| Ilustraciones y
favores del H. Bernardo durante unas prolijas tercianas
que padeció. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte segunda, capítulo 7).
Por Septiembre de este año de 1730 quiso el Señor que participara su siervo algo de una como peste general de tercianas con que había afligido a la villa de Medina del Campo. El principio de esta su dolencia y achaque fue un acto de más inflamada caridad que el fuego de la calentura más ardiente: porque, sabiendo que un Hermano condiscípulo suyo, aunque se hallaba con gran desazón y molestia, se disponía a entrar en ejercicios, pidió a Nuestro Señor que aliviase a su condiscípulo y le diese a él los trabajos e incomodidades que había de padecer su Hermano. Oyóle el Señor tan prontamente, que el mismo día, dice el H. Bernardo, me entraron unas tercianas dobles que me duraron el espacio que pudieran durar sus ejercicios, y él parece que los tuvo con salud. Cesaron éstas, pero a pocos días volvieron otras, que me han durado casi hasta hoy. Así escribe en carta de 25 de Noviembre. Fueron muy singulares y continuados los regalos que le hizo el Señor en este intermedio. Si hubiera de referir, escribe él mismo, todas las visiones, hablas interiores, sentimientos y otros favores del tiempo de mis tercianas, necesitaba mucho tiempo y papel. Es de particular enseñanza y doctrina el primero que entonces mereció un día de comunión en que tocaba el acceso de la fiebre y no le permitían comulgar. Quedó muy resignado en la voluntad de Dios, no obstante sus ardientes deseos de recibir a su amor Jesús Sacramentado: empleó su fervor, ya que más no podía, en comulgar espiritualmente; y en este acto le visitó lleno de gloria su amante Jesús. Díjole palabras de grande amor, y le declaró que le había agradado tanto dejando de comulgar por obediencia como si hubiese realmente comulgado: que estuviese en todo indiferente y resignado en su santísima voluntad, y procurase conmutar siempre con algún acto de virtud interior el exterior que se le impidiese por la obediencia o también, como suele muchas veces, por especial providencia del cielo. Por este mismo tiempo de las tercianas del H. Bernardo caminaban a Roma los PP. Electores de nuestra Compañía que habían de asistir a la Congregación en que iba a nombrarse nuevo General. Encomendaba el joven instantemente a Jesús su amada Compañía: pedíale en particular el día de San Cosme y San Damián, 27 de Septiembre, el acierto en la próxima elección, cuando tuvo esta visión consoladora. Vio a su amor Jesús acompañado de muchos Santos, especialmente de los patriarcas de las religiones. Llegó entre ellos nuestro glorioso P. San Ignacio, el cual, haciendo una profunda reverencia al Señor, le representó el cuidado que desde el cielo tenía de su amada religión que le había encomendado en la tierra, suplicándole la mirase ahora en este nombramiento con ojos de misericordia como su necesidad lo requería. Mostróse Jesús benignísimo a la súplica de nuestro Santo Padre, y le puso delante todos sus hijos electores que iban a Roma: dióle a entender juntamente que ya su amorosa providencia tenía señalado General según su Corazón divino. Todo esto entendí sin saber cómo, por vía intelectiva, dice el H. Bernardo, porque el Señor sólo respondió en voz distinta estas palabras: Yo me encargo de nombrarme el fiel Vicario que gobierne mi Compañía según mi Corazón y cumpla en todo mi voluntad. Donde es de advertir, como observa el P. Loyola, que las palabras de Jesús no significan en esta revelación que el P. General, electo en la mente divina, sería fiel vicario del Señor; significan expresamente que el P. Francisco Retz, Vicario General entonces, sería electo Prepósito General, como lo fue en la elección próxima. El día en que se celebraba la solemne fiesta del Rosario de Nuestra Señora, que este año de 1730 fue el 1º de Octubre, honró la dulce Madre a su hijo con un favor y noticia de mucho consuelo para los devotos del santo Rosario. Aparecióle la celestial Reina adornada con uno de rica y brillante pedrería: acompañábanla el gran patriarca Santo Domingo y nuestro P. San Ignacio. Miró a su siervo la Virgen Santísima, y le declaró que eran predestinados todos cuantos rezasen el Rosario a Nuestra Señora con verdadero afecto y devoción; mas no aquellos que sólo le rezan con la boca, y con el corazón están muy lejos de lo que rezan, y de la Reina del cielo. Hasta ahora ninguno se ha condenado, le dijo, ni se condenará en adelante, que haya sido verdadero devoto de mi Rosario. Pocos días después de esta visita de Nuestra Señora tuvo otra, que, por cierto, no la esperaba. Nunca se le había dejado ver hasta este tiempo San Francisco de Borja, pero mostrósele ahora muy afable y cariñoso en su festividad, a 10 de Octubre: le confortó mucho con su presencia, y aun más con los admirables documentos que le dio, particularmente acerca de la humildad. Seguía postrado en cama nuestro H. Bernardo el día de Todos los Santos, en cuya vigilia le comunicó el Señor inefables secretos e inteligencias de la gloria de los bienaventurados. Quedó su alma inundada con celestiales dulzuras que se aumentaron con la sagrada comunión el día mismo de tanta fiesta en el cielo. Abrasábase en ardientes ansias de recibir a su esposo, á quien esperaba yo , dice el, en mi pobre camilla por estar con la terciana . Al tiempo de llegar Jesús Sacramentado a su aposento, y descubrirle el sacerdote, vio muchos ángeles que rodeaban su cama, y que se vestía la alcoba de una clarísima luz y vivísimos resplandores que excedían a los rayos del sol. Algo de pavor sintió el joven cuando se le acercaron los ángeles y Santos sus devotos, asombrado de tanta gloria, pero sosegóse luego el alma: y al recibir, sin ningún pavor, a su amor Jesús en la Eucaristía, vióle tan resplandeciente y hermoso, que ya le parecía oscura sombra cuanta gloria había notado antes, comparada con la que le descubrió el Señor en el Santísimo Sacramento. Así lo refiere él mismo, y más da una razón muy sólida en la teología mística, de por qué no le ocasionó pavor la gloria de Jesús, incomparablemente más grande y deslumbradora que la de todos los Santos y ángeles juntos. No me causó pavor , dice, porque Jesús se mostró al alma intelectualmente, y este modo de visión no toca a los sentidos externos: la visión de los ángeles y Santos había sido imaginaria, que conmueve los sentidos y produce los efectos consiguientes a esta conmoción. Como no pudo comulgar sacramentalmente, por las tercianas, el día de San Estanislao de Kostka, comulgó a lo menos espiritualmente con encendidos afectos en honra de aquel santo y angelical novicio, quien se lo agradeció en extremo, y aun se lo pagó muy bien, visitándole ahora la primera vez, acompañado de San Luis Gonzaga. Consoláronle mucho los dos jóvenes con palabras llenas de celestiales finezas, y le imprimieron en el alma grande estima de la comunión espiritual, la cual explicó él después en estos términos: Es cosa muy útil esto de la comunión espiritual, como lo he entendido muchas veces, y deja grandes efectos en el alma. No es maravilla que el H. Bernardo tuviese tan encendidos deseos de comulgar, siquiera espiritualmente, después de una inteligencia que por estos mismos días le dio el Señor con la ocasión que refiere él mismo como sigue. Ofrecióse una vez por este tiempo, dice, hablar acerca de la comunión de los enfermos; y algunos siervos de Dios sentían que debía ser de tarde en tarde por la reverencia al Señor Sacramentado: yo me dolí mucho de que ellos sintiesen de este modo, según lo que en esa parte se me ha significado varias veces. Una de ellas que acababa de comulgar, hablóme el Señor sobre este punto, y me declaró que erraban aquellos sus siervos, y que hacían agravio a su liberalidad: que la frecuencia de este Sacramento era a todos utilísima, particularmente a los religiosos; y que, aunque parece no se ve el fruto de tantas comuniones, se pasmarían los hombres si viesen cuán grande es el que hacen en las almas que están en gracia, aunque sean imperfectas: que éstos que así sienten, le agravian queriéndole honrar; porque, deseando su reverencia con buena intención, le quitan el gusto y complacencia que tiene de estar con los hombres. Entendí son los que con este celo impiden a alguno la comunión, como el ayo de un príncipe que, viendo a éste divertido y muy gozoso con los de su edad, se lo impidiese, porque no todos son príncipes: pues, así como el príncipe sentiría dejar su diversión con los otros niños, aunque su ayo dijese lo hacía por la reverencia que se le debía, así el Señor se desagrada de semejante celo. El tierno y filial amor que el H. Bernardo tenía a su amada Compañía de Jesús, le aguijaba a rogar con gran fervor por este tiempo a la Divina Majestad se dignase mirarla con benignos ojos. El segundo o tercero día en que se celebraba en Roma la Congregación general, mediado ya el mes de Noviembre, pedíale con tiernas lágrimas el acierto para los gravísimos puntos que se habían de tratar en ella, y asimismo para la elección del General que la hubiese de regir. Cuando se hallaba más sagradamente acalorado su espíritu, vi por visión intelectual, escribe el H. Bernardo, a todos los PP. congregados en Roma que estaban ante el divino Jesús, y eran mirados de él con ojos apacibles. Volvióse este dulce dueño a nuestro P. San Ignacio, y de nuevo le encargó atendiese a sus hijos: que él prometía darles su luz celestial para qué decretasen y ordenasen aquellas cosas que más deseaba al presente en sus Jesuitas. Después, mirándome a mí, sin hablarme, me enseñó cómo era la Compañía muy querida suya: que, aunque no en todos los Jesuitas se hallase aquella perfección a que son llamados, y aun se viesen algunas faltas en ellos, no obstante se conservaba en la Compañía el celo de su gloria y de la salvación de las almas con toda aquella puridad que floreció en tiempo de su patriarca: que el haberse introducido en algunos individuos de ella alguna tibieza no impedía que sus divinos ojos se deleitasen en el hermoso cuerpo de esta religión: que, aunque en un ejército no sean las órdenes observadas de algunos soldados, no por eso se diría que en él se descuidaba la honra de su rey, si los jefes principales la procurasen verdaderamente: que, en fin, su bondad atiende más a lo bueno, y conoce la fragilidad humana. Los Desposorios de Nuestra Señora, de que hacemos fiesta en España a 26 de Noviembre, recordaron al H. Bernardo la amorosísima fineza de los que el Señor había celebrado con su alma; pero no se redujo la fiesta a solos recuerdos. Vio, después de comulgar, a la Virgen Santísima, depositaria, como ya dijimos, del celestial anillo que sirvió en aquel acto de tanto amor de Jesús con el H. Bernardo. Traíalo ahora en su mano la Señora, y llegándose al venturoso joven, se lo puso en el dedo. Al mismo tiempo, como si hubiera habido acuerdo entre el Señor y su bendita Madre, se le dejó ver el amante divino, y renovó el desposorio con los afectos y ternuras que no sabe explicar el mismo que los sintió. Como, en esto, no cedía a los remedios la enfermedad del H. Bernardo y de otros condiscípulos suyos, determinó la caridad de los Superiores enviarlos a algún lugar cercano, de aires más puros que los de Medina. Algo contrariaba al joven salirse del Colegio donde tan bien le iba por lo demás en su espíritu: y así, encomendaba al Señor esta disposición de la obediencia, cuando oyó una voz del cielo que le decía: Tú haz lo que te mandan: déjate llevar adonde te envían: yo iré contigo a cualquiera parte que fueres. Pronto experimentó cumplida el H. Bernardo la promesa de su divino esposo. Siguióle éste a la villa de Alaejos, donde le envió a convalecer la santa obediencia, y donde recibió más favores del Señor, siendo uno de los principales el que refiere él mismo por estas palabras. El día 17 de este mes de Diciembre, acabando de comulgar y engolfándose mi espíritu en el abismo de las divinas delicias, empecé a ponerme en las amorosas manos de la providencia de nuestro amor Jesús con una total indiferencia así para padecer como para gozar, así para la salud como para la enfermedad (contrayendo en especial este afecto, que fue grande, a la indiferencia tocante a las tercianas que me daban), cuando me vi por visión imaginaria, aunque varias inteligencias qué tuve, fueron por la intelectual, en un espacioso campo en que no había donde poner el pié que no fuese con peligro de lastimarse y herirse: porque en una parte había abrojos; en otra, instrumentos horribles de penitencia; en otra, sendas estrechísimas, escabrosas y precipitadas; en otra, hombres que me perseguían; en otra, demonios que me querían despedazar. A este modo me vi entre innumerables aflicciones y trabajos, entendiendo y concibiendo bien el género de aflicciones y trabajos que cada cosa simbolizaba: y esto fue quererme mostrar el Señor los trabajos que su amabilísima providencia me ha señalado por su amor. Pero, dióme también a entender los singulares y deliciosísimos favores con que mezclaba el agrio de los trabajos: porque, en medio de la pena y desconsuelo que me dio el verme en medio de tanto contrario, me alentaba y esforzaba maravillosamente la dulcísima vista de mi divino amor Jesús, que en forma de niño hermoso me iba guiando, y con sus amorosos ojos como exhortando a que le siguiese por entre aquellos trabajos: y era tanto lo que mi espíritu se confortaba con la divina virtud que con su mirar le infundía el amoroso dueño, que le hacía olvidar del peligroso campo o camino en que me hallaba, y seguirle animosamente. Esta era una representación de lo que hasta aquí ha pasado por mi alma, de lo que actualmente pasa, y de lo que en adelante ha de pasar: y mi espíritu lo abrazó todo con grande indiferencia y alegría, con la cual le previno el divino dueño Jesús, provocándole amoroso con aquellas palabras: En trabajos desde mi juventud (1), que era lo que voceaba a mi espíritu sin hablar. Concluyamos este tiempo de la estancia del H. Bernardo en Alaejos, y el año de 1730, con un hecho que muestra bien la delicadeza de su conciencia y la resolución ya vieja en él de no cometer la menor falta de regla advertidamente. Llegó un día en que había comunión. Era el H. Bernardo el más antiguo de sus condiscípulos, y tocaba a él avisárselo a los otros, como lo hizo con su acostumbrada caridad y modestia. Repugnó uno de los Hermanos, alegando que sería mejor abstenerse de la comunión en aquel día por no sabemos qué razones que se le ocurrieron, y presentó allí en favor de su dictamen. Examinólas el nuestro después de la conferencia, durante la cual se estuvo prudentemente callado; y, conociendo que no eran sino ardides del enemigo con que privarlos de la sagrada comunión, quedé tan firme, escribe el joven, en comulgar yo, cuando todos lo repugnasen, que primero caerían las estrellas del cielo que faltase a la regla. Comulgó, en efecto, aquel domingo, y fue tan agradable a Su Majestad esta resolución como declaran las siguientes palabras del mismo H. Bernardo. Recibió mi espíritu, dice, grandísimo consuelo por haber practicado la doctrina que el Señor me tiene dada, que de ningún modo deje de comulgar cuanto estuviese de mi parte. Mostróseme el Señor glorioso en esta comunión; y me dio las gracias de haber hecho rostro a las dificultades; dióme también a entender que no me admirase de que los que no experimentan sus dulzuras, no estén deseosos de disfrutarlas en tan dulcísimo Sacramento . ............................................................... (1) Ps. LXXXVII, 16. |
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