| Parte primera, capítulo 6. Sentimientos y mercedes que recibió el H. Bernardo en los últimos ejercicios que hizo en Villagarcía. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Si en todos
tiempos gozaba el H. Bernardo grandes favores de Dios,
solían ser mayores los que experimentaba en los
ejercicios; y muy especiales los que sintió al hacerlos
ahora como en preparación para los estudios, acabado ya
el noviciado. 1 Después de la comunión del primer día (31 de Agosto), se le repitió la merced ordinaria de ver a Cristo Nuestro Señor, en el augustísimo Sacramento, cercado de ángeles, entre los cuales reconoció al de su guarda, y al mismo tiempo oyó al Señor que le decía y certificaba que esta visión de su santo ángel le sería en adelante muy familiar y frecuente. Fuélo tanto, que casi no le perdió de vista en los ocho días de ejercicios más que el tiempo que tomaba la naturaleza para el sueño. Servíale la presencia del ángel de su guarda para adorar y amar a su Señor oculto en el Sacramento, y no menos a la Virgen Santísima, de una manera muy particular. Pues, cuando él saludaba a alguna imagen de la Señora, veía a su ángel hacer reverencia a la Reina de los cielos: y, al ponerse de rodillas delante del Santísimo, oyó varias veces su voz con que, infundiéndole respeto y ternura indecibles, le repetía: Este Señor es el Rey de los ángeles. Apenas despertó el día segundo de ejercicios, cuando vio también a su ángel en la misma forma y disposición que el primero: es decir, colocado a su derecha y presto a socorrerle, en cuanto le hiciese falta; pero sin que esta visión tan deleitosa le impidiera aplicarse a las terribles meditaciones 2 que en aquel día se proponían a la comunidad. Discurría en una de ellas sobre el pecado mortal; y, espantado de lo horrible de este monstruo, más de huir que los mismos espíritus infernales, oyó una voz tan dolorosa como enérgica del Señor que le dijo: Cuantas veces peca mortalmente el hombre, tantas me vuelve a crucificar. Mil muertes, Señor, contestó el H. Bernardo al punto, sin poder valerse ni refrenar su ímpetu: mil infiernos, antes que cometer uno sólo. Y aquí a vista de la gravedad del pecado, inflamábase en abrasados afectos de dolor y amor a la vez, viendo que el Señor hacía tales favores a quien había merecido el infierno: así él, con aquella humildad con que suelen exagerar los Santos sus más ligeras faltas. Pero, cuanto más se humillaba y reconocía reo de los castigos del pecado, tanto más le favorecía el Señor, llenándole de seráficos ardores que hasta se le comunicaban al cuerpo con unas como llamas de fuego tan vivas, que se abrasaba todo él, aunque dulce y deliciosamente. Meditando el tercer día sobre la muerte y la circunstancia de su certidumbre, vínole primero un grande gozo, y después le acometieron unas ansias de morirse inefables, aunque resignadas.3 Decía al Señor que no quería vivir ni morir, sino que se hiciese en todo su santísima voluntad: pero que, si fuese voluntad divina que luego allí muriese, no podría tener noticia de mayor gusto; y exclamaba al mismo tiempo con el Apóstol: ¿Quién me librará de este cuerpo mortal? (1) iOh muerte, cuán dulce y agradable me es tu memoria! Y con esto volvía a repetir de nuevo los actos de resignación con la voluntad de Dios; aunque a veces ponéis en tal extremo, Señor, a mi alma, añadía después sin apenas reparar con quién hablaba en fuerza del amor y deseos de morirse, que puedo decir con Santa Teresa: Vivo sin
vivir en mi; Con estos y otros semejantes afectos y deseos de morir y verse con su amado, se encendió de suerte su espíritu, que temió se descubriese el incendio por las chispas que amenazaban salirse fuera. Pero quiso el Señor que no sucediese cosa exterior visible: pues, aunque se vio obligado el ardoroso joven, para desahogar el fuego de su corazón que le devoraba, a romper en llanto y extraordinarios ademanes, como de descubrir y desabrochar aceleradamente el pecho, y casi correr arrojando algunos afectos inflamados, mas todo fue donde no pudo ser visto. El Señor quiera que sea siempre así, concluye el H. Bernardo, y no darme cosa exterior, sino lo que fuere su gloria y desprecio mío.4 Estas dos circunstancias de la gloria de Dios y desprecio suyo que deseaba el buen Hermano en todos sus favores, aseguran bastantemente, sobre las demás fianzas y prendas irrecusables, la solidez de los que él recibía. Continuábase entre tanto la visión del ángel, y en los coloquios y ternuras con que le hablaba el dichoso joven, dirigidos al Señor que le traía más muerto que vivo, era frecuente decirle: Si encontrares al que quiere mi alma, dile que me muero de amor (2). En el día cuarto de los ejercicios hallóse tan espantado con la consideración del juicio particular, que, no obstante la fortaleza que le inspiraba su santo ángel, se veía forzado a exclamar con el santo Job: ¿Quién me dará, Señor, que me escondas en lo profundo del infierno, hasta que pase el furor de tu venganza? (3). Preguntaba después a su benignísimo Señor cuál era la causa de poner su serenísimo rostro, que alegra el cielo y la tierra, tan airado y severo: y respondióle en lo interior del alma: La fealdad del pecado. Estas palabras le dieron copiosa materia para engolfarse en la contemplación del atributo de la justicia divina; y tales fueron las luces que recibió sobre su terribilidad, que más de una vez le hicieron que temblase materialmente todo su cuerpo. Pero lo que más le hacía temblar, lo que contristaba y acongojaba su espíritu más que el infierno mismo y la pérdida de la gloria, era ver todavía el amorosísimo semblante de Jesús, tan severo y enojado. Paréceme que de buena gana estaría padeciendo en el infierno, como decía el Santo Job, mientras pasase su furor, escribe el H. Bernardo. 5 Al fin de este día le consoló el Señor infundiéndole una clara inteligencia y dulcísimos sentimientos de su infinita misericordia, que tantas veces había ya experimentado en la variedad de sus favores. Seguían éstos los días quinto, sexto y séptimo conforme a las circunstancias del devoto ejercitante. En el quinto, recelando si la visión del ángel de su guarda sería verdadera o no, oyó una voz del mismo ángel que le aseguró diciendo: Yo soy el que te acompaño, no dudes. Con esta respuesta quedó sumamente sosegado y consolado. Aumentóse el consuelo con la sagrada comunión, a cuyo tiempo conoció también lo que había de sucederle de allí a algunos meses. Pues, admirándose de la dignación y largueza del Señor en hacerle tan inexplicables favores, entendió que se los daba porque todo sería necesario, dice él, para pelear con el enemigo en el desamparo que me espera,6 aunque no muy cercano, el cual será muy penoso, al paso que los favores han sido más regalados: y de nuevo entendí que de estos mismos favores que el Señor me hace, se ha de valer y tomar armas el demonio para hacerme mayor guerra. Todo esto y más entendió a tiempo que estaba regalándose con la visión de los ángeles y de su Rey, a quien había recibido en la sagrada Eucaristía. Oyó también entonces una voz de los ángeles que decían: Este es el tiempo más feliz que tienen los mortales: es a saber, cuando el Señor está sacramentado en su pecho. Con estos regalos y muy especialmente los que le comunicó el Santísimo Sacramento, quedó el H. Bernardo en un amoroso deliquio, durante el cual como desmayado, las manos se me caían como muertas, y todo el cuerpo se quedó como frío y sin sentido en lo exterior, y todo el interior el altísima oración. Así lo cuenta él mismo, y añade que en la contemplación del séptimo día le manifestó el Señor algo de la majestad y gloria con que los ángeles y santos bajarán del cielo al valle de Josafat, y que tuvo notables sentimientos del gozo de los justos al oír aquella alegrísima sentencia de: Venid, benditos de mi Padre (4). El día 7 de Septiembre, último de los ejercicios, encargóse la soberana Reina de los cielos de instruir y favorecer al H. Bernardo. Rezaba éste por la tarde el rosario con particularísima devoción, cuando, al empezar después del primer diez, el saludo de Ave, filia Dei Patris,7 vio cerca de sí en el aire a la misma Reina asistida de innumerables ángeles. Esta visión maravillosa le ocasionó un éxtasis que le impedía proseguir el rosario, proporcionándole en cambio la satisfacción de escuchar un cántico suavísimo que entonaban a coro los bienaventurados espíritus en honor de la Natividad de Nuestra Señora. Terminado el cántico y desaparecida la visión, quedó tan embargada el alma del H. Bernardo, que no acababa de volver en sí, ni le fue posible por entonces concluir de rezar el rosario: no había manera para él de pasar del Ave adelante. Tanto no, que aun la misma hora de oración segunda por la tarde, se le fue casi toda en repetir: Ave, filia Dei Patris, con tanto consuelo suyo, y adelantémonos a asegurar que hasta de la misma Hija del Padre, que descendió de nuevo la Señora a su devoto siervo, y le dijo en lo interior de su alma: Hijo mío, mucho me agradas en esto: ten en tu corazón esas palabras, que son un compendio de mis alabanzas. Con ellas en el corazón y en los labios despertó el venturoso joven al día siguiente, consagrado a la Natividad de Nuestra Señora, y sobre ellas tuvo nuevas inteligencias en la oración y en la misa. Aquí, al tiempo de la comunión, con que se daba fin a los ejercicios, vio llenarse de pronto la capilla de ángeles de guarda, que luego conoció eran los de sus compañeros, y que, cercando al sacerdote cuando los comulgaba, adoraban con profunda reverencia a su Rey Sacramentado. Al acercarse él a recibirle, oyó que le decía el Señor con voz clarísima: Ayer te visitó mi Madre, hoy te visito yo: siempre serás mío, y yo tuyo, si no me dejas. Oyó también y vio, al retirarse del altar, a su ángel e inseparable conductor por estos ocho días, que diciéndole ahora: Contigo me quedo, siempre te seré muy familiar, desapareció. De esta suerte se verificaba la promesa de que su asistencia visible solamente le duraría el tiempo de ejercicios. Dadas gracias y salido de la capilla, echó de menos el H. Bernardo la presencia del santo ángel, y notó que sin su vista quedaba todo él en una como soledad interior inexplicable, aunque con tal contento, añade el mismo, como si no hubiera cesado la visión; pues no tengo deseo de otra cosa, prosigue humilde y resignado, sino de que se cumpla en mí la voluntad divina: porque ¿de qué me serviría, supongo este imposible, aun estar en el cielo, si no era la voluntad de Dios que estuviese allí?. Esta es la sublime filosofía de los Santos, y en la que más gusta el Señor de que progresen los que van en espíritu. En ella quería también que se ejercitase mucho su amante siervo, como en cosa tan perfecta, cuidando él mismo de adiestrarle, venida la ocasión, en la práctica de rendir su voluntad en todo a la divina, aun en aquello que le pareciese más agradable a Dios y de su mayor gloria. De lo cual es harto buena prueba un caso que le ocurrió por estos mismos días. Enardecido con el fervor de los ejercicios, quejábase tiernamente a su amado de que todo era gozar, sin que llegase la hora prometida de padecer por su amor, imitándole de alguna manera en lo mucho que él padeció por los hombres. Estaba en lo más animado y fino de sus quejas, cuando oyó la respuesta de su cariñoso dueño que le decía: Bueno es que desees imitarme en el padecer, pero déjame a mí esos cuidados. Con estas palabras se me dio a entender que quiere el Señor, prosigue el joven, que mi alma esté en una total indiferencia, no deseando ni trabajos ni consuelos, sino lo que él determinare. 8 ............................................. (1) Ad Rom. VII, 24. (2) Cant. V, 8. (3) Iob. XIV, 13. (4) Matth. XXV, 34 1 Estos Ejercicios tuvieron lugar en Villagarcía del 1 al 8 de septiembre, concluyéndolos con la fiesta de la Natividad de la Virgen. 2 Alude aquí el autor a las meditaciones, llamadas de Primera Semana, que tienen por tema el pecado, la muerte, el juicio, infierno....y demás postrimerías del hombre. La forma de exponerlas era entonces excesivamente temerosa, sin duda más de lo justo y razonable. 3 La meditación de la muerte, que normalmente encoge al alma y le produce un cierto temor y miedo, en el caso de Bernardo le sirvió de inmenso consuelo, por considerarla como la puerta para entrar en el gozo infinito de Dios. Las almas santas ven el tránsito de la muerte de modo muy distinto al que suele verlo el común de los mortales. Es el amor a Dios tan fuerte en ellas y su deseo de encontrarse ya con El tan ardiente, que la muerte se convierte en algo deseable por ser la manera de encontrarse con ese Dios que tanto añoran, ansían y aman. Nada, pues, tiene de extraño que a Bernardo le vengan los mismos pensamientos que a Santa Teresa: que muero porque no muero... Lo cual indica un amor a Dios muy crecido. 4 El Señor concedió a Bernardo de Hoyos lo que, por ejemplo, no otorgó a Santa Teresa de Jesús. Bernardo pudo encubrir los fenómenos místicos con que era agraciado, de modo que a su muerte, cuando apareció toda la riqueza de su vida interior en los primeros escritos que se hicieron de él, algunos de sus mismos compañeros quedaron estupefactos porque Bernardo supo pasar desapercibido y como un jesuita de tantos. No así ocurrió en la vida de Santa Teresa, que contra su voluntad no podía en ocasiones resistir los toques de Dios en ella sin que aparecieran al exterior de una manera más o menos llamativa. 5 La misma impresión nos da Santa Teresa en alguno de sus pasajes cuando cuenta lo mucho que le afectaba ver , en ocasiones, el rostro de Cristo airado y severo. 6 Bernardo recuerda aquí algo que San Ignacio dice en sus Ejercicios. En la regla décima del discernimiento de espíritus escribe el Santo: el que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces (Ejercicios, nº 323) 7 Todo indica que, en tiempo de Bernardo de Hoyos, al menos los novicios solían intercalar entre misterio y misterio esas palabras que ahora suelen decirse antes de las letanías: Ave, filia Dei Patris.... Dios te salve, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, a la cual deben darse infinitas alabanzas por los siglos de los siglos. Amén. 8 Expresa aquí Bernardo algo que San Ignacio llevaba siempre en el corazón y que es como la esencia de su espiritualidad: por encima de todo hacer la voluntad de Dios, para lo cual es preciso hacernos indiferentes. Por ello se cuenta en su vida que en una ocasión uno de los primeros jesuitas pronunció esta frase: yo me inclino a no inclinarme, queriendo expresar que estaba indiferente para aceptar lo que le mandasen, y que aquella actitud le agradó mucho al Santo. |
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