| Describe el H.
Bernardo los ímpetus que experimenta del amor divino.
(Vida del P.
Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888.
Parte segunda, capítulo 1).
Prevenido ya muy a tiempo el H. Bernardo de que el 16 de Octubre de 1729 iban a empezar sus sagrados ímpetus, visitóle la víspera, que fue el día de su festividad, Santa Teresa de Jesús, tan ejercitada en este dulce martirio. Venía acompañada de Santa María Magdalena de Pazzis; y púsome delante, dice el joven, la felicidad del estado a que me quería subir el Señor, las obligaciones que me corrían, y cuán ardientemente había de amar a quien tanto me amaba. Después, para fortalecerle y alentarle a padecer este suavísimo martirio, le aplicó a los labios una celestial copa, llena de licor divino, que le confortó y bañó en dulzuras el alma, redundando no pequeña parte al cuerpo. Asegura el mismo H. Bernardo que, teniendo antes cerrado el pecho y tomada la garganta, se sintió de repente con el pecho desembarazado, y clara y sonora la voz con este licor celestial. Llegado el día 16, vio en la oración de la mañana a Cristo Jesús sentado en un trono de gran majestad, y junto a él a su Madre y Reina del cielo. A la mano derecha estaban, como otras veces, Santa Teresa, nuestro P. San Ignacio y San Miguel; a la izquierda, Santa María Magdalena de Pazzis, San Francisco Javier, el V. P. Padial y el santo ángel de su guarda. Díjole el Señor palabras de mucho consuelo: entre otras, que entrase muy animado en el paso de los ímpetus. Así lo estaba, y deseoso ya de entrar en él, cuando a la tarde, rezando con fervor el rosario delante del Santísimo Sacramento, sintió de improviso en su espíritu una inflamación tan delicada y suave, que, sin percibir nada el cuerpo, abrasábase el alma en una especie de horno e incendio incomprensible. Causóle aquel fuego sagrado un dolor y pena activa tan vehemente, que fuera poderosa para arrancar el alma del cuerpo, si el Señor no hubiera robustecido de pronto con especial asistencia su corazón. Nota aquí de propósito el devoto hijo de Nuestra Señora que empezó este paso rezando el rosario, como dijimos, porque se conociese, añade, que todo me venía de las manos de mi dulcísima Madre, como ella misma se lo significó, prometiéndole además su amparo y singular patrocinio mientras le durasen los ímpetus. También le manifestó el Señor que, si bien suele ser mucha la congoja, debilidad y flaqueza que en ellos se comunica naturalmente al cuerpo, pero tenía dispuesto con amorosa y sobrenatural providencia que no quedase el suyo inútil para el trabajo, ni inhábil para las funciones ordinarias de estudiar, hablar, comer, dormir y demás parecidas. Porque, en efecto, si hubiera de padecer corporalmente lo que corresponde a la pena sutilísima del alma durante los ímpetus, estuviera enfermo e imposibilitado para cumplir con las obligaciones en que tenía Dios y la obediencia al joven filósofo. Gran merced fue ésta de Nuestro Señor al H. Bernardo en impedir que el sublime estado a que le encumbraba, no produjese en él los efectos naturales de su inflamación aun en el cuerpo: merced tal vez mayor en algún sentido que la de los mismos ímpetus, a pesar de ser ésta bien grande y extraordinaria, como parecerá por lo que sigue. Entendemos aquí por ímpetu la violenta inclinación de una alma a Dios, gustado ya y amado en parte, pero no poseído del todo. Llámanlo por lo común los místicos ansia de amor, cuando viene con algún vivísimo e impaciente deseo, mas pasajero; así como, cuando aquella ansia queda fija y clavada en el espíritu, lo llaman sed de amor: añaden que entre el ansia y la sed de este amor divino hay la diferencia que entre la llama que sale de un leño ardiendo que luego se apaga, y el propio fuego que está envuelto y como apoderado de la materia misma y corazón del leño sin apartarse de él hasta que lo ha reducido a cenizas. En ambos grados, de ansia y sed, es un paso de gran tormento, pero de tormento gustosísimo para el alma; tanto que, cuando una vez lo ha experimentado y luego desaparece, no se halla contenta hasta que lo vuelve a experimentar, y sentir toda su amargura. Santa Teresa parece haber sido la primera que lo llamó con el nombre genérico de ímpetu, no porque en realidad lo sea, sino para explicar así mejor, sin duda, lo vehemente y repentino de los afectos que la asaltaban en este paso tan oscuro de entender, y más de definir. Como quiera, y bien o mal que se lo llame, siguió su ejemplo nuestro H. Bernardo, y dividió los ímpetus en cuatro especies, que nos distingue y expone con maravillosa claridad, aunque pasa algo de corrida por los efectos de las tres primeras, que no hablaban ya con él, y detiénese muy de propósito en los de la cuarta, por ser ésta en la que el Señor le puso a 16 de Octubre, y la más subida e incomprensible con que tal cual vez regala Su Majestad a sus especiales amigos. Pero antes de entrar en ella, conviene que digamos algo de las otras más inferiores, pues también las experimentó con frecuencia, mayormente a los principios, nuestro joven, y nos servirá mucho su noticia, al paso que de confirmar lo escrito hasta aquí, de mostramos la alteza de la santidad y condición divina a que en tan breve tiempo llegó. Y, para no errar en su exposición, valdrémonos en lo posible de las mismas palabras o ideas, cuando menos, del H. Bernardo, entresacándolas de las diversas relaciones que sobre ellas escribió, y pudieran juntas formar una obra harto voluminosa. La primera especie de ímpetus, más baja y material, consiste en una devoción sensible que alboroza toda el alma y la hinche tanto de gozos y dulzuras, que de ordinario rebosa por lo de afuera. Entonces el rostro se enciende, el cuerpo parece que está entre fuego, el corazón da saltos violentos, ya prorrumpe el afecto en suspiros o en lágrimas; ya quisiera estar en un desierto para dar voces y desfogar su pecho. Veníanme a veces con tanta abundancia estos movimientos, y con tanta fuerza, dice el H. Bernardo, que me solían quitar la respiración, y padecía el cuerpo tanta violencia que quedaba molido; y del fuego material que ardía en el corazón, se me originó en él por la parte exterior una ampolla como una avellana, que se aumentaba al paso de los afectos; y, cuando el Señor me quitó esta devoción sensible, se me quitó también la ampolla. Ya vimos arriba la ocasión de tan singular efecto, cuando hablamos de las primeras manifestaciones y caricias del Niño- Dios al H. Bernardo. Parecíanos entonces una gran merced extraordinaria del divino amor, y en verdad así lo es, mas con todo no pasa de ser uno como cebo con que el Señor va entreteniendo a los niños en la virtud, y aficionándolos a su servicio y trato familiar, al propio tiempo que los enseña y dispone poco a poco al gusto suavísimo de otras más levantadas y purísimas consolaciones. Como yo estaba tan bozal para estas cosas, escribe el H. Bernardo, de aquellos sus comienzos en la carrera del espíritu, me atraía el Señor por este camino, más material y sensible que espiritual, pues parece que obraba en aquellos afectos más la parte inferior que la superior (1). La segunda especie de ímpetus, muy superiores a los primeros, aunque todavía no muy perfectos, y propios de los que van aprovechando algo en la virtud, es de aquellos con que hiere Dios al alma en lo más íntimo, causándola un escozor sabroso; pero de manera que a los principios participa también de ellos el cuerpo, como que traen mezcla de materiales y espirituales, hasta que, purificándose más y más, vienen a parar en sólo espirituales, y entonces sola el alma los goza. Llámase este paso amor vulnerante, o sea herida, y también saetas o cadenas del amor. Sucedíame muchas veces estando en él, dice el H, Bernardo, ya en oración, ya fuera de ella, ya recogido, ya divertido, ya en ejercicios espirituales, ya en los materiales, venírseme de improviso un ímpetu de éstos, que traspasaba el alma de parte a parte, causando un escozor sabroso, como dije, una pena regalada, un regalo penoso y un injerto de gozo y de dolor. Gustaba mucho el alma de este dolor aunque le escocía, y no querría que jamás cesase; y por otra parte no se puede sufrir cuando se aumenta. Consiste este grado o especie de ímpetu vulnerante en un acto amoroso que el Señor infunde en el alma, y hiere de muy varios modos. Viene unas veces un deseo grande de desatarse del cuerpo; y, como se ve atada la pobre alma, siente una dulce pena. Otras, al dividir el amor la parte inferior y la superior, esto es, al apartar al alma de lo deleitable, causa el dolor, pues no se pierde sin dolor lo que se posee con amor; y como el amor es sensible, así el dolor que la aparta es penetrante. Otras, ilustraba mi entendimiento una clara luz: iba luego la voluntad a arrebatarse tras el objeto conocido, y, como esta luz se lo muestra infinitamente amable, cáusala un suave dolor ver que no se dilata tanto su pequeñez. Otras veces, dejando muchos modos más de heridas que cada día experimentaba, hería el Señor inmediatamente la sustancia del alma por un toque sustancial tan divino y suave, que sólo quien lo ha experimentado lo entenderá (2). La tercera especie de ímpetus, en que suele parar la segunda, y que en toda propiedad parece que no debieran llamarse con este nombre, según la práctica advertencia de nuestro H. Bernardo, son como los instrumentos de los raptos y arrobamientos, y tocan a la vía unitiva, mas sin que en ellos se sienta aquella pena sabrosa que en los antecedentes. Consiste esta especie en una repentina luz que, por ser su claridad demasiada, ofusca la potencia intelectual, como el sol los ojos flacos, o es tanta su operación, que causa lesión material en el cerebro, y luego acuden volando los espíritus animales a socorrerle: y aquí está el ímpetu, que juzgo no ser otra cosa que la celeridad con que se abstraen al cerebro los espíritus animales. Es un vuelo semejante al que dio Abacuc desde Judea a Babilonia, mandado a refrigerar a Daniel (3), y muy parecido al de Ecequiel, que (contemplando una visión como de fuego) dice de sí: Cogióme por los pelos de la cabeza la mano de aquella como manera de fuego: y alzóme el espíritu entre el cielo y la tierra, y me llevó a Jerusalén en visiones de Dios (4). Ni más ni menos sucede aquí. Estaba yo descuidado; viene la luz, causa lesión u operación vehemente en el cerebro, y al punto como por un cabello me arrebatan los espíritus animales a socorrerle: y quedaba yo como entre el cielo y la tierra, como en el aire, y aun a veces quería llevar el alma tras sí al cuerpo. Y ¿dónde sube y es arrebatada esta alma? A Jerusalén, esto es, a la visión de paz; porque luego queda en una paz suma. Hay, a mi parecer, diferencia grande entre estos ímpetus o vuelos del espíritu y los antecedentes: porque los otros causan éxtasis; éstos, raptos: éstos consisten en la inteligencia; los otros, en el amor: unos, apenas los sentía, cuando perdía los sentidos; otros se dejaban sentir muy bien (5). Y aquí entra el H. Bernardo en la cuarta y última especie de ímpetus, que es la que ahora gozo, como en seguida observa, y pertenece a lo más subido de la contemplación. El nombre de ímpetus sólo se lo doy porque se lo da Santa Teresa, y porque lo más activo de este paso suele venir súbitamente, y también por cuanto tiene un remedo en el gozar y padecer, al de los ímpetus (6). Confiesa luego la imposibilidad de poderlos describir como son, en la primera de sus relaciones donde empieza a dar alguna noticia a su director el P. Loyola, de las penas y dulzuras que experimenta en ellos. En otra que le envía después, por Abril de 1730, añade que tiembla de sólo pensar que tiene que emprender su explicación más detenida: pero, al fin, empréndela animoso el inspirado joven, y su explicación es ésta que sigue. He padecido, dice, grandes desamparos, tristezas, tedios, congojas, tentaciones, penas causadas de los demonios en el alma, y dolores del infierno; mas todo es nada en comparación de lo que aquí padezco: y lo que gozo, es más que todas las dulzuras y favores tomados cada uno por sí antes de este favor, que va para seis o siete meses que continuamente le gozo, desde el día después de mi Santa Teresa: pero la experiencia me dificulta más el hablar, por hallar tantos prodigios en este paso que muestran bien la infinita sabiduría de Dios, que tal invención trazó para probar a sus amigos y favorecerlos a un mismo tiempo, juntando un sumo padecer con un sumo gozar. A veces, estando bien descuidado, prosigue un poco más abajo, siento en un punto ponerse el alma allá sobre todo lo criado y aun sobre sí misma (porque esto pasa muy en el fondo del espíritu): siento, digo, ponerse el alma en una soledad inmensa, como si todo el mundo fuera un desierto, y ella la única persona que le habitara: no encuentra criatura ni criador. Ama a su Dios todo todo, ni se para en bondad, en su misericordia ni en su omnipotencia, sino se echa a pechos con todo Dios, sin amar cosa particular en él; y, lo que más es, le parece, sin embargo, que no le ama, sino que está muy lejos de amarle, y anda como mendigando un poco de amor. ¡Oh traza del Omnipotente! ¡Pónela el amor en agonías de muerte, en peligro de reventar de amor, y ella se consume en deseos de amar, pensando que no ama! Muere de una pena que, como cuchillo de dos filos, penetra hasta lo más interior y escondido del espíritu. Contempla la amabilidad infinita del objeto infinito, y arrebátase con un tan vehemente lanzamiento hacia él, que esto sólo basta para arrancarla del cuerpo en lo natural. Pero ¡ay Dios! que va dando de una saeta en otra; porque, viéndose esta águila generosa detenida de la carne mortal que la impide abrazarse con la infinidad de su Dios, recibe un dolor que la consume dulcemente. Muéstrasele el amor de los Santos, de los serafines, y ella se muestra tan amante precipitada, que no se contenta ni aun con aquel amor: como si ella pudiese amar más, a más amor aspira. No se satisface con cuanto ve que es amado Dios, sino que hambrienta, sedienta y divinamente hidrópica, intenta lo imposible. ¡Oh, que bien dijo San Agustín: El amor no halla consuelo en la imposibilidad!. Desde que el Señor me puso en este paso, anda mi alma de continuo en un ¡ay! lastimeramente amoroso con que aspira, busca y desea y quiere a su amado; y como el hidrópico, aunque más beba, no se satisface, antes, cuanto más bebe, más desea el agua, así el alma, por más que ame, no se satisface, antes, cuanto más ama, más desea amar. Y es este deseo tal, que la aniquila y, a modo de decir, le consume las entrañas, andando como aquél que aun la respiración parece que le falta y abre la boca para atraer el aire, mientras resuena en sus oídos como el sonido de una penetrante trompeta: ¿Dónde está tu Dios? iOh infeliz de mí! y ¿quién me librará de este cuerpo mortal! (7), y otras quejas tan suavemente amorosas y tan excesivamente dolorosas, que muchas veces muriera al día, si el Señor no me asistiera entre un conjunto de amor y de dolor, siendo capaz uno y otro afecto para darme la muerte por sí sólo. De aquí nace un desamparo y una soledad espantosa; pues está el alma como en el aire, sin hallar socorro ni de arriba, de lo que ama, ni de abajo, de lo que aborrece. Excede esta aflicción a lo más extraordinario del desamparo más horroroso: no es creíble; no pueden creerme, no pueden formar un bosquejo torpe de lo que ello es, los que no lo han experimentado. Al mismo tiempo se comunica Dios al alma de un modo el más raro, extraño y singular, tal que no se puede pensar sin experiencia, como lo testifica mi Santa Teresa: pues todo es de un modo tan dulce, tan suave, tan amoroso y de tanto favor, que parece imposible en lo natural que se puedan juntar dos extremos tan opuestos como ya dije. Mas, porque no parezca encarecimiento o exageración, es de saber que aún no he dicho cosa de sustancia, y que esto es lo ordinario. Apuntaré algo de lo extraordinario: no extraordinario, porque sea pocas veces, pues no hay día que no venga más de ochenta, sino porque es de otro modo que lo dicho, y con interrupción; que, si no fuera así, yo no sé como lo pasara. Muchas veces, tanto en oración como fuera de ella, viene de improviso al alma, sobre lo que dejo dicho, un ímpetu muy diferente de los otros que van explicados, que causa una herida muy superior a las que insinué en la segunda especie. He procurado andar con cuidado para observar, así en los libros como en mi experiencia, cuál es el origen, y cuál la esencia de estos ímpetus, y en los libros no lo hallo; y, sino es Santa Teresa, ni siquiera he encontrado quien expresamente trate de ellos con el nombre de ímpetus: y de aquí temo yo que, quien vea esto, lo mida por lo que ha leído de los ímpetus inferiores, aplicando la doctrina de la segunda especie a esta cuarta. En la experiencia propia tampoco he podido perfectamente averiguarlo, porque no es tan fácil: mas, me parece por ahora que es un toque sustancial infuso de la divina gracia, al modo de los ímpetus de la segunda especie, pero de más subidos quilates. Suponiendo, pues, esto, que no lo aseguro, pues el Señor no me lo ha enseñado, pongo una pintura de estos ímpetus. Sin pensarlo el alma, déjase sentir Dios que habita en ella por la unión del esposo; y acercase tanto a la sustancia del alma, que le palpa el sentido interior espiritual del tacto, al modo que con las manos se toca a un cuerpo, pero guardada proporción: y de este toque Dios, que es fuego de amor, enciende el espíritu al modo que, si de repente se llegase a las carnes una brasa encendida, las quemaría. Este, éste es el dolor: tiene o prepara el Señor aquel toque de modo que sea un fuego voraz, o como una saeta penetrante que divide el espíritu de parte a parte; y ya se ve la eficacia que tendrá su corte, como afilado del mismo Dios. Parece un rayo que convierte en polvo cuanto se le opone; parece que reduce a la nada el espíritu, consumiéndole, y resucitándole en seguida, para que sienta la muerte otra vez. Los otros ímpetus parece que vienen de fuera, que hieren el cuerpo y que pasan de allí al alma: este otro parece que sale de lo más adentro del espíritu; y, cuando el Señor permite que se comunique al cuerpo, le deja como sin sentido y con unos acerbísimos dolores encajados entre los huesos: pero rara vez lo permite el Señor en mí, porque pueda asistir a mis obligaciones. Con aquel tacto que dije de la divina esencia se comunica al alma nueva luz y amor, pues es éste el modo de comunicarse el Señor. Infundiendo estos actos, ve el alma mediante esta soberana luz la infinita bondad de Dios, o, como dije, no ve sino a todo Dios, sin ver cosa particular en él; y así, lánzase a amarle todo, y este lanzamiento, que es un deseo sutilísimo y muy penetrante, parece no tiene cumplimiento; y ya se ve que no lo puede tener. Cada uno puede considerar qué tormento será para la pobre alma este deseo, mirando imposible su consecución, pues a veces ha bastado uno terreno y de cosas criadas para quitar la vida al que lo tiene. Ama mucho aquí, gózase, embriágase y abrásase con la infinidad del centro de su deseo: pero, El que me come, tendrá más hambre, dice el amor, y más sed el que me bebe (8). Échase a pechos con todo un Dios, que es amor infinito: e infinito amor comido y bebido ¿qué puede engendrar, sino hambre y sed de más amor?. Queda, pues, con ver su deseo frustrado, si bien herida, no satisfecha. Mira y registra con la luz que se le infunde, todo lo criado: en un instante ve que nada le sirve para su deseo, antes le impide mucho; y aquí es el martirio terribilísimo ver que de la tierra no halla socorro; y así: cáusala un tedioso fastidio todo lo criado. Conoce que las cadenas del cuerpo no sólo no la ayudan, pero la impiden engolfarse más y más en aquella divina esencia, viéndola cara a cara y sin enigmas. Ofrécesele que esta insaciabilidad, ya que no se satisfaga, se refrigerará por lo menos; y al prorrumpir en gritos de Me saciaré cuando apareciere la gloria de Dios (9), exclama como reventando en tan estrecho conflicto: Yo quiero salir de esta prisión e irme con Cristo (10). Bien sabe que su vida es Cristo, pero ve que la carne no puede menos de estorbarle que goce a sus anchuras de esta vida; y así, la suerte a que ella aspira, es a desatarse de la mortalidad. Yo mismo me compadezco de mi pobre alma: pues, luego que se ve en este paso, luego luego se oye la voz de la tórtola que recuerda el esposo en los Cantares (11); y gime esta pobre tortolilla: ¿Cuándo iré, y me veré en la presencia de Dios? (12). Me horrorizo y tiemblo de verme en este estado, pues es un retrato de la muerte más lastimera, es una semejanza del infierno: que infierno es amar el alma, y juzgar que está privada del amor. Ve esta pobre alma que está como espirando en una cruz, levantada de todo lo criado y apartada, a su parecer, del Criador. El alivio de las criaturas ya dije cuál es, el conocer que le son impedimento a sus deseos; y el del Señor también es darle una luz muy clara que parece como la columna de los israelitas, que alumbra para una cosa y ciega para otra (13). De aquí nace un desamparo, un espanto, una soledad y un martirio estupendo, en el cual me veo muchas veces al día; y, si Dios no obrara milagrosamente, muriera cuantas veces me vienen estos ímpetus. Pero ¡oh sabiduría divina! Con lo que llevo dicho, ¿quién no dirá que está el alma violenta en tanto tormento? Y, sin embargo, no es así. Antes de empezar me horroriza; en estando en él, siento sólo que se acabe y me deje con vida: le ama el alma más que otros favores muy regalados; siente un gozo, un consuelo y júbilo no sé cómo, al mismo tiempo que padece tanto; si le dieran a escoger, no escogiera otra cosa: es un prodigio esta junta de extremos tan opuestos. ¿Quién no pensará que ando turbado en esto? Pero no: que sucede todo con una suavidad y dulzura casi imperceptible; es todo espiritual, es diferentísimo de todo lo inferior, es estado más elevado. Sin embargo de que la expresión de mis cláusulas indica violencia, inquietud o cosa parecida, no hay nada de esto: ni el cuerpo o sentidos externos lo perciben, ni causa inmutación corpórea, ni prorrumpe en suspiros, lágrimas ni demás desahogos: todo sucede tan suave y dulcemente, como si pasara en un sueño muy sosegado. Parece contradictorio. De todo lo dicho o, por mejor decir, de todo lo insinuado se saca: lo primero, que este paso sirve, equivale y excede a muchos trabajos, y que en él se purifica el alma como en un crisol: lo segundo, que es una gran merced y de esfera superior, y que no se mezcla en él la imperfección de los otros ímpetus que indican, en su misma violencia, ser en parte materiales: lo tercero, descúbrese la bondad y sabiduría de Dios que tales artificios divinos traza, y su misericordia para conmigo tan indigno; pues en menos de cuatro años que ha que empezó a favorecerme, y siendo yo tan imperfecto, me ha puesto en este paso de los perfectos. Mi Madre María Santísima me aseguró era un estado que, si los serafines pudieran ser viadores, no escogieran otro, por padecer tanto y padecer de amor. Véase, pues, cuán digno soy de compasión, pues me veo en tan altas obligaciones y en tanta ingratitud. Ruego que pida al Señor por mí quien leyere esto, que cierto no va bien explicado: yo lo conozco, pero no se puede declarar más. El Señor ha estado aquí conmigo al escribirlo; y así, si algo va bien dicho, es suyo. Concluyamos esta materia de los sagrados ímpetus del H. Bernardo con otras palabras suyas en que, explicando más por menudo la diferencia grandísima que hay entre los de la segunda especie que padeció por algún tiempo y los que ahora padece de la cuarta, dice así con un magisterio bien superior a sus pocos años. Allí siente el alma muy bien, dice, que su dolor es de amor, y que está con el Señor, que es quien la hiere; aquí nada hay de esto; pues piensa que no ama, que está ausente de su Dios, e ignora qué es lo que causa su pena. Allí parece que el alma previene el ímpetu, esto es, ya conoce que la hiere, aunque es de improviso: aquí nada menos que eso, que no le da lugar su dolor para estas reflexiones. Allí se estremece el cuerpo y participa bastante de la herida: aquí no sabe lo que pasa en lo interior hasta que ha pasado, ni participa sino una redundancia muy moderada; pues ni pudiera sufrirla igual a la interior. Allí hieren al alma al modo que, para dar en el corazón, hieren antes el pecho: aquí parece que hieren el corazón sin tocar lo que está antes de él; esto es, hieren el fondo del alma sin que tenga parte el cuerpo. Allí parece que, aunque la herida es con fuerza, no es de muerte: aquí parece que reduce a polvo cuanto halla, y es herida mortal de amor; y, sin duda, uno dé estos ímpetus solo bastaba para quitarme la vida, que en este paso está en mucho peligro, como también lo decía mi patrona Santa Teresa. Yo espero, como la misma Santa, que, en siendo voluntad de Dios, he de rendirla a manos de tan amorosos matadores; que no es menester más para eso sino que el Señor deje que corresponda al cuerpo en igualdad lo que pasa en lo interior, y suspenda por un momento el continuo milagro que está obrando en mí. ......................................................... (1) Habla de estos ímpetus Santa Teresa de Jesús en su Vida (cap. XXIX, p. Quien no hubiere). (2) Sobre esta segunda especie de ímpetus véase Santa Teresa en su Vida (cap. XXXIX, p. Estotros ímpetus, y siguientes), y en las Moradas sextas (cap. II). (3) Dan. XIV, 35. (4) Ezech. VIII, 3. (5) Santa Teresa explica esta especie en sus Conceptos de amor (cap. IV), y en su Vida (caps. XX y XXI). (6) Trata de esta cuarta especie Santa Teresa en su Vida (cap. XX, p. Yo quisiera harto, y siguientes), y en las Moradas sextas (cap.XI). (7) Ps. XLI, 4, 11. Ad Rom. VII, 24. (8) Eccli. XXIV, 29. (9) Ps. XV, 15. (10) Ad Philipp. I, 23. (11) Cant. II, 12. (12) Ps. XLI, 3. (13) Ex. XIV, 19, 20. |
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