| Lo que pasó por el
alma del H. Bernardo en la Cuaresma y ejercicios de este
año. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte segunda, capítulo 8).
Vuelto ya el H. Bernardo a su Colegio de Medina del Campo, y pasados los días de Navidad con los favores y devoción de costumbre, no podía San Francisco de Sales menos de visitar al nuevo discípulo el día de su fiesta, 29 de Enero, y tratarle como a hijo espiritual suyo muy regalado. Apareciósele vestido de pontifical, y mirándole dulce y agradablemente, habló con él, entre otros puntos de su espíritu, muy en particular de dos de la mayor importancia. Tratóme, dice el H. Bernardo, como mi Padre espiritual dos puntos: el primero, del divino amor, el cual encendía más en mi alma con sus palabras, y miraba yo en el mismo Santo como en un espejo; el segundo, de la simplicidad y paz interior: y parece que una voz muy de adentro decía a mi alma: Repara y obra según este ejemplar (1), viendo en el Santo puesto en práctica todo lo que su divino magisterio me enseñaba. Recibía con esto el alma su doctrina con profundo silencio y admiración de lo que en el Santo veía, el cual, al despedirse, dejó mi espíritu singularmente consolado con su santa bendición. Hasta aquí el H. Bernardo, a quien servían por este tiempo de visible y fiel conducta los dulcísimos escritos del santo príncipe de Ginebra, después que sus favores le imprimían en el alma su celestial doctrina. Leyendo con esta ocasión y fin en la Práctica del amor de Dios del Santo los efectos que causa en el alma el amor de benevolencia, conoció experimentalmente muchas de las cosas que pasan en los ímpetus supremos. Empezó a encenderse en su pecho, con la lectura, un suavísimo incendio del amor divino, que es lo que me suele suceder, dice el aprovechado discípulo, en cualquiera parte que lea del admirable libro de la Práctica del amor de Dios de mi santo director, que tan altamente habla del amor divino. Viniéronle el 1º de Febrero vivos deseos de celebrar al día siguiente la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora con más fervor que nunca, y disponerse con singular pureza para ganar el jubileo que la Santidad de Clemente XII acababa de conceder por su exaltación al pontificado: también deseaba ofrecer al Señor alguna cosa especial en correspondencia de las tórtolas que ofreció en el templo la Virgen Santísima. Ocupado se hallaba el joven en estos pensamientos, cuando le habló el dulcísimo Niño Jesús que tenía en su relicario en la forma que ya conocemos de Niño pescador. Díjole que al día siguiente le ofreciese por manos de su bendita Madre, para la purificación de su espíritu, su corazón sacrificado a padecer los ímpetus divinos que ya estaban cerca de nuevo, y abrasado en el amor que en ellos se practica: añadióle que el amor y dolor de los ímpetus simbolizaban bien las tortolillas que ofreció su Madre santísima, y que el corazón sacrificado en todo a su soberana voluntad sería símbolo del cordero inocente y sin mancha que también ofreció ella en este día al Eterno Padre con asombro y admiración de los ángeles. Comulgó el día de la Purificación, y recibió esta merced de su Madre y Reina de misericordia. Vio a la gloriosísima Señora, por cuyas divinas manos había ofrecido su corazón a Dios, que tenía en ellas el mismo corazón del H. Bernardo, ya ofrecido. Volvióle a ofrecer de nuevo la Virgen a su precioso Hijo: y notó él que le miraba su dueño con especial amor; y más, que le aplicaba los méritos infinitos de su sangre, inundándole a la par de celestiales luces. Al mismo tiempo sintió el alma del H. Bernardo que Su Majestad le había concedido la indulgencia plenaria del santo, jubileo con remisión completa de toda la pena por las culpas hasta aquella hora cometidas. Mandóle después el Señor que continuase sus oraciones por la asistencia del Espíritu Santo y acierto en el gobierno del Sumo Pontífice en los negocios de su santa Iglesia: con lo que terminó esta visión. Por el tiempo del Carnaval, en que tantos ultrajes e injurias se cometen contra el Señor, mostróle Jesús su infinita bondad y la maldad casi infinita de los pecadores, en esta otra visión maravillosa. Estando en oración el domingo, 4 de Febrero, delante del Santísimo Sacramento descubierto, oyó ante todo una voz que le decía: Acércate y mira esta visión grande y temerosa, con lo que entró su alma en una altísima contemplación. Vio entonces por visión imaginaria al Señor, el más hermoso de los hombres, y arrebatóle todo su espíritu tan soberana hermosura. Contemplábalo sin apartar de él los ojos; y vio al punto una infame turba de pecadores que, acercándose desvergonzadamente a esta hermosura del cielo, empezaron a descargar sobre él golpes, bofetadas y puntillazos, dejándole desfigurado, acardenalado y sangriento. Entendió que todos estos géneros de heridas y ofensas significaban las varias especies de crímenes y barbaridades con que los pecadores ofenden a Dios en estos tres días de imperio y dominación de las tinieblas, en que se divierte el mundo en arrojar en tierra la sangre de nuestro Redentor y pisarla, y en volver, si pudieran, a crucificar y quitar la vida a quien tan amorosamente la dio por nuestros pecados. Horrorizóse el H. Bernardo con esta visión, estremeciéronsele las carnes, y quedó atravesado su corazón con una espada de dos filos y dolor tan intenso, que apenas podía respirar: pero, lejos su espíritu de revestirse de aquel celo ardiente con que pudiera pedir que bajara fuego de lo alto para abrasar a los pecadores, se halló, bien al contrario, movido con afectos violentísimos de maternal compasión por ellos. Confirmóle en esta compasión dolorosa otra nueva visión que tuvo el tercer día, martes de Carnaval. Vio al Señor sentado en un grandioso trono, y desocupados otros alrededor de él: más que, dejando el Señor el suyo, se dirigía a la tierra y procuraba por sí mismo y por medio de los muchos ángeles que le acompañaban, que los mismos pecadores que el día antes le habían abofeteado, pisado y crucificado, subiesen a ocupar aquellos tronos. Ilustraba sus entendimientos y encendía sus voluntades de manera, que muchos, no todos, hacían ademán de quererle seguir. Entonces Jesús, olvidado de las pasadas injurias, tomábalos de la mano, y los sentaba en los tronos vacíos, mandando a los ángeles que les diesen el parabién a ellos de su dicha, y también a él de su victoria y gozo que experimentaba al verlos a su lado. Saqué con luz divina, de estas dos visiones, tres cosas, escribe el generoso joven. La primera, cómo, aunque nos debemos doler de las ofensas de Dios, no hemos de encendemos en el fuego de Elías contra los pobrecitos, redimidos con la sangre del Señor, que se agrada en este celo compasivo, aunque a veces inspira a sus siervos algún ardor en celar su honra. La segunda, que este celo se ha de mostrar en las obras orando, pidiendo, afanándose y procurando sacar las almas de pecado. La tercera, cómo se debe tomar la práctica de este celo, no dejando medio alguno, no perdonando trabajo, atropellando con prudencia, no humana sino divina, cuantas dificultades se opongan, no volviendo atrás por ningún acontecimiento, no sintiendo desconveniencias ni riesgos propios: en fin, constantes, activos, prudentes y contentos; pues el mismo Cristo así lo practicó, y tanto gusto recibe de ello. Desde el día de Ceniza entró de nuevo el espíritu del H. Bernardo en el gozosísimo martirio de los ímpetus supremos, nada inteligibles para quien no los ha probado por experiencia. Sólo Dios, escribe el joven, puede hallar tal traza de favorecer y martirizar al mismo tiempo. El día pasado me presentó el Señor todos los trabajos interiores en un cáliz de oro, lleno de un licor como de sangre, y adornado de piedras preciosas también como de oro: pues todo es aquí oro, y todo amar. Explica después difusamente lo que padecía y gozaba en estos sagrados ímpetus, protestando que jamás podrá decir lo que son, aunque tantas veces habla de ellos, y termina con una profunda exclamación en que desahoga su abrasado espíritu, y refiere algunos de los sólidos efectos que le producen. ¡Oh Padre mío!, exclama en una carta a su director espiritual, cuán admirables veo experimentalmente en este paso las grandezas de nuestro divino amor, que tan divinamente junta un favor tan grande, de que me veo indignísimo, con un padecer prodigiosamente grande! Y esto no es sólo cuando sobrevienen los impetuosos, imperceptibles torrentes de las divinas luces, que entonces es un levantar el contrapunto, sino también continuamente, gozando de una presencia de Dios deliciosamente penosa y penosamente deliciosa: de modo que todo el estruendo del desamparo que experimenté ahora dos años, no lo echo de menos en lo que toca a padecer. Los efectos que en mí causa este alto paso de contemplación son tales, que se ve bien ser dado de Dios: entre otros muchos aquí apuntaré uno u otro. Veo mi espíritu solícito y quietamente cuidadoso de agradar a nuestro Dios en todo: deseo infinitamente abrasarme en su amor, quisiera servirle con la perfección que todos los bienaventurados juntos: aniquílome y confúndome en el abismo de mi nada, a vista de mi pequeñez y su grandeza, de mi miseria y su bondad, de mi ingratitud y del amor que me tiene: abrásame, sin quemarme, el celo de la gloria de Dios; y ansío, sin turbarme, que sea amado nuestro divino dueño de todo el mundo: contrístame amargamente la perdición de tantos pecadores; mas pido ardientemente por ellos, y por los que se emplean en su aprovechamiento y conversión, y ofrezco al Señor mi vida para lo que en este punto quisiere disponer de ella. Esto de la conversión de las almas es uno de los principales objetos a que me atrae el Señor con sus luces, ilustraciones y visiones: de las cuales fue una ver, el Domingo de las doctrinas, los confesonarios rodeados de redes infernales en que se enredaban muchos incautos penitentes, con gran gozo del demonio, de quien entendí en este caso lo de Abacuc: Extiende su red, y no se harta de matar gente (2). En fin, Padre mío, yo aspiro y deseo una encumbrada perfección, a que me veo llamado: y veo claramente que, con la divina gracia, no ocupa mi corazón otro que mi Dios, y todas las cosas en él, para él y por él, que me sirven de escalones para subir a unirme íntimamente con él, cuya divina voluntad deseo únicamente se cumpla en todo y por todo en este pobre espíritu. Tal era ya la perfección del H. Bernardo, y tales las disposiciones en que se hallaba para subir aun más alto en ella, corno iremos viendo por sus pasos. Duráronle los ímpetus por toda la cuaresma, desde el día de Ceniza, con los maravillosos efectos que siempre le producían, cuando llegó la víspera de Ramos, 17 de Marzo, en la cual empezaba este año los ejercicios espirituales que no pudo hacer en el anterior por causa de sus tercianas. Ya días antes había comenzado el Señor a disponerle para ellos con especiales ilustraciones, corno solía al acercarse este santo tiempo, pero todavía lo fueron más las luces con que, en el primero de los ejercicios, esclareció su alma e inflamó su espíritu sobre aquellas palabras del Amado Discípulo: Amó Dios tanto al mundo, que le dio su Hijo unigénito (3). Entendió por un modo admirable la primera idea, si así pudiéramos decir, de la mente divina acerca de la Encarnación del Verbo, de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo y de la restauración del linaje humano por su medio. Vio también por visión intelectual muy elevada la esencia divina, la predestinación de los justos antes que existiesen, la reprobación de los malos, y mil otros secretos que el hombre no puede explicar ni entender. Vio además como por vista de ojos, dice él, aquel acto santísimo con que la Humanidad de Cristo Nuestro Señor se sometió y conformó con el decreto de su Eterno Padre de que muriese, en el primer instante de la creación de su alma santísima. Conoció asimismo el amor infinito con que el Señor le amó y predestinó antes que fuera, y cómo su divina providencia prescribió el camino, alternaciones, grados y progresos de su espíritu, mirándolos como en un espejo en la divina esencia. Pero baste de este día, escribe el iluminado joven, que, aunque estuviera hablando por toda una eternidad, no explicaría con términos adecuados todo lo que en él entendí . En el día segundo de los ejercicios y solemnísimo de la entrada de Jesús en Jerusalén con la aclamación festiva del pueblo que le salió al encuentro con ramos en las manos, entendió los júbilos de los celestiales espíritus en memoria de aquel reconocimiento del Señor por verdadero Mesías. Reputábase indigno de dar a la Santísima Trinidad las debidas gracias por la honra que dispuso en este día a nuestro adorable Redentor; y pedía a los santos ángeles que le comunicasen alguna parte de las alabanzas que tributaban a su Rey triunfante y glorioso, cuando se vio de pronto acompañado del príncipe San Miguel, San Gabriel y el santo ángel de su guarda, que cantaban motetes angélicos al asunto que deseaba el joven, y le convidaban a su celestial concierto. En este mismo día vio después a Cristo Jesús llorando en medio de sus aclamaciones y triunfos. Preguntado de la causa por el H. Bernardo, respondióle que lloraba porque dentro de pocos días le había de ofender Jerusalén con un horrendo deicidio. Oh, qué misteriosas fueron, exclama el devoto joven, estas lágrimas de Jesús mi amor, que lloraba principalmente la tibieza de sus escogidos, que, empezando bien, se apartan torpemente de él en las ocasiones como lo hicieron los judíos; y le son tan sensibles estos golpes, que le sacan lágrimas, y bien copiosas, que con las suyas sacó también el Señor las mías!. Finalmente, vio aquella gran pena que causó en Jesús el reparar por la tarde la inconstancia de los judíos que trazaban ya un pecado tan espantoso como el de darle muerte por envidia. Empieza, alma, le dijo entonces el Señor: empieza a sentir conmigo las ofensas de mi Padre: y fue tan grande, prosigue el H. Bernardo, el sentimiento, tristeza y aun melancolía que en mi alma y cuerpo sentí con esto, que hasta el Viernes Santo estuve prodigiosamente afligido con ella y con los ímpetus. El lunes vio a Cristo Nuestro Señor orando en el huerto, y también las operaciones de su alma santísima, con lo que se aumentó en su corazón de un modo muy vivo la tristeza que había empezado el día antes. Aquí le reveló el Señor que tenía dispuesto que muriese místicamente su alma el Viernes Santo, para celebrar con más propiedad la muerte de su amado esposo Jesús: que se preparase para esta muerte mística, como si en aquel día hubiese de morir muerte natural y verdadera. Luego le añadió parte por parte el modo en que había de ser su preparación para aquel paso tan sublime como desconocido al mismo que lo había de tener: que el día siguiente, martes, hiciese una confesión general espiritualmente de todos sus pecados, faltas e imperfecciones; el miércoles se ejercitase en frecuentes y fervorosos actos de dolor; el jueves recibiese por viático su sagrado cuerpo y gastase todo el día en darle gracias por tan inestimables beneficios como había recibido de su liberalidad infinita: que, esto haciendo, el Viernes Santo moriría místicamente con su amor Jesús; y así también resucitaría con el mismo el día de su Resurrección por la mañana. Toda esta celestial doctrina procuró cumplir el H. Bernardo con la perfección posible; y agradóse tanto el Señor de su puntual obediencia a lo que le habla ordenado, que se lo recompensó con beneficios inefables. El mismo Jesús le absolvió el martes de los pecados, faltas e imperfecciones cometidas desde la última indulgencia plenaria que le había concedido: el miércoles se dio por satisfecho de sus actos de dolor y amor sobre todas las cosas: el jueves le comulgó con sus divinas manos como en el año precedente, y se le mostró después sentado a la mesa con los discípulos. Dióle también tales y tantas inteligencias de los salmos que se rezan en el oficio de la Semana Santa, que para referirlas, dice, sería preciso ponerme a explicar todos los salmos de estos días; pues en cada palabra entendía innumerables cosas. Apunta luego algunas, de las que sólo pondremos nosotros la que también tuvo este año, lo mismo que en el pasado, sobre el versículo: A él adorarán todos los reyes de la tierra, y todas las gentes le darán vasallaje (4). Con estas palabras se llenó de gozo su alma, y vio en espíritu aquellos felices tiempos en que se cumplirá esta profecía, poco antes de la venida del anticristo: tiempos, como bien lo observa el H. Bernardo, a que aluden muchas otras de la Escritura, y especialmente la de Cristo Nuestro Señor que dijo: Todavía tengo otras ovejas que no son de este redil: también ésas conviene traer a él, para que de todas se haga un solo rebaño, y tengan todas un solo pastor, como lo tendrán (5). Y aquí entendió que uno de los principales instrumentos para tanta gloria del supremo pastor de este divino rebaño, será su Compañía, la cual peleará entonces por su Capitán y por las conquistas de su reino con más fervor y aliento que nunca, como viva representación de la compañía de los sagrados apóstoles. El Viernes Santo pasaron cosas tan peregrinas, singulares e inconcebibles por el espíritu del H. Bernardo, que no nos atrevemos a referirlas sino valiéndonos de sus mismas palabras. Dio la última mano el Señor a mi espíritu el Viernes Santo, dice, con la muerte mística que se celebró espiritualmente en mi alma de un modo maravilloso y escondido que no sé explicar. Porque súbitamente sentí y vi y entendí cómo llegándose, uniéndose y estrechándose más íntimamente la divina esencia con lo supremo del alma, parecía que la arrancaba, abstraía, purificaba, enajenaba, dividía, elevaba y, para mayor expresión, así como la mataba a todo lo caduco y visible, haciendo místicamente el amor en ella lo que la muerte en el cuerpo, viendo yo al pie de la letra cumplida en mí aquella sentencia que dice: Fuerte es el amor como la muerte (6). Y, aunque es así que cualquier grado de amor hace este efecto en el espíritu, todavía fue este paso, y es, tan vivo, tan eficaz y prodigioso que con especialidad se le da el nombre de muerte mística. E inmediatamente vi cómo era el alma recibida o, para seguir la metáfora, sepultada en la misma inmensidad y divinidad del mismo Dios, quedando muerta y escondida en él su vida. Y esto fue una representación de lo que el Señor por su bondad ha de hacer al salir mi alma del cuerpo en mi muerte. Es este paso inexplicable con propiedad; y, concibiéndolo bastantemente, no sé explicarlo, porque no hay palabras que alcancen, por haber sido de modo muy delicado y espiritual. Pero más claramente se ve en esta visión imaginaria, en que vi ejecutaba lo mismo con mi corazón nuestro divino amor Jesús. Porque vi cómo, atrayendo a sí mi corazón, le ocultaba y sepultaba en el suyo con ademanes de indecible amor, lavándole con la sangre de su sagrado costado; viendo practicado por vista clara aquello de San Pablo: Muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (7). Y es de notar que esta mística semejanza de la muerte natural, no sólo fue con la disposición del santo viático, sino también con otra viva representación de la santa unción, la cual en esta visión imaginaria fue con la sangre de Jesucristo, como acabo de decir: y en la intelectual fue con una luz o rayo que dimanaba del mismo Dios, y que, tocando al alma, la ungió con suavidad e hizo el efecto ya dicho de purificarla y quitarle las reliquias de afectos terrenos, dejándola en una desnudez inefable: que toda esta actividad tuvo aquel rayo enviado de Dios, que se asemejaba a la brasa con que el serafín, tomándola del altar, purificó los labios de Isaías (8)". Todo el viernes y sábado estuvo el alma como suspensa en un intermedio del estado de los ímpetus que hasta aquí tenía, y el nuevo a que había de subir, con un modo de suspensión maravilloso, en que los afectos, aunque eran de puro amor, parecía tenían una tendencia que sobresalía, de despego de lo criado, según el efecto de esta muerte, que era apartarla de los afectos menos puros. A esta como suspensión o como erradicación se siguió otra nueva luz, que, aunque no era el estado prometido ni constituyó en él al alma, fue como un divino retoque, primeras líneas o bosquejo que tiró el celestial pintor, después de haber borrado la imagen del hombre viejo para que se subsiguiese la del nuevo; que, aunque estos mismos efectos habían quedado de otros favores, pero, mientras somos mortales, siempre hay qué borrar y qué poner: y esta vez quería el Señor arrancar aun más de raíz las malas yerbas para plantar nuevas plantas de perfección". Después de todo esto, el Domingo de Resurrección, luego de comulgar, vi al divino Jesús resucitado y revestido de gloria, y en su Corazón el mío, también ya elevado a nuevo estado, dando el último complemento a las palabras del Apóstol: Cuando apareciere Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también apareceréis con él en gloria (9). A esta vista y resurrección material, para decirlo así, se siguió inmediatamente otra vista y resurrección del alma, intelectual". Hasta aquí me he explicado, aunque no adecuadamente, pero con la claridad que el Señor me ha dado: lo que se siguió, empezando a sentir el nuevo estado con sus afectos y efectos y luces, aun juzgo es más difícil de explicar, por ser tan admirable, que la misma alma, experimentada ya en otros favores, se maravillaba en confusión y amor. ....................................................... (1) Ex. XXV, 40. (2) Habac. I, 17. (3) Ioann. III, 16. (4) Ps. LXXI, 11. (5) Ioann. X, 16. (6) Cant. VIII, 6 (7) Ad Coloss. III, 3. (8) Isai. VI, 6, 7. (9) Ad Coloss. III, 4. |
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