Refiérense los últimos favores que recibió el H. Bernardo en el Colegio de Medina. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888. Parte segunda, capítulo 9).

 

Elevado ya nuestro H. Bernardo a la altura en que le puso el Señor con la muerte y resurrección mística, gozó favores correspondientes a su nuevo estado, y sólo inteligibles a él que los recibía. En los días que siguieron a la gloriosa Resurrección de su amor Jesús, tuvo maravillosas visiones, ya imaginarias ya intelectuales, siendo casi continua la de contemplar a Cristo Nuestro Señor, sentado a la diestra de su Padre: al mismo tiempo recibió sólidas doctrinas de perfección, y entendió de una manera muy alta el mérito y frutos del padecer, a que se siguen la gloria y los consuelos.

El día octavo, 1º de Abril, apareciósele el Señor en la misma forma que a los apóstoles, cuando, presente ya Santo Tomás, le reprendió su incredulidad. Mostróle sus sacratísimas llagas muy más resplandecientes que el sol, y le dio documentos divinos para conservar la paz del espíritu que le había concedido. ”Encargóme el Señor”, dice el H. Bernardo, “que no fuese incrédulo en sus grandezas y misericordias, ni ligero en creerlas sin examen o luz interior”.

En la siguiente dominica, 8 de Abril, llamada del Buen Pastor, tuvo inteligencia de este evangelio, y declarósele que en esta dulcíslma parábola están cifrados los ardientes deseos que tuvo y tiene Su Majestad de la salvación de los hombres. Entendió también que Jesús es la puerta por donde han entrado y deben entrar todos cuantos se emplean en la conversión de las almas. Mandóle después el Señor que pidiese por los predicadores que no entran por esta puerta ni predican la palabra de Dios, “que es uno de los mayores contrastes o persecuciones de la santa Iglesia”, añade el H. Bernardo.

El día de la Ascensión triunfante del Señor (3 de Mayo) vio la solemnidad con que Jesús fue reconocido y aclamado en el cielo por Rey de todas las criaturas. Dióse principio a este acto con las palabras del Eterno Padre, que resonaron por toda la celestial Jerusalén: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy y eternamente te engendro (1). Después de esto “no hay voces, no hay palabras, no hay expresiones”, concluye el H. Bernardo, “para declarar lo que vi, lo que oí y lo que entendí”.

No son más inteligibles otros favores que a éste se siguieron adelante. Disponíase el joven con todos los santos ejercicios de oración, humildad, mortificación y penitencia que le inspiraba su amor para recibir el Espíritu Santo, cuya solemne festividad se acercaba. Repetía continuamente las palabras con que le invoca la Iglesia en la secuencia de su misa, pidiéndole que se digne descender a los corazones de los fieles e ilustrarlos con los rayos de su divina luz: con ellos en la boca estaba el mismo día de la fiesta, 13 de Mayo, por la mañana en la oración, cuando oyó un ruido suavísimo sobre su cabeza, y vio que bajaba el Divino Espíritu en forma de lengua de fuego, que se introdujo en su corazón, lo mismo que le había ya sucedido los años anteriores. Mas a esto se añadió ahora que se le mostró después en lo más profundo del alma por visión intelectual, y se le dio a conocer espiritualmente, como persona divina distinta del Padre y del Hijo: declaráronsele también los dones que en este día comunicaba a los santos, y los maravillosos efectos que causaban en las almas bien dispuestas. ”Fueron tantas las delicias que gozó mi alma este día y toda la octava”, escribe el H. Bernardo, “que no podía contenerme de repetir: Señor, o ensanchad y esforzad esta flaca naturaleza, o detened el torrente de vuestras dulzuras”.

Para la merced no menos singular y extraordinaria que quería hacer el Señor a su siervo el día del misterio inefable de la Santísima Trinidad, 20 de Mayo, le previno de esta suerte. Después de haber comulgado en él, vio un serafín como de fuego, que le purificaba lo más íntimo y secreto de su espíritu: parecíale que con un tacto delicadísimo le abrasaba en nuevo amor divino de otra especie, y dejaba su alma como un terso cristal, en que pudiesen herir más claramente los rayos de la luz inaccesible de la divinidad, y en que efectivamente reverberaba la claridad del mismo Dios uno y trino como en un cuerpo tan cristalino y terso como no le hay ni le puede haber. Veía este altísimo misterio con una especie de luz infusa, que jamás entendió el mismo H. Bernardo qué fuera. Conocía las tres divinas personas en la esencia divina: al Padre engendrando al Hijo, al Verbo engendrado del Padre, y al Espíritu Santo espirado del Padre y del Hijo: y entendía por un modo admirable las cosas que la fe nos enseña acerca de este arcano incomprensible. Contemplaba, no sabemos cómo, todas estas grandezas, anegado en un piélago inmenso de dulzuras, cuando vio que el Verbo Divino se dignaba renovar su celestial desposorio. El Padre Eterno y el Espíritu Santo, en cuya presencia se hizo esta misteriosa renovación, mostraron especial complacencia, y dijeron al H. Bernardo regaladísimas palabras. Para explicar el joven lo que en esta visión pasaba por su alma, se vale del silencio, diciendo: ”Ahora es preciso callar. Podráse conjeturar algo de lo que pasaría por mí, viéndose este vil gusanillo ante todo un Dios, ante aquel Señor delante de cuya majestad tiemblan y se estremecen las columnas del cielo, y cubren sus rostros los más abrasados serafines. No hay palabras con que expresarlo: aquí era la verdadera humildad y confusión, con que a la luz de tan portentosos favores se miraba mi alma sumida en el abismo de su nada, miseria e indignidad: aquí el amor seráfico, purísimo y limpio de toda mezcla, en que el alma se abrasaba a vista de su ingratitud y de la bondad de Díos; y, remontado ya a más alta esfera el amor, dejaba a un lado tales favores contrapuestos a tanta pequeñez y bajeza”.

Siendo por lo común los que el Señor comunicaba al joven amante, después de haberle éste recibido en la sagrada Eucaristía, no es mucho que la fiesta del Santísimo Sacramento se señalase con alguno tan excelente, celestial y divino como el que refiere él por estas palabras:

“El día del Corpus (24 de Mayo), después de haber precedido otras cosas”, dice, “estuve hablando un poco de tiempo con el Señor que tenía Sacramentado en mi corazón, y al último me dijo que me quería descubrir un secreto acerca del Santísimo Sacramento. Al mismo tiempo me vi entre los bienaventurados, aunque no subió el alma al cielo, sino que miraba desde la tierra lo que allí pasaba como si realmente fuera separada del cuerpo; y vi a Jesucristo sentado a la diestra del Eterno Padre. Había especial júbilo y fiesta en el cielo por el día que era, y por lo que celebraban, que era un misterio oculto, que a lo menos yo no lo he oído ni leído hasta que lo vi. Este es que la Iglesia triunfante, concordando con la militante, celebraba por los ocho días de la octava, desde el día del Corpus, la fiesta del Señor Sacramentado, dándole todos los ángeles y Santos gracias y gloria con himnos y cánticos, en agradecimiento de tan alto beneficio como se dignó hacer a los hombres, y gozaron muchos de los bienaventurados mientras eran viadores: y el Padre Eterno muestra con nueva claridad a los Santos el agrado y complacencia que en su santísimo Hijo tuvo en especial por esta dignación para con los hombres; y en todos los cortesanos del cielo hay especial gloria accidental; en particular en los que en este mundo fueron devotos del Santísimo Sacramento, los cuales tienen por esa causa en el pecho una divisa propia suya, que en estos días parece en cierto modo que se retoca. La vi en muchos bienaventurados, y en especial, más reparable que en todos juntos, en María Santísima. Esta divisa, que tendrán por toda la eternidad, es un círculo como de piedras preciosísimas esmaltadas en oro, de variedad hermosa de resplandores; y tiene en el medio como esculpida o trasformada la imagen de Cristo Señor Nuestro, al modo como está en mi corazón”.

Por no repetir lo que sabemos ya de otras veces, de sus ejercicios de renovación, tampoco nos detendremos en exponer los favores que se dignó comunicarle el Señor en los de este año por Junio. Prevínole como siempre con especiales luces, que ilustraban su alma y la movían a proseguir con nuevo fervor en la vía del espíritu. Poníale esta luz clarísima delante de los ojos la alteza y puridad que demandaban las obras de su estado, y el descuido o tibieza con que él tal vez las practicaba: mostrábale a un lado abierto un libro pequeño (era el de nuestras reglas), en el cual veía como de relieve la altísima perfección a que estaba obligado; al otro, los medios con que podría recobrar lo perdido y adelantar en la senda que lleva a la cumbre de la unión con Dios. La misma luz inflamaba su voluntad con un ardor sagrado para resolverse y abrazar lo que le dictaba; hacíale arrepentirse de sus imperfecciones, confundirse de su ingratitud y alentarse a caminar más fervoroso a la perfección; le manifestaba asimismo varios secretos, que le imprimían ardientes deseos de mayor aprovechamiento con ansias ardorosas de la salvación de las almas: “en fin, en estos ejercicios”, dice el mismo H. Bernardo, “era yo guiado en todo por el Señor; y su providencia lo disponía todo y lo dirigía a mi enseñanza, cuanto me hablaba, cuanto me mostraba, cuanto pasaba en mi interior”.

Con los afectos que tal doctrina y tal maestro habían encendido en su alma, se llegó el día de San Pedro a renovar sus votos de pobreza, castidad y obediencia, no sin haberle antes mandado la Virgen Nuestra Señora que cuidase de ofrecerlos por sus santísimas manos con toda especialidad ahora, como él en efecto los ofreció. Avisóle también la piadosa Madre que este mismo día en que renovaba sus votos, volvería al dulce martirio de los ímpetus, como así lo experimentó aquella misma tarde.

Todavía le continuaban por el mes de Julio, cuando pocos días antes de San Ignacio tuvo la siguiente visión. Descubriósele el corazón de nuestro Santo Padre, hecho una esfera de fuego inextinguible de donde salían chispas de luz y brasas encendidas como de un volcán: y “a vista de este vesuvio de amor divino”, dice el H. Bernardo, “reverberaban en mi pobre alma sus fulgores, inundándola con el mismo divino fuego”.

Más: el día de la fiesta del Santo (31 de Julio) vio de nuevo a su amado Padre muy cerca del trono de la Santísima Trinidad; y parecióle que los ángeles celebraban a su modo allá en el cielo la fiesta de nuestro Santo Patriarca. Deshacíase en lágrimas el joven, considerando la inmensa distancia que había de la virtud de hijo tan imperfecto como él se figuraba a la incomprensible santidad de un Padre tan encumbrado en la gloria, Reparó en él Nuestro Padre, y le preguntó benigno por qué lloraba. Lloro, contestó él, por verme tan imperfecto y distante de tan grandes obligaciones de hijo vuestro. Y díjole el Santo: Bernardo, para ser verdadero hijo mío no necesitas más que observar puntualmente todas tus reglas, y para ser del número de mis más amados hijos, observarlas con los realces de perfección que la divina luz te propone. Entendió también aquí que la santidad de Nuestro Padre había sido un milagro de la divina omnipotencia, y que ningún hijo suyo le había igualado ni le igualaría en perfección y gloria. ”Este día de su fiesta”, concluye, ”repartió el Santo Padre desde el cielo muchos favores y beneficios a los de la Compañía y a sus devotos”.

A la visita de su amado Padre se siguió otra muy regalada de su Madre dulcísima el día 5 de Agosto, dedicado a la Señora con la advocación de las Nieves, y “de singular consuelo y devoción” para el H. Bernardo, según escribe el P. Loyola con su recato de costumbre, “por una visión simbólica que había llegado a su noticia, manifestada dos años antes a otra persona: era de cuatro corazones que, unidos entre sí, se convertían en un corazón solo”. La “otra persona” que tuvo esta “visión simbólica” a 5 de Agosto de 1729, fue el P. Agustín; y los “cuatro corazones” que vio convertirse en uno, el suyo propio y el del H. Bernardo juntamente con los de los PP. Loyola y Calatayud (2).

Este día, pues, de Nuestra Señora vio el H. Bernardo a la Virgen que traía pendiente de su sagrado cuello una cadena de oro, y de la cadena un corazón que daba sobre su maternal pecho. Reparó el joven amante en la prenda y figuróse al principio que debía ser la misma con que ya otra vez se le apareció; mas, como advirtiese luego que no lo era, aunque sí muy parecida, y se mostrase curioso de saber lo que aquello significaba, le dijo la soberana Reina que lo que veía era símbolo de su amorosa maternidad para con los cuatro corazones que su H. Agustín había antes visto convertirse en uno.

Llegó después el día de la Asunción de Nuestra Señora; y, arrebatada el alma del H. Bernardo con uno de sus violentos ímpetus, vio al celestial esposo, acompañado de su bendita Madre. Traía ésta en sus augustas manos el anillo del desposorio, del cual era depositaria, como dijimos. Dióselo la Señora a su Hijo santísimo: y Jesús se lo puso al H. Bernardo en su dedo con inefable amor, renovando otra vez el desposorio del año antecedente. Luego, a una indicación de Su Majestad, sacóse el anillo del dedo nuestro joven, y volvió a depositarlo de nuevo en manos de la Virgen para que lo guardase. Recibiólo ella con muestras de sumo placer: y quedándose ya sola con el H. Bernardo, le dijo que se acercaba el tiempo en que debía abandonar este Colegio de Medina: que diese gracias al Señor por los grandes y continuados favores que le había hecho durante sus tres años de filosofía en él: que visitase y se despidiese con especial recuerdo y bendiciones, de todos los puntos en que se acordara haberlos recibido.

Así lo ejecutó puntualísimamente el agradecido H. Bernardo: y aun no contento con eso, quiso también despedirse por carta, de uno de los directores espirituales, el P. Juan de Loyola, que más le había asistido y dirigido con sus consejos estos tres años, y expresarle su humilde agradecimiento con las palabras que copiaremos de la misma carta, y dicen al fin de ella así:

“Acabo ésta, despidiéndome de este Colegio hasta estar en Valladolid, y dando a V. R. con la confianza de hijo amantísimo las gracias de lo que se ha dignado servir a este pobre espíritu con sus cartas, avisos, doctrinas y oraciones; y de nuevo humildemente suplico a V. R. lo prosiga a mayor gloria de Nuestro Señor, que así lo ha querido y quiere con especialísima providencia para sus altos y ocultos fines. Yo siempre, hijo y humilde discípulo, estoy, como debo, dispuesto a reconocer a Dios en la persona de mi amado Padre: y fuera, o a lo menos yo juzgara, falta de amor y confianza, y aun hacer menor la unión de nuestros corazones, si buscase más expresiones para declarar mi afecto, que no puede explicarse, pues es puro en Dios nuestro divino amor, en cuyos seráficos ardores deseo abrasado a V. R. con muchos años de vida para mayor gloria divina, hasta que sea voluntad de nuestro amante Jesús perfeccionar la unión de nuestros corazones en la gloria. Medina, y Septiembre hoy 8, día de la Natividad de María Santísima, de 1731“.

También escribió una carta parecida al P. Calatayud, y luego otra al P. Agustín, quien de la misma ciudad de Valladolid adonde ahora destinaba la obediencia al H. Bernardo, había pasado al Colegio de Bilbao no hacía aún un mes, a 16 de Agosto. Mucho se alegrara el Hermano de haber podido hablar cara a cara y consultar con su buen maestro varios negocios de su espíritu, y hasta lo había esperado por algún tiempo, habiéndose corrido la voz de que le dejaban en Valladolid: pero Dios dispuso las cosas de otra manera. No parece sino que, en efecto, las arreglaba de modo que el H. Bernardo siguiese al P. Agustín por nuestros Colegios, pero cuando ya éste salía de ellos. Sólo consiguieron verse una vez en su vida, a mediados de este mismo año de 1731, en Medina del Campo, adonde había ido con ocasión de predicar una misión allí cerca el P. Agustín, que es el que nos conservó esta noticia en una carta de 30 de Junio al P. Loyola.

De quien no tuvo que despedirse el H. Bernardo, fue de su actual director el P. Fernando de Morales, que por el mismo tiempo que él pasó a Valladolid con el cargo de Maestro de estudiantes: circunstancia de muchísimo consuelo para el bendito Hermano por la suma dificultad que hallaba en cambiar de directores, a causa mayormente de haberles de descubrir sus extraordinarias mercedes y gracias del cielo.

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(1)   Ps. II, 7. (Cfr. Act. XlII, 33:  Ad Hebr. I, 5; V, 5).

(2)   Conservamos, entre otras, dos cartas del P. Agustín de 18 y 21 de Septiembre de 1729, en que se describe latamente esta visión. (Véase la Parte primera, capítulo XIV).

 

 

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Biografía P. Hoyos   "Vida del V. Padre Bernardo de Hoyos", por el P. Loyola, h.1739
Causa de Beatificación   Tesoro escondido
Carta del rey Felipe V   "Tesoro escondido", librito completo, Valladolid, 1734
Artículos, varios   "Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888