Parte primera, capítulo 4. Desamparos del H. Bernardo, y gracias con que el cielo premia su fidelidad. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Las ansias que mantenía ardorosas el Niño-Dios en el corazón del H. Bernardo, de padecer trabajos en vez de los favores con que le regalaba, eran, demás de lo dicho, argumento indudable de que se los quería enviar Su Majestad. A este fin, sin duda, ya desde los primeros días en que gozó de los deleites que hemos insinuado, se dignó el divino espíritu enseñarle de viva voz la preciosa máxima de este camino extraordinario: conviene a saber, que no hay señal más cierta de ir segura una alma por la senda de gracias tales como visiones, raptos, éxtasis, locuciones y otras análogas, que padecer o querer padecer mucho por el mismo Señor que tan suavemente la regala. Tal, en efecto, ha sido y es el orden regular de la divina providencia. Está probado, y el mismo Dios se ha encargado de probar en la vida de sus siervos más favorecidos1, que los trabajos y desconsuelos “son compañeros inseparables de sus regalos”, como escribía el H. Agustín al P. Loyola que se lo avisara a su discípulo aun antes de que supiera él que le hubiesen venido: “son como las arras celestiales que preceden a su divina unión y desposorio con el alma; y, según creo y entiendo”, añade el buen Hermano, “son el sello real de discípulos de Jesús; y mucho pueden temer los que en el camino espiritual, teniendo particulares favores, no muestran este soberano sello” (1). Por la .misericordia de Dios muy pronto pudo mostrarlo nuestro H. Bernardo.

Apenas había pasado mes y medio entre las delicias con el Niño-Dios que ahora, con ocasión de la solemnidad de su Nacimiento, le consolaba y encendía en su amor, cuando se halló de repente como si jamás hubiera experimentado el menor sentimiento de dulzura. En la oración todo eran distracciones, sequedades y desganas, con una insensibilidad que no pareciera posible imaginarla tan grande, aunque se le hubiese empedernido el corazón. Lo mismo en la misa y en cuantos ejercicios practicaba en su estado de novicio.

Era muy puntual y exacto en todos ellos, y ahora con más especialidad y diligencia: pero en ninguno hallaba consuelo. Acudía a su P. Loyola en busca de algún descanso para su espíritu. Hacía éste lo que podía para animarle a resistir con denuedo a tanto tropel de penas y angustias como le abrumaban: decíale que Dios se las enviaba sólo para probar su amor, y certificarse de si eran verdaderos sus deseos de padecer por el amado; que pronto pasaría aquella noche oscura de sombras y lobreguez; que no tardaría en llover de nuevo sobre su alma el rocío de las bendiciones del cielo; que nada se perdía, antes se ganaba mucho en estos combates, como se peleara en ellos con valor y constancia: en fin, que no eran efecto de la vengadora justicia de Dios, sino del infinito amor con que quiere alardear de sus fuerzas en la lucha de sus amigos contra las huestes conjuradas del infierno.2 Mas todo, al parecer, inútil: no había manera de dar con ningún alivio para el H. Bernardo. Y, a la verdad, ¿cómo dar con él, escapado ya de sus amantes ansias aquel Niño divino que poco antes le hechizaba con su presencia, robándole todos sus afectos y ternuras?

Tal vez alguno, más versado en la teoría que en la práctica de la vida espiritual, note de extremada, y aun de impaciente, esta inquietud y agonía del H. Bernardo. Pero acuérdense nuestros lectores que tratamos de un niño de quince años de edad, y de dos meses no cumplidos de la nueva vida en que el Señor le puso. Demás de que, si bien se considera, uno de los medios con que mayormente prueba Dios a sus siervos, es este mismo desasosiego e intranquilidad que causa o permite en las almas, de una manera muy oculta, que no deja de ser real y certísima porque no la entendamos los hombres.

Pero oigamos al mismo H. Bernardo que nos diga lo que sintió su espíritu, y cómo se hubo en esta primera ausencia del bellísimo Niño: con su dicho y explicación se verá todavía mejor que no le faltaban razones para andar intranquilo y angustiado. Temía el candoroso joven no fueran sus culpas la causa de habérsele ausentado su amor; y desahogaba así su pecho hablando con él: “Divino Niño, los cielos se han hecho de bronce para mí: si es por mi culpa, los ángeles te den las debidas gracias porque me quieres castigar aquí para premiarme en el cielo. Mas, declárame, te ruego, divino amor, cuál es la culpa que a esto te ha movido, para que yo ponga más cuidado en enmendarme de ella. O si es porque tu fino amor quiere probar el mío, hágase tu voluntad; pero, Niño hermoso, mi esposo y mi amado, ¿cómo es posible que yo pueda vivir sin ti?”. Así habla ahora quien pocos días antes avisaba a su Niño que mirase que él no sabía de amor; y así se lo expresaba de continuo, sin poderse valer, mientras le duró el mal de ausencia de su amado, más penoso e insufrible sin comparación que la misma muerte. ¡Bien se echa de ver que estudiaba en la escuela de Dios, único amor verdadero!.

Pero el mal pasó, y con él las sequedades, las angustias, las tinieblas y desolaciones de su espíritu: volviósele al fin a descubrir su Niño al cabo de algunos días, más encantador que de antes, mas risueño y cariñoso.3 ¿Quién dirá los trasportes de alegría y santa locura de nuestro H. Bernardo al encontrarse ya de nuevo en comunicación con él, y gozándose con su sagrada presencia? Derretíase en lágrimas, ternuras, deliquios y gustos del cielo, sobre todo al recibirle en la comunión: juzgaba que estaba ya en la gloria, y repetía abrazando a su amor Jesús, sin saber lo que se decía, y con la sencillez de un niño que juega con otro niño: Ya te cogí, amor; aquí te tengo: no te me has de ir ya, sin que me lleves contigo.

No advertía el pobre novicio que todos estos consuelos en que le anegaba el Niño-Dios, no habían de ser para siempre; que se le iba a ausentar de nuevo a la hora menos pensada; que el dejarle ahora que se deleitase con él, era sólo para disponerle a padecer más por su amor, y hacerle más dolorosa su nueva ausencia, que había de llegar bien pronto.

Vino en esto la cuaresma de 1727, y hallábase ya más fortalecida el alma del H. Bernardo con las pasadas veces de tribulaciones y favores. Debía ser, por tanto, mayor también la prueba: que tal es la admirable traza con que Dios dirige a sus siervos por el camino de la perfeccion. Quejábase poco ha el fervoroso novicio de que el Señor le hubiese robado sus consuelos; ya ahora serán otras sus quejas, como otra fue su lucha, y mayores sin comparación sus penas y aflicciones.

Vencidas ya con la gracia de su amor Jesús, escribía así a su director espiritual, recordándole de paso los favores de tiempos más bonancibles. ”No tengo por menor favor”, le dice, “que en algún modo ha querido el dulce Jesús hacerme participante de su cruz. De esto no diré sino que desde el Miércoles de ceniza (26 de Febrero) hasta el Viernes Santo (11 de Abril) padecí vehementísimas tentaciones de rabia, furia, desesperación, contra la fe, contra las santas imágenes, blasfemias y una tentación de impureza que fue la que más me afligió. Llegáronse a estas tentaciones unos dolores agudísimos; y, a mi parecer, son los que el P. Godinez llama purificación de espíritu”.

Más adelante habrá ocasión de explicar despacio lo que entienden los místicos por esta dolorosísima purificación, cuando lleguemos a describir por menudo lo que sufrió el alma del H. Bernardo al entrar en ella de veras en lo más recio de sus tentaciones por Noviembre del año siguiente, y salir victorioso de tan terrible estado. Entonces se entenderá también mejor lo que ahora sería algo difícil de exponer con claridad en los principios de tan extraordinarios accidentes: porque no se ha de olvidar que aún andamos a los principios de la carrera espiritual del H. Bernardo, y conviene ir con tiento en las divinas operaciones que se manifestaron en su alma, cada vez más dispuesta y rendida al influjo de maravillosas inteligencias. Contentémonos, pues, por lo presente con la sencilla narración de los hechos de modo que sirvan para datos de lo que después vendrá, y sigamos al novicio en lo que él mismo nos cuenta de los admirables efectos de su espíritu, y ni aun él es todavía capaz de individuarlos con la debida precisión y exactitud.

Iba ya a concluir la cuaresma tan dolorosa que decíamos; y el Viernes Santo, a la misma hora en que el alma gloriosísima de Cristo bajaba llena de resplandor al limbo de los Santos Padres, sintió el H. Bernardo que de repente desaparecían las espantosas tinieblas en que hasta entonces había estado sepultado su espíritu, y empezó a disfrutar de sabrosísimos deleites, prenuncios de otros mayores.

Lo que más había acongojado su corazón todo el tiempo del desamparo y oscuridad, era el temor de que cometiese alguna culpa en él, bien que fuera por inadvertencia. A esta causa fue muy singular el consuelo que tuvo durante la oración del día de Pascua a la mañana: en ella le certificó el Señor que no le había ofendido en la menor cosa, antes agradádole mucho con su valor y ánimo, rebatiendo victoriosamente las desesperadas acometidas del enemigo en todo aquel tiempo.

Dando luego en la capilla gracias después de comulgar, este mismo día de Pascua (13 de Abril de 1727), oyó en lo interior de su alma una voz clarísima del Señor que le decía: Bernardo, ámame que todo soy amable. Hicieron tal impresión estas palabras en su espíritu, que le suspendieron y dieron a gozar “cosas indecibles”,3 como él se explica. Verdad es que también fueron las primeras con que le habló el Señor a la manera especial con que se hace oír de las almas sin dejarse ver de ellas, y mostraban bien la confianza de la soberana Majestad con una pobre criatura (2). Junto con esta celestial merced, recibió la necesaria discreción4 para conocer las hablas de Dios y las que el mal espíritu o la imaginación caliente con su natural viveza o con algún favor del cielo que pasó, puede formar por sí misma: “Aquélla”, dice, “se conoce por los admirables efectos que causa; que son, entre otros, un abrasado amor de Dios: ésta, porque no causa más efecto que una cosa soñada”.

Desde este feliz día de la Resurrección apenas hubo ninguno en toda la vida del dichoso novicio en que dejara de recibir alguna singular merced, como veremos: pues aun en los tiempos en que se interrumpían los gustos y delicias sensibles, eran para el H. Bernardo gracias de no menos valor los mismos desamparos y aflicciones que le aquejaban. Por lo visto había ya adelantado mucho en poco tiempo el buen discípulo en la escuela de Dios, y crecía más en el espíritu que en el cuerpo, en la perfección que en los años. Lástima que el P. Loyola se nos quedara tan corto en este particular; pues, sin saber por qué, nos deja un hueco de cerca de trece meses nada menos, saltando del día de Pascua de 1727 al de la Ascensión de 1728. Tal vez lo hiciera así porque su novicio aún no había recibido orden de apuntar por menor las cosas que le ocurrían, como la recibió poco después, y la cumplió exactamente en lo sucesivo.

Sin embargo, algo debió acaecerle de notable aun por ese espacio, según se colige de su correspondencia con el H. Agustín. Pues satisfaciéndole éste en varias dudas que le propone sobre su manera de haberse en la oración y en las visitas del cielo, adviértele, entre otras cosas, que “la herida que dice experimenta a veces, y se explica con el nombre de una sabrosísima pena, es un llamamiento del amado, un toque e impulso muy sutil, y un aviso tan delicioso, tan delicado, tan penetrante e irresistible, que luego se sigue lo que añade mi Hermano que se derrite y liquida el alma en amor y suavidad.

“Lo que dice también de la turbación, es muy propio del enamorado rey, que quiere hacer alarde de su soberanía y poder; y también quiere causar con este género de pavor una santa quietud y reposo en la imaginación y demás potencias y sentidos. Ya yo le dije que con el tiempo y la costumbre de tratar con el dulcísimo esposo se apaciguarían aquellas ansias, fervores, ímpetus y sollozos en que tal vez es necesario prorrumpir a los principios: porque, como el alma no está acostumbrada a beber del vino del amor divino, parece que luego al primer sorbito se embriaga, y quisiera hacer locuras por su esposo. Pero cada día, si corresponde, se pone más robusta; y, como va viendo las grandezas de su amado, se va connaturalizando”.

Muéstrale después que nada tiene de extraño que a veces, yendo como va, se le figure que “su alma se halla en otra región” y mundo superior a este en que habitamos, pues así debe ser. Le da aquí la “enhorabuena de haberse, como esperaba, consagrado a Su Majestad con los votos de devoción (3)”, y concluye su respuesta con estas palabras en él muy significativas: “De sus cosas poco puedo decir en una carta, pero no hay en qué tropezar” (4).

Del mismo sentir era también el P. Loyola. Mas, como viese que andaba extremadamente consolado su novicio por este tiempo, y deseoso de hacer cosas grandes por Dios, íbale a la mano con prudencia, y le aconsejaba que procurase contener sus deseos y valentías 5 dentro de los límites de una virtud práctica y segura, empleándolos en nivelar sus acciones con aquella rectitud de intención y total desprendimiento que piden nuestras reglas; y que aspirase, no tanto a emprender obras grandes, cuanto a ejecutar las pequeñas con grande espíritu, cuidando que más se paga el Señor de nuestra fidelidad en el cumplimiento de éstas, que del aparato y esplendor de las otras que sólo ostentan la señal de maravillosas y sorprendentes.

A eso se inclinaba también él de suyo: pero, como eran otros los designios de quien todo lo puede, no había más remedio que dejarse arrastrar por donde le llevara el Señor, cuyo agrado y servicio mostrábase claramente ser, por los efectos, que siguiera el H. Bernardo por caminos no trillados, y alternara por ahora su alma entre consuelos y penas, entre seguridades y temores, con que, al paso que se levantaba a un altísimo grado de amor de Dios, se purificase más y más en sus encendidas llamas.

Como consecuencia de esta soberana disposición, fueron grandes sus regalos e ilustraciones por todo el tiempo en que vamos de 1727 hasta después del Nacimiento del divino Niño, volviendo luego las congojas por la cuaresma siguiente, cada vez más terribles, sin cesar hasta la Pascua, en que de nuevo recibió singulares gracias que llevaban ya mucha ventaja a las del año anterior. Sobre todo eran frecuentes las hablas interiores: mas no sin que su misma frecuencia y majestad causara en el H. Bernardo alguna zozobra y nuevas sospechas, vehementísimas a las veces, de si sería o no de Dios tanta inundación de gustos en que se anegaba su espíritu, y aquel trato no interrumpido con quien parecía querer estar hablándole continuamente al corazón. A lo cual se juntaba que, si bien había ya recibido luz bastante para distinguir entre las hablas verdaderas y las falsas, como queda dicho, mas permitía el Señor que a ratos se le amortiguase esta luz, y no pudiese ver claro lo que pasaba en lo interior de su alma. Este es uno de los medios más suaves y ordinarios de que se vale la divina providencia para manifestar aun a los que más progresan en la perfección, que se han de regir en todo por el consejo y mandamiento de sus directores.

Acudió a ellos humildemente nuestro H. Bernardo: y la respuesta prudentísima que le dieron, como hombres que, conociendo bien el origen de aquellas hablas, querían probar con ella la solidez del novicio, fue que él no se metiera a inquirir de dónde le venían, sino que atendiera únicamente a examinar qué efectos causaban en su alma,6 y qué frutos en su corazón: que lo demás corría por cuenta de quien estaba puesto por Dios para gobernarle. Con esto bastaba al obediente Hermano: mas, para su mayor consuelo y seguridad, le añadieron que no dudara ser ciertamente el espíritu del Señor el que le hablaba.

Así lo reconoció también él muy pronto en la primera visita del cielo que se siguió a esta consulta; y aun más claro el día de la Ascensión (6 de Mayo de 1728), en que quiso su amoroso dueño que participara del gozo y fiesta de los ángeles en el recuerdo de aquel solemnísimo triunfo. Hablóle de modo que no pudiera desconocer ni dudar cuya fuese la voz, y al propio tiempo le comunicó encendidos deseos de recibir al Divino Espíritu, que a su partida a la diestra del Padre había prometido enviar al mundo. Fuéselos después aumentando de día en día, hasta que, cercano ya el de su gloriosa bajada, le hirió de repente con una luz tan viva de su indignidad para merecer tanta gracia, que casi le cegó por el momento.

No desmayó, sin embargo, el animoso joven. Acogióse al eficaz y seguro patrocinio de la Virgen, su madre, a quién jamás acudió en vano este su devoto hijo, y experimentó en esta ocasión una confianza cual nunca de que su indignidad, con tal valedora de su parte, no serviría de obstáculo a las misericordias del Señor. A proporción de la confianza fueron los consuelos y favores que gozó el H. Bernardo ya desde la víspera de la festividad del Espíritu Santo: pues “ya desde la víspera, estando en oración por la mañana, fueron tales”, dice él, “los ímpetus y saetas amorosas, que, cuando venían algunos de estos ímpetus, parece se deshacía el alma, abrasándola el fuego de amor”.

El día mismo de Pentecostés (16 de Mayo), al comulgar, reconoció sensiblemente la venida e impresión del Espíritu Santo sobre su alma; pero al mismo tiempo se le manifestó que aquel favor era para animar y fortalecer su espíritu, y disponerle para la batalla en que luego iba a entrar con el infierno. Dejóle esta gracia un profundo conocimiento y confusión de su nada, pequeñez y ruindad para recibir a tan soberano huésped: asimismo, una poderosa, violenta y como forzada inclinación al autor y fuente de todo bien y don perfecto; y con ella efectos admirables de su presencia, siendo el primero y principal “una unión”, como él dice, “más subida y más estrecha que antes con Dios, mayores dulzuras, mayores luces, mayores favores y mayores deseos de padecer”. Esta era la herida por donde siempre respiraba aquella gran alma del H. Bernardo, anhelosa de que se le presentara ocasión de convertir en obras sus deseos.

Aquí el Señor, como para irritárselos aun más, le mostró por visión imaginaria dos ferocísimos demonios en forma de dos perros grandes como alanos, con las bocas abiertas y las garras aceradas, que, según la furia con que se abalanzaron a él, parece que iban a despedazarle. A esta visión imaginaria acompañó otra intelectual y altísima, en que conoció claramente cuanto había de padecer en la terrible lucha que en breve le aguardaba, y también el día fijo en que empezaría, y cómo saldría vencedor con el auxilio de Dios y la protección de los Santos sus devotos, especialmente de la esclarecida virgen Santa María Magdalena de Pazzis. Pues quiso dársela ahora el Señor por especial abogada en sus desamparos y sequedades, significándole que lo hacía así a causa de la gran semejanza que habían de tener sus trabajos con los que padeció aquella su humilde y amantísima esposa. Para fin y colmo de gracias, dignóse declararle por sí mismo unos medios y documentos eficacísimos contra las tentaciones y tinieblas del desamparo en que iba a entrar, y que conviene poner aquí, para común enseñanza, en los propios términos en que el devoto joven los recogió de labios de su amoroso Maestro.

MEDIOS CONTRA TENTACIONES DADOS POR JESUCRISTO.

Nunca en las tentaciones te muestres sin ánimo; pues no quiere otra cosa tu enemigo para hacerte más guerra. Cuando quisiera impedirte recibirme en la Eucaristía, haz lo que otras veces: que es ir a pedir al Superior te mande comulgar, como lo hacía mi sierva (5); y, aunque no me sientas en tu corazón cuando me recibas, te he de fortalecer y animar mucho. Cuando se halle tu parte inferior alborotada (6), no hagas fuerza por hacer con mucho afecto los actos contrarios a las tentaciones, sino con quietud, o vocalmente; porque tú quisieras tener entonces el sentimiento que ahora te doy, pero no lo hallarás. Procura que la parte superior de tu alma esté siempre en mí, aunque no lo sientas. En las tentaciones torpes, no hay que hacer más que tener paciencia; pues, cuando acudieres a mí, te parecerá que no me hallas; mas acude como pudieres: cuando te vieres más libre de esta tentación, renueva el voto de castidad, y pídeme a mí y a mi Madre te ayudemos, y haz todos los actos de aborrecimiento que pudieres. En las tentaciones de desesperación observa lo dicho, cuando te hallares en lo más fuerte de ellas (7), y después acógete a mí, y haz los actos contrarios. En las tentaciones de blasfemias que te parecerá dices contra mí, contra mi Madre y Santos, no te inquietes, pues no me ofendes en eso, antes me agradas, pues procuras resistir al enemigo que te las sugiere; pero procura decir lo contrario con la boca; pues, aunque te parezca lo dices de cumplimiento, lo dices muy de corazón. En todas las tentaciones procura desafiar al enemigo con ánimo, 7 y no te turbes, pues no quiere él más para persuadirte que has consentido en todas sus sugestiones, y de aquí llevarte a la desesperación. En tus tristezas no hallarás consuelo sino en aquél que te he prometido (8); porque, si no me retirase yo, esto es, si te dejase los sentimientos que ahora tienes, no tendrías qué ofrecerme. Ya te he prometido mi ayuda, la de mi Madre y Santos tus devotos”.

“Hasta aquí”, concluye el H. Bernardo, “las inteligencias que en este día me comunicó el Señor, las cuales me animan en gran manera”.

No menos le animó una celestial visita que el día de la octava del Corpus, después de haber comulgado, recibió de la soberana Emperatriz de cielos y tierra. Hablóle con mucho amor la bendita Señora, esforzándole a padecer con denuedo, y le añadió que “éste era el camino por donde había llevado el Eterno Padre a su Santísimo Hijo; y que esta probación, esto es, el desamparo que me esperaba, era para que mostrase mi amor, y su divino Hijo se uniese más conmigo. Lenguas de serafines necesitaba para poder explicar lo que en esta visita y consolación pasó por mi alma”, escribe el fervoroso H. Bernardo.

El principal efecto que en ella sintió, fue de grandísimos deseos de entrar cuanto antes en batalla con el infierno, y padecer lo posible, viendo que ésta era la voluntad de Dios. Y, en efecto, bien pronto comenzó la infernal batalla, y padeció en grado más intenso el pobre novicio todo el conjunto de penas, tentaciones y amarguras que antes insinuamos y será preciso repetir después. Lo que ahora conviene observar y debe tenerse como eficaz prueba del espíritu del H. Bernardo, es que empezó y se acabó este tiempo de terrible probación el mismo día y a la misma hora que había profetizado. Empezó el viernes 4 de Junio; se acabó el jueves 8 de Julio de 1728 (9).

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(1)   En carta suya al P. Loyola, fechada a 21 de Enero de 1727, pero escrita por lo que hace a esta parte el 6 o 7, al tratar de sus sentimientos del 2 del mismo mes.

(2)   Las hablas, lo mismo que las visiones, pueden ser también corpóreas, imaginarias o intelectuales, según que suenen en los oídos, se formen en la imaginación, o se infundan en el entendimiento. No dice el P. Loyola a cuál de ellas perteneciera la que esta primera vez tuvo el H. Bernardo, y es fácil que aun éste mismo no lo explicara; pero nos inclinamos a creer que debió ser imaginaria, por el modo como uno y otro describe sus efectos; y entre las mismas imaginarias, una que llaman formal los místicos, distinguiéndola de las sucesivas y las sustanciales. Las hablas formales son unas palabras en cuya formación no entra para nada el alma, como acaece en las sucesivas a que ella concurre algún tanto, sino que las escucha claramente como dirigidas por tercera persona a su interior, aunque sin el efecto natural de las sustanciales, que es obrar lo mismo que dicen.

(3)   Los votos de devoción son los de pobreza, castidad y obediencia con que un novicio, sin dejarlo de ser, promete a Dios su cumplimiento, y por su parte se liga con la religión donde quiere profesar, sin que ella quede ligada a admitirle a la profesión o votos que constituyen verdadero religioso. Suelen hacerlos comunmente nuestros novicios al fin del primer año de noviciado, con licencia del P. Provincial.

(4)   Extracto de carta de 27 de Julio de 1727.

(5)   “Esta es Santa María Magdalena de Pazzis, a quien la Virgen María dio este mismo medio contra esta tentación”. Nota del H. Bernardo, como las demás que se ponen a estos Medios.

(6)   “Lo cual hace el demonio”.

(7)  “Quiero yo darme más a entender: y así digo que en esto entendí del Señor que en lo más fuerte de las tentaciones no me fatigase, sino que tuviese paciencia, y que después hiciese lo que ahora diré; aunque en medio de las tentaciones no había de dejar los afectos, pero con sosiego”.

(8)   “Es de saber que antes me había ya el Señor prometido por único consuelo en el desamparo a mi Padre espiritual; y éste es de quien me dijo el Señor ahora estas palabras”.

(9)   Sucedió por este tiempo que, habiéndose retirado por algunos meses a Villagarcía el apostólico y santo misionero P. Pedro de Calatayud, gran amigo del P. Loyola y del H. Agustín, pareció ésta buena ocasión al P. Loyola para consultarle sobre algunas cosas de su novicio, llevado de su mismo carácter menos atrevido que prudente e inclinado a toda virtud. Preguntó al H. Agustín qué le parecía de ello; y éste le respondió hacia mediados de Junio que, “siendo el motivo de comunicar esas cosas con el P. Pedro la dirección del H. Bernardo principalmente, y más si V. R. duda acerca de alguna cosa suya, no hallo inconveniente en que V. R. trate de ello con el P. Pedro, o en que el Hermano le hable: pero conviene que esto sea sólo en lo que toca a su dirección, y advirtiéndole que no descienda en la cuenta a particularidades, sino en general, o alguna cosa, pero muy rara, en particular”.


1  Famosa es la frase de Santa Teresa de Jesús que, hablando de ello, le dice al Señor: por eso tenéis tan pocos amigos.

2  El P. Loyola cumple a las mil maravillas el consejo dado por San Ignacio cuando avisa al director espiritual que con el tentado no se halle con él “duro ni desabrido, mas blando y suave”.

3  Qué ciertas resultan las palabras del Kempis: “porque después del invierno viene el verano y después de la tempestad, gran bonanza”.

3  Son esas palabras “sustanciales” que no sólo dicen, sino que causan efecto en el alma.

4  La “discreción de espíritus” fue, quizás, el carisma más relevante de Bernardo de Hoyos por cuanto se dio en él a muy temprana edad.

5  El P. Loyola sigue el consejo que da San Ignacio en sus Ejercicios diciendo al ejercitador : “el que los da (los Ejercicios), si ve al que los recibe que anda consolado y con mucho hervor, debe prevenir que no haga promesa ni voto ninguno inconsiderado y precipitado...” (Libro de los Ejercicios espirituales, nº 14)

6  Es el criterio que da Jesús en el evangelio: “El árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo los da dañados”.

7  San Ignacio aconseja esta misma táctica en sus Reglas de discreción de espíritus para la primera semana de Ejercicios y, en concreto, en la última de las reglas.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888