| Parte primera, capítulo 13. San Ignacio da al H. Bernardo la ley de las esposas de Cristo. (Vida del P. Bernardo de Hoyos, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo). | ||
| Llegó el
día de nuestro P. San Ignacio, 31 de Julio de 1729,
felicísimo para el H. Bernardo su hijo. Al tiempo de
comulgar oyó una celestial música de ángeles que
cantaban en gloria del Santo: Fuego vine a meter en la
tierra; pues ¿qué quiero, sino que se encienda y
abrase? (1); y al de dar gracias, tuvo una visión
intelectual de las más subidas que había experimentado
su espíritu. Hallóse en presencia del Eterno Padre,
conociendo y como viendo por manera muy singular
que era persona distinta del Verbo y una misma
sustancia con él. Le habló entonces Su Majestad, y descubrióle
secretos tales, que no puede el hombre conocer ni pensar,
cuánto menos reducir a palabras, escribe el H. Bernardo,
y añade: Yo sólo puedo decir cómo me dio
a entender el Padre Eterno que su Hijo unigénito quería
a mi alma por esposa, y me enseñó la grande
perfección que requiere el estado de esposas de
Jesucristo. Vio luego a este Señor por visión
imaginaria, bellísimo a maravilla: traía en sus manos
un collar de oro muy precioso, con una cruz de la misma
materia. Echóselo al cuello al favorecido joven, que
estaba como fuera de sí con tan extraña merced. Díjole
solas estas palabras: tu Padre te dará la ley de mis
esposas; y desapareció, quedando sumergido
nuestro H. Bernardo en incomprensibles dulzuras. Extático se hallaba aún y suspenso, cuando le pareció que su espíritu arrebatado de fuerza superior y divina, iba subiendo poco a poco al cielo empíreo, y entraba ya por las puertas de aquella celestial Jerusalén. Mas ¿quién dirá lo que allí vio? Vi, dice él, grandes y numerosos escuadrones de ángeles: vi las fiestas que se celebraban en el cielo por mi P. San Ignacio: vi innumerables Jesuitas con grandes júbilos y regocijos; y reconocí entre ellos a San Francisco Javier y a mi V. P. Padial, que estaba muy cerca de nuestro Santo Padre. Esto era por visión intelectual, por la cual vi también otras cosas que no sé decir. Vi además por visión imaginaria un trono, todo de oro y semejante a otro en que, en cierta visión, vi sentado a mi amor Jesús: entendí era muy cercano y de los más próximos al solio de la Santísima Trinidad. En él vi a mi glorioso Padre, con tanta gloria, que quedé admirado sin embargo de haber visto la de otros Santos. Estaba vestido de sacerdote:1 era blanca la casulla y matizada de hermosas labores y rica pedrería; el alba, de una tela tan admirable, que mostraba bien no ser cosa de por acá. Tenía un hermoso libro algo grande, en sus manos, y abierto: me dio a leer en él, y vi y leí las siguientes palabras, escritas con letras de oro: Esta es la ley de las esposas de Dios: amar a Dios con todo su corazón, y no admitir afecto de cosa criada sino en él. Esta es la ley que antes me había dicho el Señor que me daría mi Padre. Entendí los altos quilates que tan feliz estado pide, y la mayor y más encumbrada perfección a que puedo llegar en esta parte. Hasta aquí el H. Bernardo, que concluye su relación con la siguiente advertencia: No puedo dudar de la verdad de estos favores: lo uno por los efectos que en mí producen; lo otro, porque tales cosas están fuera del poder del enemigo, y la imaginación es grosera para formar por sí en mil años lo que aquí vio en poco tiempo. Como estas mercedes que recibió el día de nuestro glorioso Padre, se sucedieron sin interrupción por toda la octava, al fin de la cual le sobrevino un nuevo asalto del maligno espíritu, que le puso delante, como ya alguna otra vez, una imagen de la sagrada Humanidad de Cristo Jesús. Pero alborotóse de suerte su alma ahora, como otras veces, a la vista de aquella imagen, que fácilmente conoció ser ilusión y pintura del enemigo. Clamó, sin embargo, al Señor rogándole humilde y encarecidamente, como solía en tales aprietos, que no permitiese fuera engañado del demonio: que de su parte él sólo deseaba amarle; no, recibir mercedes y favores. A esta humilde súplica respondió su divino maestro: Bien, Bernardo: porque no los deseas, por eso no serás engañado: pero déjame a mí obrar en tu alma lo que mejor me parezca; y a la hora se le mostró vestido de sotana y manteo lo mismo que se usa vestir en la Compañía2. Consoléme mucho de ver a Jesús vestido de Jesuita, dice aquí el H. Bernardo, y luego añade: Resplandecían su rostro y manos sacratísimas con admirable claridad: y las vestiduras, por sí negras, despedían resplandores de luz, y parecían blancas como la nieve. Siendo tan frecuentes los favores que recibía en muchas otras festividades, no podía dejar de recibir alguno en la del dulcísimo P. San Bernardo,3 de cuyo nombre se gloriaba. Y en efecto, mostrósele el Señor en ella, a 20 de Agosto de este año, y le dio a entender que se le había puesto el nombre de Bernardo en el bautismo, para que procurara imitar al Santo en todo, pero, muy en particular, en su acendrada devoción a la Santísima Virgen. Mas, tornando a las mercedes que el Señor le hizo por esta época en orden a nuestra Compañía de Jesús, es dignísima del amor y agradecimiento de todos sus hijos la que él nos dice haberle comunicado en la festividad de San Cosme y San Damián,4 27 de Septiembre. Vio el H. Bernardo a su Compañía en el Corazón de Jesús, y se le confirmó aquella tan celebrada revelación de que todos cuantos perseveraren en ella hasta la muerte, serán salvos.4 Túvola en estos términos tan generales y absolutos el primero, ya por los años de 1587, un insigne Capuchino llamado Fray Lorenzo de Mola: y puede verla el curioso con los demás documentos que la autorizan y comprueban, en la obrita intitulada La muerte en la Compañía de Jesús prenda segura de salvación (2). Nada añade a la suya la del H. Bernardo, por lo que prescindimos de referirla, más que una razón de bastante congruencia que abona y hace más creíble la certidumbre de tan singular privilegio como goza la Compañía de Jesús. Porque, considerando su grandeza el devoto joven y reparando en que no todos trabajamos en ella tan gloriosamente como nos pide nuestro sagrado instituto, y más que algunos acaso degeneran de sus obligaciones, fuele dado a entender que los apostólicos trabajos de los verdaderos hijos de la Compañía merecen de algún modo auxilios eficaces para la penitencia final, aun de aquellos que quizá la desmerecen por sus tibiezas o vida menos arreglada. Quiere el Señor, concluye a este propósito el H. Bernardo, que de lo que muchos Jesuitas merecen con tan insignes trabajos, participen todos: y, si él lo quiere así, ¿quién le irá a la mano, o será capaz de atársela? Pero, todavía hay otra razón que aun de tejas abajo, como dicen, hace probable este privilegio, si atendemos a la diligencia que pone la Compañía en que no se le queden aquí dentro los que hubiera después el Señor de rechazar a su paso de esta vida a la otra: diligencia tan exquisita, que sólo se comprende con lo descubierto al mismo H. Bernardo en una visión que, para ocultar su origen, y satisfacer a los Superiores, deseosos de que corriera entre los nuestros, encabezó él con el siguiente epígrafe: Visión simbólica que mostró Dios a una persona, de lo que la Compañía de Jesús practica con sus hijos díscolos, trasladada por las palabras de la persona que la tuvo, y con la explicación que de ella se le dio. Aunque es algo extensa, bien merece que la copiemos íntegra, saltando, si es caso, por algunas menudencias o digresiones menos necesarias a nuestro intento. Dice así: Era un hermoso jardín o huerto cercado de una alta muralla, con puertas por donde entrasen unos y saliesen otros, lleno todo él de variedad primorosa de árboles: y vi que bajaba del cielo Nuestro Señor Jesucristo, y empezó a registrarlo todo, acompañado del jardinero principal que tenía en la mano un instrumento propio de su oficio, y de otros delegados suyos y como segundos jardineros que le recorrían en todas direcciones. Miraba el Señor a unos árboles con ojos apacibles, mostrando en su divino rostro la complacencia que en ellos tenía: y reparé que todos aquellos en que él se agradaba, o estaban cargados de frutos, si bien éstos eran diferentes, o tenían hojas y flores, o algunos solas hojas; pero en los que tenían hojas no más, entendía yo que se agradaba, no por las hojas mismas, sino porque en ellas preveía las flores y los frutos: también reparé que no en todos los que estaban vestidos de hojas mostraba agrado, antes a algunos de éstos los miraba con severidad. En medio de los árboles solía encontrar algunos que mudaban su hermoso rostro de alegre en triste, de apacible en airado. Llamando entonces al jardinero principal, le decía que mirase aquel árbol (el cual notaba yo estar con algunas hojas, pero torcido, o medio seco, o seco del todo), y después le añadía: Córtalo, ¿a qué ocupa esa tierra? Córtalo y échalo al fuego. Al oír estas palabras, a veces inmediatamente le daba el jardinero un golpe, y mandaba a sus vicarios que hiciesen lo mismo con él, y caía el árbol al suelo de modo que hasta sus raíces salían de la tierra. Luego los segundos, a la voz del primero que gritaba: Afuera con él, abrían la puerta y le echaban fuera del jardín; y por otra puerta metían otros que ocupaban el lugar de los echados fuera. Pero otras veces, cuando decía el Señor al jardinero: Córtalo, solía éste suplicarle que lo dejase algún tiempo más, que se le aplicarían algunos remedios, y que, si no diese fruto, lo arrancaría. En estos casos accedía casi siempre el Señor a la primera súplica, aunque alguna vez le respondía que bastante tiempo había tenido para dar frutos, o a lo menos flores: que lo cortase, que él le daría otras plantas en su lugar que fueran más fructuosas: que harto se le había beneficiado dejándole ocupar aquella tierra, que, si la ocupase otro, ya tuviera abundantes frutos. Pero volvía él a suplicar, y concedíale entonces el Señor lo que le pedía. Los medios que tomaba el jardinero para beneficiar los árboles, eran varios. A los que estaban llenos de hojas sin flores ni frutos, quitaba mucho follaje y la pompa que hacían en lo alto; a los medio secos, cortaba las ramas que ya lo estaban, aunque no todas se dejaban desmembrar; a los del todo secos los regaba más a menudo y los cuidaba más que a los otros. A estos últimos además les ponía un cerco de piedra para más ampararlos (y también para que, si de puro secos cayesen hacia algún lado, no derribasen o torciesen con su caída a los inmediatos); y si con todo esto no reverdecían, luego daba sentencia para cortarlos, y los cortaba él o llamaba a los segundos que lo hiciesen: lo ordinario era cortarlos él mismo, y entregarlos ya cortados de raíz a los otros jardineros que abriesen la puerta y los llevasen fuera. Reparé que uno u otro árbol, aunque con flores, y aún con frutos, de repente los perdía y quedaba sólo con hojas, o completamente seco, en cuyo caso también pasaba la sentencia que los demás echados. Estos causaban al Señor y al primer jardinero y a sus segundos especial compasión: y hasta los otros árboles más sanos, al oír el golpe con que iban a caer, temblaban. Registrados uno por uno todos en esta forma, dijo el Señor al jardinero principal que aquel jardín era donde tenía sus delicias; y que así, velase e hiciese velar a los otros jardineros para que todos los árboles estuviesen o con frutos o, a lo menos, con flores, pues en algunos servirían éstas de frutos: que también él velaba sobre las plantas, y que, cuando fuera su voluntad, bajaría a cortar algunos árboles según su sazón, y que todos habrían de ser trasplantados adonde él habitaba: que ésta era la causa porque se habían de arrancar los árboles infructíferos y echarlos fuera: Para que se cumplan, dijo, las promesas que he hecho a ti y a otros mis siervos de que todos los árboles que perseveraren en este jardín, serán trasplantados al cielo: y añadió que de los que se echasen fuera de él, rarísimo daría fruto en otra tierra. Sigue aquí la explicación de lo visto por el H. Bernardo, bien obvia por cierto aun cuando él no nos la conservara, y dice de esta manera. El jardín cercado y con puertas es la Compañía de Jesús, circunvalada de sus santas reglas, con libertad para recibir y despedir: el primer jardinero es San Ignacio; los otros, los Generales, Provinciales y demás Superiores: los árboles son los individuos, unos con los frutos de las virtudes, otros con las flores de los deseos, y algunos con las hojas o apariencias exteriores de la modestia, etc., que es el principio de las flores y los frutos. Todo el jardín o cuerpo de la Compañía es de mucho agrado al Señor, aunque algunos árboles o individuos no, bien por no tener más que apariencias, bien por no guardar las reglas, que es estar medio secos, o bien por estar tan secos que viven en pecado. Estos muestra el Señor a San Ignacio, y dispone el Santo que no se encubran a los Superiores, que los echan de la Compañía por mandato del Señor. A veces se hace esto inmediatamente, arrancándolos de raíz: otras, los espera el Señor a penitencia, enviándoles ocasiones en que procuren frutos, si sólo tienen hojas, inspirándoles, si son medio secos, y cortándoles las ramas para que no dañen a otros con sus ejemplos; y también para que tengan más lugar de la enmienda, y juntamente para juzgar su causa. Córtalos primero San Ignacio, porque del cielo sale la sentencia definitiva; y ábrenles las puertas los Superiores, porque ellos efectivamente los despiden. Suelen a veces caer, por los altos juicios de Dios, los que empezaron bien y aun dieron algunas flores y frutos, y sirven éstos de ejemplo a los demás, que se estremecen con su caída, venerando los secretos de la divina providencia. Las últimas palabras del Señor a San Ignacio manifiestan o significan que todos los que murieren en la Compañía, se han de salvar, como lo ha revelado muchas veces a sus siervos, y lo hace, aun en lo humano, verosímil el que se despidan a tiempo los malos, de los cuales rarísimo se salva. Hasta aquí las palabras de la persona que tuvo la revelación, comunicándola a su director, escribe el H. Bernardo, y ésta es la visión de los expulsos de nuestra Compañía, cuya doctrina, fundada en el sagrado Evangelio (3), es sólida y de particular enseñanza para nosotros, añade el P. Loyola, observando que también con proporción, comprende a todos los religiosos. Pues, en efecto, todas las sagradas religiones, continúa el piadoso autor, son amenos jardines de la Santa Iglesia; y si, por alguna lastimosa infelicidad, algún religioso saliese de su religión sin verdadera y legítima causa, llevaría uno como carácter de reprobación y condenación eterna. Pero volvamos a nuestro asunto. A poco después de esta visión que a todos nos toca, recibió el H. Bernardo una merced muy propia suya y de grandísimo consuelo. Apareciósele Santa María Magdalena de Pazzis con el costado abierto, grabadas en su corazón con letras de oro y sangre las palabras Verbum caro factum est (4); y mostrando esta divina inscripción a su devoto: Mira, Bernardo, le dijo, yo tengo impresas en mi corazón las palabras que significan la Encarnación del Verbo, mas tú tienes impreso en el tuyo al mismo Verbo Encarnado. Con lo cual entendió ahora de una manera muy subida la gracia extraordinaria que le había hecho el Señor de imprimirle en el corazón su sacrosanta Humanidad. Como ya en esto se acercaba el tiempo de entrar el joven en un nuevo estado de pruebas y accidentes del espíritu, muy por sobre todo lo conocido hasta aquí, mostrósele también su ángel de la guarda, que traía en las manos un escudo o empresa con el símbolo de un campo iluminado; y en el campo, una senda muy estrecha que guiaba recta y seguramente al cielo, pero donde no se descubría sino tal cual huella muy ligera y casi borrada. Esta senda le recordó el favor grande que Nuestro Señor le había prometido hacerle llevándole por el paso de los celestiales ímpetus, de que luego hablaremos cuando comience a entrar en él nuestro H. Bernardo. Díjole ahora el ángel que en ningún otro paso de la vida mística sobrenatural se muestran más la bondad, la sabiduría y la omnipotencia de Dios, porque en él se junta sumo gozo con suma pena, de un modo incógnito e imposible de concebir á quien no lo ha experimentado. Grande era, en efecto, el favor que esperaba el H. Bernardo; pero también necesitaba más fortaleza del Señor en su espíritu, para sufrir esta gozosa pena, que para sufrir el horrible desamparo de que hablamos antes. Pedíasela con instantes ruegos el animoso joven, y más que otros días el 9 de Octubre, suplicándole al propio tiempo se dignara descubrirle la hora en que había de entrar de nuevo en lucha, cuando se le apareció de repente el Señor; y, diciéndole con voz majestuosa: Mañana te declararé cuándo han de empezar tus ímpetus, desapareció. Cumplióse puntualmente la promesa al inmediato día, en que se celebra la festividad de San Francisco de Borja. 5 Había comulgado en él nuestro H. Bernardo con el fervor y la angélica asistencia de costumbre: y a tiempo que estaba dando gracias, se le volvió a aparecer el Señor con la propia majestad que la víspera, y le dijo: El día después de la fiesta de mi sierva Teresa empezarán tus ímpetus, es decir, el 16 de Octubre; haciéndole entender juntamente que ellos serían la última disposición y proclama, como si dijéramos, de su ansiado desposorio. Para encenderle más en deseos de prepararse con la mayor pureza a tan celestial acto, le mostró un riquísimo anillo que había de servir en él, y desapareció de su vista, dejándole ardiendo en amor, y ganoso, como valiente caballero, de entrar en plaza con sus ímpetus, y mostrar el temple de su pecho en el combate donde le aguardaba el premio de sus servicios y finezas. ...................................................... (1) Luc. XII, 49. (2) Escrita en francés por el P. Santiago Terrien, de la Compañía de Jesús, y traducida al español por el P. Juan José de Urráburu, de la misma Compañía (Madrid, 1875: en 8º de 132 págs). (3) Luc. XIII, 6-9. (4) Véase su Vida (cap. XXIV), con la Anotación (que es la VII) del M. Lezana. 1 Una buena parte de la representación iconográfica de San Ignacio de Loyola suele ser vestido con los ornamentos sacerdotales y un libro en las manos, o una pluma, o el anagrama JHS. En el gran cuadro que hay en la Colegiata de Villagarcía con los ocho primeros jesuitas, que gozaban del honor de los altares, aparece San Ignacio vestido con la casulla. Este cuadro lo contempló Bernardo durante los siete años de su estancia en la villa castellana (los cinco años de colegial y los dos años de novicio). 2 Esta visión de Jesús vestido de jesuita se le grabará a Bernardo de tal suerte que, cuando entre por vez primera en la iglesia del Colegio de San Ambrosio y vea en una de las capillas laterales un cuadro semejante a la visión, se llenará de alegría y hará de esa capilla su capilla predilecta. En ella celebrará con frecuencia la Santa Misa y a ella enviará a sus penitentes a rezar delante de esa imagen. 3 San Bernardo de Claraval (1090 1153), abad cisterciense, que escribió sobre teología y ascética. Fue uno de los hombres más influyentes de su tiempo y contribuyó no poco a la renovación y fervor de la vida claustral. Es Doctor de la Iglesia por la solidez y unción de sus escritos. 4 Los hermanos Cosme y Damián eran cristianos árabes. Practicaban la medicina en la región de Cilicia, en el Asia Menor. No aceptaban dinero por sus servicios y procuraban no sólo la salud de los cuerpos sino también el alivio de las almas. Por ello arrastraron a muchos paganos a la conversión del cristianismo. Fueron martirizados y finalmente decapitados en la persecución de Diocleciano, en el año 303. 4 Esta es una antigua tradición en la Compañía de Jesús, fundada en el testimonio de varios santos y varones espirituales de la talla de un San Francisco de Borja, P. Martín Gutiérrez que murió víctima de los hugonotes franceses cuando iba a Roma para asistir a la Congregación General, San Alonso Rodríguez....y otros. 5 La festividad de San Francisco de Borja, que se celebra actualmente el 3 de octubre, en tiempo de Bernardo se celebraba el día 10. |
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