| Da San Francisco de
Sales solidísima doctrina al H. Bernardo. (Vida del P. Bernardo de
Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888. Parte segunda,
capítulo 11).
Mientras dirigía éste el espíritu del H. Juan Lorenzo Jiménez, tampoco se olvidaba San Francisco de Sales de dirigir, como se lo había prometido, el del mismo H. Bernardo. Visitóle muy glorioso el día de su fiesta, 29 de Enero de 1732, y le dijo que en adelante vendría más a menudo a tomarle cuenta de conciencia como solícito Padre espiritual: le pareció al joven que, con sólo mirarle el Santo, descubría todo cuanto pasaba en su alma, y le mostraba el camino de la perfección adonde debía aspirar con todo empeño. Ofrecióle además asistir a sus directores para que le gobernasen acertadamente: y le recomendó sus propios escritos, en especial el de la Práctica del amor de Dios; y en él, con particular recomendación, lo que va del libro V al VIII, como lectura y doctrina la más apropiada al estado actual de su espíritu. Otras varias cosas declaró también aquí el celestial director a su querido hijo, que le llenaron de inefable confianza y aliento. Sola ya la dulzura majestuosa y afabilidad divina que resplandecía en su rostro , dice él, arrebató toda mi alma, que miraba traslucida en el rostro toda la grandeza suavísima del espíritu tan dulce de este nuestro Padre. El día de la Purificación de Nuestra Señora había de renovar el joven, según su costumbre, la carta de esclavitud y filiación a su amante Madre la Virgen Santísima: a esta renovación asistió también San Francisco de Sales para que la hiciese con más devota y ferviente solemnidad. Lo mismo sucedió en las fiestas de la Anunciación y de los Dolores de la Virgen; siendo además muy raro el día, por toda la cuaresma de este año, en que no le visitase y diese algunos documentos muy oportunos y conducentes a su mayor perfección. Hallábase sobre todo muy absorto y asombrado con las luces que le comunicó el Jueves Santo su amor Jesús. Consideraba por una parte el infinito amor del Señor para con él, y por otra su inmensa ingratitud: temía que estos excesos de confusión y asombro no declinasen a alguna falta de confianza o sobra de oculta soberbia, cuando se le apareció su dulcísimo director y le enseñó cómo había de mezclar y fundir en uno estos afectos al parecer tan encontrados, para llegar a recibir con fruto en este día el Santísimo Sacramento. Con su doctrina quedó muy sereno, tranquilo y fervoroso, y comulgó con la paz y los ardores que deseaba. Al tiempo de comulgar vio de nuevo a Nuestro Señor en la forma que celebró la Cena; y cómo después se comulgaba a sí mismo, despidiendo llamas de amor su divino rostro hermosamente encendido. Sintió también, al reservar al Señor en el monumento, que su pobre corazón era arrebatado hacia el sagrario con inexplicable y dulcísima simpatía, y allí luego los afectos soberanos que en aquel trono de amor y misericordia infinita experimentaba el Corazón de Jesús para con los hombres. Había recibido los años pasados en Medina dos particulares favores el día de San Felipe y Santiago, 1º de Mayo, y ahora en igual día le hizo memoria de ellos su santo director. Era el primero en orden a los expulsos de la Compañía de Jesús, de que en su lugar hablamos, y mandóle que diese rendidas gracias a Nuestro Señor por la admirable providencia con que en este punto miraba por el bien de nuestra Compañía. El segundo era haber purificado su corazón el amoroso Jesús con la purísima sangre de su costado abierto, por lo que también le mandó le diese las más humildes gracias. A estas dos memorias se siguió otra tercera no menos consoladora. Había permitido el Señor para humillación del H. Bernardo que la víspera le acometiese el demonio con algunas imaginaciones feas que asustaban y afligían su espíritu. Constábale haber resistido a ellas con toda la prontitud y esfuerzo que debía a quien tanto le amaba: habíalas confesado con la mayor sinceridad, aunque siempre receloso de si pudiera haber habido en el resistir alguna negligencia o falta que él no conociese, y andaba todavía con este recelo, cuando le aseguro su santo director de que no había tenido la más ligera falta ni negligencia. De paso le recordó también los terribles asaltos con que el impuro espíritu había acometido, lo mismo que a él, a Santa Catalina de Sena, sin rendirla en lo más mínimo: recordóle juntamente y le confirmó la promesa que le había hecho el Señor por medio de San Miguel, de que jamás sería vencido con semejantes tentaciones. Quedé consolado, dice aquí el castísimo joven, con la doctrina y seguridad de tan dulce director. No fue menos lo que le consolaron y alentaron las suaves reprensiones de San Francisco de Sales por la renovación de San Pedro, muestra clara de que no era su dirección de pura ceremonia. Estaba deseoso nuestro H. Bernardo de conocer las faltas que hubiese cometido, y los medios eficaces para repararlas: pedía a Dios y a su director se los descubriese, y en esto vio todo su interior patente y descubierto, con todas las imperfecciones e inadvertencias cometidas desde la última renovación. Aquí le dio a conocer su director lo mucho que tenía que renovar, y le instruyó en el modo de hacerlo con solidez: al mismo tiempo le afeó sus faltas y descuidos, principalmente en la cuenta de conciencia que le daba por las noches, inspirándole algunas advertencias muy propias para su enmienda, las cuales no quedan especulativas, advierte el H. Bernardo, sino que prácticamente hacen lo que avisan. Mas, para que el joven conociese también del propio modo su fragilidad, ocurrió que la noche del mismo día en que el Santo le echaba en cara sus faltas, cometió una que le puso de bulto su miseria: como que fue nada menos que olvidarse por completo de dar la tan recomendada cuenta a su director. Confundióse en gran manera cuando notó el olvido al día siguiente a la mañana, y recurrió con lágrimas de arrepentimiento a su Santo, pidiéndole perdón de su culpa y prometiéndole repararla muy bien. Al momento sintió en su interior que él se la perdonaba de parte de Dios, y que se alegraba en extremo de los saludables efectos que le había causado, como también del propósito de hacer alguna penitencia por su descuido. El último día de los ejercicios de renovación oyó el H. Bernardo que le decía su amoroso director aquellas palabras de los Proverbios: Yo te mostraré el camino de la sabiduría, y te guiaré por las sendas de la equidad (1). Cumplió el Santo esta promesa haciendo a su discípulo una exhortación celestial, en que le descubrió de nuevo todas sus faltas, le señaló las fuentes de donde nacían, y le enseñó los medios prácticos y eficaces con que evitarlas en adelante. Añadióle que en sus exámenes no sólo debía atender a lo imperfecto que mezclaba en sus obras para corregirlo, sino también a la sublime perfección que en ellas omitía y a que le llamaba el Señor, acomodándole aquel dicho de Dios al profeta: Mira que te he puesto para que arranques y destruyas, arruines y disperses, y más para que edifiques y plantes (2). Explicóle asimismo la importancia y práctica de la renovación del espíritu con aquel ingenioso símil que pone el Santo en el cap. I de la parte V de su lntroducción a la vida devota. No hay reloj, por bueno que sea, dice allí, y repitió ahora al H. Bernardo, que no necesite le pongan y den cuerda dos veces al día, por mañana y tarde, y le desarmen una vez al año para limpiar sus piezas de la herrumbre, enderezar las torcidas y renovar las gastadas. Así también el que tiene verdadero cuidado y aprecio de su corazón, hale de poner en Dios por noche y mañana con los ejercicios arriba señalados; y más ha de examinar muchas veces cómo está, para componerle y arreglarle: y, en fin, siquiera una vez al año le debe desarmar, reconociendo por menor todas sus piezas, esto es, sus afectos y pasiones, a fin de remediar los defectos que tuviere. Demás de esto, como unta el relojero con aceite purísimo las ruedas, los muelles y demás piezas del reloj para que sea más suave el movimiento, y esté menos expuesto a criar orín, así también el alma devota, después de desarmar, como se ha dicho, su corazón para renovarle enteramente, le ha de untar con los Sacramentos de la confesión y comunión, cuya práctica reparará las fuerzas enflaquecidas con el tiempo, enfervorizará el corazón, y hará reverdecer los buenos propósitos y florecer las virtudes del espíritu. Hasta aquí son palabras del insigne director San Francisco de Sales, el cual ahora iba conmigo registrando prácticamente, dice su discípulo, todas las piezas de este espiritual reloj de mi alma; y le advirtió por fin de esta admirable instrucción que sus faltas positivas traían origen del extremo de condescendencia: que se debía observar con toda solicitud y empeño el medio de hacerse todo a todos para ganarlos a todos, conforme al Apóstol (3), pero sin por eso declinar a lo imperfecto. Mas, cuéntenos ya el mismo H. Bernardo lo que le pasó el resto de este día con su amante director. Este día por la noche, al darle cuenta de conciencia antes de acostarme, dice, se me infundió una luminosa luz con que miré y registré todas las obras de este día, y quedé confuso y corrido, bañado todo en lágrimas de dolor, porque no encontré ni una siquiera que yo mismo no me avergonzase de ver con cuán poca perfección estaba hecha, y aun a mis ojos no aparecerían dignas de alma tan favorecida de Dios, siendo el amor propio quien abulta en esta materia aun los átomos. Y así, sin embargo de saber yo la suavidad y dulzura de mi santo director, no me atrevía a levantar los ojos a darle cuenta de ellas: y más me corría de esta falta de perfección en las obras, que de las imperfecciones y faltas positivas que había hecho, que éstas eran pocas. La razón de esta poca perfección que yo veía en mis obras, era que miraba como a otro lado el ejemplar con que debían confrontarse, y la perfección altísima a que el Señor me llamaba; y así, aunque conocía yo hacerlas con pureza de intención, mas no que les diera aquel realce que convenía. Con esta confusión di la cuenta de conciencia a mi santo director: y entendí que él me escuchaba con aquel amor y suavidad con que dirigía a sus hijos espirituales, aunque no le veía. Su respuesta fue repetirme las palabras del Apocalipsis al ángel obispo de Sárdis: No hallo tus obras perfectas delante de Dios (4). Los sentimientos que esta amorosísima respuesta causó en mi espíritu, y los deseos y alientos de la perfección, no son explicables. Por un gran rato quedó el corazón bañado en una inundación suavísima de divinas delicias; que parece me pagaba el Señor las imperfecciones con favores. Este medio de dar en espíritu cuenta de conciencia todas las noches al Santo es un medio o incentivo divino: porque lo que es imperfecto, no se lo puede uno presentar como perfecto; y así, conoce y distingue lo uno de lo otro, y recibe el corazón la doctrina más proporcionada. Al día siguiente, fiesta de los sagrados apóstoles San Pedro y San Pablo, apenas se descubrió el Santísimo Sacramento para que nuestros HH. Estudiantes empezasen a renovar sus votos según costumbre, tuvo el H. Bernardo una visión intelectual, que él llama confusa, porque no se declaraba al principio su objeto con la claridad de otras veces; aunque poco después se manifestó muy claro. Vio entonces a la Santísima Trinidad, a Cristo Nuestro Señor y a la Virgen cortejados de innumerables ángeles. Estaba absorto en esta visión del cielo; y al tiempo de renovar, oyó la voz dulcísima de su amado que le decía: Levántate y date prisa, amiga mía, esposa mía; y ven, paloma mía (5). En estas palabras cifró el Señor la renovación que deseaba de su siervo en tres uniones u ofertas que había hecho a Su Majestad. La primera y sustancial era la de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia: en ella gozó el H. Bernardo los favores y deleites que en otras ocasiones, y es preciso omitir para hablar de las otras dos que ahora le pidió su amor Jesús, y pasaron de esta manera. La segunda renovación fue del amoroso desposorio de que antes hemos hablado varias veces. Renovóse entre el divino esposo y el alma del H. Bernardo, complaciéndose ambos en lo prometido y renovando su complacencia y promesa con la fórmula de placet quod promisi: en estas tres palabras se encerraron los secretos amorosos que no llega el entendimiento a comprender bastantemente, dice el H. Bernardo. Luego volvió éste los ojos del alma a su dulce Madre la Virgen Nuestra Señora, y se verificó la tercera renovación y oferta: el H. Bernardo hizo la de su filiación a María; y María, la de su maternidad para con el H. Bernardo. Entonces dijo Jesús a su Madre Santísima, señalando a su siervo: He ahí a tu Hijo; y a éste: He ahí a tu Madre (6). Entendió el dichoso joven estas palabras en sentido muy diverso del que tienen aplicadas a todos los fieles, hijos adoptivos de María: al mismo tiempo conoció que eran ellas como operatorias, esto es, que hacen lo que dicen, y producen lo que significan, de un modo parecido en su género a las palabras de la Consagración. Hallábase el espíritu del H. Bernardo entre las inexplicables dulzuras y afectos que se pueden imaginar en un paso tan delicioso, cuando sintió que, desapareciendo los ángeles y Santos, quedaban solos con él Jesús y María, y también su director San Francisco de Sales como testigo de un favor extraordinario que iba a recibir. Miraba yo a Jesús, dice él, unas veces como a Dios, y me espantaba su grandeza; otras como a esposo, y confuso me abrasaba en su amor; otras en fin como a hermano, y todo amoroso me aniquilaba en mi nada. Ofreciósele en esto decir al Señor sin saber lo que se decía, en fuerza del afecto: ¡Oh, quién me diera verte, hermano mío, mamando los pechos de mi madre (7): y al instante vio por visión imaginaria al divino Niño Jesús hermosísimo, tomando el pecho de su Madre y nuestra. Miraba al H. Bernardo el Niño divino con aquellos ojos que hacen bienaventurado a quien los ve, y apartando su boquita hermosa de los virginales pechos, dice el joven, exprimió un rayo de aquella sagrada leche, que dio en mi corazón, rociándolo y dejándolo hermoseado. Aquí me pareció se me comunicaba en alto grado el espíritu de dulzura y suavidad, como a mi San Bernardo: y aludiendo a esto, me dijo mi dulcísima Madre, cuando su divina leche rociaba mi corazón, estas palabras: Hijo mío Bernardo; palabras que no puedo pronunciar ni acordarme de ellas sin dulces lágrimas. Otro favor recibió también este día, para cuya inteligencia es necesario tomar el agua de más arriba, y conocer antes bien el estado en que a la sazón se hallaba su espíritu. ...................................................... (1) Prov. IV, 11. (2) Hierem. I, 10. (3) I ad Cor. IX, 22. (4) Apoc. III, 2. (5) Cant. II, 10, 13, 14. (6) Ioann. XIX, 26, 27. (7) Cant. VIII, 1. |
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