Parte segunda, capítulo 12. Padece el H. Bernardo terribles temores de vivir iluso, y cómo le serenó el cielo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Una de las fuentes de padecer que había descubierto el Señor a nuestro joven que más le habían de afligir llegado el tiempo, eran los mismos dones de su liberal mano; y bien se cumplió ahora este anuncio. Porque hallóse de repente asaltado su espíritu de una congoja y aflicción mortal, de que estaba iluso, que tenía engañados a sus directores y debía desengañarlos, so pena de condenarse, confesando haber sido ficción y mentira cuanto les había referido y hecho creer de visiones y revelaciones de Dios.

Con esta congoja y continuo sobresalto y ansiedad examinaba su conciencia por si descubría en ella algún rastro de las ilusiones que se le proponían; mas no había manera de dar con él. Examinaba con grande atención los efectos que causaban en su alma aquellas vistas, hablas y luces sobrenaturales, y hallábalas todas sólidas y cuales las desean los místicos más experimentados para calificarlas de divinas. Tampoco dejaba de conocer que su espíritu procedía con sinceridad delante de Dios y de sus directores; y más, que su alma estaba algo aprovechada en la virtud, merced a estas mismas gracias que ahora le traían tan turbado. Conocía muy bien todo esto, repetimos, el humilde joven, ni lo podía negar él; mas era voluntad del Señor probarle con esta grande aflicción1 tan común en los Santos muy favorecidos con gracias extraordinarias. Y era lo peor, que las mismas ansias que tenía el H. Bernardo de no ser engañado, le turbaban más y, por permisión amorosa de Dios, le metían en nuevos laberintos. Buscaba en los libros las señales de los espíritus ilusos, y parecíale que todas se hallaban en él sin excepción: al modo que acontece a un hombre muy aprensivo que, si se le pone en la cabeza que tiene alguna enfermedad, y va luego a estudiar los síntomas de ella en una obra donde se describen, al punto los nota en sí todos, aun aquellos que antes no había notado ni sabido que existían hasta el momento de leerlos.

Así hojeaba ahora el H. Bernardo un tomo de las Cartas espirituales de San Francisco de Sales, y justamente la primera con que topó, la XXIII del libro II, dirigida a una Religiosa de la Visitación, trataba sobre que las frecuentes revelaciones son sospechosas, por ocasión de una doncella que las tenía a cada paso y de materias muy levantadas. “En todo lo que he visto de esa joven”, dice allí el Santo, “no hallo cosa que me retraiga de creer que sea ella muy buena, y digna de todo amor y agasajo: mas en lo que toca a sus visiones, revelaciones y profecías, téngolas por muy sospechosas: porque, por una parte, son tantas y tan frecuentes, que su misma frecuencia y multitud me las hace mirar con recelo; y por otra, versan sobre cosas que Dios declara muy rara vez, como son la seguridad de la salud eterna, la confirmación en gracia, el grado de santidad de algunas personas, y otras por el estilo”.

De esta manera va discurriendo San Francisco de Sales en aquella admirable carta, cuya lectura y doctrina hizo temer al H. Bernardo y casi convencerse de que sin duda iba errado su espíritu, o no se conformaba, por lo menos, con el de su sólido y santo director, pues sentía en sí tan frecuentes como él reprendía, y tan elevadas como él menospreciaba, las ilustraciones sobrenaturales.2 Fue tanto lo que sobre esto comenzó a cavilar el joven, que tuvo el Santo que venir a consolarle y decirle, como le dijo y certificó, que aquella carta hablaba de un espíritu particular nada sólido en esta materia; que su intento en ella había sido desengañar la imaginación de las mujeres, tan dadas y llevadas a profecías, sueños y apariciones del otro mundo: por lo demás, que en muchos de sus hijos espirituales había visto él semejantes favores y aprobado con superior luz; y, por fin, que aun a él mismo le había favorecido el Señor con frecuentes y altísimas ilustraciones y gracias de éstas, como lo podía colegir de su Práctica del amor de Dios y de otras obras suyas.

Apenas se vio libre de este peligroso lazo nuestro joven, gracias a las advertencias de su celestial director, cuando cayó en otro aun más peligroso. Leía en la Vida de la venerable virgen Doña Marina de Escobar3 que “hay algunas personas espirituales que viven engañadas a este modo, que real y verdaderamente todas sus palabras son santas y buenas, y hablan mucho de Dios, y obran cosas buenas y virtuosas que dicen con el amor de Dios y bien del prójimo, pero son muy bulliciosas, cariñosas y apresuradas, y nunca paran ni sosiegan de obrar y hablar de esta manera. Tienen éstas, según dicen, grandes sentimientos de amor e impulsos, hablas interiores, revelaciones, elevaciones, conocimiento de cosas sobrenaturales, ocultas y escondidas...; y creen y piensan, no sabiendo que se engañan, que todo lo que así sienten, oyen y entienden, y saben y conocen interiormente, es Dios y verdades suyas. Lo cual no es así; porque son estos embaucamientos sombras y figuras compuestas del demonio, de la imaginación y humores y natural, hecho e inclinado a aquel modo por este camino, que todo ello hace una apariencia y un remedo falso de las verdades de Dios, a la manera que pasa en los artificios de los juegos de manos y corral y cosas semejantes. Esto pasa en estas personas espirituales, que se engañan y engañan a otros sin querer y sin malicia; y éstas no tienen clara explicación de sus cosas espirituales, porque no tienen verdadero fundamento. Viven por obediencia de sus Superiores, los cuales por ventura no conocen bien sus espíritus, y así podrían no acertar a gobernarlas...; pero viven con mucho peligro; y así conviene que el confesor mire mucho esto, y les dé cien vueltas al rededor, como dicen, y las desengañe y divierta de este espíritu, y las haga recoger, retirar, callar, obrar y tener oración ordinaria y menos frecuencia de comuniones” (1).

De esta doctrina tan sólida y verdadera se valió el enemigo para afligir ahora al H. Bernardo, haciéndole casi creer el día de la víspera de San Juan Bautista por la tarde, que se había escrito para poner de manifiesto el estado actual de su espíritu, según la naturalidad y viveza con que lo dibujaba. Acudió a su Padre espiritual en busca de luz y consuelo, pero dispuso el Señor que no le encontrase. Recurrió a su director San Francisco de Sales; y también halló cerrada esta puerta. Postróse entonces deshecho en lágrimas a los pies de su Madre la Virgen Nuestra Señora; y aun este consuelo de los afligidos y refugio de los desamparados hizo de la que no oía los suspiros ni quería enjugar las lágrimas de quien con tanto amor la llamaba en su socorro. “Y así pasé”, dice el H. Bernardo, “hecho un mar de lágrimas y de aflicciones agudas y penetrantes hasta más de una hora después de haber tocado a acostar, que, arrojado a los pies de mi Dios y de mi Madre María Santísima, hallé algún alivio; aunque no del todo; hasta el día de San Juan después de comulgar”.

EI alivio y consuelo que le dio Jesús Sacramentado, luego que le recibió, fue bien propio suyo. Hablóle de sus congojas y sobresaltos del día anterior, añadiéndole que desde ahora experimentaría con más continuidad y violencia este terrible torcedor de los temores de estar iluso y engañado, los cuales alternarían con el dulce martirio de los ímpetus: que así se purificaría más su espíritu de la escoria de las imperfecciones4 y flaquezas; mas, que le advertía que estos temores habían de ser de otra especie, muy superior y elevadísima, de los que hasta aquí había sentido: pues que éstos de en adelante se fundaban sólo en temor y deseos de no ofenderle, y en los otros se mezclaba algo de amor propio; que aquellos de antes turbaban la paz, y éstos no, aunque como cuchillos de dos filos penetraban y dividían lo más profundo e íntimo del alma: finalmente le dio a entender que estos nuevos temores que le aguardaban, eran lo más sutil y sensible del don de temor de Dios 5 que comunica el Espíritu Santo a sus mayores amigos.

Escuchó el H. Bernardo este razonamiento del Señor, y respondió a él de la manera que describe tan amoroso lance a su director el P. Loyola. “Escuchaba”, dice, “ mi alma atenta la dulzura del divino Jesús, y luego con afectos de fuego se explicó con su amado con expresiones que, para que V. R. se haga cargo de ellas, sólo las puedo explicar en el papel muertamente con estas cláusulas. "Amado dueño (le dije), yo abrazo y acepto con todo mi espíritu esta partecita de vuestra cruz con que me queréis regalar: sólo deseo, divino amor, estar pendiente de vuestra voluntad; y así me complazco y agrado de estos temores. Ya he experimentado la actividad con que punzan y penetran el alma: por entonces no me consuela lo que ahora me decís, aunque deja esta vuestra doctrina en lo más secreto de mi corazón una esperanza segura de que vos sois el que me favorecéis con estas mercedes. Pero, amado Jesús: esta misma seguridad ¿es engaño? es ilusión? es aprehensión? En todo puede haber engaño; aunque el corazón me certifica que aquí no, tan firmemente que, si me hicieran pedazos, no pudiera ahora decir lo contrario: pero el deseo de no ofenderos me hace preguntaros así. Amado mío, conozco cuán peligroso y expuesto es el camino por donde voy: muchos se han perdido por él: yo no lo deseo: desde luego, Jesús mío, de mi parte renuncio todos vuestros favores, si aseguro amaros eternamente y no ofenderos: ponedlos, Señor, en uno de aquellos que vos me habéis representado: se mostrarían más agradecidos, si en ellos los pusieseis. Señor, ¡si yo, ingrato, no correspondo! Quitad, amado dueño mío, estas vuestras dádivas que sólo han de servir, según mi mala correspondencia, de agravar mi ingratitud. El camino llano y seguro de vuestros mandamientos y de mis reglas quiero:6 aquí no hay precipicios, aquí no hay riesgos. Vos fuisteis por los trabajos: llevadme por aquí. Pero ¡ay amor! ¿qué es lo que digo? Perdonadme, Señor, perdonadme estos arrojos de amor. Yo no quiero escoger camino: llevadme vos por donde fuere vuestra voluntad: ¿qué se yo lo que me conviene? Ni éste ni otro camino elijo, sino sólo elijo el no elegir, quiero no querer, y sólo deseo estar con suma indiferencia en vuestras manos". “Así se explicaba mi alma”, prosigue el H. Bernardo; y, aunque pedía otro camino, sin embargo en su interior y allá en lo íntimo de sí misma veía que éste es el que a mí me conviene; y así, me parece que no podía hacer tal renuncia sino con cierto modo de precisión. Toda esta represa de afectos oía el divino amor Jesús con mucha complacencia, y luego me respondió a todo lo que mi corazón había insinuado, diciéndome tan sólo: ¿De qué te afliges? Este mismo temor es la mejor prueba de que no vas errado”.

Dícenos el bendito joven que solas estas palabras respondía su amor Jesús a todo cuanto le había insinuado su corazón. Y así era la verdad: pues todo su largo razonamiento se redujo a una mera amplificación y efecto de sus temores; y a éstos respondido, no había a qué alargar más el discurso.

Con todo, no ciñó su respuesta a solamente esas palabras. Después de haber tranquilizado con ellas a su afligido y humilde siervo, manifestóle en su interior que le parecía bien y aceptaba su indiferencia, porque ésta nacía del amor y no de la propia voluntad de elegir camino a su gusto: pero que esta amorosa indiferencia le confirmaba en la determinación de continuar favoreciéndole. Dióle luego a entender que era cierto haberse extraviado muchos por el camino arduo y difícil que él llevaba; pero que esto les había sucedido por abusar ellos, o no valerse bien, de los favores del cielo: que, si él no quería ser engañado de la misma manera, guardase siempre su doctrina, y tuviese por antemural y punto fijo el camino seguro de los mandamientos, como él decía, y de las reglas de su estado. Añadióle, por fin, que, después de todo, le daba su palabra de no dejarle errar, extraviarse y perderse tan miserablemente: que, si en alguna cosa accidental de su camino hubiese yerro, él asistiría a sus directores para que le guiasen con acierto y prudencia: que le pidiese continuamente luz para sí y para sus Padres espirituales, clamando muchas veces en su oración con aquellas palabras: Muéstrame, Señor, el camino por donde vaya, y dirige mis pasos en tu presencia (2).

Apenas había concluido el Señor y despedídose del H. Bernardo, cuando recibió éste otra visita, cuya tardanza no nos sabíamos explicar después de lo ocurrido el día anterior por la tarde. Pero, al fin, “mi dulcísima Madre, María Santísima, se me dejó ver”, dice, “tan amorosa y amante como una madre a un hijo muy querido; y, además del alborozo que causó en mi alma esta visita, que verdaderamente fue muy tierna, me consoló como Madre, diciéndome no había que temer: que ella era mi Madre y cuidaba de mí como de Hijo regalado: que no permitiría ella, siendo mi Madre, lo que no permitiera mi madre natural si estuviese en su mano: que, como su Hijo amantísimo me había dicho, el mismo temor era la mejor señal de que no iba errado: que esto era para probar mi espíritu; y que por esta causa no me había respondido cuando el día antecedente la invoqué afligido”.

Confuso en extremo quedó el pobre joven al ver la dignación de la Reina del cielo que venía a satisfacerle de aquel modo, ni acertaba a articular palabra por más veces que lo intentó. Dejóle en esta confusión y santo bochorno su Madre y Señora: lo cual fue causa poco después, de mayores dudas y angustias sobre si era posible que fuesen reales y de Dios las cosas que le pasaban, tan extraordinarias y desmedidas. Y como entre tanto seguían los favores cada vez más continuos y sorprendentes, iban también creciendo las dudas de si aquello era soñado, y las angustias de si andaba en camino de perdición por devaneos de su cabeza: sobre todo le atormentaron estos temores cual nunca la víspera y aun la mañana misma de la renovación, de 29 de Junio de 1732.

Pero en este día desaparecieron de repente,7 como con la mano, al renovar los votos. Al renovar después su desposorio con Jesús, y luego su filiación a María con la dulce maternidad de la Señora, espantábase y parecíale imposible haber sido él quien temiera ir engañado por el camino que llevaba. Tampoco eran para menos los favores que en aquel día recibió, y van ya declarados arriba.

A ellos pudiéramos añadir los muchos más que se continuaron hasta fines de este año:8 pero bastará, para no ser molestos, anotar que se repitieron en los días de Santa Teresa de Jesús, solemnidad de Todos los Santos, San Estanislao de Kostka, Patrocinio de Nuestra Señora,9 San Francisco Javier, todo el Adviento y fiestas de Navidad con tal abundancia y como inundación de celestiales bendiciones que, al entenderlas su amigo el P. Agustín, no pudo menos de explayarse con él en estos términos: ”Mi amantísimo Hijo y H. Bernardo: de sus cosas y de las amorosísimas providencias tan adorables de nuestro amor Jesús ¿qué diré, sino que las admiro y adoro, y rindo afectuosísimas gracias a tan liberal Señor por las misericordias tan copiosas que se digna derramar sobre ese corazón? Toda la vida las tendré presentes, y daré continuamente gracias a Su Majestad por ellas”. Así aquel digno apreciador y participante de las divinas consolaciones, en carta de 12 de Enero de 1733 a su H. Bernardo, y en otras posteriores hasta pasado Abril, en que no se harta de maravillarse y dar gracias al Señor por las mercedes que tan a manos llenas derrama sobre el alma de su amigo y compañero.

Mas llega en esto el mes de Mayo; y ya aquí no sabe cómo expresarse el P. Agustín, ni sabe apenas el H. Bernardo lo que le pasa, trasladado de improviso a un nuevo mundo o cielo cuya existencia ignoraba, cuyos goces no alcanza a describir, y cuya noticia bien merece que le dediquemos un libro aparte, aunque tampoco ha de caber en él: tal es su grandeza, tal su novedad, importancia y hermosura. Concluyamos antes el presente, bendiciendo al Señor que tal tesoro encerró en su omnipotencia infinita, y coronándolo con unas palabras que nos abran paso y sirvan de fianza para lo que habremos de referir en el que sigue.

Escribe el H. Bernardo a su director, por los días casi en que vamos a entrar, una larga relación del estado de su espíritu; y después de contarle en ella las maravillosas gracias y mercedes con que Dios le confunde y anonada, entonces, “cuando hago reflexión, amado Padre mío, sobre mi espíritu, me pasmo”, le dice, “me asombro de verme tan desemejante al que en algún tiempo era. Veo mi corazón que todo se mueve hacia su Dios, como el hierro atraído del imán: a Dios sólo quiere, a Dios sólo busca, por Dios sólo aspira. Siente en sí una como innata inclinación a lo bueno y virtuoso, y en lo virtuoso a lo más perfecto: aspira a una santidad elevada, pero oculta a los ojos de los hombres: no se satisface con una perfección regular, quiere la extraordinaria, correspondiente a los medios por los cuales es conducido a ella. En lo mínimo busca lo sumo en la intensión, y nada desea hacer por ceremonia, por de poco momento que sea, sino con la seriedad, realidad y alma que la divina luz le muestra. No es nada austero, pero desea la perfección que intenta la austeridad, aunque sin ésta: una perfección amable, dulce, pero sólida, no aniñada. Es llevado por amor: y en una palabra, por no gastar muchas, siéntese mi corazón llevar por las sendas que el dulcísimo San Francisco de Sales conduce a su Teótimo a lo más elevado de la perfección”.9

Así comienza, y sigue por más de cuarenta páginas la individualísima cuenta de conciencia en que, principiado ya su segundo año de teología, y en vísperas, como si dijéramos, del 3 de Mayo de 1733, descubre nuestro H. Bernardo a su director el P. Juan de Loyola los afectos y riquezas de su corazón tan parecido y agradable al de su divino amor Jesús.

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(1)   P. Luis de la Puente, Vida maravillosa de la Venerable virgen Doña Marina de Escobar (P. I, libr. V, cap. XXVI).

(2)   Ps. CXLll, 8; V, 9.


1 El Señor tiene siempre mil medios para purificar un corazón. Esta purificación por medio del sufrimiento íntimo, si bien es dolorosa, es también rica en gracias espirituales.

2  Dada la enorme estima que de San Francisco de Sales tenía Bernardo, nada tiene de extraño que la lectura de semejante carta le apretase aún más sus dudas y temores. Afortunadamente el Santo le tranquilizará.

3 Libro escrito por el P. Luis de la Puente, que fue el director espiritual de esta alma extraordinaria.

4 No es otra cosa lo que pretende siempre el Señor con las terribles purificaciones de las almas más queridas para El. Dios es la suma Perfección y acercarse a El lleva consigo un quitar toda escoria; es la purificación del oro en el crisol.

5 De los siete dones del Espíritu Santo, éste del santo temor de Dios no siempre es estimado como se merece. Aunque la palabra “temor” pueda inducir a una relación de amo-esclavo, la verdad es que está transido todo él de un muy fuerte amor filial.

6 Es de buen espíritu el querer ser llevado por el sencillo camino de los mandamientos y de la oración ordinaria, y así lo deseaba también Santa Teresa de Jesús; pero siempre, sometiéndose a la voluntad y el beneplácito de nuestro Señor, que es la regla suprema de toda acción. Tal es la actitud del Hermano Bernardo de Hoyos.

7  Suele suceder esto en la vida de las almas: que Dios muestra ser el “Señor” del ser humano y así lo introduce en el mar borrascoso o lo lleva a una feliz calma, mostrando su poderío. San Ignacio experimentó algo parecido en su vida, cuando comido de escrúpulos no sabía qué hacer ni cómo valerse...y, de repente, cuando juzgó el Señor que la purificación estaba ya consumada, sintió desaparecer como por arte de ensalmo todas sus dudas y temores, “cual si le hubieren quitado una capa” que llevara puesta. Dios es Dios y, por tanto, “es propio del Criador entrar, salir, hacer moción en ella....” – escribe el Santo en sus Reglas para discernir los diversos espíritus (Ejercicios, nº 330)

8  Nos encontramos en 1732, comenzado el segundo curso de teología.

9  La fiesta del Patrocinio de Nuestra Señora se celebraba entonces el día 11 de noviembre; actualmente esa fiesta no existe en la liturgia de la Iglesia tras la reforma del Vaticano II.

9 Realmente es éste un párrafo digno de escribirse con letras de oro: por la alteza de los pensamientos, el ardor de los deseos, la sencillez del estilo. Sigue a él la detallada Cuenta de conciencia, que supone una clarividencia sobre el estado de su alma realmente excepcional. No en vano unas de las gracias típicas de Bernardo fue siempre la ”discreción de espíritus”, que junto con la devoción al Corazón de Jesús, componen su particular “carisma”.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888