Parte primera, capítulo 1. Nacimiento y niñez de Bernardo, y sus estudios en el siglo. (“Vida del P. Bernardo de Hoyos”, por el P. Uriarte, año 1888, con notas del P. Postigo).
     
Torrelobatón, villa distante cuatro leguas y media de Valladolid, fue la patria del angelical Bernardo Francisco de Hoyos. Llamáronse sus padres Don Manuel de Hoyos Bravo, natural de Toro, y Doña Francisca de Seña-Juica, de Medina del Campo: oriunda ésta de una de las antiguas y mejores casas de Laredo, y aquél del solar de Cuevas, cerca de Reinosa; pero más envidiables y dichosos que por su descendencia nobilísima y abundancia de bienes con que les sonrió la fortuna, por su probada honradez y cristiandad y la gracia, sobre todo, que les concedió Nuestro Señor de tener un hijo como Bernardo, enriquecido de tan admirables virtudes como se verá por esta historia, colmado de bendiciones y favores del cielo cuales difícilmente hallamos en las vidas de los Santos muy queridos de Dios, y elegido por fin para extender por nuestra España1 una de las devociones más sólidas y entrañables que ha aprobado la Iglesia en estos tiempos.

Nació Bernardo el año de gracia de 1711, viernes 21 de Agosto, día consagrado ya con el nacimiento de San Francisco de Sales, su gran devoto, y no menos con la infraoctava de la Asunción de la Virgen Nuestra Señora, de quien tantos regalos había de recibir en vida y en muerte su constante servidor. Ignoramos qué razón habría para retardar más de lo justo el que fuera éste regenerado con las aguas del bautismo, pero es cierto que no lo fue hasta después de dos semanas. Bautizáronle en la parroquia de Santa María, 2 el sábado 5 de Septiembre, poniéndole de primer nombre Bernardo, por celebrarse la fiesta del dulcísimo Abad de Claraval en la víspera de su nacimiento; y de segundo, Francisco, a causa de haberle dado quien le bautizó, por abogado y patrón al glorioso Apóstol de las Indias3: acuerdo feliz, en que bien pudo tener su parte el acaso, pero también, sin duda alguna, la mano de Dios, como en lo demás que veremos adelante del bendito niño.

Nacido, pues, al mundo y renacido a la gracia nuestro Bernardo en tan casuales o misteriosas circunstancias, criáronle sus padres con particular solicitud y hasta con cierta especie de veneración y respeto. Solía decir en especial Doña Francisca, su madre, que haría grandísimo escrúpulo del menor descuido en su educación: como que, si por culpa suya venía a perderse aquella criatura, le daba a entender el cielo que le robaba un gran santo. Fácil es que de ello recibiera superior aviso la buena señora, como tan sierva de Dios y muy dada a los ejercicios de piedad. Cuando no, pudo venirle este sentimiento de una ocurrencia, entre otras, que tuvo siempre a milagro: y fue que, estando encinta del niño, ni aun ella lo conoció hasta el momento de darle a luz, ni lo imaginaron los médicos que la asistían. Antes, juzgándola éstos y confirmándola por enferma de alguna otra mala disposición, así la debilitaron a sangrías y demás invenciones opuestas enteramente a su remedio, que, de verdad, pareció después casi milagroso no haber quitado con ellas de una vez la vida a madre e hijo.

Como quiera, tuvieron harto que sufrir los dos en lo sucesivo las consecuencias de este mal tratamiento: el hijo, sobre todo, en quien fue bien menester nuevo o mayor milagro para conseguir primero que no se lo llevara la muerte apenas abiertos los ojos, y luego estorbar que se comunicara a su espíritu la flaqueza y endeblez que ya entonces empezó a notarse en todos sus miembros, durándole en parte y a proporción cuanto la vida.4 Mas fue servido Nuestro Señor que ni uno ni otro llegó a los términos que auguraba el temor de sus afligidos padres. Tomó algunas fuerzas pasado el primer insulto (*), y daba ya muestras el niño de lo que iba a ser, apuntándosele más con los años aquel vigor de su alma intrépida y ardiente que, como queriendo avasallar el cuerpo, ofrecía a la vista cierto no sé qué de generosidad, soltura y grandeza, propia al parecer, y al parecer extraña, a toda su persona.

Juntábase a esto una nueva singularidad, que, si bien efecto de la anterior, contribuía no poco a realzar más y más aquella su natural gracia, y cautivarle la atención y cariño de cuantos de cerca le trataban. Tal era la especie de oposición o mezcla de inclinaciones y cualidades como encontradas que ya se traslucía en él, aun no venida casi la razón a protegerlas. Denodado sin ser audaz, vergonzoso aunque sin timidez ni cobardía, servicial y agradecido sin lisonja, grave sin degenerar en molesto, jovial sin disipación, recto sin severidad ni apretura, deferente sin condescendencias peligrosas y benigno sin debilidad, veíasele desde entonces ir como templando aquel su genio tan naturalmente resuelto como rendido, serio como alegre, y disponiendo aquel carácter de alma tan vigoroso al par que delicadísimo, que tanto hermoseará luego aun los más insignificantes hechos de su vida. 5

Publicada más adelante su santidad, se referían en el pueblo, y aun hoy se recuerdan, como prodigiosas algunas acciones del niño Bernardo, que pasaron entonces por entretenimientos de su edad e infantil viveza.

Tenía solo siete años cuando, viendo un púlpito portátil a la puerta de la Iglesia, subió a él con intrepidez, y cercado de muchos niños y aun de gente mayor que le escuchaba con asombro, les predicó parte del sermón que acababa de oír el Domingo de Ramos: añadió al sermón varios documentos de vida cristiana que allí de pronto se le ocurrieron, más propios de un celoso predicador que de un niño de la escuela.

Todavía es más admirable lo que hizo a otro propósito. Vio que habían concurrido a su casa personas de ambos sexos, y que se divertían, si bien con modestia, pero con el peligro que lleva de suyo esta clase de reuniones, mayormente para la gente moza, tan ligera de cabeza como de pies. Estaba el baile en lo más animado y revuelto, cuando vieron salir a Bernardo de otra sala, y que, entrando en la del festín con un libro abierto en la mano, subió en un taburete y empezó a leer como quien predicaba con fervor contra los bailes y saraos. No se sabe cómo el niño pudo encontrar aquel libro, y en él los capítulos que reprendían semejantes diversiones. El fruto de este inocente celo fue el que podía producir un misionero con el crucifijo en la mano: cesó en seguida el baile con pasmo de los concurrentes. Así lo certifica un testigo de vista, persona de autoridad, que refiere con admiración este caso en carta de 8 de Agosto de 1736. 6

Otro cuenta el P. Manuel de Prado, puesto que no sea el anterior con nuevas circunstancias, que muestra bien asímismo su celo por la gloria de Dios, y el espanto con que ya desde entonces huía de cuanto amenazase manchar en lo más mínimo la limpieza de su alma purísima. “Siendo aún niño de ocho años”, dice, “y entrando por casualidad en un cuarto de su casa algo oscuro, reparó que se hacía alguna cosa menos honesta: y fue tal el sobresalto y horror que le causó aquel infeliz espectáculo, que, sin poder contenerse, salió dando voces y clamando: La ira de Dios viene sobre esta casa” (1).

Aprendió las primeras letras en la villa donde nació, con tan poca salud como mucha facilidad y muestras de buen ingenio; por lo que le enviaron sus padres a estudiar gramática a Medina del Campo en el Colegio que allí tenía la Compañía de Jesús,7 y donde con las letras se enseñaba la piedad según las leyes de su sagrado instituto. Aquí vivió con una tía suya, a quien amaba como a madre y obedecía con filial respecto en cuanto le mandaba. Ejecutaba lo mismo con todos los de casa y familia, sin que jamás en ella hubiese la menor queja contra Bernardo, a pesar de su natural vivo y fogoso que tanto contrastaba con la debilidad de su cuerpo. Cuando se divertía con otros de su edad en aquellos juegos honestos con que se entretiene y ocupa la niñez (pues nunca fue amigo de singularidades, ni conviene que lo parezcan los niños sino por milagro), era condescendiente en extremo, sin las porfías y mañas de algunos caracteres menos dóciles o generosos: cedía con extraño desprendimiento, en caso de disputa, los gajes de sus juegos de industria, habilidad o suerte, aunque conociera que estaba clara de su parte la razón y la justicia. Niñerías son éstas, no lo negaremos, pero son también las virtudes más arduas para los niños, y no merecen olvidarse por su pequeñez, sobre todo cuándo van acompañadas y son indicio de otras mayores, que ya se descubrían en Bernardo.

Repararon en su casa que salía de ella para el estudio sin desayunarse: Avisóle una vez su tía que no lo hiciera así, porque podría ser nocivo a su complexión poco robusta; pero le respondió él con presteza y buena gracia que, por haberse criado tan débil y enfermizo, le bastaba poco alimento; y más, que en lo del desayuno antes de salir de casa no sufría su estómago tales cargas tan de mañana. Respuesta con que ocultaba su mortificación, y de que pareció satisfecha su tía, dejándole proceder a su arbitrio en adelante.

Era muy puntual en las confesiones y comuniones que los estudiantes de nuestras aulas de gramática practican todos los meses, y causaba edificación el agrado y avidez con que recibía los consejos de los maestros cuando exhortaban a sus discípulos, como es costumbre, a la devoción de la Virgen, a la frecuencia de Sacramentos, a evitar toda culpa, y a los demás ejercicios virtuosos que inspiran con grandísimo fruto a aquellas tiernas plantas.8

Sentíase entre tanto nuestro Bernardo tan aplicado al estudio, y tan deseoso de aprovechar en él, que a este fin emprendió desde Medina un largo viaje, que por el momento se creyó travesura de muchacho, pero que luego se supo haberlo motivado un su pariente que le persuadió con razones especiosas que podría estudiar más y mejor en Madrid.

Tenía en esta corte un tío de bastantes conveniencias: y juzgando que a su lado gozaría de toda comodidad para el logro de sus fines, partióse sin comunicar a nadie su designio,9 por consejo del pariente, a quien debía mucha atención. El viaje fue más breve de lo que se podía prometer el joven del paso lento y cansado de una borriquilla, único alivio y diligencia que previno para su fuga. Llegó, sin saberse cómo, en dos días al término de su jornada, y encontró la casa de su tío, con la prontitud que no suelen, y menos solían el siglo pasado, hallarse en la corte aun las casas de los grandes señores. Abrazó el tío al niño Bernardo con admiración y ternura, viendo la fatiga con que había andado tantas leguas en seguimiento de su buen deseo. Retúvole algunos días a su lado, edificadísimo de la limpieza y castidad de sus costumbres, no menos que complacido de su extraordinaria afición a las letras. Mas pareciéndole como a cuerdo y avisado, no muy oportuna la corte para los intentos que le habían conducido a ella, volvióle a enviar con bagaje más cómodo a Medina del Campo.

De aquí pasó el año siguiente a Villagarcía,10 lugar tan célebre por el fervoroso Noviciado que allí tuvo la Compañía de Jesús hasta la expulsión de Carlos III, como por el Seminario anejo a él en que se educó lo más florido de la juventud castellana, que, andando los años, había de ilustrar en los dos últimos siglos las primeras dignidades eclesiásticas y civiles de España y sus colonias.

Llegado a Villagarcía, hízose presto reparar, como en todas partes, por la pequeñez de su estatura; pero más aún por la piedad y viveza de su genio, que ya sobresalía a los once años y daba particular esmalte y gracia a su pequeñez y conformación de niño. El primero, así en los actos de religión como en los literarios, candoroso y afable, incapaz de causar el menor disgusto, atento, honradísimo y buen amigo, ganóse de tal manera la voluntad y estima de sus compañeros, que todos acudían a él en sus dudas de la escuela, y no pocos aun en las de sus devociones, en que fue siempre muy discreto y atinado. Puede asegurarse que de sus numerosos condiscípulos no había quien no le debiese algún favor en el adelantamiento de las letras o del espíritu, al modo y en la forma que era posible hacerlo a un niño de su edad, aunque inflamado ya entonces en ansias del mayor servicio de Dios y bien de sus hermanos.

El por su parte no daba un paso en este camino sino por dirección de su confesor. Descubríale muy por menudo cuanto pasaba por su alma, y valíase de sus consejos con toda exactitud,11 ya para su propio aprovechamiento, ya también para el de los demás, que, llevados como de una secreta inspiración, recurrían a sus luces y experiencia. Es indecible el fruto que de esta manera hizo entre sus compañeros, confirmándolo a la vez y sazonándolo con el ejemplo de su piedad y angelicales costumbres. Así lo confesaron en más de una ocasión los mismos Padres del Colegio de Villagarcía, que consideraban en Bernardo el modelo perfectísimo que debían imitar los estudiantes celosos de adelantarse en virtud y letras, y alababan a Nuestro Señor que así se complacía en hermosear aquella alma privilegiada, para tanta gloria de su augusto nombre, y llenarla de celestiales bendiciones y mercedes.

Eran muy singulares, sobre todo, las que recibía el niño Bernardo al acercarse al Sacramento del Altar.12 Veíasele con frecuencia enardecido y cómo iluminado el rostro con la memoria del bien que le aguardaba: en los días de comunión, que para él lo eran ya todos los de las principales festividades de entre año, no había mas entrada en su corazón que para afectos santos, ni más palabras en sus labios que de alabanzas y ternuras a su amoroso dueño.

Disponíase con larga y devota oración para hospedarle dignamente, empezándola ya desde la víspera, con dolorosa confesión de sus culpas y otros ejercicios de piedad y retiro que más le separasen del mundo a fin de vivir a sólo Dios con quien iba a incorporarse. Daba alguna limosna a los pobres, del dinerillo que le enviaban de casa para sus gastos particulares; o, no alcanzándole, iba a visitar a algún enfermo o consolar a algún afligido según la ley de la caridad.13 Si bien no era esto exclusivo de las vísperas de comunión, sino ocupación indispensable de siempre que podía y hallaba manera de hacerlo sin daño de su estudio. Pues había recibido una alma naturalmente compasiva, y en viendo u oyendo nombrar pobres, afligidos o enfermos, se le enternecía el corazón sin estar en su mano dejar de volar a socorrerlos en cuanto pudiese. Añadía también algunos actos de rigurosa penitencia, tal vez indiscreta en su debilidad y pocos años, hasta rasgar las carnes con ásperas disciplinas: “pues tenía unas de alambre sembradas de puntas muy agudas, con las cuales a pocos golpes podía ensangrentarse”, como lo observo un compañero suyo de posada que después, religioso ya, lo aseguró con su firma en un papel donde revela cosas bien singulares del angelical mancebo.

Es más de reparar tal rigor en Bernardo, por la inocencia de su vida: porque, como nos testifica el mismo religioso, digno de toda fe, nunca se vio en él cosa que desdijese del candor y pureza de costumbres. Lo mismo afirman otros testigos que le trataron con la intimidad que estrecha los genios e inclinaciones de la gente de colegio, no la menos competente, por cierto, para deponer y sentenciar en esta causa; y “yo puedo decir para gloria de Dios y crédito de la virtud de este santo joven”, añade el mismo P. Loyola, “que, habiéndole confesado generalmente en su noviciado más de una vez, no me acuerdo que hubiese perdido la gracia que recibió en el santo bautismo”.

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(*)   Entendemos que en esta frase puede haber una errata de imprenta, y que lo que habría querido decir el autor sería “pasado el primer susto”, o algo similar. Está igual en las ediciones de 1888 y 1913.

(1)   Dos Cartas de edificación (II, págs. 23 y 24 de la ed. de Bilbao, 1885)


1 España era entonces no sólo la península, sino los territorios americanos, que se harían independientes un siglo más tarde.

2  En la capilla-baptisterio actual se conserva la misma pila bautismal, en que Bernardo fue “cristianado”.

3  Nada tiene de extraño que le pusieran el nombre de Francisco, dado que su madre se llamaba Francisca y su abuelo materno Francisco Antonio. Pudo influir también la devoción que tenían en Torrelobatón a San Francisco Javier, a quien se daba culto en uno de los altares laterales del templo y que existe en la actualidad.

4  Esto no es del todo exacto. Cierto que Bernardo tuvo complexión más bien débil, pero no precisamente enfermiza. De hecho en los datos que se enviaron a Roma durante sus años de estudiante jesuita, se dice que sus fuerzas son “robustas”. Y él mismo, pidiendo a su Padre espiritual (el P. Loyola) permiso para hacer algunas penitencias, le dice que no es tan débil como se piensa.

5  Preciosa y acertada descripción del carácter de Bernardo la que aquí nos ofrece el autor y que se verá corroborada por los sucesos de su vida.

6  Muerto en olor de santidad el P Hoyos en noviembre de 1735, comenzaron a llegar testimonios de quienes le habían conocido en vida, no sólo de jesuitas compañeros suyos, sino de seglares también.

7  El colegio de Medina fue de los primeros que tuvo la Compañía en España. En él estudiaría San Juan de la Cruz; y se ve que era un semillero de vocaciones, ya que en 1563, además de algunos que deseaban entrar en la Compañía de Jesús, ocho pasaron a otras Ordenes. De ellos escribía el P. Olea lo siguiente: “Ocho han ya entrado en religión, cuatro en Santo Domingo, tres en el Carmen y uno en San Francisco...” Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España, P. Antonio Astráin, edit Razón y Fe, Madrid, 1914, tomo II, pg 576)

8  Propio era de los colegios de la Compañía no sólo formar bien a los alumnos en lo intelectual, sino también en lo religioso. Sabían juntar muy bien “virtud con letras”, de ahí la alta cotización que pronto empezaron a tener en la sociedad.

9  Este es un rasgo revelador del carácter decidido y emprendedor, típico de Bernardo de Hoyos, y que tanto le iba a ayudar para llevar a cabo la empresa de su vida: la difusión del culto al Corazón de Jesús en España.

10  Los señores de Villagarcía, Don Luis Quijada y Doña Magdalena de Ulloa, fundaron en esta villa un Colegio Noviciado, que se revelaría con el tiempo como uno de los mejores colegios de letras humanas de toda España y una escuela extraordinaria de espíritu jesuítico. San Francisco de Borja, tercer General de la Compañía, admitió esta fundación en 1572.

11  Esta transparencia de conciencia y esta docilidad en seguir los consejos de su Director espiritual será una de las virtudes más características de Bernardo a lo largo de su vida religiosa.

12  Es de notar la devoción que, ya de niño, siente Bernardo hacia la Eucaristía. Es admirable la profundidad con que el Señor se comunica a los niños y muy honda la acogida que éstos le dispensan. Nadie mejor que un niño para captar la pureza de Dios.

13  La Eucaristía lleva a Bernardo al prójimo. Una Eucaristía que no nos arranque de nosotros mismos para ir hacia los demás, no es una perfecta eucaristía. La Eucaristía siempre es una flor abierta.

     

 

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Biografía P. Hoyos      
"Vida de Bernardo de Hoyos", por el P. Uriarte, 1888