al H. Bernardo el Niño Jesús en aquella misma celestial y encantadora forma en que salió del virginal vientre de su Madre Santísima. “Yo admiro”, exclama el H. Bernardo al referir este suceso, “la providencia del amantísimo Jesús, de que, en medio de estas visiones, que de su naturaleza arrebatan tanto los sentidos, pudiese ejercitar las acciones necesarias de mi oficio sin que se percibiese en lo exterior la más mínima señal e indicio de lo que pasaba en lo interior”. Llegó luego a recibir la sagrada Eucaristía, y repitióse el favor consabido de que San Miguel y el ángel de su guarda le pusiesen delante el paño para comulgar, y a más ahora que se le llenase la boca de un celestial néctar sensible, que confortaba su espíritu, cuerpo y corazón. Después recibió una altísima inteligencia del misterio de la Santísima Trinidad sobre las palabras del Evangelio: Verbum caro factum est (4), que aquí omitimos, remitiéndonos a otras que más adelante recibió de la misma manera sobre este inefable y augustísimo misterio.

Por la misma razón omitimos otras inteligencias y visiones que tuvo por estos días, muchas y muy levantadas, cerrando el presente capítulo con una muy especial de su tierna Madre. Visitóle la Señora el día de San Juan Evangelista (27 de Diciembre), y le recomendó la devoción con el amado discípulo, diciéndole amorosamente: Mira, hijo Bernardo, que ese es el primogénito de mis hijos adoptivos y dechado de mis regalados hijos: aspira a la imitación del amor que me tuvo a mí y a mi Hijo Santísimo. Con este mandato y habla de la Virgen se imprimió en el espíritu del H. Bernardo una cordial, dulce y afectuosa devoción al Santo, que le duró toda la vida.

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(1)   Por la cuenta debieron ser algo parecidas a las de una visión que el 25 de Marzo de 1730 tuvo el ya P. Agustín. “Me mostró Su Majestad, elevando a mi alma a un estado de felicidad y gloria, algunos de sus escogidos y predestinados para su gloria y visión deliciosísíma: y entre los Jesuitas, V. R., P. mío, era uno de los primeros...”, escribe al P. Calatayud a 29 de Marzo; y de allí a tres días le añade que no acierta a explicar el amor, gozo y consuelo con que encomienda a su amor Jesús las “almas predestinadas y felices, de V. R., P. mío, de mi P. Loyola, de mi P. Provincial Villafañe, del amado H. Bernardo Hoyos, del P. Fernando de Morales, de la M. Ana María y alguna otra”.

(2)   A este obsequio alude seguramente el P. Agustín en carta de 5 de Noviembre a su H. Bernardo, en que le dice: “Sobre la novena de la Seráfica Esposa de Jesús Santa Teresa no me escribió nada el P. Loyola, pero me parece muy bien su resolución (de componerla, como la compuso), y no puede menos de ser de inexplicable gozo mío cualquiera obsequio, por mínimo que fuese, de esta mi devotísima Madre y maestra”.

(3)   Apocal. VIII, 3.

(4)   Ioann. I, 14.


1  Estamos en 1729. Tres años antes, estando en Villagarcía, se consagró Bernardo a María como “esclavo suyo”.

2  Estanislao de Kostka (1550-1568), joven polaco, estudiante en el Colegio de los Jesuitas de Viena, tuvo que entrar en la Compañía de Jesús muy lejos de su patria, ya que su familia se oponía a su entrada en religión. Por ello se fue hasta Roma, donde ingresó en el Noviciado de San Andrés, siendo recibido por San Francisco de Borja. Es el Patrono de los novicios jesuitas y, entre otras gracias recibidas de la Virgen María, una de ellas fue el poder acariciar al Niño Dios que la Virgen le dejó en sus brazos. Esta gracia alude aquí el autor.

3      Era costumbre entonces en las Casas de formación el que los estudiantes rezasen los Maitines la víspera de Navidad para prepararse mejor a la Misa de la medianoche.

4  En el sentido de “abundancia”

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888