| Ofrécese San
Francisco de Sales por director del H. Bernardo, con
otros favores. (Vida
del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año
1888. Parte segunda, capítulo 4).
Desde su noviciado, y aun desde su niñez, tenía el H. Bernardo muy particular devoción al dulcísimo director de las almas San Francisco de Sales. Mirábale como a un serafín en quien ardían los incendios del amor divino que consumían su corazón; en sus escritos hallaba estampada la perfección a que le destinaba Su Majestad, y el camino seguro por donde correr a ella: pero lo que más le admiraba y deseaba imitar entre todas las virtudes del Santo, era aquel divino enlace y manera con que, viviendo abrasado de amor entre los ángeles, se humanaba tanto con los hombres para llevarlos a Dios. Arrebatado de tanta excelencia, hízole ahora una fervorosa novena en que le pedía quisiese alcanzarle del Señor parte de tantas y tan heroicas virtudes como la divina luz le descubría en su alma, y especialmente de aquella su tan acendrada caridad con Dios y con el prójimo. Concedióle el afabilísjmo Santo aun más de lo que le pedía su devoto, hacíéndole un singular favor el día de su fiesta, 29 de Enero. Habiendo comulgado el H. Bernardo aquella mañana, sintió, al dar gracias, vehementísimos en su alma algunos de los amorosos ímpetus en que le tenía el Señor por este tiempo. Abrasábase en llamas de amor gozando y padeciendo juntamente, con la violencia que causaba en su espíritu aquel paso incomprensible, cuando vi, dice, muy glorioso y vestido de pontifical a este mi Santo, y me significó cuán versado había sido en la tierra, y era en el cielo, en materia de amor; y cómo penetraba muy bien el paso en que me hallaba, de que debía dar al divino dueño Jesús humildes gracias; y que el camino por donde el Señor me llamaba en orden a las virtudes, era muy conforme al que él había enseñado y trasladado en sus escritos. Finalmente me dijo que desde este día me tomaba por su hijo espiritual, y que desde el cielo me dirigiría por medio de mis Padres espirituales; pues su dirección de él había de arreglarse a la de sus instrumentos; mas, que en las cosas arduas por sí me dirigiría él, y pondría yo en práctica su doctrina con aprobación de mis directores. Pues Dios quiere, me añadió, que todo vaya ordenado romo por su providencia ordinaria, aunque por otra parte sea para conmigo tan extraordinaria, Echóme, con esto, su bendición y dejóme confortado, consolado y anegado en un golfo de amor y de confusión, viendo la bondad del Señor que se digna de que sus mayores amigos traten así a esta indignísima criatura. El día de la Purificación de Nuestra Señora quiso la dulce Madre señalarse con este favor a su buen hijo. Vióla después de comulgar el H. Bernardo muy gloriosa, y que traía el Corazón herido con la saeta que él le había clavado los días antecedentes. De la herida o llama de amor del Corazón purísimo de la Señora salían hermosos rayos de luz que iban a parar en el del joven: influían en él gracias inefables; y, formando uno como pabellón celeste, significaban la especial protección que el Corazón de María tenía del corazón del H. Bernardo. Díjole entonces la soberana Reina que prosiguiese en saludarla con esta salutación de que usaba mucho él por saber que era muy del agrado de su Madre y Señora: Salve, blanca azucena de la Santísima y siempre tranquila Trinidad: salve, rosa de amenidad celeste, de la cual se dignó nacer y con cuya sagrada leche se alimentó Cristo: apaciéntame, Señora, con los divinos influjos de tu amor. A los pocos días después de esta visión empezó San Francisco de Sales a ejercitar su empleo de Padre espiritual con su hijo y dirigido el H. Bernardo. Dudaba éste si convendría mudar entonces la materia del examen particular: consultólo con su director del cielo, el cual le dijo que lo pidiese a su director de la tierra, y que a su paternal providencia quedaba el inspirarle aquél que le viniera mejor según el estado presente de su espíritu. Obedeció el joven; y, pidiendo nuevo examen particular a su director, éste le señaló justamente el que más le convenía, y que luego entendió ser el mismo que le había señalado o inspirado San Francisco de Sales. Desde este tiempo trataba ya el H. Bernardo con el Santo como si le viese con los ojos del cuerpo. Todas las noches, después de examen, se ponía de rodillas delante de una estampa suya, y dábale puntual y particular cuenta de conciencia: devoción que él le aprobó, apareciéndosele glorioso en aquel acto algunas veces y dirigiéndole en sus dudas, según los casos, ilustrando su entendimiento y abrasando su voluntad en llamas de amor divino. Muchas lecciones y doctrinas del dulcísimo maestro veremos en el discurso de esta historia, que pueden servir también en gran manera a sus devotos: bástenos por ahora copiar las palabras con que expresa el H. Bernardo su devoción y práctica, sobre todo en la temporada de sus visiones y luces más extraordinarias: Todos estos favores, dice, y demás cosas comunico a mi director dulcísimo San Francisco de Sales, dándole todas las noches cuenta de cómo he pasado el día, y pidiéndole me dirija en todo al fin que deseo, que es amar y más amar. Numerosos y muy singulares fueron los favores de que necesitó dar cuenta a su director celestial en estos días, pues continuáronsele sin cesar casi desde el tiempo de Carnestolendas (19 de Febrero) hasta la Resurrección gloriosa de Nuestro Señor (9 de Abril). Y comenzando por el domingo mismo de Carnaval, infundióle el Señor Sacramentado, en cuya presencia contemplaba los infinitos crímenes que se cometían contra su amor, un celo tan vivo, tan ardiente de la salvación de las almas, que le era imposible contenerlo en su pecho. Llamaba con sollozos y lágrimas al Eterno Padre, ofrecíale la sangre preciosísima de su Divino Hijo, conjurábale a lanzar contra él, que le redujese a polvo, el rayo encendido ya en su mano y pronto a sepultar en el infierno a los pecadores: llegó a tanto el amor del H. Bernardo a aquellos infelices, que fue menester que el Señor tendiese un velo delante de sus ojos para que no viera lo que pasaba en el mundo en aquellos momentos de infernales arrebatos. El lunes, estando asimismo en oración delante del Santísimo Sacramento, vio por visión intelectual muy alta cómo está el Señor gobernando todas las criaturas desde el trono de la sagrada Eucaristía: y entendió que en su sabiduría infinita de tal suerte gobierna y dirige cada criatura en particular, como si ella sola estuviese en el mundo Esta visión e inteligencia le dio también a conocer espiritualmente el grande amor que el Señor le tenía, y le abrasó en deseos de una correspondencia tan justa como amorosa. Mostrábasele el Señor benigno y finísimo en extremo, a la manera, dice él, de un cariñoso padre que se entretiene con un hijo pequeñito que quiere cogerle de la mano una manzana. Con este símil o representación práctica de lo que ello es, conoció que Jesús oía sus ruegos, lágrimas y suspiros. Al día siguiente, martes, acompañando al Santísimo Sacramento en la procesión con que se reservaba a Su Divina Majestad después de las Cuarenta horas en que estuvo expuesto a la veneración de los fieles, se aumentaron mucho los consuelos del H. Bernardo. Sentía indecibles júbilos al ver como iba su amante dueño cortejado y venerado en la procesión: deshacíase en dulces lágrimas, y con ellas se despedía de su amor Jesús al verle encerrarse de nuevo en el sagrario, cuando por visión imaginaria se le mostró el Señor, asistido de innumerables ángeles. Traía herido el Corazón con una de aquellas tres saetas con que días atrás le había traspasado su amor: y, mostrándosela al H. Bernardo juntamente con la llaga, le volvió a asegurar y repetir que, estando su divino Corazón herido con la saeta de amor que le había flechado, no podía apartarse de su corazón: así como tampoco podía el mismo H. Bernardo apartar el suyo de su Corazón divino, por estar llagado con las sagradas flechas de los ímpetus amorosos. Con esto le añadió que se consolase: que, si bien era cierto que en los días de Carnaval le ofenden mucho los pecadores, pero tenía también almas escogidas que le desagraviaban en ellos con sus fervorosos y amantes deseos: que instase por los pecadores para que se convirtiesen en esta cuaresma, y que a este fin hiciese particular oración todos los días por los predicadores. En la comunión del Miércoles de ceniza se le mostraron San Miguel y el ángel de su guarda, previniéndole que había de padecer mucho en el tiempo de la cuaresma, y así que se preparase: luego le confortaron con un licor o ambrosía del cielo, que se difundió por todo su espíritu, sintiendo también el cuerpo una peregrina dulzura. Todos estos favores, dice el H. Bernardo, me han dejado confuso y abrumado con la casi inmensa mole de mi miseria que me derriba hasta mi nada viendo que es necesario que, para que yo dé un paso en la perfección, use el Señor de estos medios: y, como ya tengo dicho en otras partes, cuando miro la bondad del Señor, me animo y esfuerzo; pero, cuando contemplo mi miseria e ingratitud, temo no ejecute conmigo un horroroso y ejemplar castigo. Pronto veremos los padecimientos del H. Bernardo por esta cuaresma de 1730, principalmente en la Semana Santa, en que fueron más terribles al par que dulcísimos para su vigoroso espíritu. Veamos ahora una cosa que entre tanto le pasó de sumo consuelo para él y para todos sus Hermanos. Hallábase por este tiempo nuestra Compañía de Jesús muy afligida y amenazada de una de las mayores tribulaciones que podían suscitar sus émulos contra todo el cuerpo de la religión. No se ocultaba a los ojos del H. Bernardo esta tempestad, bien pública, por desgracia, en la Iglesia de Dios: antes era uno de los que más sabían de ella, y conocía toda la furia de los que la habían levantado, por las noticias que le llegaban por conducto del cielo. En este aprieto oraba continuamente al Señor el atribulado joven por su amada Madre la Compañía, tan inicuamente vejada por algunos de los mismos que más debían defenderla: pedíale la amparase y protegiese en la temerosa persecución que iba creciendo y arreciándose por momentos sin esperanza de que hubiera en el mundo quien la quisiese conjurar, y recordábale aquella su antigua promesa de Yo os seré propicio en Roma, que hizo a nuestro P. San Ignacio y sus compañeros (1), cuando el día 9 de Marzo le consoló el Señor con una visión maravillosa. No nos atreveríamos a publicarla, por modestia, si lo que en ella vio nuestro H. Bernardo, no apareciera confirmado ya en obras impresas aun de autores extraños a nuestra religión, que la han tenido siempre por lo que es, no por lo que la fingen sus eternos adversarios. Esto presupuesto, digamos parte de lo que nos dice el mismo H. Bernardo de su visión e inteligencia. Dando gracias, escribe, después de haber recibido al Señor Sacramentado, se me infundió una luz que me declaró cuánto amaba el Señor a la Compañía de Jesús, su santísimo Hijo; y, porque no se puede explicar, pondré algunas expresiones de este amor para que en ellas se contemple lo que no se puede decir. Entendí que ha señalado el Señor a su Compañía tres príncipes de los mayores de las jerarquías angélicas; pues son tres de los siete que hacen particular corte ante el trono de la Santísima Trinidad. El uno de estos tres ángeles y diputados de la Compañía de Jesús es San Miguel, patrón especial de todas las religiones que hay en la Iglesia: el segundo, San Gabriel que mira por la Compañía, encargado de María Santísima, como ministro señalado a su obsequio: el tercero, aquél que fue y sirvió de ángel de guarda a mi P. San Ignacio, cuya encumbrada santidad se infiere de tener por ángel custodio a uno de los siete príncipes del cielo que están ante el trono del Señor. Después de esta inteligencia vi allá en el empíreo a todos los de la Compañía que han muerto lo que ha que se fundó. Todo este hermoso ejército tenía como por quicios y fundamentos a San Ignacio y a San Francisco Javier; y vi que la Santísima Trinidad descansaba en ellos como en su trono, y que la Santísima Humanidad de Jesús estaba como al aire entre los dos Santos, cual si ellos y sus hijos formaran su solio. Complacíase en gran manera el divino amor Jesús en su Compañía triunfante, y era ésta un espectáculo y objeto deliciosísimo a sus divinos ojos, tanto, que parecía no haber en el cielo otra religión en que se agradase más. Esto no es poner a la Compañía en comparación con las demás religiones, que también, si bien se mira, cada una de por sí parece que es la única, sino decir que, así como no se puede negar ser una especial prerrogativa suya intitularse Compañía de Jesús, así le corresponde un no sé qué de especialidad en el agrado en ella de su Capitán. Porque, admirado yo de esto mismo, viendo la complacencia de Jesús en su Compañía, entendí era esto por la razón expuesta. Pues, así como un capitán, aunque estime mucho todas las compañías del ejército, no obstante tiene especial atención a la que lleva su nombre, aunque sea general que las tenga todas por suyas; así acá Dios tiene también esta especial complacencia, por nombrarse de él esta religión e imitarle en padecer tribulaciones, conflictos y persecuciones, como todos saben. Por esto se agradaba tanto en la Compañía triunfante del cielo, y a proporción en la militante que está en la tierra. Entendí también cuánto se complace cuando la ve atribulada: y que le restan muchas tribulaciones, y algunas tan grandes, que son insuperables a las fuerzas humanas; pero que él la asistirá. Jamás, jamás faltará, ya por un lado, ya por otro, aflicción a la Compañía; y, si le faltare, tema mucho: que nunca faltó persecución a su Capitán Jesús y a la justicia. El P. Juan de Loyola omitió con exquisita prudencia la ocasión de estas luces del H. Bernardo, contento, por razón de las circunstancias, con decir que era la de hallarse nuestra Compañía de Jesús muy afligida y amenazada de una de las mayores tribulaciones que podían suscitar sus émulos contra todo el cuerpo de la religión, y de una grande persecución que se forjaba contra su honor y buen nombre. Algo más claro hablamos nosotros al insinuarla, mas aún no tanto que se haya podido entender bien el hecho que la motivó, y menos el sobresalto que produjo en los de la Compañía la nueva que de él se tuvo, es decir, de que se intentaba llevarlo a cabo en Roma. Para apreciarlo en lo justo, como también algunas palabras de la revelación que hemos visto, conviene trasladar aquí ante todo unos párrafos de la correspondencia que sobre este negocio hubo entre el P. Agustín y el H. Bernardo. Ellos probarán que no fueron solas del Hermano, ni imaginaciones suyas, las luces que arriba declaramos, y servirán además de suplemento a algunos pormenores curiosos y dignísimos de saberse que, no sólo conservarlos, pero ni significarlos sin duda creyó conveniente el P. Loyola en sus manuscritos. En carta de 8 de Marzo, después de manifestarle el grandísimo sentimiento que le produjo su noticia de hallarse en peligro el crédito de la Compañía, escribe así el P. Agustín a su H. Bernardo: En todos mis sacrificios y oraciones he encomendado confiadamente a mi amor Jesús este negocio, como es justo, y proseguiré en lo mismo con todo mi afecto hasta que con consuelo nuestro veamos el remedio que su poderosa diestra nos quiere dar para gloria de su adorable nombre. Estando anteayer delante de mi amor Jesús Sacramentado y patente, encomendándole esto mismo, me mostró Su Majestad en una maravillosa inteligencia los admirables y ocultísimos medios que tiene en el gobierno de sus cosas, y cómo, donde nosotros pensamos y tememos encontrar con algún impedimento o tropiezo, todo lo allana con su poder y sabiduría: y, aunque no me significó entre la variedad hermosa de aquellos medios de cuál o cuáles en individuo se valdría en este punto, pero me certificó su divina luz que todo lo dispondría con suavidad y sin peligro ni desdoro alguno de esta su amada Compañía. Lo cual puede participar mi Hermano de mi parte a nuestro P. Provincial. Prosiguiendo en la misma materia, escribe también el P. Agustín al H. Bernardo tres días después, a 11 de Marzo: Ahora brevemente, después de lo que le apunté en mi última de este miércoles, digo que una de las providencias que en aquella visión me mostró el Señor fue que, antes que se siguiese descrédito alguno a su amada Compañía, podía Su Majestad atajar los pasos fácilmente llevando para sí al Pontífice. Aunque entonces no me mostró el hecho, yo creí firmemente esta verdad, y así ha acontecido declarándose el suceso de esta verdad: pues el santo Pontífice ya está con Dios desde el día martes de Carnestolendas en que murió. Y pasado lo más crudo de la tormenta escribe de esta manera el mismo P. Agustín a su H. Bernardo con fecha de 22 de Marzo: Aunque parece que nuestro amor Jesús nos deja algunas veces en las orillas de la desesperación, según los lances y peligros en que ha permitido se vea esta su Compañía; pero, habiendo visto nosotros, así en tiempo de nuestros Padres desde San Ignacio, como en nuestros mismos días, los prodigios que la divina providencia ha ejecutado para gloria de su adorable nombre y bien y defensa de nuestra santa Madre, ya, Hermano mío, fuera más que temeridad el dudar del especialísimo amor y protección con que Jesús nuestro amor mira a sus escogidos Jesuitas, aun cuando no tuviéramos los inefables testimonios de tan admirables secretos significados tantas veces acerca de este punto. Primero que nuestros enemigos levanten cabeza de nuevo para semejantes pretensiones, aunque con capa de piedad, pasarán muchos días, y el Señor proseguirá en castigarlos de muchos modos: aunque yo no sé qué castigo más visible pueden esperar o temer que el presente. Al final de esta carta se descubre ya el motivo de tantos temores de parte del P. Agustín, y de tan singular providencia del Señor en la defensa de su querida Compañía. Era el empeño y conspiración de sus enemigos porque, después de tantas y tan inútiles maniobras como ya antes habían puesto en juego para el mismo propósito, fuese ahora a cualquiera costa beatificado el Ilmo. Sr. Don Juan de Palafox, no por sus virtudes, que eso parecía lo de menos para el caso, sino por la diabólica pretensión de ver colocado en los altares a quien tenían ellos por uno de los más atrevidos calumniadores de la Compañía de Jesús. A este fin movieron al piadoso Pontífice Benedicto XIII a que, poniendo aparte el examen de los escritos y controversias del batallador prelado, siguiera con el proceso de su beatificación, y aun obtuvieron que llegase a tales términos la causa por los años de 1730, que ya se persuadían algunos estar a punto de terminarse, con gran desdoro de la Compañía, a 21 de Febrero, en que falleció aquel benignísimo Pontífice. Uno de los más persuadidos de esta infeliz resolución, por noticias seguras que le venían de Roma, era el P. Juan de Villafañe, Provincial de Castilla, el cual encargó muy de veras a los dos jóvenes que encomendasen al Señor este negocio. Encomendámoslo, escribe el P. Agustín, y tuvimos sobre el asunto admirables sentimientos de la protección y amor singularísimo de nuestro amor Jesús para su amada Compañía, que la tenía en su divino Corazón. Estas luces y revelación las tuve yo el día 6 de Marzo, tercer día de la novena de San Javier, delante de mi amor después de celebrar misa: y lo mismo en sustancia y en lo principal tuvo el H. Bernardo tres días después que yo, el día 9 de Marzo y sexto de la novena. Lo que me pasó se reduce a estos puntos brevemente. Lo primero, me mostró el Señor con admirable luz y claridad sus amorosísimas providencias en permitir tantos trabajos y tribulaciones a su Compañía: fuera nunca acabar individualizarlas. Lo segundo, se me quejó amorosa y dulcemente de por qué dudaba de su amor: que le pidiese, y estuviese muy cierto del despacho feliz, y viese sus admirables trazas y caminos de su providencia. Lo tercero, me mostró al mismo tiempo varios y todos maravillosos modos que Su Majestad tenía para fácilmente librar a su Compañía de esta tribulación, y me dijo que me daba su palabra infalible e indefectible de que no se seguiría descrédito de la Compañía que Su Majestad tanto amaba. Lo cuarto, me aseguró y certificó que primero dispondría, si fuese menester, que el siervo suyo de cuya beatificación se trataba, bajase del cielo y se desdijese, que permitir tal cosa a su Compañía. Otras cosas hubo en confirmación de esto admirables. Y porque el H. Bernardo tuvo lo más de ello, menos este cuarto, sólo remito esa carta suya, que, si le parece a V. R., me la puede volver (2). Tales fueron sobre este punto las inteligencias y noticias del P. Agustín, que no hemos querido pasar en silencio por su oportunidad para el mejor entendimiento de la admirable revelación de Bernardo, que tanto debe consolarnos, exclama el P. Loyola después de haberla copiado a la letra, pero que al mismo tiempo nos descubre que la mayor gloria de la Compañía de Jesús militante es padecer persecuciones por la gloria de Dios, por la salvación de las almas y por la justicia. Añadiremos nosotros por nuestra cuenta: ¡Ay de la Compañía en el momento en que deje de padecer persecuciones! Rogamos a los que se interesan en el bien de ella, que no pidan al cielo la maldición de que no las padezca ni las padezcamos sus hijos, sino la gracia de que podamos salir triunfantes de las que nos movieren sin cesar el mundo y el infierno conspirados en nuestra ruina. ....................................................... (1) Véase el P. Ribadeneyra en su Vida del P. Ignacio de Loyola (libr. II. cap. 11). (2) En carta de 13 de Septiembre de 1730. De la cual se infiere, y sentimos gran placer en publicarlo, que el Sr. Palafox está en el cielo. Lo mismo aseguró el Señor al H. Bernardo, mas no sin manifestarle al propio tiempo que, para ir allá, tuvo que pagar antes en el purgatorio su imprudente Inocenciana, como leemos en otra del P. Agustín, donde nos habla de esta noticia de su compañero, y que, si bien no lleva fecha, parece escrita a 3 de Mayo de este mismo año de 1730. |
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