| Parte segunda, capítulo 10. Continúan los regalos en Valladolid, y lo que allí pasó al H. Bernardo con un condiscípulo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Llegó el H.
Bernardo a últimos de Septiembre de 1731 a San Ambrosio
de Valladolid donde debía estudiar teología, y sintió
su alma una especial dulzura al verse en un Colegio en
que tantos siervos de Dios habían recibido ya favores
singularísimos de su infinito amor.1 Erale sobre todo muy grata la
memoria de los PP. Agustín de Cardaveraz, su fiel amigo,
y Luis de la Puente, que vivió allí lo más precioso y
heroico de su santa vida: pero lo que más llenaba su
espíritu de celestiales júbilos, aunque entonces acaso
él mismo ignoraba la causa, era el presentimiento y
oculta seguridad de lo que, andando el tiempo, se le iba
a comunicar en él su enamorado esposo Jesús. La primera
vez que visitó la iglesia del Colegio, y puso los ojos
en la admirable imagen del Salvador que se veneraba en
uno de sus altares, arrebatóle ésta el corazón de un
modo maravilloso: como que vi era la imagen más
propia de su original, dice, que yo había
visto. Oyó al mismo tiempo una voz interior que
suavemente le decía que tuviese mucha devoción con
aquella santa imagen.2 Acercábanse en esto los ejercicios. Empezó el H. Bernardo a experimentar los deseos de más sólida y elevada perfección que siempre le enviaba el Señor en estas ocasiones para que los hiciese con fruto, y se preparase a recibir las mercedes extraordinarias que nunca le faltaban en ellas. Omitiremos las que experimentó en estos días de descanso y gloria para su espíritu; pues las unas fueron semejantes a las de otros años, y las otras, bien confirmación, bien consecuencias naturales de las referidas. Sólo apuntaremos aquí la circunstancia de que, después de haber comulgado el día de San Francisco de Borja, 10 de Octubre, en la capilla3 que sirvió de aposento al P. La Puente, vio a Cristo Señor nuestro sentado en una silla que allí se guardaba por reliquia insigne: era la misma en que se sentaba muchas veces el Señor cuando venía a visitar a la venerable virgen Doña Marina de Escobar, tan conocida en el mundo por sus virtudes y trato familiar con los habitantes del cielo. Estaba ahora el buen Jesús en la misma forma en que se le veneraba en el altar de su iglesia, vestido de Jesuita, con apacible y amabilísimo semblante. Desde la silla, como de celestial cátedra, dio una breve lección al H. Bernardo para la nueva vida que empezaba: díjole entre otras cosas que, siendo tan sagrada la materia de los estudios que iba a emprender, él le ayudaría en ellos de una manera especial para su aprovechamiento; le añadió que el día de su sierva Teresa, 15 de Octubre, le sobrevendría un nuevo acceso de amorosos ímpetus que le abrasasen de veras el corazón. Dando después cuenta el joven teólogo del cumplimiento de las divinas promesas en lo de sus estudios: Así lo he empezado a experimentar, dice, en el tiempo de escribir y copiar en clase: pues al mismo tiempo que el maestro dicta, está el divino Maestro en la cátedra de mi corazón glosando en puntos de amor lo que va escribiendo la pluma. Sucedíale lo mismo en el estudio retirado de su aposento, donde eran todavía más especiales las ilustraciones acerca de las materias que tocaban aquel año. En la de Incarnatione, que es la de tercia,4 dice él mismo, me declaró el Señor este divino misterio, y en la de Concordia gratiae efficacis, pues es la de prima, me mostró el secreto de la predestinación. Estas verdades que él me descubre, son para llevar a sí la voluntad, no para el entendimiento, como fin: y así, no quiere pueda yo explicar lo que he entendido como en bosquejo, el cual es más claro para el alma que toda la explicación de los doctores. Cumplióse también con toda puntualidad, como siempre, la segunda promesa del Señor al H. Bernardo de que le volverían los ímpetus el día de Santa Teresa de Jesús. Oyendo misa en él, tuvo una maravillosa visión de Cristo Señor Nuestro y de su Madre santísima, sentados en celestiales tronos y acompañados de los Santos sus devotos en la misma forma y orden que en otras ocasiones hemos referido. No cuenta el joven lo que gozó en esta visión, que debió ser dulcísima: sólo dice de ella en general estas palabras: Mi alma se llenó de un júbilo indecible, y fue al momento herida de un dulcísimo ímpetu que dio principio a que se cumpliese la promesa del Señor. Todavía fue más corto el H. Bernardo en la relación de los favores que se siguieron a éste por los días y meses adelante. Ocupado en la faena que traen consigo las obligaciones del estudio, y quizá también por otra causa de que luego hablaremos, compendió todas las gracias recibidas del Señor desde Octubre de este año5 hasta el fin de él en una carta muy breve. Según escribe en ella, visitóle el día de su festividad, 13 de Noviembre, San Estanislao de Kostka junto con San Luis Gonzaga. Hiciéronle mil cariños de Hermano los dos angelicales jóvenes, y le recomendaron la perfección, mostrándosela cumplida en sí mismos y galardonada con gloria sin fin. El 3 de Diciembre le comunicó San Francisco Javier una centella del celo de la gloria de Dios y salvación de las almas que ardía en su pecho. El 8, fiesta de la Inmaculada Concepción, se le apareció la Santísima Virgen, ostentando el joyel precioso y tan amable de aquel corazón, símbolo de su maternidad y amor al H. Bernardo. En todas las dominicas de este Adviento experimentó activos y fervorosos ímpetus que servían de purificarle más y más para los santos misterios que se acercaban. Todo este tiempo andaba el alma, dice, en medio de no pocas ocupaciones exteriores, toda en su querido pequeñito Infante, admirada, humillada y enamorada con la memoria dulcísima de los favores singulares que por estos tiempos había derramado la inexhausta liberalidad de su divino amor en mi alma. La feliz noche del Nacimiento del Niño-Dios, la pasó, como los otros años, en delicias y amores: durante los maitines, comunión y misa hiciéronsele de miel los cielos, y llovieron las nubes torrentes de dulzuras sobre su corazón. El día de San Juan Evangelista6 vio y entendió el gran favor que reciben los hijos de la Virgen Nuestra Señora en tener por hermano al discípulo amado de Jesús, y de quien, como del Benjamín de nuestra dulce Madre, debemos, añade, ser muy devotos. Hemos dicho arriba que, fuera de las obligaciones de su estudio, pudo haber también otra causa para la brevedad del H. Bernardo en escribir sus portentosos favores. Esta fue la familiaridad que trabó primero con un condiscípulo suyo, estudiante ya de tercer año de teología, y luego la dirección de su espíritu por disposición y mandato superior. Llamábase el condiscípulo Juan Lorenzo Jiménez7, el mismo de quien insinuamos en otro lugar (1) que tuvo con él nuestro H. Bernardo un encuentro en el Noviciado de Villagarcía. Volviéronse a juntar los dos connovicios en Valladolid después de algunos años que no se habían visto, y como amigos viejos y compañeros hablaban ahora frecuentemente, cuando les sucedía encontrarse los dos en el recreo, de varias cosas del Noviciado; en especial, de los fervores con que todavía continuaban algunos de sus connovicios, y de las tibiezas en que es fácil caer a todos, con deplorable ruina de la perfección a que Dios los destinaba si hubieran perseverado. Justamente fue el 7 de Diciembre, víspera de la Concepción de la Virgen, el día en que con más calor trataban los dos jóvenes sobre aquel asunto, como si quisiera indicar la Señora con esta circunstancia que se encargaba ella misma de los dos corazones, siendo árbitro y parte en lo que de allí debía resultar para gloria de Dios. Como viniesen, pues, en ese día a su conversación de costumbre, notó el H. Bernardo en su H. Juan no sé qué mudanza y suavidad ya desde el principio, y que al fin se iba en dulces y copiosas lágrimas, cuya significación conoció él bien pronto con repentina luz del cielo; ni pudo menos de enternecerse mucho viendo tan enternecido y lloroso a su condiscípulo. Me enternecí tanto, dice él, que me sucedió lo que jamás he experimentado; esto es, no poder detener las lágrimas. Vuelto de su ternura, y queriendo insinuarse más todavía en el corazón de su compañero: ¡Ay H. Juan, le dijo, que mi Hermano tiene un bello corazón; y es verdad lo que le escribe el P. Loyola en sus cartas, que espera ha de ser un Hermano muy bueno! Así se lo escribía, en efecto, aquel sabio y prudente director de nuestra juventud; y también a él más de una vez nuestro H. Bernardo, hablándole de su H. Juan: Conocí tiene bello corazón, blando, dócil, amable y a propósito para recibir las divinas inspiraciones y muy capaz de toda virtud, inclinado a una perfección sólida, interior, afable, nada hazañera, y regular, y al mismo tiempo con deseos de conseguirla. A este conocimiento íntimo del alma dócil de su condiscípulo, añadióle ahora Nuestro Señor el de algunos siniestros suyos, que, corregidos con la divina gracia, podrían ser instrumentos de la virtud; y le comunicó vehementes deseos de ayudar en los límites de su estado a aquel joven tan hecho para la perfección, y movido con las presentes inspiraciones a tender a ella con valor y esfuerzo. Pero la solidez del espíritu del H. Bernardo no se dejaba llevar de las apariencias y movimientos impetuosos, que son de ordinario pasajeros, y efectos a las veces más de la naturaleza que de la gracia. Veía, sí, en el H. Juan notables ansias de tratarle con santa familiaridad y aprovecharse de sus consejos, como de aquél en quien había conocido mucho Dios, como él se explicaba, y atribuía a sus palabras la extraordinaria conmoción y especie de conversión de su espíritu. Todo esto veía nuestro H. Bernardo, y también lo provechoso que pudiera ser su trato y familiar compañía al H. Juan; pero antes de resolverse a ello, tomó tiempo bastante para comunicar este punto con Dios a solas y con su dulcísimo director San Francisco de Sales. Tratólo despacio por algunos días, ni paró hasta obtener la respuesta del cielo. Movido en la oración a condescender con los deseos y necesidad de su condiscípulo, pidió licencia para hacerlo al Superior, quien se la concedió gustoso. Asegurado ya así que era voluntad divina que tratase familiarmente con el H. Juan los negocios de su alma, fuéselo a decir al momento; y, venida la primera oportunidad, recordaron el piadoso lance de la víspera de la Inmaculada Concepción. Aquí procuró el H. Bernardo dar a entender a su compañero que también estaba herido su corazón de encendidos deseos de amar a su Dios, tan amable y cariñoso. Sólo el Espíritu Santo que la dirigió, sabe la manera y la herida con que el joven abrió el pecho y el corazón de su condiscípulo: pero fue de modo que éste sintió allí mismo una ilustración tan clara y un incendio tan vivo, que se halló trasformado en otro, de repente, con maravillosos efectos sensibles que no sabía explicar. Fue necesario que el que le había herido con las saetas de sus palabras, le declarase los peregrinos efectos de la divina luz. Arrebató ésta la voluntad, de lo criado, escribe el joven, y la llevó como de un vuelo a su Dios; y su entendimiento, ilustrado con el aumento de resplandores de lo afectivo, conoció bien abultadamente lo pasado, presente y futuro, siguiendo los mismos pasos la voluntad. Al resplandor de esta luz divina vio el H. Juan como de un golpe sus pasadas tibiezas, imperfecciones e ingratitudes; y comparadas ahora con las inspiraciones y gracias que había recibido de Dios, conmovíase la voluntad arrepentida de las faltas de correspondencia a tanto amor. Se deshacía en lágrimas al conocer el singular favor de la ilustración presente tan eficaz, tan clara y tan amorosa como indebida; y amaba al mismo tiempo este como último esfuerzo de la divina misericordia en quererle hacer todo suyo. La misma luz proseguía mostrándole la grande perfección que le pedía el Señor; y la voluntad la abrazaba gustosa y resuelta a ceder generosamente, por fin, al llamamiento de la divina gracia. De estos afectos ardientes y sensibles se vieron nacer en el H. Juan efectos de un corazón verdaderamente convertido, es decir, vuelto de la tibieza al fervor, y de la debilidad de espíritu a la fortaleza y arrojo de los Santos. Uno de los deseos más grandes que le produjo esta luz del cielo, fue que el H. Bernardo se encargara de la dirección de su conciencia en el modo y grado que era posible dirigirla a un H. Estudiante. Conocíalo bien el joven, pero no se resolvía a ello, pareciéndole algo irregular el paso, mientras no tuviera orden especial de Su Majestad que terminantemente se lo mandara. Entre tanto iban creciendo los deseos del H. Juan con nuevas luces, que tampoco se le ocultaban al H. Bernardo: por lo que convinieron en encomendar a Dios el asunto, y hacer una novena a la Virgen para que los iluminara en él, dispuestos a, si después parecía conducente a su mayor perfección, pedir licencia para lo que Dios les daba y les diese más a entender que hicieran. Con estas dilaciones se encendían más los deseos en el corazón del H. Juan, dice su nuevo maestro, y en el mío la seguridad de ser esto la voluntad divina, si bien disimulaba. Díle el Niño-Amor,8 que tiene la maña y propiedad de herir los corazones, para que se entendiese con él. Púsole sobre su corazón, y fue nuevo incentivo que hizo pasar el fuego a incendio. Hasta aquí el H. Bernardo, que encomendaba con el fervor posible al Señor el acierto de su negocio, con no pocas prendas de que eran suyos los deseos o movimientos de ambos. Sobre todo una vez, hallándose delante del Santísimo Sacramento, ofrecía a Dios el espíritu del H. Juan por manos de San Luis Gonzaga, San Francisco de Sales y la Virgen Santísima para que lo introdujesen en el adorable Corazón de Jesús, cuando le pareció ver que efectivamente se introducía y quedaba en este cielo animado el espíritu de su condiscípulo. Con esto volvió a conocer muy por menudo todo lo que había pasado por su alma hasta entonces, y se le mostró ser voluntad resuelta del Señor que le asistiese y dirigiese en los fervores y vida santa que iba a emprender. Así, tuvo que tomar el H. Bernardo, y, con la correspondiente licencia, tomó la dirección del H. Juan, reducida, ni podía ser otra cosa, a aconsejarle, exhortarle a la perfección y darle documentos para ella.9 Hablábale con unas palabras suaves y encendidas que le penetraban el corazón y derretían en dulces lágrimas. Decíale a veces, y con más frecuencia: ¿Es posible, H. Juan, que ese corazón, tan capaz de la perfección, había de malograrse con tibiezas y faltas, aunque pequeñas en nuestros ojos, pero gravísimas en los de nuestro amante Dios? Eran tanto más vivas estas expresiones para el H. Juan, cuanto que no ignoraba que su compañero conocía a fondo su alma con lumbre del cielo muy especial y maravillosa. Esta le iluminaba, en efecto, todo su interior, le hacía ver cuanto había pasado y pasaba actualmente por su espíritu, y le ponía delante cuanto iba a sucederle en lo futuro. Por lo pasado, decía al H. Juan, que era precisa alguna satisfacción; por lo presente, convertir del todo el corazón a Nuestro Señor, apartándolo de las menores faltas; por lo futuro, seguir los rayos de la divina luz que había de ilustrarlos. Con esto animaba el joven director a su condiscípulo, y animábase también él con la esperanza de que, Dios mediante, se conservaría ya en su fervor y se perfeccionaría sin duda ninguna y pronto el espíritu del H. Juan. Todas las imperfecciones pasadas de este Hermano, escribe el joven, dependían de abusar de su corazón dócil y bueno, y fácil a cualquiera impresión. La delicadeza espero se ha de convertir en esfuerzo de la gracia, y las pasiones en instrumentos de las virtudes. Todo esto se vio cumplido muy luego con asombro del mismo H. Juan, que sentía ya en su corazón peregrinos efectos, dulzuras y accidentes de amor que jamás había experimentado, debidos ahora en gran parte a su director que se los conseguía del cielo con oraciones y ásperas penitencias. Llevábalo entre tanto como por la mano, paso a paso, a la perfección estos primeros días hasta la noche felicísima del Nacimiento del Niño-Dios, en que ya le obligó con sus palabras y ejemplo a hacer generosísimo sacrificio de su tierno y amante corazón en aras de su amor recién nacido. Dispusiéronse para esta noche los dos Hermanos con especiales actos de virtud; y, estando mutuamente inflamándose con santos afectos para recibir al Niño, sintióse de pronto herir el H. Bernardo de uno de sus amorosos ímpetus. No quiso el Señor que pudiese ocultar del todo en esta ocasión lo que le pasaba; y así, le vio el H. Juan extático, yerto, inflamado y derretido en copiosas lágrimas y ternuras. Causó esta vista un sagrado asombro en su corazón, y participó algo de las delicias e ímpetus del corazón del H. Bernardo, que le obligaron a hacer allí mismo la noble y absoluta renuncia que llevaba ya preparada, de todas sus aficiones y deseos en manos de quien tan benignamente y sin méritos le favorecía. Volvió luego en sí nuestro H. Bernardo, y pidió instantemente al Niño que así le hería, se retirase algo de él para asistir a los oficios, misa y comunión de esta santa noche. Condescendió el bendito Niño a sus ruegos, pero le comunicó en lo íntimo de su alma todos los favores que le había hecho los años precedentes. También tuvo alguna participación en ellos el H. Juan; y veíalo todo su compañero en medio de sus gozos y visiones. Vi todo lo que pasaba en el corazón del Hermano, dice, y juntamente se me mostró el divino Niño Jesús, acompañado de millares de ángeles, y en particular de María Santísima y de los Santos mis devotos: conocí claramente los talentos de este corazón de mi H. Juan, y la gran capacidad que hay en él para la perfección. Así era en efecto, y no le engañaron sus esperanzas. Desde aquella noche desconocíase ya a sí mismo el H. Juan: ya no hallaba las dificultades que antes para correr a la perfección; todo le parecía poco o nada lo que fuera en servicio de su amoroso dueño: hasta comenzó a sentir en su espíritu con bastante frecuencia movimientos superiores, en que le fue muy necesaria a los principios la dirección del H. Bernardo. Notóle éste una vez, entre otras, que, rezando cierta devoción a Nuestra Señora, se suspendía, se le inflamaba el rostro, y amenazaba salírsele del pecho el corazón con un latir violento y acelerado. Le preguntó qué sentía: respondióle el H. Juan que se figuraba haber visto al Niño-Dios y a su Madre Santísima en el portal de Belén: que de ahí le venían aquellos ímpetus y ardores. Sosególe el joven director; hízole algunas preguntas, y conoció por las respuestas que aquello no había sido visión, sino sólo una imaginación avivada y acalorada con los sentimientos y dulzuras con que comenzaba el Señor a regalarle. Mucho es lo que pudiéramos añadir aquí de sus demás regalos y virtudes del H. Juan bajo la dirección del H. Bernardo, pero habrá parecido demasiado quizás aun lo que hemos dicho de la mudanza del joven teólogo, el cual se mantuvo siempre fiel de allí adelante a la voz de Dios, y ayudó no poco a su compañero en la empresa que luego vendrá de extender por España la devoción y culto del Sagrado Corazón de Jesús. El H. Juan sólo sobrevivió cinco días a su director y condiscípulo: murió en la paz del Señor a 4 de Diciembre de 1735, sirviendo a los apestados en la terrible epidemia que llenó de cadáveres aquel año la ciudad de Avila. ............................................................... (1) Libr. I, cap. II. 1 La Compañía tenía entonces en Valladolid tres colegios: el de San Albano, fundado por Felipe II para que se formasen allí sacerdotes ingleses, ya que no podían hacerlo en su país por la persecución anticatólica de la reina Isabel I de Inglaterra; el de San Ignacio con amplia iglesia (la actual de San Miguel) y un edificio, hoy desaparecido, en el que vivían los Padres dedicados a ministerios, un grupo de tercerones que allí hacían la tercera Probación y la curia del P. Provincial de Castilla. Además había otro Colegio, el mayor de los tres, llamado de San Ambrosio, donde Bernardo con otros compañeros estudiaría la Teología. Este colegio (para alumnos seglares y jesuitas) se fundó en 1565, siendo General San Francisco de Borja. Fue una fundación muy pobre y con estrecheces grandes hasta que vino un nuevo mecenas en la persona de Don Diego Romano, obispo de Txascala en Méjico. Con tal bienhechor comenzó a prosperar el colegio a partir de 1595. Al ser este obispo cuñado de una sobrina tataranieta de San Ignacio, Dña María de Loyola y Altamirano, y profesarla grande afecto tanto a ella como a la Compañía de Jesús, no tuvo inconveniente alguno en emplear para bien del colegio la fortuna que había logrado en tierras mejicanas. Muchos fueron los jesuitas célebres que vivieron en este colegio, al paso de los años. Podemos destacar al llamado Doctor Eximio (P. Francisco Suárez), al escritor ascético-místico P. Luis de la Puente, que había nacido cerca del colegio, en la actual plazuela del Rosarillo y que viviría largos años en dicho colegio, siendo consultado por todos como varón experimentado en la dirección espiritual. Una de estas almas selectas era la Venerable Dña Marina de Escobar (1554-1633), fundadora que fue de las religiosas reformadas de Santa Brígida. Otro hombre ilustre que pasó por dicho colegio (en tiempo de Bernardo) fue el famoso misionero popular Pedro de Calatayud, de quien ya hemos hablado, así como también el P. Francisco de Rábago, natural de Tresabuela (Cantabria), miembro del Consejo Real de su Majestad y confesor del rey. Influyó este Padre para que se lograse la diócesis de Santander; por lo cual el mismo Ayuntamiento de la capital le escribe una carta el 21 de enero de 1755 dándole las gracias por ello. 2 Visitando Bernardo la iglesia de San Ambrosio, quedó asombrado escribe el P. Máximo Pérez- al encontrar, en el primer altar de la izquierda según se mira al altar mayor, una imagen de Jesucristo vestido de jesuita. Esta imagen le arrebató el corazón, pues vi dice- que era la imagen más propia de su original que yo había visto. Le tomó mucha devoción (El poder de los débiles, Edit Edapor, Madrid, 1991, pág 132) A los pocos días continúa el P. Máximo- fiesta de San Francisco de Borja (10 de octubre), mientras Bernardo daba gracias después de la comunión en la capilla que sirvió de aposento al V. P. Luis de la Puente, vió a Cristo, Señor nuestro, sentado en una silla que allí se guarda por reliquia. Estaba el Señor en la misma forma con que se venera en el altar de la Iglesia, vestido de jesuita, con apacible y amabilísimo semblante. Desde la silla, como de celestial cátedra, dio Jesús a Bernardo una breve instrucción para su perfección en la nueva vida que empezaba (idem, pg 132). Esta imagen de Jesucristo, vestido de jesuita, se extendió algún tanto en aquel tiempo y se la puede contemplar aún hoy en alguna iglesia y convento. Una de ellas se puede ver hoy en el convento de las Agustinas recoletas de Palencia, así como en uno de los tránsitos del Santuario nacional de Valladolid. Pero la que causó tanta admiración a Bernardo y ante la que muchas veces ayudó a misa siendo teólogo y la dijo siendo sacerdote, esa imagen fue tristemente quemada después de la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. Viendo esa imagen, evocó Bernardo una visión que dos años antes había tenido en Medina del Campo. Sirviéndose de sus apuntes espirituales, la describe así el P. Juan de Loyola: Vió al Señor vestido con una sotana o túnica talar de color negro y con manto o manteo majestuosamente tendido. Consolóse mucho por ver a Jesús vestido de jesuita, aunque las mangas de la sotana eran algo más anchas. Resplandecían el rostro y las manos sacratísimas del Señor con admirable claridad; y las vestiduras, por sí negras, despedían resplandores de luz y parecían blancas como la nieve, según escribe S. Lucas en la Transfiguración de Jesús en el Tabor (Vida I, cap 15). Grande fue la devoción que Bernardo tuvo por esta imagen de Jesús, tanto es así que a su compañero Juan Lorenzo Jiménez, ordenado un año antes que él, le aconsejaba que celebrase en aquella capilla, y él mismo, cuando ya sacerdote- confesaba en la iglesia de San Ignacio, donde hacía su tercera Probación, solía recomendar a sus penitentes visitar la imagen que está expuesta en la capilla del Salvador en S. Ambrosio (Vida III, cap 18). 3 Esta capilla, frecuentada por Bernardo, se conserva en la actualidad. Posee un pequeño, pero hermoso retablo con diversas pinturas: la central representa a San Luis Gonzaga con la Virgen del Buen Consejo, que le dijo estando estudiando él en el Colegio de Nobles de Madrid- que entrara en la Compañía de Jesús. Otros cuadros representan a San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, San Estanislao de Kostka y San Francisco de Regis. En las paredes de la capilla aparecen los tres mártires japoneses: Juan de Goto, Diego Kisai y Pablo Miki, martirizados en 1598 en el país del Sol naciente. Existe además un cuadro con la Virgen, Reina de la Compañía de Jesús, que cobija bajo su manto de Madre a todo el santoral de la Compañía de Jesús. Se conserva el antiguo piso de mosaicos rojos con pequeñas incrustaciones de mosaico típico de Talavera. A la entrada de la misma vemos un cuadro de la época, representando al P. Luis de la Puente, por cuanto esa capilla fue en su día la habitación del venerable jesuita. Consuela saber que uno está rezando en la misma capilla, donde tantas veces Bernardo de Hoyos se puso en íntimo contacto con el Señor y donde recibió tantas y tan exquisitas gracias de Dios. 4 La de tercia equivaldría a la segunda clase de la mañana, así como la de prima, de que habla luego, sería la primera clase del día. Por lo que parece, en ellas se exponían los diversos tratados teológicos: en la de tercia se explicaba el tratado De Verbo incarnato, mientras que en la de prima se explicaba el tratado De Gratia. 5 Estamos en el último trimestre del año 1731. 6 El 27 de diciembre 7 Juan Lorenzo Jiménez llevaba dos cursos de adelanto al Hermano Hoyos, lo cual quiere decir que coincidieron dos años en el colegio de San Ambrosio. Pero se conocían ya desde el noviciado, aunque en éste último no pudieron coincidir sino muy poco tiempo. Bernardo ganará a su compañero teólogo para la perfección y le hará confidente de todo lo referente al Corazón de Jesús. De hecho Juan Lorenzo escribirá un Devoto Resumen de esta devoción, que corría de modo privado entre los miembros del Grupo llamado de los Cinco: Loyola, Cardaveraz, Calatayud, Hoyos y Juan Lorenzo. Murió prematuramente en el colegio de Avila en 1735, unos días después de la muerte de Bernardo. 8 Es fácil que se refiera aquí Bernardo a alguna estampa de especial devoción para él; ¿tal vez, la estampa del Niño-Pescador de que hemos hablado en otra nota? Es posible. 9 Con ello cumplía el Hermano Bernardo de Hoyos una de las Reglas de los jesuitas, que dice: Todos, conforme a su estado, ofreciéndose ocasión, se esfuercen a aprovechar con pías conversaciones al prójimo, y aconsejar y exhortarlo a buenas obras, especialmente a la confesión y frecuente comunión (regla 40, de las Reglas Comunes). Y, pidiendo permiso a sus Superiores para ayudar y dirigir a su compañero, cumplía la regla que dice: Ninguno dé o envíe escritas a personas de dentro o de fuera de casa instrucciones espirituales o meditaciones sin aprobación del Superior (regla 37, de las Reglas Comunes) |
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